PRÓLOGO

Hay una pregunta que me gustaría hacer a los escritores de este libro: ¿realmente dejáis a vuestros padres leer esto? Lo pregunto porque, si bien sois bastante agradables (al menos la mayoría de vosotros, si uno os encuentra un buen día), los relatos que presentáis no lo son. Unos son sangrientos y otros repugnantes, y ninguno proporciona el menor consuelo.

De hecho, los relatos reunidos en este libro se internan audazmente en lo que, allá por los años veinte, otro escritor inquietante denominó «regiones psicológicas muy extrañas». El escritor era aquel viejo maestro, Arthur Machen, y se refería a uno de sus primeros relatos, La gente blanca, probablemente la obra más atrevida que escribiera jamás y sigue siendo uno de los mejores relatos de terror escritos en inglés. «El relato contiene —decía Machen con irónica moderación— algunas de las cosas más curiosas que haya escrito o llegue a escribir jamás. Se adentra, valga la expresión, en regiones psicológicas muy extrañas». Y se negó a seguir hablando de ello, como si el relato le turbara incluso a él.

Estas veintidós crónicas de amor y terror se aventuran en regiones igualmente extrañas, sólo que de una manera más explícita y, en buena medida, bastante menos considerada. Aunque nunca se han concedido medallas al valor extraordinario a un simple escritor, los aquí reunidos se merecen algún tipo de reconocimiento por la absoluta audacia y decisión con que han entrado en un territorio manifiestamente peligroso dejándose llevar por sus fantasías personales. Los relatos incluidos en este volumen no respetan ni tabúes ni el buen gusto. El objetivo de muchos de ellos es escandalizar, y bastantes lo consiguen. Cualquiera que sea la reacción del mundo a su lectura, una cosa es cierta: no serán adaptados a la televisión.

Sin embargo, no cabe duda de que su centro de atención es el amor humano de toda la vida. Incluso podría decirse que son, a su extraña manera, románticos, en el supuesto de que tengan algo de romántico (por tomar sólo tres ejemplos) la necrofilia, la piromanía y una pasión no correspondida por un insecto de dos metros y medio de largo.

Pero ¿por qué no habría de ser así? Incluso en la vida real el amor puede adoptar formas muy extrañas. Por ejemplo, cuando apenas habían pasado unos minutos desde que había acabado de leer estos relatos, dieron por la radio la noticia de que en 1964 un hombre de Ohio había llevado en coche a Toledo a una joven de dieciocho años. Al parecer se enamoró de ella durante el camino. ¿Romántico? Espere y verá.

El hombre no volvió a ver a aquella joven hasta pasados treinta años. Pero la semana pasada, mientras leía el periódico, vio casualmente su nombre en la nota necrológica de su madre y consiguió localizarla. Ahora ella es una mujer madura de cuarenta y un años de edad, claro está. Según la nota informativa, el hombre le envió cuatro docenas de rosas y un montón de cartas; para ser exactos, las cartas que le había escrito en los treinta años transcurridos. Cuando la policía registró su casa, encontró todos los regalos de Navidad y cumpleaños que, con una fidelidad digna de admiración, le había comprado año tras año durante tres décadas.

La policía, en efecto. Al parecer la mujer había obtenido una orden de protección contra aquel individuo, que actualmente se encuentra detenido por «merodeo con fines delictivos».

Aun así, se trata de una historia romántica, como ya he dicho. Y completamente humana. Todos podemos identificarnos con ella, unos con la mujer y otros con el merodeador.

Tomemos, si prefieren, un ejemplo más sublime: el autor de la Divina Comedia. Dante tenía apenas nueve años cuando vio por primera vez a Beatriz en la calle («En aquel momento —escribiría después— francamente he de decir que el espíritu de la vida, que reside en la estancia más secreta del corazón, empezó a temblar con tal violencia que tuve el temor de que estuviera dando sus últimos latidos…»), y tuvieron que pasar nueve años más para que se atreviera a cruzar una palabra con ella. No obstante, estos escasos encuentros fortuitos eran todo lo que necesitaba, ya que se pasó el resto de su vida celebrando su amor por el «ángel más hermoso del cielo», con el cual apenas había hablado.

Ya que estamos en ello, daré otro ejemplo de amor romántico: el del artista Rockwell Kent. En 1929 estaba paseando por un solitario pueblo pesquero de Terranova cuando, según dice, vio «la cara de una muchacha en una ventana. Fue sólo un momento. Me daba vergüenza mirarla fijamente. Pero, ¡ah!, pensé, cuan hermoso sería vivir aquí y no tener que irse jamás… ¡Jamás!». Cuando al día siguiente Rockwell Kent se hizo a la mar, «pensé que nunca volvería a ver a la muchacha de la casa cuadrada que había en la curva del camino».

Así fue, caramba. Sin embargo, años después aún soñaba con ella.

Pues bien, la única diferencia que hay entre estas historias y los relatos románticos que se incluyen en este libro es que, en éstos, la muchacha de la ventana tendría la cara desfigurada y sostendría un cuchillo entre los dientes. Dante tendría orgasmos mientras le abría la cabeza a Beatriz a golpes, y el objeto del cariño del hombre de Ohio estaría muerta a sus cuarenta y un años. ¿Digo sólo muerta? No. Probablemente su cuerpo estaría esparcido por el camino de Toledo a Tacoma.

Esto no tiene la menor importancia, claro está. Cada uno a lo suyo y todos perfectamente humanos… No hay amor sin obsesión, parece decirnos este libro, y, en efecto, la obsesión es el lema subyacente en todos los relatos. Si el amor está presente, ¿puede estar muy lejos la locura?, se nos pregunta. Locura homicida habrá que precisar, ya que, si algo queda dolorosamente claro tras la lectura de estos relatos es que en el fondo, en el fondo del todo, el amor y la violencia están unidos tan inextricablemente como nuestras madres y la tarta de manzana. (Y conste que esto lo dice una persona cuya madre no ha hecho una tarta de manzana pasable en toda su vida).

El origen del miedo en estos relatos es, fundamentalmente, el mismo que en todos los relatos de terror: el miedo al Otro. Sólo que en este caso el Otro guarda un notable parecido con nosotros. Él o ella podría ser un autoestopista, un ligue de bar o un extraño con pajarita en una cafetería concurrida. Él o ella podría ser también nuestro compañero de trabajo o quizá una persona que hemos deseado en secreto o nuestro vecino, tanto da si vive al otro lado de la calle como al otro lado de una delgadísima pared. Él o ella podría ser nuestro amante o nuestra esposa.

Es una idea perturbadora, aunque en letra impresa resulta gratamente intrigante. Hará unos veinte años, mientras intentaba editar una revista de literatura gótica (se titulaba Rosebud y dejó de publicarse antes incluso de su lanzamiento), descubrí un artículo de un especialista en el que se analizaba la popularidad de la que gozaba ese género en concreto. Recuerdo que tenía un título maravilloso que resumía el atractivo fundamental que ofrecen no sólo las historias del género gótico sino también una gran parte de la narrativa de suspense comercial: «Alguien quiere matarme y creo que es mi marido».

¿Quién sabe? Quizá sea él. Los maridos están siempre asesinando a sus esposas (y a sus ex esposas) y éstas les devuelven el favor. Incluso podría darse el caso de que un atractivo astro del fútbol americano que se hubiera dedicado al cine después de retirarse (estoy hablando hipotéticamente, claro está) se convirtiera en un verdadero psicópata a causa de los celos. Los relatos de este libro nos recuerdan una verdad aterradora aunque fundamental: nuestra comprensión del prójimo es sin lugar a dudas limitada. Nunca podemos saber con certeza qué hay en la mente de una persona. Nunca podemos saber qué demonios se agazapa detrás de sus ojos. Si se combinan la tensión, la historia familiar y la mezcla de esperanza y angustia adecuadas (o quizá la serie de provocaciones que la moderna vida urbana tan abundantemente nos depara), cualquiera de nosotros podría llegar a perder el juicio y caer en el abismo de la psicosis.

Yo mismo he vivido esta experiencia. Recuerdo que una vez estaba paseando por la calle poco después del amanecer tras pasar una larga noche de insomnio a causa de una fracasada relación amorosa, cuando noté que una mujer que acababa de pasar me observaba de una manera extraña. De pronto me di cuenta de que iba hablando conmigo mismo, pero que no me importaba.

No sentí ni una pizca de azoramiento. Los problemas que me preocupaban me parecían mucho más importantes que lo que pudiera pensar una desconocida. Cuando ahora pienso en ello, tengo muy claro que en aquel momento estaba loco, chiflado, como para que me encerraran…

¿Podría volver a ocurrirme? Por supuesto. Como podría ocurrirles (sólo que acarreando unas consecuencias mucho más alarmantes) a los ciudadanos de aspecto inofensivo con los que nos topamos todos los días en la calle. Es posible que a ellos ya les falte un tornillo. Es posible que estén, tal como sombríamente sugirió Machen en una ocasión, «acechando en medio de nosotros, codeándose con una humanidad ataviada con finas telas y levitas, salvajes como si en realidad fueran lobos y presa de las repugnantes pasiones de los pantanos y las cavernas».

Aún mas letales (al menos en potencia) son aquellas personas que conocemos íntimamente, ya que somos vulnerables. Los terapeutas aseguran que esto es una bendición, pero somos muchos los que no estamos muy seguros de ello. La vulnerabilidad da miedo. Refiriéndose a la película Psicosis, un crítico indicaba que la secuencia de la ducha es tan impresionante porque explota «uno de los momentos arquetípicos de la vulnerabilidad humana». Pero no cabe duda de que hay muchos momentos semejantes: ir en ascensor con un desconocido, utilizar unos aseos públicos, recoger a un autoestopista y, sobre todo, meterse en la cama con otro ser humano, incluso si uno piensa que lo conoce bien.

Es esta azarosa característica de los encuentros sexuales (la sensación de absoluta vulnerabilidad que nos infunden) lo que alimenta el terror en este libro. Iba a decir, quizá con excesiva ligereza, que el terror hace que se formen parejas extrañas, pero estos relatos nos enseñan que en el fondo todas las parejas son extrañas.

El dormitorio oculta otros peligros, por supuesto. Como estampas de la vida contemporánea, la mayoría de estos relatos aluden de una u otra manera a la omnipresente amenaza del sida. Pero en realidad los virus están fuera de lugar en este caso. Los relatos demuestran que, como muchas otras cosas, el sexo no es seguro, tanto si se lleva preservativo como si no. Nunca lo ha sido. Y tampoco es bonito. He de advertir que, salvo excepciones, las descripciones del acto sexual que se ofrecen en estos relatos y de las personas que en ellos aparecen (con sus temores y sus deseos, sus fantasías y sus necesidades, su carne inevitablemente mortal y sus órganos reproductivos, que son sometidos a una implacable observación) son tan desasosegantes, tan devastadoramente poco halagadoras (tanto si es un escritor como si es una escritora quien la hace) que bastan para que el más pintado se largue a un monasterio sin pensárselo dos veces. Olvídese del salitre y de las duchas frías; los relatos que aparecen en este volumen constituyen un argumento más convincente para optar por la abstinencia sexual que cualquier cosa que le haya oído recomendar a su médico, su analista o su sacerdote.

De hecho es posible que, entre el peligro mortal y el puro asco, este libro tenga un efecto saludable en el problema del crecimiento demográfico. Aquí encontrará relatos concebidos para que al lector le invada el asombro, se le ponga carne de gallina o le entren ganas de soltar una carcajada, pero no para que tenga una erección. (En efecto, también hay humor en estos relatos, qué duda cabe, aunque del más negro. La risa más fuerte que uno oye son las siniestras carcajadas de los autores). Al igual que las segundas nupcias han sido denominadas «el triunfo de la esperanza sobre la experiencia», en estos relatos se plantea un desafío parecido: si al acabar su lectura, todavía se siente con ganas de hacer indecencias con otro ser humano, habrá triunfado la biología sobre la imaginación. En caso contrario (y desde luego espero que así sea), por favor, preste atención a una última advertencia, fruto de que yo mismo me haya sumido sin contemplaciones en las páginas de este libro. Obedezca, si es preciso, las famosas palabras con que acaba La cosa («No deje de observar el cielo») y no tenga reparos cada noche en mirar, si así lo desea, debajo de la cama. Mientras tanto, y para mayor seguridad, no pierda de vista algo que le queda todavía más cerca, algo que se encuentra a medio camino entre el suelo y el cielo: esa cosa eternamente misteriosa que yace en la cama a su lado.

T. E. D. KLEIN

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