5

Grace, hambrienta y acostumbrada a la comida inglesa de posguerra, pensó que nunca había probado una comida tan deliciosa como la del almuerzo de aquel día. Los alimentos, el vino, el calor y la confusión de la charla en francés de la que no entendía prácticamente nada, indujeron en ella la sensación brumosa de una semi borrachera y la sumieron en una felicidad absoluta. Cuando después de casi dos horas se levantaron de la mesa, se sentía flotar en el aire. Cada uno de los comensales se fue en una dirección diferente, y Charles-Edouard anunció que iba a pasar la tarde encerrado en la biblioteca con sus arrendatarios y el gestor.

—¿Estarás bien? —le preguntó a Grace, acariciándole el pelo y riéndose al verla tan achispada.

—¡Ay! Estoy dormida y feliz y acalorada y dormida y borracha y feliz y dormida. Es tan, tan maravilloso estar tan borracha y tan feliz...

—Pues vete a dormir, y cuando yo acabe haremos lo que tú quieras. Conducir hasta el mar, si te apetece, y darnos un baño. Yo también tengo sueño, pero el régisseur ha convocado a toda esa gente y ya les he hecho esperar demasiado, así que debo irme. Hasta luego.

—Perfecto. Voy a charlar un momento con Nanny y luego echaré un sueñecito. ¡Qué tiempo! ¡Qué maravilloso es todo! ¡Qué feliz soy!

Charles-Edouard la miró con ternura y se fue. Pensó que Grace le iba a gustar todavía más en Francia que en Inglaterra, y se alegró mucho de haber vuelto acompañado por esa belleza feliz.

¡Ay del sueñecito achispado y feliz! Nanny la despejó y la despertó de golpe, sólo la expresión de su cara ya fue como un jarro de agua fría. Grace ni siquiera se molestó en decir: «¿A que fue un almuerzo delicioso? ¿Te gustó?». Se limitó a quedarse de pie esperando mansamente a que le cayese el jarro de agua fría encima de la cabeza.

—En fin, querida, no hemos comido nada desde que tú te has ido, nada en absoluto. Ha sido un desfile de asquerosos platos grasientos con olor a ajo. La ración de carne de un mes entero, es cierto, pero totalmente cruda, ¿sabes? Una verdadera lástima, no la he podido tocar y todavía menos dársela a Sigi, pobre angelito.

—Nanny dice que maduran el queso en estiércol —intervino Sigi, los ojos como platos.

—Me hubiese gustado que lo olieras, querida, era espantoso, todavía estaba cubierto de trozos de paja. Qué cosas, ¿verdad? Bueno, hemos comido un poco de pan con mantequilla y algunos pastelillos de frutos secos y especias que había traído conmigo. No se puede decir que haya sido una gran comida, ¿verdad? Y qué pan tan raro tienen aquí, todo corteza y agujeros, no veo cómo se puede hacer una buena tostada con eso. Pobre niñito hambriento, no te preocupes, ahora todo se arreglará, querido, tu mamá va a ir a la cocina a pedir un poco de fiambre de cerdo o de pollo, algo de comida sencilla, unos cuantos tomates sin ese aderezo asqueroso y grasiento con olor a ajo, y una buena patata harinosa, ¿verdad, querida?

Pronunció esas palabras con tono de mando. No se trataba de una petición: Nanny había dado una orden.

—Dios mío, no tengo ni idea de cómo se dice patata harinosa en francés —Grace intentaba ganar tiempo—. ¿No te ha gustado la comida, Sigi?

—No es una cuestión de gustar o no gustar. El chico comería lo que fuese, ya lo sabes, pero no voy a correr el riesgo de tener que meterlo en la cama con un ataque de hígado. Con esta ola de calor ya tengo suficiente, muchas gracias, por no hablar de la fiebre tifoidea o de cosas peores. No diré más, sólo hubiese querido que olieras el queso.

—Lo he olido, también había abajo, estaba delicioso.

—En fin, puede que esté bien para los adultos, si es eso lo que les gusta —dijo Nanny con enorme desdén—, pero no pienso dárselo al niño. Y, personalmente, prefiero pasar hambre.

Sin embargo, no tenía la menor intención de que esto ocurriera.

—Ahora, querida —dijo bruscamente—, ve y tráenos algo sencillo de comer, sé buena.

—Estoy tan muerto de hambre, mamá, que hasta me duele la barriga. Escucha, me hacen ruido las tripas, como a Garth cuando estuvo flotando durante semanas encima de un iceberg.

Sigi daba tanta pena que Grace dijo:

—Bueno, ahora voy. No sé dónde está la cocina pero veré lo que puedo hacer. «¡Vaya montón de bobadas!», añadió, en un aparte en voz alta, mientras cerraba la puerta del cuarto de los niños dando un portazo.

Se alejó con paso inseguro, incapaz —en esa casa tan grande y tan complicada, construida en tantas épocas diferentes y a tantos niveles diferentes— de encontrar el camino hacia el primer piso. Finalmente lo logró, entró en el salón y casi se sintió aliviada de que no hubiese nadie. Su misión le parecía absurda y de tan mala educación que deseaba que fracasase. Daba por sentado que todo el mundo menos Charles-Edouard estaría durmiendo felizmente en ese momento, como ella hubiese querido. Un estrépito de voces francesas salía de la biblioteca, el resto de la casa estaba en silencio. Se quedó un momento al lado de la puerta de la biblioteca pero no se atrevió a abrirla, pensando en lo furioso que se habría puesto sir Conrad ante tal interrupción. El comedor estaba vacío; no había ni rastro de los criados. Lo cruzó y al otro lado encontró un pasadizo de piedra, se metió en él, caminó y caminó, subió y bajó escaleras, hasta llegar a una pesada puerta de roble. Quizá daba a la cocina. Abrió la puerta tímidamente. Para ser una cocina era sorprendentemente oscura y silenciosa: hacía frío, pero no corría aire fresco y olía a incienso. Se quedó allí, de pie, escudriñando la oscuridad. Finalmente se dio cuenta de que aquello debía de ser una capilla. Entonces, a menos de dos metros de donde estaba, vio a madame de Valhubert, con un chal de encaje cubriéndole la cabeza, absorta en la oración. Grace cerró la puerta y, desconcertada, regresó corriendo al cuarto de los niños.

—No encuentro la cocina, ni a nadie a quien preguntar. —Se rindió, desesperada.

Nanny miró a Grace con severidad.

—¿Y dónde está el papá?

—En una reunión. Nan, tú sabes que jamás nos hubiésemos atrevido a interrumpir una reunión de mi padre, ¿verdad? Tampoco puedo hacerlo ahora. ¿Estás segura de que no tienes nada de comer, para salir del paso?

—Nada en absoluto.

—¿Ni avena?

—Vaya almuerzo, la avena. El pobre niño tiene hambre después de tanto viaje. Recuerda que ayer nosotros, esperando morir en cualquier momento, tampoco cenamos mucho en el avión.

Sigismond empezó a gimotear.

—Mami, quiero comer, por favor, por favor, mami.

—Bueno, de acuerdo —dijo Grace furiosa.

No había otro remedio que volverse a poner en camino, armarse de valor y asomar la cabeza en la biblioteca. Muerta de vergüenza por el súbito silencio que se hizo al entrar ella y por las miradas de sorpresa y curiosidad en ocho o diez rostros masculinos, le dijo a Charles-Edouard, que estaba al otro extremo de la habitación:

—Siento muchísimo interrumpir, pero ¿sería posible que hablásemos un momento?

Él salió inmediatamente, cerró la puerta, la abrazó y dijo:

—Has hecho muy bien en venir. Ahí dentro estaba aburridísimo y ahora subiremos a tu habitación.

—Oh no, no era por eso.

—¿A qué te refieres? No era por eso. ¿Y qué es «eso» exactamente? —preguntó riendo.

—Oh, no te burles de mí, ha sido horrible tener que entrar ahí. Estaba aterrada, pero tenía que hacerlo. Es por Nanny.

—Sí, sí, claro. Hemos de tener una larga conversación sobre Nanny, pero no ahora. Ahora vamos arriba, lo primero es lo primero, tenemos que darnos prisa.

—No, primero vamos a la cocina y pedimos una patata harinosa para Nanny, que está en ascuas porque hoy no han almorzado.

Grace, después de todo lo que había ocurrido, estaba frenética.

—¡Que no les han dado la comida! —exclamó Charles-Edouard—. Esto es demasiado. Tengo que hablar con mi abuela.

—Dárselo, se lo han dado, pero no se lo han podido comer.

—Grace, ¿qué quieres decir? Estoy seguro de que les han servido lo mismo que a nosotros. Tú misma dijiste que era delicioso.

—Lo era, y estoy furiosa con Nanny por protestar, pero el hecho es que las nannies no soportan los platos nuevos, ¿sabes? Es culpa mía, debía haberlo recordado. Ahora querido, queridísimo Charles-Edouard, por favor, ven a la cocina conmigo y ayúdame a encontrar algo que Nanny pueda comer.

—De acuerdo. Y mañana la enviamos de regreso a Inglaterra.

A Grace se le cayó el alma a los pies.

—Pero, ¿quién cuidará del pobre pequeño Sigi?

—Monsieur le Curé le va a buscar un tutor. Este niño es casi analfabeto, tuve una larga conversación con él en el tren. No sabe nada, ni siquiera lee.

—Claro que no sabe leer, pobrecito. ¡Aún no ha cumplido los siete!

—Cuando yo tenía cinco años, tuve que leer todo Dumas, père.

—Me he fijado en que todo el mundo dice que a los cinco años ya leía.

—Pregúntale a monsieur le Curé.

—Debías de ser un sol —dijo Grace—. Me hubiese encantado conocerte a esa edad.

—Era muy brillante. Aquí está la cocina, y aquí está, por suerte, monsieur André, el cocinero jefe. ¿Le puedes explicar, por favor, qué es exactamente lo que quieres?

Mientras parte de la familia dormitaba (aunque esa tarde hubo algunos ataques agudos de insomnio) y madame de Valhubert rezaba, madame Rocher des Innouïs y monsieur de la Bourlie salieron a un jardincillo, a la sombra gracias al espeso follaje de una encima, para sostener una agradable conversación acerca de Grace. En un verano de hacía mucho tiempo habían tenido una apasionada aventura amorosa bajo las narices de madame de Valhubert, madame de la Bourlie, monsieur Rocher y el príncipe Zjebrowski, el amante de madame Rocher. Realmente había sido un tour de force excepcional; habían logrado engañarlos a todos, nadie tuvo nunca la menor sospecha. Cuando su historia acabó, siguieron siendo amigos y, a menudo, conspiraban juntos.

—En primer lugar hay que reconocer que es guapa, quizá incluso más que Priscilla.

Madame Rocher extendió los casi diez metros de tela de su falda de Dior y se instaló cómodamente en unos cojines.

—Pero a la vista de cualquiera está que no es una mujer mundana. Quizá sea de buena familia, eso sí, pero no sabe manejarse en sociedad. En la comida me dijo que apenas había llevado vida social desde que empezó la guerra, había pasado todos esos años cuidando cabras. Ya se sabe que los ingleses son muy excéntricos. Tú no lo sabes, Sosthène, porque nunca has cruzado el canal, pero créeme, están medio locos, es un país de ateos locos, grandes y rubios. ¿Por qué habrá estado cuidando cabras? Eso nunca lo sabremos. Pero no se puede considerar que cuidar cabras sea una buena preparación para la vida con Charles-Edouard, y no tengo más remedio que decir que estoy inquieta por ella. Y, por cierto, no están casados por la Iglesia.

—¡Oh! ¿Cómo lo sabes?

—Se lo pregunté a ella.

—Qué pregunta tan insólita.

—A fin de cuentas, soy la tía de Charles-Edouard.

—Quiero decir que la idea es insólita. Nunca se me hubiese ocurrido que pudiesen no estar casados.

—A mí sí se me ocurrió. Conozco Inglaterra, Sosthène. No olvides que íbamos cada año, para la exhibición ecuestre.

—¿Se lo vas a decir a Françoise?

—Claro que no, bajo ningún concepto, y tú tampoco. La alteraría muchísimo.

—Pero entonces, hablando claro, nada tiene demasiada importancia.

—No, no estoy en absoluto de acuerdo. Es cierto que se pueden divorciar fácilmente y que Charles-Edouard podrá volver a casarse sin tener que esperar a la anulación, pero antes de que eso ocurra él la habrá hecho desgraciadísima. Charles-Edouard es un hombre bueno y afectuoso, no podrá evitar hacerla desgraciada, pero también él sufrirá. ¡Dios mío!, ¿cómo se le pudo ocurrir casarse con una inglesa? Las inglesas son terriblemente celosas, volverá a ocurrir como con Priscilla, ya verás.

—¿Y los maridos ingleses? ¿Cómo se las arreglan?

—¿Los maridos ingleses? Van a sus clubes, a sus regatas, a su Royal Academy, no les interesa en absoluto hacer el amor. Por eso son siempre absolutamente fieles a sus esposas.

—¿Y las Gaiety Girls, las chicas alegres?

—Creo que ya no existen. Mi pobre Sosthène, estás anticuado, lo que se lleva ahora, si es que se lleva algo, son los chicos alegres. No tienen temperamento. Pero Charles-Edouard no puede, le es realmente imposible, ver a una chica guapa sin querer, inmediatamente, acostarse con ella. Por eso es una absoluta tontería casarse con una anglosajona.

—Hablas como si las latinas nunca tuviesen celos.

—Para la mujer francesa es distinto, tiene muchas maneras de defenderse. En primer lugar, está en su propio terreno. Además, centra todo su interés en hacerle la vida imposible a su rival, y eso le da satisfacciones. En vez de afligirse, sus pensamientos se centran en el complot y la conspiración, en la colocación de trampas y la explosión de minas. París se divide en dos facciones; ella debe considerar con sumo cuidado qué fuerzas puede desplegar en el campo de batalla, ha de calibrar la resistencia del enemigo y preparar su estrategia. ¿A quién puede reclutar para su campaña? Hay que convencer a toda la alta sociedad, a las anfitrionas, a los hombres mayores que van a tomar el té y a las respectivas familias de los interesados. Luego está la elegancia, las manicuras, las masajistas, las vendedoras, las modistas, los zapateros y las lenceras. Un contacto entre los proveedores de la cocina de la rival puede ser muy útil. No debemos olvidar, claro está, a las adivinas, y el portero puede ser una pieza clave. No hay suficientes horas en el día para poner en marcha todos los dispositivos necesarios, para reunirse con las amigas, hablar por teléfono, mandar mensajes, para examinar toda la información y reflexionar profundamente sobre la misma y sobre las nuevas pruebas que van llegando. Y un detalle que, aunque sea el último, no deja de ser importante: tiene a su propio amante para consolarla y aconsejarla. ¡Ah, las cosas son muy distintas para una mujer francesa! Pero esas pobres flores inglesas simplemente bajan la cabeza, se marchitan y mueren. ¿Acaso se defendió Priscilla? ¿No recuerdas lo doloroso que fue para nosotros verla sufrir durante años? Y supongo que ahora estamos condenados a repetir la misma historia con Grace.

Monsieur de la Bourlie pensó en lo mucho que le hubiera gustado apropiarse de una de esas diosas cariñosas, fieles e indefensas. ¿Por qué no hacer una pequeña excursión a Inglaterra, una vez madame de la Bourlie hubiese sucumbido a un ataque de hígado?, pensó. Entonces recordó su edad.

—No me puedo creer que todos tengamos ya más de ochenta años —dijo malhumorado.

—Sí, tienes razón, pero ¿qué tiene eso que ver con Charles-Edouard? Pobre chico, no hay duda de que ha consumado un matrimonio imprudente. Pero, de todos modos, me gusta mucho Grace, no puedo evitarlo, es adorable, y hay algo franco en ella que me parece encantador. También creo que es más fuerte, será un adversario más resistente que la pobre Priscilla, tiene más personalidad. Priscilla nunca tuvo ninguna posibilidad, no estoy tan segura de lo que ocurrirá con Grace. Si puedo ayudarla, lo haré. ¿Debería empezar a prepararla un poco mientras estén aquí? ¿Prevenirla contra Albertine, por ejemplo? ¿Qué me aconsejas?

—No creo que sirva de gran cosa advertir a nadie —respondió monsieur de la Bourlie pensando en lo furioso que se pondría, caso de ser Charles-Edouard, si alguien previniese a su exquisita nueva esposa contra su embriagadora antigua amante.

—De nada en absoluto —convino madame Rocher—. Tienes toda la razón. Y no está sólo Albertine, debería prevenirla contra toda mujer bonita y toda jolie-laide que se encuentren en los almuerzos y las cenas a las que asistan. Debería prevenirla contra rastaquouères y ranees, israelitas e infantas, danesas y duquesas, griegas e indias cheroqui. Tendría que darle una lista blanca y una lista negra, y, como él acaba de regresar de Indochina, supongo que también una lista amarilla. No, sería demasiado agotador, los jóvenes deben apañárselas solos. No hay duda de que a su edad todo el mundo tiene conflictos y disgustos, y no tiene sentido entrometerse. Pero, de todos modos, ¡me hubiese gustado tanto que Charles-Edouard se casara con una francesita de mundo, buena, sólida y equilibrada, en vez de con esa hermosa cabrera!

Transcurrieron los largos días de verano, lentamente primero y más velozmente después, como siempre ocurre los días en que, desde el amanecer hasta la noche, uno se dedica a holgazanear. Grace pasaba la mayor parte de la mañana en la terraza de su dormitorio cosiendo la alfombra. A Charles-Edouard le gustaba verla así: su rubia cabeza inclinada y sus manos blancas y rápidas eran una visión muy agradable, pero decidió que el día en que la alfombra estuviese acabada tendría que suceder un accidente terrible, un bote de tinta indeleble derramado sin querer o un fuego que amenazara con propagarse. Charles-Edouard no era el tipo de persona que se encariñaba con un objeto —especialmente con un objeto tan grande y tan feo como al parecer iba a ser esa alfombra— por razones sentimentales.

Después del almuerzo llegaba la siesta, y a menudo, más tarde, Charles-Edouard y Grace conducían hasta el mar para darse un baño. En la costa, él tenía innumerables amigos a cuyas villas podían ir y desde cuyas rocas podían nadar, pero el hecho de que Grace careciera de la ropa apropiada la protegió de la vida social, de las cenas y de las visitas a la Riviera. Ella lo agradeció; le gustaba la existencia soporífera de Bellandargues. Charles-Edouard, sin embargo, se quejaba de lo aburrido que era aquel lugar. Su compinche allí era madame Rocher, que le contaba sin descanso una saga infinita: su propia versión de lo que les había ocurrido a todos sus amigos desde la última vez que los había visto en 1939. A Grace, cuando por casualidad oía algo, todo le parecía impresionante. Madame Rocher también se aburría, le hubiese gustado estar en los yates y las mansiones y las villas, donde decía que varios anfitriones y anfitrionas estaban impacientes por recibirla. Pero ese año había decidido hacerle caso al doctor y quedarse tranquilamente en Bellandargues por lo menos un mes. Se entretenía gracias a lo mucho que le interesaba todo lo que ocurría en casa, en el pueblo y en los alrededores. Cuando Grace y Charles-Edouard salían en una de sus expediciones marítimas, ella era capaz de contarles muchísimas cosas de sus anfitriones y de lo que podían esperar de la casa a la que se dirigían.

—¿Vais a ir hoy a casa de las lesbianas inglesas? Creo que el sobrino de la mayor está allí, si es que realmente es su sobrino. Acaban de comprar una nevera, ¡vaya extravagancia!

—¿El ménage à trois italiano? ¿Le has contado a Grace que a ella sólo le gustan los chicos de dieciséis años y que ellosse los buscan? He oído decir que este año tienen un cocinero excelente.

—¿Esos dos pederastas? Pobre gente, un ex presidiario que vive en el pueblo les está haciendo un chantaje horrible. Pero su calita es una maravilla.

Y suma y sigue.

—Tu tía ve la vida entera a través de un velo de sexo —le dijo Grace a Charles-Edouard, cuando, por tercera o cuarta vez, sus anfitriones, descritos por madame Rocher como el colmo de la depravación y el vicio, resultaron ser un alegre grupo de gente normal.

—¿Y quién dice que esté equivocada?

—Bueno, me parece que llamar a la señora Browne y a lady Angela las lesbianas inglesas es llevar las cosas demasiado lejos. Es evidente para cualquiera que las vea que nunca han oído hablar de tal cosa, pobrecillas.

—Pues ya es hora de que alguien se lo explique. Se lo pasarían mucho mejor, si lo supieran.

—¡Charles-Edouard! Y esa amable señora mayor italiana con sus dos agradables amigos y todos sus nietos. ¡No me lo puedo creer!

—Uno no debe nunca descartar del todo la información de Tante Régine sobre estos asuntos.

Un día que iban a ver a un duque francés extremadamente pomposo y a su mujer, madame Rocher se asomó a la ventana del coche y le dijo a Grace en tono despectivo: «rojos».

—Querida Tante Régine, ¡no exageres!

Hasta Charles-Edouard se estaba riendo.

—La familia ha sido siempre orleanista, querido niño, y lo sabes perfectamente. Es imposible estar más a la izquierda.

Mientras conducían de regreso a casa a la maravillosa luz del atardecer, Charles-Edouard dijo:

—¿Qué te parece si vamos a Venecia? De camino podemos parar en Cannes para que compres algo de ropa.

A Grace se le cayó el alma a los pies.

—Soy feliz aquí. ¿Tú no, Charles-Edouard?

—¡Las noches aquí son tan horribles! Puedo aguantar el día, ¡pero las noches...!

—A mí me encantan. Hace cientos de años que deben de ser exactamente iguales.

Temía el día en que hubiesen de abandonar Bellandargues, sentía que allí dentro se podía defender. Según madame Rocher, el mundo que les esperaba fuera de aquellas paredes era infinitamente complicado.

—Muy bien —dijo Charles-Edouard—, ya que te gusta tanto, nos quedaremos hasta que nos vayamos a París. A mí me gusta bastante, menos el rato de después de la cena.

Era cierto que las veladas no eran muy alegres. El grupito se reunía para tomar café y tisane en un saloncito donde charlaban y jugaban al bridge hasta la hora de acostarse. Por la ventana entraba el cálido ruido nocturno.

—¿Por qué graznan los patos franceses toda la noche? —había preguntado Grace.

—Son ranas, querida, nuestro alimento principal, ¿sabes?

Algunas veces, madame Rocher tocaba Chopin. Realmente, era bastante aburrido. Entonces Charles-Edouard descubrió que ella sabía echar las cartas. Después de eso, ya no hubo más Chopin, ni más cotilleo. Grace se quedaba en la mesa de bridge mientras Charles-Edouard acorralaba a madame Rocher en un rincón.

—Vamos Tante Régine, ¡a trabajar, a trabajar!

—¡Pero si ya te dije todo lo que podía!

—Eso fue ayer. Quizá un factor nuevo y hasta ahora desconocido haya alterado el curso de toda mi existencia. ¡Vamos, vamos!

Madame Rocher, que era una persona afable, cogía las cartas y repetía la ficción del día anterior.

—No me extraña que esas cinco adivinas te dijeran que ibas a morir en la guerra. No les quedó otro remedio, para librarse de ti.

—Otra vez, Tante Régine, ¿corto la baraja en tres, esta vez?

—Eso es, azota al pobre caballo viejo hasta que caiga rendido.

—Esta tarde he pasado por casa de madame André y le he pedido que me echase las cartas. Es mucho más elocuente que tú, Tante Régine. Chez madame André aparecen damas rubias y damas morenas, damas perversas de todo tipo.

—Sí, pero la presencia de tu esposa me deja en desventaja —contestó madame Rocher riendo.

—¡Ah! —dijo Grace desde la mesa de bridge—. No tiene por qué. No soy celosa en absoluto. No sé lo que es tener celos.

Madame Rocher levantó las cejas, madame de Valhubert y monsieur de la Bourlie se miraron tristemente a través de la mesa de juego, y monsieur le Curé dijo:

—Vamos a disputar un pequeño torneo.

—Es muy malvado, monsieur le Curé —dijo Grace—. Ahora perderemos los dos.