Capítulo 20

Han sido días cargados de acontecimientos: la partida de la hermana Celsa, la celebración del premio y la llegada del padre Héctor como nuevo director de Chipatala. Así que será mejor que vaya por partes y deje para el final otra noticia de carácter más personal.

La marcha de Celsa produjo reacciones muy variadas. Tengo que decir que no todo el mundo la sintió. Era normal, siendo Celsa una persona tan especial. Rebelde, fuerte, contestataria, enérgica. Hay quien piensa que una monja tiene que ser un alma cándida, serena y apacible. Nada que ver con esa idea. Celsa había tenido a lo largo de sus quince años de estancia en África sus más y sus menos con las hermanas y con casi todo el personal del hospital. Pero a la larga todos ellos echarán de menos su alegría y su vitalidad. En cuanto a mí, huelga decir que su recuerdo será imborrable. Y no quiero hurgar más en la herida porque aún duele.

No hubo grandes fiestas de despedida. Celsa no quiso. Todo había sido demasiado rápido e inesperado y, a pesar de sus intentos por asimilar los hechos, por aceptarlos con resignación (cristiana, según ella) y obediencia, el dolor era demasiado intenso. Aun así, muchos de los trabajadores nativos acudieron a despedirse llevándole todo tipo de presentes para hacer más confortable su viaje. Eso en Malaui significa comida. Celsa recibió bastantes paquetes de harina, de azúcar, de arroz e incluso algún par de pollos vivos, escuálidos pero vivos, y una cabra. Sorprendente. Tendría que alimentarse durante el camino y, según la mentalidad malauí, había que ayudarla a preparar provisiones.

Antes de su partida se supo que su relevo sería un sacerdote peruano, el padre Héctor José Alcázar, una decisión un tanto inexplicable tratándose aquella de una comunidad de monjas. Celsa lo conocía de oídas. Joven, ambicioso, muy bien preparado. Su nombre había sonado para ocupar, en Roma, un alto cargo dentro de la Orden. Era limeño de nacimiento, aunque había pasado largas temporadas en la selva amazónica, en la zona de Iquitos, y conocía bien a los indígenas de allá. Políglota y melómano. Médico y estudioso de las prácticas chamánicas tradicionales. De orígenes muy humildes. Después de haber sido propuesto para las glorias romanas, lo de Malaui olía a castigo o a destierro... Nunca entenderé por qué, a pesar de los entresijos y corruptelas de las instituciones religiosas (comunes, por otra parte, a cualquier institución humana) ellos se siguen considerando tan divinos. Representantes de Dios en la tierra... ¡Toma! ¡Ahí es nada! Por supuesto que Celsa y el padre James me refutan con todo tipo de argumentos ingenuos. Mi querida hermana católica y mi admirado pastor protestante coinciden en ellos. Son muy espirituales para eso. Pero sus argumentos siempre terminan basándose en la bondad y en la valía de los individuos particulares o en que la cantidad de bien que se hace es superior a la de mal y yo ya les digo que esos términos no son absolutos, ni cuantificables, y que lo individual, por muy sublime, no justifica nunca la podredumbre colectiva de sus instituciones. Pero no quiero discutir con ellos. Nuestro tiempo, juntos, se acaba. Ya se ha acabado. Para Celsa no habrá más atardeceres en África.

Así que otra vez un avión ha despegado de Kamuzu dejándome sola, cargada de recuerdos y de nostalgia. Algo dentro de mí empieza a volverse duro, impasible, indiferente. Tu mirada me asusta, me ha dicho el padre James. A mí también. A veces me da miedo pensar que quizá un día deje de llorar por una niña como Eveless o que Haxi ya no me haga vibrar de amor.

La celebración del premio —de nuestro premio— también fue controvertida. No satisfizo a todos. Sí a Haxi, a Phala, a las monjas y, en general, al personal del hospital. No a Yankho. Supongo que él deseaba más protagonismo. Al fin y al cabo, Yankho es el director de nuestro programa de malnutrición. Pero como el patrocinador es el gobierno, fue una delegación del gobierno la encargada de organizar los actos y los discursos y en ellos no figurábamos ninguno de nosotros para nada. Yankho se sintió muy ofendido. Piensa que se ha dejado la piel y el alma en sacar adelante el programa y que los del gobierno le han ignorado.

Vinieron hasta cámaras de televisión y periodistas acreditados. Nuestro pabellón se llenó de gente. El hospital se engalanó con banderines de colores y se instalaron pérgolas al aire libre con muchos bancos y sillas para asistir a los discursos y a las actuaciones. Entrevistaron a uno de los padres de los mal nutridos. Se filmaron las instalaciones, aunque solo la parte bonita. El oscuro dormitorio con colchonetas de plástico en lugar de camas permaneció de nuevo en el olvido. Hubo danzas. Haxi y otra chica tocaron el tambor. Muchos discursos pomposos a los que casi nadie prestó atención. Y una representación teatral. Eso sí que estuvo bien. De hecho en cuanto empezó, ahí no faltó ni el apuntador para presenciarla.

Se trataba de una parodia en chichewa sobre los desastres de acudir al singanga, el curandero tradicional, en lugar de al hospital. Instructiva y divertida. Y mucho más expresiva y efectiva que cualquier charla aburrida sobre las bondades de la medicina moderna. Ahí estaba la familia rural vestida con harapos (con harapos de disfraz, claro) consultando al singanga, quien sugería mil barbaridades distintas para sanar a una pobre mujer enferma: pócimas, cortes en la barriga y en las muñecas, ceremonias de purificación... Desde luego, el culpable era el marido, puesto que era la familia de la mujer la que pagaba la consulta y era a ella a quien había que contentar. El brujo era un truhán caracterizado de rico con barriga postiza. Después de someter a la enferma a todas esas atrocidades, después de que la familia se gastase sus buenas kwachas sin obtener ningún resultado, alguien de la aldea aconsejó acudir al hospital cercano (Chipatala, por supuesto) donde gracias a las técnicas modernas de análisis clínicos, rayos equis y antibióticos, los amables doctores titulados consiguieron curar a la mujer enferma.

Los espectadores no perdieron detalle, participando con intensidad en la representación, minuto a minuto. Al final, aplaudieron a rabiar. Un éxito.

Como colofón se sirvieron coca-colas, refrescos de naranja, de mango, de jengibre y un modesto tentempié.

¿Y Yankho? Yankho no estuvo presente. Era su particular manera de protestar. Aunque, la verdad, creo que nadie reparó en su ausencia. Los demás disfrutamos del día de fiesta y de la novedad. ¿Injustamente ignorados? Probablemente. Pero eso no era nada excepcional, ni en África, ni en España, ni en Pernambuco, por citar algún otro lugar remoto. Y Yankho se quedó trabajando en su pequeña consulta, perdiéndose la algarada, supongo que muy aburrido porque no creo que ese día tuviese demasiados clientes.

La llegada del padre Héctor fue otro de los acontecimientos de aquellos días. Yo no asistí al aeropuerto a recibirlo. Nadie me lo pidió, imagino que por respeto a mi dolor por la ausencia de Celsa, a quien aquel padre iba a sustituir. Acudieron Ann, la filipina, y Angelina, una de las dos malauíes. El padre llegaba procedente de Roma, vía Addis Abeba, en un vuelo de la Ethiopian Airlines y, a pesar del cansancio del viaje, tras el almuerzo (el avión había aterrizado sobre las doce del mediodía) insistió en reunir a todo el personal del hospital en la explanada principal para presentarse.

Parecía muy joven y era un hombre bastante guapo, de rasgos marcadamente indígenas. No hablaba una palabra de chichewa y pidió disculpas por ello, aunque se expresaba en perfecto inglés. Angelina tradujo su discurso para que todos pudieran entenderlo: «Se sentía muy honrado con su nuevo destino, prometía aprender chichewa y estar a la altura de su antecesora como nuevo director del hospital». Explicó que era médico y que estaba interesado en aunar medicina moderna y medicina tradicional. Y que deseaba ser alguien muy cercano para nosotros. Quiso dar la mano a todos los presentes para conocernos. Así que se formó una fila larga y disciplinada, como siempre, y todos le fuimos saludando, diciendo nuestro nombre y el puesto que ocupábamos en el hospital. Al llegar mi turno, me dirigí a él en castellano. El padre Héctor apretó mis manos con emoción: «¡Una española! ¡Qué sorpresa tan agradable! ¡Casi una compatriota! No sabes, Ada, lo grato que me resulta escuchar un saludo en español».

En general el padre causó muy buena impresión. No quiso alojarse en la casa principal, la de las monjas, y se le asignó una modesta casita de dos habitaciones parecida a la mía y no muy alejada de ella. «Ustedes tienen su intimidad, su amistad labrada tras largos años de convivencia, y yo no deseo en absoluto violentarla». Ellas, disimulando, suspiraron aliviadas. La situación era extraña, muy extraña, pero todo parecía desarrollarse de la manera adecuada.

«Quizá hubiese debido agasajar con un pequeño banquete a mis nuevos colaboradores», añadió él, «pero soy un hombre sobrio y deseo que la sobriedad presida nuestras relaciones. Soy pobre, como lo fue Cristo. Aquí todos somos pobres. Deberemos ser, también, virtuosos como Él».

El padre Héctor se retiró a descansar. La tenue luz de una vela brilló largo rato en su ventana. Anocheció y el cielo se llenó de estrellas, las magníficas estrellas del hemisferio sur. Y entonces, como si se tratase de un momento mágico y especial, un sonido agudo y armónico, modulado, surgió de la nada. Era el llanto de un saxo soprano rasgando la serena quietud de la noche africana. Todos lo escuchamos, con sorpresa y emoción. ¡Qué hermoso! Las notas procedían de la casita del padre Héctor. Haxi, hechizado por la belleza del sonido, cogió su tambor, salió al exterior, y se apostó bajo la ventana del padre acompañándole con el compás rico y hondo de la percusión.

Había más gente allí. Muchos se habían congregado embrujados por la magia del inesperado concierto. Se empezaron a tocar palmas. Algunas mujeres comenzaron a danzar. Más tambores. Y un canto gutural. Se abrió la puerta de la casa y apareció el padre Héctor, soplando su saxofón, casi en trance, con expresión dolorosa. El ritmo de los tambores aumentó de volumen. Gritos y batir de palmas. Yo reconocí la pieza que interpretaba el padre. La quebrada de Humahuaca. No en vano había visitado en dos ocasiones el altiplano andino.

Aquello duró un par de horas. Mejor que el pequeño banquete que el padre Héctor, hombre sobrio y pobre a su decir, había resuelto no celebrar. La música es un bálsamo para todos los corazones. Esa noche el padre se ganó el de los malauíes del hospital de Chipatala.

Y al día siguiente, en una corta visita a Lilongüe, encontré un e-mail enviado dos días antes por mi hermana Eva y mi cuñado Manuel. Me anunciaban su llegada a Malaui para el mes siguiente.