Capítulo 14

Se dirigieron hacia el norte en lugar de cruzar el río directamente hasta la Isle of Dogs. Se detuvo en una sórdida callejuela de Holborn donde salió el carruaje, mantuvo una conversación entre susurros con una anciana tuerta y volvió a subir cargado con ropa desaliñada.

—Buff. ¿Qué demonios es eso? —dijo Mary arrugando la nariz.

—Un vestido.

—Oh, no. No pienso ponerme eso. Apesta a platos sucios de hace una semana.

—Huele a gente.

—¿Y cómo va a ayudarnos ese objeto asqueroso?

—Uno de nosotros va a distraer al Guardia y el otro va a entrar por la parte de atrás.

—Supongo que tú irás por la puerta principal y que yo seré la que se colará por la puerta de la cocina. —Suspiró—. ¿Por qué no puedo ser yo la señora y tú el apestoso criado?

—Porque no puedes pasar por señora sino vas acompañada de una doncella.

Mary le miró unos segundos, pero su lógica era indiscutible.

—Bien. Cierra los ojos —le ordenó, corriendo las cortinas del carruaje.

—No es nada que no haya visto antes, ya sabes.

—Pero no me has visto a mí antes.

James sonrió pero cerró los ojos obedientemente.

—Eres terriblemente estirada para ser una mujer que corretea en mitad de la noche llevando pantalones.

Era más difícil de lo que parecía cambiarse de vestido confinada en un carruaje. Tampoco ayudaba que tuvieras que hacerlo palpando, ni que su propio vestido tuviera tantas yardas respetables de tela en las faldas. Tras unos minutos de esfuerzo, logró liberarse de la creación de color mostaza y se los lanzó a James.

—Toma, sostén esto.

—Has tardado mucho —resopló.

—¡No he dicho que ya puedas mirar!

—¿Aún no te has vestido? —Qué pregunta más estúpida: llevaba un ligero corsé sobre un fino viso y la prenda interior. Si bajaba del carruaje probablemente causaría una revuelta.

—¡No! —Se cubrió el pecho con los brazos—. ¡Vuelve a cerrar los ojos!

Pasaron varios minutos más antes que ella dijera:

—Ya está.

Cuando abrió los ojos, se estaba atando un sombrero bastante desgastado.

—Ese color te sienta bien.

—¿Tengo aspecto bilioso? —le sonrió, a pesar de su timidez.

Se detuvieron en una esquina.

—Nos vemos en media hora.

El Refugio Baptista imperial del Este de Londres para Marineros Asiáticos Necesitados estaba ubicado en Limehouse, cerca del East India Hospital. Estaba formado por dos edificios de ladrillo rojo como si fuera un pegote, uno al lado del otro. En la puerta principal, una gran placa de latón descolorida junto a una campana igual de destartalada anunciaba el lugar. En vista de su triste fachada, Mary se sintió aliviada al no tener que encargarse de la maniobra de distracción. Lo último que quería es que la vieran allí.

Avanzó por un callejón tras una hilera de casas. Estaba lleno de los habituales desperdicios —basura, restos y cenizas— y del persistente olor a descomposición. La puerta trasera del Refugio no era ni mejor ni peor que las otras. La pintura estaba desgastada y se caía a trozos, y la ventana estaba cubierta con tablones de madera. Pero el escalón de la entrada había sido barrido recientemente y el cubo de la basura estaba situado a un lado de la puerta. El resultado era una extraña mezcla de orden y de mal estado.

Se quedó escuchando un momento antes de abrir la puerta. Nada. Podía oír que había actividad al otro lado de la puerta, a lo lejos: el timbre de una campana, pasos, una puerta que chirriaba al abrirse. Pero no había nada cerca. No le sorprendió que el pomo de la puerta cediera con facilidad.

Como había espera, accedió a la oscuridad de la trascocina. Las paredes estaban compuestas solo por ladrillos; el suelo, por la piedra desnuda. Agudizó de nuevo los oídos y captó el leve murmullo de voces masculinas. Pisadas, ¿de dos personas diferentes? Luego una puerta que se cerraba tras las voces. Todavía no se percibía movimiento al fondo de la casa.

Si tuviera que esconder informes o material ilegal, ¿dónde lo haría? En los pisos superiores de la casa, probablemente. La bodega seguramente estaría demasiado llena de humedad y de bichos. Y si los informes estaban en el estudio de Warden... ya se preocuparía por ello más tarde.

Deslizándose por la cocina, penetró en el pasillo principal mirando cautelosamente a su alrededor. La casa estaba a oscuras y silenciosa, y sorprendentemente fría, teniendo en cuenta el tiempo. Pequeños parches de moho decoraban los rincones, y las manchas de humedad de color oxidado recubrían el papel de pared. Tras el dulce olor a humedad se ocultaba un olor más cálido y agudo: cocina asiática, medicamentos, productos textiles... el Lejano Oriente condensado en un aroma doméstico. De repente, se vio transportada a Poplar. A casa.

Como la escalera carecía de alfombra, se movía con cuidado, procurando mantener la calma y controlar el temblor de su cuerpo. En el rellano del segundo tramo de escaleras había tres puertas. En la pared al final de la escalera había una apertura limpia que unía el rellano con la casa de al lado. Presumiblemente, se trataba de una casa similar a aquella.

¿Dónde estaban los viejos marineros? ¿Los echaban hasta que caía la noche? Se mordió el labio. Si intentaba entrar en uno de los dormitorios, podría crear un alboroto en una habitación llena de hombres inocentes, podría hallar cajas repletas de mercancía robada... Podría toparse con el propio Thorold, contando sus pilas de oro...

Tenía que actuar antes de volverse demasiado tímida para hacerlo. Escogió el dormitorio trasero porque era el más cercano.

No se oía nada a través de la fina puerta de madera, y cuando giró el pomo, tan solo rechinó ligeramente. Una pequeña caja abierta se asentaba a los pies de cada cama. Los efectos personales. El suelo era de madera pulida de tanto usarla y lo habían barrido a conciencia. La habitación olía a la grasa de las velas, a jabón de sosa y a podredumbre.

Con un leve escalofrío, cerró la puerta y se dirigió a la otra habitación. Como daba al lateral de la casa, no tenía ventana. Con ayuda de una vela, descubrió que contenía básicamente lo mismo, a excepción de la presencia de más camas, dispuestas de modo que cada una parecía tocarse con la de al lado. Tal vez aquella habitación estaba menos limpia que la primera: el olor a hombre viejo era más fuerte y también se percibía un tufillo a opio.

Cuando comprobó que la tercera habitación, más grande, contenía los mismos y patéticos elementos. Mary empezó a dudar de sí misma. ¿Qué estaba haciendo inmiscuyéndose en la privacidad de aquellas respetables hombres golpeados por la pobreza? No había lugar en aquella precaria parcela de caridad para las cosas que ella y James habían imaginado... y si las había, ¿no se harían preguntas los residentes? Había contado unas veinte camas, más o menos, a este lado de la casa. Si asumía lo mismo para la otra mitad, debía haber de unos treinta y cinco a cuarenta y cinco residentes en total. No podía tratarse de unos inútiles y seniles viejos locos. Una de dos, o bien la mercancía robada y los informes no estaban allí, o bien estaban en otra parte de la casa. Quizás la bodega. O en el despacho del guarda.

Tras decidir volver a bajar, oyó pasos en la escalera. Que subían, claro está. Maldita sea.

—¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo aquí? —la voz correspondía a un hombre, anciano, molesto.

—¡Oh! —Mary dejó escapar un gritito—. Le pido disculpas, señor... Buscaba al caballero encargado de este lugar. —Con una rápida mirada descubrió que se trataba de un enjuto hombre chino, de unos sesenta años, pero con aspecto ágil—. ¿Es usted, señor? —Bajó la cabeza con deferencia, por si acaso.

—¿Cómo has entrado? —Su frente iba acorde con su tono.

—P... por la puerta de la cocina, señor. Buscaba un lugar, ¿sabe?

—El despacho del guarda está en el primer piso. —Su tono era seco, sospechoso.

—No pretendía hacer daño a nadie, señor. —Mary recurrió a su encanto Cockney—. Buscaba un lugar ¿sabe? No hay muchos trabajos para una buena chica por aquí. —Alzó la vista, imitando la expresión de una chica esperanzada pero sin muchas luces—. ¿Es usted el guarda, señor...?

—Chen. Yo mismo —dijo con los labios apretados.

—¡Oh! —Hizo como si fuera abalanzarse sobre él y, como era de esperar, la retuvo su rápido gesto—. Oh, por favor, deme un trabajo, señor. Soy muy trabajadora, pero no he podido, mi hermana está muy mal y...

—Baja conmigo, jovencita.

Se detuvo y, obedeciendo con un gesto cortés, precedió al guarda escaleras abajo. Entraron en una habitación en la parte delantera de la casa, justo al lado del pasillo principal. Estaba tan poco decorada y tan destartalada como el resto de la casa, aunque aquí al menos lo habían intentado. Las paredes estaban cubiertas de un papel de color oscuro con motivos en forma de helechos que estaban empezando a desprenderse por culpa de la humedad. Las cortinas de terciopelo, descorridas para que entrara la luz del día, pegaban con el verde oscuro del papel y la gustada alfombra Axminster. No obstante, el punto central de la habitación era un colorido retrato al óleo de un obeso empresario con ojos de amargado y con imposibles mejillas sonrosadas. El pesado marco dorado llevaba una inscripción: Wm. Bufferton (181-1852), Un Buen y Fiel Servidor, y Un Hombre de Dios. Con los labios haciendo una mueca de disgusto, Mary se dio la vuelta tras inspeccionar la pintura para encontrarse con la aguda mirada del guarda.

Le señaló una destartalada silla de madera. Se sentó en ella. Él permaneció de pie.

—¿Dices que estás buscando algún sitio?

—S... sí, señor.

—¿Para hacer qué?

—Cu... cualquier cosa, señor. —Jugaba con las manos y los pliegues de sus faldas—. Criada para todo, coser, cualquier cosa que necesite hacer en la casa.

Clavó la vista en su falda.

—De veras.

En el largo silencio que siguió, Mary no se atrevió a alzar la vista. Agudizó su visión periférica en busca de pistas, pero no logró deducir ningún sonido ni movimiento del señor Chen que le diera ninguna pista. La habitación permanecía en un silencio total. Contó hasta veinte, luego hasta cuarenta, sesenta. Un reloj de la habitación contigua dio la media.

Cuando por fin habló de nuevo, su voz sonaba seca y la sobresaltó:

—No te creo.

Instintivamente, Mary respiró hondo para protestar pero él negó con la cabeza con delicadeza y ella volvió a cerrar la boca.

—No estás buscando trabajo —continuó, con mayor suavidad—. Tus manos son demasiado suaves, no son las manos de una criada. Estás buscando otra cosa.

Su estómago dio un respingo. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué no podía encontrar las palabras que le ayudaran a salir de aquel atolladero? ¿Al menos aquello confirmaba que la mercancía robada estaba allí escondida? ¿Cómo podría salir de allí para informar a la Agencia? Seguramente, James haría saltar algún tipo de alarma si ella no regresaba. Enredada en un remolino de sus pensamientos, el siguiente comentario del guarda la dejó completamente anonadada.

Su pregunta fue extremadamente sencilla:

—¿Quién es tu gente? —Aunque lo dijo en mandarín.

Mary le miró fijamente durante un momento, sintiendo cómo le subían los colores.

El guarda sonrió ligeramente ante su estupefacción y trató de hablar en cantonés.

—¿No puedes hablar tu propio idioma? —Se encogió de hombros y continuó en inglés—. ¿Cuál es el nombre de tu padre?

Mary tragó saliva. Aquello era lo que había temido al venir hoy. Todo lo que había tratado de arrinconar. Y en un instante, aquel hombre había desvelado su secreto.