EL HIMENÓPTERO

MICHAEL BLUMLEIN

La avispa apareció en el salón aquella mañana. La primavera acababa de comenzar y hacía un frío fuera de lo común. El hielo ribeteaba las ventanas y la hierba estaba cubierta de escarcha. Linderstadt cambió de postura en el sofá para ponerse cómodo. Vestido únicamente con una camisa y un par de calcetines, estaba luchando con el frío y el sueño. La noche anterior había discutido con Camille, su modelo favorita, y la había acusado de unas falsedades insignificantes de las que no era culpable. Cuando se había ido, él había cogido una buena borrachera y luego había recorrido a tumbos los talleres, volcando maniquíes, quitando vestidos de las perchas y arrojando sombreros al suelo. Estaba furioso consigo mismo por su sorprendente estrechez de miras, por la pobreza de su última colección y por la situación de bancarrota a la que había quedado reducida su vida en general. Si se hubiera puesto uno de sus ajustados corsés, no se habría sentido tan constreñido. Le faltaba aire y visión. Estaba ciego a las verdades más evidentes. ¿Era este el hombre al que la semana anterior habían vuelto a calificar de rey, el hombre cuya atención al detalle, la manga, la cintura y la línea era legendaria, el hombre cuyos sobresalientes vestidos eran servilmente alabados, copiados y robados? Linderstadt era un genio. Era el maestro. Linderstadt el borracho, el mismo que luchaba con su imperio de tafetán, guipur y satén y arremetía contra su éxito como una mosca atrapada tras un cristal.

Despuntó el alba y los rayos del sol aparecieron por los bordes de las gruesas cortinas de las ventanas, penetrando en el salón con una pálida luz de color melocotón. Linderstadt se encontraba en un sofá situado a un lado de la habitación, medio tapado con la cola de un traje de novia que había cogido al pasar por uno de los talleres. La avispa estaba al otro lado, inmóvil. Tenía las alas recogidas sobre el cuerpo y el largo abdomen enarcado hacia abajo como una coma. Sus dos antenas delicadamente curvadas hacia adelante parecían rígidas como el bambú.

Pasó una hora y luego otra. Cuando le fue imposible seguir durmiendo, Linderstadt se levantó del sofá y fue tambaleándose a hacer sus necesidades. Regresó al salón con un vaso de agua y entonces reparó en la avispa. Linderstadt sabía algo de insectos gracias a su padre, que había sido aficionado a la entomología antes de morir de fiebre amarilla, y la identificó como miembro de la familia de las esfécidas. A esta familia pertenecían las avispas de costumbres solitarias, la mayoría de las cuales anidaban en madrigueras o cavidades naturales de la madera. A Linderstadt le sorprendió un poco encontrar al insecto en el salón de su casa, como también que recordara algo sobre aquel tema. Apenas había pensado en los insectos en los últimos cuarenta años, desde que había entrado en el mundo de la moda. Tampoco había pensado en su padre; había preferido guardar el recuerdo de su madre, Anna, la dispensadora de atenciones y la costurera, cuyo nombre había puesto a su primera tienda y a su primer vestido. Pero su madre ya no estaba con él y la avispa sí, sin lugar a dudas. Linderstadt acabó el vaso de agua y se echó la cola del traje de novia sobre los hombros como si fuera un chal Luego se acercó al insecto para echarle un vistazo.

La avispa estaba situada a la altura de su pecho y medía unos dos centímetros y medio de largo. Linderstadt reconoció los pelos cortos de sus patas, que solían recordarle a la barba de tres días de su padre, e identificó también los palpos delanteros, con los que el insecto sujetaba la comida para desgarrarla en la boca. Tenía la cintura delgada como un lápiz y las alas traslúcidas. Su exoesqueleto, que Linderstadt asoció con un abrigo, era más negro que su faya más oscura e incluso más que el carbón. Daba la impresión de absorber la luz, creando una pequeña bolsa de fría noche justo en el lugar en que se encontraba. Nigricans… Ahora se acordaba del nombre. Era una Ammophila nigricans. Estuvo tentado de tocarla y sentir la calidad de su vida. Instintivamente, su mirada recorrió su abdomen y se posó en el afilado aguijón que sobresalía por su parte trasera como una espada. Se acordó de que aquel aguijón era en realidad un tubo hueco con el que la hembra depositaba los huevos en la víctima, la cual era devorada por los insectos cuando se convertían en larva y salían al exterior. Los machos poseían el mismo tubo, pero no picaban. De pequeño siempre había tenido dificultades para distinguir los sexos y ahora, examinando al espécimen bajo la tenue luz de la mañana, se preguntaba de cuál sería. Le parecía que tenía algo de fiebre, lo cual atribuía a los efectos del alcohol. Seguía teniendo la boca seca, pero no quería salir del salón para ir a buscar más agua por miedo a que la avispa se marchara. Así pues, se quedó en el salón, tintando y sediento. Las horas pasaban y la habitación no se calentaba. La avispa no se movía; estaba más tranquila que Martine, su modelo más serena y paciente, tan tranquila como la araña de piedras preciosas y las cortinas de damasco que conducían a los vestuarios. Al fin y al cabo en el salón no se movía nada de aire. Linderstadt era el único objeto que se movía. Andaba de un lado a otro para no enfriarse y tragaba saliva para apagar su sed. Sin embargo, al final la necesidad de beber le obligó a salir de la habitación. Volvió lo antes posible, no sin antes calzarse, ponerse un jersey y coger lápices, un cuaderno y una jarra de agua. La avispa estaba tal como la había dejado. Si Linderstadt no hubiese sabido algo sobre la fisiología de los insectos, habría pensado que el animal estaba tallado en madera.

Al anochecer empezó a dibujar, con rapidez y destreza, dando trazos amplios y enérgicos. Trabajó desde distintos ángulos, esbozando el cuello, los hombros y la cintura de la avispa. Se imaginó a la criatura en vuelo, con las alas tiesas y finamente veteadas. La dibujó comiendo, descansando y lista para picar. Experimentó con diferentes diseños, algunos majestuosos y elegantes y otros puramente caprichosos. Había dado por supuesto que se trataba de una hembra. Nunca había trabajado más que para mujeres. Se acordó de Anouk, su primera modelo, la muchacha escoliótica que su madre había llevado a casa para poner a prueba el incipiente talento de su hijo. Ahora se sentía tan flexible, inventivo y libre de espíritu como en aquel entonces.

Trabajó hasta la madrugada y luego trató de descansar, pero al cabo de poco rato las campanas de la iglesia lo despertaron. En su juventud había sido una persona devota y en sus primeras colecciones las alusiones religiosas habían sido frecuentes. Pero la beatería había dado lugar al laicismo, y hacía treinta años que no pisaba una iglesia. Lo que quedaban eran las campanas del domingo, con las que Linderstadt disfrutaba debido a la nostalgia y a un sentimiento de culpabilidad que no le abandonaba. Se trataba de una costumbre, y Linderstadt era un hombre que guardaba las costumbres.

Por la mañana no tuvo ninguna visita, de modo que dispuso de la tienda para sí solo. Hacía más frío que el día anterior y la avispa seguía inerte. Al mediodía la temperatura no había subido y Linderstadt pensó que podía irse tranquilamente. Había terminado los dibujos y su próxima tarea era encontrar una forma adecuada para hacerlos realidad. Poseía cientos de torsos de todos los tamaños, algunos con el nombre de un cliente específico y otros marcados simplemente con un número. También tenía otras formas (cestas, cilindros, champiñones, triángulos…) que en un momento u otro habían acabado siendo utilizadas en alguna colección. Mientras el objeto tuviera una dimensión, Linderstadt podía imaginárselo en una mujer. Mejor dicho, podía imaginarse a la mujer en el objeto, habitando en él, dándole su forma y sustancia distintiva, imbuyendo cada tangente e intersección del espíritu femenino; en el fondo Linderstadt era un panteísta. Esperaba encontrar sin dificultad algo que se ajustara a la avispa. Sin embargo no vio nada que le convenciera, ni un solo objeto en su vasta colección que se pareciera remotamente a la criatura ni en composición ni en carácter. Era algo enigmático. Tendría que trabajar con el mismo insecto.

Regresó al salón y se aproximó a su modelo. Para un hombre acostumbrado a la divina plasticidad de la carne, la dureza e inflexibilidad del exoesqueleto de la avispa eran propias de una armadura y constituían por tanto un desafío. Cada corte tendría que ser perfecto y cada costura precisa. No había pecho que pudiera llenar suavemente la hondonada de una tela, ni cadera que pudiera dar forma a una delicada cintura. Sería como trabajar con los mismos huesos, como vestir a un esqueleto. Linderstadt estaba intrigado. Se acercó a la avispa y le tocó el cuerpo. Estaba frío y duro como el metal. Pasó un dedo sobre una de sus alas, esperando que eso la reanimara. El tacto siempre le había evocado intensas emociones, razón por la cual usaba un puntero con sus modelos. Quizá hubiera sido conveniente usar el mismo puntero con la avispa, ya que el contacto le produjo un hormigueo en la piel que le ofuscó momentáneamente. Su mano cayó sobre una de las patas de la avispa. No era tan diferente de una pierna humana. Los pelos eran suaves como pelos humanos, que sus modelos se teñían, afeitaban o depilaban con diligencia. La rodilla y el tobillo estaban articulados de una manera parecida, y la garra era tan afilada y huesuda como un pie. La atención de Linderstadt se centró en la cintura del animal, que en un ser humano constituía el pivote entre las piernas y el torso. En la avispa se encontraba más abajo y era mucho más estrecha que la de cualquier ser humano, tan estrecha como el tubo de una pipa, una maravilla de la creación que consiguió ceñir fácilmente con el pulgar y el dedo índice.

Sacó un metro de un bolsillo y empezó a tomar medidas (del codo al hombro, del hombro a la punta del ala, de la cintura a la garra) que fue apuntando en un cuaderno. De tanto en tanto hacía una pausa, daba un paso atrás para imaginarse un detalle, un efecto determinado, una manga en forma de huso, un cuello con greca, un volante… Unas veces tomaba un apunte, otras dibujaba rápidamente un esbozo. Cuando llegó el momento de medirle el pecho, tuvo que tumbarse boca arriba bajo la avispa. En aquella posición pudo ver claramente su torso, que estaba compuesto de placas, así como su aguijón, colocado como una pica y orientado directamente hacia su entrepierna. Tras un momento de titubeo, giró sobre sí mismo y tomó sus medidas, preguntándose si sería una de esas avispas que mueren tras dar el picotazo y, de ser así, si habría alguna manera de dejar constancia de semejante sacrificio en un vestido. Luego se levantó y miró las medidas anotadas.

La avispa era prácticamente simétrica. Toda la carrera de Linderstadt había consistido en buscar la manera de romper semejante simetría, por lo que se había centrado en las sutiles variaciones del cuerpo humano, las diferencias naturales entre la izquierda y la derecha. Siempre había algo que acentuar, una cadera más alta, un hombro, un pecho… Incluso un ojo cuyo iris tuviera una mancha de una tonalidad azul algo diferente del de su vecino podía dar lugar a una correspondencia en el color del vestido. En gran medida el éxito de Linderstadt residía en su extraordinario talento para descubrir semejantes disimetrías. Sin embargo la avispa planteaba dificultades. No había nada que distinguiera un lado del otro. Era como si el animal se burlara del concepto de simetría, de individualidad y, por tanto, de su carrera profesional. Se le ocurrió que podía estar equivocado, que quizá la verdadera búsqueda no era la de la singularidad sino la de la constancia en la forma, la de la repetición y la conservación. Quizá lo que perduraba era lo común y lo que permanecía eran las proporciones que tenía en la mano.

Linderstadt cogió su cuaderno de notas y se fue al taller principal para empezar a trabajar en el primer vestido. Había decidido comenzar por algo sencillo: un vestido tipo tubo de terciopelo con estrechas aberturas para las alas y las patas y un volante de tul en la parte inferior para ocultar el aguijón. Como no tenía tiempo para hacer una prueba con muselina, trabajó directamente con la tela misma. Aunque éste era un trabajo del que normalmente se ocupaban los ayudantes, el maestro no había perdido su pericia con las tijeras y el hilo. El trabajo fue rápido; cuando ya había cosido parte del vestido, se acordó del nombre del orden al que la avispa pertenecía: los himenópteros, palabra que procedía de pterón (ala) e hymen (matrimonio) y aludía a la unión de las alas delanteras y traseras de la avispa. Linderstadt nunca había estado casado. Jamás había tocado a una mujer fuera del ámbito de su profesión y, por supuesto, a ninguna de manera íntima. Alguien había sugerido que tenía miedo a la intimidad, aunque era más probable que lo que temiese fuera poner a prueba la pureza de su visión. Sus mujeres eran joyas, piedras preciosas que había que admirar como algo hermoso y espléndido. Las vestía para adorarlas y mantenerlas en el palacio de sus sueños. Sin embargo ahora, después de tocar el cuerpo de la avispa y haber sido inspirado por una criatura tan distinta de él como lo es una mujer de un hombre, se preguntaba si por el camino no se le habría pasado algo por alto. La carne llamaba a la carne. ¿Podría compensar una pérdida que llevaba toda la vida sufriendo?

Terminó el vestido y regresó al salón. La avispa no opuso resistencia cuando él levantó sus patas y le colocó el oscuro vestido. La imagen de su padre acudió a su cabeza, desplegando hábilmente un ala de mariposa y prendiéndola a su expositor de terciopelo. Al parecer, a los hombres Linderstadt se les daban bien los animales. Enderezó el cuerpo del vestido y cerró la cremallera que tenía en la parte trasera, tras lo cual retrocedió un paso para contemplarla. Había que estrechar la cintura, tal como imaginaba, y rectificar un hombro. Sin embargo, el color y la tela eran perfectos. Negro sobre negro, noche sobre noche… Era un buen comienzo.

Linderstadt llevó a cabo las modificaciones, luego colgó el vestido en un probador y regresó al taller. La prenda que hizo a continuación fue una amplia capa de guipur amarillo limón con una cadena de oro a modo de fiador que contrastaba marcadamente con el exterior de la avispa, negro azabache. Luego confeccionó una toca a juego a la que sujetó unas varillas laqueadas que imitaban las antenas de la avispa. En el taller hacía tanto frío como en el salón, de modo que se puso un abrigo, una bufanda y unos guantes de cabritilla cuyos dedos había despuntado con una tijera. Llevaba la cara descubierta y el tonificante frío en las mejillas le recordaba a los gélidos inviernos de su infancia, cuando le obligaban a permanecer inmóvil durante horas mientras su madre lo usaba de maniquí para la ropa que confeccionaba. No tenían dinero para calefacción y Linderstadt había acabado adoptando una actitud estoica hacia los elementos. El frío le recordaba el valor de la disciplina y dominio sobre uno mismo, pero más aún le recordaba la placentera sensación que había acabado produciéndole el roce de las prendas que se probaba y sujetaba sobre la piel. Le encantaba cuando su madre estrechaba la cintura o recortaba una manga. La sensación de confinamiento le evocaba una desenfrenada fuerza imaginativa, como si le estuvieran nutriendo y liberando. Lo que recordaba del frío no era el entumecimiento de los dedos, el vaho del aliento o la piel de gallina en los brazos, sino la fuerza pura y simple. Por eso ahora, pese a que tenía dinero de sobra para encender la calefacción y conseguir que en las habitaciones hiciera tanto calor como en una selva, Lmderstadt no la encendía. El frío era su fuente de placer. Con ese fuego le bastaba.

Trabajó toda la noche para terminar la capa. El lunes por la mañana cerró con llave las puertas del salón y mandó a casa a las costureras, los empleados del almacén, las dependientas y las modelos que habían ido a trabajar. Dejó fuera a Camille e incluso a Broussard, su amigo y consejero de toda la vida. Oculto tras la cortina que cubría el cristal de la puerta, anunció que la colección estaba acabada y que las últimas modificaciones las haría en privado y a solas. Fue a la caja fuerte y volvió con fajos de billetes, que entregó a Broussard por la ranura del buzón para que los repartiera entre los empleados, tras lo cual aseguró a todos que la casa Linderstadt estaba intacta y les invitó a regresar al cabo de una semana para la presentación de la colección. Luego se fue.

En cuanto llegó al taller se puso a trabajar en su siguiente creación, un vestido con los hombros descubiertos de muaré azul con una voluminosa falda festoneada de lazos. Cosió lo que pudo con la máquina, pero los lazos tuvo que hacerlos a mano. Cosía como su madre, cruzando las piernas, con la cabeza gacha y el dedo meñique levantado y torcido como si estuviera tomando una taza de té. Acabar la falda le costó un día entero, durante el cual hizo sólo una pausa para ir al lavabo. Comer ni se le pasaba por la cabeza, y en este sentido parecía coincidir con la avispa. El animal no daba señales de tener hambre ni sed. En una ocasión una de sus antenas sufrió una sacudida, pero Linderstadt lo achacó a los sutiles cambios que experimentaba la turgencia de sus vasos sanguíneos. Suponía que la avispa estaba paralizada por el frío, si bien no podía evitar preguntarse si la quietud preternatural que mostraba se debería a un propósito menos manifiesto. Pensó en su padre, tan normal en apariencia y tan insondable en el fondo. Si se le daba la oportunidad, aquel hombre podía pasarse días con sus insectos, ordenando meticulosamente sus expositores, escribiendo con letra de molde las diminutas etiquetas de los especímenes y haciendo inventario. Linderstadt no había conseguido comprender la paciencia y la dedicación de su padre. Su madre afirmaba que su marido se escondía, pero ¿qué podía saber un niño sobre aquello? Para cuando se le ocurrió preguntárselo personalmente, su padre ya llevaba años muerto.

El tiempo se mantenía invariable. El miércoles Linderstadt llevó una de las máquinas de coser del taller al salón para trabajar al lado de la avispa. De la calle le llegaban las voces de los curiosos que chismorreaban y trataban infructuosamente de vislumbrar lo que sucedía dentro. El teléfono sonaba incesantemente y los mensajes de los amigos preocupados, los clientes y la prensa se acumulaban. M. Jesais, su médium personal, le llamaba diariamente para comunicarle augurios cada vez más adversos. Linderstadt no se inmutaba. No oía más que una voz, la cual le impedía distraerse, y se preguntaba por qué había tardado tanto en oírla.

Cosió una manga y luego otra. Cuarenta años de éxito le habían conducido a esto: aguja, hilo y unos tubos de tela que parecían artefactos para una arqueología futura. Apenas una semana antes había tenido la sensación de encontrarse al borde de la extinción. Los fantasmas de sus antiguas modelos, sus amigos fallecidos y sus padres habían empezado a visitarle. Su visión le eludía en la misma medida en que él trataba de capturarla. Julieta vestida de satén; Eva ataviada con pieles; la Reina anónima, arrogante e imperiosa, engalanada con duro brocado. Sirenas de belleza imposible, triunfos del ofuscado deseo de otro hombre más. El éxito, al parecer, residía en la vanidad. Tal era la triste lección que le había enseñado su carrera profesional. Y después de cuarenta años se había cansado del fraude. Había visto demasiadas Camilles, Martines y Anouks. Las había visto y no las había visto. Estaba mejor solo.

Pero entonces se había encontrado con la avispa. La avispa era distinta. La avispa tenía una peculiaridad añadida. La quitina no era lo mismo que la carne y seis no era lo mismo que dos: seis patas con sus correspondientes garras suponían seis declinaciones de ángulos, líneas y fuerzas. Luego estaban las alas, que eran más fuertes y finas que las del mismísimo arcángel Gabriel, uno de cuyos cuadros había utilizado como modelo para su colección de 1984. ¿Y qué decir de los ojos, aquellos ojos compuestos que eran capaces de ver Dios sabe qué? ¿Y las antenas, con las que cataba el encanto invisible del mundo? Linderstadt trató de imaginarse a Camille como un insecto, arrastrándose por la pasarela, haciendo una pose; Camille a cuatro patas o a seis; Camille boca abajo, avanzando poco a poco como una oruga. Desde aquel punto de vista sus vestidos no eran más que capullos, pálidos reflejos de una realidad más viva. Su visión de la vida había salido menoscabada a causa de su estrechez de miras. Tenía el defecto de la arrogancia. Su adoración por las mujeres era un insulto y sus elevados ideales de elegancia y belleza, un sofisma. Sus inclinaciones eran más sencillas y directas, y estaban arraigadas en su intimidad de la misma manera que la avispa había arraigado en su salón.

Linderstadt volvió a pensar en su padre. Estaba vistiéndose para ir a trabajar, abrochándose su chaqueta azul marino de cartero con el ribete amarillo en torno al puño, hablando sobre una mariposa cuyo cuerpo tenía aspecto del de una mujer. ¿Hablaba con su madre? No se acordaba. Y algo más. ¿Arrobamiento?

Dio la última puntada y levantó el vestido para verlo. El reluciente muaré le hizo pensar en el mar: aquella prenda de seis mangas era para una criatura deliciosa que se movía a la deriva. Para un talento menor las mangas habrían supuesto pesadilla; en manos de Linderstadt, en cambio, habían quedado unidas al cuerpo del vestido con gracilidad y sencillez. Cada una de ellas lucía una hombrera fruncida e iba provista de una cremallera para que resultara más fácil meter la pata en ella. Una vez se la hubo puesto, Linderstadt dio un paso hacia atrás para echar un vistazo. Le ajustaba de una manera extraordinaria, como si una mano secreta hubiera guiado la suya. Había tenido esa impresión desde que se había puesto a trabajar. Ahora tenía cinco vestidos. Uno por cada día que había trabajado. Uno más, pensó, y habría acabado la colección. Le faltaba su prenda emblemática: el traje de novia. Llevaba cuarenta años acabando los desfiles con el traje de novia. Las novias eran el símbolo de la vida, del amor y el poder de la creación. ¿Qué mejor manera de señalar su propio renacimiento?

Dos días le costó hacer el traje. Si Linderstadt se enteró de ello fue únicamente porque en determinado momento hizo una pausa para escuchar las campanas de la misa dominical. En aquel momento estaba trabajando en el velo, un precioso organdí que parecía niebla. Mientras cosía pensó que sería una lástima cubrir la extraordinaria cara de la avispa y por tanto diseñó un ingenioso entrelazamiento de paños que simultáneamente ocultaba y revelaba el rostro. Al acabar el velo comenzó a hacer la cola con una gasa de clara de huevo de tres metros de largo, que recogió para que formara unas suaves ondas y produjera la impresión de espuma. En el lugar en que se unía a la falda hizo un agujero para el aguijón y lo orló de flores. El cuerpo del traje estaba hecho de satén brillante y tenía un cuello estilo imperio y unas mangas largas de encaje. Reina, madre y novia… El traje constituía un triunfo de la imaginación, la técnica y la voluntad.

Acabó el domingo por la noche. Colgó el traje en el vestuario junto con los demás, se puso el abrigo y la bufanda y se durmió en el sofá. El lunes por la mañana a primera hora se levantaría y haría los últimos preparativos para recibir a su público.

Aquella noche dejó de hacer frío. Un frente templado procedente del sur lo barrió limpiamente. Linderstadt se desabrochó el abrigo y se quitó la bufanda mientras dormía. Soñó que era verano y que hacía volar una cometa con su padre en la playa. Cuando despertó era casi mediodía. En la habitación el ambiente estaba recargado y hacía calor. En el exterior se había reunido una multitud para la apertura. La avispa había desaparecido.

La buscó en los talleres, el almacén y las oficinas. Subió al tejado y luego bajó al sótano. Al final regresó al salón, confuso y algo aturdido. Cerca de donde había estado la avispa vio una esfera de papel del tamaño de una silla pequeña. Un lado estaba abierto, y en el interior había numerosas filas de celdas hexagonales compuestas del mismo material de la envoltura, parecido al papel. Linderstadt imaginó lo ocurrido y, cuando vio que sus vestidos habían desaparecido, se dio cuenta del error que había cometido. La avispa no era una esfécida, sino una véspida, una avispa del papel, cuya dieta consistía en madera, hojas y otras fibras naturales. Se había comido sus propios vestidos.

Linderstadt examinó lo que quedaba de su trabajo. El avispero poseía una belleza propia, y por un momento pensó mostrarla en lugar de su colección. Luego vio casualmente un trozo de tela no digerida que asomaba por detrás de la esfera. Era el velo del traje de bodas. Rodeó el avispero y ahí estaba, en el suelo, como un chorro de vapor congelado en el aire, separado del traje pero, por lo demás, intacto. La multitud que había fuera pedía a gritos que le dejara pasar. Linderstadt descorrió las cortinas y levantó el velo de gasa. Parecía como si el sol lo hubiera envuelto en llamas. Al igual que el fragmento más pequeño de un recuerdo, le evocaba todos los recuerdos. Se lo puso en la cabeza y una sonrisa se dibujó en sus labios. Hacía meses que no sonreía. Sus ojos brillaron. Siendo así que había desaparecido todo, no quedaba nada por ocultar. Un solo hilo habría bastado. Linderstadt se irguió y, orgulloso, fue a abrir la puerta.

Michael Blumlein es la respuesta americana a J. G. Ballard. Es autor de The Movement of Mountains y X, Y, y sus cuentos han aparecido en publicaciones como The Mississippi Review, Omni, Full Spectrum y The Norton Anthology of Science Fiction. Su colección de cuentos The Brains of Rats, ha sido publicada recientemente.

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