EMPALME DE VIDA

Sonya Dorman

—Esto no dolerá —dijo el doctor, inclinándose sobre ella en la blanca cama del hospital desde el cual podía ver solamente una gran bóveda negra de techo, en cuyo centro ardía una furiosa luz. Una estrecha franja de esparadrapo estaba pegada a su nuca. ¿Había resultado herida allí, también?

La blanca manga del doctor cruzó su rostro hacia su ojo derecho, y luego hundió la hipodérmica a través del párpado inferior y el globo ocular, y ella profirió un grito que rebotó en las lejanas paredes y regresó como una flecha para clavarse en su ojo derecho.

—Tch, tch —dijo la enfermera sujetándola por los hombros.

—Mire hacia arriba, mire hacia arriba —ordenó el doctor—. Debe usted mirar hacia arriba.

Ella hizo girar sus globos oculares, prometiéndose a sí misma no volver a gritar.

—¿Por qué no me avisó, sádico?

—¡Tch! —dijo la enfermera, enfurecida.

El doctor empezó a explorar su ojo con varios instrumentos, ninguno de los cuales pudo sentir porque estaba concentrada con rabiosa intensidad en el pinchazo inmediatamente anterior de la hipodérmica y rebelándose contra el hecho que la trataran como un trozo de carne sobre una tabla de carnicero.

—¿Qué soy, un trozo de carne? —preguntó.

—Tranquilícese —dijo otra enfermera, más amablemente, inclinándose hasta quedar dentro del campo visual de su ojo izquierdo, el cual empezó a llenarse de compasión por el ojo derecho, que, sin necesidad que lo dijeran, ella sabía perdido irremediablemente.

—¿Tendré que guardarlo en un vaso de agua por la noche? —preguntó.

El doctor emitió un sonido parecido a una risa.

—No ha perdido usted el ojo —dijo.

—¿Qué he perdido? —preguntó ella.

No podía sentir nada, excepto cierta presión de la muñeca del doctor sobre su pómulo, de modo que debían haber insensibilizado sus nervios con aquella aguja. Pero los médicos no suelen ser demasiado explícitos.

—Es posible que pierda usted la visión de este ojo —dijo el doctor bruscamente.

No estaba dispuesto a mostrarse transigente con una paciente como aquélla.

No pierdas la compostura, se advirtió ella a sí misma, o te amenazarán con algo incluso peor que un pinchazo en el globo ocular sin previo aviso. Era peor haber gritado que ser herida. ¿O no?

La presión sobre su rostro había desaparecido. Los dos párpados estaban siendo apretados suavemente detrás de unas compresas de algodón. Luego, su piel se estiró bajo el esparadrapo. Pudo oír un leve zumbido, suave como tardes de verano.

—No debe usted moverse —dijo el doctor—. La enfermera le dará una píldora si no puede soportar el dolor, pero trate de resistirlo.

No tenía nada más que decir, y se marchó. Inmediatamente, un taladro empezó a horadar un camino a través del ojo derecho de la muchacha, que apretó las mandíbulas, preguntándose si era posible resistir aquello. Apenas veinte segundos después de haber decidido mostrarse cortés y ser una paciente modelo, aulló:

—¡Denme esa píldora!

La enfermera introdujo una píldora en su boca y colocó una pajita entre sus labios para que chupara.

—No se mueva —advirtió la enfermera—. Es esencial para usted que permanezca muy quieta.

La cama empezó a deslizarse sobre unas ruedecillas silenciosas, acompañada por el suave zumbido, y otro sonido, como si un grupo de gente estuviera arrastrando los zapatos, aclarándose la garganta.

La muchacha se desvaneció.

Una opaca blancura brilló a través de todas las cosas, bañando su rostro con un leve calor. La muchacha captó un olor a sopa de pollo. Sus fosas nasales se ensancharon, su boca se abrió.

—Sopa —dijo.

—¡Ah! Está despierta —y la enfermera le introdujo una cucharada en la boca—. Parece usted un pájaro hambriento —dijo. Le sirvió más sopa. Pero, demasiado pronto, dejó de hacerlo.

—¿Se siente mejor? —preguntó la enfermera.

—Estoy muerta de hambre. Esta mañana no desayuné.

—Bueno, es una suerte. Tendría que ver lo que les pasa a algunas personas que sufren un accidente con el estómago lleno.

—Más sopa —suplicó la muchacha.

—Ahora no, es mejor que duerma. Y procure no mover la cabeza.

A intervalos le daban sopa de pollo y le decían que no se moviera, hasta que debió hacerse de día, y le dieron café con leche, le dijeron que no se moviera y le dieron algo para calmar el dolor del ojo.

Al cabo de unos instantes se sintió cansada de dormir y permaneció tendida e inmóvil, con los ojos vendados, contemplando las imágenes. Se deslizaban de derecha a izquierda: banderas, geranios, pasteles, colores sin nombre y un número entre el ocho y el nueve aparecían, aleteaban y se desvanecían. Cuando alguien le dirigió la palabra, las imágenes se interrumpieron.

La voz de un niño dijo:

—A mí me han cortado un brazo. Y tú, ¿tienes los ojos rotos?

—Solamente uno —dijo ella.

—Yo prefiero tener un brazo roto —dijo la voz.

—También yo lo preferiría —dijo ella.

—Yo llevo un albornoz verde. ¿Puedes verlo?

—No, tonto. Tengo los ojos tapados. ¿Llevas también un cinturón verde?

—Lo llevaba, pero lo perdí en casa de Ronny, cuando dormí allí. Creo que pasará mucho tiempo antes que vuelva a casa de Ronny.

—¿Cuántos años tiene Ronny?

La enfermera entró y dijo:

—¡Tch! Lo siento, Miss D. No sabía que la estaba molestando.

—No me molesta —protestó la muchacha.

—Vamos —le dijo la enfermera al niño.

—No pasa nada, no me estaba molestando —dijo la muchacha.

—No se mueva —ordenó la enfermera.

Las imágenes volvieron a flotar, algunas de ellas de colores muy vivos, algunas de ellas descoloridos paisajes de granito y hueso. La muchacha subió a la Luna y saltó diecinueve pies en el aire. Cayó en un lago donde el agua fría se deslizó a lo largo de su mejilla hasta alcanzar su barbilla y perderse en la almohada. Un cerdo gruñó delante de ella y empezó a roer su ojo hasta que entró la enfermera y le dio otra píldora.

Después que le sirvieron una papilla de cereales, empezó a pensar en su madre. Podía imaginar los grandes ojos castaños de su madre derramando lágrimas, cubos de lágrimas, llorando por su pobre hija. «Por el amor de Dios, deja de lloriquear», imaginó que decía su padre, piernilargo, con un pantalón corto a rayas rojas, afeitándose en una soleada mañana, con el cuarto de baño lleno de vapor y oliendo a humo de cigarrillo.

—¿Cómo están los niños? —preguntó.

—¿Qué niños? —preguntó la enfermera.

—Los que iban en el otro automóvil.

—Están perfectamente —dijo la enfermera.

Uno de los niños recogió una pelota de béisbol y la lanzó contra ella, y ella supo que iba a darle en el ojo, de modo que echó la cabeza hacia atrás, pero la almohada la sujetó, la pelota golpeó su ojo y ella profirió un aullido.

—Calma, querida —dijo la enfermera, golpeándola suavemente en la nuca. —Tengo diez años —dijo el niño, cuando la muchacha despertó de nuevo—. Me llamo Bob y sólo tengo un brazo.

—Lo sé. Ya me lo dijiste. ¿Te gusta tener diez años?

—No —dijo Bob—. ¿Cuántos tienes tú?

—Veinte —dijo ella—. Y tampoco me gustaría tener diez.

—¿Es mejor veinte que diez?

—A veces.

—¡Oh! ¡Tch! —dijo la enfermera, entrando.

—¿Le enseñaron eso en la escuela de enfermeras? —preguntó la muchacha.

—¿Si me enseñaron qué?

—A decir «Tch». Se pasa el tiempo repitiéndolo.

—Vamos, Bob, ya sabes que no puedes estar aquí.

La enfermera regresó con el doctor, el cual dijo:

—Puede sentarse, ahora.

—No, gracias, estoy muy cómoda así.

—Quiero decir que puede sentarse en la cama —dijo el doctor.

—No quiero hacerlo.

—Enfermera —inquirió el doctor en voz baja—, ¿cuánto Nembutal ha tomado? No queremos que nos plantee demasiadas dificultades. —Roce de papeles—. ¡Oh! —dijo el doctor—. Bien, bien, Miss D., probaremos de nuevo más tarde, ¿verdad?

—Hay un perro debajo de la cama. Nadie le da de comer.

—Sí —dijo el doctor, y suspiró.

—Un terrier. Tendrían que darle de comer.

La enfermera suspiró.

—Tch. Le daremos de comer, querida. No se preocupe.

Realmente parecía que había un perro debajo de la cama, haciéndole compañía. La muchacha tiró su almohada debajo del lecho para que el perro pudiera tenderse sobre ella. Al cabo de unos instantes, el perro trepó, tirando del alambre que colgaba de la nuca de la muchacha, y se marchó.

Ella deseó que regresara para que le hiciera compañía; deseó más Nembutal; y de repente deseó ser amada. Cuando hizo tintinear la copa, el champaña se derramó y unas cuantas burbujas chocaron contra sus mejillas suavemente, dulcemente, mientras sonaba una música encantadora. ¿Qué aspecto tendría su ojo?

—¿Tendrá un aspecto horrible? —le preguntó al doctor, que estaba hurgando en los vendajes con algo metálico y frío.

—Desde luego que no. Se habrá formado una película sobre la cicatriz. Más tarde desprenderemos la película.

—¿Pinchándome el ojo con una de esas agujas?

—Mantenga los ojos cerrados —ordenó el doctor, y ella obedeció—. No querrá que operemos sin anestesia —comentó. Levantó las compresas de algodón y la muchacha experimentó un estremecimiento en los párpados—. Puede intentar abrirlos —dijo el doctor.

¿Intentarlo? Desde luego. Levantó los párpados y la luz del día cegó sus ojos en menos de un segundo. Brotaron las lágrimas y se deslizaron por sus mejillas.

—Hará falta algún tiempo —dijo el doctor. La enfermera pasó un paño por el rostro de la muchacha—. Poco a poco.

—Hoy es domingo. Quiero leer los chistes.

—Bien, adelante y léalos —dijo el doctor.

Notó algo —¿el periódico?— en su mano derecha. Lo tomó. Abrió el párpado del ojo sano y miró. Los Piratas de Doran mostraban todos los colores del arco iris; los globos estaban llenos de hormigas negras. Ella cerró los ojos, volvió a intentarlo al cabo de unos instantes. Betsy nadaba en sopa verde, que goteaba por el borde de la página.

—¡Oh! ¡Al diablo! —exclamó, tendiéndose de nuevo.

De cuando en cuando levantaba los párpados lentamente, y cada vez los abría más y los mantenía abiertos durante más tiempo. Practicó durante horas enteras. Cuando entró la enfermera, la muchacha preguntó:

—¿Podrían darme un espejo?

—No tenemos espejos en las habitaciones, querida. Cuando pueda andar, encontrará uno en el cuarto de baño.

—Pero, ¿qué aspecto tengo?

La enfermera la miró atentamente.

—No está mal —dijo—. Tiene un ojo un poco nublado, pero eso no tardará en desaparecer.

La muchacha gruñó:

—Un aspecto horrible, lo sé. Gracias, de todos modos.

La enfermera se dirigió en busca del doctor, que estaba al otro lado del pasillo, delante de la puerta de una inmensa aula, hablando con dos visitantes. La enfermera le dijo:

—¿Debemos interrumpir el ciclo de Miss D.?

—Sí, pero sólo durante dos días. Tenemos ya una nueva promoción de oftalmólogos esperando.

Y el doctor se volvió cortésmente hacia los visitantes.

—El circuito de la paciente ha quedado bloqueado —les explicó—. Pero dentro de dos días será puesto de nuevo en marcha.

Uno de los visitantes preguntó:

—¿Cómo inician ustedes el ciclo?

El doctor pareció sorprendido.

—¡Oh! Reproducimos la herida o la lesión original, desde luego.

El otro visitante preguntó:

—¿No se dan cuenta nunca? Me refiero a si ellos no tienen conciencia, en algún momento, de estar siendo objeto de un experimento.

—Claro que no —respondió el doctor secamente.

—¿Cómo los reemplazan?

El doctor hundió las manos en sus bolsillos y condujo a los visitantes hacia otra sala.

—Este piso siempre está lleno —explicó—. Víctimas de accidentes sin identificar, o que no tienen parientes, o, en su mayor parte, que no tienen dinero para pagar la factura de una clínica.

La enfermera pasó junto a ellos con una bandeja que contenía un pequeño vaso de papel con algunas píldoras.

—¿Más píldoras? —preguntó la muchacha.

—¿Es que no quiere marcharse a casa, Miss D.? Tiene que ser obediente. Ya estamos terminando con usted.

Ella empezó a murmurar: «Están terminando conmigo...», mientras la enfermera introducía la píldora en su boca y le daba un vaso de agua.

—Sí, sí, a casa con mamá, con mam... —balbuceó, sintiéndose invadida por una dulce somnolencia.

—Tome otro sorbo —dijo la enfermera, apretando el vaso contra su labio inferior.

La muchacha tragó dos veces, una para la píldora, otra para el agua.

—Esto no dolerá —dijo el doctor, inclinándose sobre ella. La muchacha vio su blanca manga cruzar su rostro hacia su ojo derecho, y entonces el doctor hundió la hipodérmica a través del párpado inferior y el globo ocular, y ella profirió un grito. Los jóvenes estudiantes que llenaban el auditorio se estremecieron y se inclinaron hacia adelante para ver mejor.

—Mire hacia arriba —ordenó el doctor—. Debe usted mirar hacia arriba.

Ella hizo girar sus globos oculares, prometiéndose a sí misma no volver a gritar.

Alzó la mirada, por encima de la jaula de plástico de la hipodérmica, hasta la hilera de colinas cubiertas de crujiente nieve.

Estaban llenas de gente. Seguramente formaban parte de un grupo de excursionistas invernales.

Iré, se prometió a sí misma.

—Me levantaré e iré —aulló.

El doctor murmuró:

—De acuerdo, de acuerdo. El nervio óptico se está desgastando, tal como suponía.

Luego, levantando ligeramente la voz, le dijo a la muchacha, mientras continuaba hurgando en las profundidades de su ojo herido:

—Sí, irá usted. Pasará unas vacaciones estupendas.

—Pero quiero llevarme mi ojo —insistió la muchacha—. Lo quiero, lo necesito.

—Tch, querida —dijo la enfermera, en tono tranquilizador—. No diga nada ahora.

—Se llevará usted su ojo —le prometió el doctor—. Ahora, aguante un poco. Terminaremos pronto.

Pero en su voz había desesperación, y ella no lo creyó. Era evidente que había perdido el ojo.

¿Y qué más había perdido?

No se atrevió a mover la cabeza, pero bajo la fría y esterilizada sábana que la cubría, unió sus manos como en un gesto de plegaria.