EL POSCLÁSICO EN MESOAMÉRICA
PABLO ESCALANTE GONZALBO
Universidad Nacional Autónoma de México
EL POSCLÁSICO TEMPRANO (900-1168)
Los cambios ocurridos tras el colapso del sistema teotihuacano (ca. 600), después del abandono de Monte Albán (ca. 750) y de las guerras de exterminio protagonizadas por las ciudades mayas de la selva (800-900), no condujeron a transformaciones tan profundas como para que podamos hablar de un nuevo tipo de civilización en el Posclásico (900-1521). Quizá uno de los procesos más complejos y aun dramáticos ocurridos después del Clásico haya sido la reubicación de la población: al menos 80% de los teotihuacanos abandonaron su ciudad, durante el siglo VII, para vivir en villas de menor tamaño o para emigrar al Golfo de México y hacia el istmo centroamericano. En el siglo IX, linajes enteros de mixtecos salieron de las montañas rumbo a la meseta central y buena parte de la población maya abandonó la selva. Migraciones similares a éstas continuaron durante el Posclásico temprano (900-1168).
Los movimientos de población no sólo obedecían a las crisis políticas, estaban relacionados con nuevas estrategias de colonización, con nuevas alianzas entre señoríos y con proyectos para consolidar ciertas rutas y flujos comerciales. Finalmente, dichos movimientos tenían también que ver con el crecimiento absoluto de la población. Sin un repunte demográfico no se explicarían las copiosas migraciones mixtecas al norte y al sur, ni la proliferación sin precedentes de ciudades en el Valle de México durante el Posclásico. En general, en este periodo hubo muchas más ciudades en Mesoamérica que en las etapas anteriores (con la sola excepción de la zona selvática del área maya). También la urbanización del espacio y la construcción de grandes obras hidráulicas y defensivas vivió un momento de auge en el Posclásico.
La guerra, que había provocado la caída de Teotihuacán y de las ciudades mayas, permaneció como una constante en la historia de los últimos siglos de Mesoamérica. Hay claras pruebas de violencia en los días del declive de Teotihuacán y en la etapa final de muchas ciudades mayas. Lo que se analiza aún son las motivaciones de esa violencia. ¿Fueron las ciudades medianas de la periferia teotihuacana, como Xochicalco o Cacaxtla, o la propia Cholula, las que desafiaron el poder de una metrópoli que no las dejaba crecer? ¿Había, entre los mayas, una competencia por el suelo agrícola disponible en las márgenes de los ríos? Hubo ciudades que fueron conquistadas cuatro o cinco veces, por distintos enemigos, a lo largo de un siglo. Las alianzas se celebraban con la misma frecuencia que se traicionaban, y hubo intervalos de décadas con gran inestabilidad. Se acentuaron la presencia del ejército en la vida pública y la cultura sacrificial que acompañaba las campañas militares. Además surgió un nuevo tipo de pequeños señoríos, con propiedad de la tierra y trabajadores serviles, debido a la necesidad de premiar a los jefes militares tras las conquistas.
Mucho de lo que ocurría en el Posclásico tenía que ver con un nuevo acomodo de ingredientes viejos, pero también podemos observar un factor que no se había visto antes en la demografía y en la política de Mesoamérica: la invasión de pueblos mesoamericanos marginales, procedentes de las montañas y de las zonas semiáridas del norte: los chichimecas. (Hay dos opciones para la etimología de la palabra nahua «chichimeca»: una es «linaje de perro» y la otra «la gente del mamadero», en el sentido, quizá, de lugar de origen).
Los chichimecas
En la Sierra Madre Occidental y en el Bajío había pueblos de agricultores que tenían un patrón de ocupación bastante disperso y poblaban villas de mediana magnitud. En éstas había muros defensivos, algunos palacios y pequeñas pirámides; todo ello de una escala menor a la observada en otras zonas de Mesoamérica. Muchos habitantes de esta franja septentrional eran nahuas, aunque también había algunos purépechas y otomíes.
Los nahuas del Valle de México, acostumbrados a la agricultura intensiva y a sus excedentes, a la producción artesanal a gran escala y a la complejidad de una sociedad de clases y estamentos, veían a sus parientes del norte como serranos rústicos. Solían llamarlos chichimecas. Lo más probable es que el flujo migratorio de estos chichimecas hacia el sur haya estado siempre abierto. Teotihuacán debe de haber sido un centro receptor, capaz de integrar a los migrantes a la vida productiva metropolitana sin que lo impidieran las diferencias culturales.
Pero cuando Teotihuacán perdió más de 80% de su población, y sus principales edificios, templos y palacios fueron incendiados —hacia el año 600—, los grupos procedentes del norte empezaron a cobrar una visibilidad que no habían tenido antes. Incluso es probable que la población que se detecta en Teotihuacán después de la crisis esté formada ya en su mayor parte por grupos de chichimecas. Estos pobladores que se asentaron en Teotihuacán después del año 600, ocupaban sólo algunas porciones de la antigua ciudad; no producían obras monumentales ni se les puede atribuir la construcción de algún palacio o la ejecución de pintura mural. Utilizaban vasijas irregulares, de decoración muy simple, que se conocen con el nombre de cerámica Coyotlatelco. La hipótesis más firme sostiene que dicha cerámica es originaria del Bajío: se trata de la rústica cerámica de los chichimecas de Querétaro y Guanajuato.
También se relaciona con la cerámica Coyotlatelco a varios grupos que establecieron sus aldeas en algunas colinas al norte del Valle de México, en especial en los alrededores de Tula (hoy estado de Hidalgo). Dicho en otros términos, los chichimecas no se limitaron a reocupar Teotihuacán, sino que crearon algunos asentamientos nuevos.
Tula y su entorno
Entre el año 600 y el 700 los chichimecas que se habían asentado en Tula ocuparon los pequeños montes que hay en el lugar. Como señas de su identidad septentrional tenemos no sólo la cerámica Coyotlatelco, sino además una arquitectura que se valía de pórticos con columnas y una técnica para elaborar esas columnas, consistente en la formación de círculos consecutivos de lajas que se fijan con la arena y la cal de la mampostería. Dichos pórticos tienen su antecedente en sitios serranos de Zacatecas, como La Quemada y Altavista.
En el año 700 estos chichimecas comenzaron un proyecto urbano al pie de las colinas, junto al río, que fue el inicio de la ciudad cuyas ruinas hoy vemos. A este primer desarrollo se le conoce como Tula Chico. Su centro consistía en un conjunto de basamentos piramidales pequeños, con templos y columnatas en su cúspide. El más conocido es un templo de planta mixtilínea, rectangular y circular, de posible influencia huasteca. Este conjunto de templos fue el centro de una ciudad de 6 km2, en la cual había talleres de ceramistas y trabajadores de la obsidiana. Hacia el año 900 se diseñó un nuevo centro ceremonial para la ciudad, a poco más de 1 kilómetro del primero: es el gran conjunto que actualmente puede visitarse.
Entre el año 900 y el 1168 tiene lugar el esplendor de la ciudad de Tula. Es muy probable que en el inicio de esta nueva etapa se haya verificado una alianza entre los chichimecas que habían creado este centro de población y grupos de tradición teotihuacana que habían permanecido en el valle, refugiados en localidades como Azcapotzalco o Culhuacán. Las fuentes llaman nonoalcas a estos herederos de Teotihuacán, descendientes de los linajes que habían gobernado la antigua ciudad.
Para el año 900, cuando ocurrió la alianza entre chichimecas y nonoalcas, Teotihuacán había sido definitivamente abandonada y Tula era el centro urbano más importante del área del Valle de México. Durante 300 años, esta nueva ciudad impulsó un sistema de intercambio a larga distancia, alianzas y conquistas, similar al que había tenido Teotihuacán. El centro de Tula llegó a tener numerosas plataformas, enormes palacios, juegos de pelota y un repertorio escultórico muy notable por su realismo y su monumentalidad.
En su etapa de apogeo Tula siguió teniendo rasgos de origen septentrional; entre ellos destacan el tzompantli (un altar que sostiene un sistema de travesaños con cráneos ensartados) y el chac mool (la escultura de un sacerdote recostado con un plato de ofrendas en las manos). Ambos elementos tienen su origen en la Sierra Madre Occidental; los habitantes de Tula los enriquecieron y los difundieron por Mesoamérica. La presencia de espejos de pirita y piezas de turquesa también nos habla de un nexo con la tradición serrana de la antigua Cultura Chalchihuites y con el lejano suroeste de Estados Unidos. La llamada Cultura Chalchihuites floreció durante el periodo Clásico, pero sus manifestaciones continuaron, al parecer, hasta el Posclásico temprano. Esta cultura abarcó parte de Nayarit y Jalisco y, sobre todo, Zacatecas y Durango.
Pero además de sus rasgos de origen montañés, Tula tuvo las características de las grandes ciudades mesoamericanas, gracias a la adaptación de los chichimecas y a la contribución tecnológica de los nonoalcas. Los meandros de los ríos próximos permitieron a los toltecas —chichimecas y nonoalcas unidos— trazar una vasta red de canales de riego, que facilitó la alimentación de una ciudad de 16 km2 con 80 000 habitantes. Esa población vivía en una aglomeración urbana de conjuntos habitacionales y callejuelas. En la zona central había algunos conjuntos residenciales de tipo teotihuacano, es decir, conjuntos multifamiliares con numerosos cuartos construidos de mampostería y algunos patios interiores. Pero la mayoría de la población habitaba en predios con arquitectura de adobe. Cada uno de estos predios consistía en un conjunto de tres o cuatro cuartos, organizados alrededor de un patio central, en el cual había un pequeño altar. Una barda y un muro en forma de L, en el acceso al predio, impedían que el grupo de habitaciones fuera visto desde la calle.
En los barrios de Tula la gente se dedicaba de manera preferente a la elaboración de cerámica y a procesar la obsidiana para hacer navajas y puntas de proyectil. Algunos grupos de mercaderes foráneos tenían sus casas en Tula y contribuían a poner en circulación la producción artesanal de la ciudad. Los toltecas siguieron rindiendo culto a Tláloc, el mismo dios de la lluvia que los teotihuacanos veneraban, pero su dios más importante parece haber sido Quetzalcóatl. Incluso dieron a su gobernante el nombre de este dios. Además de las plataformas piramidales, los patios y altares, los toltecas confirieron mucha importancia al juego ritual de la pelota, que estaba ligado al sacrificio por decapitación. Aún pueden verse dos enormes canchas de juego de pelota en las ruinas de la ciudad. Y quizá el rasgo más novedoso del arte tolteca consista en utilizar las imágenes para exaltar a los guerreros, a quienes se consideraba responsables de alimentar al Sol. Así lo revela la iconografía del templo llamado «de Tlahuizcalpantecuhtli».
El poder de Tula se sustentaba en una firme y compleja red de vínculos con otros asentamientos y otros reinos. El cinturón de aldeas en las inmediaciones de Tula proveía la ciudad de productos agrícolas, y también de cal, sílex y basalto. La obsidiana la obtenían en Pachuca y en menor medida en Otumba. Además, hay indicios de un comercio a larga distancia que permitió a los toltecas contar con algodón, cacao, plumas, jadeíta, serpentina y otros bienes procedentes de Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Chiapas y Guatemala. También hay en Tula cerámica de Michoacán y turquesa de Nuevo México.
Algunas ciudades parecen haber sido súbditos directos de Tula; podríamos identificarlas como cabeceras provinciales de un posible imperio tolteca: Teotenango en el sur, Tulancingo en el este y San Isidro Culiacán (Guanajuato) en el noroccidente. También hay indicios de una cabecera regional mucho más al norte, cuyo nombre las fuentes no dicen; es posible que se trate de Guasave, en Sinaloa. Fue precisamente en la etapa del esplendor tolteca cuando la frontera mesoamericana alcanzó su punto más alto en la costa del Pacífico, al llegar hasta Sonora. Entre los asentamientos de ese periodo, con centros ceremoniales, tumbas con ofrendas, cerámica ricamente decorada, juegos de pelota, entre otros rasgos, contamos el sitio de Culiacán, en el río San Lorenzo, Guasave, en la cuenca del Sinaloa, y Mochicahui, en la del Fuerte. Todos estos sitios forman parte del llamado Complejo Aztatlán, que también incluye algunas localidades de Nayarit y Jalisco.
La característica predominante de dicho complejo es la presencia de rasgos estilísticos e iconográficos de origen tolteca que unifican las tradiciones regionales preexistentes. Aparecen en las obras de la Tradición Aztatlán diferentes motivos sacrificiales como el pedernal, el plumón de sacrificio, el cráneo y el corazón. También se encuentra el esqueleto semidescarnado, a la manera del que apreciamos en el muro de serpientes o coatepantli de Tula. Figuran en ese repertorio la estrella y el jaguar. Hay imágenes de Tláloc (que había sido uno de los principales dioses del panteón teotihuacano), de Xipe-Tótec (el dios desollado de la primavera) y, por supuesto, de la serpiente emplumada y del caracol segmentado, alusivos a Quetzalcóatl e intensamente ligados a la ideología de la ciudad de Tula. Además aparecen en el repertorio de la Tradición Aztatlán figuras talladas en alabastro que imitan la técnica que los toltecas desarrollaron sobre un material igualmente traslúcido, pero más duro: el tecali.
También hay indicios de presencia tolteca 1500 kilómetros al sur de Tula, en la Península de Yucatán. Es probable que en ambos casos, el de Aztatlán y el de Yucatán, la base de las afinidades esté en contactos comerciales y particularmente en las estrategias de desplazamiento y alianza de las etnias de mercaderes.
Los toltecas, los comerciantes y los mayas
Desde el año 700 habían llegado a la meseta central algunas manifestaciones culturales de origen maya. No parece que hayan sido los mayas mismos quienes emprendieran largas migraciones, sino más bien grupos de mercaderes, sobre todo de la zona de la Chontalpa, en el actual Tabasco, quienes se movían de norte a sur para hacerse cargo de las rutas de comercio abandonadas por Teotihuacán.
El término más empleado en las fuentes y en la historiografía para referirse a estos grupos de Tabasco que se movilizaron en pos de un ambicioso proyecto comercial es el de putunes (singular putún). Su ciudad más importante parece haber sido el puerto de Potonchán, Tabasco, un sitio privilegiado: en la llanura, frente a la Bahía de Campeche y en la desembocadura del Usumacinta, conexión natural con los reinos mayas de la selva. Además, los putunes ocupaban la ciudad de Xicalanco y tenían una alianza con Champotón, en la costa de Campeche.
Es muy probable que estos poderosos grupos de mercaderes putunes hayan auspiciado migraciones y hayan contribuido a poner en movimiento algunos contingentes de artistas y otros especialistas de los señoríos mayas del interior. Su estrategia de formación de rutas y enclaves parece haber incluido las alianzas entre diferentes etnias. Así, por ejemplo, la tradición oral recogida en las crónicas coloniales indica que los invasores de Cacaxtla fueron «los olmecas y xicalancas», expresión que equivale a decir «los meridionales y los de Xicalanco». Al parecer, los líderes de este grupo invasor eran chontales, a quienes se sumaron mixtecos y popolocas.
Los putunes también penetraron en la península de Yucatán, en migraciones sucesivas, y parecen estar relacionados con el florecimiento del llamado Estilo Puuc y con la historia de ciudades como Uxmal, Kabah, Sayil, Labná y Dzibilchaltún. El culto muy notable al dios de la lluvia (Chaac, equivalente al Tláloc nahua) y la máscara con la cual se le representó en las ciudades Puuc (con gafas, narigudo y colmilludo) serían un indicio de esa influencia foránea de la que cabe responsabilizar a los putunes.
Chichén Itzá recibió al menos dos migraciones de putunes que fueron decisivas en su historia. Entre el año 750 y el 900 llegaron los contingentes de la primera migración y condujeron a Chichén Itzá, entonces todavía llamada Uucil Abnal, a su primer auge. Fue en ese lapso cuando se construyó la arquitectura de Estilo Puuc, comparable a la de otras ciudades de la región, que caracteriza al «Chichén Viejo»: la Casa del Venado, la Casa Roja, la Casa de las Monjas y el observatorio de planta circular conocido como Caracol.
En el siglo X un nuevo grupo de putunes llegó a Chichén Itzá y su presencia motivó un cambio de gran magnitud en el aspecto de la ciudad. Este grupo corresponde a lo que las fuentes escritas denominan «itzaes»; fueron ellos quienes cambiaron el nombre a la ciudad, la llevaron a su máximo esplendor y la convirtieron en centro hegemónico de la península.
Los itzaes habían permanecido durante un tiempo prolongado (quizá un siglo) en la Meseta Central, ocupándose de administrar uno de los puertos fundamentales de la red de rutas comerciales: la evidencia arqueológica y, más exactamente, la arquitectura y la escultura de Chichén Itzá nos obligan a pensar que los nuevos inmigrantes procedían de Tula. Los itzaes duplicaron la extensión del área ceremonial de la antigua Uucil Abnal, con la adición de un impresionante conjunto de edificios cuya característica más sobresaliente es la de haber hecho una réplica del centro ceremonial de Tula. Por más que se haya querido minimizar el hecho en algunas obras históricas recientes, la afinidad existente entre Tula y el Chichén Itzá Nuevo es impresionante, es un caso raro en la historia, que sólo puede explicarse si los constructores de una de ellas conocían la otra.
El sentido de la influencia ha sido tema de discusiones (quién «copió» a quién). Las evidencias señalan que la dirección de la influencia, en este caso, va de norte a sur, así como en el caso de Cacaxtla va de sur a norte. Tres son los argumentos principales: en primer lugar, que las tradiciones históricas de Yucatán registran la presencia de advenedizos y señalan a los itzaes como invasores. En segundo lugar, la iconografía de la etapa itzá de Chichén es consistente con temas y énfasis propios del centro de México; tal es el caso de la gran importancia de la serpiente emplumada. Finalmente, algunos de los elementos que aparecen en Chichén Itzá y en Tula tenían antecedentes en la zona de la Sierra Madre Occidental, región de la cual procedían los toltecas.
Las afinidades entre ambos centros ceremoniales se pueden resumir así: en los dos hay una gran plataforma que preside la plaza (Templo C, en Tula, y El Castillo, en Chichén Itzá) y a sus 90° hay una plataforma de menor altura pero mayor riqueza decorativa (Tlahuizcalpantecuhtli, en Tula, y Templo de los Guerreros, en Chichén). Alrededor de este segundo templo hay, en los dos conjuntos, larguísimas columnatas que en algún tramo funcionan como pórticos de edificios de un nivel, tipo palacio.
Además, en la escultura hay semejanzas rigurosas. En ambas ciudades se utilizó el chac mool y también el atlante (la escultura de un ser humano, con los brazos extendidos hacia arriba, que funcionaba como soporte de una losa). También es común a las dos urbes el tzompantli, originario de la Sierra Madre igual que el chac mool. Es coincidente el uso de pilares de piedra con la imagen de un guerrero armado con lanzadardos, y el uso de columnas con la forma de una serpiente emplumada que se yergue, con las fauces como basa y la cola como capitel. Entre las semejanzas que hay en las imágenes en bajorrelieve de ambas ciudades, destacan la representación de águilas de perfil devorando un corazón, jaguares rampantes y el monstruo-Tierra de cuyas fauces surge un rostro que representa al Sol o a Venus.
Las semejanzas son tales como las que habría si existiera una profunda identificación en las concepciones religiosas de las élites de ambas ciudades, o bien si el grupo que diseñó el conjunto de Chichén Itzá hubiera considerado a Tula como parte importante de su identidad política y de su pasado inmediato. También es cierto que algunas variantes técnicas y estilísticas de las obras de Chichén indican que los modelos toltecas fueron ejecutados por artesanos locales. La hipótesis más viable diría que un fuerte contingente de etnias mercaderes, los itzaes, se hizo del control de la ciudad de Chichén Itzá y, valiéndose de los artesanos que había ya en esta ciudad, ejecutó una obra que recordaba a la que existía en la ciudad-cabecera de sus rutas comerciales en la lejana Meseta Central.
Chichén Itzá, en fin, no debe verse como una conquista tolteca, como un enclave, sino como una de las ciudades que, desde fines del Clásico, fueron fundadas o fortalecidas por etnias mercantes, más o menos ligadas a diferentes tradiciones regionales.
Tula y el linaje de Quetzalcóatl
Hoy sabemos que el nombre de Tula (Tollan, en náhuatl) se utilizó para varios sitios que tenían en común ser importantes ciudades cuyos linajes gobernantes remontaban su origen a Quetzalcóatl y tenían la capacidad para ungir y confirmar en el poder a príncipes de ciudades menores. (Tollan significa, literalmente, lugar de tules. Podría ser una metáfora para aludir a la aglomeración de gente de un centro urbano, debido a que los tallos del tule crecen en grupos compactos, o bien podría tratarse de una referencia a un lugar «paradisiaco» original, en el que floreciera aquel tipo de vegetación lacustre). Hay indicios suficientes para afirmar que la que hoy conocemos como Tula, en el estado de Hidalgo, fue una de las Tulas de la historia nahua: Tollan-Xicocotitlan. También fueron Tula las ciudades de Culhuacán, Cholula y México-Tenochtitlan. Sin duda hubo otras que recibieron ese nombre; es muy probable que la más antigua haya sido Teotihuacán, primera gran metrópoli nahua y cuna del culto a Quetzalcóatl como serpiente emplumada. La hipótesis más sólida hoy día es la que afirma que el estrato dirigente y la mayor parte de la población teotihuacana eran nahuas. Además de otros indicios y argumentos, la mejor prueba es que son los nahuas del Posclásico, toltecas y mexicas, quienes recuperan los símbolos y la historia de Teotihuacán como parte de su tradición.
En la Tula de Hidalgo se consolidaron y enriquecieron las principales ideas y símbolos ligados a la ciudad sagrada y a su linaje divino; ésta parece haber sido la Tula más célebre de Mesoamérica. Cuando los nahuas hablan, en las fuentes coloniales, de un rey divino llamado Quetzalcóatl, de su apoteosis y caída, y de la magnífica ciudad que se vio obligado a abandonar, están hablando de Tula, la de Hidalgo. Pero es importante subrayar que esta Tula debía parte de su prestigio y poder al hecho de haber recibido, en su fundación, la alianza de un contingente de linajes de origen teotihuacano, los nonoalcas; y que al sucumbir Tollan-Xicocotitlan, entre sediciones y ataques, no murió la idea de Tula.
La réplica del centro ceremonial de Tula ejecutada en Chichén Itzá es un testimonio del prestigio alcanzado por la metrópoli nahua y de la extensión, más allá de fronteras étnicas, de algunas de sus ideas y símbolos: como el lugar central de Quetzalcóatl y su séquito de guerreros águilas y jaguares capaces de alimentar al Sol. O la enorme importancia del juego de pelota, entre los rituales del Estado.
Chichén Itzá no fue la única localidad maya en la cual se difundió el culto a Quetzalcóatl y el repertorio de imágenes y creencias que dicho culto implicaba. Los itzaes influyeron en diversas ciudades de la península mientras duró la etapa de hegemonía de Chichén Itzá, y cuando su capital fue atacada por el grupo de los cocomes de Mayapán (en el año 1200), los itzaes se internaron en el Petén y fundaron poblados como la ciudad insular de Tayasal.
Desde la época de las incursiones de putunes al Usumacinta y a Yucatán aparecieron en las cañadas y en las montañas que conducen hacia los altos de Guatemala huellas de una arquitectura distinta a la local, emparentada con la que estaban haciendo estos putunes en Yucatán. También en la cerámica se advierte la presencia de rasgos foráneos. Posteriormente, algunos grupos de itzaes que abandonaron Yucatán tras la guerra con los cocomes consolidaron la presencia de elementos de tipo nahua tolteca en las cañadas y en los altos de Chiapas y Guatemala. Tanto los quichés, fundadores de las ciudades de Jakawitz y K’umarcaaj, como sus enemigos, los cakchiqueles, cuya capital fue Iximché, muestran en sus tradiciones históricas fragmentos de ese conjunto de ideas que se difundió por Mesoamérica con la expansión tolteca: dicen ser originarios de una montaña de siete cuevas, Vucub Pec, a la manera del Chicomóztoc de los nahuas. Dicen también que sus caudillos habían estado en la ciudad de Tulán Zuyuá, que allí aprendieron a guardar ayuno y esperar la salida de Venus en el alba, igual que los sacerdotes de Tula.
En esa Tulán gobernaba un soberano de nombre Nacxit, representante en la tierra del dios K’ucumatz (equivalente al Kukulcán de Yucatán y al Quetzalcóatl nahua). Después de realizar las conquistas de varios pueblos, los jefes quichés enviaron emisarios a Tulán Zuyuá para que el señor de aquella ciudad les otorgara la confirmación de su mando y les diera las insignias del poder. Tal como lo hiciera, en la Mixteca, el señor Ocho Venado.
Tula y los mixtecos
Los mixtecos del Posclásico conocían a Quetzalcóatl con el nombre de Nueve Viento y lo consideraban fundador de las dinastías de varias de sus ciudades. En sus códices se refieren a Tula y aluden a gobernantes de aquella ciudad y a un supremo sacerdote al cual representan con atavíos de Quetzalcóatl. El más ambicioso de los reyes de la Mixteca, Ocho Venado-Garra de Jaguar, de Tilantongo, estableció una alianza con los señores de Tula, justo cuando empezaba el ascenso de su carrera política y militar. Realizó una conquista en nombre de los toltecas y les entregó a los prisioneros de aquella guerra para que los sacrificaran. Después de haber prestado este servicio al señor tolteca, Ocho Venado acudió a la ciudad de Tula, cuyo gobernante, Cuatro Jaguar, le perforó el tabique nasal, le colocó una insignia y le otorgó así el rango de tecuhtli o señor supremo de su reino.
Por la fecha en que estos acontecimientos tuvieron lugar, el año 1045, y puesto que se indica en los códices que los señores de Tula son nahuas, lo más probable es que esa poderosa ciudad, cuyo rey tiene tanto poder como para otorgar reconocimiento a un gobernante de otra etnia y región, sea Tula, la Tula del actual Hidalgo. Contando con el reconocimiento del señor de Tula, y con sus propias estrategias y alianzas en la sierra Mixteca, Ocho Venado intentó construir un imperio en la Mixteca, pero al cabo de los años el proyecto no prosperó y prevaleció el panorama de decenas de reinos dispersos que continuó hasta la Conquista española.
En cuanto a la crisis y el abandono de Tula, las fuentes históricas y los datos de la arqueología coinciden en situarlos en el lapso transcurrido entre 1150 y 1200. Igual que en el caso de Teotihuacán, hay indicios de guerra e incendios en los últimos días de la ciudad. Uno de esos incendios destruyó el palacio que se encontraba a los pies de la pirámide de Quetzalcóatl. Las fuentes históricas coloniales dicen que algunos grupos de toltecas se refugiaron en la ciudad de Culhuacán, en la ribera del lago de Tetzcoco (Texcoco). Allí mantuvieron vivo el linaje de Quetzalcóatl que eventualmente transmitirían a los mexicas. Pero otro contingente pasó al Valle de Puebla-Tlaxcala y se estableció en la ciudad de Cholula.
Es una lástima que la información arqueológica sobre Cholula sea tan precaria, pero los datos que existen y las versiones de varias crónicas indican que fue un centro muy importante. Aliado o socio comercial de Teotihuacán, sobrevivió a la crisis de esta última y vio su vida prolongada hasta la época de la Conquista española. Al ser ocupada por los olmecas y xicalancas (hacia el año 800), Cholula recibió ingredientes culturales de las tradiciones mixteca y maya. Los linajes toltecas que se refugiaron en Cholula, alrededor del año 1150, convivieron por un tiempo con los olmecas y xicalancas, y luego entraron en conflicto con ellos, los expulsaron y se hicieron del poder.
Cholula y la Tradición Mixteca-Puebla
A pesar de que nuestro conocimiento sobre Cholula descansa todavía sobre varias conjeturas y pocos datos firmes, es suficiente para vislumbrar que la metrópoli del valle poblano-tlaxcalteca tuvo un papel importante en el enlace de épocas y regiones. La comunicación entre Cholula y Teotihuacán fue estrecha, y una parte de la población teotihuacana se refugió en Cholula tras el colapso de su ciudad. Hacia el año 800, Cholula recibió la invasión de los olmecas y xicalancas, que ya se habían hecho fuertes en Cacaxtla. Durante la etapa del dominio olmeca y xicalanca, Cholula mantuvo relación con Tula y participó de sus redes de comercio, como lo indica la presencia en las ruinas de la ciudad poblana de las cerámicas Coyotlatelco, Mazapan y Plumbate. Esta última, caracterizada por sus vetas grises y superficie brillante, se fabricaba en el Soconusco y era una de las mercancías más estimadas por los toltecas. Además se ha localizado en Cholula bastante cerámica de Culhuacán, lo que hace pensar en un vínculo político importante entre ambas localidades.
Entre los años 1100-1200, nutridos contingentes de toltecas abandonaron su ciudad y se refugiaron en Cholula, como lo habían hecho antes los teotihuacanos. Después de unos años de convivencia pacífica pero subordinada a los señores olmecas, los toltecas se hicieron del poder y llevaron a Cholula a su momento de mayor esplendor, que duraría hasta la época de la Conquista española.
Además de haber sido sitio de paso y refugio de diferentes grupos, y en parte por ello, Cholula fue un lugar de encuentro de tradiciones artísticas y parece haber tenido un papel crucial en la mezcla de dichas tradiciones que caracterizó al arte ceremonial y a la cultura cortesana del Posclásico. No bastarían los procesos migratorios para explicar ese papel de catalizador de tradiciones; debemos pensar también en una práctica artesanal antigua y arraigada, en un mercado capaz de congregar objetos de regiones muy diversas, y finalmente, en la existencia de una élite sacerdotal fuerte, auspiciadora de un culto de prestigio, como lo fue el sacerdocio cholulteca.
Alrededor del año 1000 empezaron a fabricarse en Cholula los tipos de cerámica que conocemos como policroma mate y policroma firme y que son los materiales más antiguos de la llamada Tradición Mixteca-Puebla, un acervo pictórico (con algunas expresiones en bajorrelieve, joyería y otros medios) que fue predominante en las expresiones artísticas del Posclásico tardío en toda Mesoamérica. Dicha tradición es resultado de un proceso de fusión de los estilos pictóricos teotihuacano y zapoteco del Clásico, con una contribución de la técnica de decoración cerámica de origen maya y algunos elementos procedentes del Golfo de México y de la Mixteca Baja. Una combinación de elementos como ésa era posible en una ciudad como Cholula, cuya historia fue, precisamente, la del enlace de caracteres regionales.
Los rasgos estilísticos que distinguen las obras de la tradición Mixteca-Puebla incluyen el delineado con una firme línea de grosor constante, llamada línea-marco, y el uso de áreas uniformes de color, en las cuales no se advierten sombras o zonas iluminadas. En estas obras todas las figuras aparecen fuertemente estandarizadas, como en el lenguaje de la caricatura; las escalas y las proporciones no están sujetas a un criterio naturalista, sino a otro que busca la claridad conceptual. En cuanto a la iconografía Mixteca-Puebla, destaca la representación de elementos sacrificiales y bélicos: cuchillo, sangre, corazón, cráneo, huesos cruzados, manos cortadas, manojo de plumas de garza, escudo circular (o chimalli), flechas, lanzadardos. Además, sobresalen en ese repertorio el águila y el jaguar, la cuenta de jade o chalchihuite, las representaciones de templos y montañas, los símbolos para movimiento (ollin), día (ílhuitl), la greca llamada xicalcoliuhqui y el diseño en forma de S (xonecuilli). Asimismo, es propio de la Tradición Mixteca-Puebla el uso frecuente de los signos del tonalpohualli o calendario adivinatorio de 260 días: lagarto, viento, casa, lagartija, serpiente, muerte, venado, etc. Este repertorio de rasgos estilísticos e iconográficos caracteriza la pintura y el bajorrelieve realizados en diversas localidades del Posclásico, y caracteriza también uno de los productos culturales más originales de Mesoamérica: los códices pictográficos.
Se ha hablado de la Tradición Mixteca-Puebla como el «estilo internacional» del Posclásico mesoamericano y hay buenas razones para ello. Al menos durante los últimos 200 años de la historia de Mesoamérica, se realizaban obras dentro de las convenciones Mixteca-Puebla en el Valle de Puebla-Tlaxcala, en las Mixtecas y el Valle de Oaxaca, en los valles y cañadas de Toluca, México y Morelos, en Guerrero y Michoacán. Además, encontramos modalidades locales o adaptaciones del estilo y la iconografía Mixteca-Puebla en la pintura mural de Tamuín (San Luis Potosí), en la cerámica de Amapa (Nayarit), y en la pintura mural de Tulum (Quintana Roo) y Santa Rita (Belice). Incluso en la cerámica de Costa Rica se aprecia una fuerte influencia de la Tradición Mixteca-Puebla.
El hecho mismo de que casi todas las regiones de Mesoamérica hayan compartido un sistema de formas y símbolos es muy significativo. Es importante, además, observar el trasfondo histórico de ese hecho cultural: para tener en común un repertorio de vasijas, decoraciones arquitectónicas, mosaicos de turquesa, objetos ceremoniales de hueso, madera y cuarzo, era preciso, en primer término, que los reinos mesoamericanos participaran activamente en una misma red comercial; pues, si bien muchos objetos son de manufactura local, la unificación y la información general sobre los rasgos básicos del repertorio exigía un conocimiento y una actualización que sólo podía llegar mediante el comercio. Las élites que contemplaban y empleaban cotidianamente las obras Mixteca-Puebla y las incorporaban a sus sepulcros, daban una importancia similar al sacrificio humano, tenían cierto culto a la muerte, aceptaban un vínculo entre los fenómenos astronómicos y sus prácticas religiosas y políticas, rendían culto a Venus, relacionaban la noche con el jaguar y el Sol con el águila.
Los códices pictográficos hablan de ese universo común de la política, la historia y la religión del Posclásico: las secuencias podían expresarse lo mismo en mixteco que en náhuatl, en otomí, en purépecha o en otras lenguas; utilizaban las mismas convenciones para hablar de guerra y sacrificio, de alianzas políticas y matrimonios, de los ciclos de los astros, de los nombres de los días y de dioses muy similares.
Por los códices pictográficos se tiene noticia de las alianzas matrimoniales que emparentaron a los nobles de la Mixteca Alta con los de la Mixteca Baja y el Valle de Puebla-Tlaxcala. En los códices de la Mixteca Alta aparece Tula y también el sacerdote de Quetzalcóatl que vivía en aquella ciudad. Uno de los hechos que subyace en la unificación ceremonial y cortesana bajo la tradición Mixteca-Puebla es el acercamiento de las élites, que buscaban fortalecerse mutuamente y construían una ideología común. La importancia de la ciudad de Tula en sus respectivas historias, la presencia del hombre-dios Quetzalcóatl, la práctica de la confirmación del mando en un reino que funcionaría como capital fueron rasgos de una ideología tolteca, que unificaba también a las élites del Posclásico. ¿Tuvo la ciudad de Tula (Tula, Hidalgo) un papel preponderante en la elaboración de las ideas políticas y religiosas que darían soporte al poder durante el Posclásico? ¿Y llevó Cholula la batuta en lo tocante a la consolidación cultural, artística, de ese vínculo que unía a los nobles en el Posclásico? Probablemente. En todo caso parecería que las noblezas mesoamericanas habían aprendido la lección de la crisis teotihuacana. Preferían favorecer un apoyo común, antes que disputarse sólo el poder regional.
EL POSCLÁSICO TARDÍO (1168-1521)
Tollan-Xicocotitlan sufrió un colapso político y padeció cierta violencia antes de ser abandonada, hacia el año 1168. Parece imposible separar los aspectos míticos (como la lucha de Quetzalcóatl contra Tezcatlipoca) y legendarios (la huida de Quetzalcóatl hacia el oriente, con la idea de volver algún día al reino del cual se le expulsaba) del relato histórico del fin de Tula. Es muy probable que los reyes de los toltecas hayan llevado, en efecto, el nombre de Quetzalcóatl, a la manera de un título, y también es muy probable que se haya producido una división entre los dos componentes del grupo dirigente en Tula: los nonoalcas y los tolteca-chichimecas. La partida de los nonoalcas puede haber desacreditado a los tolteca-chichimecas, tras lo cual habrían venido la inestabilidad y la crisis. La evidencia arqueológica indica que hubo destrucciones e incendios, y finalmente un abandono de la ciudad, hacia fines del siglo XII. Se trataría de un colapso comparable al teotihuacano, pero más abrupto y definitivo.
La restauración tolteca y el ingreso masivo de chichimecas
Tras abandonar su ciudad, numerosos contingentes toltecas buscaron refugio en otras localidades. Algunos linajes nobles, acompañados por comunidades de artesanos y comerciantes y apoyados por cierta fuerza militar, ocuparon las ciudades de Culhuacán, en el Valle de México, y Cholula, en el Valle de Puebla-Tlaxcala, y se hicieron del poder en ambas. Así instauraron dos nuevas Tulas en las cuales siguió gobernando el linaje de Quetzalcóatl. Por haber sido Culhuacán el sitio de refugio de la nobleza tolteca en el valle, se utilizó, durante el Posclásico tardío, la denominación de culhua para hacer alusión al linaje de los toltecas. Como es bien sabido, la nobleza mexica fue una de las que adquirieron, gracias a una alianza matrimonial, ese linaje culhua.
Así pues, la crisis y el abandono de Tula no condujeron a la extinción de su tradición. De un modo aún más inmediato que el observado tras la caída de Teotihuacán, la tradición tolteca se preservó y vinculó con nuevos reinos. El nexo entre Culhuacán y Cholula se hizo muy estrecho. El primer rey tolteca de Culhuacán, Xiuhtémoc, casó a su hijo, Náuhyotl, con Iztapantzin, hija del primer señor tolteca de Cholula. Náuhyotl habría sido el primero en detentar el título de rey culhua y uno de los artífices de la restauración tolteca. Culhuacán buscó consolidar su posición en el valle mediante la alianza con los señoríos de la zona chinampera del sur, entre ellos Xochimilco, Mízquic, Tláhuac y Chalco Atenco. El ámbito de expansión natural de estos señoríos de las chinampas, aliados con Culhuacán, fue la zona de las cañadas de Morelos.
Por su parte, los toltecas de Cholula enfrentaron el desafío de derrotar a los olmecas y xicalancas y someter a los otros grupos que habitaban el valle poblano-tlaxcalteca. Varias fuentes coinciden en señalar que, después de haber ocupado Cholula, los toltecas solicitaron el apoyo militar de señoríos chichimecas norteños (del Bajío y la Sierra Madre Occidental) que habían formado parte de las provincias septentrionales del Imperio tolteca. Estos chichimecas emigraron hacia el sur, como en su día lo habían hecho los toltecas, y acudieron ante quienes ya se encumbraban como nuevos señores de Tula-Cholula para realizar un pacto, similar a los de vasallaje, en el cual aceptaban la autoridad suprema de los señores de esta ciudad y se comprometían a reforzarlos militarmente. A cambio, los toltecas de Cholula avalaban las empresas militares de los chichimecas en la zona y dotaban a sus jefes de ciertas tierras y de terrazgueros (especie de trabajadores serviles).
Los chichimecas que se aliaron con los toltecas de Cholula no fueron los únicos pueblos migrantes de origen septentrional que tuvieron un papel importante en la historia de los reinos del Posclásico tardío. En un fenómeno comparable al que había ocurrido tras la caída de Teotihuacán, cuando los propios toltecas emigraron hacia el Valle de México, varios grupos de chichimecas abandonaron sus poblaciones en el norte de Mesoamérica después de la caída de Tula. Esta última oleada de migraciones chichimecas fue motivada por la quiebra del Imperio tolteca y también por una desecación generalizada que hacía inviables los asentamientos de agricultores en el Bajío y en la Sierra Madre.
Hacia el año 1200 arribó a las cercanías del Valle de México un grupo de chichimecas autodenominado mexica, y llamado azteca en algunas fuentes. En 1224 llegaron a la margen oriental del valle los chichimecas «de Xólotl», así llamados por venir liderados por un caudillo del mismo nombre. En 1229 hicieron su arribo los totolimpanecas, y a mediados del siglo irrumpieron en el valle los acolhuas, los tepanecas y un nuevo contingente de otomíes. La importancia de estos pueblos migrantes salta a la vista al hacer un recuento de las ciudades que cada uno de ellos fundó u ocupó: México-Tenochtitlan (mexicas), Tenayuca y Texcoco (chichimecas de Xólotl), Amecameca (totolimpanecas), Coatlinchan (acolhuas), Azcapotzalco (tepanecas) y Xaltocan (otomíes).
Durante la segunda mitad del siglo XIII, las cabeceras políticas más importantes del Valle de México fueron Culhuacán (heredera de Tula), Xaltocan, Tenayuca y Coatlinchan. El área inmediata de influencia de Culhuacán era el sur del valle. Xaltocan ejercía su autoridad sobre los dispersos señoríos otomíes y mazahuas del norte y noroeste. Tenayuca y Coatlinchan se repartían el poder en la zona oriental del valle. Y en la orilla occidental, tras haber instaurado un nuevo linaje gobernante en Azcapotzalco, los tepanecas buscaban conducir la red de relaciones que vinculaba a las comunidades matlatzincas de Toluca con el Valle de México.
La identidad chichimeca según las fuentes coloniales
Las fuentes del siglo XVI hablan —en términos más o menos legendarios— de las diferencias existentes entre las costumbres de los pueblos chichimecas y las de aquellos que ya se encontraban asentados en el Valle de México y sus alrededores. Los estudios históricos y arqueológicos realizados desde la década de 1960 han permitido establecer que tales diferencias culturales entre los chichimecas y sus nuevos vecinos no fueron tan grandes como para hablar de bárbaros y civilizados. Los chichimecas que se aliaron a los toltecas para consolidar el poder en la zona de Cholula, por ejemplo, habían formado parte del propio Estado tolteca. Respecto a los mexicas, se ha demostrado que venían de algún territorio dentro de los límites de Mesoamérica y que eran pueblos de vida sedentaria y costumbres plenamente civilizadas.
De los chichimecas de Xólotl, sin embargo, se ha querido hacer un caso aparte, debido al énfasis que ponen las fuentes de Texcoco en el origen cazador y nómada de sus antepasados. Las secuencias pictográficas del Códice Xólotl, que muestran algunos hombres de pelo largo, cubiertos con extraños capotes, que merodean con arco y flecha el Valle de México, han dado sustento a la visión de estos emigrantes como exploradores solitarios.
Las obras históricas de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, principal fuente para el estudio de la historia de Texcoco, dicen, en efecto, que el caudillo Xólotl y su gente vestían con pieles, habitaban en cuevas y comían lo que cazaban. Pero también dicen que labraban la tierra y que tenían casas y palacios. La demografía de los migrantes que Ixtlilxóchitl evoca no tiene nada que ver con las decenas de personas que habitualmente integrarían una banda de cazadores-recolectores: la fuente habla de entre uno y tres millones de personas. Alude a Xólotl como un rey, a sus hijos como príncipes, y habla de ciudades y reinos chichimecas, de embajadores y de una corte.
En realidad, el propio Ixtlilxóchitl, que ha sido utilizado para afirmar el carácter bárbaro de los chichimecas, ofrece una explicación bastante satisfactoria: recuerda que había unos chichimecas en el norte que eran auténticos bárbaros, pero señala que sus ancestros no lo eran, porque eran «valerosos y de mucho gobierno». Además precisa que conocían y estaban emparentados con los toltecas y que decidieron emigrar al sur para ocupar territorios que habían sido dejados por los mismos toltecas. Y nos recuerda, finalmente, que el término chichimeca se refería más al prestigio guerrero de los señoríos del Posclásico que a una definición de barbarie. «Los señores valerosos de esta tierra, por sublimarse, decían que eran chichimecos invencibles […] todos los valientes se preciaban de este nombre», dice el historiador texcocano. Esta gente valerosa llegó a dirigir algunos de los reinos más fuertes del Posclásico tardío, como México-Tenochtitlan y la propia Texcoco.
El siglo XIV: nuevas ciudades, poderes efímeros
El siglo XIV se caracterizó por una situación política muy inestable en el Valle de México. En 1318 se fundó la ciudad de Texcoco y con ella los texcocanos tuvieron un nuevo centro de desarrollo comercial, político y cultural, que 100 años más tarde llegaría a ser una de las ciudades más importantes de Mesoamérica. Mientras tanto, los mexicas no lograban tener aún un sitio definitivo para fundar su ciudad, ni siquiera habían obtenido el respeto de los otros señoríos, que continuaban hostigándolos: en 1320 los tepanecas de Azcapotzalco fingieron que atacarían Culhuacán y enviaron a los guerreros mexicas —a quienes usaban como mercenarios— al frente. En realidad se trataba de una trampa, los habitantes de Culhuacán habían sido advertidos por los propios tepanecas del presunto ataque y tomaron a los mexicas por sorpresa en el lago. Mientras tanto, los tepanecas cayeron sobre Chapultepec, donde entonces vivían los mexicas, y aprovecharon la ausencia de los guerreros para atacar a la población civil inerme.
Tras esta guerra, los mexicas, severamente diezmados, fueron confinados en un paraje inhóspito y lleno de víboras, bajo la vigilancia de los culhuacanos. Sobrevivieron a la penuria y fueron invitados a combatir como aliados de Culhuacán en la guerra contra Xochimilco. Concluida esta guerra, obtuvieron su libertad, tras lo cual se internaron en el lago de Texcoco y escogieron la isla de mayor tamaño para fundar su ciudad. Corría el año de 1345 y aquella isla, con algunas ciénagas interiores, con las orillas invadidas de tules, no parecía, en absoluto, el prospecto de una sede imperial. Apenas había en ella algunas aldehuelas de otomíes.
Los tepanecas de Azcapotzalco se enfrentaron directamente a Culhuacán alrededor del año 1367, y lograron derrotar al que había sido el poder más prestigiado y estable después de la caída de Tula. Posteriormente los tepanecas atacaron poblaciones de los chalcas, que ya no contaban con la protección de Culhuacán. En 1371, bajo el gobierno del célebre Tezozómoc, Azcapotzalco atacó y conquistó Tenayuca, y en 1375 hizo lo mismo con Chimalhuacán, un señorío que antes había estado bajo la protección de Coatlinchan, cuando ésta era una ciudad más próspera.
En el contexto del ascenso tepaneca, los mexicas pudieron, por fin, establecer un gobierno formal, lo que en náhuatl se llamaba un tlatocáyotl. La isla estaba dividida en dos asentamientos: Tlatelolco al norte y Tenochtitlan al sur, y cada asentamiento instauró su propia casa gobernante. Los mexica-tlatelolcas optaron por acercarse al Estado más poderoso, y en 1375 tomaron por rey a Cuacuahpitzáhuac, hijo de Tezozómoc de Azcapotzalco. En 1376, los mexica-tenochcas escogieron a Acamapichtli, de la casa real de Culhuacán, por aquellos días refugiado en Coatlinchan.
En las últimas dos décadas del siglo XIV los dos reinos más poderosos del valle eran Azcapotzalco, que dominaba el oeste, y Texcoco, que hacía lo propio en el este. Pero ese precario equilibrio estaba por romperse, pues Azcapotzalco no dejaba de avanzar en sus conquistas, formando una pinza que amenazaba con rodear Texcoco. En 1400, los tepanecas fueron por el reino mayoritariamente otomí de Xaltocan. La conquista fue implacable y la gente de Xaltocan abandonó la ciudad: algunos se refugiaron en Otumba, en busca de cercanía con Texcoco, y otros huyeron al señorío de Metztitlán, en la Sierra Alta de Hidalgo.
Los tepanecas continuaron con sus campañas: atacaron Acolman, gobernada por la casa real de Texcoco, y luego obligaron a Ixtlilxóchitl, señor de Texcoco, a pagarles tributo. Ixtlilxóchitl aceptó para darse tiempo de preparar el ejército. En 1418 ambos reinos se enfrentaron en tierras de Texcoco. Ixtlilxóchitl murió en la defensa de su reino, muerte que fue presenciada, según la tradición, por su hijo Nezahualcóyotl, quien logró escapar, con la ayuda de sus pajes, y se refugió en la región de Huexotzinco (Huejotzingo). (Las penurias que padeció el joven príncipe tras su huida de la ciudad serían la causa de que sus contemporáneos le dieran el nombre de Nezahualcóyotl, «coyote que ayuna» o «coyote hambriento»). Entre los señoríos aliados de Azcapotzalco en aquella campaña estuvieron dos jóvenes estados: Tlatelolco, que recibió como compensación los tributos de Huexotla, y Tenochtitlan, al cual los tepanecas premiaron con la tributación de la propia ciudad de Texcoco. Pero esta situación cambiaría muy pronto.
Los mexicas y su Triple Alianza
Los primeros reyes o tlatoanis mexicas (el término tlatoani significa literalmente «el que habla» y así se nombraba a los máximos dirigentes de los señoríos o reinos nahuas) se vieron forzados a pagar tributo a Azcapotzalco y participaron en las guerras de la expansión tepaneca. Acamapichtli (1376-1396) tuvo una actuación decisiva en las conquistas tepanecas de Xochimilco, Mízquic, Cuitláhuac y Cuauhnáhuac (Cuernavaca). Huitzilíhuitl (1396-1417) dirigió el ejército mexica en la feroz campaña de Tezozómoc contra Xaltocan, e incluso participó en el inicio de las hostilidades contra Texcoco. Durante el gobierno de Chimalpopoca (1417-1427) ocurrió una crisis de sucesión en Azcapotzalco: al morir Tezozómoc el trono quedó en manos de su hijo menor, Tayatzin. Inconforme, el primogénito Maxtla derrocó a su hermano. Los mexicas participaron en un intento fallido de restauración de Tayatzin, a consecuencia del cual Chimalpopoca fue hecho prisionero por Maxtla y asesinado.
Después del asesinato de su rey, y agobiados por los excesivos tributos que Azcapotzalco les imponía, los mexicas establecieron contacto con Nezahualcóyotl, quien estaba refugiado en el Valle de Puebla tras la muerte de su padre, y forjaron una alianza con el objetivo de derrotar a Azcapotzalco. El plan urdido por la nobleza mexica incluía la colaboración de batallones huexotzincas y un acuerdo de neutralidad con Tlacopan, ciudad tepaneca que discrepaba de las políticas de Maxtla. A los mexicas los guiaba su nuevo tlatoani, Itzcóatl (1427-1440).
La alianza tuvo éxito; Azcapotzalco fue derrotada en el año 1428. Esto convirtió a México-Tenochtitlan, por primera vez en su historia, en un señorío independiente, que no tenía que pagar tributo a nadie. Pero además, al haber derrotado a un rival tan poderoso y al haber colaborado con la mayor potencia de la franja oriental del valle, los mexicas se colocaron en la posición privilegiada de una gran cabecera política. Después de someter a algunos de los antiguos señoríos tributarios de los tepanecas, como Xaltocan, y otros de la zona de Cuauhnáhuac, los mexicas formaron una Triple Alianza (en 1434) con Texcoco y Tlacopan (Tacuba).
La Triple Alianza parece haber sido un gran arreglo político para dotar de estabilidad a las tres cabeceras participantes y garantizarles un dominio duradero. Al parecer, este tipo de alianza había ocurrido antes en Mesoamérica; por ejemplo, hubo una formada por Tula, Otompan (Otumba) y Culhuacán. La alianza implicaba un compromiso de ayuda recíproca entre sus miembros, y permitía aprovechar los antecedentes de cada uno en diferentes sectores del valle y entre diferentes señoríos. Las antiguas conquistas, los antiguos nexos entre casas gobernantes e incluso las antiguas rutas de mercado de las que había formado parte cada una de las tres cabeceras se sumaban a la alianza, sin que se perdiera la identificación preferente de cada cabecera con un grupo de señoríos.
Hubo muchos señoríos, en el Valle de México y sus cercanías, que estaban directamente subordinados a alguno de los tres grandes reinos de la alianza. Esto quiere decir que, además de pagar tributo, tales señoríos sufrían la injerencia política de los tlatoanis aliados, quienes llegaban a nombrar nuevos gobernantes aunque así alteraran la línea de sucesión local. Los principales señoríos dependientes de Tenochtitlan eran Ecatepec, Tenayuca, Mexicalcingo, Huitzilopochco (Churubusco), Iztapalapa, Culhuacán, Xochimilco, Cuitláhuac y Mízquic. De Texcoco dependían directamente Huexotla, Coatlinchan, Chimalhuacán, Otumba, Tepetlaóztoc, Acolman, Tepechpan, Tezoyuca, Chiconautla, Tulancingo, Cuauhchinango (Cuauhchinanco), Xicotépec, Pahuatlán y Tlacuilotepec. Finalmente, Tlacopan (Tacuba) ejercía un dominio directo sobre los señoríos de Azcapotzalco, Ocoyoacac, Coyohuacan (Coyoacán), Atlacahuayan (Tacubaya), Cuauhtitlán, Tultitlán, Tepozotlán, Huehuetoca, Tzompanco (Zumpango), Tula, Atitalaquia, Tezontepec, Mizquiyahuala, Itzmiquilpan, Apazco, Atotonilco, Itzcuintlapilco, Hueypuchtla. Como se ve, el dominio directo de Tenochtitlan se expresaba principalmente en localidades lacustres y de la zona sur del valle; Tlacopan tenía una influencia decisiva en la zona otomí, al oeste y noroeste del Valle de México, y Texcoco controlaba varias localidades del este y noreste del valle, hasta llegar a la bocasierra de Puebla e Hidalgo.
La riqueza de la Triple Alianza se originaba en tres ámbitos: la tributación de sus súbditos directos, es decir, los habitantes de Tlacopan, Texcoco y México; la tributación de los señoríos dependientes, mencionados antes, y la tributación de todos los señoríos que habían sido conquistados en el resto de Mesoamérica. La nobleza mexica, por ejemplo, se enriquecía gracias al tributo del pueblo mexica, de señoríos sujetos como el de Chalco y también de provincias tan remotas como el Soconusco, en la costa de Chiapas, gran productor de cacao. Texcoco, su corte y su nobleza debían sus ingresos al tributo pagado en obra y en especie por los habitantes de Texcoco, a los bienes enviados por pueblos como Acolman u Oztotícpac, y a lo que pagaban tributarios de más allá de las montañas sureñas, como Alpuyeca o Tlaquiltenango, en la zona tlahuica. Lo mismo podemos decir de Tlacopan.
La tributación de los señoríos sometidos a la Triple Alianza no se sumaba para repartirla entre sus tres miembros: lo que ocurría era que cada señorío sometido enviaba su tributación a la cabecera correspondiente. Toluca (Tollocan) enviaba su tributo a Tlacopan; Cuauhtitlán tributaba a Tenochtitlan; Tepozotlán pagaba directamente a Texcoco, y así sucesivamente. Podía ocurrir que un señorío tributara simultáneamente a dos cabeceras de la Triple Alianza, cierto monto a cada una. Ése fue el caso de Cuauhnáhuac, por ejemplo, que tributaba a Tenochtitlan y a Texcoco.
Al menos tres circunstancias pueden haber influido para que un señorío tributara a una cabecera y no a las otras de la Triple Alianza. Primero: cuando una cabecera tenía una responsabilidad mayor en una campaña militar, al punto de poder atribuirse la conquista de cierta localidad, esa localidad le pertenecía como tributaria. Incluso podía ocurrir que se tratara de conquistas más o menos antiguas, anteriores a la formación de la Alianza. Segundo: si un señorío había sido conquistado por la Alianza en su conjunto pero caía dentro del área de influencia de una de las cabeceras, era más probable que le quedara asignado a dicha cabecera. Tercero: parece haber existido un margen para ciertas decisiones políticas, que permitían equilibrar las fuerzas de la Alianza, incluyendo la asignación de los tributos de un señorío a una de las provincias. Finalmente, hay que aclarar que Tlacopan tuvo siempre un número menor de señoríos tributarios que los otros dos reinos, debido a que se trataba de una localidad de los tepanecas, recientemente derrotados. México y Texcoco eran más fuertes que su aliado del occidente del valle.
Más allá del reparto de los flujos tributarios, parece haber existido una división de especialidades entre las tres cabeceras aliadas: México-Tenochtitlan era el líder militar indiscutible: su ejército era más fuerte y las campañas militares se planeaban en el palacio del huey tlatoani mexica. (El término huey tlatoani, gran rey o gran señor, se usaba exclusivamente para los soberanos de los reinos hegemónicos, como los de la Triple Alianza, que tenían subordinados a otros reinos de menor poder). Texcoco tenía mayor prestigio en el diseño y ejecución de obras públicas, como diques y calzadas, y su corte era la de mayor florecimiento cultural y artístico. A los tepanecas de Tlacopan se les acredita mayor pericia en la organización del comercio.
El siglo de la hegemonía y el esplendor de México-Tenochtitlan
Desde que los mexicas dejaron de estar subordinados a los tepanecas (1428) y entraron en alianza con Texcoco y Tlacopan, Tenochtitlan se convirtió en el Estado más poderoso; Tlatelolco no tuvo suerte ni en la elección de sus aliados ni en las estrategias adoptadas frente a ciertos conflictos, y quedó subordinada a Tenochtitlan. De hecho, entre 1473-1515 no hubo un tlatoani tlatelolca.
El esplendor de México-Tenochtitlan, su etapa imperial, duró escasamente un siglo, y en esa historia intervinieron seis gobernantes. Itzcóatl —gobernó de 1427 a 1440— fue quien condujo a los mexicas a su independencia, apenas un año después de su coronación, auxiliado por un estratega a quien se atribuyen grandes habilidades políticas, llamado Tlacaélel. En el gobierno de Itzcóatl se instauró formalmente la Triple Alianza y los mexicas iniciaron campañas militares, como la conquista de Cuauhquechollan (Huaquechula, Puebla), que anunciaban claramente una vigorosa política expansionista. También fue durante su gobierno cuando se creó, al parecer, una historia oficial mexica, en detrimento de las tradiciones de los calpullis fundadores.
Moctezuma I Ilhuicamina (1440-1469) fue el gran soberano de la historia mexica; el que consolidó el Estado, fortaleció las alianzas, inició la gran expansión territorial. Durante su gobierno tuvo lugar una espantosa hambruna, debida a la sequía que se prolongó de 1450 a 1455. Entonces se estableció la práctica de las «guerras floridas» con Tlaxcala y Huejotzingo: guerras pactadas que tenían el propósito de tomar prisioneros para el sacrificio. Pero también tuvieron lugar, bajo el gobierno de Moctezuma I, importantes campañas militares encaminadas a conseguir un mayor número de tributarios. Las primeras conquistas del reinado ocurrieron en la zona tlahuica, es decir, en las cañadas de Morelos, y en la zona otomí de Xilotepec. Tras la gran hambruna, las campañas de Moctezuma y de su aliado Nezahualcóyotl (señor de Texcoco) se dirigieron al Golfo de México, granero natural de Mesoamérica. Más tarde caerían bajo el dominio de los mexicas ciudades como Coixtlahuaca (en la Mixteca, 1461), Chalco (al sur del Valle de México, 1465) y Tepeaca (en la zona de Puebla, 1466).
No hay duda sobre el talento de Moctezuma I como jefe del ejército, pero su mayor contribución parece haber sido la consolidación del Estado mexica y de la corte. Dirigió obras indispensables para el crecimiento de la ciudad y el control del agua, entre otras, la construcción de un acueducto para llevar agua potable de Chapultepec a México. Se dice que contó con la ayuda de Nezahualcóyotl para este proyecto, y en general las fuentes muestran cierta sintonía en las acciones de gobierno de ambos gobernantes, a quienes presentan como amigos además de aliados. A los dos se atribuye el mérito de haber promulgado los códigos que daban un sustento legal a sus respectivos reinos. Organizaron la vida urbana, fundaron tribunales y escuelas, y además promovieron lo que podríamos llamar el engrandecimiento de sus respectivas cortes: la nobleza creció, los palacios se enriquecieron y la vida cortesana se adornó con lujos y etiqueta. Nezahualcóyotl disfrutaba de los jardines y de un espléndido baño en las rocas de Tetzcotzinco, y Moctezuma hacía lo propio en Chapultepec y en Huaxtepec (Oaxtepec).
Algo opacados en la historia quedan Axayácatl (1469-1481) y Tízoc (1481-1486), debido al brillo de quienes gobernaron antes y después de ellos. Axayácatl realizó varias incursiones militares hacia el Golfo de México; sometió definitivamente a los tlatelolcas (1473) y avanzó también hacia el oeste. Después de conquistar varios señoríos del Valle de Toluca, alcanzó la frontera con los tarascos. Las dos campañas preparadas por Axayácatl contra el Imperio tarasco fracasaron: los mexicas no pasaron de la frontera. El único éxito de este intento de expansión fue la conquista de Oztoman (Guerrero), donde los mexicas dejaron una colonia militar, con destacamentos de tropa y atalayas. En el brevísimo reinado de Tízoc hubo dos conquistas importantes, Yancuitlan (Yanhuitlán), en la Mixteca, y Tochpan (Tuxpan), en Veracruz. El fugaz tlatoani murió envenenado.
Ahuítzotl (1486-1502) accedió al trono siendo aún adolescente y murió joven; durante algo más de 15 años se dedicó a hacer la guerra. Ningún gobernante del México antiguo tuvo la fama de guerrero feroz que acompañó a este tlatoani mexica. Celebró su coronación con el sacrificio de 80 000 prisioneros huastecos. La cifra parece exagerada pero varias fuentes coinciden en ella. Después de la campaña en la Huasteca, Ahuítzotl conquistó Oaxaca (1494) y continuó en esa dirección, marchando sobre Juchitán y Tehuantepec (1497-1498). Consolidó el dominio en tierras del actual Guerrero, con algunas conquistas terribles, como la de Teloloapan. En esa zona quedó sin someter el señorío de los yopes, pero la más grave dificultad, en las guerras hacia el occidente, fue una vez más la resistencia tarasca, ante la cual Ahuítzotl tuvo que replegarse.
A pesar de que Moctezuma II Xocoyotzin (1502-1520) hubiera tenido tiempo de emprender tantas campañas militares como su predecesor, no lo hizo. Sus conquistas se limitaron a algunos señoríos zapotecos que no habían caído en la campaña de Oaxaca. Bajo su gobierno, la corte se redujo, al detenerse la incorporación de los guerreros valientes a la nobleza. Sólo se reconoció como nobles a quienes descendían de nobles. La grandeza de la corte de Moctezuma I se convirtió en despotismo con Moctezuma II. Moctezuma I creó una vistosa corte; Moctezuma II pensaba más en salvaguardarla que en dejarla brillar.
Al menos dos decisiones de Moctezuma II están directamente relacionadas con la vulnerabilidad de Tenochtitlan en el momento de la guerra contra los españoles: trató de controlar a su antiguo aliado, Texcoco, y con ese objetivo impuso a su sobrino Cacama como rey de aquella ciudad. Además atacó a los tlaxcaltecas con el propósito de someterlos definitivamente, cosa que no logró. Consiguió, en cambio, predisponer a las noblezas de Tlaxcala y de Texcoco contra Tenochtitlan, lo que explica la determinación de ambas potencias de pactar con Cortés.
El Valle de Puebla-Tlaxcala y sus alrededores
En el Valle de Puebla-Tlaxcala, como hemos visto, hubo poderosas ciudades en el Posclásico tardío, varias de ellas pobladas por emigrantes chichimecas ligados a la historia de Tula. En la zona hubo una decena de señoríos de dimensiones y capacidades similares, pero despuntaron tres estados, que condujeron la política regional y lograron aglutinar grandes fuerzas en torno suyo: primero Cholula, después Huejotzingo y más tarde Tlaxcala.
Desde que fue invadida por los toltecas, en el siglo XII, y hasta el año de 1359, la ciudad de Cholula fue la más poderosa en la región, y contó con el apoyo de los recién fundados señoríos nahua-chichimecas de Cuauhtinchan y Totimehuacan. Esto no quiere decir que no hubiera población más antigua en dichos señoríos; lo que ocurrió es, más exactamente, una refundación, en la cual ciertos contingentes de chichimecas recién llegados tomaron el control y dieron nombre a los nuevos señoríos, y subordinaron a los antiguos habitantes, entre los cuales había, en aquella zona, popolocas y mixtecos, ahora convertidos en minorías.
Huejotzingo se había fundado alrededor de 1300 por grupos chichimecas procedentes del Valle de México. Los chichimecas de Huejotzingo no tenían lazos con las ciudades culhuas (es decir, de tradición tolteca), como Culhuacán o Cholula, sino con Coatlinchan. Una vez asentados en el Valle de Puebla-Tlaxcala, y con el apoyo de Coatlinchan, los huexotzincas buscaron fortalecerse mediante algunas conquistas. En 1352 atacaron al naciente señorío de Tepetícpac, en la actual Tlaxcala, pero no lograron derrotarlo. Corrieron con más suerte en 1359, cuando dirigieron su ataque a la propia Cholula, que fue derrotada y así desplazada de su papel de única metrópoli regional. Los huexotzincas desplegaron su propia estrategia de alianzas y conquistas dentro y fuera del valle poblano-tlaxcalteca. En 1404 conquistaron Huaquechula y en 1434 hicieron lo propio con Totimehuacan, uno de los antiguos aliados de Cholula.
Pero Huejotzingo no era el único poder emergente en la zona. Otros chichimecas procedentes del norte se habían establecido en el área de lo que hoy llamamos Tlaxcala, en 1348. Primero fundaron Tepetícpac, y al cabo de pocos años un grupo se separó y dio origen al asentamiento de Ocotelulco; el proceso se repitió más tarde, cuando gente de Ocotelulco fundó Tizatlán y, finalmente, en 1371, se creó el poblado de Quiahuiztlan. En realidad nunca existió una ciudad con el nombre de Tlaxcala, sino un señorío, cuyas cuatro cabeceras acabamos de mencionar. (Es posible que en la época prehispánica el número de cabeceras fuera mayor, pero estas cuatro son las que más aparecen en las fuentes del siglo XVI). Cada cabecera tenía su propio tlatoani y los cuatro se ponían de acuerdo, en ocasiones, para actuar conjuntamente, por ejemplo en la guerra. La idea del «senado de Tlaxcala» es una fantasía romántica; nunca hubo un cuerpo legislativo integrado por representantes populares.
Los mexicas intervinieron en la política de la zona de Puebla-Tlaxcala tanto como pudieron, pero nunca lograron avasallarla como hicieron en otras partes. Atacaron Huaquechula en 1432 y se la arrebataron a los huexotzincas. En 1466 sometieron a la ciudad de Tepeaca. Mantuvieron una situación de conflicto permanente con Tlaxcala y Huejotzingo, pero manejada con el acuerdo de efectuar periódicamente las guerras floridas. En tiempo de Moctezuma II hubo dos lapsos durante los cuales los tlaxcaltecas se aliaron a los mexicas, pero volvieron a cerrar sus fronteras al comercio y las embajadas mexicas poco antes de la Conquista española. Cholula, en cambio, mantuvo cierta alianza con Tenochtitlan hasta la llegada de Cortés.
Morelos, Toluca y el Occidente
Los señoríos situados en las cañadas de Morelos, región que los nahuas llamaban Tlálhuic, no parecen haber tenido durante el Posclásico una fuerza suficiente para rivalizar con los del Valle de México, como sí ocurrió con los de Puebla-Tlaxcala. Sin embargo, desde mediados del siglo XIV y hasta principios del XV, hubo intentos de señoríos de la región de Tlálhuic por participar en algunas guerras que proyectaran su poder más allá de su región. Cuauhnáhuac, una de las principales cabeceras, atacó algunas poblaciones sujetas al señorío de Chalco en el año de 1365, pero este ataque fue repelido por los mexicas, que aún estaban bajo las órdenes de los tepanecas. La presión de Cuauhnáhuac continuó por unas décadas y se asoció a la actuación de otros dos señoríos que formaban un corredor al sur del Popocatépetl, Cuautla y Huaquechula. Esta última ciudad fue conquistada por los huexotzincas, en 1404, y por Tenochtitlan, en 1432. Durante el siglo XV las dos principales cabeceras de las cañadas, Cuauhnáhuac y Huaxtepec, fueron sometidas por mexicas y texcocanos. Lo mismo ocurrió con sus fértiles pueblos, proveedores de algodón, cacao y otras materias primas de tipo tropical: Xochitepec, Xiuhtepec (Jiutepec), Amacuzac, Puente de Ixtla, Cuauhtla, Anenecuilco, Tepoztlán, Yauhtepec, Yecapixtla, Totolapan y algunos otros.
El Valle de Toluca había sido una zona natural de influencia tepaneca, y se encuentra entre las regiones que los mexicas tuvieron que reconquistar después de derrotar a Azcapotzalco, en el proceso de formación de las provincias tributarias de la Triple Alianza. En el año de 1474 el señorío de Tenancingo, que había entrado en conflicto con Toluca, pidió auxilio a los mexicas y la oportunidad fue aprovechada por Axayácal para iniciar una campaña de gran escala en la región. El ejército mexica atacó Calixtlahuaca y Toluca; los combates fueron difíciles y el resultado parecía incierto: el propio Axayácatl resultó herido en una pierna en la campaña. Pero al final, las cabeceras de esta zona, poblada mayoritariamente por matlatzincas, fueron sometidas.
Algunas fuentes indican que fue en esa misma campaña cuando quedaron sujetos los demás pueblos de la región: Teotenango, Calimaya, Malinalco, Ocuilan, Tenancingo y algunos otros. Todos ellos quedaron obligados a tributar productos agrícolas y mantas, especialmente a México y Tacuba. Pero además hubo algunos pueblos que fueron sometidos no tanto por el interés en su tributación en especie, sino porque se encontraban en la franja de frontera con los tarascos: la principal carga de estos señoríos sería luchar contra los tarascos y reforzar a las guarniciones enviadas por la Alianza. Fue el caso de Atlacomulco e Ixtlahuaca, de Malacatepec (situado frente a Zitácuaro) y también del señorío de Temazcaltepec.
La frontera tarasca fue la principal preocupación militar de los mexicas. De por sí, el occidente de Mesoamérica —entiéndase, Michoacán, Colima y partes de Jalisco y Nayarit— había mantenido durante su historia cierta autonomía respecto a los procesos que vinculaban estrechamente a las demás regiones del área cultural. Las rutas comerciales del Valle de México se dirigían más al noroeste (a Zacatecas, Durango y Sinaloa) que al occidente mismo. Pero en el Posclásico tardío ese relativo aislamiento se tradujo en una fuerza política expansionista semejante a la que impulsaban los mexicas desde el Valle de México.
En una situación análoga a la que se vivió en los valles de México y de Puebla-Tlaxcala en los siglos XIII y XIV, una migración chichimeca tuvo lugar en Michoacán alrededor del año 1300. Las fuentes dan el nombre de uacúsechas a estos chichimecas michoacanos, que al igual que sus similares de otras regiones tenían fama de ser rústicos y montañeses, de modales poco urbanos. La arqueología coincide con las fuentes escritas en la identificación de ese fenómeno migratorio: su origen estaba en la frontera de Guanajuato y Michoacán y su primer destino fue la cuenca de Zacapu. Otra hipótesis sugiere que hubo antiguas migraciones de purépechas mucho más al norte que el Bajío. Lo cierto es que los uacúsechas llegaron a Michoacán procedentes del norte, y que al llegar encontraron a otros grupos hablantes de su misma lengua.
Después de concentrarse y pasar algunos años en Zacapu, estos uacúsechas, guiados por un caudillo al cual nombraban Ireti Ticátame, se dirigieron a la cuenca de Pátzcuaro. Allí fundaron la ciudad del mismo nombre (el fundador fue Tariácuri, según la tradición), que fungió como capital para este pueblo migrante y para los que ya vivían en la zona cuando los uacúsechas llegaron: todos eran hablantes de la lengua tarasca o purépecha. A partir de 1450, Pátzcuaro compartió el poder con otras dos cabeceras, formando una alianza tripartita: Hiquíngare, hijo de Tariácuri, gobernó en Pátzcuaro; mientras que Hiripan y Tangaxoan, sobrinos de Tariácuri, gobernaron Ihuatzio y Tzintzuntzan respectivamente.
Aunque similar a otras de Mesoamérica, la cultura tarasca difería también en algunos rasgos importantes: las comunidades o barrios no pagaban tributo en especie a sus señores sino sólo en trabajo. Además, la nobleza no representaba una capa tan numerosa y rica como en los reinos o señoríos nahuas. En general parece haber existido una estratificación social menos compleja y esto se expresaba también en los asentamientos, que no fueron tan extensos ni tan urbanizados como entre los nahuas. La misma cultura material tarasca era notablemente más simple —quizá más pobre— que otras, como la nahua o la mixteca. Sin embargo, el poder ejercido por el cazonci o rey tarasco y por su sacerdote mayor o petámuti, era al menos tan grande y despótico como el que ejerciera cualquier soberano nahua. Pero hay algo más: el poder del señor tarasco estaba fuertemente centralizado.
Después de tener el control absoluto de las poblaciones vecinas del lago de Pátzcuaro, los uacúsechas emprendieron campañas de conquista que los llevaron más allá del río Lerma, en el norte, donde los cazadores-recolectores merodeaban ya por las últimas aldeas agrícolas. Por el sur descendieron hasta la cuenca del Balsas y por el este hasta las cercanías del Valle de Toluca. En estas dos últimas direcciones se toparon con la otra gran fuerza expansionista, la de la alianza México, Texcoco, Tlacopan. Ninguno de los dos proyectos imperiales pudo mover significativamente esa frontera en las décadas anteriores a la Conquista española.
El Golfo de México
Las fuentes escritas que se refieren a las culturas prehispánicas de la costa del Golfo son bastante escasas. Ello se debe, en buena medida, a la catástrofe demográfica ocurrida en el siglo XVI, que en la llanura costera se acercó al extremo de la extinción. Los testimonios de los conquistadores españoles, que cruzaron esa región en su viaje hacia México, la información indirecta que ofrecen las fuentes de tradición nahua, y las investigaciones arqueológicas permiten tener una idea de lo que ocurría en las tierras comprendidas entre los ríos Papaloapan y Soto la Marina. Los huastecos, de la familia lingüística maya, habían ocupado durante siglos el norte de la región del Golfo. Los totonacos, asentados en el centro y el sur de dicha región, habían llegado hasta las llanuras costeras, procedentes de las montañas, hacia el siglo VIII de nuestra era.
Está claro que los mexicas y sus aliados apetecían la tributación de los huastecos, e hicieron lo posible por obtenerla. Pero está igualmente claro que no lograron derrotar a todos los señoríos de la región, y que aquellos a los que vencían volvían a sublevarse. Así que la sonoridad que alcanzan en las fuentes algunas campañas militares contra la Huasteca, como la que realizó Ahuítzotl al inicio de su reinado, no refleja el éxito real de esas incursiones.
Pese a reiterados fracasos, los mexicas lograron derrotar en la guerra a Tamapachco y Tziuhcóac, y ocuparon la localidad hoy llamada Castillo de Teayo, en la que dejaron un destacamento militar. La arquitectura y la escultura de este enclave muestran una fuerte influencia mexica. El templo mayor de Castillo, así como los portaestandartes y las imágenes de Tláloc, Xilonen, Xipe y otros dioses, recuerdan vivamente el arte del Valle de México. En contraste, los huastecos realizaban buena parte de sus construcciones de material perecedero, como bajareque, adobe y tierra apisonada. Incluso muchas de las «pirámides» huastecas, que por lo general eran de planta circular, estaban hechas de tierra y sólo recubiertas superficialmente con estuco. Ello favoreció que la erosión borrara las huellas de su antiguo urbanismo.
Los totonacos entraron a la historiografía sobre el México antiguo desde los primeros días del contacto europeo con Mesoamérica; el «cacique gordo», que se mostraba incómodo por la presencia de los enviados mexicas en la ciudad de Cempoala y fue amigable con Cortés, figura en el relato de la Conquista. Cempoala era, en efecto, una de las ricas ciudades de los totonacas, como Tuxpan, Quiahuiztlan o Cotaxtla, que habían sido conquistadas por los ejércitos de la Triple Alianza. Cuando los totonacos se referían a quienes los tenían sometidos al pago de tributo y a la aceptación de sus condiciones comerciales, acusaban en particular a los culhuas, es decir, a los mexicas.
Desde los días posteriores a la gran hambruna de mediados del siglo XV, los mexicas se habían lanzado sobre las pequeñas ciudades-Estado totonacas. Todas ellas contaban con un magnífico entorno agrícola y practicaban técnicas de irrigación para mitigar el impacto de la estación seca. Sus ciudades tenían calles empedradas, estaban divididas en barrios, cada uno con sus propios templos; contaban con drenaje, mercado y amplias plazas ceremoniales. Cempoala había llegado a agrupar a 20 000 habitantes, y de ese conglomerado urbano surgió el primer contingente militar de importancia con el que habría de nutrirse la hueste de Cortés.
El sur
Si en el periodo Clásico fueron los zapotecos quienes tuvieron la hegemonía en la región oaxaqueña, en el Posclásico fueron sin duda los mixtecos los que tuvieron la mayor fuerza demográfica, militar y política, y a ellos correspondió impulsar importantes transformaciones culturales en Oaxaca. Después de estar constreñidos durante siglos a la sierra y a los valles adyacentes de la zona llamada Mixteca Baja, los mixtecos empezaron a migrar y ampliar su área de influencia desde el Epiclásico, cuando ocuparon Cholula y avanzaron sobre el Valle de Puebla-Tlaxcala. A la presencia de pobladores mixtecos en este último valle se sumó, durante el Posclásico, una red de alianzas estratégicas, apoyadas en matrimonios reales, que vinculaba señoríos mixtecos de la sierra, como Coixtlahuaca, con señoríos de predominio nahua, como los de Cholula y Teohuacan (Tehuacán).
Durante el siglo XII los mixtecos iniciaron también un proceso de migración y de vinculación política más estrecha con el Valle de Oaxaca. Dicho proceso incluyó alianzas pacíficas (como la que se produjo en Zaachila, donde los señores mixtecos se enlazaron con la casa real zapoteca), asentamientos de comunidades de campesinos y artesanos mixtecos en tierras zapotecas (como los que ocurrieron en Cuilapan), y finalmente algunas guerras, que motivaron el desplazamiento de grupos zapotecos hacia el Istmo de Tehuantepec, región en la que entraron en conflicto con los mixes que resultaban invadidos.
A los patrones culturales zapotecos que los mixtecos compartían (como las cámaras funerarias decoradas con pintura), se sumaron rasgos de la Tradición Mixteca-Puebla y muy especialmente la práctica de la orfebrería y la pintura de códices, que los mixtecos dominaban y difundieron con su avance. La riqueza de la región oaxaqueña y el lujo de sus cortes, siempre abastecidas de oro, algodón, plumas ricas y cacao, animó a los mexicas a emprender campañas militares. Moctezuma I conquistó la rica Coixtlahuaca, Tízoc sometió a la otra cabecera mayor de la sierra, Yanhuitlán, y Ahuítzotl extendió el dominio de la Triple Alianza a todo el Valle de Oaxaca.
El área maya tuvo una etapa de cierta autonomía durante el Posclásico tardío, en contraste con lo que había ocurrido en la época tolteca, cuando recibió fuertes influencias del centro de México. En la Península de Yucatán, la hegemonía de Chichén Itzá fue reemplazada por la de Mayapán (el famoso gobierno, reputado de tiránico, de los cocomes) y luego ocurrió una fragmentación en numerosas ciudades-Estado, situación que prevaleció hasta la Conquista. La zona selvática no tuvo en el Posclásico nuevos desarrollos, nada después de la gran crisis del siglo IX, excepto los señoríos de refugiados itzaes (salidos de Chichén tras el ataque cocom) de Topoxté y Tayasal. En los altos de Guatemala, a donde también habían llegado los rasgos toltecas, llevados por los quichés, hubo varios señoríos independientes. Quichés, cakchiqueles, rabinales y tzutuhiles formaban las cuatro principales unidades políticas de los altos en la época de la Conquista española.
La Triple Alianza no realizó conquistas en el área maya, como si quedara fuera de su alcance, más allá de su capacidad militar. En ese aspecto, hay que reconocer que Teotihuacán y Tula tuvieron una capacidad de influencia mucho mayor de la que tuvo Tenochtitlan. La región del Soconusco, en la costa de Chiapas, fue la conquista más meridional de los mexicas. Por otra parte, los mercaderes patrocinados por los mexicas (pochtecas, acxotecas y nahual-oztomecas) sí participaron en rutas de comercio que se conectaban con las redes de intercambio del área maya. Acaso esto ayude a explicar la presencia de rasgos artísticos Mixteca-Puebla en el gran puerto comercial de Tulum, en la costa de Quintana-Roo, y en los propios códices mayas.
LAS SOCIEDADES DEL POSCLÁSICO
Ningún pueblo de Mesoamérica ofrece mejor documentación que los nahuas del Valle de México para intentar un esbozo de la organización social y de las costumbres. Las afinidades existentes entre las etnias y regiones de Mesoamérica justifican el uso de una explicación general sobre los nahuas como modelo para aproximarse a otros casos. Sin embargo, es preciso advertir que existieron importantes diferencias entre los nahuas (más urbanos), los otomíes (más dispersos), los purépechas (menos estratificados), los mayas (más apegados al sistema de linaje que al orden político) y muchas otras. Para elaborar las páginas que siguen hemos considerado, como es costumbre hacerlo, las abundantes fuentes de tradición nahua del siglo XVI, pero intentamos también dejar constancia de algunas variedades y matices que las fuentes de otros grupos y regiones permiten advertir.
Las poblaciones y sus barrios
En el Posclásico tardío había en Mesoamérica cientos de señoríos o pequeños reinos. Se ha calculado que pueden haber sido unos 1500; todos ellos recibirían la denominación colonial de «pueblos de indios». Frecuentemente estos pequeños reinos formaban alianzas; muchos tenían cierto grado de subordinación a algunos reinos mayores que funcionaban como centros regionales. Hubo algunos reinos muy poderosos que desplegaron estrategias de expansión de tipo imperial para contar con la tributación de provincias lejanas y para proteger rutas de comercio de muy larga distancia. En vísperas de la Conquista española destacan dos grandes reinos expansionistas, el tarasco y el mexica.
Cada reino o señorío, de la dimensión que fuera, funcionaba como una unidad territorial, se identificaba con un conjunto de templos y plazas, contaba con un área residencial y áreas productivas, además de tener tribunales, recaudadores y una estructura administrativa, mayor o menor según la dimensión del señorío. El nombre que los nahuas daban a cada una de estas unidades político-territoriales era altépetl (literalmente cerro de agua); Tenochtitlan era un altépetl, y también lo eran otros sitios mucho más pequeños, como Cuitláhuac o Churubusco. En la mayoría de los casos, el asentamiento principal de un señorío o altépetl era una ciudad, pero también hubo señoríos con escasa urbanización del espacio, consistente apenas en el centro ceremonial y la residencia del gobernante y sus parientes. Al gobernante supremo del altépetl se le conocía como tlatoani, y a la institución de la monarquía se la designaba con el término tlatocáyotl.
El concepto de altépetl existió también en otras lenguas; en algunos documentos coloniales mixtecos, por ejemplo, aparece la expresión yucunduta («montaña y agua»). Sin embargo, lo más común en otras regiones era aludir al señorío al cual se pertenecía con la expresión más sencilla de «pueblo» o «lugar»: ñuu en mixteco, kaaj en maya yucateco, ireta en tarasco. Las personas se identificaban como procedentes o pertenecientes a determinado altépetl, a determinado ñuu, pero a su vez, cada pueblo o ciudad estaba formado por comunidades más pequeñas, denominadas barrios, «colaciones» o aun parroquias en la documentación en español.
Los barrios mesoamericanos eran más que subdivisiones espaciales de los asentamientos; eran comunidades fuertemente cohesionadas, grupos corporativos que aglutinaban a varias familias y se identificaban como unidades sociales básicas para la vida de la unidad política mayor. El barrio es conocido en la literatura sobre el México prehispánico con el nombre que le daban los nahuas, que es el de calpulli, pero se trata de una forma de organización presente en toda Mesoamérica. Los mayas lo llamaban kuuchte’el, los mixtecos de Teposcolula siqui, los mixtecos de Yanhuitlán siña, los tarascos vapatzequa.
En los textos que se refieren a los nahuas, y que son los más abundantes, se emplean, en realidad, tres términos para hacer referencia a los barrios: calpulli (que significa literalmente casa grande), tlaxilacalli (¿casa o caserío rodeado de agua?) y chinámitl (cercado de cañas). Abreviaremos la discusión terminológica indicando que chinámitl se utiliza poco en documentos del México central, pero en cambio es frecuente en los altos de Guatemala, donde la influencia nahua fue importante en el Posclásico. El término calpulli se utiliza preferentemente para aludir a la agrupación, a la comunidad, y el término tlaxilacalli para hacer referencia a su expresión territorial, como barrio dentro un asentamiento. Los calpullis podían existir incluso sin territorio, en la circunstancia de un proceso migratorio, como el que vivieron tantos pueblos del Posclásico. Una vez establecidos e integrados a la estructura de un altépetl, los calpullis se convertían además en tlaxilacallis.
Los miembros de un calpulli estaban unidos por lazos de parentesco; dentro de un calpulli había varias líneas de descendencia o linajes. Además la gente del calpulli poseía en común cierto territorio, para vivir y para realizar su especialidad laboral: tierras de cultivo, franjas de bosque, salinas, arroyos. Los calpullis agrícolas solían dividir sus tierras en dos tipos: las parcelas familiares y las parcelas comunales. Las parcelas familiares podían heredarse, pero en ningún caso venderse, y si la familia no las trabajaba el calpulli recuperaba el control sobre ellas para otorgarlas a otra familia. Las parcelas comunales se trabajaban colectivamente y por turnos para pagar tributo al gobierno del altépetl. Cada calpulli tenía su dios patrono, su propio templo, sus costumbres y fiestas, y una autoridad local, a quien se alude en algunas fuentes como «hermano mayor», que atendía los problemas internos de la comunidad y tenía la representación de ésta para acudir ante los órganos de gobierno del altépetl.
La cohesión interna de estos barrios, su autonomía relativa, la importancia de los lazos de parentesco dentro de ellos tuvo fluctuaciones a lo largo del tiempo y también de una región a otra. Pero su resistencia es notable. Como contingentes aglutinados en un proceso migratorio, o como barrios urbanos de una metrópoli, los calpullis (y su equivalente en otras lenguas) siempre fueron la unidad de agrupación básica, y los gobiernos de los señoríos tenían que reconocer y aceptar su autonomía. En la época de esplendor de México-Tenochtitlan, los gobernantes llegaron a tener cierta injerencia en el nombramiento de los jueces que residían en los barrios para supervisar el cumplimiento de las leyes del reino, pero los barrios conservaron su autonomía en todo lo demás: distribución del suelo habitable, organización de la producción, práctica religiosa local, reuniones y deliberaciones en la casa comunal, etcétera.
En el kuuchte’el yucateco y en el siqui o siña mixteco se aprecian rasgos muy semejantes a los del calpulli nahua: también estaban formados por parentelas, ejercían el derecho de propiedad sobre la tierra en forma comunal y practicaban el reparto de parcelas entre las familias; también contaban con jefes (ajkuuch kaab’, en maya, e yya, en mixteco) que representaban al barrio ante la autoridad local. Hasta qué punto se distinguían estos jefes de barrio de los demás miembros del grupo por sus riquezas y privilegios, es un asunto que debe estudiarse más; lo que parece seguro es que pertenecían siempre a un mismo linaje dentro del barrio. Algunas descripciones sugieren que los jefes de los barrios constituían una especie de pequeña nobleza interna.
En todos los casos, estas comunidades eran también unidades tributarias; es decir, el gobierno del señorío cobraba un tributo no a cada familia sino al barrio en su conjunto. Las tierras comunales eran, precisamente, para producir ese tributo que la comunidad estaba obligada a pagar. Respecto al vapaztequa tarasco se sabe mucho menos, pero resalta el rasgo peculiar de que solamente pagaba tributo en forma de trabajo.
Es difícil acertar en las estimaciones numéricas sobre la población de los barrios, y seguramente fue bastante variable en diferentes momentos de la historia. Lo que las fuentes nos permiten afirmar es que las poblaciones de los barrios pequeños pueden haber consistido en unas 150 personas (hay algunos casos así en Huejotzingo), y los de mayor tamaño, asentados durante mucho tiempo en ciudades populosas llegaban a tener hasta 2000 miembros, como parece haber sido el caso en Tenochtitlan. Hay indicios de que los calpullis y sus similares eran comunidades de tipo exogámico; con una tendencia patrilocal en el caso de mayas y nahuas, y ambilocal entre los mixtecos.
División social
Los barrios del México antiguo se caracterizaban también por ser comunidades sin estratificación interna. Todas las familias vivían en las mismas condiciones y sólo destacaba la del jefe del barrio. El jefe tenía una serie de responsabilidades que justificaban la diferencia. A su casa acudían los miembros de la comunidad con sus problemas y pleitos; en su patio tenían lugar las reuniones de los jefes de familia del barrio y los banquetes propios de algunas fiestas.
La gente del pueblo, los comuneros que integraban los barrios, recibían en lengua náhuatl el nombre de macehualtin (singular macehualli), ajchamb’el wíiniko’ob’ en maya, y ñandahi o con menos frecuencia dzaya dzana en mixteco; en lengua tarasca, el genérico purépecha servía para aludir a la gente del pueblo. Todos estos comuneros tenían la obligación de pagar tributo a la nobleza y, como veíamos, lo hacían corporativamente, a través de su barrio. Ésa fue la principal distinción social que existió en el seno de la civilización mesoamericana: los plebeyos trabajaban en diferentes tareas productivas, según su especialidad, y pagaban un tributo a los nobles. Estos últimos acaparaban los más altos cargos en el gobierno y en el sacerdocio y vivían con cierta riqueza y privilegios gracias a la distribución que los gobernantes realizaban de los productos tributados por los plebeyos. Los nobles eran llamados pipiltin en lengua náhuatl (singular pilli), aalmejeno’ob’ en maya de Yucatán, yya entre los mixtecos, quienes parecen haber reconocido a un grupo de estatus intermedio denominado toho, y acháecha entre los purépechas. Además de pagar tributo en especie al gobierno de su altépetl, los comuneros tenían la obligación de trabajar en las obras públicas y de combatir en las guerras, al ser convocados por los dirigentes del señorío.
Junto a esta división básica de las sociedades mesoamericanas en dos grupos, había algunas otras distinciones. En la mayoría de las regiones se habla de tres tipos de trabajadores que presentan algunas diferencias respecto al resto de los macehuales o plebeyos: se trata de los renteros, los terrazgueros y los esclavos. Los renteros trabajaban tierras ajenas pero no estaban adscritos u obligados a permanecer a perpetuidad en esas tierras. Además podían tener tierras en su calpulli de origen, pero dedicaban alguna parte del año a cultivar tierra de otro calpulli o del gobierno: como arrendatarios, tomaban una parte de la cosecha que producían y entregaban otra parte a manera de renta. Hay indicios de que algunos señoríos ponían en arrendamiento ciertas tierras para incrementar el monto de productos que recibían en palacio; en náhuatl se llamaba a esta práctica millanehuiliztli.
Los terrazgueros, llamados en náhuatl mayeque (singular maye), tay situndayu en mixteco, acípecha en tarasco, trabajaban las tierras patrimoniales de algunos nobles y vivían en sus cercanías; entregaban a dichos nobles la mayor parte de la producción de esas tierras y estaban obligados a darles servicios personales, como acarrear leña y agua y hacer tareas domésticas. Estos trabajadores se encontraban en una situación de desventaja respecto de los demás campesinos por dos razones: carecían de tierra propia y estaban obligados a permanecer para siempre en la tierra que trabajaban, al igual que sus descendientes. En cierta medida, entonces, los podemos comparar con siervos. Pero hay una distinción importante con respecto a los trabajadores serviles del Medievo europeo: a diferencia de los siervos, los mayeque o tay situndayu mesoamericanos no estaban bajo la jurisdicción política, judicial ni militar del señor de la tierra, pues seguían siendo súbditos directos del rey o señor del altépetl en cuya demarcación residían, y sólo estaban sujetos a la autoridad del monarca.
La esclavitud no fue importante, desde el punto de vista económico, en Mesoamérica; afectó a una minoría de individuos y tuvo fundamentalmente dos vertientes: había esclavos domésticos, que hacían labores como acarrear agua y leña, y esclavos para el sacrificio, cuyo único destino era morir en ciertas solemnidades. Los primeros llegaban a esa condición por orden judicial, al no haber podido saldar una deuda o para desagraviar a una familia tras haberla ofendido de algún modo. Los segundos eran comprados en las plazas de mercado por quienes iban a sacrificarlos. El mercado de Azcapotzalco era uno de los enclaves predilectos de los mercaderes de esclavos. En náhuatl se llamaba al esclavo tlacotli, en maya p’entak y en mixteco dahasaha.
Es preciso aclarar que los artesanos y los mercaderes no pagaban al altépetl tributo en trabajo pero sí en especie. Y ésta parece haber sido una práctica extendida en varias regiones. Respecto a los mercaderes, algunos autores los consideran una clase social aparte, como una suerte de clase media o clase en ascenso. Sin embargo, la información disponible en las fuentes coloniales permite explicar la situación de los mercaderes de otra manera.
Los llamados pochtecas constituían el grupo más numeroso de mercaderes, pero no el único. La voz pochteca (singular pochtécatl, plural pochtecah) es un gentilicio, «los de Pochtlan», y hace referencia a un grupo étnico. Otras etnias de mercaderes del Posclásico, que tenían una sede en México-Tenochtitlan o en México-Tlatelolco, eran los acxotecas (de un lugar no identificado llamado Acxotlan) y los nahual-oztomecas (procedentes de Oztoman). Cada etnia de mercaderes tenía algunos calpullis asentados en México y otros situados en diferentes localidades que formaban parte de la ruta comercial.
Dentro de las etnias de mercaderes había linajes dirigentes, y familias comunes. Es decir, había una estratificación interna: los jefes atesoraban riquezas, ofrecían fastuosos e interminables banquetes y parecían más prósperos que los pillis de la corte nahua. Pero, al mismo tiempo, el pueblo mercader recorría cientos de kilómetros a pie, llevaba cargas de hasta 30 kilos a la espalda, se ulceraba la frente con el mecapal y se llagaba los pies con piedras y espinas. Los mercaderes de más alto rango fumaban hasta la madrugada, recostados en cojines; los mercaderes comunes andaban con el riesgo de despeñarse en los barrancos y cruzaban corrientes turbulentas.
Brazos y piernas del imperio
No es totalmente inexacto hablar del Imperio mexica, siempre que se recuerde que la institución de la Triple Alianza implicaba un reparto de los recursos económicos y del poder. Del liderazgo mexica no cabe duda: los pueblos que los españoles encontraron a su paso tenían muy claro que los mercaderes que marchaban por los caminos llevaban la protección de Moctezuma, y decían que los recaudadores del tributo eran enviados por los culhua-mexicas.
Ésas eran las dos vías por las cuales circulaban los productos a través de las regiones de Mesoamérica: tributos que las provincias enviaban a la Triple Alianza o a algunos otros reinos, y mercancías que los pochtecas y otros grupos ponían en circulación. Para el intercambio funcionaban antiquísimas redes y plazas de mercado, bien conocidas por las etnias especializadas que, como los fenicios, llevaban siglos recorriendo las regiones. Pero no era una práctica totalmente libre, pues un poder como el de la Triple Alianza era capaz de imponer condiciones en regiones remotas. No era opcional que, por ejemplo, los productores de cacao de la cuenca del Balsas comerciaran con las caravanas de mercaderes auspiciados por la Triple Alianza: negarse a hacerlo o cerrar alguno de los caminos por los que circulaban las caravanas equivalía a una declaración de guerra.
Las maniobras militares y las guerras que los mexicas y sus aliados libraban podían tener, entonces, dos objetivos económicos distintos: dar forma, consolidar y proteger las rutas comerciales, o bien imponer tributos. En cualquier caso, la guerra estaba rigurosamente reglamentada. Los contingentes populares de los señoríos que participaban en una campaña avanzaban agrupados en escuadrones, guiados por sus abanderados y listos para participar en el momento en que los capitanes así lo mandaran. Y los cuerpos de élite del ejército (llamados águilas, jaguares, coyotes y otomíes), especialmente aguerridos y disciplinados, entraban en acción después de que los escuadrones populares habían tenido sus primeros combates, a veces bajo la influencia de enervantes que les daban un arrojo especial.
Al final de un combate había siempre numerosos prisioneros que eran conducidos a las grandes capitales, como Tenochtitlan, para su muerte en la piedra de sacrificios. Así que no eran sólo las guerras floridas las que proveían cautivos para el sacrificio ritual: toda guerra, aunque su objetivo económico fuese evidente, se rodeaba de una motivación religiosa: Huitzilopochtli había sido afrentado, Huitzilopochtli acudía al combate. Y toda guerra contribuía a la realización de uno de los ritos más importantes de la religión mesoamericana: el sacrificio humano.
En el Valle de México, la forma más común del sacrificio humano consistía en llevar al prisionero a lo alto de un templo. Allí se le colocaba de espaldas sobre el téxcatl o piedra de sacrificio —con el cuerpo tan arqueado que probablemente la espalda se rompería— y se le extraía el corazón para ofrecerlo a los dioses. Luego se arrojaba el cuerpo escaleras abajo, se le quitaba la cabeza, para ensartarla en el gran tzompantli, y se le arrancaba una pierna, que se enviaba para ser cocinada en palacio. Posteriormente, el guerrero responsable de la captura recogía el resto del cuerpo y lo llevaba a su barrio para ofrecerlo en un banquete.
Las fuentes no dejan lugar a dudas sobre la gran importancia, el gran número y frecuencia de los sacrificios humanos en México-Tenochtitlan y en otras ciudades de Mesoamérica. Tampoco hay duda respecto de la antropofagia: los habitantes del México prehispánico comían carne humana. Pero se trataba, y también está bien documentado, de una antropofagia con fuertes connotaciones mágicas, religiosas, políticas: el guerrero se lleva al sacrificado, su mujer lo cocina en un gran caldero con maíz, sal y chile. Pero el banquete, más que una mera práctica gastronómica, era un acto de apropiación de la valentía del guerrero, era un rito colectivo en el cual las familias, incluso de los barrios más remotos de la ciudad, comían una parte de los mismos cuerpos que estaban siendo ingeridos en el palacio (recuérdese la pierna desprendida); también era un momento culminante para el prestigio personal del bravo guerrero del barrio que, tras el banquete, y lleno de gloria, colgaba el fémur de su víctima como trofeo personal.
Orden público y educación
Los señoríos del Posclásico tenían códigos, tribunales, castigos severos para los delincuentes. Conocemos con mayor detalle los casos de México, Texcoco, Tlaxcala y Michoacán, pero muchas prácticas eran generalizadas. La legislación de los reinos más poderosos incluía normas para vigilar las diferencias de rango y de clase: en el caso de los mexicas, sólo el tlatoani iba calzado en palacio; el vestido de algodón no estaba permitido para los macehuales, quienes, además, no podían llevar el manto más abajo de la rodilla. También las joyas y ornamentos corporales eran de uso exclusivo de la nobleza y su tipo y calidad correspondían con el rango. Todas las legislaciones castigaban a los homicidas con pena de muerte, también a quienes cometían delitos de lesa majestad, a quienes robaban reiteradamente y a los ebrios contumaces. Un primer robo podía castigarse con la pena de prestar servicios personales a la familia agraviada, como esclavo temporal. En los casos de adulterio hay indicios de que los barrios intentaban mantener cierto secreto, para que no interviniera la justicia del reino, y también se buscaba llegar a arreglos ante el juez; pero en caso de que ambos recursos fallaran, los adúlteros recibían la pena de muerte.
Para administrar justicia había jueces distribuidos en barrios y parcialidades, además de tribunales centrales de última instancia, para asuntos graves. La vigilancia estaba a cargo de una policía o guardia armada, que recorría las principales avenidas y calles de las ciudades. Es muy poco probable que esa policía deambulara por los callejones de los barrios, donde el mantenimiento del orden parece haber sido responsabilidad de la comunidad. En varias ciudades, de la Meseta Central y fuera de ella, se usaba el toque de queda: una medida especialmente pensada para combatir el espionaje y atenuar el riesgo de un ataque sorpresivo.
Sin embargo, el orden no era perfecto. Muchas de las ciudades del Posclásico tardío estaban densamente pobladas, eran bulliciosas y tenían lapsos de aglomeración en plazas, calles y canales. Al calor de ese bullicio, y en especial en las plazas de mercado, ocurrían asaltos y pleitos; de vez en cuando se veía correr a un ladrón o tambalearse a un borracho.
Una pieza muy importante en la organización de los señoríos fue la educación escolar. En toda Mesoamérica existieron recintos de reclusión para los jóvenes nobles, en los cuales aprendían a conducir el ritual, a interpretar los códices, a transmitir los relatos históricos, a declamar con solemnidad y a pelear cuerpo a cuerpo para tomar cautivos. Algunos jóvenes permanecían internados en su edad madura y se integraban al sacerdocio, mientras el resto salía para contraer matrimonio. Este tipo de recinto era conocido en náhuatl con el nombre de calmécac (pasillo). Además existía otro tipo de escuela, que al menos en México-Tenochtitlan era obligatoria para todos los jóvenes plebeyos, llamada telpochcalli o casa de jóvenes. Allí los jóvenes del pueblo aprendían a combatir; recibían instrucción para participar en las cuadrillas que realizaban las obras públicas (como diques y calzadas), y aprendían las danzas y cantos colectivos que eran fundamentales para las fiestas mensuales (de las veintenas) organizadas por el sacerdocio.
La práctica de la danza y el canto tenía lugar en la noche, en el mismo recinto en el que se organizaban las cuadrillas de trabajo en las mañanas, llamado cuicacalli o casa de canto. Hombres y mujeres realizaban simultáneamente las prácticas nocturnas de danza, pues así debían participar, integrados (y a menudo intercalados) en las fiestas del reino. Es probable que todas las muchachas de los barrios hayan tenido la obligación de acudir a los cuicacallis en el crepúsculo; llegaban en grupos, acompañadas por viejas guardianas. En cambio no hay información que permita asegurar con certeza que las muchachas tuvieran que acudir obligatoriamente a alguna institución durante el día. La guerra y las obras comunales no incluían la fuerza laboral femenina. Los recintos de reclusión de los que se tiene noticia, que eran para las mujeres que habían logrado sobrevivir a alguna enfermedad en su infancia y así pagaban a los dioses, eran una especie de conventos, donde las mujeres barrían y ponían ofrendas, y quizá preparaban alimentos para los sacerdotes. Las prácticas de autosacrificio o mortificación no se mencionan en los recintos de reclusión de mujeres, y en cambio eran sumamente importantes en el calmécac.
La última capital imperial
En Mesoamérica el urbanismo fue un rasgo que destacó sobre las demás prácticas civilizatorias. Desde las pequeñas ciudades de la selva tropical hasta las metrópolis de la altiplanicie, como Teotihuacán, Tula o Texcoco, la mayor parte de las culturas mesoamericanas prefirieron la concentración urbana como estrategia de organización y crecimiento.
El esplendor de México-Tenochtitlan, última capital imperial, quedó registrado en las narraciones de quienes fueron testigos de su grandeza y de aquellos que trataban de recordarla décadas después de la Conquista española. Además, muchos fragmentos de sus antiguos edificios, esculturas y otros objetos han emergido entre las calles de la traza virreinal. Hoy tenemos una idea bastante completa de sus dimensiones y su riqueza.
El rasgo más sobresaliente de Tenochtitlan es su carácter insular. La ciudad creció sobre un suelo artificial de dos tipos: grandes islotes habitacionales, cada uno de los cuales era asiento de un tlaxilacalli o barrio distinto, y muy delgadas franjas de tierra húmeda y fértil que conocemos como chinampas. Unos y otras se construyeron con cercados de estacas que se clavaban al fondo del lago y se rellenaban con tierra y lodo. Posteriormente, en los bordes, se sembraban especies arbóreas como el ahuejote, cuyas raíces ayudaban a contener la tierra. Así pues, la gran isla de Tenochtitlan era en su casi totalidad una creación de los propios mexicas y de los pueblos tributarios que contribuyeron a su esplendor.
Una red de caminos permitía pasar de un vecindario a otro y acceder a plazas y avenidas; pero los caminos que formaban dicha red se interrumpían constantemente por los canales que fluían alrededor de vecindarios y chinampas. Estos cruces se salvaban con un sistema de pontones de tablas que, según pudo comprobarse en los días de la Conquista española, implicaban un procedimiento defensivo muy eficaz. Bastaba con retirar los pontones para que la ciudad quedara convertida en un archipiélago.
Las calzadas principales, levantadas a mayor altura sobre diques de mampostería, facilitaban el traslado de contingentes numerosos, como tropas o caravanas de mercaderes. Sobre esos mismos diques se tendían las acequias de agua dulce, que mejoraban las condiciones de cultivo de las zonas chinamperas, y algunos acueductos, como el que salía de Chapultepec, que era la principal fuente de agua potable para los isleños.
En Tenochtitlan hubo cientos de templos, palacios y espacios abiertos. El conjunto más importante era el que se encontraba en el centro de la ciudad. Allí había dos plazas contiguas: el gran recinto ceremonial, rodeado por un muro, presidido por el llamado Templo Mayor, y con estructuras como el Templo de Quetzalcóatl y el gran Tzompantli. A un lado del recinto del Templo Mayor había otra plaza, también monumental, cuya ubicación coincidía, casi totalmente, con lo que hoy llamamos el Zócalo. Ésta era una plaza despejada, como la actual; en ella se celebraba el mercado —el tianquizco o tianguis— y allí se declaraban los edictos y se ejecutaban sentencias judiciales a la vista de la gente. Era una plaza civil.
Las plataformas ceremoniales o pirámides mexicas estaban construidas con un sistema de superposición de taludes —tres o cuatro generalmente— cuya base se volvía más pequeña al acercarse a la cúspide, donde se levantaba el templo. En el pasillo que se formaba al finalizar cada cuerpo había braseros que los sacerdotes del recinto sagrado debían mantener ardiendo siempre y en los cuales se hacía la gran ofrenda matutina de copal.
A la entrada de los templos, en las plazas y en algunos otros recintos ceremoniales los mexicas colocaron esculturas que representaban a los dioses a los cuales se rendía culto en cada espacio. Varias de esas imágenes narraban episodios míticos o reflejaban las nociones de los mexicas sobre la estructura del cosmos. Así, por ejemplo, el relieve de la diosa Coyolxauhqui, desmembrada, colocado al pie de la escalinata del Templo Mayor, recordaba el ataque de Huitzilopochtli, quien enfrentó a todos sus hermanos para salvar a Coatlicue, su madre. La gran escultura de Coatlicue, que también estaba en el recinto del Templo Mayor, reunía una serie de símbolos relacionados con la parte baja del cosmos: las serpientes, la muerte, el coyote, el agua, la mujer.
La riqueza y el lujo de la corte mexica deben haber sido extraordinarios. A los palacios de la isla llegaban productos de todas las regiones: con alimentos como la miel, el cacao, la fruta, el pescado y todo tipo de fauna y frutos, se preparaban deliciosos manjares. Con bienes suntuarios como el oro, el jade, la turquesa y las plumas de quetzal se vestían los nobles y se decoraban los recintos. El papel o amate, que muchas provincias tributaban, se usaba para elaborar banderas, disfraces y escenografías. Las flores, enviadas a la isla por los pueblos situados entre Xochimilco y Oaxtepec, servían para confeccionar espléndidas ofrendas aromáticas o pequeños ramilletes cuyo perfume iban oliendo los nobles mientras andaban por la ciudad.
Algunos vestigios de aquellos adornos, del gran arte plumaria y también de las danzas y cantos, de la fina retórica y de los complejos cantos ceremoniales, saturados de metáforas, sobrevivieron a la Conquista e incluso llegaron a formar parte de la liturgia virreinal. También los códices, que habían sido tan importantes durante el Posclásico para adivinar la fortuna, para programar las fiestas, para planear las batallas o registrar las genealogías, se siguieron utilizando en la época colonial. Gracias a ellos tenemos algunas imágenes que ayudan a nuestra memoria para evocar el esplendor perdido de México-Tenochtitlan.
EPÍLOGO
No hay ningún argumento para sostener que la civilización mesoamericana se encontrara en fase de decadencia cuando ocurrió la Conquista española, aunque quizá el Estado mexica sí había llegado a su límite y estaba cerca de sufrir una merma de su poder o un colapso. El gobierno de Moctezuma II daba algunas señales de parálisis. Tampoco puede afirmarse que la civilización mesoamericana estuviera en el trance de convertirse en otra cosa; más bien estaba viviendo un ciclo similar a otros por los que había pasado.
La presencia, modesta pero bien documentada, de agujas, anzuelos y algunas hachuelas y azadas de cobre y bronce parece haber sido un hecho relativamente marginal y con poco impacto en el patrón tecnológico mesoamericano. No era inminente un proceso revolucionario de ninguna índole. Es posible que algunas tendencias, en prácticas muy específicas, estuvieran en vías de producir cambios interesantes. Es probable que algunos signos de la pictografía realizada por los nahuas y los mixtecos estuvieran evolucionando hacia un sistema fonético de escritura (así como lo habían tenido los mayas siglos atrás). También es posible que estuviera en curso de producirse cierta feudalización en la ocupación de la tierra y en el reparto del poder, es decir, parece que en algunas regiones los soberanos habían cedido, de manera frecuente y sistemática, tierras y trabajadores a destacados jefes guerreros, como una estrategia para ocupar y dominar un territorio. Pero las transformaciones en curso —si en efecto lo estaban— eran pocas y ocurrían con lentitud. Mesoamérica no estaba expuesta al tipo de choque cultural que entonces animaba tantos cambios en el Mediterráneo.
La Conquista española ocasionó el encuentro de dos civilizaciones muy distintas: la europea tenía ganado, ejes y pernos, navegación ultramarina, espadas de acero, libros impresos y catedrales. La mesoamericana tenía cordajes y buenos sistemas de ensamble (en piedra, en madera, en cestería), navegación de cabotaje, espadas de vidrio, libros manuscritos y pirámides. Nuestros antepasados del otro lado del mar traían un dios barbudo, furioso y benévolo: era el verdadero dios. Nuestros antepasados de este lado del mar tenían dioses de infinitos rostros, iracundos y alegres: eran verdaderamente dioses. Unos y otros eran capaces de matar en nombre de esos dioses.
En términos generales, ningún bando barbarizó al otro: incluso si había indios que pensaban que los españoles eran codiciosos y malolientes y si había españoles que pensaban que los indios eran flemáticos o pusilánimes. En general se identificaron como semejantes, lo cual no evitó que el sistema implantado tras la Conquista favoreciera la explotación económica de los indios y la disolución de muchas, aunque no todas, de sus instituciones y costumbres.
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