LOS HABITANTES MÁS ANTIGUOS DEL ACTUAL TERRITORIO MEXICANO
ERIK VELÁSQUEZ GARCÍA
Universidad Nacional Autónoma de México
EL POBLAMIENTO DE AMÉRICA
Durante el último millón de años nuestro planeta ha experimentado diez periodos de expansión glacial intercalados con sus respectivas mejorías climáticas, caracterizadas por un aumento en la temperatura global y el retroceso del hielo a los casquetes polares. En términos geológicos nos encontramos en una baja edad glacial, puesto que el agua congelada aún se encuentra en las regiones Ártica y Antártica, así como en las altas montañas. Este frágil periodo de estabilidad climática comenzó hace 9000 años y permitió el desarrollo de la agricultura y la civilización humana.
La última de estas épocas cálidas ocurrió hace unos 82 000 años y la siguió un periodo de cambios frenéticos que duró desde 70 000 hasta 7000 a. C. Para dar una idea de la inestabilidad climática ocurrida durante este tiempo, podemos decir que en él tuvieron lugar graduales enfriamientos que hicieron expandir los mantos glaciales hasta cubrir vastas porciones de Norteamérica y el Viejo Mundo, lo que causó un descenso del nivel medio del océano de hasta 120 metros. No obstante, la glaciación no representó una era de temperaturas gélidas estables, puesto que a lo largo del mismo periodo tuvieron lugar bruscos calentamientos; algunos de ellos probablemente no rebasaron el lapso de una vida humana y provocaron que se retrajeran los casquetes de hielo y que vastas planicies costeras se inundaran. Es preciso aclarar que estas fases cálidas eran relativamente breves, pues las zonas glaciales lentamente volvían a expandirse. Fue durante esta difícil era de fluctuaciones climáticas estrepitosas cuando el hombre moderno (Homo sapiens sapiens) comenzó a poblar el continente americano, al que llegó en distintos momentos y en diferentes oleadas migratorias, sin duda simultáneas al desplazamiento de especies animales.
Complejos datos lingüísticos (glotocronología), biogenéticos (ADN mitocondrial) y dentales sugieren que el origen del hombre americano se encuentra en el noreste de Asia, cerca del Lago Baikal, en una región que se ubica entre los ríos Amur y Lena (Rusia), antiguamente poblada por gente del tronco racial mongólico. No obstante, los especialistas no han llegado todavía a un consenso sobre el número y antigüedad de las migraciones que tuvieron lugar, aprovechando el descenso del nivel del agua que dejó visibles amplias llanuras hoy sumergidas bajo el Mar de Bering.
Un grupo de estudiosos sostiene la hipótesis de que hubo una remota migración premongólica ocurrida hace 70 000 o 60 000 años, seguida por otra que tuvo lugar hace 50 000 o 40 000, aunque para ambos desplazamientos existe muy escasa evidencia arqueológica. La migración que procedía del Lago Baikal puede haber acaecido hace 30 000 o 15 000 años y fue el origen de los hombres que poblaron el continente, los cuales se movieron con dificultad y gradualmente de norte a sur, a través de las costas occidentales liberadas del efecto glacial. Una nueva oleada de grupos humanos atravesó de Asia a América hace entre 15 000 y 10 000 años, y constituyó la base de los grupos que se establecieron en el noroeste de Canadá. Finalmente, los ancestros de los pueblos aleutoesquimales debieron de haber arribado hace 9000 o 6000 años, cuando ya había terminado el Pleistoceno y se iniciaba el Holoceno.
Conviene decir que durante años algunos estudiosos han abogado por rutas de migración complementarias a las del Mar de Bering. Los datos arqueológicos y de radiocarbono sugieren que el hombre ya habitaba hace por lo menos 32 000 años en un paraje del estado de Piauí, Brasil, conocido como Serra da Capivara (sitio de Pedra Furada). Estimaciones más audaces, sin embargo, datan la presencia humana en ese lugar hasta 60 000 años antes del presente. Esto ha hecho pensar a los científicos en una ruta alternativa de migración de África a Sudamérica, cuando el nivel del Atlántico se encontraba 120 metros más abajo, lo que no sólo acercaba las costas de ambos continentes, sino que debió de haber dejado al descubierto múltiples islas ahora sumergidas.
Sea como fuere, muy poco se sabe sobre el estilo de vida de estos primeros pobladores, salvo que debieron estar organizados en pequeños grupos nómadas que recolectaban vegetales, larvas e insectos, cazaban animales pequeños y medianos y probablemente complementaron su dieta con carroña, peces y mariscos capturados en las costas y ríos. También se sabe que, en términos generales, los pobladores más antiguos tenían cabezas alargadas y estrechas (dolicocéfalos), mientras que los más recientes poseían cráneos cortos y anchos (mesocéfalos y braquicéfalos). Finalmente, se cree que la dirección de los primeros flujos migratorios que procedían de Asia tuvo lugar de norte a sur, seguida por otra de oeste a este y que, por último, hubo otra de sur a norte cuando se retrajeron los mantos glaciales que cubrían parte de Norteamérica.
LA ETAPA LÍCTICA (33 000-5000 a. C.)
Los primeros 28 milenios de la historia de México reciben el nombre de Etapa Lítica, en virtud de que sus horizontes cronológicos obedecen a la morfología de sus herramientas de piedra, las cuales constituyen el material que mejor se ha preservado. En contraparte, de este periodo sólo se han recobrado los restos óseos de 41 individuos, que proceden a su vez de 24 hallazgos arqueológicos, aunque la evidencia material de estos hombres es muy desigual, ya que va desde una sola pieza dental hasta un esqueleto completo. Una serie de fogones y huesos de animales consumidos completan todos los datos arqueológicos que tenemos sobre esta larga etapa. La mayor parte de los especialistas mexicanos fragmentan tan dilatada época en Arqueolítico (33 000-12 000 a. C.), Cenolítico temprano (12 000-7000 a. C.) y Cenolítico tardío (7000-5000 a. C.). No obstante, conviene decir que los académicos estadounidenses utilizan una división cronológica diferente, pues llaman a estos periodos Lítico o Paleoindio (33 000-8000 a. C.) y Arcaico temprano (8000-5500 a. C.).
En términos generales puede decirse que la Etapa Lítica se refiere a un largo periodo de nomadismo, recolección, caza y pesca, que abarca los últimos milenios de las glaciaciones pleistocénicas, así como el ascenso de la temperatura global que dio origen al clima del presente. Todo ello estuvo acompañado por necesarios cambios en la tecnología, pero es muy poco lo que se conoce sobre las transformaciones de la organización social y de la cosmovisión. Los estudiosos piensan que en tales etapas prolongadas había una baja densidad demográfica y la población estaba muy dispersa. La gente vivía temporalmente en cuevas, abrigos rocosos o en campamentos al aire libre hechos de materiales perecederos, por lo que su ajuar era muy ligero y limitado. Gran parte de la información que se tiene sobre este periodo procede de arriesgadas comparaciones etnográficas con pueblos de recolectores-cazadores que todavía existían en el mundo hasta tiempos recientes. De ello se ha inferido que las bandas trashumantes de aquella época estaban unidas por lazos de parentesco, reconocían un antepasado común y se juntaban en macrobandas durante la estación fértil para intercambiar parejas. A pesar de constituir sociedades igualitarias, respetaban ciertas jerarquías determinadas por el sexo y la edad; contaban con una división básica del trabajo, en la que las mujeres se dedicaban a la recolección, mientras que los hombres salían de cacería. Tenían territorios fijos de nomadismo, que recorrían cíclicamente aprovechando los recursos naturales de cada estación, por lo que su alimentación era más rica, abundante y variada que la de los pueblos sedentarios. Finalmente, procuraban respetar los territorios de los pueblos vecinos.
Es preciso aclarar que la cronología asignada para esta gran etapa es válida sobre todo para el territorio que después se denominará Mesoamérica, puesto que en algunas partes del norte de México el fin de este periodo se extendió hasta mediados del siglo XVIII de nuestra era.
El Arqueolítico (33 000-12 000 a. C.)
Los mantos permanentes de hielo que cubrían extensas porciones de Norteamérica no alcanzaron el territorio mexicano, salvo en las cumbres de las montañas más altas. El clima en esa época era probablemente más frío y húmedo que en la actualidad, aunque relativamente estable y uniforme, lo que propició la proliferación de amplios bosques y praderas, acompañados por numerosas lagunas endorreicas. De hecho, la mayor parte de los indicios de la presencia humana proceden de las riberas y playas extintas de estos lagos, aunque debieron de existir importantes comunidades errantes en las costas, sumergidas hoy bajo el océano. Su permanencia en esas regiones era sólo estacional, pues las excavaciones arqueológicas sugieren que arribaban ahí en cierta época del año para explotar los recursos naturales, y en algunas ocasiones pudieron haber permanecido en las orillas de los manantiales sólo por unos días u horas.
Estos primeros grupos humanos emplearon grandes y toscos artefactos de piedra que elaboraron por presión o percusión directa, y algunas veces les imprimían una incipiente talla bifacial: denticulados, lascas, navajas burdas, perforadores, raederas, raspadores y fragmentos de guijarros llamados tajaderas y tajadores, con un mínimo de especialización. No se conserva evidencia de objetos hechos con materiales orgánicos, aunque se especula que ya para esa época los hombres fabricaban bolsas de piel o fibras vegetales y usaban palos para desenterrar semillas y tubérculos. La base de la subsistencia fue la recolección de frutos, hojas, insectos y mariscos. La caza de los grandes animales pleistocénicos (bisontes, caballos, camélidos, gliptodontes, mamuts, mastodontes, megaterios, etc.) debió de ser excepcional, aunque pudieron capturar presas pequeñas y medianas.
Un cráneo masculino, con antigüedad de ca. 33 000 a. C., se recobró en una pequeña excavación en Chimalhuacán, Estado de México, y probablemente se trata del objeto más antiguo encontrado hasta hoy sobre la presencia humana en el actual territorio mexicano. Fuera de los valles centrales de México, el descubrimiento más importante procede del rancho La Amapola, San Luis Potosí, a las afueras del pueblo El Cedral. Se trata de un antiguo manantial, ahora seco, a donde acudían animales y hombres para abrevar y cazar. Sus orillas eran sumamente peligrosas, debido a la gran cantidad de depredadores que se les aproximaban, por lo que no era un lugar óptimo para establecerse y se especula que ya para esta época los hombres debieron de acercarse a él acompañados de bules y guajes para guardar agua. De cazar algún animal, ahí mismo lo habrán consumido, pues se encontraron siete fogones fechados entre 35 694 ± 10 963 y 19 468 ± 458 a. C., así como un raspador de calcedonia fabricado entre 31 500 y 31 000 a. C. De un estrato mucho más reciente proviene la mitad inferior de una tibia de caballo que tiene huellas de uso como instrumento punzocortante, datada en ca. 19 000 a. C.
La mejor evidencia de ocupación temprana en la cuenca lacustre del Valle de México procede de Tlapacoya, en la orilla norte del antiguo Lago de Chalco, donde se han estudiado distintas playas hoy extintas. En la playa I, cala Alfa, se encontraron tres fogones con huesos apilados de distintos animales y más de 2500 lascas, navajas burdas y otras herramientas líticas; la antigüedad de uno de los hogares, cuyas cenizas fueron fechadas por radiocarbono, es de 22 000 ± 4000 a. C., mientras que la de otro es de 19 700 ± 500 a. C. Una punta lanceolada con retoque bifacial, tipo lermoide, se ha fechado en ca. 13 000 a. C., lo que revela el largo periodo de ocupación estacional que tuvo Tlapacoya. Por su parte, en la playa I, cala Beta, se obtuvieron unos raspadores discoidales de cuarzo, con antigüedad estimada de ca. 20 000 a. C. Fecha muy semejante tiene una navaja prismática de obsidiana, hallada en la playa II y datada mediante la técnica de hidratación. De esta misma época (19 900 ± 850 a. C.) es una raedera sobre lasca que procede de Cualapan, Puebla, asociada con diversos restos de moluscos. Mucho más tardío es un cráneo masculino encontrado en las excavaciones del Metro de la ciudad de México, fechado entre 17 000 y 10 000 a. C., mientras que otros artefactos líticos de este periodo se han recobrado en Iztapalapa y Tehuacán.
Otros lugares de México con rastros de presencia humana durante el Arqueolítico son el sitio llamado Laguna de Chapala, en Baja California (12 660 ± 270 a. C.), donde se extrajeron algunas herramientas grandes de piedra, y la Cueva del Diablo, Tamaulipas, en cuyas capas inferiores se hallaron instrumentos de piedra que por tipología se cree que pertenecen a esta época. En las riberas del Lago de Chapala y en Zacoalco, Jalisco, se localizó una serie de huesos de animales trabajados por corte, perforación y pulimento. En Loltún, Yucatán, hay evidencia sobre un antiguo taller de pedernal con diversas ocupaciones, aunque sin datos para poderse fechar. En Teopisca-Aguacatenango, Chiapas, también se rescató una colección de artefactos líticos que morfológicamente pueden asignarse a este horizonte.
El Cenolítico temprano (12 000-7000 a. C.)
Este periodo fue crucial en la historia reciente del planeta, pues la megafauna del Pleistoceno fue desapareciendo gradualmente debido al calentamiento general, a la caza excesiva o a una combinación de ambos. La capacidad depredadora de los seres humanos aumentó considerablemente, dado que durante esta época se produjeron grandes avances tecnológicos que dieron lugar a una amplia variedad de puntas de proyectil lanceoladas y acanaladas. Sin abandonarse las técnicas de percusión usadas antes, aparecieron el retoque por presión, el uso de percutores blandos (asta, hueso y madera) y una tendencia al mejor acabado de las piezas.
Una de las más famosas tradiciones líticas de este periodo es la de las puntas Clovis, que se arrojaban con propulsores y estaban asociadas con la caza de mamuts. Estas puntas medían 12 centímetros de largo y se caracterizan por una pequeña acanaladura hecha por presión, que servía para sujetarlas a un mango de madera. Se ha estimado que la producción de estos proyectiles, que posiblemente son los más antiguos del continente y se han hallado en diversas partes de México, así como en la Cuenca del Quiché (Guatemala) y en Ladyville (Belice), duró por lo menos 700 años. Los usuarios de estas herramientas desarrollaron hacia 10 000 a. C. una rica cultura en la que la cacería de grandes animales debió de haber sido relativamente frecuente, aunque convivieron con otros muchos grupos humanos que explotaban los recursos naturales de diversos ambientes geográficos. Se calcula que durante el Cenolítico temprano la cacería cobró gran relevancia, probablemente como respuesta a que los radicales cambios climáticos que dieron fin al Pleistoceno estaban alterando los ambientes de los que dependían los recolectores de antaño. No obstante, cabe advertir que la recolección no dejó de practicarse y probablemente fue la actividad principal. En Chihuahua y San Luis Potosí tuvo lugar otra tradición más reciente de puntas denominadas Folsom (ca. 7500 a. C.), la cual se cree que se produjo a lo largo de 1200 años y se asociaba con la cacería de bisontes hoy extintos. En los proyectiles Folsom, la acanaladura posterior se extiende a todo lo largo y ancho del cuerpo del artefacto. Aparecieron también las puntas pedunculadas, que se caracterizan por un exceso de desbaste (abrasión) en los bordes del tercio inferior del proyectil, así como las puntas cola de pescado, de filiación sudamericana, que se han hallado en la Cueva de los Grifos, Chiapas, en asociación con proyectiles Clovis. Estas tradiciones líticas, por cierto, presentan una gran cantidad de subtipologías, lo que es indicio indiscutible de una considerable especialización tecnológica.
Un famoso hueso sacro de camélido, que se labró con la apariencia de una cabeza de cánido, fue encontrado en 1870 en Tequixquiac, Estado de México; se estima que tiene una antigüedad de 14 000 años, y constituye el ejemplo más añoso de arte conocido en el territorio mexicano. Además, se considera que un yacimiento de huesos de mamuts, que fueron sometidos a fractura con la intención de fabricar lascas y núcleos útiles, constituye evidencia de la actividad del hombre en Tocuila, Texcoco, hacia 11 200 a. C. Hallazgos en El Peñón III, Estado de México, reportan la fecha de 10 750 a. C. para un cráneo femenino. Dos milenios después ya contamos con la primera evidencia de domesticación de plantas, pues cierto tipo de calabazas fueron sembradas hacia 8050 a. C. en los montes espinosos ubicados al sur de Mitla, Oaxaca, aunque probablemente nunca se utilizaron como alimento, sino como recipientes para agua. Es importante señalar que, aunque la subsistencia alimentaria en esta etapa nunca estuvo basada en la siembra, sabemos que todos los grupos nómadas estaban familiarizados con el proceso de germinación de las plantas, y que incluso algunas veces llegaron a intervenir en él para complementar, con un recurso excepcional, su dieta. De hecho, la agricultura es tan sólo la aplicación sistemática de una serie de técnicas que eran conocidas por los recolectores y cazadores. Por contraste, un asentamiento semipermanente en Zohapilco, en la Cuenca de México, demuestra que desde 8000 a. C. los hombres podían adoptar formas de vida sedentarias sin necesidad de practicar la agricultura, siempre y cuando existiera una amplia diversidad de recursos lacustres.
Por esta misma época, grupos humanos procedentes del sur de California y noroeste de Arizona emigraron a la Península de Baja California y crearon una tradición de puntas Clovis, comprobada en El Batequi, Laguna de Chapala y San Joaquín. Otros artefactos líticos de este horizonte se han encontrado en Rancho Colorado (Chihuahua), Rancho Weicker (Durango), Presa Falcón (Tamaulipas), La Chuparrosa (Coahuila), la Cueva del Tecolote (Hidalgo), Santa Isabel Iztapan (Estado de México), San Bartolo Atepehuacán (Distrito Federal), San Juan Chaucingo (Tlaxcala), Coxcatlán, El Riego, Tehuacán y Valsequillo (Puebla), Cueva Blanca y Guilá Naquitz (Oaxaca), Teopisca, la Cueva de los Grifos y la Cueva de Santa Marta (Chiapas), además de 15 sitios en el estado de Sonora, dos en Nuevo León y tres en Jalisco. Asimismo, un cráneo masculino fue descubierto en Tlapacoya (7900 a. C.) y un molar humano en la ya mencionada Cueva de los Grifos (7200 a. C.).
El Cenolítico tardío (7000-5000 a. C.)
Este horizonte histórico corresponde ya a la época geológica Reciente u Holoceno. Por lo tanto el clima, el medio ambiente y las especies vivas del Cenolítico tardío eran semejantes a los de la actualidad. Puesto que la megafauna se había extinguido a causa de la aridez que hizo desaparecer sus hábitats, la cacería dejó de ser tan importante y los granos eran posiblemente la dieta principal. Hacia 5950 a. C. se tienen indicios de la domesticación de la calabaza en Tehuacán, y en otras regiones hay datos sobre el aprovechamiento selectivo del aguacate, el amaranto y el maíz silvestre. Durante esta época se comenzaron a moler semillas como alimento de reserva para la estación seca. Ello implicó cambios importantes en la tecnología, y que las herramientas se especializaran regionalmente. Al aparecer la técnica del pulido (desgaste de la piedra con agua y abrasivos finos) fue posible trabajar sobre piedras más resistentes y fabricar hachas y azuelas para cortar madera, así como metates y morteros para moler semillas y pigmentos. También se generalizaron las puntas foliáceas con pedúnculos y aletas en su base, en las que los bordes del tercio inferior se desbastaban a fin de encajarlas más fácil y fuertemente en el mango; las orillas de estos proyectiles se retocaban finamente con punzones blandos, lo que les permitía obtener un gran filo. Las presas de mayor tamaño debieron de ser venados, pecaríes, conejos y tuzas.
Durante este periodo surgieron tres tradiciones culturales en el actual territorio mexicano. La primera de ellas, conocida como Tradición de Tierras Altas, se extendió sobre la mayor parte del país y se sustentaba en la recolección de semillas, mientras que la cacería era una actividad subsidiaria. Los hombres estaban organizados en pequeñas bandas que se reunían anualmente durante la época de lluvias. Su ciclo de nomadismo se encontraba regulado por las estaciones del año y algunas veces practicaban el semisedentarismo, sobre todo en las márgenes de los lagos. Además de contar con herramientas de piedra y hueso, conocían la cestería y la cordelería, fabricaban redes, bolsas de fibra y objetos ceremoniales y de adorno personal, al tiempo que desarrollaron el arte rupestre y petrográfico. Este estilo de vida perduró en algunas partes del norte de México hasta bien entrado el siglo XIX de nuestra era. Artefactos de piedra del Cenolítico tardío se han encontrado en diversos lugares de México, entre ellos San Isidro (Nuevo León), la Presa Falcón (Tamaulipas), San Nicolás (Querétaro), Abejas, Coxcatlán, El Riego y Tehuacán (Puebla), Santa Isabel Iztapan I y II, así como Tlapacoya (Estado de México), Tecpan (Guerrero), Cueva Blanca y Guilá Naquitz (Oaxaca), Aguacatenango, Los Grifos y Santa Marta (Chiapas), mientras que un cráneo masculino (7000-5000 a. C.) fue encontrado en la Cueva del Tecolote (Hidalgo), uno femenino fechado hacia 7000 a. C. en Santa Marta Aztahuacán (Distrito Federal), otro del mismo sexo en el Peñón de los Baños (8700-3000 a. C.) y un molar de 7000 a. C. en el sitio de Tepexpan (Estado de México). También destacan las denominadas culturas Comondú (Baja California Sur), Cochise (Baja California, Sonora y Chihuahua), la Cultura de Las Nieves (Coahuila y Chihuahua), Caracoles y Las Chivas (Durango y Zacatecas), las de los complejos San Dieguino (Baja California), Jora y Mayrán (Coahuila), Nogales, Ocampo y La Perra (Tamaulipas), así como la del Periodo Forrajero (Chihuahua).
La expresión pictórica más antigua de que se tiene noticia procede de esta época y se encuentra en la Cueva de San Borjitas I, ubicada en la Sierra de Guadalupe (Baja California). Se trata de una pintura rupestre que representa una figura humana coloreada de rojo y negro y atravesada por lanzas. Se ha fechado en 5500 a. C. y constituye el inicio del llamado Estilo Gran Mural, producido ininterrumpidamente a lo largo de 7000 años en más de 543 riscos y cuevas de la región. Se sabe que desde el Cenolítico tardío los minerales se molían en morteros para fabricar pigmentos (esencialmente ocre, rojo y negro), mientras que los aglutinantes eran agua y savia de cactáceas. Interpretaciones recientes sobre estas imágenes las asocian con la práctica chamánica, el trance extático y la creencia en el externamiento del espíritu.
Los hombres de la Tradición de la Selva Tropical habitaban en las tierras bajas y boscosas en pequeñas comunidades de carácter igualitario, compartiendo casi los mismos avances tecnológicos que sus contemporáneos de tierras altas, salvo que para ellos eran de mayor importancia las hachas y azuelas para cortar madera, así como los yunques y piedras de moler para triturar frutos de cáscara dura. No desarrollaron patrones migratorios cíclicos, ya que los recursos de la selva no presentan una estacionalidad tan marcada. Dependían principalmente de la recolección y en menor medida de la cacería. Los más claros ejemplos de esta tradición se han encontrado en el centro de Veracruz.
Finalmente, los grupos de la Tradición Costera tenían el mismo instrumental que los que habitaban en selvas tropicales. Vivían al menos temporalmente en las zonas de manglares, donde recolectaban crustáceos, mariscos y moluscos, aunque podían complementar su dieta con productos vegetales o procedentes de la caza y de la pesca. Sus asentamientos se conocen como «concheros», a causa de que sus habitantes acostumbraban apilar allí, en grandes montículos, los caparazones y conchas que resultaban de su alimentación. Sobre el Conchero de Chantuto, Chiapas, se encontró un primitivo piso de arcilla, lo que sugiere que algunos de estos grupos eran semisedentarios, condición que no requiere la práctica de la agricultura si los recursos alimenticios silvestres son abundantes. Diversos ejemplos de concheros han aparecido igualmente en las costas del Pacífico y Caribe. Probablemente también participaban de esta tradición los complejos costeros de Tamaulipas, así como el sitio de Santa Lucía, en el Valle de Tecolutla, que fue ocupado ininterrumpidamente durante ocho milenios a partir de 7000 a. C.
EL PROTONEOLÍTICO (5000-2500 a. C.)
Este periodo de la historia de México está considerado como una etapa de transición entre los pueblos que se basaban en una economía de apropiación (recolección, caza y pesca) y las comunidades sedentarias que se sustentaban en patrones de producción (agricultura). Entre los arqueólogos estadounidenses sus equivalentes son el Arcaico medio (5500-3500 a. C.) y el Arcaico tardío (3500-2000 a. C.).
Durante el Protoneolítico hubo un paulatino incremento de la población, y los pequeños campamentos que se asentaban por temporadas cortas se alternaron con estancias de mayor duración y con más habitantes, como en la Cueva de Coxcatlán, Puebla (5000-3400 a. C.), y Gheo-Shih, Oaxaca (5000-4000 a. C.). Este nuevo estilo de vida se conoce como «macrobandas estacionales» y algunos autores piensan que fue desconocido durante la Etapa Lítica. Por otra parte, en el Protoneolítico se domesticaron la mayor parte de las plantas; este proceso consiste en la modificación genética de los vegetales mediante la siembra reiterada y el almacenamiento, protección y selección de las especies más productivas. No obstante, la dieta siguió basándose en los productos de la recolección y cacería, puesto que los de las cosechas eran sólo complementarios, razón por la que para entonces no puede hablarse de agricultura. Sin embargo, la práctica cada vez más constante de la siembra propició que se establecieran campamentos semipermanentes, dedicados a cuidar de los sembradíos. El apego de estas comunidades a la recolección y a la cacería (fuente segura y regular de alimentos) pudo obedecer a que para ellos era muy arriesgado depender de una azarosa agricultura de temporal.
En las riberas de los grandes lagos, así como en las costas, donde los recursos alimenticios podían obtenerse todo el año a corta distancia, se desarrollaron comunidades plenamente sedentarias que sólo cultivaban de vez en cuando, pues su subsistencia dependía de la recolección, la caza, la pesca y la marisquería. Tal es el caso de los mencionados habitantes de Zohapilco, sedentarizados desde 5500 a. C. en la cuenca lacustre del Valle de México; sin lugar a dudas, era una comunidad precerámica y protoagrícola que se dedicaba a explotar diversos recursos naturales repartidos a lo largo del ciclo anual. Otro caso es el de los pobladores de la Bahía de los Ángeles, Baja California (lugar habitado desde 9000 a. C.), que disfrutaban de las riquezas marítimas, lo mismo que los de Colhá y Cobweb Swamp, Belice, quienes se sedentarizaron hacia 3000 a. C. y ya talaban el bosque tropical para complementar su dieta con plantas cultivadas.
En menor medida, durante el Protoneolítico también fueron domesticados algunos animales, como las abejas, los pavos, los pericos y los perros. La diversidad de productos hallados en las regiones geográficas de esta época sugiere que la domesticación de plantas y animales tuvo lugar de forma independiente y que careció de un foco de difusión único. Cabe observar que, puesto que el Protoneolítico fue la etapa de domesticación del maíz (ca. 5000-4000 a. C.), es en este periodo cuando comenzaron a gestarse las profundas diferencias culturales que más tarde existirían entre el centro y sur (Mesoamérica) y el norte del país (Aridamérica y Oasisamérica). Diversos debates sobre el origen del maíz han llegado a un consenso relativo sobre el hecho de que procede de una especie silvestre llamada teocinte (Zea mexicana), aunque el sitio donde tuvo lugar la modificación inducida de esta planta pudo ser la Cuenca de México (de donde proviene la variedad de teocinte llamada «Chalco») o la reserva de Manatlán, al occidente de Jalisco. Por otra parte, de la cuenca del río Balsas procede el mayor número de variedades de maíz antiguo.
Desde el punto de vista tecnológico hay una clara disminución en el tamaño de los artefactos líticos, los cuales se encuentran muy especializados y presentan una marcada tendencia al mejor acabado de las piezas. Recibían retoques secundarios cuidadosos, mientras que la técnica del pulido ya no se limitaba a la fabricación de azuelas, hachas y piedras de molienda, sino también a la de pipas, cuentas de collar y otros objetos de adorno personal. Fue un periodo en el que proliferó el trabajo de las fibras vegetales, usadas para hacer cordeles, redes y objetos de cestería. A este respecto, cabe decir que la domesticación del algodón en algunas regiones, así como la aparición de las técnicas para teñir hilos, permiten suponer que en esta época floreció el arte de fabricar textiles.
En diversas partes de México se han encontrado yacimientos arqueológicos de este periodo, aunque suelen concentrarse en cuatro grandes regiones: la Sierra de Tamaulipas (complejos La Perra, Nogales y Repelo), el Valle de Tehuacán, el sur de la Cuenca de México y los Valles Centrales de Oaxaca. Un cráneo que procede de la región de Tehuacán (ca. 6500-2300 a. C.) y otro de sexo masculino hallado en la Cueva del Texcal, Puebla (ca. 5000-2500 a. C.), podrían constituir los restos óseos más tempranos del Protoneolítico. A ellos se suman dos cráneos más, uno procedente de San Vicente Chicoloapan (3500 a. C.) y el otro de Chimalhuacán (3300 a. C.). Una punta de obsidiana del tipo conocido como Gray (ca. 5000-3000 a. C.) fue encontrada en el rancho La Amapola, San Luis Potosí. Otros lugares con presencia humana del Protoneolítico son la Cueva de la Golondrina (Chihuahua), Guadiana (Durango), Matanchel (Nayarit), San Nicolás (Querétaro), la Cueva del Tecolote (Hidalgo), Tlapacoya II, IV y XVIII (Estado de México), Abejas, Coxcatlán y la Cueva del Texcal (Puebla), Tecpan (Guerrero), Cueva Blanca, Guilá Naquitz y Yanhuitlán (Oaxaca), Cerro de las Conchas, Chantuto y la Cueva de Santa Marta (Chiapas), así como el centro de Veracruz.
Hacia 4350 a. C. tenemos evidencia segura sobre la domesticación del maíz en los Valles Centrales de Oaxaca, así como de la calabaza comestible en Tamaulipas. De esta última región procede un mortero hallado en la Cueva de la Perra (3000-2300 a. C.). Finalmente, hacia 3550 a. C. el maíz fue domesticado en la región de Coxcatlán, y en 3000 a. C. ya se cultivaba en la costa de Chiapas, Belice y la región del lago Yojoa (Honduras), aunque posiblemente en estos casos se trataba de una técnica difundida a partir de regiones donde esta planta ya se sembraba con anterioridad. Por esta misma época debieron de aparecer en el Valle de Tehuacán las primeras casas de dos aguas, que eran semisubterráneas, tenían planta ovalada y estaban construidas con materiales perecederos; una de ellas fue estudiada por Richard S. MacNeish, aunque no se pudo confirmar que se tratara de un patrón general.
EL PERIODO PRECLÁSICO EN MESOAMÉRICA (2500 a. C.-200 d. C.)
La fecha convencionalmente estimada para el inicio de este periodo oscila alrededor de 2500 o 2000 a. C., aunque esta datación en realidad varía según la comarca. Se trata de una época caracterizada por el desarrollo de comunidades sedentarias, por un muy acentuado aumento demográfico y por el origen de sociedades complejas con una economía de producción y sistemas intensivos de cultivo. Algunos investigadores concuerdan en que la práctica de la agricultura obligó a adoptar un estilo de vida sedentario, y otros opinan que la economía de producción surgió como respuesta a la explosión demográfica, ya que su única ventaja frente a la recolección (que implica una dieta más variada con menor inversión de trabajo) es que permite obtener mayor cantidad de alimento por unidad de espacio en la misma unidad de tiempo. Los pueblos que vivieron este proceso cultural fabricaron cerámica y, con el tiempo, desarrollaron redes de comercio a larga distancia, manufacturas especializadas, arquitectura monumental, escultura pública de piedra, pintura mural y sistemas de escritura, sin olvidar que llegaron a registrar notaciones calendáricas y manipularon complejos códigos iconográficos. Uno de los fenómenos culturales más importantes del Preclásico es el origen del urbanismo, pues durante esta etapa surgió la división entre los estilos de vida citadino y rural, que se basaban respectivamente en el consumo y producción de alimentos. Todo ello sugiere el desarrollo de sociedades estratificadas y señoriales con profundas creencias religiosas, que reconocieron la autoridad de gobernantes y sacerdotes profesionales, al tiempo que contaban con una compleja organización laboral, aunque desconocían la metalurgia y seguían dependiendo de una tecnología basada en la piedra y la madera. Vale la pena mencionar que estos procesos sólo tuvieron lugar en el centro y sur de México, así como en una porción de Centroamérica cuyo límite aproximado se encuentra entre la desembocadura del río Motagua (Honduras) y el Golfo de Nicoya (Costa Rica), pasando por el lago de Nicaragua. Este territorio se conoce como América Media o Mesoamérica.
El Preclásico temprano (2500-1200 a. C.)
Durante este periodo tuvo lugar el proceso de sedentarización, que ocurrió con velocidad variable en cada región geográfica. La población se agrupó en aldeas o caseríos igualitarios de cinco o 10 chozas, donde habitaban familias extensas. Estas poblaciones eran similares en forma y función, así como básicamente autosuficientes; sin embargo, a veces practicaron el comercio a grandes distancias. Hacia finales de esta etapa tuvieron lugar los primeros indicios de estratificación social y regional, puesto que con el tiempo algunas casas adquirieron amplias dimensiones, aparecieron construcciones ceremoniales y ciertas aldeas se tornaron emplazamientos más grandes y poblados, mientras que los asentamientos más pequeños parecen haber funcionado como sitios dependientes. Junto a las casas había pozos que se usaban como almacenes, mientras que los muertos eran sepultados cerca de las viviendas, bajo el piso de las mismas o en pozos abandonados. La fuente principal de subsistencia ya era la agricultura, aunque nunca desaparecieron la recolección, la caza y la pesca. Los campos de cultivo se ubicaban en las orillas de los lagos o en las planicies aluviales de los ríos. Por vez primera se fabricaron vasijas y figurillas de terracota, aunque las técnicas de esta temprana alfarería ya eran muy elaboradas y en la mayoría de las regiones carecen de antecedentes experimentales, por lo que se ha considerado que al menos en parte tuvieron sus precursores en algún sitio distante como Puerto Hormiga, Colombia, donde antes de 3000 a. C. ya había cerámica burda, mal cocida y sin decoración. La utilización de la mandioca, un producto cultivado en las regiones costeras de Mesoamérica pero que tuvo su origen en el sur del continente, refuerza estos argumentos de contacto a través de la ribera del Pacífico. Del mismo modo el maíz, domesticado en América Media, apareció por las mismas fechas en Sudamérica.
En el Valle de Tehuacán se asentaron grupos que comenzaron a domesticar varias especies de plantas silvestres, entre ellas el maíz, mientras que en el sitio lacustre de Tlapacoya-Zohapilco se empezaron a cultivar de forma sistemática el amaranto, la calabaza, el chayote, el chile, el maíz y el tomate verde. Usar loza de barro marca el comienzo de la vida sedentaria, ya que resulta poco rentable para una sociedad nómada transportar a cuestas su vajilla. La pieza de cerámica más antigua encontrada en Mesoamérica es una figurilla del año 3200 a. C., que procede de Tlapacoya, Estado de México; se trata de una obra antropomorfa de cuerpo cilíndrico, sin brazos ni boca y con los ojos señalados por punción. La cerámica Purrón de Tehuacán, de interior poroso, gran fragilidad y exterior beige a café, fue producida hacia 2030 a. C. y constituye una de las tradiciones más antiguas de vasijas en América Media; entre sus formas predominan las escudillas y tecomates hemiesféricos, así como las ollas globulares con cuello. Entre 2500 y 2000 a. C., la vida aldeana y agrícola se generalizó en la cuenca lacustre del Valle de México, proceso bien estudiado en el sitio de Tlapacoya-Zohapilco y que no tendría lugar hasta 1500 a. C. en el Valle de Tehuacán. Conviene decir que el panorama de esta época era un ambiente rural e indiferenciado, pues todavía ninguna aldea asumía el papel de capital o centro rector regional. Los primeros campesinos de la Cuenca de México desconocían la fabricación de cerámica utilitaria, aunque sí elaboraban figurillas de barro. Entre 1400 y 1150 a. C. los pobladores de esta región, así como los del Valle de Tehuacán y los Valles Centrales de Oaxaca, trabajaron una cerámica pulida con decoración roja sobre arcilla de color bayo; las figurillas de esta época son por lo general mujeres desnudas, de pie, con los ojos y boca elaborados por punción, presuntamente asociadas con un temprano culto a la fertilidad.
La cerámica más antigua del Occidente de México es la de la cultura Capacha, identificada a partir del material arqueológico procedente de entierros directos o de fosas sencillas con poca profundidad en el área de Colima y Jalisco. El inicio de esta tradición se ubica hacia 1750 a. C. e incluye escudillas, ollas, recipientes de silueta compuesta y tecomates monocromos, con la superficie exterior pulida y el acabado liso o decorado mediante incisión lineal, pintura o punción. Las cuatro formas cerámicas principales son los trífidos (cántaros de doble cuerpo ligados por tres tubos), los trífidos compuestos (en los que el cántaro se conecta con tres vasijas esféricas), los «bules» y las vasijas con asa y boca de estribo. Estas dos últimas formas guardan semejanzas notables con tradiciones alfareras de Ecuador, particularmente la de la fase Valdivia (4000-1500 a. C.) y la de la cultura Machalilla (1500-1200 a. C.). Conviene advertir que durante toda la historia precolombina las culturas del Occidente de México presentaron analogías innegables con las del noroeste de Sudamérica, fenómeno que se ha explicado mediante un comercio marítimo a lo largo de la costa del Pacífico. Los trífidos y vasijas con asa y boca de estribo se interpretan como obras de carácter ritual, ya que probablemente simbolizaban el contacto entre la tierra y el inframundo.
La arquitectura funeraria más antigua de Mesoamérica procede de El Opeño, Michoacán, donde se encontraron 12 cámaras subterráneas a las que se accede por un pasillo escalonado; la escalera de la Tumba 7 consta de nueve peldaños, número que simboliza los niveles del inframundo. Existe la posibilidad de que este tipo de arquitectura subterránea simbolice un espacio uterino, donde la tierra recibía a sus hijos difuntos. Tanto en la cultura Capacha como en la de El Opeño, los enterramientos estaban en espacios destinados a formar un cementerio. De las cámaras mortuorias de El Opeño se rescataron diversas esculturas antropomorfas de barro, cuya producción se inicia hacia 1500 a. C. Dentro de la Tumba 3 había una composición tridimensional de ocho figuras cuyo tema era el juego de pelota, lo que demuestra que ya desde entonces se practicaba este deporte ritual. Una técnica innovada en las vasijas de El Opeño es la de la pintura al negativo, que también tuvo sus orígenes en Sudamérica; consiste en aplicar resina sobre el área no pintada de la pieza antes de cocerla; con el calor, la resina se derrite, dando lugar a una superficie de dos colores.
En el actual territorio de Guerrero existen testimonios sobre las vasijas más antiguas de Mesoamérica, pues los habitantes de San Jerónimo fabricaban hacia 2800 a. C. una cerámica semejante a la denominada Pox, que a su vez procede de Puerto Marqués y Zanja, en la región de Acapulco, y data del año 2500 a. C. El interior de estas vasijas es poroso, en tanto que el exterior está recubierto con un baño rojo que no puede ocultar las depresiones en su superficie, semejantes a marcas de viruela (pox). Esta loza es sumamente frágil y se asemeja a la cerámica Purrón de Tehuacán.
Hacia 2000 a. C. surgió la vida aldeana en los Valles Centrales de Oaxaca. El emplazamiento de mayor tamaño era San José Mogote, pero había al menos 18 aldeas pequeñas ubicadas en la misma región. Restos de palizadas y edificios quemados sugieren que en 1800 a. C. estas comunidades tempranas entraron en competencia y practicaron la guerra. A partir de 1400 a. C. surgieron construcciones ceremoniales ubicadas sobre plataformas bajas con escalones al frente; los muros interiores y exteriores de estos santuarios, así como sus plataformas, estaban cubiertos de estuco, mientras que el techo de dos aguas era de bajareque; contaban con un espacio externo donde había unas fosas con forma troncocónica que servían para almacenar cereales, así como hornos de barro, lugares para entierro y sitios especiales para fabricar cerámica y preparar alimentos. Los animales domesticados eran el loro y el perro. Se estima que durante esta época los Valles Centrales de Oaxaca estaban ocupados por 18 caseríos que constaban de tres a 10 chozas cada uno. La cerámica más antigua de Oaxaca es la del Complejo Espiridión (1900-1400 a. C.), que fue encontrada en fragmentos asociados con una casa de San José Mogote. Se trataba de vasijas hemiesféricas y jarrones redondos con o sin cuello, sin decorar, de color amarillo a marrón, que probablemente imitaban recipientes de calabaza. Durante la fase Tierras Largas (1400-1150 a. C.) surgió la mencionada cerámica rojo sobre bayo, que adoptó una amplia variedad de formas, desde escudillas y ollas globulares con cuello, hasta platos y tecomates de fondo plano y paredes divergentes; estas vasijas ya recibían una variada decoración geométrica que proyecta sobre el espacio patrones de regularidad y simetría: bandas escarlata en el borde, líneas rojas paralelas, angulares, en zigzag, etcétera.
En la costa del Golfo se tienen pruebas de la domesticación del maíz en Tamaulipas hacia 2350 a. C., así como del girasol en Santa Elena (Tabasco), hacia 2150 a. C.
Recientes investigaciones lingüísticas sugieren que en el área del Istmo de Tehuantepec y la costa pacífica de Chiapas, Guatemala y oeste de El Salvador se hablaba antes de 1850 a. C. un idioma llamado protomixe-zoque. Los hablantes de dicha lengua corresponden a una cultura arqueológica que fue bautizada con el nombre de mokaya. Luego de 1800 a. C. el protomixe-zoque se fragmentó en dos idiomas distintos, llamados protomixe (1800-400/100 a. C.) y protozoque (1800-400 a. C.), que se hablaron en aldeas grandes y pequeñas de la región istmeña-pacífica y que también estuvieron relacionados con la posterior civilización olmeca.
Aunque el fenómeno cultural olmeca tuvo lugar en el Preclásico medio, la ocupación del territorio ubicado entre los ríos Grijalva y Papaloapan por grupos sedentarios se dio desde el Preclásico temprano. Así lo testifican los restos de pisos y agujeros para postes de chozas, encontrados en los niveles superiores del terreno pantanoso que rodea la isla de La Venta. Del mismo modo, los restos más tempranos de ocupación en San Lorenzo datan de 1500 a. C., y algunos indicios de su planificación se ubicarían hacia 1350 a. C.
Los habitantes de las aldeas de Istmo y del Pacífico dieron origen a una tradición cerámica distinta a la roja sobre bayo de Oaxaca y el centro de México. Las vasijas más antiguas son las de la llamada fase Barra (1850-1650 a. C.), que muestran un alto grado de refinamiento, pues se trata de ollas y tecomates de fondo plano, con cuello corto o sin él, muy bien pulidas y decoradas con acanaladuras verticales, diagonales o en espiral, usando las técnicas de incisión y punción; son de color rojo, anaranjado o crema y estas últimas cuentan con bordes rojos en los labios; las casas de esta época eran pequeñas y de palma. Fechas de radiocarbono sugieren que el sitio salvadoreño de Chalchuapa fue fundado alrededor de 1750 a. C. Durante la fase Locona (1650-1500 a. C.) la cerámica siguió siendo pulida, pero desaparecieron la incisión y la punción; aparecieron las cazuelas de fondo plano y lados divergentes, ollas grandes con soportes, platos y vasos cilíndricos, así como las primeras figurillas de barro: las femeninas están desnudas, mientras que las masculinas representan jefes o chamanes viejos u obesos, sentados y parcialmente vestidos, algunos con complejos pectorales y máscaras de animales. En el sitio de Paso de la Amada, Chiapas, fue descubierta una magna construcción de planta oval de 22 × 12 metros, donde se construyeron ocho residencias sucesivas; se ha interpretado como la casa de un jefe o gobernante, lo que sugiere que ya para esta época existía una determinada estratificación social. Durante la fase Ocós (1500-1350 a. C.) tuvo lugar un modo de vida más elaborado, pues las casas contaban con paredes de adobe blanqueadas con cal y fueron edificadas sobre pequeños montículos para evitar que se inundaran. La cerámica y tradición aldeana del sur de Veracruz y oeste de Tabasco, así como de la depresión central de Chiapas, era semejante a la del complejo Locona-Ocós de la costa de Chiapas y Guatemala, lo que refuerza la sospecha de que hubo una región cultural istmeña-pacífica bien diferenciada desde el punto de vista arqueológico y lingüístico (mixe-zoqueano). Conviene advertir, sin embargo, que existe la posibilidad de que la costa del Pacífico estuviera habitada no sólo por hablantes de idiomas mixe-zoqueanos, sino de otras familias lingüísticas, entre ellas la mayance.
Establecer el inicio de la vida aldeana en las tierras altas de la zona maya es por ahora un problema irresoluble. En 1300 a. C. la Cueva de Santa Marta, Chiapas, fue ocupada por agricultores permanentes, pero en la Cuenca del Quiché, Guatemala, aún había recolectores y cazadores hacia 1200 a. C. Como hemos visto, en la costa caribeña de Belice hubo campamentos de concheros desde el Cenolítico tardío, así como aldeas permanentes protoagrícolas desde 3000 a. C., dotados de una tecnología de deforestación (hachas de piedra para talar árboles). Estudios realizados en los núcleos de polen sugieren que hacia 2500 a. C. estos recolectores-cazadores de Belice penetraron en las tierras bajas del Petén derribando porciones de bosque tropical con el fin de sembrar para complementar su dieta. No obstante, el sedentarismo agrícola en dicha región y en la Península de Yucatán tendría que esperar hasta el Preclásico medio.
El Preclásico medio (1200-400 a. C.)
Durante el siguiente periodo de la historia de Mesoamérica hubo un considerable crecimiento demográfico y algunos asentamientos alcanzaron grandes dimensiones, hasta convertirse en cabeceras regionales de amplias zonas con sitios satélites dispersos. De hecho, es posible que algunas de estas grandes aldeas puedan calificarse como ciudades, pues sus poblaciones estaban desligadas de la producción directa de alimentos. Las profundas diferencias que se encuentran en los ajuares mortuorios de la gente de esta época revelan que, durante el periodo, comenzaron las abismales distinciones de estatus social presentes en el resto de la historia prehispánica. Comienza también la diferenciación entre arquitectura doméstica y pública, caracterizada esta última por amplias plataformas de tierra, piedra o estuco —o de estos dos últimos materiales—, coronadas por templos de material perecedero; esos edificios generalmente se ubicaban alrededor de plazas cuya función era albergar a gran cantidad de personas en ceremonias o rituales públicos. En muchas ocasiones estas construcciones tenían monumentos de piedra pintados o grabados con escenas religiosas o políticas. Fue durante esta época cuando surgió la escritura jeroglífica de carácter logográfico (con signos que representan palabras) o logofonético (una combinación de signos que representan palabras con otros que representan sonidos silábicos), aparentemente asociada con la legitimación política de los gobernantes en el marco de un orden religioso. Otros elementos culturales, como el desarrollo de una iconografía compleja, el establecimiento de redes comerciales continuas y de larga distancia, el origen de una clase de artesanos especializados, así como la construcción de grandes canales, drenajes y campos irrigados, acusan la presencia de una élite gobernante que organizaba el trabajo de la población y concentraba y distribuía mercancías, creando obligaciones de lealtad con sus aliados y vasallos, al tiempo que codificaba gráficamente conceptos cosmológicos aceptados por la sociedad. Algunos autores opinan que el tipo de organización política que predominó durante este periodo se asemeja al de los cacicazgos o jefaturas, que eran sociedades complejas dirigidas por un líder o grupo de élite cuyo poder emanaba principalmente de la administración del comercio y de la religión.
Un problema ampliamente debatido que concierne a esta época reside en la función que desempeñaron los olmecas del este de Veracruz y oeste de Tabasco. Aunque una persistente línea de pensamiento sugiere que fueron la primera civilización de Mesoamérica y que por lo tanto les correspondió ejercer como difusores de elementos culturales, lo cierto es que la razón principal de este razonamiento obedece a que los vestigios olmecas de esta región fueron los primeros restos arqueológicos descubiertos del Preclásico medio. Nuevos enfoques niegan este presunto papel de los olmecas como «cultura madre», presentando evidencia a favor de que algunos de los rasgos atribuidos a esa sociedad se originaron en otras regiones de Mesoamérica, ocupadas por sociedades igualmente complejas. De este modo, se ha propuesto que durante el Preclásico medio el territorio mesoamericano estaba plagado de capitales regionales pares, que fungían como centros para recibir, crear y poner a circular la información, de modo que entre todas construyeron un estilo arqueológico multiétnico conocido como «olmeca». La base de este complejo cultural era el intercambio comercial, que llevaba consigo la circulación de ideas, lo que dio lugar a cierta uniformidad de modos de vida. No obstante, y aunque este nuevo modelo para explicar el papel de los olmecas puede aproximarse más a la realidad, lo cierto es que los datos arqueológicos actuales sí sugieren que el origen de la escritura jeroglífica en el Nuevo Mundo puede ubicarse entre los ríos Grijalva y Papaloapan; finalmente, conviene decir que las investigaciones recientes en el campo de la lingüística histórica apuntan a la posibilidad de que los olmecas de dicha región hablaron idiomas de la familia mixezoqueana, grupo lingüístico que contiene algunos de los términos más antiguos asociados con los valores civilizatorios mesoamericanos.
El Preclásico medio en la región olmeca (1200-400 a. C.)
Durante los años ochenta ciertos autores propusieron que, durante la fase Chicharras de San Lorenzo (1250-1150 a. C.), algunos hablantes de lenguas mixe-zoqueanas emigraron de la costa pacífica de Chiapas y Guatemala a la vertiente marítima del sur de Veracruz y oeste de Tabasco, con lo que intervinieron de algún modo en el desarrollo de la civilización olmeca. No obstante, aunque esta hipótesis gozó de amplia aceptación durante dos décadas, los nuevos hallazgos arqueológicos sugieren que el fenómeno cultural olmeca fue producto de un desarrollo local que nada tuvo que ver con injerencias externas. Por otra parte, diversos estudiosos han sospechado que los antiguos olmecas hablaban idiomas ancestrales de las actuales lenguas mixe-zoqueanas, e incluso han mostrado que muchos idiomas mesoamericanos contaban con préstamos léxicos mixe-zoqueanos para denominar importantes plantas cultivables y prácticas rituales y de siembra, mientras que en las lenguas de esta familia dichos préstamos son raros o inexistentes. Ello sugeriría que en un pasado remoto uno o más idiomas del tronco mixe-zoqueano gozaron de enorme prestigio cultural, lo que señala a los olmecas como los más probables hablantes de esas lenguas.
El primer gran centro regional olmeca fue sin duda San Lorenzo, cuyo pico de desarrollo se ubica entre 1150 y 900 a. C. Los datos lingüísticos sugieren que en él se habló el idioma protomixe, aunque es necesario aclarar que sólo se trata de una hipótesis. Su centro ceremonial se ubica sobre una meseta baja de 50 hectáreas, desde donde se divisa el río Coatzacoalcos. Durante su apogeo, la colina fue nivelada, proyecto que debió de requerir una elevada cantidad de trabajadores. Aunque hasta hace poco existía escasa evidencia de estructuras arquitectónicas, recientemente logró encontrarse testimonio de casas de planta absidal con paredes de bajareque y madera, estructuras hechas con pisos o paredes de bentonita (una piedra local), así como de una estructura baja con columnas naturales de basalto. También se han descubierto talleres de obsidiana y otros lugares de trabajo especializado, todos relacionados con unidades habitacionales. Durante el apogeo del sitio se construyeron canales de distribución de agua y de drenaje elaborados con piedras talladas en forma de U, cubiertas por una laja. No obstante, San Lorenzo es más famoso por sus 70 monolitos grabados, entre ellos 10 cabezas colosales.
La segunda capital histórica de los olmecas parece haber sido La Venta (900-500 a. C.). Hay indicios de que sus habitantes se comunicaban en protozoque, lengua que presuntamente estaba asociada con un estilo arquitectónico y urbanístico particular, que se extendió hasta la depresión central de Chiapas. El emplazamiento de La Venta, fundado hacia 1000 a. C., se encuentra sobre una «isla» o domo de sal que a su vez está rodeado por tierras bajas inundables. Durante el Preclásico medio, su población fue aumentando sustancialmente gracias a la abundancia de recursos alimentarios (pesca, recolección y cacería) que complementaban sus pródigas cosechas. Fue un sitio grande y complejo, con profundas diferencias de estatus entre sus habitantes; contó con arquitectura doméstica (miles de casas) y monumental (grandes plataformas de tierra), al menos una elaborada cámara mortuoria y diversos monolitos públicos (altares, tronos, estelas y cabezas colosales) hechos de piedra volcánica traída de lugares muy distantes. Bienes exóticos se importaron de la Cuenca de México y el altiplano guatemalteco (obsidiana), el Valle de Morelos (caolín), el Valle del Motagua, en Guatemala (jadeíta), así como de los Valles Centrales de Oaxaca (magnetita), la costa pacífica de Chiapas y Guatemala (cacao) y de las tierras altas mayas (plumas de quetzal), sin contar otros lugares de donde provenía la sal, los textiles, la ceniza volcánica y el basalto. Estas mercancías no sólo servían como marcas de prestigio social, sino que su redistribución por parte de los dirigentes olmecas debió de haber estado encaminada a crear lealtades entre sus aliados y vasallos. De hecho, algunos autores opinan que el colapso de las capitales olmecas probablemente se vinculó con la pérdida de sus rutas comerciales y del acceso a bienes exóticos.
La Venta se planificó siguiendo un eje norte-sur, y en ella se encuentran diversos complejos arquitectónicos. El Complejo A consta de dos patios simétricos delimitados por montículos de tierra, con un par de recintos rodeados por columnas de basalto. Se han encontrado diversas ofrendas subterráneas en este complejo, mismas que constan de grandes bloques de jadeíta y serpentina, hachas votivas y figurillas de piedra verde con deformación craneal frontooccipital. Por su parte, el Complejo B consiste en varios montículos de tierra y una gran plataforma llamada Acrópolis Stirling. En el Complejo C se ubica el Gran Montículo de La Venta, una pirámide de 30 metros de altura y 130 metros de diámetro, hecha de tierra apisonada; constituye el edifico más grande del Preclásico medio en Mesoamérica, poco más alto que el Montículo 1 de La Blanca, Guatemala (25 metros), y que la Estructura E3-1 de Chalchuapa, El Salvador (22 metros). Se han excavado otros complejos arquitectónicos en La Venta, entre ellos el Complejo E, que contiene estructuras residenciales, así como los complejos D, G y H, que tuvieron funciones cívicas o administrativas.
La Venta contó con diversos sitios satélites que estaban ubicados en islotes, laderas de ríos y lagunas, los cuales tenían plataformas de tierra y algunas construcciones de élite. También había emplazamientos de menor jerarquía que sólo fueron ocupados por aldeanos comunes.
Cerca de San Lorenzo, en un manantial conocido como El Manatí, los arqueólogos descubrieron un conjunto de esculturas antropomorfas de madera bien conservadas debido a la falta de oxígeno (estaban sumergidas), así como hachas de jadeíta y balones de hule, que atestiguan la práctica del juego de pelota. Por su parte, el sitio de El Azuzul se volvió famoso por el hallazgo in situ de dos esculturas de jóvenes arrodillados frente a un felino. Sitios como Laguna de los Cerros y Tres Zapotes debieron de fungir como otras capitales regionales, aunque el apogeo de este último pertenece al Preclásico tardío.
Se han formulado diversas propuestas para interpretar el significado de las cabezas colosales olmecas, entre ellas que se trata de retratos individuales de gobernantes, sacerdotes, jugadores de pelota o héroes mitológicos, aunque aún se ignora la verdad. Otro elemento de la escultura olmeca digno de destacarse son los llamados altares con tema de nicho. Se trata de grandes prismas monolíticos con la representación de un individuo sentado a la entrada de las fauces de un felino antropomorfo (sin duda una cueva); en el caso del Monumento 4 de La Venta el individuo sedente sostiene una cuerda que lo une con un personaje grabado en el costado, mientras que en el Monumento 20 de San Lorenzo el hombre que sale de la cueva se encarga de presentar a un niño. Este género de esculturas se ha interpretado en términos de las ideas mesoamericanas sobre una montaña parturienta que dio a luz a los linajes humanos, con especial énfasis en la sucesión dinástica simbolizada por el niño y por la cuerda.
Un importante elemento cultural presente entre los olmecas son las inscripciones jeroglíficas. Hasta hace poco tiempo era incierto si la escritura en Mesoamérica databa de los tiempos olmecas o se originó hacia el año 700 a. C. en los Valles Centrales de Oaxaca. Un enigmático texto olmeca, encontrado cerca de San Lorenzo y conocido como Bloque de Cascajal, fue dado a conocer en 2006. Se trata de una pieza que data probablemente del año 900 a. C. y contiene secuencias lineales de signos jeroglíficos con estilo cursivo, los cuales, aunque no están descifrados, presentan algunas secuencias o patrones repetitivos que a su vez sugieren la presencia de antropónimos u otro tipo de nombres propios. El hallazgo de este bloque reaviva la sospecha de que los olmecas de la costa del Golfo fueron la primera sociedad mesoamericana en usar un sistema de escritura, hipótesis que le otorga un nuevo sentido a un pequeño corpus de inscripciones grabadas sobre piedra, celtas petaloides [hachas ceremoniales de piedra] y objetos pulidos de jadeíta con jeroglíficos en formato de emblema, entre ellos el Monumento 9 de San Lorenzo y la denominada Hacha de Humboldt. Una estela tardía con una escena iconográfica y un texto jeroglífico, conocida como Monumento 13 de La Venta, contiene datos epigráficos sobre la lengua que hablaron los olmecas, pues según el análisis que se le practicó su orden de lectura es fecha-sujeto-verbo, que coincide con la sintaxis de los idiomas mixe-zoqueanos. La fecha de este monolito parece ubicarse en la transición del Preclásico medio al tardío.
El Preclásico medio en el resto de
Mesoamérica
(1200-400 a. C.)
Entre 1300 y 1250 a. C. surgieron diversas capitales regionales en la cuenca lacustre del Valle de México, entre ellas Coapexco, Tlapacoya, Tlatilco y un sitio subPedregal. En las zonas sur y oeste de la cuenca no se encuentra ya un ambiente indiferenciado, pues las cabeceras regionales mencionadas regían sobre diversos sitios satélites y constituían el núcleo de complejas redes comerciales que controlaban la distribución de productos artesanales especializados y bienes exóticos. Ya contaban con edificios públicos, juegos de pelota, un repertorio iconográfico de estilo olmeca, una población considerable y un amplio abanico de estamentos sociales, debido a lo cual algunos estudiosos las llaman «sociedades de rangos». Entre 1250 y 1000 a. C. en Coapexco había 60 casas por hectárea; algunas de ellas tenían muros de adobe y fachadas pulidas recubiertas de una capa de arcilla. Estudios sobre granos de polen sugieren que en esa misma época tuvo lugar una notable reducción intencional de los bosques, como consecuencia de un aumento en la extensión de los campos de cultivo; asimismo, la evidencia arqueológica indica que durante este periodo se intensificó el comercio con zonas cercanas y lejanas, como lo indica la enorme variedad de bienes que circulaban en la región: asfalto, cinabrio, cuarzo, jadeíta, mica, obsidiana, pirita y serpentina. Hay indicios de que hacia el año 1000 a. C. se dio un notable desarrollo de los sistemas hidráulicos en la región semiárida del norte de la cuenca (que comenzó a ser colonizada), y se destaca el aprovechamiento de las zonas lacustres por medio de chinampas. Hacia 700 o 600 a. C. se desarrolló en El Arbolillo y Zacatenco un complejo cerámico caracterizado por una amplia variedad de figurillas femeninas y una abundancia de platos carenados.
Un detalle cultural de esta región es la presencia de varios sellos de cerámica con enigmáticos diseños lineales que se han encontrado en Tlatilco. Probablemente se trataba de un sistema de escritura, hecho que no se ha podido comprobar, ya que sólo algunos fueron publicados. Del mismo Tlatilco procede otro sello con la representación de tres signos: una cabeza estilo olmeca, un quincunce y una flor de cuatro pétalos. De tratarse de un texto jeroglífico, la dirección de su lectura debería ser de derecha a izquierda en virtud de que la cabeza mira hacia la derecha (principio que marca el orden de lectura en distintas escrituras del mundo). Desconocemos la fecha precisa en que se grabaron estos sellos. Si todos fueran más o menos contemporáneos y efectivamente contuvieran dos sistemas de escritura, se podría inferir la presencia de dos pueblos diferentes que habitaron en Tlatilco y escribieron en idiomas muy distintos.
Entre 600 y 500 a. C. tuvo lugar el surgimiento del centro protourbano de Cuicuilco, que marca el final del Preclásico medio en la Cuenca de México y representa la culminación de una larga secuencia evolutiva basada en una exitosa explotación del medio.
Se ha pensado que el Preclásico medio y el tardío fueron los periodos más importantes en la historia del Valle de Puebla y Tlaxcala, pues durante ellos hubo una gran densidad demográfica y una alta concentración de asentamientos humanos, algunos de los cuales eran de gran tamaño. En el Preclásico medio sitios como Gualupita, Tlalancaleca y Xochitécatl destacaron como los emplazamientos más grandes y complejos en la zona de Tlaxcala, mientras que Colotzingo alcanzó la máxima jerarquía en la región de Atlixco, mismo papel que desempeñó Coapan al oeste del Valle de Puebla. Otros centros importantes de la región durante el Preclásico medio son Moyotzingo, Necaxa, Nexapa, Texmelucan y sobre todo Las Bocas, famoso por haber producido la cerámica más elegante y refinada del horizonte cultural olmeca: esculturas huecas de arcilla que representan niños mofletudos y están recubiertas por un engobe blanco muy pulido y decorado con cinabrio; también hay vasijas con representaciones zoomorfas y una gran cantidad de recipientes con temas religiosos. Cabe mencionar que en las vasijas de Las Bocas se encuentra el mayor repertorio de iconografía olmeca sobre barro.
El lugar más importante de esta época en el Valle de Morelos es Chalcatzingo, cuyo patrón de asentamiento sigue una pauta norte-sur, semejante al de La Venta. En la mitad septentrional del sitio se encuentran las esculturas y grabados rupestres de estilo olmeca que hacen célebre a ese sitio. La mayoría de ellos están esculpidos sobre las paredes de roca que forman parte de un risco o montaña con forma de domo. Los temas son tan variados como complejos: fauces abiertas de felino o grutas desde donde se asoma un soberano asociado con la lluvia, ceremonias de personajes con máscara bucal de ave e imágenes de seres híbridos marcados con un aspa o cruz de San Andrés, que aparecen atacando o devorando hombres. La mayor parte de los vestigios arqueológicos de Chalcatzingo provienen de la fase Cantera (700-500 a. C.), incluyendo probablemente su gran plaza de 120 por 70 metros, bordeada a su vez por un montículo bajo de longitud semejante. Con todo, la ocupación de este emplazamiento prehispánico comenzó mucho antes, durante la fase Amate (anterior a 1100 a. C.), periodo al que se han atribuido dos estructuras arquitectónicas, una de las cuales contenía una estatuilla de jadeíta. Durante la fase Barranca (1100-700 a. C.) se construyó el Monumento 22, que es un gigantesco altar de 4.4 metros de largo, cuya fachada tiene diseños ornamentales abstractos, aunque claramente asociados con el tema olmeca del felino antropomorfo.
Más al sur, el territorio del actual estado de Guerrero también participa del horizonte cultural olmeca por medio de exquisitos testimonios de arte lapidario sobre jadeíta y serpentina. En las cavernas de Juxtlahuaca y en las grutas de Oxtotitlán podemos apreciar importantes ejemplos de pintura rupestre de esta época, como el llamado Mural 1 de este último sitio, fechado entre 800 y 500 a. C. Se trata de una figura humana sentada sobre un trono o altar con forma de monstruo-jaguar, cuya máscara aviaria, que podría representar un búho cornudo, incluye tanto el tocado como un manto con plumas que se extiende sobre la espalda del personaje. Por su parte, en la Cueva de Juxtlahuaca hay distintas representaciones zoomorfas, entre ellas una serpiente con cresta de plumas y con la pupila del ojo marcada con un aspa; en otro ejemplo, un alto personaje con capa y guantes de jaguar se encuentra junto a un individuo pequeño que tal vez es su vasallo.
No obstante, el sitio guerrerense de mayor envergadura es Teopantecuanitlan, que se encuentra en la confluencia de los ríos Mezcala y Nautla. La etapa más temprana del sitio concluyó antes de 900 a. C. y se caracteriza por una arquitectura de tierra. La construcción más destacada de esta época es un patio de 32 por 26 metros, delimitado por un muro que en su cara externa sur cuenta con escaleras dobles dispuestas simétricamente. Durante la etapa II (900-800 a. C.) apareció un conjunto arquitectónico rectangular de piedras calcáreas talladas, unidas sin argamasa; en el interior de ese recinto había un patio hundido provisto de cuatro monolitos esculpidos con forma de T invertida; sobre la cara anterior de cada uno está grabado un felino antropomorfo con ojos almendrados y rasgos faciales de estilo olmeca, el cual sostiene una antorcha entre las manos; se cree que estas esculturas representan a los cuatro guardianes cardinales de la zona ceremonial. Dicho patio tenía sistemas de drenaje, construidos con piedras talladas en forma de U, que llevan una tapa de laja. Durante su tercera etapa histórica (800-600 a. C.) tuvo lugar en Teopantecuanitlan un estilo arquitectónico cuya decoración estaba hecha de barras y puntos. La riqueza de los habitantes del lugar quedó de manifiesto cuando fue excavada una unidad habitacional de élite, misma que incluía una amplia variedad de productos importados y especies de animales comestibles, cerámica con engobe blanco muy pulido y esculturas huecas de barro con forma de niños mofletudos. No obstante, lo que más llama la atención de Teopantecuanitlan son sus grandes obras hidráulicas, que incluyen un dique de almacenamiento río arriba, así como un acueducto colosal formado por dos filas paralelas de monolitos de 1.20 a 1.90 metros de altura, cubierto además por grandes lajas.
Durante la primera mitad de este periodo continuó el desarrollo de las culturas Capacha (Colima y Jalisco) y de El Opeño (Michoacán), pues el final de su historia se estima entre 1000 y 800 a. C. Un pectoral de piedra con forma de caparazón de tortuga, que procede de un contexto funerario de El Opeño, está marcado con el signo de bandas cruzadas o cruz de San Andrés, uno de los pocos rasgos olmecas que se encuentra en la región de Occidente. Al sur de Sinaloa se localiza el sitio de El Calón, donde se ha reportado un montículo piramidal de esta época. Alrededor de 800 a. C. aparecieron las primeras tumbas de tiro en el área de Mascota (noroeste de Jalisco), las cuales contenían cerámica Capacha. Este tipo de arquitectura funeraria consta de un pozo vertical de profundidad variable, que en su base se comunica con una cámara. Su correlato cultural está fuera de Mesoamérica, pues se lo encuentra en culturas de Colombia, Ecuador y Perú. Por otra parte, se ha recobrado cerámica Capacha en las costas de Nayarit (San Blas) y Jalisco (valles de Banderas y Mascota), que data de entre 890 y 300 a. C., así como esculturas de barro semejantes a las de El Opeño fechadas hacia 300 a. C. en esa misma zona y en Tlalpa, Jalisco. Este tipo de hallazgos contribuye a llenar un vacío de cuatro siglos en la historia del Occidente de México, ya que luego del año 800 a. C. no se tenía noticia de ningún proceso cultural en esa zona.
En los Valles Centrales de Oaxaca tuvo lugar un notable crecimiento demográfico; se advierte también una marcada jerarquización de los sitios ocupados y se inicia la construcción de edificios de carácter público. San José Mogote es el asentamiento de mayor importancia. Entre 1150 y 850 a. C. contaba con múltiples plataformas de adobe y piedra y estaba rodeado por varios asentamientos menores que lo proveían de diversos productos, entre ellos la aldea de Salinas, que justamente le suministraba sal. Entre 850 y 700 a. C. había en San José Mogote diversos barrios especializados en la fabricación de determinadas artesanías. En uno de ellos, dedicado a la manufactura de espejos de magnetita y pirita, fue excavada la Estructura 16 (residencia de una familia de alto rango), que ya contaba con un pequeño sistema de drenaje. Durante esta época comienzan a distinguirse dos expresiones de la religión, una pública y otra doméstica. Debieron de practicar la primera los hombres en locales específicos, quienes echaban mano de distintas plantas rituales (entre ellas el tabaco) y las mezclaban con cal, mientras que las mujeres realizaban ritos de veneración a los ancestros en el interior de sus casas empleando figurillas de terracota. Entre 700 y 500 a. C. surgieron en la zona diversas entidades políticas; los edificios públicos se multiplicaron y alcanzaron mayores dimensiones, como es el caso del Montículo 1 del propio San José Mogote, con 15 metros de alto. Dicho desarrollo estaba relacionado con el surgimiento de un grupo social que manipuló el culto, el trabajo y la riqueza. En este mismo periodo empezó la práctica de erigir monumentos grabados con escenas de cautivos y textos jeroglíficos, pues entre las estructuras 14 y 19 de San José Mogote se encontró la Estela 3, cuyo prisionero de guerra está acompañado por la fecha 1 Movimiento (Xoo 1) del calendario adivinatorio de 260 días (Piye), que pudo ser su antropónimo. Cabe observar que mientras el tema de las esculturas olmecas parece haberse centrado en la figura de los gobernantes, los monumentos de Oaxaca enfatizaron la habilidad de los dignatarios para tomar cautivos y triunfar en la guerra.
Extensas zonas de Veracruz cuentan con una ocupación continua al menos desde el Preclásico medio, especialmente en el valle inferior del río Nautla. Un fragmento de yugo de piedra —escultura votiva de uno de los implementos del juego de pelota— que data de esta época fue encontrado en la región, lo que sugiere la práctica de esta actividad ritual.
De lo dicho anteriormente sobre la lengua de los olmecas puede deducirse que los habitantes de la región istmeña, tanto los de la costa del Golfo como los de la del Pacífico, debieron de pertenecer a la familia lingüística mixe-zoqueana, por lo que la llamada «olmequización de Mazatán», una expansión de la cultura olmeca a la región del Soconusco ocurrida durante la fase Cuadros (1150-950 a. C.), probablemente se vio favorecida por fuertes afinidades idiomáticas. El centro y occidente de Chiapas también participaron de esta tradición, pues sitios de gran tamaño, con edificaciones de tierra, plataformas con varias construcciones de piedra (acrópolis) y edificios para el juego de pelota se han encontrado en ocho parajes de la depresión central y en otros tantos de la zona del Grijalva medio, entre ellos San Isidro. En esa misma comarca se han encontrado varias esculturas megalíticas (como la Estela de Padre Piedra), grabados rupestres (como el Relieve de Xoc y los de Pijijiapan) e innumerables objetos portátiles (cetros, estatuillas, hachas, pectorales, etc.), todos ellos con iconografía de estilo olmeca.
Entre 1000 y 750 a. C. se incrementó el tamaño, población y patrón de asentamiento de los sitios en la costa pacífica de Guatemala. En las márgenes del río Naranjo, una élite gobernante encabezó la administración de un emplazamiento pequeño que, con el tiempo, atraería a una gran población gracias a la explotación de sus recursos naturales y a un fructífero comercio de larga distancia. Ese sitio, conocido como La Blanca (900-600 a. C.), contó con una considerable masa de arquitectura de carácter público, incluyendo cuatro montículos de tierra de hasta 10 metros de alto y un edificio mucho más grande conocido como Montículo 1. Tras la declinación de La Blanca, en 600 a. C., El Ujuxte se perfiló como la nueva cabecera política de la región. No obstante, el esplendor de este asentamiento data del Preclásico tardío. En la costa de El Salvador, el sitio de Chalchuapa presentó un notable desarrollo entre 800 y 600 a. C., con edificios tan altos como la Estructura E3-1 del Grupo Trapiche, y conexiones mercantiles de larga distancia, bienes exóticos de prestigio, grandes monumentos grabados y cerámica pintada después de la cocción. Tanto los relieves como las vasijas presentan un estilo semejante al de Chalcatzingo, lo que habla del grado de comunicación que existía entre los sitios de la época. De este mismo tiempo data el Montículo 30a de Izapa, en la costa de Chiapas, un edificio masivo que procede de una época cuando se supone que ese sitio fue capturado por gente de filiación mayance.
Hacia 1200 a. C., Kaminaljuyú fue fundado en las tierras altas de Guatemala. Desde el Preclásico medio contó con edificios públicos, monumentos grabados y una clara estratificación sociopolítica. En 600 a. C. se convirtió en el centro de una entidad política grande y próspera que controló la región. La arquitectura de esta época destaca por plataformas de tierra y adobe que soportaron edificios de materiales perecederos. Detalles como los desagües y escalones fueron hechos de piedra volcánica. La mayoría de estas construcciones están edificadas en grupos alineados preferentemente de norte a sur.
En el cercano Valle de Salamá, el sitio de El Portón contó con una serie de plataformas, templos y terrazas de tierra acompañadas por altares y estelas de piedra. El templo más grande de El Portón fue edificado hacia 500 a. C. y la ofrenda hallada bajo su escalera revela que para consagrarlo tuvo lugar una gran fiesta, acompañada de incienso y sacrificios. Hacia 400 a. C. fue erigida su Estela 1, que cuenta con numerales y jeroglíficos mayas tempranos.
Las primeras aldeas agrícolas en las tierras bajas del Petén datan de 1000 a. C. Se piensa que fueron fundadas por colonos, quienes arribaron con una cultura sedentaria tanto de la costa de Belice como de las tierras altas de Guatemala, siguiendo el curso de bajos, lagos y ríos. De hecho, las tradiciones alfareras más tempranas de las tierras bajas mayas (1200-900 a. C.) proceden del valle del Río Belice (Horizonte Cunil) y del norte de ese mismo país (Complejo Swasey), así como de la cuenca del Usumacinta (Complejo Xe). Se estima que los ceramistas de esta última región no eran hablantes de lenguas mayances, sino mixe-zoqueanas. Hacia 700 a. C. estas tradiciones tempranas comenzaron a desaparecer y surgió una nueva generación de vasijas denominadas Mamom (700-400 a. C.), cuyo uso y producción se extiende desde el Petexbatún hasta el norte de Yucatán. Se trata de recipientes utilitarios de consumo local, monocromos, engobados, pulidos y con un acabado de apariencia cerosa.
En las primeras aldeas de las tierras bajas mayas (1000-700 a. C.) las chozas estaban construidas sobre plataformas bajas organizadas alrededor de patios centrales; presentaban un carácter de comunidades igualitarias y autónomas, sin artesanos especializados ni diferencias sociales significativas. A partir de 800 a. C. aparecieron las distinciones entre arquitectura doméstica y pública. El sitio más importante de la región fue Nakbé, cuyas primeras plataformas públicas de mampostería (cubiertas con un aplanado de estuco y arcilla), de dos o tres metros de alto, datan de esta época. Hacia 600 a. C. ya contaba con plataformas terraceadas y estucadas más altas, de hasta 18 metros de alto, y apareció el estilo arquitectónico de molduras de delantal, en el que cada plataforma constaba de un cuerpo superior con paredes en declive, que reposaba sobre otro más corto y vertical. Las estructuras que tenían este estilo soportaban templos hechos con materiales perecederos. Los conjuntos arquitectónicos estaban organizados alrededor de grandes plazas centrales y se comunicaban por una red de calzadas (sakb’ih). Durante esta misma época aparecieron espacios destinados al juego de pelota, altares circulares y estelas con escenas que contienen figuras de personajes grabados. Asentamientos menores que Nakbé eran El Mirador, Tintal y Wakná, aunque muchos otros sitios que serían importantes posteriormente fueron fundados durante esta época.
El emplazamiento más notable en Belice era Blackman Eddy, cuyo desarrollo fue ligeramente anterior al de Nakbé. Por último, entre 1200 y 800 a. C. el norte de la Península de Yucatán fue colonizado por pueblos sedentarios. A partir de 700 a. C. se generalizó en esa zona el uso de la cerámica Mamom; el sitio más grande era una aldea con casas perecederas llamada Komchén. Cabe agregar que en las tierras bajas mayas cada día se reportan más materiales con estilo olmeca. Entre los más conocidos se encuentran las vasijas funerarias que fueron excavadas en el Grupo 9N-8 de Copán (1200-900 a. C.), decoradas con los símbolos de «mano-garra» y de «cejas flamígeras». La presencia de estos elementos en aquella región puede explicarse por el hecho de que el Valle del Motagua era la fuente principal de la jadeíta usada por los olmecas.
El Preclásico tardío (400 a. C.-200 d. C.)
Los procesos históricos que caracterizan esta época pueden resumirse en el notable incremento de la fuerza laboral que condujo a la construcción y mantenimiento de imponentes edificios públicos, caminos, obras hidráulicas usadas para la irrigación y almacenamiento de agua, así como la elaboración de terrazas y campos levantados que permitieron una producción de alimentos sin precedente. Estos hechos revelan un notable incremento demográfico, así como la existencia de un sistema de gobierno muy organizado y centralizado. Escenas y textos jeroglíficos del área maya comprueban que los antiguos cacicazgos fueron sustituidos por un sistema de gobernantes individuales (ajawtaak) que fundaban sus derechos políticos en el carisma militar y religioso, así como en su pertenencia a una línea dinástica y su fundador mítico. Aunque no sabemos si un fenómeno semejante ocurrió en otras regiones de Mesoamérica, hay quienes opinan que durante el Preclásico tardío se originaron las primeras sociedades estatales. Lo cierto es que en este periodo se advierte una notable disparidad en el tamaño y complejidad de los asentamientos, la cual refleja profundas diferencias en el control de los recursos naturales y humanos.
Durante los últimos siglos del Preclásico tardío (un periodo conocido como Protoclásico) tuvo lugar en el Altiplano Central de México, área maya y costa del Golfo un extraño colapso de capitales preclásicas, que fueron abandonadas abruptamente. Investigaciones recientes sugieren que ello obedeció a una reorganización demográfica que tendía a aglomerar la población en unas pocas nuevas capitales (Cholula, El Pital, Teotihuacán, Tikal, etc.), cuyo sistema de gobierno era marcadamente centralizado en comparación con las antiguas jefaturas o cacicazgos que rigieron sobre poblaciones más dispersas.
Desde el punto de vista cultural, puede decirse que durante el Preclásico tardío se desarrollaron en Mesoamérica diversos sistemas de escritura (istmeña, maya, zapoteca, etc.) acuñados por sociedades que adaptaron la idea de la escritura olmeca a sus propias necesidades lingüísticas. Aunque el registro del calendario y de los números parece haber surgido en Oaxaca a finales del Preclásico medio, durante el Preclásico tardío alcanzó un increíble desarrollo, patente sobre todo en la invención del sistema posicional (Cuenta Larga), que implicaba la existencia de un signo para el cero y de una fecha era (o fecha originaria) de carácter mítico, ubicada en el año 3114 a. C. Hasta donde sabemos, dicho sistema de numeración se utilizó sólo para fines calendáricos y permitía consignar los acontecimientos históricos con inaudita precisión, sin repetir una fecha en el lapso de 5125 años. Los registros más tempranos de este sistema se encuentran en monumentos istmeños, como la Estela 2 de Chiapa de Corzo (36 a. C.) y la Estela C de Tres Zapotes (32 a. C.), los cuales, aunque no contienen explícitamente un signo gráfico para el cero, implican su existencia seis siglos antes que en India.
El sitio más importante de esta época en la cuenca lacustre del Valle de México fue sin duda la gran aldea protourbana de Cuicuilco, edificada sobre tierras muy fértiles con canales de riego. Hacia 200 a. C. contaba con 20 000 habitantes y su gran templo circular alcanzaba 27 metros de alto. Desde el punto de vista demográfico, el único lugar de la región que rivalizaba con él era el Valle de Teotihuacán, con una población de 53 000 personas entre 300 y 100 a. C. Es muy poco lo que se sabe sobre la historia de Cuicuilco, ya que la mayor parte de sus vestigios se encuentran sepultados bajo el pedregal formado por la erupción del volcán Xitle, que tuvo lugar hacia 100 a. C. Una parte de la población siguió habitando ahí hasta 400 d. C., cuando fue arrasada por un torrente de lava procedente del Ajusco.
El clímax cultural y demográfico del Valle de Puebla y Tlaxcala se ubica en la fase Tezoquipan (400-100 a. C.). Se ha registrado una gran cantidad de asentamientos, y las tierras de cultivo que los sustentaban debieron de estar contiguas. Por su complejidad y tamaño se perciben en ellos diversas jerarquías, y son varios los que contienen cementerios, palacios (estructuras con múltiples cuartos situadas sobre plataformas bajas), pirámides y terrazas. La situación arqueológica de la región se ha resumido como sigue: al norte del valle destacan Atlantepec, Coyotzingo, Cuajimalpa, Moyotzingo, San José Tetel y Xochitécatl. Al oriente se encuentran Capúlac, Chachapan, Las Vegas, Los Teteles de San Miguel y San Aparicio, pero sobre todo Amaluacan, que tiene varios conjuntos piramidales alrededor de plazas, así como Totimehuacan, con ocho pirámides construidas en distintas etapas. Finalmente, al oeste del valle destacan Colotzingo, con sus 14 montículos, San Francisco Coapan, con sus estructuras de hasta 200 metros de longitud, y Tlalancaleca, con 24 edificios grandes, algunos de los cuales ya presentaban el estilo arquitectónico de talud-tablero (un paramento vertical que descansa sobre otro inclinado), que siglos después sería tan empleado en Teotihuacán. Algunos autores creen que estos asentamientos se regían por un sistema político semejante al cacicazgo.
Durante el Preclásico terminal (100 a. C.-200 d. C.) la mayoría de estos asentamientos fueron gradualmente abandonados, pues la población comenzó a reagruparse en sólo dos sitios estratégicos: Cholula y Totimehuacan. Recientes investigaciones geológicas y arqueológicas sugieren que dicho proceso se vio reforzado por una magna erupción del volcán Popocatépetl a mediados del siglo I d. C., cataclismo ecológico que sepultó cientos de casas en las laderas nororientales del coloso, acabó con la vida de miles de personas y afectó la producción agrícola en una extensa zona. Bajo el terreno volcánico del Pedregal de Nealtican se han excavado los restos intactos de Tetimpa, sitio fundado entre 700 y 500 a. C. en las laderas de la Sierra Nevada y cubierto por la lava durante dicha erupción; sus casas de bajareque, construidas sobre plataformas bajas con talud-tablero, delimitaban patios equipados con pequeños templos, mismos que a su vez reproducían la forma del volcán. Graneros hechos con barro y paja sobre zócalos de piedra sustituyeron los antiguos pozos que se usaban para guardar maíz.
Se supone que el sur y el oriente de la Cuenca de México también se vieron afectados por la erupción del volcán. Esa región, junto con la del Valle de Puebla y Tlaxcala, experimentó una marcada ruralización y declive demográfico. Entre 100 a. C. y 100 d. C. la población en el Valle de Teotihuacán disminuyó hasta 27 000 habitantes, aunque a partir del siglo I d. C. este asentamiento, lo mismo que Cholula, comenzó a absorber a la población sobreviviente de las erupciones. Ello le permitió convertirse en una megalópolis. De hecho, las pirámides del Sol y de la Luna, lo mismo que las primeras dos etapas constructivas de la Gran Pirámide de Cholula, debieron de haberse construido durante los dos primeros siglos de nuestra era.
Entre 400 a. C. y 100 d. C. tuvo lugar el desarrollo de la cultura Chupícuaro en el sureste de Guanajuato y las áreas adyacentes de Michoacán. Esta cultura toma su nombre de un sitio ubicado cerca de Acámbaro, que fue inundado en 1949 por la presa Solís. Los ceramistas de Chupícuaro fueron posiblemente los primeros que en Mesoamérica dominaron la técnica de la policromía de precocción, puesto que plasmaron intensos pigmentos lisos (rojo, negro, amarillo) sobre fondos neutros de color bayo, creando composiciones pictóricas donde predomina la simetría y la combinación versátil de unos cuantos recursos geométricos, como líneas, cruces, cuadrados, rombos y triángulos. Estas vasijas no se encontraron en tumbas, sino en la superficie, de manera que no se trata de un arte funerario. Asociadas con ellas hay dos estilos de esculturas sólidas de barro (con abundante pastillaje) y uno de figuras huecas policromadas, cuyos diseños imitan los de las vasijas. El tema principal de estas esculturas es la mujer desnuda, cuya simplicidad contrasta con lo elaborado de sus peinados y tocados, tal vez porque en Mesoamérica la personalidad residía en el área de la cabeza. No obstante, se trata de una tradición que reduce las formas a lo esencial, razón por la que se la ha calificado como arte minimalista. La cerámica de Chupícuaro influyó mucho en otras regiones de América Media, particularmente en Cuicuilco y el Valle de Puebla y Tlaxcala.
Hacia 300 a. C. dio comienzo en la zona de Colima, Jalisco, Nayarit y las regiones adyacentes de Michoacán y Zacatecas una importante cultura denominada «de tumbas de tiro», cuyos yacimientos arqueológicos se encuentran en mayor concentración y número alrededor del Volcán de Tequila. Los rasgos más notables de esta tradición cultural, que pervivió hasta 600 d. C., consisten en un patrón de asentamiento circular y concéntrico, que tiene como eje una estructura arquitectónica masiva de planta semejante (un «guachimontón»), una vigorosa tradición de tumbas de tiro, compuestas de una o varias cámaras con una gran diversidad de formas y modalidades (es un tipo de arquitectura subterránea), así como una vasta producción de esculturas de arcilla sólidas y huecas, cuyo tema central es la vida humana y que eran depositadas dentro de las tumbas de tiro. La función de dichas esculturas era preservar la vitalidad de los individuos sepultados, a pesar de que sólo algunas piezas intentaban reproducir los rasgos fisonómicos individuales de sus modelos humanos. Algunas figuras están de pie, otras sentadas, portan variados objetos como armas o vasijas, cargan niños, ejecutan diversas actividades, transmiten la impresión de movimiento congelado y expresan una gran vitalidad que parece contrastar con su contexto funerario. Los historiadores del arte han identificado por lo menos 16 estilos, que fueron producidos en distintos momentos y regiones. Más que esculturas de barro, algunas semejan auténticas maquetas, en las que los personajes intervienen en convites palaciegos, juegan a la pelota o practican el rito del palo volador. En contraste con el naturalismo de la escultura de terracota, cuyo tema central es el hombre mismo, las vasijas de las tumbas de tiro son objetos bien pulidos, esgrafiados, incisos o pintados, en los que predomina un arte abstracto y geométrico que puede estar evocando nociones cosmológicas.
Las distintas sociedades de los Valles Centrales de Oaxaca parecen haberse unido en 500 a. C., lo que habría dado lugar a una entidad política común que tuvo su sede en Monte Albán. De hecho, los tres barrios que existían en esa ciudad, separados por áreas públicas, parece que representan a los linajes de los tres valles de Etla, Mitla-Tlacolula y Valle Grande. Durante la primera fase de este desarrollo (500-200 a. C.) tuvo lugar el descomunal trabajo de nivelar el cerro donde estaría edificado Monte Albán; ello implicó una labor titánica que necesariamente tuvo que estar organizada por una fuerza política centralizada y con gran autoridad. Se estima que hacia 200 d. C. Monte Albán contaba con 5000 habitantes, mientras que los sitios secundarios de los valles sólo llegaban a 200 pobladores. La estructura más emblemática de la ciudad en esta primera época fue el Edificio de los Danzantes, que cuenta con 300 lápidas grabadas con cautivos mutilados y algunas veces con textos jeroglíficos. Las lápidas 139, 140 y 141/104 demuestran que los escribas zapotecos registraban fechas de los calendarios de 260 (Piye) y 365 días (Yza), acompañadas de numerales de barras y puntos, así como de complejos textos que incluyen verbos y los nombres de sujetos y objetos. En esta primera etapa también fue edificado un muro defensivo de tres kilómetros en las laderas norte, noroeste y oeste de Monte Albán, así como las primeras tumbas de piedra.
Durante la segunda fase de su desarrollo (200 a. C.-250 d. C.) la población de Monte Albán llegó a 14 000 habitantes. El papel de la ciudad como centro de la identidad regional pudo haber sido más patente en esta época, en respuesta a la influencia que estaba ejerciendo Teotihuacán. La plaza principal de Monte Albán fue terminada y pavimentada, mientras que los templos de dos cuartos atestiguan el surgimiento de un sistema de culto estatal. Las 140 lápidas grabadas sobre el Edificio J constituyen un registro escrito de guerras o conquistas; aunque ninguna de estas inscripciones se ha descifrado formalmente, se presume que entre los sitios sojuzgados se encontraban Cuicatlán y Tototepec. En esta época Monte Albán contaba, según estimaciones, con 2899 casas comunes y 57 residencias de élite (varios cuartos alrededor de un patio), y los estratos sociales estaban muy diferenciados. Se piensa que en la Plataforma Norte existió un palacio que fue la sede del gobierno; el techo de una de sus salas estaba sostenido por columnas y pilastras masivas. Cabe mencionar que no se ha podido encontrar en la ciudad ningún mercado ni evidencia de producción artesanal especializada.
En los valles aledaños a Monte Albán había una pléyade de sitios subsidiarios de segunda y tercera jerarquía, aunque más grandes y nucleados que en la fase anterior. El más importante de ellos era San José Mogote, que contaba con juegos de pelota, palacios, templos y una plaza de 300 por 500 metros de largo.
Aunque el centro de Veracruz estuvo densamente poblado durante el Preclásico tardío, a partir del siglo I de nuestra era experimentó el mismo fenómeno que vimos en el Altiplano Central de México, pues amplias zonas se despoblaron rápidamente, aun los importantes sitios de Las Higueras y Santa Lucía. Ello se debió, probablemente, a que durante el Protoclásico (100-300 d. C.) hubo una reorganización demográfica en puntos ricos y comercialmente estratégicos, sobre todo en El Pital, lugar de gran envergadura ubicado en la ribera inferior del río Nautla. Durante su apogeo, que se extendió hasta el Clásico temprano, El Pital contó con más de 100 edificios de hasta 35 metros de alto, al menos ocho juegos de pelota, templos masivos agrupados alrededor de plazas, plataformas elongadas y un extenso sistema de campos elevados irrigados por canales. Desde el Preclásico terminal, El Pital tuvo una población considerable y su surgimiento parece haberse motivado por la influencia política y mercantil de Teotihuacán.
En el sureste de Veracruz y oeste de Tabasco, algunos antiguos asentamientos olmecas siguieron habitados. Tal es el caso de Tres Zapotes, cuyo florecimiento tuvo lugar entre 400 a. C. y 300 d. C. De la misma época data Cerro de las Mesas, pero su esplendor se extendió hasta el Clásico temprano. Los pueblos que habitaban en esta región contaban con un complejo sistema de escritura conocido como istmeño; aunque todavía no se ha descifrado, existen fuertes argumentos a favor de que registraba alguna lengua derivada del protozoque. La ausencia de datos estratigráficos no permite saber mucho sobre el contexto de esas inscripciones, aunque cabe advertir que algunas de ellas cuentan con fechas en Cuenta Larga, lo que permite datarlas con precisión. Además de las ya mencionadas estelas 2 de Chiapa de Corzo (36 a. C.) y C de Tres Zapotes (32 a. C.), destacan por la extensión de sus textos jeroglíficos la Estela 1 de La Mojarra (156 d. C.) y la Estatuilla de los Tuxtlas (162 d. C.). El estilo anguloso de sus signos gráficos, así como la escasez de monumentos escritos, induce a pensar que la mayor parte de los textos se plasmaron sobre madera. Los datos actuales indican que la escritura istmeña estuvo en uso durante los periodos Preclásico tardío y Clásico temprano. Recientes investigaciones sugieren que los escribas mayas tempranos tomaron parte del repertorio de signos gráficos de ese sistema de escritura y lo adaptaron a su lengua, hecho que debió de haberse favorecido no sólo por la vecindad geográfica de ambas culturas, sino porque los textos istmeños probablemente contaran con fonogramas de estructura CV (consonante más vocal), lo que iba muy bien con la naturaleza de los idiomas mayances. De cualquier modo, el uso de la Cuenta Larga apareció entre los pueblos istmeños antes que entre los mayas.
Se ha estimado que entre 500 y 300 a. C. Izapa fue reocupada por gente de filiación mixe-zoqueana. Su máximo esplendor tuvo lugar entre 300 y 50 a. C., cuando se edificó la mayor parte de su Grupo Principal, hecho de plataformas de tierra cubiertas con piedras de río y revocadas con adobe o arcilla. Esa área del asentamiento sirvió para ceremonias y entierros. De esta época datan sus famosos monumentos grabados (altares y estelas), que contienen imágenes de carácter mitológico; los investigadores modernos han utilizado el estilo particular de esos monumentos (el Estilo Izapa) a la hora de referirse con imprecisión a las escenas grabadas por los mayas y pueblos de la costa pacífica durante el Preclásico tardío.
En la costa de Guatemala, El Ujuxte se consolidó como el centro mixe-zoqueano principal de la comarca en sustitución de La Blanca. Sus plataformas monumentales de tierra se distribuyen en un patrón reticulado poco común en los sitios prehispánicos del sureste mesoamericano. El apogeo cultural de El Ujuxte se ubica entre 400 a. C. y 100 d. C.
Más grande que el anterior fue Tak’alik Ab’aj, cuyo núcleo consta de una serie de terrazas grandes escalonadas de norte a sur. Se presume que entre 400 y 200 a. C. estuvo gobernado por una dinastía mixe-zoqueana. A partir de esta última fecha, y hasta 150 d. C., se percibe un drástico cambio en los planes de desarrollo arquitectónico, así como la aparición de monumentos grabados con retratos de gobernantes, textos escritos y uso de la Cuenta Larga (el más famoso de ellos es la Estela 5, que tiene la fecha de 126 d. C.). Se ha insinuado que a partir de 200 a. C. Tak’alik Ab’aj estuvo gobernando por gente de filiación maya, aunque la continuidad de la cerámica Ocosito y ciertos rasgos epigráficos en su Estela 5 (126 d. C.) sugieren que durante todo el Preclásico tardío no hubo sustituciones de población importantes. Una prueba de que por lo menos entre 400 y 200 a. C. se hablaba alguna lengua mixe-zoqueana es el Altar 48, que cuenta con un patrón sintáctico sujeto-verbo que es propio de los idiomas mixe-zoqueanos.
Otro sitio de gran envergadura fue Chalchuapa, cuya élite gobernante basaba su poder económico en la explotación de las cercanas minas de obsidiana de Ixtepeque. Chalchuapa fue el centro de producción principal de la cerámica Usulatán, una loza de prestigio que se comercializó hasta lugares muy distantes, y que junto con las vasijas de Chupícuaro constituyó la primera tradición de bicromía y tricromía que tuvo lugar en Mesoamérica. La técnica más común de la loza Usulatán fue la pintura al negativo, con rayas arremolinadas que se dibujaron con una sustancia derretible, la cual, durante el horneado de las vasijas, dejaba superficies de color más claras. Un rasgo distintivo de la época, en lo que se refiere a la cerámica, es la presencia de tetrápodes mamiformes, que son vasijas sostenidas por cuatro pies bulbosos.
Finalmente, la Estela 1 de El Baúl, ubicado en la misma costa del Pacífico, tiene una fecha de Cuenta Larga que corresponde a 11 d. C., así como un personaje esculpido en estilo maya temprano.
Cambios en las rutas comerciales y el declive de la producción agrícola debieron de haber propiciado que todos estos lugares de la costa pacífica fueran abandonados en los primeros siglos de nuestra era. La gran erupción del volcán Ilopango, acaecida en ca. 429 d. C., terminó por destruir los remanentes de aquellas sociedades, que ya estaban en declive.
En las tierras altas de Guatemala, Kaminaljuyú experimentó su máxima densidad demográfica y actividad constructiva. Se edificaron grandes canales de irrigación para transportar agua desde el Lago Miraflores. El mayor de ellos contaba con dos kilómetros de largo, 18 metros de ancho y ocho de profundidad. La prosperidad de esa urbe se basaba en el aprovechamiento y exportación de diversos minerales, como cinabrio, hematita, jadeíta, mica y obsidiana, extraída esta última de las inagotables minas de El Chayal. Kaminaljuyú alcanzó durante esta época un tamaño portentoso, con abundantes construcciones y monumentos grabados, incluyendo largos textos jeroglíficos mayas con fechas del Tzok’iin (calendario de 260 días) y del Ha’ab (calendario de 365 días). El templo funerario hallado en la Estructura E-III-3 atestigua la magnificencia con que vivían los gobernantes locales, pues el esqueleto del señor se encontraba acompañado por tres jóvenes sacrificados, máscaras y tocados de jadeíta, cuentas preciosas, espinas de mantarraya, hojas de obsidiana, calabazas pintadas sobre estuco, cristales de cuarzo empleados para la adivinación y 157 vasijas de cerámica. Los monumentos de Kaminaljuyú proporcionan indicios de que el poder estaba en manos de gobernantes individuales (ajawtaak), ya que se trata de retratos de soberanos investidos con símbolos religiosos y militares. Su Monumento 65 (ca. 200 a. C.-200 d. C.) contiene la representación de tres gobernantes que dirigen su atención a cautivos de guerra; todos los personajes tienen su nombre glífico en el tocado y uno de los reyes parece haberse llamado Yop[aat] Xook. Estos antropónimos jeroglíficos están en una lengua mayance.
Quizá la única ciudad maya que durante esta época podía rivalizar con Kaminaljuyú era El Mirador, ubicado en el norte del Petén. Aunque fue fundado durante el Preclásico medio, su apogeo tuvo lugar en el tardío. De la misma forma que Nakbé, El Mirador siguió un patrón de asentamiento este-oeste, apartándose de la tradición olmeca, que prefería las trazas norte-sur. Uno de los rasgos arquitectónicos de El Mirador fue la edificación de templos triádicos: altas plataformas piramidales con molduras en delantal, coronadas por tres templos que rodean una plazoleta (un templo en el fondo y dos a cada lado a una altura más baja). El significado de estos templos triádicos no resulta del todo claro, aunque cabe señalar que, en los mitos mayas de creación presentes en las inscripciones del Clásico (200-909 d. C.), las deidades colocaron tres piedras en el borde del cielo, las cuales sirvieron para fundar el universo; asimismo, los dioses de linaje de ciudades como Caracol y Palenque eran tres hermanos que nacieron en los tiempos míticos. La existencia de templos triádicos en El Mirador, Cerros, Dzibanché (Grupo Kinichná), Ichkabal, Lamanái, Nohmul, Tikal y Uaxactún revela que, durante el Preclásico tardío, el número tres ya contaba con un complejo simbolismo cosmológico o mítico, o ambas cosas. En el caso concreto de El Mirador, el gran templo triádico de El Tigre domina la construcción del Grupo Occidental. Unos mascarones de estuco flanquean la escalera que conduce a la cima de una plataforma triádica más pequeña, ubicada al sur del Complejo de El Tigre. Una importante tradición de este tipo de mascarones tuvo lugar durante el Preclásico tardío y el Clásico temprano en las tierras bajas mayas; representaban ancestros, jaguares o seres cosmológicos como el Sol, Venus y el dios del maíz (Ju’n Ixiim); ejemplos notables se encuentran en Cerros, Cival, Ichkabal y Uaxactún. La mayor parte de la Acrópolis Central de El Mirador fue construida durante el Preclásico medio; la estructura principal es un masivo conjunto arquitectónico conocido como Grupo Danta. Se compone de tres plataformas gigantes ubicadas una sobre otra. La plataforma inferior mide 300 metros de largo por siete de alto y sustenta un grupo de edificios, incluyendo una pirámide triádica. La segunda plataforma alcanza una altura de siete metros, en tanto que la plataforma superior tiene 21 metros de alto y en su cúspide se encuentra un elevado templo triádico que alcanza 70 metros de altura en relación con el piso del bosque. Restos de carbón sugieren que esta enorme masa arquitectónica se concluyó hacia 180 d. C. Es preciso mencionar que El Mirador constituye el centro de una serie de calzadas (sakb’ih) que lo conectaban con Nakbé y con otros sitios del norte del Petén, al tiempo que permitían la comunicación entre los grupos arquitectónicos internos de la ciudad.
Durante esta época un estilo nuevo de cerámica, llamada Chicanel (400 a. C.-100 d. C.), se produjo en las tierras bajas mayas. En las vasijas Chicanel ya existía la distinción entre contenedores domésticos (para uso de cocina) y especializados (cerámica ritual, funeraria y suntuaria). Las paredes de estos recipientes son extremadamente gruesas y su apariencia es cerosa, pero menos que la cerámica Mamom. Aunque existen de varios colores, predominan las rojas marrón (tipo Sierra Rojo), y durante esta época abundan las vasijas trípodes y tetrápodes, si bien se dejaron de fabricar figurillas y silbatos.
Durante el Preclásico tardío se generalizó el uso de la escritura jeroglífica maya, aunque nuestro corpus no es tan abundante debido a que muchos textos se debieron de grabar o pintar sobre materiales perecederos. Aparte de una inscripción erosionada que aparece en la Estela 2 de El Mirador, los ejemplos más notables proceden de los impresionantes murales de San Bartolo (Estructura Sub-V, ca. 300-200 a. C., y Sub-1 del Grupo Pinturas, ca. 100 a. C.), de un relieve grabado en la Cueva de Loltún (Yucatán), así como de un sangrador de hueso de Kichpanhá, unas orejeras de jadeíta de Pomona (Belice) y otros diversos objetos portátiles que carecen de circunstancia arqueológica conocida. Estos textos no están totalmente descifrados, aunque algunos jeroglíficos pueden entenderse. Es posible que estén en una lengua mayance extinta conocida como protoch’olano.
Uno de los datos más relevantes que se pueden extraer de estos textos jeroglíficos es la presencia del sustantivo ajaw, «noble», «señor» o «rey», que junto con una escena de entronización que se encuentra en los murales de San Bartolo, permite confirmar que los fundamentos políticos e ideológicos de los señoríos mayas (ajawil) del Clásico (200-909 d. C.) ya estaban presentes desde el Preclásico tardío, si bien pudieron haberse originado un poco antes, en Nakbé. De hecho, muchos gobernantes clásicos parecen aludir a un lugar legendario denominado Chi-Trono o Chi-Altar que estaba asociado con el origen de las dinastías mayas y sus instituciones políticas. Una hipótesis sugiere que este topónimo se refiere en retrospectiva a la gran ciudad de El Mirador, que algunos autores consideran como el primer gran Estado de las tierras bajas mayas. No obstante, un par de textos jeroglíficos hallados recientemente en Dzibanché apuntan a que Chi-Altar pudo ser un lugar verdadero, ubicado no lejos de esa ciudad del sur de Quintana Roo.
Durante el Preclásico tardío comenzó la construcción de edificios y tumbas de mampostería con bóveda maya, canchas formales para el juego de pelota, así como complejos arquitectónicos denominados genéricamente «Grupo E», definidos como una pirámide situada al oeste de una plaza, cuya finalidad era observar el curso del Sol sobre el horizonte a lo largo del año, el cual se levantaba sobre tres estructuras ubicadas sobre una plataforma larga construida al oriente de la misma plaza. Ejemplos famosos de estructuras como ese Grupo E se encuentran en Caracol, El Mirador, Tikal y Uaxactún.
Igual que sucedió en otras regiones de Mesoamérica, durante los primeros siglos de nuestra era las tierras bajas tropicales del Petén presenciaron el colapso de las antiguas capitales preclásicas. Cerros, El Mirador, Komchén y Nakbé fueron abandonados entre 100 y 300 d. C. y la población se concentró en sitios como Calakmul, Caracol, Dzibanché, Tikal y Uaxactún, que durante el Preclásico tardío tuvieron un tamaño modesto. Las causas que dieron lugar a este reajuste demográfico todavía son desconocidas, aunque cabe la sospecha de que detrás de ellas se encuentren complejos reacomodos en las rutas comerciales que apenas se empiezan a entender, probablemente asociados con el origen de Teotihuacán como monopolizador de la obsidiana, así como con el declive mercantil de los asentamientos de la costa del Pacífico y las tierras altas mayas.
BIBLIOGRAFÍA
Arqueología Mexicana. Primeros pobladores de México, vol. V, núm. 25, México, Editorial Raíces-Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1997.
Arqueología Mexicana. Primeros pobladores de México, vol. IX, núm. 52, México, Editorial Raíces-Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2001.
BENSON, Elizabeth P. (ed.), The Olmec & their Neighbors. Essays in Memory of Matthew W. Stirling, Michael D. Coe y David Grove (organizadores), Washington, D. C., Dumbarton Oaks Research Library and Collections, Trustees for Harvard University, 1981.
CAMPBELL, Lyle R., y Terrence E. KAUFMAN, «A Linguistic Look at the Olmecs», American Antiquity, vol. 41, núm. 1, Salt Lake City, Society for American Archaeology, 1976, pp. 80-89.
CLARK, John A., Los olmecas en Mesoamérica, México, El Equilibrista, 1994.
CLARK, John E. y Michael BLAKE, «El origen de la civilización en Mesoamérica: los olmecas y mokaya del Soconusco de Chiapas, México», en Martha Carmona Macías (coord.), El Preclásico o Formativo: avances y perspectivas, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia-Museo Nacional de Antropología, 1989, pp. 385-403.
CLARK, John E., y Richard D. HANSEN, «Preclásico tardío (400 a. C.-200 d. C.)», Arqueología Mexicana, vol. VIII, núm. 46, 2000, pp. 12-19.
COE, Michael D., y Richard A. DIEHL, In the Land of the Olmec. The Archaeology of San Lorenzo Tenochtitlán, Austin, University of Texas Press, 1980, vol. 1.
——, In the Land of the Olmec. The People of the River, Austin, University of Texas Press, 1980, vol. 2.
COHEN, Mark N., La crisis alimentaria en la prehistoria, Madrid, Alianza Editorial, 1981.
CYPHERS GUILLÉN, Ann, «La arquitectura olmeca de San Lorenzo Tenochtitlán», en Ann Cyphers Guillén (coord.), Población, subsistencia y medio ambiente en San Lorenzo Tenochtitlán, México, Instituto de Investigaciones Antropológicas-Universidad Nacional Autónoma de México, 1997, pp. 91-117.
DIEHL, Richard A., Olmecs. America’s First Civilization, Londres, Thames and Hudson, 2004.
FLANNERY, Kent V., «Los orígenes de la agricultura en México. Las teorías y la evidencia», en Teresa Rojas Rabiela y William T. Sanders (eds.), Historia de la agricultura. Época prehispánica siglo XVI, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1985, vol. I, pp. 237-266.
FLANNERY, Kent V., y Joyce MARCUS (eds.), The Cloud People. Divergent Evolution of the Zapotec and Mixtec Civilizations, Nueva York, Academic Press, 1983, pp. 1-126.
GARCÍA-BÁRCENA, Joaquín, «Preclásico Temprano (2500-1200 a. C.)», Arqueología Mexicana, vol. VIII, núm. 44, 2000, pp. 12-17.
——, «Primeros pobladores. La etapa lítica en México», Arqueología Mexicana, vol. IX, núm. 52, 2001, pp. 28-29.
——, «Tecnología lítica», Arqueología Mexicana, vol. IX, núm. 52, 2001, pp. 42-45.
——, «Cenolítico Superior y Protoneolítico (7000-2500 a. C.)», Arqueología Mexicana, vol. IX, núm. 52, 2001, pp. 52-57.
——, «Etapa lítica (30 000-2000 a. C.). Los primeros pobladores», Arqueología Mexicana, vol. XV, núm. 86, 2007, pp. 30-33.
GARCÍA-COOK, Ángel, y Leonor MERINO CARRIÓN, «El Formativo en la región Tlaxcala-Puebla», en Martha Carmona Macías (ed.), El Preclásico o Formativo, avances y perspectivas, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1989, pp. 161-194.
GONZÁLEZ LAUCK, Rebecca B., «La Venta: An Olmec Capital», en Elizabeth P. Benson y Beatriz de la Fuente (eds.), Olmec Art of Ancient Mexico, Washington, D. C., National Gallery of Art, 1996, pp. 73-81.
——, «El Preclásico Medio en Mesoamérica», Arqueología Mexicana, vol. VIII, núm. 45, 2000, pp. 12-17.
GRAHAM, John A., «Maya, Olmecs, and Izapans at Abaj Takalik», en Actes du XLIIème. Congres International des Américanistes, París, 1978, VIII, pp. 179-188.
GROVE, David C., «La zona del Altiplano Central en el Preclásico», en Linda Manzanilla Naim y Leonardo López Luján (eds.), Historia antigua de México, vol. I, El México antiguo, sus áreas culturales, los orígenes y el horizonte Preclásico, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia-Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México-Miguel Ángel Porrúa, 2000, pp. 511-540.
——, (ed.), Ancient Chalcatzingo, Austin, University of Texas Press, 1987.
GUIDON, Niède, y Georgette DELIBRIAS, «Carbon-14 dates point to man in the Americas 32,000 years ago», Nature, núm. 321, 1986, pp. 769-771.
GUTIÉRREZ MARTÍNEZ, María de la Luz, «Entre desiertos, mares y montañas (arte en cuevas de Baja California)», Arqueología Mexicana, vol. IX, núm. 52, 2001, pp. 58-63.
——, «El estilo Gran Mural en la Sierra de Guadalupe», Arqueología Mexicana, vol. XI, núm. 62, 2003, pp. 44-45.
HAMBLETON, Enrique, «Lienzos de piedra», Arqueología Mexicana, vol. XI, núm. 62, 2003, pp. 46-51.
HERNÁNDEZ DÍAZ, Verónica, «Las formas del arte en el antiguo Occidente», en Miradas renovadas al Occidente de México, México, Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Nacional Autónoma de México (en prensa).
JIMÉNEZ MORENO, Wigberto, «El enigma de los olmecas», Cuadernos Americanos, vol. 1, núm. 5, 1942, pp. 113-145.
KELLY, David H., «A Cylinder Seal from Tlatilco», American Antiquity, vol. 31, núm. 5, 1966, pp. 744-746.
KELLY, Isabel, Ceramic Sequence in Colima: Capacha, an Early Phase, Tucson, The University of Arizona Press, 1980 (Anthropological Papers of The University of Arizona, 37).
LACADENA GARCÍA-GALLO, Alfonso, «La escritura olmeca y la hipótesis del mixe-zoque: implicaciones lingüísticas de un análisis estructural del Monumento 13 de La Venta», en María Teresa Uriarte Castañeda, y Rebecca B. González Lauck (eds.), Olmeca: balance y perspectivas. Memoria de la Primera Mesa Redonda, 2 ts., México, Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Nacional Autónoma de México-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia-Fundación Arqueológica del Nuevo Mundo-Brigham Young University, 2008.
LÓPEZ AUSTIN, Alfedo, y Leonardo LÓPEZ LUJÁN, El pasado indígena, México, El Colegio de México-Fideicomiso Historia de las Américas-Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 19-108.
LORENZO, José Luis, La etapa lítica en México, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1967.
——, «Los orígenes mexicanos», en Historia general de México, t. 1, México, El Colegio de México-Harla, 1987.
——, «Escritura y lengua en Tak’alik Ab’aj: problemas y propuestas», en Bárbara Arroyo Pieters (ed.), XXIII Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala, 13 a 17 de julio de 2009, Guatemala, Museo Nacional de Arqueología y Etnología [en prensa].
Ma. C.NEISH, Richard S., El origen de la civilización mesoamericana vista desde Tehuacán, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1964.
MANZANILLA NAIM, Linda, y Leonardo LÓPEZ LUJÁN (coords.), Historia antigua de México, vol. I, El México antiguo, sus áreas culturales, los orígenes y el horizonte Preclásico, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia-Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México-Miguel Ángel Porrúa, 2000.
MARCUS, Joyce, «La escritura zapoteca», en Los orígenes de la escritura mesoamericana, México, Ediciones Pirata, núm. 94, 1986, pp. 17-31.
——, y Kent V. FLANNERY, La civilización zapoteca: cómo evolucionó la sociedad urbana en el Valle de Oaxaca, México, Fondo de Cultura Económica, 2001.
MARTÍNEZ DONJUÁN, Guadalupe, «Teopantecuanitlán», en Primer Coloquio de Arqueología y Etnohistoria del Estado de Guerrero, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia-Gobierno del Estado de Guerrero, 1986, pp. 55-80.
MIRAMBELL SILVA, Lorena, «Los primeros pobladores del actual territorio mexicano», en Linda Manzanilla Naim y Leonardo López Luján (coords.), Historia antigua de México, vol. I, El México antiguo, sus áreas culturales, los orígenes y el horizonte Preclásico, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia-Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México-Miguel Ángel Porrúa, 2000, pp. 223-254.
——, «Arqueolítico y Cenolítico Inferior (30 000-7000 a. C.)», Arqueología Mexicana, vol. IX, núm. 52, 2001, pp. 46-49.
MORETT ALATORRE, Luis, Pillen JONSON y Joaquín ARROYO-CABRALES, «Huesos de mamut modificados en Tocuela. Evidencia de actividad cultural hace 11 000 años en la Cuenca de México», Arqueología Mexicana, vol. IX, núm. 52, 2001, p. 12.
MOUNTJOY, Joseph B., «Capacha: una cultura enigmática del Occidente de México», Arqueología Mexicana, vol. 2, núm. 9, 1994, pp. 39-42.
——, «La evolución de las sociedades complejas en el Occidente», en Richard F. Townsend (ed.), El antiguo Occidente de México. Arte y arqueología de un pasado desconocido, Guadalajara, The Art Institute of Chicago-Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco-Tequila Sauza, 2000, pp. 251-266.
NAVARRETE CÁCERES, Carlos A., The Olmec Rock Carvings at Pijijiapan, Chiapas, and Other Olmec Pieces from Chiapas and Guatemala, Provo, Brigham Young University, 1974 (Papers of the New World Archaeological Fundation, núm. 35).
NIEDERBERGER, Christine, Paleopaysages et archeologie pre-urbaine du bassin de Mexico (Mexique), México, Centre d’Études Mexicaines et Centraméricaines, 1987, 2 vols.
——, «Las sociedades mesoamericanas: las civilizaciones antiguas y su nacimiento», 1999, <http://www.unesco.org/culture/ latinamerica/html_sp/chapitre316/chapitre1.htm>.
OLIVEROS MORALES, José Arturo, Hacedores de tumbas en El Opeño, Jacona, Michoacán, Zamora, El Colegio de Michoacán-Honorable Ayuntamiento de Jacona, 2004.
ORTIZ CEBALLOS, Ponciano, y María del Carmen RODRÍGUEZ MARTÍNEZ, «The Sacred Hill of El Manatí: A Preliminary of the Site’s Ritual Paraphernalia», en John E. Clark y Mary Pye (eds.), Olmec Art and Archaeology in Mesoamerica, New Haven-Londres, Center for the Advanced Study of the Visual Arts-National Gallery of Art, 2000, pp. 75-93.
POLACO Ramos, Óscar J., y Joaquín ARROYO-CABRALES, «El ambiente durante el poblamiento de América», Arqueología Mexicana, vol. IX, núm. 52, 2001, pp. 30-35.
POMPA Y PADILLA, José Antonio, y Enrique SERRANO CARRETO, «Los más antiguos americanos», Arqueología Mexicana, vol. IX, núm. 52, 2001, pp. 36-41.
PLUNKET NAGODA, Patricia, y Gabriela URUÑUELA LADRÓN DE GUEVARA, «Preclassic Household Patterns Preserved under Volcanic Ash at Tetimpa, Puebla», Latin American Antiquity, vol. 9, núm. 4, pp. 287-309.
ROBLES SALMERÓN, María Amparo, «Motivación y cambio culturales: los orígenes de la Gran Pirámide de Cholula», tesis de licenciatura, 2 vols., Puebla, Departamento de Antropología, Universidad de las Américas, 2007.
SATURNO, William, «La génesis de los dioses y los reyes mayas», National Geographic en español, enero 2006, pp. 68-77.
——, Karl A. TAUBE y David STUART, Los murales de San Bartolo, El Petén, Guatemala, Parte 1, El mural del norte. Ancient America 7, Barnardsville, Center for Ancient American Studies, 2005.
SHARER, Robert J., y Loa P. TRAXLER, The Ancient Maya, Stanford, Stanford University Press, 2006.
TSCHOHL, Peter, «Über die Aufgaben der Archaeologie im Rahmen eines interdisziplinären Arealprojekts und den Stand der archäeologisch-etnohistorischen Landesaufnahme im Becken von Puebla-Tlaxcala», en Franz Tichy (ed.), Berichte über begonnene und geplannte Arbeiten, Wiesbaden, Franz Steiner Verlag, Proyecto México de la Fundación Alemana para la Investigación Científica, 1968, pp. 40-66.
URCID SERRANO, Javier, Zapotec Hieroglyphic Writing, Washington, D. C., Dumbarton Oaks Publications, 2001.
URIARTE CASTAÑEDA, María Teresa, y Rebecca B. GONZÁLEZ LAUCK (eds.), Olmeca: balance y perspectivas. Memoria de la Primera Mesa Redonda, 2 ts., México, Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Nacional Autónoma de México-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia-Fundación Arqueológica del Nuevo Mundo-Brigham Young University, 2008.
VAILLANT, George C., «Excavations at Zacatenco», Anthropological Papers of the American Museum of Natural History, vol. 32, núm. 1, 1932.
——, «Excavations at El Arbolillo», Anthropological Papers of the American Museum of Natural History, vol. 2, núm. 35, 1935.
WICHMANN, Søren, Dmitri BELIAEV y Albert DAVLETSHIN, «Posibles correlaciones lingüísticas y arqueológicas vinculadas con los olmecas», en María Teresa Uriarte Castañeda y Rebecca B. González Lauck (eds.), Olmeca: balance y perspectivas. Memoria de la Primera Mesa Redonda, México, Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Nacional Autónoma de México-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia-Fundación Arqueológica del Nuevo Mundo-Brigham Young University, 2008, t. II, pp. 667-683.
WIESHEU, Walburga, «La zona oaxaqueña en el Preclásico», en Linda Manzanilla Naim y Leonardo López Luján (eds.), Historia antigua de México, vol. I, El México antiguo, sus áreas culturales, los orígenes y el horizonte Preclásico, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia-Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México-Miguel Ángel Porrúa, 2000, pp. 407-436.
WILKERSON S., Jeffrey K., «The Garden City of El Pital: The Genesis of Classic Civilization in Eastern Mesoamerica», Nacional Geographic Research and Exploration, vol. 10, núm. 1, 1994, pp. 56-71.