Capítulo 17

El estruendo de una motocicleta perturbó la relativa paz dominical que se respiraba en Chipatala. Alguien intentaba, en vano, ponerla en marcha. Pero el motor se ahogaba una y otra vez.

Como siempre ante cualquier situación que escapase de la consabida rutina, un número variable de curiosos, pequeños y grandes, se congregó delante de la explanada frente al edificio principal, donde Yankho intentaba arrancar el viejo trasto sin éxito. Se trataba de una moto de ¿octava, décima? mano. Era la última adquisición de Yankho. Haxi aguardaba pacientemente, cerca de su amigo, a que este le hiciese una señal para montar de paquete y partir, por fin. Querían llegar a la ciudad más cercana, para probar la moto y, de paso, tomar unas cervezas en un agradable bar con terraza que Yankho conocía. Uno de los pocos sitios pijos con aire occidental que había en aquella zona. Era una buena forma de pasar la tarde del domingo.

Yankho estaba empezando a enfadarse. Comenzaba a perder parte de su proverbial paciencia malauí. Incluso se permitió propinarle una patada a aquel trasto que se había llevado buena parte de sus ahorros. Y entonces, sin saber muy bien por qué, la moto se puso en marcha. Rápidamente los dos amigos se instalaron en ella como dos intrépidos jinetes, se ajustaron los cascos —anticuados y absurdos, como de los años cincuenta, e incluidos en el precio de la moto— y partieron muy ufanos rumbo a la ciudad ante la expectación general.

Por supuesto que no llegaron. Pero de eso no se enteró nadie en Chipatala, al menos aquel día. Porque en Malaui las pequeñas noticias, más que las grandes, corren como la pólvora. Cuando llevaban recorridos algo así como cinco kilómetros la moto volvió a pararse, Yankho y Haxi perdieron el equilibrio y cayeron al suelo sobre un gran barrizal. Con la moto encima. Y no pudieron levantarse. Lo intentaron pero la moto, con su peso, aprisionaba una pierna de Yankho y el pie izquierdo de Haxi. Ambos esperaron tirados en el barro, con expresión resignada, a que alguien pasase por allí los socorriese.

No tuvieron que esperar demasiado. La ayuda llegó pronto y, gracias a Dios, ninguno de los dos estaba herido. Eso sí, ambos estaban cubiertos de barro. Pero les entró la risa, a ellos y a Baiton, el socorrista, un chaval vecino de Haxi que regresaba a Chipatala con dos pollos vivos y escuálidos atados por las patas y unos sacos de maíz verde y calabazas. Lo absurdo de la situación les produjo tanta risa que los tres decidieron tomarse unas cervezas en un pequeño bar cercano para celebrar lo sucedido.

Allí invitaron a chibuku a toda la concurrencia, se limpiaron el barro con el agua de un cubo que alguien les acercó y relataron su aventura entre grandes carcajadas. Nadie tenía prisa. Pagaron otra ronda de chibuku, comieron carne asada en la barbacoa y siguieron bebiendo hasta que se hizo de noche. Entonces y solo entonces, decidieron regresar a Chipatala. Cinco kilómetros eran poca cosa para tres jóvenes malauíes acostumbrados a caminar. La moto y los dos cascos se quedaron en el bar. Había luna llena y la visibilidad era buena. En bastante menos de una hora llegaron a Chipatala pero, ¿para qué volver tan pronto a casa si ya estaban de fiesta y tenían novedades que contar? Así que hicieron otra parada en el bar de allí y volvieron a relatar la historia de la moto, de la caída en el barro y del rescate.

A las nueve de la noche Haxi consideró que era demasiado tarde para presentarse en casa de Ada en esas condiciones. Iba bastante borracho y no había parado de bailar. Llevaba puesto en la cabeza un ridículo gorrito blanco que alguien (ya no recordaba quién) le había prestado y el tobillo izquierdo estaba empezando a dolerle. Decidió dormir en su propia casa. Yankho le examinó el tobillo. No era nada importante, pero se estaba formando un gran hematoma a consecuencia del golpe.

Chilaya dormía en el catre que ambos hermanos solían utilizar. Sigilosamente, Haxi se dirigió a la pequeña cocina que compartían con otras dos familias y comió los restos de nsima con verdura que encontró. En la casa no había electricidad y tuvo que alumbrarse con una vela. Luego se desvistió hasta quedar en calzoncillos y se tumbó en la cama. La cabeza le daba vueltas. A pesar de la borrachera, no conseguía dormir. El calor que desprendía el cuerpo dormido de su hermana le hizo recordar a Ada. Haxi tuvo una erección. Despacito, manipuló su mango que sobresalía, grande y oscuro, por el borde del ajustado calzoncillo. Chilaya se agitó en sueños y él se colocó boca abajo. Frotó el mango contra la sábana, moviéndose con suavidad hasta que eyaculó. Y entonces se durmió, con la materia viscosa y fría pringando la sábana y su abdomen.

Soñó con Ada y con España. Haxi no tenía ni idea de cómo sería España y en sus sueños imaginó un lugar donde había muchos coches, muchas casas lujosas y donde, casi, casi, llovía dinero del cielo a todas horas. Ada y él estaban juntos en España en ese sueño.

Haxi nunca había sentido por nadie lo que sentía por Ada. Era algo parecido a la adoración. No era solo deseo sexual. En Malaui el sexo era algo cotidiano, algo a lo que no se daba demasiada importancia porque no planteaba problemas. Si un chico y una chica se sentían atraídos, lo hacían. Y si un hombre no podía mantener relaciones con su esposa porque ella estaba enferma, preñada o menstruando, pues se buscaba a otra y ya estaba. Muchas chicas se prestaban al coito a cambio de un vestido nuevo o de un plato de comida.

Lo de Ada era otra cosa. Representaba la esperanza de una vida mejor. Con ella todo parecía posible. Haxi sabía que conocer a Ada había sido la gran suerte de su vida. Nadie le había tratado nunca con tanto afecto como ella ni le había ofrecido todo lo que ella le ofrecía. Y, además, Ada le gustaba mucho. Le gustaba el color de su piel y de su pelo. Ada tenía el cabello rubio, largo y suave. Solía recogerlo en una coleta pero a él le gustaba más cuando lo llevaba suelto, como por la noche al acostarse. El pelo de los malauíes era áspero, encrespado y muy rizado. Casi todos utilizaban cremas o vaselina para suavizarlo y hacerlo brillar. Las mujeres lo llevaban muy corto, como los hombres. Así lo llevaba su hermana Chilaya. Y las que se lo dejaban largo, lo trenzaban utilizando pelo sintético postizo. Trenzarse el cabello unas a otras era una forma de entretenimiento para las mujeres. Se peinaban entre ellas, charlaban, cotilleaban, reían. Aquello podía durar varias horas. Y una vez trenzado, lo recogían en lo alto de la cabeza, formando una especie de moño o una cascada de pequeñas y apretadas trencitas que brillaban como el pelo de las muñecas.

Pero el cabello de Ada era muy fino y cuando le daba el sol se llenaba de luz. Y su piel. También era fina. Su cutis, su escote, sus brazos, como de color caramelo, por el sol. Y lo demás muy blanco. Cuando estaban desnudos los dos, hacían un hermoso contraste.

El sexo con ella también era muy especial. Ada era toda especial. Olía distinto. Le gustaban mucho las caricias y los besos. Él se había besado en la boca con Marta el día de Nochevieja (y luego se había acostado con ella). Pero a Ada le gustaban los besos en las mejillas, en la barbilla, en los ojos, en la frente, en el cuello, por todas partes. Y los lametones. Sobre todo en el chichi, en el ombligo, en los pezones. Ada le había explicado que la vulva femenina en español se llamaba «chichi». Y que el nombre para su mango era «polla». Así que habían inventado una palabra, «chichipolla», que sonaba como muy chichewa, para decirse el uno al otro cuando querían sexo. Y ella también había aprendido a recibirle a él con la vibración precisa para proporcionarle placer.

Además, estaba el trabajo en el pabellón de mal nutridos. Ada era una buena enfermera. Le gustaba la gente y, sobre todo, los niños, como a él. Haxi había asistido a la escuela en la misión de Padres Blancos de Lilongüe. Era el único hijo varón de la familia. Tenía ocho hermanas, seis menores que él, que habían quedado a su cuidado al morir sus padres de sida. Su padre había contraído el sida en una ceremonia de purificación a cargo del singanga, el curandero local. Durante la ceremonia ritual el singanga realizaba multitud de pequeños cortes en el pecho de los asistentes, utilizando la misma cuchilla ensangrentada para todos. Luego, sin saberlo, el padre había contagiado a la madre a través de las prácticas sexuales. Los Padres Blancos acogieron a siete de los nueve niños huérfanos y les llamó la atención el cariño con que el joven Haxi cuidaba de sus hermanas. Por eso decidieron pagarle los estudios de auxiliar en Pediatría. Y a Haxi le encantaba su trabajo. Sobre todo desde que lo compartía con Ada.

A pesar de que ganaba poco dinero, Haxi hasta entonces se había sentido contento. Poseía su propia tierra para cultivar maíz y tenía un trabajo bien considerado. Eso era más de lo que tenían muchos en Malaui. Sabía que con dinero abundante se podían con-seguir cosas (radio, teléfono móvil, televisor, DVD, un reloj, una bicicleta o una moto, una casa más cómoda con luz eléctrica y agua caliente) como las que tenía su amigo Yankho, pero siempre había pensado que todo eso quedaba fuera de su alcance. No había podido tener novia ni casarse porque el dinero le llegaba justo para mantenerse él y su hermana. Pero entonces había aparecido Ada y había sido como si llegasen los Reyes Magos. Gracias a ella, quizá pudiera disfrutar por fin de aquellos lujos tan tímidamente codiciados. Podría pagarle estudios superiores a Chilaya y enviar alguna cantidad a los parientes de Chikoko para mantener a Eunice y a Lucía. Se sentía muy feliz. Solo que ahora tenía miedo. Miedo de que todo fuese un espejismo. Miedo de perder a Ada. Miedo de que ella se marchase a España sin él y ya no volviese. La idea le aterrorizaba.

En la misión de Lilongüe los curas le habían alertado constantemente acerca del peligro que suponían ciertas prácticas de brujería. Eran pura superstición. Tenía que recordar lo ocurrido con sus padres. Sin embargo una noche, sin poderlo evitar, Haxi había recurrido a un viejo ritual mágico para retener a Ada a su lado. Ada se había dejado hacer ignorando sus verdaderos propósitos. Ella estaba tendida en el lecho, desnuda, relajada después de la sesión de «chichipolla». Sobre las sábanas había restos de semen y de fluidos vaginales. Licor de amor. Haxi había mojado sus dedos en ese licor y había trazado unos signos muy poderosos sobre la frente, la nariz y la barbilla de ella. Eran líneas verticales. Un encantamiento para que ella no le olvidase nunca, para que siempre pensase en él. Un encantamiento para retenerla.

Y parecía haber dado resultado. Ada le había dicho que quería quedarse en Malaui y formar una familia juntos. Una familia que incluía a Chilaya, a Joel y también a Eunice y a Lucía. Y a los hijos que irían llegando. Solo dos, decía ella. Sí, claro. En Europa la gente tenía menos hijos. Los hijos allá no eran riqueza, eran gasto. Ella se lo explicaba siempre. Bueno, pues solo dos. Solo dos con tal de que Ada no se marchase nunca de su lado. Y si ella decidía regresar a España, a él no le importaría demasiado dejar Malaui. A veces Haxi se imaginaba a sí mismo instalado en España como un ricachón, conduciendo un gran coche, vistiendo ropa nueva y viviendo en una casa como las que veía en las películas americanas, igual que en el sueño que había tenido.

Haxi no estaba seguro de creer a Ada cuando aseguraba que en Europa la vida no era tan bonita como ellos pensaban. Pero lo cierto es que ella estaba allí, en Malaui, dispuesta a renunciar a todas las comodidades del mundo occidental. Por algo sería. Y Ada era una persona inteligente.

—¿Qué es lo que te gusta de Malaui, Ada?

—Pues la alegría de la gente, las ganas de vivir y de pasarlo bien que tiene todo el mundo, aunque a veces no sepan si van a poder comer al día siguiente. Aquí nadie se complica la vida, todo es sencillo y natural. Aquí salgo de casa por la mañana y veo árboles y cielo abierto y tengo que espantar a una gallina con sus polluelos para poder pasar y me encuentro con una fila de niños que se dirige a la escuela y todos me saludan con sus manitas y me sonríen... En España no me despierta el canto del gallo, me despierta el despertador. Allá los horarios son muy importantes, así que tengo que desayunar y ducharme muy deprisa, bajar a la calle en ascensor y correr a coger el autobús para llegar a tiempo a donde sea. Allá el campo está muy lejos de la ciudad, hay coches y más coches, gente que camina apresurada... Nadie tiene tiempo para charlar o sonreír a los demás, todo es muy serio, muy formal, muy organizado, muy planificado. No huele a tierra como aquí. Huele a gasolina y a polución. Y el sonido más habitual es el del motor y el claxon de los coches. En el mundo occidental no hay tiempo, todo el mundo anda apresurado y ocupado. Y muchas personas, cuando llega el fin de semana y, por fin, disponen de él para disfrutarlo, pues no saben qué hacer con ese tiempo y lo pierden tragándose todas las tonterías que les echan por la televisión o yendo a un gran centro comercial a comprar cosas que no necesitan para nada. Comprar y comprar. Comprar lo que ven en la tele sin pensar si es útil o no. Todo el mundo vive engañado. En fin, Haxi, yo soy mucho más feliz aquí. Que ganar mucho dinero no es lo único importante, de verdad.

A Haxi sí que le gustaría ganar más dinero.

—Pero el dinero también termina esclavizándote —insistía Ada—. Por ejemplo, en España te compras una casa. Para empezar, lo que compras es aire y unos pocos ladrillos porque esa casa es un piso con otro encima y otro debajo, sin terreno ni nada. Como no tienes dinero para pagarla (muy pocas personas lo tienen, solo los riquísimos), pues se lo pides al banco. ¡Qué fácil! dirás tú. Y no. Esa casa no es tuya. Es del banco. Y tienes que pegarte toda tu vida trabajando para poder devolver lo que te han prestado. Y como el banco quiere ganar mucho dinero dejándoselo a los demás, terminas pagando más del doble de lo que cuesta. Una cantidad todos los meses. El dinero de la casa más el interés que te cobra el banco. Y ya no eres libre. Ya te digo, toda tu vida trabajando como un cabrón para pagar ese espacio de aire que te has comprado. Y lo mismo ocurre con la lavadora, con el frigorífico, con el televisor y con el coche. Ya estás encadenado. Porque en España casi nadie paga al contado lo que compra. Casi todo se paga a plazos. Y cuando te quieres dar cuenta, resulta que no eres más que un esclavo de todo lo que te crees que posees. Ya sé que es complicado, pero créeme, es así. A mí me parece bien que vosotros deseéis vivir mejor, es lícito, pero ¡cuidado!... Hay que tener muy claro lo que se quiere y lo que se pierde.

—Pero Ada, tú dices que en occidente la gente es esclava de su dinero. Yo creo que aquí la gente también es esclava. Esclava de su pobreza.

—¡Ay! Tienes razón. Es todo demasiado complicado. Ya me gustaría a mí, ya, tener la fórmula mágica que solucionase estos problemas. Libertad. A veces pienso que es una palabra bien absurda, porque no hay ser menos libre que el animal humano.

Sin embargo, Haxi empezaba a captar lo que Ada pretendía explicarle. Su amigo Yankho, por ejemplo. Yankho ganaba muchísimo más dinero que él pero Haxi no creía que fuese más feliz. No. Yankho también deseaba más. Nadie se conformaba con lo que tenía. Esa era la cuestión. Bueno, quizá solo Ada. Ella sí que conocía los dos mundos y elegía el suyo, el de Haxi. Pero Ada era especial. Por eso él la amaba tanto. Y Ada también tenía dinero. Juntos podrían ser felices. Ya lo eran. Tendrían más de lo que él había tenido hasta entonces. Eso significaba mejor casa, algunas comodidades y estudios para sus hermanas pequeñas. Un poquito más que ahora, para vivir mejor sin tener que ser esclavos del dinero o de la pobreza. Sí, Ada era la gran suerte de su vida. No podía dejarla escapar.

A la mañana siguiente todo el mundo en Chipatala parecía enterado de la pequeña aventura de Yankho y Haxi. Cuando Ada llegó al pabellón de mal nutridos, al menos tres personas le habían contado ya tres veces versiones ligeramente distintas de lo ocurrido.

—Pero vamos a ver, ¿qué es lo que pasó exactamente? Os caísteis de la moto sobre el barro. ¿Y cómo está tu pie, Haxi? Ninguno de los dos está malherido, por lo que veo. ¿Y la pierna de Yankho? No sería muy grave, porque Anjiru me ha contado que después os vio en el bar...

—No pasó nada, Ada —explicó Yankho—. Perdimos el equilibrio y fuimos a parar sobre un gran barrizal con la moto encima. Pero Baiton nos rescató. Teníamos que invitarle a unas cervezas. Estuvimos en el bar de la carretera. Luego tuvimos que volver caminando y se nos hizo tarde.

El tobillo de Haxi estaba hinchado. Ada le aplicó una pomada para que bajase la inflamación y se lo vendó. La pierna de Yankho estaba bien. Pero era mejor que Haxi guardase algo de reposo, al menos durante un par de días. Y a Ada se le ocurrió que fuese mecanizando las fichas de los niños en el ordenador para que hiciese algo útil y se mantuviese entretenido. Así que instalaron a Haxi con el pie en alto y Ada le dio instrucciones. Al principio iba muy lento, como si aquel chisme electrónico le diese miedo o respeto, pero al ratito fue adquiriendo soltura y enseguida descubrió que le gustaba y que era interesante e instructivo. Había sido una buena idea.

Mientras Ada explicaba a Haxi cómo utilizar la base de datos, Yankho los observaba en silencio y pensaba que esa mujer era diferente, muy diferente a las mujeres africanas. La comparó mentalmente con Mara. Mara era una enfermera competente. A Yankho le gustaba mucho. Quizá se hiciesen novios. Pero a pesar de su eficiencia Mara nunca sería capaz de tomar iniciativas como hacía Ada. Yankho conocía a otras mujeres europeas y pensaba que todas ellas tenían en común esa especie de energía que las hacía comportarse como hombres sin serlo. Más suaves, sí, pero enérgicas y decididas. La misma hermana Celsa, por ejemplo. Pero la hermana Celsa era una monja y nadie esperaba encontrar sensualidad en una monja. Las monjas eran seres asexuados, con su pelo corto y su estilo casi varonil. En cambio Ada era una mujer sensual. Eso se notaba y, además, Haxi se lo había dicho. Enérgica y tierna. Una mezcla irresistible, al menos para Haxi. A Haxi le había cambiado la vida gracias a esa chica española.

Ternura. No era un sentimiento habitual en Malaui. ¿Qué era la ternura, en realidad? Ada acariciaba y besaba a los niños que acudían al pabellón. ¿Era eso la ternura? En Malaui la gente se tomaba de las manos al saludar. Con las manos se podían comunicar muchas cosas. Eso de los besos, en cambio, era una costumbre muy occidental. Nadie besaba en Malaui. Pero Ada y las hermanas sí lo hacían. Y las caricias. Mimos y cosquillas. Haxi le había contado que Ada le acariciaba. Despacito y con ternura. Él los había visto un día. Estaban los dos sentados en las escaleras de acceso al pabellón y el sol se ponía, tiñendo las nubes de rojos y violetas. Ada tenía una de las manos de Haxi entre las suyas y pasaba sus dedos con cuidado por las líneas de la palma de la mano de su amigo. Y, de vez en cuando, depositaba besos muy suaves ahí. Ella se detuvo un instante y Haxi ronroneó, pidiéndole con la mirada que continuase. Yankho se escabulló, avergonzado de haber sorprendido aquella escena tan íntima y tan tierna. ¿Era eso la ternura? Mara y Yankho nunca se daban la mano en público, pero sus pies se buscaban y se encontraban y era un contacto dulce, muy dulce. ¿Era eso la ternura, esa dulzura? Era eso, suponía Yankho. Y entonces procuraba ser dulce y tierno con los críos que examinaba para que no tuviesen miedo de él, porque él sí que había sentido mucho miedo cuando no era más que un niño huérfano en la misión.

La pequeña misión. Cerca de las montañas. La aldea donde Yankho había nacido estaba muy próxima a aquel lugar. En la misión había un museo etnológico que exhibía piezas de arqueología y otros materiales de interés antropológico que intentaban ilustrar la diversidad cultural malauí y algunos de sus rituales más ancestrales. A Yankho le fascinaba aquel lugar. El museo era un lugar mágico para él. Había hermosas pinturas. Yankho las copiaba en su cuaderno de colegial o allí donde podía. Los curas de la misión enseguida repararon en su inteligencia y en su precocidad y decidieron acogerle y ayudarle en sus estudios. A Yankho le atraía todo lo relativo al cuerpo humano. El hombre era la más excelsa creación de Dios, su símbolo y, por así decirlo, su extensión. A pesar de su caída y su expulsión del paraíso, aún conservaba muchos de los atributos divinos. Por eso eligió diplomarse en Medicina. Para ello, tuvo que trasladarse a la misión de Lilongüe. Fue allí donde conoció a Haxi. Y después viajó a Tanzania para realizar sus prácticas. Tanzania fue otro lugar mágico. Un enorme país con lagos maravillosos como Malaui, extensas praderas herbáceas de sabana y lo más variado de la fauna africana. Los cinco grandes. Y el Kilimanjaro.

Por aquel entonces, Tanzania empezaba a ser un país de safaris reservado para las elites occidentales, gentes pálidas y rubicundas que viajaban en lujosos jeeps, recorriendo las extensas llanuras del Serengueti, el cráter de Ngorongoro, o escalando las laderas del Kilimanjaro. Y siempre desdeñando a la población nativa, a la que consideraban, simplemente, como un elemento exótico del decorado africano.

A Yankho toda esa gente blanca llegada de lugares remotos le parecía estúpida. Eran soberbios e infantiles. Chillaban y alborotaban, manifestando muy poco respeto por el legado cultural africano. Llegaban en grupos desde Nairobi, pertrechados con costosos equipos, calzones y chalecos caqui y ridículos sombreros de explorador, para hacerse una foto lo más cerca posible de un león, una jirafa, un elefante o un nativo massai. Y se marchaban satisfechos de haber conocido África.

No. Eso no era conocer África. Eran necios. No sabían utilizar casi ninguno de sus cinco sentidos. ¿Para qué los tenían? No sabían ver, ni escuchar, ni tocar, ni oler, ni gustar. Solo tenían prisa. Mucha prisa. Llegaban en el jeep levantando polvo, el guía les mostraba el animal de turno, miraban por sus prismáticos, hacían muchas fotos con grandes teleobjetivos y a los cinco minutos partían. Por la noche se alojaban en campamentos muy exclusivos y escuchaban el rugido del león mientras un negrito con guantes blancos les servía la cena en vajilla de porcelana. Un punto de temor les atenazaba el pecho al oír los sonidos misteriosos de la sabana. Ya habían visto África. Ya podían regresar contentos a sus casas. A Yankho le parecía increíble que gente como aquella fuese la que dirigía el mundo. Él sentía el orgullo de ser africano. Intuitivo y receptivo. África era todavía el jardín del Edén.

Al regresar a Malaui los padres de Lilongüe le buscaron trabajo en el hospital de Chipatala. Una vez instalado allí, con un buen salario, tuvo que hacerse cargo de la manutención de su familia y llevó consigo a Musamude, uno de sus sobrinos, un chaval listo que prometía y que era aficionado al dibujo, como él mismo. En Chipatala se reencontró con Haxi y los dos jóvenes reanudaron su amistad. Era agradable que pudieran trabajar juntos.

Yankho se convirtió en uno de los solteros más cotizados del hospital. Diplomado en Medicina. Buen sueldo y casa gratis. Inteligente y atractivo. Un espíritu fogoso. En Yankho había algo místico e indomable que todos percibían. Y no solo Mara le miraba con buenos ojos. La mayoría de las enfermeras y diplomadas en edad casadera suspiraban por él. Incluso Marta, la chica española de Dedza. Casi todas habían pasado por su cama. Pero a Yankho no le interesaban los compromisos. Era ambicioso. Y le gustaban los niños, como a Haxi. Dirigía el programa de mal nutridos de Chipatala pero no tenía especialidad. Pediatría. Ese era su sueño, conseguir una beca para llegar a ser médico pediatra. Los niños eran el futuro, la materia prima de Malaui. Allí era donde el gobierno tenía que invertir esfuerzos y capital. El trabajo en el hospital había rebajado bastante ese orgullo de ser africano que Yankho poseía. Había tanto retraso, tanta ignorancia, tanto por hacer... No podía permitirse el lujo de perder el tiempo en devaneos amorosos. Mara le agradaba más que ninguna precisamente porque compartía con Yankho ese fuerte sentimiento racial. Mara era oriunda de una tribu del norte. En su cuerpo había fuego y ritmo salvaje. A Yankho le gustaba ver cómo movía su trasero, hermoso y prominente, al son del tambor. Bailaba descalza, en trance, con pasión. Y en la cama también era así. Una hembra caliente. Caliente pero sumisa. Sin ternuras ni tonterías. Y si eso de la ternura complacía a su amigo Haxi, pues para él. Seguro que Ada, a la larga, le traería problemas. Yankho elegía lo africano. Pero el amor podía esperar.