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Por aquel entonces, Grace tenía dos pretendientes: Hughie Palgrave y un nuevo amigo, Ed Spain. Ed Spain era un destacado intelectual londinense conocido entre sus contemporáneos como el Capitán o el Viejo Salt, motes que había recibido en Eton, sin duda a causa de una broma olvidada hacía mucho tiempo. Tenía cierto aire marítimo que se había ido acentuando con el tiempo a causa de una barba recortada; tenía la constitución menuda y delgada de un marinero, y la mirada azul y penetrante de alguien que hubiera pasado muchos años concentrado en el evanescente horizonte. En realidad, era un personaje encantador y perezoso que desde el colegio no había tenido más que un objetivo: hacer mucho dinero con el menor esfuerzo posible y, así, poder llevar la vida para la que la naturaleza le había hecho, la vida de un rico diletante. Cuando salió de Oxford, alguien le dijo que un camino seguro para hacer fortuna rápidamente era el teatro. Con un pequeño capital, compró un viejo teatro de barrio que se llamaba, muy adecuadamente, Royal George, y se cruzó de brazos esperando a que llegara el éxito que debía hacerle rico. Nunca llegó. El Capitán era demasiado honesto intelectualmente para intentar complacer al público representando obras con las que quizá se hubieran podido divertir pero que no estaban a la altura de su perfeccionismo. Adquirió prestigio, se dijo que había escrito un nuevo capítulo de la historia del teatro, pero nunca logró amasar su codiciada fortuna.
Sin embargo, no tardó en congregar a su alrededor a un grupo de leales seguidoras, mujeres jóvenes e inteligentes más o menos relacionadas con el mundo del teatro y más o menos enamoradas del Capitán, que con su energía y devoción mantuvieron el Royal George a flote. Él las llamaba Mi Tripulación y, con el tiempo, fue dejando cada vez más en sus manos la gestión del teatro. Fue el arreglo perfecto para un hombre tan perezoso. Todas las mujeres de la Tripulación eran intelectuales impenitentes (mucho más que el Capitán, en realidad, cuyos gustos, dentro de los límites de aquel tipo de teatro de primera clase, eran eclécticos y alegres). A la Tripulación sólo le gustaban obras escritas por jóvenes extranjeros deprimidos con unos títulos —Camino a la matriz, Iscariote interpersonal— incapaces, por lo visto, de atraer a familias en busca de una velada animada, que son, por desgracia, la columna vertebral del mundo teatral. La Tripulación, sin embargo, no tenía ningún interés en tan despreciable público. Su criterio para representar una obra era que fuera digna del Capitán. Cuando la encontraban, no descansaban hasta haberla traducido, adaptado y producido en el Royal George.
También se hacían cargo de la parte financiera del proyecto, que dirigían con éxito usando el método del chantaje intelectual. En aquella época, nadie en ciertos círculos londinenses, ningún estudiante brillante de Oxford o de Cambridge, osaría afirmar que estaba al día de las últimas corrientes de pensamiento a menos que pagara una suscripción anual al Royal George que le daba derecho a dos asientos de platea al mes. La suscripción, que podía abonarse a través de la librería de Heywood Hill, garantizaba unos ingresos regulares y sustanciosos para el teatro, pero de no ser por los esfuerzos del Capitán, esto no hubiera implicado necesariamente que el público asistiera a las representaciones. A nadie le importaba demasiado desembolsar unas libras al año para sentir que estaba en la onda, pero la agonía de tener que asistir a las representaciones era prácticamente insoportable. Sin embargo, si el teatro estaba vacío durante varios días seguidos, la Tripulación podía enfadarse mucho; era tarea del Capitán encargarse de que eso no sucediera. Así pues, daba a entender que quienes quisieran congraciarse con él debían hacer, de vez en cuando, acto de presencia en el Royal George.
Como era una de las personas más divertidas de Londres y su presencia era una especie de talismán que garantizaba el éxito de cualquier fiesta (siempre que estuviera bien alimentado y que le reconocieran el esfuerzo con vinos franceses de primera categoría; en caso contrario, podía enfurruñarse terriblemente), sus amigos y conocidos estaban dispuestos, de vez en cuando, a pagar este exigente tributo. Sin embargo, no tenía mucho mérito asistir a los estrenos, ya que en esas ocasiones el teatro estaba siempre lleno. Los estrenos del Royal George eran acontecimientos importantes, y era el propio Capitán el que asignaba todos los asientos. La angustia de monsieur de Tournon sobre cómo sentar a los duques en su mesa era igual a la del Capitán repartiendo los sitios para los estrenos entre los grandiosos jóvenes de la literatura y las artes. Su palco, el Palco Real, sólo tenía cuatro asientos. Ni él ni su Tripulación olvidarían nunca la noche del estreno de Fábrica 46, cuando Jiri Mucha, Nanos Valaoritis, Umbro Apollonio, Chun Chan Yeh y Odysseus Sikelberg confirmaron amablemente su asistencia a la representación. Se salvó la situación porque, en el último minuto, Sikelberg cogió paperas.
Grace y su padre asistieron al estreno de Sir Theseus con la señora O’Donovan, que estaba, según sus propias palabras, abonée. Naturalmente, no estaban en el Palco Real, que en esa ocasión estaba lleno de negros, pero les habían situado bien, en la segunda fila de platea. El Capitán, que veía a menudo a sir Conrad en el White’s, vino a sentarse con ellos durante un rato, lo que se consideraba un honor. Sir Theseusera, en realidad, Fedra reescrita desde un nuevo ángulo por un joven indio que se había inspirado en la psicología moderna. Fedra, representada por el miembro mayor de toda la Tripulación, era un auténtico espanto. El Capitán sólo la mantenía en su puesto porque era una cocinera excelente. La habían disfrazado, tal y como señaló sir Conrad, de atenta anfitriona americana, con el pelo azulado y rizado con tenacillas y una bata. Cuando se echó encima de Hipólito —cuya repugnancia al verla acercarse encogido de miedo contra el telón de fondo no tuvo nada de teatral— sir Conrad exclamó con su atronadora voz de político: «Esta vez, tiene al joven Woodley contra las cuerdas». Al Capitán le encantaba reírse, tal y como hizo en esta ocasión, aunque en realidad no le acababan de gustar las bromas que parecían sugerir que el arte podía no ser sagrado. Tenía, además, una relación de amor-odio con el tipo de persona que representaba sir Conrad. Si el Capitán hubiera sabido en qué dirección fijar su brújula, su vida hubiera sido mucho más sencilla. En esta ocasión, sin embargo, atraído por la belleza y la elegancia de Grace, invitó a su padre a que fuera con ella y con la señora O’Donovan a cenar a su casa después de la representación.
El Capitán vivía en una casa grande y laberíntica de principios del siglo XIX que había sido construida como hotel o residencia al lado del río, muy cerca del Royal George. La compartía con aquellos miembros de la Tripulación que querían y podían ocuparse de las labores de la casa. Vivían en sótanos y desvanes que ningún sirviente hubiera considerado ni por un solo segundo, pero el Capitán los había revestido de cierto romanticismo. «Les toits de Paris» murmuraba estirando el cuello a través de un tragaluz con goteras y mirando con ojos entornados hacia les toits de Hammersmith; y se suponía que en los sótanos, húmedos y goteantes, estaban los cimientos de un famoso convento, «el Port Royal inglés». Él se había quedado con las habitaciones grandes y soleadas del primer piso, decoradas con muebles jacobinos (aunque algunos decían que eran muy posteriores). Allí, Fedra, con la asistencia de Oenone, sirvió al grupo —muy nutrido y compuesto, básicamente, de críticos y amigos intelectuales como los editores de Depth y Neoterism— una cena excelente que acababa de sacar del horno. El autor indio de Sir Theseus estaba echado en el suelo leyendo un libro y no habló con nadie en toda la velada.
—¡Qué champán tan estupendo! —dijo sir Conrad.
—Me alegro de que te guste.
El Capitán estaba sirviendo dos tipos distintos de champán: a unos les daba un Krug 1928, y a otros, un Ayala. No lo hacía por mezquindad; no podía soportar ver cómo las brillantes y deliciosas gotas desaparecían en la garganta de alguien que hubiese estado igualmente dispuesto a recibir cualquier otro tipo de alcohol. Había muchas gargantas de ese tipo a su alrededor aquella noche.
Al cabo de un momento, empezaron a llegar las integrantes de la Tripulación que en el teatro se habían encargado de las tareas mecánicas. Todas se parecían mucho, hubiesen podido ser un gran grupo de hermanas; sus rostros estaban parcialmente cubiertos por cortinas de cabello de un rubio polvoriento, por lo que sus rasgos quedaban más o menos escondidos, y todas iban vestidas igual, con parka y pantalones cortos. Andaban descalzas, y sus pies, azulados y bastante grandes, casi no parecían formar parte del mismo cuerpo que los tobillos, de una delgadez enfermiza. A juzgar por su actitud, se diría que estaban extremadamente enfadadas, como a punto de amotinarse. Pero era una apariencia engañosa, el Capitán las tenía en sus manos; con sólo una mirada las ponía en marcha, a vaciar ceniceros y sacar más botellas del hielo. Aunque el Royal George no siempre era un barco feliz, no cabía duda de que era sumamente disciplinado. Con todo, no se podía decir que la Tripulación (o el indio) contribuyeran al buen ambiente de la fiesta. Ellas estaban sentadas en grupos silenciosos, pasándose una y otra vez los dedos por sus polvorientos velos rubios y haciendo reflexiones inteligentes sobre El libro del ello, La síntesis sheldoniana, La literatura de situaciones extremas y otras obras maestras igualmente ignoradas.
Grace, con su apellido francés y su ropa de París —de la temporada anterior, pero eso la hacía más aceptable para los ingleses—, causó una fuerte impresión en el Capitán. Sabía quién era el general de Valhubert, caído en Friedland, porque ese general había sido muy amigo —de hecho uno de los pocos amigos conocidos— del general Chaderlos de Laclos. Llevó a Grace hasta la biblioteca y le enseñó lo que, dijo, era su más preciado tesoro: el ejemplar del general Valhubert de Les liaisons dangereuses. Estaba encuadernado en tafilete rojo con el escudo de armas de los Valhubert, un ciervo y un rosal, y el general había escrito una especie de diario o anotaciones en los márgenes durante una de sus campañas. Era una pieza de coleccionista de excepcional interés. Al ver el escudo de armas, muy familiar para ella —durante su breve y feliz estancia en Francia lo había visto cada día sobre la loza, la plata, las alfombras, los libros y la ropa blanca—, Grace sintió una punzada de dolor atroz.
—¡Qué raro! Supongo que lo robaron de Bellandargues —dijo, mirando tristemente el libro.
—Es más probable que lo tiraran. En el siglo XIX, ninguna familia francesa respetable hubiese querido un volumen de Les liaisons dangereuses rondando por su casa.
—Sí claro, eso debe ser. Y mi marido siempre decía que se avergonzaban mucho del mariscal, aunque por otro lado se sentían orgullosos de que hubiera un mariscal de Francia en la familia. Todo muy complicado.
—Los franceses son complicados. ¿Te ha gustado la obra?
—Sí, aunque la Fedra de Racine me gusta más.
Recordaba que era la obra favorita de Charles-Edouard.
—Tiene unos versos maravillosos, pero como nos ha demostrado mi amigo Baggarat esta noche, psicológicamente es poco sólida. Tiene dos puntos flacos, psicológicamente hablando... El primero es que nunca nos acabamos de creer el amor de Hipólito por Aricia, y el segundo, que no podemos entender por qué retrocede espantado ante esa mujer fascinante y que lo ama.
—Quizá porque ella es tan vieja como el mundo.
—¿Cómo lo sabe? Yo creo que debía de estar entre la edad de Teseo y la de Hipólito, y que seguía siendo muy atractiva. Pero si resulta que Hipólito era homosexual, todo tiene sentido... Él adora a Hara-See, el niño bailarín, y no puede soportar la idea de hacerle el amor a una mujer. Creo que mi amigo Baggarat ha hecho un gran trabajo, una obra valiosa para el futuro del teatro.
Grace estaba impresionada. Le gustaba mucho el Capitán, le gustaba su aspecto alegre, despreocupado y piratesco, y pensaba que la casa era muy original y encantadora, y estaba totalmente dispuesta a que le gustase la Tripulación. Pero la Tripulación la despreciaba y no hacía ningún esfuerzo por ocultarlo. No podrían ser las chicas listas que eran si no vieran la vida, ni que fuera un poquito, a través de los ojos de Marx, y para ellas Grace era la personificación misma de la burguesía rica. Y despreciaban a la rica burguesía. Su presencia en la casa las ponía incómodas y nerviosas; aquello era un mal augurio, como si Jonás hubiese subido a bordo del Royal George.
Estaban sentadas en un silencio enfurruñado, tapándose la cara con sus cortinas de pelo y mirando al Capitán a través de ellas. Vieron con aflicción que el Capitán se estaba tomando tantas molestias para resultarle agradable a Grace, como si fuera Panayotis Canellopoulos en persona. ¿Por qué? ¿Qué podía ver él en esa criatura sin carácter que, incapaz de llevarse bien con su marido, había vuelto corriendo con su papá como una niña malcriada? Cuando los distintos miembros de la Tripulación habían sido incapaces de llevarse bien con sus maridos, habían dado la cara solas, con dignidad, alquilando habitaciones al lado del Deux Magots, o haciendo autoestop hasta Lituania, o viajando como polizón hasta el Caribe. Grace era el tipo de mujer sin amor propio que execraban profundamente. Se acariciaban el pelo y observaban, y, aunque quizá albergaran deseos de amotinarse, el Capitán, con sólo una mirada, las seguía manteniendo a raya. En aquel momento, parecía impensable que llegase a estallar nunca una verdadera rebelión en el barco mientras el Capitán estuviese al timón.
El Capitán se enamoró de Grace muy deprisa, si es que se puede llamar amor a un sentimiento desprovisto de todo componente físico. No le atraía físicamente: era demasiado limpia, demasiado pulcra y demasiado reservada para él. Era imposible pensar en abrazar y arrimarse a Grace. Sus tiesos vestidos de París forrados con bucarán y sus enaguas acolchadas impedían, por sí solos, todo agradable tejemaneje. Ni siquiera podía imaginarla sentándose en su regazo. Pero la amaba de todas las otras maneras posibles; amaba su elegancia, su mirada triste y romántica, y la atención concentrada que prestaba a todo lo que él decía. Por encima de todo, amaba la imagen mental que tenía de lo que sería la vida junto a ella si se casaban. Se imaginaba una villa del siglo XVIII, no demasiado alejada de Londres, en la que reinaría un gran lujo. Hasta él llegaría —sin que él tuviera que hacer nada, de forma regular y sin el gasto de energía que suponía encargarse de que Fedra no bajara nunca el listón— una comida abundante y deliciosa; tendría una biblioteca de caballero y una bodega de primera clase; sus amigos intelectuales irían a visitarle, y podría dejar el Royal George y dedicarse a escribir una obra maestra. Más adelante, cuando sir Conrad hubiese muerto, irían a vivir al maravilloso Bunbury. El sexo no desempeñaría un papel importante en todo aquello. El Capitán esperaba que el marido francés la hubiera satisfecho para siempre y, después de todo, las parejas podían vivir felizmente sin sexo. Él conocía muchos casos. Simplemente tendrían que sublimar su deseo sexual; en realidad, era bastante sencillo.
Grace también se había formado una imagen de lo que sería estar casada con el Capitán, como hacen todas las mujeres cuando se dan cuenta de que los pensamientos de un hombre empiezan a apuntar en esa dirección. Su imagen no era muy distinta a la de él. En la suya, el sexo también quedaba descartado. Vivirían juntos como hermanos, pensó, una vida larga, culta y tranquila. Se los imaginó como los Wordsworth, pero en una casa mayor y más acogedora, más cerca de Londres, y sin Coleridge; como Charles y Mary Lamb sin la locura; como el señor y la señora Carlyle sin los ataques de hígado. Esa imagen incluía visitas a París, ya que no podía imaginar la vida lejos de Francia para siempre y sin vengarse, como fuera, de Charles-Edouard por haberla hecho tan desgraciada. Empezó a tratar mucho al Capitán, cuyas intenciones eran cada día más evidentes.
Sir Conrad no estaba entusiasmado con ninguno de aquellos posibles yernos. Hughie era una criatura agradable y buena, claro está, pero tan aburrido, con sus pretensiones políticas. Sir Conrad pensaba que los asuntos políticos debían ser despachados prontamente por hombres inteligentes y no laboriosamente por hombres estúpidos. El Capitán, de cuya compañía disfrutaba muchísimo, le parecía demasiado bohemio para el matrimonio.
—¿No te parece —le preguntó a la señora O’Donovan— que todavía existe la posibilidad de que se vuelva a casar con Charles-Edouard? Ambos adoran al niño, es razonable pensar que estarán dispuestos a hacer algunos sacrificios por él. Después de todo, hace falta muy poco... Un poco de discreción por parte de Charles-Edouard y un poco de tolerancia por la de Grace. En realidad, todo depende de ella. Sé que Charles-Edouard volvería mañana mismo, todavía la quiere.
—Todo depende —dijo la señora O’Donovan con bastante severidad— de si Grace se toma sus deberes de esposa desde un punto de vista más cristiano. He sido capaz de disculpar su comportamiento hasta ahora por el shock que había recibido, pero ya lo ha superado. Seguro que está planeando volver a casarse y se está decidiendo entre Hughie y el Capitán. Obviamente, la ceremonia —si es que se puede llamar así—, en el registro civil no significó nada para ella, y el matrimonio como sacramento es algo que no ha experimentado nunca.
—Sí, bueno, tú eres papista, Meg, y por eso lo ves de esta manera. Yo creo que todo se debe a un arranque de orgullo tonto. Es extremadamente fastidioso. ¡Esa maldita Carolyn, con su manía de hacer turismo! No he podido soportarla nunca, ni siquiera cuando era pequeña. Es el tipo de mujer que siempre acaba metiendo la pata. Esta vez la ha metido hasta el fondo, dan ganas de echarse a llorar. ¡Cuando todo iba como miel sobre hojuelas! Grace era muy feliz con Charles-Edouard, y muy feliz viviendo en París, lo cual es raro para una inglesa. Le encantaba.
—¿Es raro? A mí también me encantaría.
—La mayoría de ingleses odian vivir en Francia. Siempre he pensado que es debido a la plata francesa. No se dan cuenta de que es una aleación, piensan que su pátina oscura se debe a que no está limpia, y eso hace que odien a los franceses. Ya sabes cómo son los ingleses con la plata, es un fetiche para ellos. Lo he notado muchas veces. En la otra guerra, la plata de Bombon obsesionaba a todos nuestros generales; después de cenar con el viejo Foch, no podían hablar de otra cosa.
—A mí me gusta esa plata oscura y pesada.
Pero a ella le gustaba todo lo francés, indiscriminada e irracionalmente, y su vida en Inglaterra, aunque era la única que había conocido, le parecía un exilio perpetuo, tan fuerte era la llamada que sentía desde el otro lado del Canal.