DESESPERADA

KATHRYN PTACEK

Poco a poco me estoy quedando sin vida. Me la está chupando mi desdichada existencia como si fuera un vampiro pegado a mi persona. Mejor dicho, como si fuera una araña. Una araña es igual de mala: se coloca en su tela para aguardar a su presa, y cuando la atrapa, la chupa hasta que de la pobre criatura no queda más que la cáscara seca.

Eso es lo que soy: una criatura de la que pronto no quedará más que la cáscara. Me miro con detenimiento en el espejo del vestíbulo y descubro unas diminutas arrugas en torno a los ojos que no estaban ahí hace unos meses. Mi piel parece seca y consumida. Cualquiera diría que tengo diez o quince años más de los que tengo en realidad.

Seca, secándome, reseca, polvo…

Respiro trabajosamente mientras miro el fajo de cartas que me ha llegado. Me tiemblan las manos. Sé lo que contienen los sobres con membrete oficial sin necesidad de abrirlos.

«Vencido y pendiente de pago».

«Vencido y pendiente de pago».

«Vencido y pendiente de pago».

«Lleva un retraso de X meses en el pago».

«Procederemos a embargar su cuenta para realizar el cobro».

«Lamentamos que no se haya puesto en contacto con nosotros…».

«Nos vemos obligados a…».

Y sólo me quedan 38 dólares en la cuenta corriente. Estrujo los sobres y luego los aliso cuidadosamente. No sé si llorar o ponerme a soltar juramentos. He hecho ambas cosas durante los meses transcurridos desde que Jack se fue pero no me ha servido de nada.

He escrito innumerables cartas a mis acreedores para explicarles que no estoy tratando de escabullirme y que, aunque tengo intención de pagarles, el asunto llevará tiempo. Sin embargo, al cabo de una semana vuelven a telefonearme para darme la lata y las cartas intimidatorias llenan mi buzón. Las llamadas son ahora tan desagradables que suelo dejar el teléfono desconectado. Ya me lo han desconectado en un par de ocasiones durante los últimos meses, y la compañía eléctrica amenaza con cortarme la corriente.

Apretando los dientes, arrojo las cartas sobre la mesa del vestíbulo junto con los otros sobres que no he abierto, incluso los de Jack. Aparto un mechón de pelo rebelde, cojo el cuadro, las llaves y el bolso y salgo de casa dando un portazo. Los cristales de la puerta vibran.

Tengo tiempo de sobra para ir al trabajo, así que llevo el cuadro a enmarcar. Es un óleo que me encargaron hace meses y que acabé la semana pasada. No está seco del todo (hay demasiada humedad en el ambiente), pero no puedo seguir esperando. Necesito el dinero. Empecé el cuadro repetidas veces y al final me costó una eternidad acabarlo. No me convence del todo, pero… Ojalá dispusiera de más tiempo y energía para pintar, pero no es así. Puedo considerarme afortunada si consigo hacer algo cada fin de semana. Además resulta difícil ser creativa si estás siempre deprimida.

Mis amigos me dicen que aguante, y yo lo intento. Trato de adoptar una actitud positiva y pensar que las cosas van a ir a mejor. Pero resulta tan difícil, tan jodidamente difícil.

Cuando llego a la esquina doblo hacia la izquierda. Delante de mí hay una fila de coches ante una señal de ceda el paso. Esta retención no tiene sentido; no hay ni mucho tráfico ni peatones cruzando la calle. Tamborileo con las uñas sobre el volante. Juego con las ventanillas eléctricas: primero subo una y luego la otra, y al final bajo las dos. Ajusto el asiento, el retrovisor y los espejos laterales y, precisamente cuando me dispongo a hacer sonar el claxon, el descapotable que tengo delante avanza unos metros. Me adelanto poco a poco. Unas gotas de sudor descienden por mi espalda, de manera que me inclino para refrescarme. Encendería el aire acondicionado, pero entonces el motor se recalentaría. Últimamente está haciendo muchísimo calor. Además no parece que vaya a llover, y según el pronóstico del tiempo las temperaturas van a rondar los treinta y pico de grados durante una semana más.

De pronto algo me golpea por detrás. Parpadeo sin saber qué ha ocurrido. Entonces lo comprendo: un idiota ha chocado conmigo. Salgo del coche para ver los daños sufridos.

El otro conductor, una mujer de edad avanzada cor el pelo blanco, sale lentamente de su Jaguar. Se acerca; mí con el labio inferior tembloroso y se echa a llorar.

—Lo siento. No era mi intención… Creía que iba seguir avanzando. Lo siento de veras. Créame, lo siento. —Está retorciéndose las manos, unas manos salpicadas de manchas por la edad y en las que las venas destacan con nitidez.

Me acuerdo de la última vez que vi a mi madre. Tenía los dedos torcidos y las venas se le marcaban visiblemente. Al cogerle la mano la sentí helada. Noto que la irritación crece en mi interior y arremeto contra la anciana gritándole:

—Jodida estúpida, ¿por qué no mira por dónde va? ¿Por qué no presta atención en lugar de perder el tiempo con la radio o tocarse ese ridículo pelo que tiene? Menos mal que no llevo al niño en el coche.

Me vuelvo airadamente y, como los coches que tenía delante ya se han marchado, me alejo. Miro temblando el retrovisor y veo a la anciana inclinada sobre su Jaguar. Me muerdo el labio. No sé por qué he perdido los nervios. No he sufrido realmente ningún daño en el parachoques y los arañazos se los ha llevado su coche, no el mío. Verla llorar me ha hecho sentir mal, pero por alguna razón también ha acentuado mi irritación y mis deseos de emprenderla contra ella. ¿Y por qué he dicho lo del niño, si no tengo ninguno?

Me estremezco. Quizá sea el calor. El calor y la humedad…

No puedo aparcar delante de la tienda de marcos, de modo que tengo que conformarme con un espacio que hay a cierta distancia. Paso calor durante el camino hasta la tienda; el asfalto está pegajoso y la fruta podrida de un árbol ha manchado la acera.

El tipo que hay detrás del mostrador apenas me mira cuando entro. Está hablando por teléfono, al parecer no con un cliente, a juzgar por lo bajo que habla. Espero uno, dos y hasta tres minutos. Finalmente, cuando ya llevo más de cinco minutos esperando, carraspeo.

—Tengo que dejarte. Llámame dentro de un minuto.

Pienso que nuestra transacción va a costamos más tiempo, pero no digo nada.

—¿Sí? —dice el dependiente acercándose a mí. Parece malhumorado y salta a la vista que piensa que su vida ha sufrido una interrupción por culpa de un cliente.

—Les llamé hace unos días, aunque me resultó dificilísimo hablar con ustedes. Su teléfono está siempre comunicando. —Le miro con gesto de irritación: ahora sé qué sucedía—. He traído este cuadro para que lo enmarquen. El hombre con el que hablé me dijo que sólo tardarían un par de días.

—Sí, ya, pero Dave no está ahora.

—¿Quién es Dave? —pregunto, desconcertada.

—El que enmarca los cuadros. No sé cuándo volverá.

—¿Puede decirme cuánto costará?

—Yo no me ocupo de los marcos.

Pues a ver si empiezas a ocuparte de algo, me entran ganas de decirle.

—¿No tienen una lista de precios o algo parecido?

—Sí.

Parece molestarle que yo espere que haga algo. Coge el cuadro y yo le doy una palmada en la mano.

—No toque el lienzo. Puede estropearse.

—Tengo las manos limpias.

—Da igual. Puede dejar marcas incluso si se las ha lavado con lejía.

Vuelve a cogerlo poniendo los dedos sobre el lienzo, y yo se lo arrebato. El lo agarra y raspa el pigmento con una uña, dejando una marca de un par de centímetros. Con todo el trabajo que me ha costado…

—¡Idiota! ¡Mire lo que ha hecho! —Mis ojos se llenan de lágrimas mientras protejo el cuadro con mis brazos—. Dígale a Dave o a quien sea que volveré dentro de unos días. Pero no para que me enmarque el cuadro, sino para quejarme de usted.

—Vayase a la mierda, señora. —Y cuando aún no ha terminado de darse media vuelta, ya ha extendido el brazo para coger el teléfono.

Salgo de la tienda dando un portazo y vuelvo al coche. Un papel con aspecto oficial se agita bajo el parabrisas. Es una multa.

Pero ¿por qué?

Miro en torno y veo la boca de incendio. Suelto un gemido. Ni siquiera me había fijado en ella. Cojo la multa y estoy a punto de romperla por la mitad. Tras meterla en el bolso, subo al coche y me quedo mirando el cuadro.

Puedo arreglar el desperfecto. No es para tanto, pero… me irrita. ¿Por qué ha sido tan imbécil el dependiente? ¿Por qué no me hizo caso? ¿Por qué Jack no me hacía caso? Saco la navaja suiza y paso la hoja por el pigmento levantado para intentar extenderlo un poco. Lo dejo peor que antes. De pronto odio al dependiente, odio lo que ha hecho y odio el cuadro. Atravieso el lienzo con la navaja y sonrío al ver cómo se desgarra. Lo acuchillo una y otra vez hasta hacerlo jirones, tras lo cual lo arrojo al asiento trasero.

El pelo me cae desordenado encima de la cara y lo aparto con ambas manos sin darme cuenta de que la navaja está abierta. Cuando la punta de la hoja me roza la sien, la suelto y cae al suelo. Entonces me paso la lengua por los labios. Los tengo secos.

Últimamente todo me resulta frustrante. Las pequeñeces no dejan de acumularse y me molestan. Basta con que alguien me hable en voz alta para que me eche a llorar o me enfade. Tengo que dominarme y recuperar la ecuanimidad. El problema es que no sé cómo hacerlo. No sé qué hacer para relajarme. Antes mi vida estaba perfectamente ordenada y ahora parece un caos absoluto. Voy en una montaña rusa imparable que no hace más que descender.

No pasa nada. Puedo pintar el cuadro de nuevo. Esta vez lo haré mejor. Todavía puedo conseguir que me paguen. Esto es lo importante.

Pongo en marcha el coche y me estremezco cuando amenaza con apagarse. Viendo que no hay tráfico por la calle, salgo suavemente del aparcamiento, pero en ese preciso instante un coche rojo de importación roza mi parachoques y hace sonar el claxon. El coche vira bruscamente y una adolescente me hace un gesto obsceno con un dedo.

Pero ¿qué demonios se ha pensado la jovencita? Si no se le veía cuando moví el coche…

Cuando me detengo en el aparcamiento de la oficina, me doy cuenta de que me tiemblan las manos. Recojo la navaja y la meto en el bolso. Al entrar en el edificio me golpea una ráfaga de aire acondicionado. Quizá ahora me refresque, pienso, y no sólo físicamente. Saludo a la gente de costumbre de las oficinas exteriores. La mayoría se limita a hacerme un gesto o mantener la cabeza gacha, y yo siento un hormigueo en la piel. ¿Qué sucede?

No bien acabo de sentarme a mi escritorio cuando suena el teléfono. Es mi jefe, que quiere verme. Consulto el reloj: he llegado sólo un minuto tarde. No es para tanto. Ya hemos hablado al respecto y, según me ha dicho, no le importa si llego unos minutos tarde, porque sabe que los recuperaré al final de la jornada.

Me aliso el pelo, me empolvo la nariz y voy lentamente por el pasillo hasta su oficina. La puerta está cerrada. Mientras espero, intento charlar con Vickie, su secretaria de pelo blanco, pero ella se excusa abruptamente y se va al aseo.

—Entra, Carol —dice Dick, asomando la cabeza por la puerta. Su tono no es jovial, sino simplemente educado.

Entro. El jefe de personal también se encuentra en el despacho, al igual que varios jefes de sección.

No hay ninguna silla para mí y nadie me mira. Permanezco de pie mientras Dick cierra la puerta. Rodea su escritorio y se sienta detrás de él. Luego coge un abrecartas que tiene la forma de una pequeña daga adornada con piedras preciosas. La expresión de su rostro es de severidad.

—Lo siento, Carol, pero no estamos contentos con tu trabajo.

Yo parpadeo sin dejar de mirarle.

—¿Que no estáis contentos? Pero si el mes pasado me disteis un aumento en mi revisión salarial del año.

—Lo sé, pero han surgido problemas.

—¿Por qué no me habéis dicho nada? Habría podido intentar mejorar o cambiar o yo qué sé. Todavía puedo hacer algo.

Procuro conservar la calma. No quiero dar la impresión de que estoy humillándome, pese a que eso estoy haciendo.

Dick acaricia el abrecartas, y yo deseo que se corte y que manche con su sangre sus valiosos informes de fin de mes.

—Lo siento, Carol, pero no estamos satisfechos con tu rendimiento. Durante el último año no has mostrado la mejora que esperábamos. No eres tan emprendedora como creíamos. Y luego está el tema de tus problemas personales. Ha afectado a tu trabajo y ha hecho impacto en tu rendimiento…

¿Que ha hecho «impacto»? ¿Mis problemas personales? El «tema» de Jack no me ha «hecho impacto», sino que me ha destrozado la vida. ¿Por qué ni siquiera puede hablar correctamente? Cuando todo comenzó, Dick me hizo pasar a su oficina y me dijo que lo sentía mucho, que todos se hacían cargo de la situación y que si de vez en cuando necesitaba uno o dos días libres lo comprenderían. Se mostró tan afectuoso, tan amable, tan… falso.

—… de modo que tendremos que prescindir de ti.

—¿Que prescindiréis de mí? —Por algún motivo no acabo de comprenderlo. Me doy cuenta de que se me han escapado otras cosas que ha dicho, pero no importa. Lo único que importa son sus últimas palabras.

Me paso la lengua por los labios y noto lo resecos que están. Tanto como mi garganta. Estoy seca, estoy secándome…

Dick carraspea.

—Al te llevará a tu despacho, donde podrás recoger las cosas de tu escritorio, y luego te acompañará a la salida.

—¿Eso es todo? ¿Ni siquiera voy a recibir un aviso? ¿No me vais a poner a prueba? ¿Vais a despedirme así, por las buenas? Me dijiste que os hacíais cargo de lo que estaba ocurriendo y que ibais a ser comprensivos. Me dijiste…

—Carol, dije que durante cierto tiempo no íbamos…

—Sé lo que dijiste, Dick, pero ¿por qué no me lo has hecho saber antes? Así habría podido esforzarme. ¿Por qué has esperado a soltármelo de sopetón? ¿Por qué?

Se pone a hablar de nuevo, pero sé lo que va a decir: que hace tiempo que no estamos contentos, que pensábamos esto, que esperábamos lo otro… Va a repetir como una cotorra todo lo que ha vomitado hace un momento, como si fuera una cinta magnetofónica.

—Tendrás que entregarnos tu llave.

Siento un impulso de coger el abrecartas con forma de daga y clavárselo en el corazón, si es que tiene. Me encantaría hacerlo. Me encantaría ver la sorpresa en sus ojos mientras trata de librarse de mí… Pero yo no se lo permitiría. Retorcería la daga en su pecho una y otra vez, hasta que la sangre saliera a borbotones, me empapase y dejase de estar tan seca.

Dick está observándome. Todos aguardan mi reacción, están esperando que llore y que suplique por mi puesto de trabajo. Pues ya pueden esperar. No pienso darles la satisfacción de verme llorar. Y no porque no tenga ganas, sino porque no me quedan lágrimas que derramar.

Aturdida, saco mi llavero de un tirón, desengancho la llave de mi despacho y se la arrojo a Dick. La llave le da de lleno en el pecho. Mis labios esbozan una sonrisa. Me tiemblan tanto los dedos que no puedo enganchar el resto de las llaves en la cadena, por lo que las lanzo dentro del bolso tal como están.

Doy media vuelta, salgo del despacho, paso rozando a Vickie, que ya ha regresado y, medio andando medio tambaleándome, llego a mi despacho. Sé que tengo la cara roja, puedo sentir el calor. Miro frenéticamente alrededor en busca de una caja de cartón para meter mis cosas. Noto que Al se ha acercado con disimulo a la puerta. Probablemente quiere asegurarse de que no robo el escritorio o la silla. Qué ridiculez. He sido una empleada de confianza y ahora tengo que soportar esta… humillación, esta indignidad.

Al cabo de un momento entra Nora, de contabilidad, con una caja de cartón para ordenadores. Está profundamente apenada; se nota que está muy incómoda. Musita que lo siente, deja la caja sobre el escritorio y se retira.

Abro bruscamente los cajones del escritorio y vacío su contenido dentro de la caja. Silenciosamente y en actitud desafiante invito a Al a que me diga si me estoy llevando algo que no es mío. Cojo mi jarra de café, la dejo con el resto de las cosas y luego pongo el bolso encima de todo. Agarro la caja y paso a su lado rozándole.

—Lo siento… —balbucea.

—Sí, seguro.

Recorro el edificio, consciente de que todo el mundo me mira y de que Al me sigue. ¿Qué temen? ¿Creen que voy a destrozar algo antes de salir? ¿O que voy a meterme furtivamente en el despacho de alguien? Qué ridiculez. Aunque no debería extrañarme; esta empresa siempre ha sido ridícula.

Al me abre la puerta y salgo sin darle las gracias. Voy con dificultad hasta el coche, abro el maletero y dejo caer la caja en su interior. Cierro la puerta de golpe. Lo abro de nuevo para coger el bolso y vuelvo a cerrarlo de golpe. Subo al coche, me siento y clavo la mirada en el edificio.

Veo caras en alguna que otra ventana y me pregunto si Dick estará mirando. El bueno de Dick. El cabrón de Dick. Así le llamábamos a sus espaldas. ¿Cuánto habrá llegado a sus oídos de todo esto?, me pregunto. Si tardo en marcharme, ¿llamará a la policía y me acusará de algo? La idea me resulta casi divertida. Una parte de mí quiere quedarse y averiguar qué haría; sin embargo, otra parte quiere poner en marcha el coche, pisar el acelerador y estamparlo contra el edificio. Sonrío, imaginándome los miles de añicos en que se convertiría la fachada de cristal si fuera atravesada por un coche y el satisfactorio estropicio que haría al chocar contra el escritorio de la recepcionista. Pienso en los papeles que volarían, las voces alarmadas que se oirían y los fragmentos de cristal y madera que saldrían despedidos por todas partes.

Fragmentos… Como mi vida. Mi vida está hecha pedazos. Ahora puedo notar las lágrimas, noto su calidez en mis mejillas, descendiendo, y golpeo el volante con el puño una y otra vez hasta magullarme la mano. Trato de enjugarme las lágrimas y con los ojos empañados veo que alguien está entrando en el aparcamiento. Mandan a la Gestapo, me digo. No pienso darles la satisfacción de verme llorar. Me seco las lágrimas y el sudor de la cara con un pañuelo de papel y sonrío.

Quienquiera que fuese ha regresado al interior del edificio. Ahora no hay nadie mirando. Son una pandilla de arañas. Me han chupado hasta dejarme seca y me han dado la patada, igual que harán con las otras personas que hay en el edificio.

Meto el freno de mano de golpe, cojo la navaja suiza y voy corriendo al aparcamiento de Dick. Saco la hoja más grande y la clavo en un neumático. No ocurre nada. Vuelvo a intentarlo y miro con nerviosismo a la puerta. No tardará en salir alguien, así que debo darme prisa. El maldito neumático lleva demasiado tiempo. Me levanto, miro el interior del Continental y sonrío. Abro la puerta y paso la mano por encima del asiento, que es de cuero de calidad. Hinco el cuchillo y le hago una raja larga que me llena de satisfacción. Luego regreso a mi coche.

Me detengo antes de salir y me pregunto adonde ir. ¿A casa? ¿Para hacer qué? ¿Para quedarme sentada con la mirada clavada en el televisor y pensar en lo desdichada que es mi vida y en cuánto odio todo y a todos en este momento?

No, más vale que no vaya a casa.

Puedo dar un paseo. Es posible que así me calme. Enciendo la radio y hago una mueca de disgusto al oír los chasquidos que acompañan a la música. Sí, también hay que reparar la radio. Salgo a la calle y estoy a punto de chocar de refilón con un trailer de A&P. No me importa. Ya pueden aplastarme. De ese modo resultará menos caro, pienso amargamente.

No tengo marido, ni trabajo, ni dinero.

¿Cómo demonios voy a pagar la hipoteca? ¿Cómo se supone que voy a pagar la comida? Por lo menos el viejo sedán ya está pagado, de modo que no me lo quitarán por impago. Al menos eso creo.

Conduzco a la deriva. Entro en el centro comercial de A&P y rodeo el aparcamiento preguntándome si debería entrar en una tienda aunque sólo sea por hacer algo, pero luego pienso que lo único que conseguiré al ver todas las cosas que se pueden comprar allí es acordarme del poco dinero que tengo.

Me dirijo al centro y paso lentamente por delante de una tienda de vídeos, una pizzería y un restaurante chino. Hace meses que no como fuera de casa. Es demasiado caro. Siempre me ha gustado comer en restaurantes chinos.

Luego paso de nuevo por delante de la tienda de marcos. Me detengo y contemplo la tienda de bebidas alcohólicas. Podría comprar alguna cosa. Vino, sangría o un paquete de cervezas, da igual. Pero no me apetece beber y eso me irrita. En este momento me gustaría estar borracha perdida.

A fin de cuentas, quizá no sea tan malo que me despidan. Puede que me proporcione una oportunidad para concentrarme en mis cuadros. Ahora dispondré de más tiempo para pintar. Puedo poner mi tarjeta en todos los tablones de anuncios de la ciudad. También puedo llamar a algunos de mis contactos y preguntarles si necesitan material gráfico para anuncios o algo parecido. Tengo salidas; hay cosas que puedo hacer. La situación aún no es desesperada. No puedo rendirme. Todavía no. La cáscara todavía conserva algo de vida en su interior.

Decido irme y espero a que el semáforo cambie y el vehículo que tengo delante se ponga en marcha. Otro más, pienso, y me muerdo el labio inferior.

La mujer tiene una bonita camioneta nueva de color plateado llena de adolescentes. La mujer, que no deja de volver la cabeza para hacer comentarios, parece haberse olvidado de que está obstruyendo el tráfico, aunque tal vez le da igual. Aguardo, y justo cuando voy a tocar la bocina, la mujer baja de la camioneta y, mirando para asegurarse de que nadie la ve, arroja disimuladamente una lata de refresco bajo uno de los arbustos de la acera. Luego vuelve a subir a la camioneta y tuerce hacia la derecha.

Pero ¿qué demonios significa esto?, me pregunto. ¿Acaso no puede tener una lata chafada en su preciosa camioneta? Su flamante camioneta, que cuesta casi treinta mil dólares y probablemente tenga una radio en buen estado y no se caliente al encender el aire acondicionado…

Me muerdo el labio inferior con más fuerza y la herida me sangra más.

Me pongo a seguir a la camioneta, la cual dobla hacia la izquierda por Ryerson.

La camioneta recorre aproximadamente un kilómetro y medio por Ryerson; yo me mantengo a la zaga, a veces discretamente, otras no tanto. Me da igual si la mujer me ve y descubre que la estoy siguiendo. Me da igual. Esa jodida mujer tiene mucho dinero y nada mejor que hacer con su vida que transportar chicos de un lado a otro. Seguramente no tiene que preocuparse de que vayan a cortarle el teléfono o no tenga trabajo ni dinero para pagar una hipoteca, comprar la comida o hacer algo digno en la vida. Seguro que esa jodida mujer no ha sentido en su interior un impulso creativo en toda su insípida vida de vecina de barrio residencial y no es capaz de distinguir un óleo de una acuarela. ¿Qué demonios está haciendo con una vida tan bonita y agradable si no se la merece?

La camioneta ha entrado ahora en Main Street y yo la sigo. Se detiene en Maple y uno de los chicos baja y se despide. Otro conductor hace sonar el claxon. Yo lo imito. La camioneta se pone de nuevo en marcha y vuelve a detenerse media manzana más adelante, donde se baja otro chico.

Pero ¿cómo? ¿El chico no puede recorrer a pie ni siquiera media manzana?, me pregunto incrédulamente, sin reparar en la sangre que me gotea por la barbilla.

La camioneta vuelve a detenerse, esta vez delante de Quick Check. La mujer baja y entra rápidamente. Yo aparco a una fila de distancia y me quedo observando. Al cabo de un rato la mujer regresa con una pequeña bolsa en las manos. Lanza una breve mirada a mi vehículo.

La muy jodida lo sabe, pienso. Entonces sonrío.

La camioneta se pone nuevamente en marcha y yo la sigo. Pasa por delante del club de campo; avanzo detrás de ella. Ha recorrido toda la ciudad, subiendo y bajando por las calles como un insecto que intenta escapar de la telaraña.

Sonrío.

Ya no soy la cáscara, ya no soy la desventurada víctima de la telaraña, pienso. Ahora soy la araña. Ya no pienso que voy a ser atrapada por un arácnido humano. Ahora soy yo la espantosa criatura de ocho patas que se desliza por los hilos de la tela para eliminar estas moscas, estos seres despreciables que inundan el mundo. Sí, eso es.

Estoy hecha toda una depredadora. Busco mis presas… Las débiles presas que viven en los barrios residenciales de la ciudad. Me miro en el retrovisor con una sonrisa en los labios y me sorprendo al ver el hilillo de sangre. Me lo limpio con la lengua y me concentro en conducir. Pongo cuidado en encender el intermitente con la antelación suficiente y en conducir a la debida distancia del coche que tengo delante. No quiero que me detenga la policía. Aun así me pregunto qué ocurriría si incordiara a la camioneta un poco, sólo un poco, si le diera un golpe y le hiciera adelantar unos centímetros, o todo un metro, o si chocara a toda velocidad contra su parte trasera…

¡Quiero ver una mirada de terror en los ojos de mi presa!

La mujer se detiene delante de otra casa. Ésta es realmente lujosa; me pregunto si será suya. No, no lo es, puesto que reanuda la marcha. Parece que la mosca va algo más rápido que antes. ¿Se siente inquieta? Bien… que se pregunte qué sucede. Que se preocupe como siempre tengo que preocuparme yo.

Consulto mi reloj: llevo más de una hora siguiendo a la mujer. Mi sonrisa se ensancha.

Estoy persiguiendo a esa mujer, a esa criatura estúpida que dispone de todo el tiempo del mundo y no sabe qué es pintar un paisaje exquisito, ni qué significa que te abandone un marido al que amas por una mujer del montón que trabaja en su oficina, una mujer que ni está secándose antes de tiempo ni sabe nada sobre la vida.

La vida… Sí, ésta es la vida de verdad.

Ahora esbozo una sonrisa tan amplia que parece que la cara va a estallarme. Me paso la lengua por los labios y me quito el sudor de la frente.

Ojalá tuviera una pistola. Una buena pistola que sacar de la guantera. Puedo oler su grasa y notar su fría y metálica dureza. Acariciaría el cañón, miraría la recámara y luego la levantaría a la altura del parabrisas y apretaría el gatillo… La ruptura del cristal, el sonido de la bala al atravesar el metal, el impacto del plomo al alcanzar a la mujer, el grito de ella, la sangre y… La sangre… Toda la sangre de las desventuradas víctimas que va a ser chupada… Sangre…

Noto algo con sabor a cobre en mis labios. Es sangre. Parpadeo y lanzo una mirada a la camioneta y al reloj del tablero de mandos. Ha pasado otra hora y no sé ni dónde he estado ni cómo he conducido. No me acuerdo de nada. Desde que pensé en la pistola no me acuerdo de nada. Me seco el sudor de la barbilla y me mancho la mano de rojo.

Estamos de nuevo en Maple, por lo que veo. Frunzo el entrecejo. ¿Es la misma camioneta? ¿No era plateada la de aquella mujer? Esta es de color gris azulado. No es la misma. ¿O sí lo es? Quizá se trate de un efecto visual. Quizá la camioneta sea en realidad más azul de lo que pensaba.

Quizá. O quizá ésta es una camioneta totalmente distinta. ¿Cuánto tiempo llevo siguiéndola? ¿Cuánto llevo pensando que se trata de la misma camioneta?

Horas… horas que ya han transcurrido, horas de mi vida que han huido. He estado desperdiciando horas de mi vida. Las lágrimas me abrasan los ojos y trago saliva ruidosamente.

¿Qué me sucede? Cuando creía que lo llevaba bien, voy y hago esta… esta estupidez. Me froto los ojos para secarme las lágrimas y me alejo de la camioneta. He de ir a casa. Estoy desmoronándome y tengo miedo.

Llego a la señal de ceda el paso y me detengo. Echo un vistazo al retrovisor y veo que un coche rojo de importación se detiene detrás de mí. Cuando por fin dejan de pasar coches, me pongo en marcha.

No quiero seguir pensando en arañas, telarañas y presas.

Iré a casa y me bañaré. Mejor dicho me ducharé, que entona más, e incluso me lavaré el pelo. Luego me pondré ropa limpia, me sentaré a la mesa del comedor con un bolígrafo y un bloc de notas y haré una lista de las opciones que tengo. Puedo solicitar el seguro de paro, obtener bonos alimenticios, pedir dinero a mi madre, apuntarme a uno de esos cursos que se organizan para mujeres en la estacada… No sé, hay un montón de cosas que puedo hacer en lugar de revolcarme en la autocompasión.

Dejo Maple y giro por Main Street. El coche rojo continúa detrás de mí. No conduce ni demasiado rápido ni demasiado despacio y tengo la impresión de que el conductor está observándome.

Giro por Ryerson. El coche rojo me sigue. Entro en el aparcamiento de A&P. El coche rojo no me abandona. Hago un esfuerzo por no mirar al espejo y no pensar en el otro coche y pongo dirección a casa. Pero cuando enfilo el camino de entrada, miro al espejo y veo que el coche rojo sigue detrás de mí y está frenando.

Salgo del coche y, justo cuando entro en casa, oigo el ruido seco de una portezuela de coche.

Jack tenía una pistola, pero se la llevó. Da igual. Tengo otras cosas en casa, en mi guarida: un cuchillo, un martillo… Qué más da. Sé utilizarlas.

Suena el timbre. Me quedo en el vestíbulo, inmóvil. Llaman de nuevo al timbre y a continuación a la puerta. Paciencia.

La puerta no está cerrada con llave. Tarde o temprano intentará abrirla.

Vamos, entra en mi salón.

Kathryn Ptacek ha publicado dieciocho novelas y preparado la edición de tres antologías de relatos. Sus cuentos han aparecido en numerosas revistas y antologías. También escribe reseñas para Cemetery Dance y Dead of Night y es miembro de las asociaciones Horror Writers Association, Sisters in Crime y Mystery Writers of America. Aparte de trabajar como maquetadora en el New Jersey Herald, es la editora y directora de The Gila Queen’s Guide to Markets, una hoja informativa para escritores y artistas, y redacta informes para la Horrors Writers Association y la revista Horror Magazine. Colecciona teteras y bigotes de gato.

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