LA RADIO DE HANSON

JOHN LUTZ

—Puedo demostrarle que ningún hombre ha puesto los pies en la Luna —dijo la voz procedente del otro lado del callejón—. Tengo fotografías de una región cercana a Fort Colt, Arizona, que se parecen en todo a las supuestas fotografías oficiales de los astronautas sobre la supuesta superficie de la Luna.

—¿Sam? —dijo la voz de Ina desde la cama—. ¿Sam? ¿Por qué no estás dormido? ¿Te duele la pierna?

—No me duele, pero me pica por culpa de esta jodida cérula —respondió Sam Melish a su esposa.

—Supongamos —dijo el Jinete de la Medianoche— que alguien moviera unas cuantas rocas del desierto de Arizona y las dispusiera de manera que el lugar tuviera exactamente el mismo aspecto que el punto de alunizaje. Es decir, ¿cómo sé que sus fotografías y no las del gobierno son falsas?

—Vuelve a la cama, Sam —rogó Ina.

Pero Sam Melish no le hizo caso y siguió escuchando la radio que sonaba a todo volumen en el piso del otro lado del callejón. El hombre que vivía allí, Hanson, al parecer dormía con un débil velador encendido. Sam podía distinguir sobre la mesa la gigantesca forma de su odiado equipo estereofónico portátil (la clase de aparato que incorporaba unos altavoces denominados acertadamente boom boxes). Era largo y oscuro y estaba un tanto encorvado en el centro, desde donde sus indicadores iluminados parecían mirar a Melish con expresión malévola.

—¿Sam?

—Calla, Ina, por favor. No me queda más remedio que oír a ese monstruo ruidoso de la casa de enfrente, pero tú puedes dejarme en paz.

Sin embargo no iba a hacerlo, lo sabía. Desde que se le había roto la pierna al caérsele encima una máquina de triturar aluminio del Centro Municipal de Recogida de Basuras, donde trabajaba de contable, Melish se había visto obligado a permanecer en su pequeño apartamento con la pierna derecha inmovilizada por una aparatosa férula. No estaba hecha de escayola, como las antiguas, sino de plástico. Pero era permanente, es decir, cubriría su pierna todos y cada uno de los incómodos segundos que tardara el hueso en soldarse y el médico en quitársela. En aquel momento le picaba la pierna y no podía rascársela.

Sin embargo, aquel espantoso picor no era peor que la rabia que sentía en su interior, la irritación que se extendía bajo su piel y que tampoco podía rascarse. El desconsiderado de Hanson, que vivía en el piso de la casa de enfrente, justo delante del de Melish, ponía su aparato de música al máximo volumen a todas horas. ¡A todas horas! ¡Ininterrumpidamente!

Durante el día solía poner música, sobre todo rock y rap. Por la noche ponía música y algunas estúpidas emisoras que transmitían entrevistas las veinticuatro horas del día. Melish no podía evitar oír aquel jaleo. Había probado a ponerse tapones en los oídos, pero apenas reducían el nivel de decibelios y le causaban unos terribles dolores de cabeza. La concentración meditativa no le servía para nada. Durante la última espantosa semana había acabado por detestar tanto la música como las trastornadas y suspicaces personas que llamaban a programas como el del Jinete de la Medianoche.

«¿Está usted diciendo —preguntó con incredulidad la persona que llamaba— que se fía más del gobierno que de mí?».

Pero el Jinete de la Medianoche era demasiado astuto como para caer en aquella trampa.

«Lo que estoy diciendo, Bill… Se llama Bill, ¿verdad?».

«Sí».

«Lo que estoy diciendo es que en este caso las pruebas que demuestran que se produjo un alunizaje auténtico son más convincentes que las pruebas que usted presenta, Bill. Así de sencillo».

Pero Bill no se apeaba del burro.

«Cualquier persona que se fíe más del gobierno que de un ciudadano cualquiera debería abandonar el país e irse a vivir a…».

—¡Apague ese aparato de una vez! ¡Apáguelo! —chilló Melish balanceándose sobre sus muletas junto a la ventana y mirando con furia al otro lado del oscuro abismo que se abría sobre el callejón.

Al cabo de unos segundos, Hanson, un joven alto con abundante cabello rubio y anchas espaldas, salió a la ventana y se quedó mirándole en silencio.

—¡Apáguelo! —chilló Melish—. ¡Ahora! —Se acercó aún más a la ventana apoyándose sobre las muletas como si fuese a volar por encima del callejón y fulminar a Hanson al igual que un ángel vengador encargado de custodiar el sagrado silencio de la noche.

—Sam, por amor de Dios, ¿qué te propones? —Ina le cogió por los hombros para frenarle.

Melish vio que la oscura figura de la casa de enfrente levantaba lentamente una mano y bajaba la persiana.

«Y ahora me dirá usted —dijo el Jinete de la Medianoche a todo volumen— que en realidad la Luna está hecha de…».

«Voy a decírselo al mando / voy a hablar bien alto / voy a cortar por lo sano / voy a…».

Hanson había sintonizado una emisora que ponía música rap.

Derrotado, Melish se dejó caer en la cama. El aire acondicionado de la ventana no funcionaba y las sábanas estaban empapadas de sudor, el pijama se le pegaba al cuerpo y le picaban los ojos.

—¿Quieres que llame a la policía, Sam? —preguntó Ina compasivamente, pese a que los dos sabían cómo iba a responder a su pregunta.

—¿Para qué? —preguntó Melish—. ¿Para que tarden una hora en venir? ¿Para que cuando vengan Hanson baje el volumen de su aparato y en cuanto se vayan vuelva a subirlo?

Ina encendió la lámpara de lectura de la mesilla y lo miró fijamente. Ella acababa de cumplir cuarenta años y tenía un atractivo que no había tenido de joven. Últimamente la severidad de sus facciones se había atemperado y sus grandes ojos castaños, que siempre habían tenido una expresión dulce, reflejaban sabiduría. Parecía sentirse profundamente satisfecha, algo que Melish no lograba comprender y sabía que él jamás alcanzaría.

—Parece mentira, Sam —le dijo cuando él levantó la vista y la miró—. Parece mentira que permitas que ese ruido te destroce los nervios.

—Es que está destrozándome los nervios —reconoció.

«Voy a hacerlo bien / voy a ponerme en pie / voy a ponerte a cien…».

—Esa música es realmente violenta… —comentó Ina—. ¿Por qué la escuchará? —Su curiosidad parecía auténtica.

—¿Y por qué escuchará cualquier otra cosa? ¿Por qué escuchará todo lo que escucha? —replicó Melish—. Pone country, clásica, coloquios, rock and roll, rap… cualquier cosa que emitan. Creo que lo hace para fastidiarme. Sabe que me he roto una pierna. Le he visto espiándome desde su ventana. No hace nada más: sólo se queda de pie y se pone a mirar. Vivimos en un quinto y no tenemos ascensor, de modo que sabe que estoy atrapado con este hueso destrozado. No voy a hacer el esfuerzo de bajar por todas esas escaleras y luego subir por ellas otra vez. ¡No puedo hacer nada para evitar escucharle!

En lugar de responder, Ina apagó la lámpara, y él oyó y vio su oscura figura rodear la cama. Los muelles chirriaron y el colchón se hundió cuando se tumbó a su lado.

—Intenta dormir un poco, Sam.

—Para ti es fácil decirlo. Siempre has sido capaz de dormir en cualquier circunstancia. Ya puede haber un incendio o una guerra… Para ti dormir es un mecanismo de escape.

Ella le tocó el hombro con dulzura, y Melish supo que estaba sonriendo tristemente porque había dicho la verdad, y también que estaba quedándose dormida.

«Voy a fumarme un porro / voy a darte en los…».

Melish se puso la almohada empapada de sudor alrededor de la cabeza, la rodeó con los brazos y la apretó, estrujándola contra sus oídos con toda la fuerza posible. Al cabo de unas horas se quedó dormido escuchando El Mesías de Haendel.

Una suave brisa entró por la ventana a la mañana siguiente mientras Melish e Ina desayunaban tostadas, café y cereales bajos en calorías sentados a su pequeña mesa de madera. Ina había untado confitura de fresa en sus tostadas. Las tostadas de Melish no tenían mantequilla. El doctor Stein le había advertido seriamente que se vigilara el peso, la presión sanguínea y el colesterol. Esto se lo había dicho un día antes de que se rompiera la pierna.

Por la radio de Hanson estaban retransmitiendo a todo volumen un parte desde un helicóptero de tráfico.

«El tráfico que se aproxima a los puentes forma una caravana de varios kilómetros —dijo una voz de mujer sobre el ruido de fondo que producían las hélices del aparato—. Justo encima de nosotros un camión y un coche han sufrido un accidente y están impidiendo la circulación por el carril del oeste. Los conductores han salido de sus vehículos y parecen estar peleándose».

—Esta ciudad —dijo Melish con un trozo de tostada en la boca— se ha convertido en un infierno. —Bebió un trago de café para tragar el pedazo de tostada y se escaldó la lengua.

—Pues antes te encantaba —dijo Ina.

—Y sigue encantándome, pero se ha convertido en un infierno.

—Lo dices únicamente por lo de tu pierna.

Puede que tenga razón, pensó Hanson. La pierna le picaba horrorosamente bajo la férula, como si un centípedo estuviera agonizando en un lugar inaccesible. Se volvió hacia el edificio de enfrente y vio a Hanson junto a su ventana, mirando. Cuando éste se dio cuenta de que le había visto, retrocedió lentamente y se perdió en las sombras de su piso como si fuera un fantasma que hubiera pasado a otra dimensión.

—Hanson estaba espiándonos —dijo Melish.

—No digas tonterías, Sam. Cada vez que le ves mirando hacia aquí, tú estás mirando hacia allí. Estos pisos sólo tienen una ventana que da a ese callejón y los nuestros están el uno enfrente del otro.

—¿Estás sugiriendo que me estoy volviendo paranoico?

—No —dijo Ina—. Sólo que estás tenso.

Tenso, pensó Melish. En su situación, ¿quién no lo estaría?

Hanson quitó la emisora que estaba dando las noticias locales, el tiempo y el tráfico y sintonizó una frenética música latina.

—¿Crees que no lo hace para fastidiarme? —preguntó Melish.

Ina sonrió.

—Sí, sabe que no puedes bailar el mambo, Sam, y que eso te saca de quicio.

Consciente de que era inútil seguir hablando, Melish cogió el periódico que Ina había traído y trató de leerlo. Estaba lleno de noticias sobre latinoamericanos y por tanto lo dejó.

Hanson no tardó en cansarse de la música latina y puso un programa de entrevistas en el que un hombre sostenía que el presidente había tenido en una ocasión relaciones sexuales con un extraterrestre y llamaba la atención sobre el hecho de que el presidente nunca hubiera negado la acusación expresamente.

Al cabo de un cuarto de hora Hanson sintonizó música rap. Melish reconoció al cantante, un joven apodado Mr. Cool Rule.

«Es una soplona de la policía / hay que cargarse a esa jodida…».

Melish trató de no hacer caso y miró cómo Ina terminaba de lavar los platos y los dejaba apoyados en el escurridor de plástico amarillo.

—¿Por qué razón una persona habría de tener relaciones sexuales con un extraterrestre? —preguntó.

—No lo sé, Sam.

—Existiría la posibilidad de que contagiara a la sociedad alguna enfermedad extraña.

Ina se secó las manos con un trapo, lo colgó del tirador del horno y dijo:

—Me voy.

—Y yo me voy a volver loco —dijo Melish.

—No tenemos comida para hoy. ¿Quieres algo en particular?

—Cualquier cosa —dijo Melish—. No puedo disfrutar de nada, de modo que comeré lo que traigas.

Ina le miró fijamente, meneó la cabeza y se fue. Melish la oyó cerrar la puerta con dos vueltas. Ina cerraba con llave por seguridad. Consiguió ponerse de pie y se acercó a la ventana apoyándose en las muletas. Al cabo de unos minutos vio la empequeñecida figura de Ina salir del edificio y doblar en dirección a la Segunda Avenida y Fleigle’s Market.

Cuando se disponía a volver a su silla, se fijó en una figura que había en la acera de enfrente. ¡Pero si era Hanson! ¡Su equipo estereofónico estaba sonando a todo volumen y él ni siquiera se encontraba en casa! Mientras le miraba, Hanson echó a andar en la misma dirección que había tomado Ina, por la acera opuesta.

Melish se apartó de la ventana sintiendo cómo aumentaba su furia. Allí estaba, atrapado, lisiado y agredido por el ruido, mientras Hanson se dedicaba a recorrer alegremente las calles.

Cogió otra vez el Times, pensando que quizá ahora podría leer algo sobre Latinoamérica, pero la bilis le subió a la garganta dejándole un regusto amargo y arrojó el periódico al suelo. Fue cojeando hasta la nevera, sacó el zumo de naranja y bebió un poco directamente de la jarra de cristal. El líquido frío le sentó bien y le alivió el dolor en la lengua a causa de la quemadura.

«Ella es la fullera que ha engañado a mi colega…».

La jarra se le resbaló de la mano y se hizo añicos contra el suelo. Los fragmentos de cristal se diseminaron y el zumo de naranja se derramó por debajo del fregadero como una ola.

Melish se inclinó para recoger lo que quedaba de jarra y evitar que siguiera derramándose el zumo de naranja. El brusco movimiento le hizo perder el equilibrio. Se agarró del fregadero, pero dándose un doloroso golpe en el codo, tras lo cual resbaló con el zumo y se empapó una pernera del pijama hasta la rodilla de su pierna sana.

Ahora sólo sentía furia. Estaba enfadado consigo mismo por ser tan torpe y rabioso a causa del implacable estrépito que atravesaba el callejón como una lluvia de afiladas lanzas y caía sobre él en su propia casa.

Al morir su padre tres años atrás, entre los recuerdos y las baratijas que sus hermanos habían conseguido encajarle había una vieja escopeta de caza del calibre 22. Melish no sabía que su padre cazaba y jamás le había visto utilizar el arma, la cual siempre había estado bajo llave en el sótano de la casa familiar. La escopeta era un regalo que le habían hecho a su padre y Melish se la había quedado porque, al ser el único hermano que no tenía hijos, tener un arma en casa no suponía ningún peligro. Años atrás la había dejado en el fondo de un armario y se había olvidado.

Pero ahora se había acordado de ella y de la cajita de munición que había puesto en el cajón donde guardaba los viejos jerséis que no se decidía a dejar de llevar.

Asombrosamente, se sostuvo casi con agilidad sobre las muletas cuando bajó la escopeta y encontró las balas. Luego, al meter la munición en el cargador, movió las manos y los dedos con desenvoltura y determinación. Hanson había salido de su piso, por lo que no existía peligro de hacerle daño. Era la consideración contra la insensibilidad; la civilización contra la anarquía…

Melish tenía la certeza de que hacía lo correcto. Movió el cerrojo de la escopeta e introdujo una bala en la recámara. Ahora que había tomado la decisión, se movía casi como un autómata. Fue cojeando hasta la ventana con el pulgar derecho enganchado a la empuñadura de la muleta, agarrando con los dedos el cañón y arrastrando por el suelo la culata. Era una escopeta de pequeño calibre que no haría mucho más ruido que un fuerte golpe de martillo. El disparo pasaría prácticamente inadvertido en una ciudad como aquélla, en la que todo se había vuelto estridente y desagradable y el peligro acechaba en cada esquina. En realidad no lo oiría nadie gracias al estruendo del equipo estereofónico de Hanson.

Notando los latidos del corazón, Melish apoyó la escopeta contra la pared, tras lo cual acercó una silla de cocina y la colocó delante de la ventana. Se sentó, cogió la escopeta y apoyó el cañón sobre el alféizar. Luego apuntó cuidadosamente.

«Si le gusta chivarse / de ésta va a acordarse…». Melish apretó el gatillo.

El disparo sonó como la palma de una mano al golpear una superficie plana. El encorvado equipo estereofónico pareció vibrar sobre la mesa.

«Ya lo oyes, jodida / se acabó la tontería…».

Melish disparó otra vez.

Silencio. El preciado silencio. Tranquilidad…

Antes incluso de abrir la puerta de su piso, Hanson sabía que había sucedido algo muy serio.

El equipo estereofónico ya no sonaba, lo cual significaba que los demonios que había mantenido a raya con su sonido lo habían silenciado. Superando el rechazo que les causaban las ondas del ruido salvavidas, habían entrado en el piso, habían entrado nada menos que en el lugar donde él vivía. Ahora ya no había ningún sonido que le protegiera. Se había quedado sin refugio. Sin tranquilidad.

Dios le había abandonado y se había puesto del lado de la administración.

Hanson se dejó caer sobre el borde de la cama y empezó a desgarrarse la mano izquierda con las uñas de la derecha. La rabia, la tristeza y la desesperación se apoderaron de él. Entonces se puso a llorar.

—Ha sido una locura —dijo Ina cuando Melish le dijo lo que había hecho.

—Ha sido algo inevitable —respondió él.

Sin embargo, una vez se hubo tranquilizado, una vez hubo vuelto el silencio y pudo pensar con serenidad, empezó a arrepentirse. Había perdido la calma. Había actuado como un animal salvaje que se protege de sus atacantes. Vivía en una sociedad civilizada con normas y leyes para que las personas pudieran vivir sensatamente las unas con las otras. No debía haber utilizado la escopeta.

—Podrías haber matado a ese pobre hombre —dijo Ina, limpiando el estropicio que su esposo había hecho con la jarra del zumo.

—Había salido. De lo contrario jamás habría disparado a su piso —dijo él—. Me asomé a la ventana y le vi en la calle, siguiéndote.

—¿Siguiéndome?

—Bueno, caminando en la misma dirección.

El miedo pasó por los ojos de Ina como una sombra.

—¿Por qué demonios habría de seguirme?

—No lo sé. No creo que estuviera siguiéndote realmente.

—Bueno, más vale que le pidas disculpas por lo que has hecho.

—Ni hablar. Lo que voy a hacer es no decir nada, y espero que él haga lo mismo.

—Adivinará qué ha ocurrido —dijo ella.

Melish sabía que probablemente Ina tenía razón. No era necesario ser un experto en balística para averiguar quién había disparado a Cool Rule y el Jinete de Medianoche.

Aquella noche se acostó al lado de Ina en medio del silencio, pero no se durmió. A la mañana siguiente, sin el habitual clamor de noticias y partes de tráfico, miró al otro lado del callejón y vio a Hanson junto a su ventana con los ojos clavados en él.

Melish le sostuvo la mirada. Luego se encogió de hombros en señal de disculpa y le dijo «lo siento» moviendo los labios.

Hanson siguió mirándole con expresión sombría durante unos segundos más y luego bajó la persiana.

¿Por qué ese hombre, Melish, había disparado contra su equipo estereofónico? Sólo se le ocurría una razón: Melish había sido poseído por los demonios y se había convertido en su agente.

¿E Ina, la mujer que se había acostado con él, con Hanson, también era uno de los poseídos?

Su relación había comenzado hacía meses, cuando tras mirarse desde sus respectivas ventanas se habían encontrado en la calle por azar. La atracción que había salvado el espacio entre sus ventanas era aún más fuerte cuando estaban cerca el uno del otro, y ninguno de los dos se había resistido, aunque Hanson sabía que ella era la esposa de Melish. Una pasión que era como un edicto de Dios se había apoderado de sus almas y sus cuerpos, haciendo que los remordimientos de conciencia de Ina le parecieran absurdos a él.

Él sabía que ella le consideraba extraño. Y peligroso. En el fondo le tenía miedo, aunque eso le gustaba. Melish era muy parecido al resto de los mortales, y Hanson no tenía nada que ver con él. En una ocasión ella le había susurrado con voz ronca que le parecía exótico. Melish en cambio no lo era. Hanson no le había dicho nada sobre el inspector de viviendas y el inspector de obras públicas, ni tampoco sobre los demonios. Sabía que Ina no los consideraría sólo algo exótico, le tendría aun más miedo y al final se negaría a verle de nuevo. Y ésta era una idea que no podía soportar.

Cuando Melish se iba a trabajar, iban al piso de ella y sudaban y forcejeaban en la cama y a veces en el suelo. Ella olía a algo salvaje y hacía sonidos roncos como si fuera un animal, y él podía oírla a pesar incluso del ruido de su equipo estereofónico, que salía como un rugido por la ventana abierta.

Luego Melish se había roto la pierna y ahora estaba en casa todo el día, atrapado en su piso. Pero Ina podía salir. Hanson la había seguido aquella mañana, como ella sabía que haría, y habían estado juntos en el parque. Melish no tenía ni la menor idea de lo que su esposa era.

Pero ahora Hanson sabía lo que había ocurrido. Ahora sabía que los demonios, tras haber sido reprimidos, se burlaban de él. Habían utilizado a Ina para seducirle y hacerle salir de su piso. Parte del plan de los demonios había consistido en que sintiera un incontenible deseo de mirar la suave piel de aquella mujer, sus cálidos ojos castaños y la suave curva de su cadera. Menudo engaño. Qué listos habían sido los demonios al obligarle a mirarla por la ventana y desearla profundamente. Se habían apoderado de su persona y la habían utilizado para tenderle una trampa. Y luego habían poseído a Melish y le habían utilizado para acabar con el ruido que para él había supuesto la salvación.

Pensó en comprar o robar otro equipo, pero aquello no lo salvaría. Los demonios ya habían entrado y no iban a irse. Habían sido enviados por la administración e iban a cumplir su funesto cometido. Se trataba de un asunto político, pero también de un asunto mortal y en cierto modo sumamente personal. Si se mudaba a otro piso, le seguirían. Estaban en su ropa, bajo su piel y dentro de su cerebro, como un tumor maligno, a la espera, intrigando… Estaba condenado.

Pero Ina y Melish, que también eran víctimas de los demonios, estaban todavía a tiempo. Ellos podían ser liberados. Sería una muestra de consideración por su parte.

Hanson entró en la cocina y sacó de un cajón debajo del fregadero una pequeña hacha de carnicero con mango de madera y un largo cuchillo para deshuesar. Aunque sudaba copiosamente debido al calor y tenía la camiseta pegada a la piel, se puso la chaqueta deportiva verde que había comprado en el Ejército de Salvación y se metió el hacha en la manga derecha y el cuchillo en la izquierda. Con un brazo a cada lado, podía doblar un dedo de cada mano y sostener el hacha y el cuchillo de forma que no se vieran, pese a que la punta del cuchillo le hacía daño en el dedo y probablemente le haría sangrar. Pero esto no tenía importancia ahora. Era el destino y no él quien llevaba su ropa. Él concedería la liberación de la muerte a aquel hombre y aquella mujer por consideración, venganza y generosidad, y luego los despedazaría y se comería su carne corrompida por los demonios y se entregaría gritando al fuego eterno.

Levemente encorvado y manteniendo el antebrazo derecho en posición horizontal para que el hacha no se escurriera de la manga, abrió la puerta y salió al pasillo.

Con un brazo a cada lado y sus armas del miedo y la libertad escondidas bajo las mangas de la chaqueta, bajó, lento pero seguro, a la calle.

Las voces se encontraban ahora entre el cerebro y la parte interior del cráneo y estaban gritándole todas al mismo tiempo. Era como en la torre de Babel. Pero el juicio y el castigo de Dios no serían rechazados y Hanson empuñaría el acero y luego abrazaría y respiraría el fuego, el fuego, el fuego…

Ina miró casualmente por la ventana y le vio venir.

—Es Hanson —dijo—. Está cruzando la calle, Sam. Creo que viene hacia aquí.

Se dejó caer pesadamente en la silla de la que acababa de levantarse y entrelazó las manos sobre el regazo.

Melish notó el miedo en su voz y volvió a avergonzarse de lo que había hecho. Pero quizá era mejor que Hanson viniera. Así hablarían. Melish se disculparía, le explicaría que entre el calor, el ruido y la pierna rota que no dejaba de escocerle bajo la escayola, había perdido la cabeza y actuado de una forma temeraria y equivocada, y luego se ofrecería a comprarle un equipo estereofónico nuevo si prometía no ponerlo demasiado alto. Las personas sensatas podían entenderse. Este tipo de cosas podían resolverse.

Melish e Ina se miraron cuando oyeron los pasos en las escaleras y luego en el pasillo de su piso. El golpe en la puerta fue suave y no reflejó irritación.

Ina hizo ademán de levantarse de la silla, pero Melish le hizo una seña para que volviera a sentarse.

Apoyándose en las muletas logró ponerse en pie y fue cojeando hasta la puerta. Quitó la cadena y descorrió el cerrojo de seguridad, pensando que sin ruidos y con tranquilidad, él y Hanson podrían hablar y ponerse de acuerdo como dos hombres sensatos. Los vecinos debían hablar y conocerse. Las personas de aquella ciudad tenían que aprender a convivir y a tratarse con consideración y tal vez, con el tiempo, incluso con amabilidad. Era posible. Todos deberíamos tener esa esperanza.

Cuando abrió la puerta y vio que Hanson estaba sonriendo, sintió alivio.

—Señor Hanson —dijo—. Me alegro de que venga a vernos. Creo que deberíamos hablar.

—Tengo entendido que usted trabaja para la administración —dijo Hanson.

John Lutz publicó su primer relato en 1966. Es autor de más de veinticinco novelas y trescientos relatos y artículos y ha sido presidente de las asociaciones Mystery Writers of America y Prívate Eye Writers of America. Es el creador de las series Carver y Nudger y de la novela SWF seeks fame, cuya adaptación al cine ha obtenido un gran éxito, y ha ganado en diversas ocasiones los premios Edgar, Shamus y Trophee Eighteen.

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