VI

Regresé a mi valle. Anakhre, el tercer hijo de mi esposa Tepai, era un hábil constructor de armas. Le pedí que labrara un arco de extraordinario tamaño. Utilizó una rama del árbol Waham, dura como el hierro, y el arco que Anakhre confeccionó con ella era cuatro veces más fuerte que el del pastor Zankann, el mejor arquero de las mil tribus. Ningún hombre viviente podría haberlo tensado. Pero se me había ocurrido un artificio, y el resultado fue que el inmenso arco podía ser tensado y soltado por una mujer.

Siempre he sido hábil en el lanzamiento de dardos y flechas, y en unos cuantos días aprendí tan perfectamente a utilizar el arma construida por mi hijo Anakhre que no fallaba un solo disparo, aunque el blanco fuera tan pequeño como una mosca o tan rápido de movimientos como un halcón.

Después de hacer todo esto, regresé a Kzur, montado en mi fiel Kuath, y una vez más empecé a merodear alrededor de los enemigos del hombre.

Para infundirles confianza, lancé muchas flechas con mi antiguo arco cada vez que un grupo se acercaba a la frontera, procurando que quedaran algo cortas. De este modo aprenderían a conocer el alcance exacto del arma, lo cual les conduciría a considerarse completamente fuera de peligro a una distancia determinada. Sin embargo, continuaron mostrándose desconfiados, manteniéndose en movimiento cuando no estaban protegidos por el bosque y ocultando sus estrellas de mi vista.

A base de paciencia miné sus sospechas. En la mañana del sexto día un grupo de Xipehuz se instaló en frente de mí, debajo de un gran castaño, a una distancia de tres tiros de arco corriente. Inmediatamente lancé una nube de flechas inútiles. Entonces su vigilancia se relajó más y más, y sus movimientos se hicieron más libres, como en los primeros días de mi observación.

Era el momento decisivo. Mi corazón latía tan aprisa que de momento me sentí sin fuerzas. Esperé, ya que el futuro colgaba de una sola flecha. Si fallaba el primer disparo, tal vez los Xipehuz no volvieran a ofrecerse a mis experimentos. Y, entonces, ¿cómo podríamos saber si eran vulnerables a los golpes de los hombres?

Sin embargo, poco a poco, mi voluntad triunfó, apaciguó mi corazón, infundiendo agilidad y fuerza a mis miembros y firmeza a mi ojo. Entonces, lentamente, alcé el arco de Anakhre. Allí, a lo lejos, un gran cono color esmeralda permanecía inmóvil a la sombra del árbol, con su refulgente estrella vuelta hacia mí. El enorme arco se tensó; la flecha voló silbando a través del espacio... y el Xipehuz cayó, se encogió y quedó petrificado.

Un grito de triunfo brotó de mis labios. Extendiendo mis brazos en éxtasis, di gracias al Único.

¡Aquellos terribles Xipehuz eran vulnerables a las armas humanas! Por lo tanto, podíamos alimentar la esperanza de destruirlos.

Ahora, sin temor, dejé que mi corazón murmurara, me entregué a mí mismo a los latidos de la música de la alegría. Yo, que tanto había desesperado del futuro de mi raza, que debajo de las estrellas en su curso, debajo del cristal azul de los abismos, había calculado con tanta frecuencia que dentro de dos siglos los límites del mundo quedarían rebasados por la invasión de los Xipehuz.

Y, no obstante, cuando llegó de nuevo la bienamada Noche, la pensativa Noche, una sombra cayó sobre mi felicidad, la tristeza de que los hombres y los Xipehuz no pudieran existir juntos, que el aniquilamiento de los unos fuera condición imprescindible para la supervivencia de los otros.