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Un hombre que estaba en la terraza del café cuando se cometió el atropello dijo que no había visto quién conducía la furgoneta blanca, pero sí se había fijado en la sospechosa fuga de una especie de india que llegar vivo a un centro de er llegar vivo a un centro de estaba sentada en una especie de manta y tejía una especie de cosas.
La policía dio en seguida con la boliviana. Bastó con recorrer los mercadillos de las Ramblas, los rincones del Gótico frecuentados por turistas. ¿Qué iba a hacer, la pobre? Si no salía a vender sus pulseritas de colorines, no comía.
Se llamaba Estrella Belmez y estaba muy asustada. En seguida contó que había visto que la furgoneta la conducía el Diablo. Parecía tontuela y supersticiosa y, de momento, los agentes que la sonsacaban creyeron que, además, deliraba. Pero luego resultó que no, que realmente había visto a un ser vestido de rojo, con máscara diabólica y garras negras. Era otro dontancredo que solía estar por las Ramblas, fingiéndose estatua.
El policía que llevaba el caso indagó entre las estatuas humanas de las Ramblas. Siempre son los mismos. Deben de conocerse entre sí. El policía que llevaba el caso creía que hay que estar hecho de una pasta muy especial para ejercer de estatua humana. Aseguraba a quien quería escucharle que no es normal, que es imposible pasarse tanto rato quieto, por la poca pasta que se gana. El policía que llevaba el caso era muy nervioso.
Entonces, resultó que el Diablo era mujer. Y negra.
—Coño, una mujer negra cargándose a un argentino.
El policía que llevaba el caso se presentó en el Grupo y llamó a Dan Baños con la intención de dejar de llevar el caso.
—¡Una negra, Baños! ¿Tú no estabas buscando a una negra?
El inspector de primera Dan Baños estaba dormitando en un rincón, olvidado del mundo, instalado ya en la autopista de la muerte, y abrió los ojos con fastidio porque todavía no había visto el túnel refulgente de luz blanca y a todos sus ancestros dándole la bienvenida. De ese túnel blanco pasó a la noticia negra.
—Una negra asesina —le dijeron, y le endosaron el expediente del caso Oscar E. Delbueno, próspero argentino afincado en nuestro país.
Después de arrancarse las legañas, con expresión de fastidio, Dan Baños abrió la carpeta naranja y comprobó que Oscar E. Delbueno dirigía una agencia de seguridad encargada de proporcionar guardaespaldas a los famosos y furgonetas blindadas a quienes precisaran que se les custodiara el dinero.
Frunció el ceño. Recurrió a la otra carpeta que criaba polvo en la esquina derecha inferior de su mesa. El caso Sibin Slavkovic. Había sido asesinado con una HK propiedad de un guardia de seguridad que trabajaba precisamente para Oscar Delbueno. ¿Casualidad?
Leyó. Oscar Delbueno había sido interrogado a propósito del asesinato de Slavkovic, pero no se le había podido comprobar que estuviera mezclado en la organización de narcotráfico que había allí detrás. ¿Era este asesinato la confirmación definitiva?
Dan Baños se frotó los ojos, pensó que el cansancio infinito que pesaba sobre él era consecuencia de la enfermedad que lo pudría, añadió en seguida que tal cansancio era debido a la inactividad y a su natural tendencia a la inmovilidad y, gracias a este pensamiento, pudo ponerse en movimiento. Quizá decir que se puso en acción fuera excesivo.
—A ver, ¿dónde puedo encontrar a esa boliviana? ¿Cómo se llama? Estrella Belmez.
La encontró precisamente en el lugar de los hechos, la plaza del Ángel, a pocos metros de la Jefatura Central de Policía. Pudo llegarse allí caminando lentamente, disfrutando del sol en la cara.
Le preguntó al camarero de una terraza que se abre alrededor de la estación del metro, en la plaza del Ángel. Enrique Sánchez Abulívi cualquier
—¿La boliviana? Sí, suele venir. Se pone ahí con su mantita y sus pulseras de colorines. En cada una pone una letra del alfabeto. Yo le compré una para mi hija.
Dan Baños se sentó a una mesa de la terraza y pidió un granizado de limón. Cuando se lo sirvió, el camarero añadió:
—Ayer, precisamente, esa india estuvo sentada aquí, precisamente en esta silla donde está usted.
—¿Ah, sí? —musitó Baños, desinteresado.
—Se lo digo porque no es normal. Es la única vez que ella ha tomado algo en esta terraza. No tiene suficiente dinero, ¿comprende?
—¿Entonces...?
—La invitó Charlot.
Señaló el camarero a una estatua humana que representaba a Charles Chaplin con cierta fortuna.
—Estuvieron aquí charlando toda la tarde.
De lejos, a Dan Baños le pareció que Charlot hacía trampas. En seguida vio que permanecía con los ojos cerrados y se había pintado unos ojos abiertos en los párpados. Por alguna razón, le pareció que de aquella forma era más fácil ser dontancredo que con los ojos abiertos.
Luego, llegó la boliviana Estrella Belmez y el inspector fue a por ella.
—Cuénteme qué vio exactamente.
—Lo que le dije. El diablo iba al volante.
—¿Cómo era ese diablo?
—Pelo negro, bigote, ojos así como grandes de mirada intensa...
—Un momento, un momento. Usted dijo que era una máscara.
—Sí. Parecía una máscara.
—No. Usted dijo que era una máscara.
—No, señor. Lo entenderían mal. No era una máscara.
—Una máscara roja.
—Bueno, era un hombre coloradote, como aficionado al vino, ya sabe.
Dan Baños levantó la vista y se tropezó con la mirada seria e intencionada de Charlot, que ahora sí tenía los ojos abiertos.
—¿No era una máscara de carnaval?
—A mí no me lo pareció —se evadió la boliviana.
Dan Baños ni siquiera se despidió de Estrella Belmez. Se dirigió muy decidido hacia el inmóvil Charlot.
—Policía —se presentó—. ¿Puedo hablar con usted?
—Claro.
La estatua rompió su inmovilidad. Miró al inspector con una especie de insolencia pétrea.
—Es sobre el atropello del otro día.
—Ah, sí.
—¿Qué vio usted?
—No vi nada. Trabajo con los ojos cerrados como, sin duda, habrá observado.
—¿No tiene nada que decirme de una mujer negra que se disfrazaba de diablo?
—Yo no sé nada de una negra —respondió Charlot con esa solemnidad deliciosa que los argentinos han importado—, pero ¿quiere que le hable del Diablo?
Dan Baños dudó. Como si se temiera algún chiste de mal gusto.
—Sí —le invitó, cauteloso—. Adelante.
—Entonces —sonrió Charlot, encantado de la vida—, le hablaré de “Perro” Delbueno. El hombre al que mataron. Verá usted...
... Y Charlot, tan cómico con la cara pintada de blanco y aquel bigo no me acuerdo de cómo era, pero ab se puso ,tito ridículo, y los ojos pintados sobre los ojos, le contó al inspector Baños quién era Perro Delbueno.
Y al inspector Dan Baños, de vuelta de todo, se le puso la piel de gallina.