3
—Es un bebé morenito, vaya si es moreno. Nunca hubiera imaginado que tuvieses un bebé con unos ojos así. No está bien, no es natural.
—No sé. Creo que uno se acaba aburriendo de mirar ojos azules. Me gustan más éstos.
—Y un nombre tan raro —añadió Nanny—, tan distinto... Si le hubieses puesto el nombre de su padre, podíamos haberle llamado Charlie o Eddy, ¡pero Sigi...! No pienso decirlo por la calle, la gente se volvería a mirarnos.
—Pero querida, tú nunca estás en la calle.
—En Salisbury. De todos modos, la gente ya le mira.
—Porque es una monada. En fin, yo creo que es una bendición.
Y naturalmente, Nanny también lo creía, aunque lo hubiese considerado una bendición más bendita todavía si se hubiese parecido más a su madre y menos a su padre.
Grace se quedó en Bunbury. No era lo que había planeado —había pensado volver a Londres y a la A.R.P. en cuanto Sigi dejase de mamar—, pero finalmente se quedó. Empezó a realizar algunas tareas campestres. Se ocupaba de una parcelita de tierra y cuidaba del bebé todo cuanto Nanny le permitía. Sir Conrad bajaba a visitarla los fines de semana, y a veces ella iba a pasar unos días a Londres con él. Para Grace, a quien nunca le había importado demasiado estar sola, los años de guerra pasaron tranquila y bastante felizmente. Tenía un carácter apacible y optimista, y nunca se atormentó pensando en lo que le podía ocurrir a Charles-Edouard, nunca puso en duda que, a su debido tiempo, volvería sano y salvo. Como tampoco puso en duda que, a su debido tiempo, cuando hubiese regresado sano y salvo, su matrimonio sería completamente feliz.
Su padre y la señora O’Donovan hicieron una amplia selección de libros para que los leyese como preparación a la vida francesa. Le dijeron que debía estudiar las obras religiosas del siglo XVII, el teatro y la filosofía del siglo XVIII y la prosa y las ideas políticas del siglo XIX. Le mandaron, además de un montón de clásicos y muchísimas novelas y mémoires, los dieciséis volúmenes de Michelet encuadernados en piel y los dieciséis de Sainte-Beuve encuadernados en cartoné; le enviaron también France de Bodley y La Tercera República de Brogan y le dijeron que se sentiría como una tonta si no entendía el sistema electoral, judicial y municipal francés. Grace hizo esfuerzos —considerables aunque inconstantes— para progresar en sus lecturas, pero era demasiado perezosa mentalmente y no había recibido la formación necesaria para poder hacer otra cosa que picotear un poco aquí y allá. Por las noches le gustaba poner la radio, pensar en Charles-Edouard y dar puntadas a una alfombra que pensaba poner, literalmente, a sus pies. Estaba hecha de petit point, con un motivo Victoriano de rosas, lirios del valle y lazos azules particularmente vulgar. A Grace le parecía una preciosidad.
Se pasaba el día soñando con Charles-Edouard, de modo que, a medida que fueron pasando los años, el francés se transformó en su cabeza en alguien que poco tenía que ver con la realidad, un hombre muy distinto al original. Y pasaron los años. Regresó durante tres días frenéticos en julio de 1940, pero casi no contaron, ya que Grace apenas le vio, y después pareció irse cada vez más lejos: Fort Lamy, Ceilán y finalmente Indochina. Cuando acabó la guerra no fue desmovilizado inmediatamente; su regreso fue anunciado en varias ocasiones, pero siempre se acababa posponiendo, así que el día en que finalmente sonó el teléfono y Grace oyó su voz hablando desde Heathrow, habían pasado más de siete años desde su boda. Esta vez no hubo ninguna notificación; ella pensaba que seguía en Oriente.
—Nuestro embajador viajaba conmigo en el avión, me manda directamente con su automóvil —anunció Charles-Edouard—. Al parecer estaré contigo dentro de una o dos horas.
A Grace le pareció que, si bien los siete años habían pasado en un abrir y cerrar de ojos, esas dos horas se harían eternas. Subió al cuarto de los niños. Sigi estaba bañándose antes de irse a la cama.
—No dejes que se ponga a dormir —le dijo a Nanny—. Adivina lo que ha pasado, querida... su padre está a punto de llegar.
Nanny recibió la noticia con el aire de resignación de los que saben que, inevitablemente, todas las cosas, especialmente las buenas, llegan un día a su término. Se sorbió la nariz haciendo un ruido especialmente terrorífico y dijo:
—Bien, espero que no sobreexcite al pobre pequeño. Sabes tan bien como yo lo que cuesta que se duerma por la noche.
—Venga, Nanny, querida, sólo por una vez no importaría que se quedase despierto toda la noche.
Salió del cuarto de los niños y bajó por la avenida hasta la caseta del guarda. Una vez allí, se sentó en uno de los dos tocones de piedra que, encadenados el uno al otro, cercaban sendos montículos de hierba a cada lado de la entrada. No había tráfico en la pequeña carretera que rodeaba la propiedad, y más allá, delimitados por macizos de rosas, se extendían los bosques llenos de música. Ya era pleno verano, el momento en que el cuco y el ruiseñor daban sus mejores y más memorables conciertos. Hacía una noche cálida, pero se alegró de haber cogido una chaqueta; había empezado a tiritar como un perro nervioso.
Por fin vio llegar el automóvil. Charles-Edouard salió disparado y la abrazó, y ella recordó entonces exactamente cómo era él en realidad y el otro, el Charles-Edouard soñado, fue relegado al fondo de su memoria. No le olvidó del todo; a partir de entonces lo recordaría a menudo con cariño, pero como algo separado de la realidad.
Volvieron a entrar en el automóvil y condujeron hasta la casa.
—Estás muy guapa —dijo él— y pareces muy feliz. Tenía miedo de que te hubieses vuelto una persona triste, tantos años aquí, sin mí.
—Te he echado muchísimo de menos.
—Naturalmente. Faltaría más.
—No me tomes el pelo, Charles-Edouard. Pero ya que estábamos separados, no hubiese querido estar en ningún otro lugar. Me encanta el campo, ya lo sabes, y además he estado muy ocupada.
—¿Qué has estado haciendo?
—Oh, bueno, las cabras y demás.
—Las cabras deben de ser aburridísimas.
—No, de verdad que no. Y, claro, también estaba Sigi. ¿Tienes ganas de verlo?
—Muchísimas.
—Vamos pues. Subamos directamente al cuarto de los niños.
Pero al pasar por el dormitorio de Grace, Charles-Edouard le cogió la mano y señaló con expresión severa hacia la puerta.
—Tengo que ver si el archiduque sigue ahí —dijo, y entraron.
Al rato, Grace dijo:
—Si te hubiesen matado en la guerra, no habría podido sobrevivir.
—¡Vaya! ¿Te habrías muerto? Qué amable.
—Sí. No habría podido seguir viviendo.
—¿Y habría sido una muerte violenta con veneno o te habrías muerto lentamente de pena?
—¿Cuál de las dos habrías preferido tú?
—La del veneno habría sido muy halagadora.
—Muy bien, pues veneno. Ahora vamos a ver a Sigi.
En el cuarto de los juguetes, la cara de Nanny era la imagen misma de la desaprobación.
—Qué raro, me había parecido oír el coche hace más de media hora. El pobrecito se tenía que ir a dormir.
Entraron en el dormitorio. Sigi estaba de pie encima de su cama. Tenía el cabello rizado, oscuro y suave, y los ojos negros, pequeños y astutos. Siempre estaba riendo.
—¿Me has visto alguna vez? —le preguntó a su padre.
—Nunca. Pero puedo adivinar quién eres.
—Sigismond de Valhubert, un gran chico de casi siete años. ¿Tú eres mi padre?
—Permíteme que me presente: Charles-Edouard de Valhubert.
Se estrecharon la mano.
—¿Qué eres?
—Soy coronel de las Fuerzas Aéreas Francesas retirado. ¿Y qué vas a ser tú?
—Un superman —respondió el niño.
Charles-Edouard quedó muy satisfecho con esta respuesta.
—Siempre la misma historia —dijo—, L’Empereur, la gloire, hommage à la Grande Armée. Tengo muchas cosas que contarte sobre tu antepasado, el mariscal de Francia. ¿Sabes que en casa tenemos un estandarte de la batalla de Friedland?
Sigi quedó perplejo y Grace dijo:
—Me temo que este superman todavía no es Napoleón, sino Garth.
—¿Goethe?
—No, querido, no. Garth. Es una tira cómica, no te lo puedo explicar, algún día te la enseñaré. En realidad es bastante horrible, pero al perecer no podemos vivir sin ella.
—Garth, ¿sabes? En el Daily —aclaró Sigismond. Su abuelo le había prohibido que lo llamase el Mirror, así que se había quedado en el Daily—. Cuando sea mayor voy a tener una nave espacial como Garth e iré a...
—Pero ¿qué sabes tú, Sigismond? ¿Sabes contar? ¿Sabes leer? ¿Me puedes recitar la lista de los cuarenta reyes de Francia?
—¿Cuarenta? —preguntó Grace—. ¿De verdad hay tantos? Pobre niño.
—Bueno, hay dieciocho Luises y diez Carlos. No es tan difícil como parece. Yo siempre me olvido de los demás.
—¿No es un cielo? —dijo Grace mientras bajaban las escaleras.
—Un cielo. Bastante soso, pero un cielo.
—No es en absoluto soso —replicó ella indignada—, aunque puede que sea un poco infantil para su edad. En cualquier caso, si lo es, es por vivir aquí en el campo solo conmigo.
—Pues puede que mañana os lleve a los dos a casa, a Francia.
—¿Mañana? Oh no, Charles-Edouard, no...
—No nos podemos quedar aquí. Ya he visto todas las torres inclinadas y todos los pabellones y las rotondas y las isletas y los puentes rococó, y ya he cambiado de sitio los muebles y los cuadros. No hay nada más que hacer y debemos empezar nuestra nueva vida. Así pues...
—Oh querido, ¡pero mañana! ¿Y las maletas?
—No te preocupes por eso. Iremos directamente a la Provenza, sólo necesitarás vestidos de algodón. Y de todos modos, cuando llegues a París tendrás que comprártelo todo nuevo.
—Sí, pero ¿qué dirá Nanny?
—No lo sé. El avión sale a las doce, nos da tiempo de coger el tren nocturno a Marsella. Saldremos de aquí a las nueve. Ya está todo arreglado, he encargado un automóvil. ¿Supongo que tienes los pasaportes tal y como te indiqué el año pasado?
—Pero Nanny —gimió la pobre Grace.
Charles-Edouard empezó a canturrear una canción sobre sardinas. «Marinées, argentées, leurs petits corps décapités...»