EL CIELO DEL FRIGORÍFICO

DAVID J. SCHOW

La luz es beatífica, más que hermosa. Garrett ve la luz y deja que el sobrecogimiento le embargue lentamente.

Garrett no puede evitar ver la luz. Sus párpados están herméticamente cerrados y las lágrimas brotan dolorosamente por las comisuras de ambos ojos. La luz busca las comisuras y penetra por ellas. Es de un blanco tan cegador que destruye la imagen que tiene Garrett del fino entramado de venas que le ofrece el interior de sus inadecuados párpados.

Trata de medir el tiempo siguiendo los latidos del corazón. Es inútil.

La luz siempre ha estado con él, al parecer. Es eterna, omnipotente. Garrett contiene la respiración, pero no por dolor o al menos no por un dolor real. Al fin y al cabo, la luz es una fuerza superior y a ella debe su asombro. Es tan superior a él, tan intensa que puede oírla acariciando su piel, buscando sus lugares secretos, sus órganos, sus pensamientos, iluminando cada hendidura y surco de su cerebro.

Garrett se cubre los ojos cerrados con las manos y se maravilla de que la luz se muestre indiferente y no le dé cuartel. Garrett se siente absurdo; la luz, cree, es inequívoca y pura.

Garrett ha observado la luz con detenimiento y ha formulado una nueva definición de Dios. Se siente honrado de que, entre los mortales, se le haya permitido tener este vislumbre de lo divino. Su mente capta la luz como algo caliente y sin embargo él no siente el previsto abrasamiento en su piel. Es tan pura, tan total…

En esta vida absurda y mortal jamás ha sido testigo de un espectáculo como éste.

Al final la luz resulta excesiva. Garrett tiene que apartar la vista, pero no puede. Dondequiera que vuelva la cabeza, la luz está ahí, purificando cuentas pendientes, culpas, debilidades humanas y errores del pasado, así como los conceptos equivocados del futuro. La luz ha entrado en la cabeza, de Garrett para siempre.

Busca palabras que ofrendar a la luz y sólo encuentra conceptos humanos limitados, como el amor.

Una mujer está en la cama con su marido. Descansan después de hacer el amor y la mujer tiene los ojos entornados y azules en la penumbra, con ese brillo único, ese centelleo en los ojos que le dice al hombre que él es todo lo que ella ve o desea ver en ese momento.

Ella le dice que le quiere. Innecesariamente. Sin embargo, las palabras pronunciadas en la oscuridad le producen un regocijo espiritual. A continuación le toca la nariz con la punta del dedo y la baja lentamente. Te quiero a ti.

Él lo sabe.

Está a punto de responderle algo, aunque sólo sea para no abandonarla en el cálido silencio poscoital, para no dejarla sola con sus palabras de amor. Intenta pensar en algo sexy, ingenioso y verdaderamente cariñoso para demostrarle que la quiere.

Está boca arriba y tiene una pierna de ella, cálida y húmeda, alrededor de una de las suyas. Eres mío, dice el enlazamiento. Tú eres lo que yo quiero.

El hombre sigue esforzándose por encontrar unas palabras que no acuden a su mente. Ha perdido su oportunidad. Si no se aprovecha ese momento, otras fuerzas surgen precipitadamente para llenar ese vacío que debería haber ocupado uno, y rara vez tiene uno control o elección.

Más tarde el hombre piensa que si hubiera hablado no habría ocurrido nada malo.

Se oyen unos fuertes ruidos. Y de pronto su esposa está gritando y él está boca abajo con la mejilla aplastada contra la alfombra. Su esposa está haciendo preguntas a voz en grito que no serán contestadas en esta vida.

El hombre tiene las manos esposadas en la espalda. Le levantan tirando de las esposas, desnudo, al tiempo que se encienden las luces de la habitación.

Tuerce bruscamente la cabeza, trata de ver algo. Uno de sus captores le propina un bofetón. La imagen que acierta a ver es la de su esposa, también desnuda, cogida por la garganta contra la pared del dormitorio por un hombre vestido con un ceñido traje de oficina. Con la mano libre sostiene una automática a un par de centímetros de su nariz mientras le dice que se calle si sabe lo que le conviene.

Es como una mala película de gángsters, piensa él.

Todo esto lo ve en una décima de segundo. Luego oye un disparo y cae nuevamente al suelo, notando la sangre fresca que brota de una ceja abierta.

Le atan los tobillos con unas cintas corredizas de vinilo como las que utiliza la policía. Luego lo levantan a pulso, con el pene colgando, y lo sacan del dormitorio como un asado en un espetón.

Hace un esfuerzo por ver a su esposa antes de que sus captores se lo lleven. Verla por última vez se convierte en el imperativo más importante de su vida.

En el último momento dice que la quiere. No tiene manera de saber si ella le ha oído. No ha podido verla al pronunciar las palabras. Al final las palabras le han salido con facilidad.

Jamás volverá a ver a su esposa.

Donnelly observó la caja con expresión divertida y ladeando la cabeza. Dio una larga calada a su pitillo, formando medio centímetro de ceniza, y luego se encogió de hombros de la misma manera que lo hace un comediante cuando sabe que acaba de decir algo desternillante y el público es demasiado estúpido para comprenderlo.

—¿Y qué ha hecho este tipo? —preguntó con un artificial tono de ligereza.

—Es materia reservada. No es asunto tuyo —respondió Cambreaux—. Ésa es una pregunta estúpida, Chester. No hace falta que te lo diga.

—Era sólo una prueba —dijo Donnelly—. Tengo que hacer preguntas sorpresa a los sabelotodos como tú para tener la seguridad de que no haya filtraciones. Vamos, dime, ¿qué ha hecho?

—Es un periodista, según tengo entendido. Estaba en el lugar equivocado en el momento oportuno con una cámara y una grabadora. No hemos podido encontrar ninguna de las dos cosas. Han dado orden de que lo registren.

—Muy gracioso.

—Me refiero a poner sus datos en el registro. —Cambreaux se tragó dos aspirinas bañadas en codeína con aspecto de pastillas de chocolate—. ¿Alguna pregunta más?

—¿Qué ha visto? ¿Qué ha oído?

—Permíteme una pregunta: ¿quieres conservar tu trabajo? ¿Quieres que yo pierda el mío?

—Eso son dos preguntas. —Donnelly estaba divirtiéndose.

—Tú también has hecho dos preguntas antes.

—Sí, pero tus respuestas son más interesantes. ¿Quieres un cigarrillo?

—No. —Cambreaux tenía ganas de fumarse un pitillo, pero pensaba que se trataba de un hábito sobre el que debía ejercer más control. En aquella pequeña y segura habitación no se podía hacer absolutamente nada con las manos y le estaba agradecido a Donnelly por la compañía que le estaba haciendo durante aquel turno—. Lo encerraron en una celda cuatro días, lo mínimo para obligarle a desembuchar. Ni llamadas de teléfono, ni nada de nada. Luego vinieron los de Relaciones Humanas para darle una paliza. Pero como seguía sin hablar, tuvieron que recurrir a uno de esos tubos de lona llenos de limaduras de hierro.

—Mmm… —Donnelly acabó su cigarrillo y buscó un cenicero con la mirada. Al final aplastó la colilla con la suela del zapato—. El tubo no te deja marcas excepto uno o dos moratones, pero tus órganos acaban hechos puré.

—Exacto. También utilizaron la guía telefónica.

—Y él se lo leyó y dijo: «Tiene muchos personajes interesantes, pero el argumento es malísimo».

—Oye, tú tienes un millón de libros y son todos una mierda.

—Gracias. —Donnelly se dio unas palmaditas para buscar otro cigarrillo. Era un hábito que había jurado abandonar. El de darse palmaditas, no el de fumar—. ¿Y luego qué?

—Pues luego pidieron ayuda médica y probaron a darle pentotal sódico, pero no sirvió de nada. Luego le dieron psicotrópicos y le hicieron un electroshock, pero tampoco consiguieron nada. Así que en éstas estamos.

Donnelly miró dos veces. En efecto, lo que había encima de la consola de Cambreaux era un reloj temporizador de cocina. Su esposa tenía uno igual, con la esfera redonda y programable para un tiempo máximo de sesenta minutos. Ella lo utilizaba para tener el café al fuego el tiempo exacto. Con cosas como el café era muy quisquillosa. Donnelly señaló el temporizador y luego la caja grande.

—¿Vas a cocerlo ahí dentro?

—Sí, aún le falta un poco.

La caja medía un metro cuadrado aproximadamente y parecía un frigorífico industrial. Estaba pintado con esmalte blanco, reforzado con acero y no tenía ningún rasgo distintivo excepto un escotillón atornillado como los que él había visto durante una visita a un portaaviones. Unos gruesos cables de 220 voltios se extendían como serpientes desde el aparato hasta la consola de Cambreaux.

—Te han engañado —dijo Donnelly—. No tiene congelador.

Cambreaux hizo la mueca que solía hacer cuando Donnelly bromeaba. Este observó, no por primera vez, que la cabeza de Cambreaux era perfectamente redonda; tenía forma de luna y una medialuna de pelo le caía sobre las cejas; usaba unas gafas redondas de científico chiflado con puntitos azules y dorados en la montura.

—¿Gafas nuevas?

—Sí, las otras me quedaban demasiado justas. Eran un tormento. Me daban dolor de cabeza, aquí… —Se señaló las sienes—. Un jodido tormento. Oye, si alguna vez tienes que sonsacarme información, no tienes más que obligarme a que me ponga mis viejas gafas y mataré a mis hijos por ti.

Donnelly rodeó la caja.

—¿Y cómo se llama?

—Frigorífico. ¿Cómo quieres que se llame?

—¿Periodista tal vez? Es curioso… La mayoría de la gente que trabaja en la prensa no tiene el valor ni el esperma suficiente para un maratón de este tipo.

—Si hubiera hablado no estaría ahí.

—Ya.

—¿Qué estás mirando, Chester?

—Me encanta mirar a las personas que disfrutan con su trabajo.

Cambreaux le hizo un gesto obsceno con el dedo corazón.

—¿Vas a quedarte ahí admirándome toda la tarde o crees que podré convencerte para que pongas otra cafetera?

En aquel momento el temporizador de Cambreaux empezó a sonar.

—Quería ver qué ocurre cuando nuestro periodista ya está adobado del todo —dijo Donnelly.

—Esto es lo que ocurre.

Cambreaux cogió el temporizador y lo programó para sesenta minutos más.

Donnelly lo miró de soslayo.

—Por Dios… ¿Cuánto tiempo llevas aquí hoy?

—Seis horas. El máximo que se permite en el nuevo reglamento es de ocho horas.

—Ya… ¿Leche y azúcar?

—Un poco de cada. La leche justa para manchar el café.

—Empiezas a parecerte a tu mujer.

—Como me metas mano, te pego un tiro en los huevos.

—Probablemente se trate de una pregunta estúpida… —empezó Donnelly.

—Seguro, viniendo de ti.

—… pero ¿puedo traerle algo a nuestro amigo el periodista?

Cambreaux se apartó de la consola y el ruido de las ruedecillas de su silla resonó con fuerza en la habitación, como el insidioso tictac del temporizador. Se metió los dedos bajo las gafas y se frotó los ojos hasta dejarlos enrojecidos.

—¿He dicho que este tipo es periodista? Pues bórralo. Era periodista. Cuando salga del frigorífico, no necesitará nada excepto tal vez una celda acolchada en un psiquiátrico o un féretro.

Donnelly seguía con la mirada clavada en el frigorífico. Era tan extraño… Parecía una anomalía de la que uno no puede apartar los ojos.

—¿Y si le traigo una inyección de ese cianuro tan estupendo que suministra el gobierno?

—Todavía no —dijo Cambreaux, tocando el temporizador como si buscara inspiración y tomando a continuación una nota en un cuaderno de color gris—. Todavía no, amigo mío.

El tiempo transcurrido ha dejado de tener significado, y esto es bueno para Garrett.

Es un alivio. Ha sido liberado de las antiguas fronteras y las trivialidades de lo cotidiano. Aquí no hay día ni noche, ni tiempo. Ha sido liberado. La aportación elemental y las limitaciones de la forma física se han convertido en sus únicas realidades. Una vez había leído que el siguiente paso en la evolución humana podría ser una inteligencia sin forma, eterna, casi cósmica, imperecedera, inmortal, trascendente…

Si la luz había sido Dios, entonces el frío era el Sueño. Nuevas normas, nuevas deidades…

Está hecho un ovillo, en posición fetal, como un animal apaleado, temblando de forma incontrolada mientras su mente iluminada trata de resolver el problema que supone venerar a su último dios.

Nota que sus huesos están fríos y que sus manos y pies se encuentran lejos y han perdido sensibilidad. La respiración es un cuchillo de hielo que penetra en sus pulmones. Traga aire y reza para que su descarnado esófago pueda proporcionar al aire un poquitín de calor metabólico antes de desaparecer despiadadamente en el tejido de los pulmones.

Sigue siendo un simple mortal.

Sabe que el frío no le va a robar más que unos pocos grados críticos a su calor corporal. El frío no va a matarle; está poniéndolo a prueba, invitándolo a descubrir hasta qué extremo es capaz de resistir. Matar a Garrett sería no sólo demasiado fácil, sino también inútil. Él no ha sobrevivido a la luz sólo para morir de frío. El frío se interesa por él, al igual que lo ha hecho la luz, como se dice que un dios indiferente se interesa por el rebaño, que sufre mutilaciones, suplicios y muertes sólo para profesar una renovada fe.

El frío muestra una intimidad que va más allá de su simple carne.

Los dedos de pies y manos son ahora remotos afluentes de un sentimiento olvidado. Garrett se acurruca primero sobre su lado derecho y luego sobre el izquierdo para dejar que sus pulmones descansen por turnos y suavizar la carga de trabajo del frío dolor reduciéndola a fragmentos procesables.

Deja que el gélido ambiente fluya por los insatisfactorios muros de su piel en lugar de chocar contra ellos. Piensa en el árbol talado del bosque. Él está aquí para que el frío tenga un propósito. Él es la prueba del sonido en el bosque silencioso y aislado por la nieve; el aire gélido lo necesitaba tanto como él lo necesitaba a él para verificar su propia existencia.

Acurrucado, por tanto, y temblando, todavía desnudo, con la sangre espesa y avanzando lentamente por unas venas que no se han deshelado, Garrett permite que el frío se apodere de él y acoge su naturaleza atrevida, su descaro.

Luego cierra los ojos. Se siente lleno de felicidad. Sonriendo, con los dientes apretados, duerme.

Sobre la sucia mesilla, delante de Alvarado, había varios objetos de interés: una botella de whisky Laphroiag, una cámara grande, una pistola pequeña de cañón corto y una carta sin abrir.

La cámara tenía dispositivo de autoenfoque, bobina de alta velocidad con silenciador y una película de 1600 ASA que hacía innecesario el uso de flash. Había hecho veintiún fotografías en pocos segundos. El Laphroiag era muy suave y ya estaba medio acabado. La pistola era una Bulldog Charter Arms de calibre 44 y todavía tenía todas las balas en el cargador.

Cada vez que el edificio hacía un pequeño ruido nocturno en torno a él, Alvarado se ponía tenso y la expectación hacía que su corazón se echara a palpitar. Cada segundo que pasaba era un segundo ganado… Sin embargo, el siguiente podía ser el último.

Había ido en coche hasta el valle de San Francisco para echar al correo sus paquetes, que ya llevaban la dirección y contenían las copias de sus valiosas cintas y fotografías. Ahora tenía las espaldas cubiertas, las pruebas de que disponía eran condenatorias y la única razón que se le ocurría para permanecer en su piso era que él también se sentía condenado. No sabía muy bien por qué, pero se sentía sucio.

Dentro de la cámara tenía nuevas pruebas. Era material sin pulir, un material más tóxico, más peligroso y de mayor calidad que serviría para que sus argumentos resultaran aún más convincentes. Alvarado levantó el sobre y leyó la dirección por enésima vez. Era el recibo de la televisión por cable de Garrett, su vecino de al lado. En una ocasión los dioses que se encargan de las listas de correos computerizados habían sufrido un pequeño problema y habían confundido sus números. En lugar de solucionar el inconveniente haciendo infructuosas llamadas telefónicas, Alvarado y Garrett llevaban casi un año intercambiándose el correo; cuando alguno de los dos no se encontraba en casa, el otro lo metía por debajo de su puerta. Los dos viajaban mucho y el problema del correo se había convertido para los dos en una broma de la que reírse al volver a casa.

Garrett trabajaba para una editorial. Recorría su zona con un catálogo de novedades y las ofrecía en todas las tiendas. Alvarado había formado parte de la plantilla del Los Angeles Times hasta que le echaron debido a un recorte coyuntural y, posteriormente, a una parada en la contratación que achacaron a la última recesión. Ahora se las arreglaba trabajando como autónomo mientras esperaba a que la suerte le sonriera de nuevo. Se había ganado la vida profesionalmente lo suficiente para creer en los ritmos laborales kármicos. El trabajo de autónomo le había permitido conocer lugares nuevos de características muy singulares: periódicos alternativos, prensa amarilla, revistas de música pop… También le había permitido dedicarse al periodismo de investigación, aunque a éste se había dedicado por iniciativa propia.

Ahora, si sus aliados, los que le estaban apoyando, utilizaban de forma apropiada las copias de las fotos y las cintas que en aquel momento se hallaban sanas y salvas en manos del servicio de correos, Alvarado volvería inmediatamente a estar en el candelero. La espera no era lo peor, aunque durante los últimos días le había hecho vivir en una espantosa incertidumbre.

A veces los periodistas eran asesinados por un reportaje. Esto ocurría, aunque el público rara vez llegaba a enterarse de ello. De ahí que Alvarado hubiera organizado su elaborada red de apoyos para cubrirse las espaldas.

Había ocurrido hacía cuatro o cinco días. Pongamos una semana. Su horario y sus horas de sueño habían quedado totalmente alteradas por necesidades de combate. Pues bien, una semana antes había oído un alboroto por la noche. Todavía no había copiado y echado al correo las fotos y las cintas condenatorias. Se despertó de la siesta que estaba echándose en el sofá en un instante de silencio, completamente despabilado. En un primer momento pensó que el tumulto era simplemente un problema doméstico… Serían Garrett y su esposa o amiga, que se habrían enzarzado a altas horas de la noche en una de esas discusiones pasajeras que a veces tienen los enamorados.

Alvarado había descodificado mentalmente los ruidos que estaba oyendo. No se trataba de una riña. Recordaba haber cogido la cámara y salido al balcón. Tras un momento de duda, había pasado al balcón de Garrett, contiguo al suyo, y comprendido inmediatamente que dentro del piso estaba ocurriendo algo espantoso.

Fue testigo de la mayor parte de lo que ocurría por el visor de su cámara, enfocando el resquicio de luz que dejaban las cortinas de la puerta corredera de su vecino. Vio a Garrett desnudo, atado y maltratado con eficiencia y rapidez por una pandilla de matones ataviados con los mejores trajes de JC Penney, la clase de trajes que se lavan fácilmente y no hace falta planchar. La esposa o novia de Garrett, que también se encontraba desnuda, estaba siendo objeto de abusos y amenazas al otro lado de la habitación. Los hombres se movían como si tuvieran un propósito.

Cuando hubo tomado las veintiún fotografías, su vecino fue sacado de la casa, desapareció, como un secuestrado, y él fue al buzón por un asunto anterior, pero no menos espantoso. Tenía que proteger su propio futuro.

Ahora Alvarado estaba sentado con los ojos clavados en el recibo de la televisión por cable que habían remitido a la dirección de Garrett. Lo habían echado a su buzón. Y Garrett había recibido una visita a altas horas de la noche que en realidad debería haber recibido él.

Venían por mí. Alvarado lo sabía.

Había sido una coincidencia providencial que le había proporcionado el tiempo necesario para poner su material a salvo. Garrett había liado el petate, y quizá por eso él estaba todavía vivito y coleando.

Así, por las buenas, su vida se había convertido en una mala película de cine negro. Allí estaba, bebiendo, acariciando su pistola y fantaseando sobre el inevitable enfrentamiento. Pim, pam, pum, y todos aparecerían en los periódicos cubiertos de gloria, pero después de muertos y a condición de que los malos acertaran con la dirección esta vez.

Si la luz era Dios y el frío Sueño, entonces el sonido era Amor.

Garrett llega a la conclusión de que le están acendrando y templando como a un metal para un fin muy especial, un cometido o un destino señalado. Se siente orgulloso y realizado. No es posible que el fin carezca de importancia si está siendo el beneficiario de tantas revelaciones, de manera que presta atención a las lecciones que el sonido le imparte.

Es el atento diosecillo durante el período de preparación. Las situaciones extremas que está soportando son los indicadores de su propia evolución. Comenzó siendo un hombre normal. Ahora está convirtiéndose en algo más.

Es algo estimulante.

Aguarda con impaciencia la llegada del Calor, el Silencio y la Oscuridad y lo que necesite a continuación.

—¿Quieres oír algo divertido? —preguntó Cambreaux.

Donnelly tuvo la sensación de que aquello no iba a hacerle gracia.

—Soy yo quien cuenta los chistes en este retrete.

—Sí, pero no son tan desternillantes como éste: Conserjería ha recogido a nuestro periodista a las tres de la madrugada. Llevamos una semana con la persona equivocada en el frigorífico.

Donnelly no rió. Nunca reía cuando tenía la sensación de que el estómago se le hundía como si fuera un ascensor en caída libre que se llevaba por delante sus huevos camino del infierno.

—¿Me estás diciendo que este tipo es inocente?

En el estilo de Cambreaux no cabían ni la timidez ni las respuestas agudas:

—Yo no diría eso.

—Todo el mundo es culpable de algo, ¿eso quieres decir?

—No. Lo que quiero decir es que nuestro amigo no es inocente. Ya no.

Los dos miraron el frigorífico. Dentro había un hombre que había sido sometido a padecimientos y situaciones extremas que anteriormente habían hecho claudicar a los agentes secretos más resistentes que había. A estas alturas su cerebro debía de estar hecho fosfatina. Y no había hecho nada excepto ser inocente.

—Los de Conserjería son imposibles… —barbotó Donnelly—. Siempre están jodiendo las órdenes de trabajo.

—Son una pandilla de pistoleros fanáticos —dijo Cambreaux asintiendo. Siempre era mejor echar la culpa a otros departamentos.

—Entonces ¿vas a soltarlo?

—Eso no me corresponde a mí decidirlo. —Ambos sabían que al hombre del frigorífico había que dejarlo en libertad, pero ninguno de los dos movería un dedo hasta que llegaran los documentos apropiados por las vías correspondientes.

—¿Qué tiene puesto ahora?

—Sonido de alta frecuencia. Está programado para… ¡Joder!

Cambreaux salió disparado de su silla, cogió el temporizador y lo arrojó al otro lado de la habitación. El aparato se hizo añicos. Luego se puso frenéticamente a cerrar llaves y bajar manivelas.

—¡El jodido temporizador se ha detenido! ¡Se ha quedado totalmente parado!

Donnelly miró al frigorífico.

—¡Lleva demasiado tiempo en una frecuencia muy alta, Chet! ¡Maldito temporizador!

Ambos se preguntaron qué verían cuando abrieran la puerta.

Garrett siente por fin que están exigiéndole demasiado, que debe pagar un precio excesivamente alto.

Resiste porque debe hacerlo. Ha llegado al borde de un milenio humano. Él es el primero. Debe experimentar el cambio con los ojos abiertos.

El sonido borra todo lo que hay en el mundo de Garrett.

Por fin, cuando todavía no es demasiado tarde, lo dice: «Te quiero». Tiene que decirlo a gritos. No es demasiado tarde.

A continuación los tímpanos le revientan.

Cambreaux estaba tomando café en el salón, cabizbajo y los codos en las rodillas, en actitud de penitente.

—¿Has oído hablar alguna vez de los fusibles de autoprotección? —preguntó Donnelly—. ¿Esos que se protegen a sí mismos haciendo estallar todo el equipo de música? —No hubo reacción—. He visto el frigorífico abierto. ¿Cuándo se han llevado a nuestro chico?

—Esta mañana. Estaba detrás de la consola cuando por fin han llegado las órdenes.

—Oye… Te tiemblan las manos.

—Casi tengo ganas de llorar, Chet. He visto a ese tipo cuando lo sacaban del frigorífico. Nunca había visto algo así.

Donnelly se sentó al lado de Cambreaux.

—¿Estaba mal?

—Muy mal. —Se le escapó una risa que sonó como un ladrido—. Abrimos el frigorífico y el tipo nos miró como si acabáramos de robarle el alma. Tenía sangre por todas partes; le había salido casi toda de los oídos. Entonces empezó a vociferar. No quería que lo sacáramos, Chet.

Que un profesional como Cambreaux divulgara semejante información no le parecía correcto. Donnelly dejó escapar un lento suspiro para frenar el acelerado ritmo de su metabolismo.

—Pero lo habéis sacado.

—Sí, señor, lo hemos sacado. Había que cumplir las órdenes. Cuando lo hicimos, perdió los nervios, se arrancó los ojos y se asfixió tragándose su propia lengua.

—Dios mío…

—Se lo han llevado los de Conserjería.

—Si algo se les da bien a esos estúpidos es la eliminación de desechos.

—¿Tienes un cigarrillo?

Donnelly le entregó uno y se lo encendió. Luego encendió otro para sí.

—Chet, ¿has leído alguna vez El pozo y el péndulo?

—He visto la película.

—La historia trata de un tipo al que la Inquisición tortura durante días. Justo antes de que caiga al pozo, es rescatado por el ejército francés.

—Es una obra de ficción.

—Sí, con final feliz y todo lo demás. Nosotros hemos hecho lo mismo, con la diferencia de que el tipo no quería salir. Ese tipo encontró algo ahí dentro, Chet, algo que ni tú ni yo tendremos oportunidad de encontrar jamás. Y nosotros le sacamos de eso que había descubierto.

—Y ha muerto.

—Pues sí…

Guardaron silencio durante unos minutos. Ninguno de los dos era una persona muy espiritual. Eran hombres a los que se les pagaba por su capacidad para realizar ciertos trabajos. Sin embargo, ninguno de ellos podía sustraerse a la idea de que Garrett pudiera haber visto algo en el frigorífico.

Ninguno de los dos se metería jamás en él para averiguarlo. Había miles de razones para no hacerlo.

—Te he traído un regalo —dijo Donnelly, y le dio un temporizador con garantía recién salido de fábrica.

Cambreaux sonrió con abatimiento.

—Tómatelo con calma, compañero. Tengo que ir a cumplir con mis obligaciones. Luego nos tomamos una copa, ¿de acuerdo?

Cambreaux asintió con la cabeza y aceptó la fraternal palmada que le dio Donnelly en el hombro. Sólo había hecho su trabajo. No había nada de malo en ello.

Donnelly avanzó por el pasillo iluminado con fluorescentes, evitando pasar por delante de la habitación en que se encontraba el frigorífico. En aquel preciso momento no le apetecía verlo con la puerta abierta. Luego apuntó mentalmente que tenía que releer el relato de Poe. Le encantaba leer una buena historia.

David J. Schow ha sido galardonado con el premio World Fantasy y es autor de las novelas The Kill Riffy The Shaft y de numerosos relatos y otras publicaciones aparecidos en Twilight Zone Magazine, Night Cry y Weird Tales. Entre sus obras no narrativas cabe señalar The Outer Limits Companion, The Official Companion y Raving and Drooling, la columna de opinión que escribe cada mes para Fangoria. También ha trabajado como guionista. Su última colección de relatos se titula Black Leather Required.

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