1
—Me parece que el caballero extranjero tiene muchísima prisa, querida.
Y, efectivamente, en la casa de Queen Anne’s Gate —que era bastante grande, lo que solía llamarse una casa familiar— retumbaba la impaciencia. Alguien daba ruidosas pisadas, movía muebles, abría y cerraba de golpe las ventanas y carraspeaba de forma exagerada.
—¡Ejem!, ¡ejem!
—Nanny, ¿cuánto rato hace que está aquí?
—Yo diría que casi una hora. Se ha entretenido un rato tocando el piano rápida y estrepitosamente. En cuanto John ha ido a decirle que habías llegado y que le recibirías enseguida, ha empezado este escándalo.
—Ve tú, querida, y dile que espere un momento mientras me quito estos pantalones —le pidió Grace mientras se limpiaba vigorosamente el cuello con un pedazo de algodón—. Cuánta mugre. Lo que necesito es un baño.
La puerta del salón se abrió de golpe.
—¿Me va a recibir sí o no?
No había duda de que era una voz extranjera.
—Está bien, de acuerdo. Ahora mismo bajo —miró a Nanny riendo y añadió—: Acabará hundiendo el suelo, como Rumpelstiltskin.
Pero Nanny dijo:
—Querida, ponte un vestido, no puedes bajar así.
—¿Prefiere que suba yo? —preguntó la voz.
—No, no, ya voy.
Y Grace bajó corriendo, sin haber podido cambiarse los pantalones de la A.R.P., organización que se ocupaba de prevenir y ayudar en caso de bombardeos. El francés, alto, moreno y elegante, llevaba el uniforme de las fuerzas aéreas francesas y estaba de pie en el rellano de la escalera, con las dos manos sobre la delicada barandilla de madera. Parecía a punto de arrancarla. Cuando vio a Grace, lanzó un suspiro, como si su apariencia fuese una agradable sorpresa, y preguntó:
—¿Es un uniforme? No está mal. ¿Recibió mi nota?
—Hace un momento —dijo Grace—. He estado en la A.R.P todo el día.
Entraron en el salón.
—Su letra es muy difícil de entender. Seguía intentando descifrarla cuando he oído todo ese jaleo... parecía la Revolución francesa. Debe de ser usted un hombre muy impaciente.
—No. Pero no me gusta que me hagan esperar, aunque tengo que confesar que este salón da más satisfacciones que la mayoría.
—No le hubiese hecho esperar de haber sabido un poco antes que... ¿Por qué no...?
Él había dejado de escucharla, estaba mirando los cuadros colgados en la pared.
—Me encanta este Oliver. ¿Por qué no me lo regala?
—Porque es de papá.
—Ah sí, claro. Sir Conrad. Es muy conocido en Oriente Medio, pero supongo que eso usted ya lo sabe. La Comisión Allingham, ¡ah, el muy astuto de sir Conrad! Después de eso, está en deuda con mi país.
Dio media vuelta, miró a Grace como si ella misma fuese un cuadro y dijo:
—Natoire o Rosalba. A usted podría haberla pintado tanto el uno como la otra. Bueno, ya veremos, el tiempo lo dirá.
—Papá adora Francia.
—Seguro. Los ingleses que adoran Francia son siempre los peores.
—¿Los peores?
—Los hombres acaban matando lo que más aman, ¿sabe? Bueno, olvídelo.
—¿Viene de El Cairo? —se interesó ella—. Creo que en su carta ponía algo de El Cairo y de Hughie. ¿Le ha visto?
—He visto al prometido.
—¿Me trae noticias suyas?
—Buenas noticias o, lo que es lo mismo, ninguna noticia. ¿Por qué pone Drouais en ese cuadro?
—Porque será de Drouais, supongo —respondió Grace con la más absoluta indiferencia; había crecido rodeada de objetos hermosos y apenas les prestaba atención.
—¿Ah, sí? ¿Qué le hace pensar eso?
—¿Es usted marchante de arte?
—Coleccionista.
—Dijo que traía novedades. Naturalmente, creí que ésa era la razón de su visita, contármelas.
—¿Tiene chocolate con leche?
—No, estoy segura de que no.
—Bueno, olvídelo.
—¿Le apetece un cóctel o una copa de jerez?
—Me encantaría un jerez.
—¿Le gustó El Cairo? Hughie dice que es divertidísimo.
—El museo es maravilloso, pero no hay cuadros, claro. En cambio, los millonarios, pobrecillos, tienen cuadros increíbles (realizados en estudios donde pintan Renoirs y Van Goghs ex profeso para millonarios) por los que han pagado precios increíbles, pero que no logran saciar mi sed de arte. Algunos de sus Corots ni siquiera son obra de Trouillebert. Ya lo ve. Así que esta tarde me he ido a la National Gallery. Cerrada. La guerra tiene estas cosas. Ahora entenderá que el salón de sir Conrad me haya parecido un oasis, aunque en algún momento habré de tener unas palabras con él sobre ese Drouais, por llamarlo de algún modo.
—Me temo que en este momento no encontrará muchos cuadros en Londres. Papá ha mandado sus mejores piezas al campo, y la mayoría de la gente ha cerrado sus casas, ya sabe.
—No importa. Me encanta Londres, incluso sin cuadros, y me encantan las mujeres inglesas.
—¿De verdad? ¿No le parecemos muy poco elegantes?
—Claro. Eso es lo que las hace tan divertidas y misteriosas. ¿Qué pueden estar haciendo todo el día?
—¿Haciendo?
—Sí. ¿Cómo llenan ustedes esa eternidad de tiempo que las francesas dedican a que les laven el pelo, a probarse sombreros, a ver colecciones, a hablar con la lingère...? ¿Cómo se dice lingère en inglés?
—Lencera.
—Pasan horas y horas con la lencera. Qué palabra tan rara, ¿está segura de que se llama así? En fin, las mujeres francesas siempre dan la impresión de que arreglarse es un trabajo de jornada completa. Pero ustedes, las inglesas, son como las flores en una cesta. No están arregladas, lo cual resulta muy apropiado cuando se trata de flores silvestres. —Volvió a mirarla larga y apreciativamente—. Pero ¿qué hacen durante todo el día? Ése es el gran misterio.
—Me temo —admitió ella riendo— que dedicábamos el tiempo (no ahora, claro, antes de la guerra) a comprar ropa y sombreros y hacernos lavar el pelo. Quizá el resultado no fuese el mismo, pero le aseguro que nos esforzábamos muchísimo.
—No diga más, por favor. Manténgame en la ignorancia, eso la hace mucho más interesante. Le ruego que me deje seguir creyendo que las horas pasan para usted como en un sueño, que esos ciegos ojos azules que no ven nada de lo que les rodea, ni siquiera los cuadros de su padre, están vueltos hacia su interior, hacia un país de hadas anglosajón que le pertenece sólo a usted. ¿Tengo razón?
Tenía bastante razón, aunque quizá ni ella misma lo supiese. Se quedó pensativa un momento y dijo:
—Justo antes de la guerra solía tener un sueño terriblemente emocionante en el que huía de los alemanes.
—Se ha de huir siempre de los alemanes. Son aburridísimos.
—Pero mi vida ahora es lo más soso del mundo, a duras penas puedo soportarlo. Casi prefiero que caigan bombas.
—Lamento tener que decírselo, pero que la vida sea sosa es culpa de uno mismo. Para mí nunca lo es.
—¿Nunca se aburre?
—A veces me aburro de la gente, pero nunca de la vida.
—Qué suerte.
—Quizá la lleve a bailar. Pero ¿adónde? Aquí las salas de fiestas deben de ser horribles.
—Depende de con quien se vaya.
—Ya veo. Como las salas de fiestas de todas partes. ¿La recojo a las ocho, pues? Me encanta que dejen la ciudad a oscuras. Seguí el adiestramiento de piloto de bombardero nocturno, volé tras las líneas alemanas dejando caer encantadoras octavillas, así que puedo encontrar el camino guiándome por las estrellas. Eso me da seguridad, algunas veces demasiada, lo admito. Así pues, cenaremos en el Hotel Connaught, donde me hospedo y donde sirven un delicioso plat sucré. ¿Cómo se dice plat sucré en inglés? No me lo diga, ya lo sé: postre.
—¿Cómo es que habla un inglés tan excepcional?
—Mi madre era inglesa. Pero aun así es excepcional, ¿verdad? Puedo recitar «The Excursion» entera, pero no ahora. A las ocho en punto, pues.
—Le estaré esperando —dijo Grace.
El francés bajó las escaleras corriendo y salió de la casa, y ella, desde la ventana, le vio dirigirse a toda prisa hacia St. James’s Park. Entonces subió a su habitación, sacó un montón de ropa de varios cajones y armarios, la dispuso sobre la cama, y empezó a ir de un lado a otro preguntándose qué diablos iba a ponerse. Nada parecía lo bastante adecuado.
Entró Nanny.
—¡Santo cielo! Esta habitación parece un mercadillo.
—Prepárame el baño, querida. Voy a salir a cenar con ese francés.
—¿De verdad, querida? ¿Y cómo se llama?
—Caramba. No se lo he preguntado.
—Vaya. Bueno, de todos modos, en mi opinión, todos los nombres franceses se parecen.