Capítulo 7
Sor Juana se marchó el día veinte, como estaba previsto. Aquellos fueron días tristes en el orfanato. Chus y Ada acompañaron a la hermana Paula y a Rosaura al aeropuerto para despedir a Juana. Pocas palabras pero mucha emoción. Y lágrimas. Se cerraba para las tres monjas una etapa importante de sus vidas. Posiblemente nunca volverían a verse. Juana y Rosaura permanecieron largo rato abrazadas, llorando. Paula contemplaba la escena sin expresión, intentando contener el dolor.
¿Y el huerto? El huerto, huérfano ahora, pero siempre fértil y hermoso. El huerto más bello de Malaui, un huerto con alma y raíces profundas porque el corazón de Juana sigue latiendo con fuerza en él.
Nació otro ternero. Y un par de cabritas. Y ahora se acercan las lluvias. Pronto empezará la siembra. Por las mañanas, escuela y dispensario. Por las tardes, juegos. Un poco de fútbol con los más pequeños y otro poco de baloncesto con los mayores.
Y la vida sigue discurriendo a su ritmo, a veces plácido, a menudo salpicado de anécdotas made in Africa.
Ada ha ido encontrando también su propio hueco. El programa de mal nutridos absorbe su tiempo y sus energías. Algunos días cree haber avanzado un montón. Pero otros, se desmorona, sintiéndose insuficiente e impotente. Se le mueren más niños de los que quisiera.
—Tranquila —le dice Chus—. Nosotras lo estamos haciendo bien, pero ha sido un mal año. Si este próximo la cosa no mejora, tendremos hambruna. Y poco podremos hacer. A ver. Ahora tienen que empezar las lluvias.
Pero la lluvia aún no se decide a caer.
Por fin, una tarde el cielo se oscurece de nubes que descienden sobre la tierra formando una bóveda negra. Comienza a llover. Durante dos horas largas sigue lloviendo con fuerza. Algo es algo, pero ha sido poco. El cielo otra vez raso. Brillan las estrellas. Y así, con timidez, va lloviendo un poquito cada día, casi siempre al caer la tarde. Y luego empieza a llover de verdad.
En cinco días el paisaje se transforma. A Ada le parece que ahora vive en otro país. El de antes era rojo, desértico. El nuevo es intensamente verde. Parece salido de una película de Tarzán. Ya no se ven los caminos porque se los ha tragado la vegetación y ahora pasean por ellos caracoles del tamaño de un puño. Árboles enormes, de tronco oscuro y copas como cúpulas verdes y doradas. Hierba y flores silvestres. Todo verde hasta donde la vista se pierde.
Por supuesto, con tanta lluvia, carreteras y caminos están impracticables. La salida en la clínica móvil adquiere visos de desafío. La última vez se quedaron clavados en un barrizal. Les costó más de una hora de esfuerzo sacar la ambulancia del barro.
Es un mal momento para los más desfavorecidos. El país se ve rico y próspero con tanta lluvia. El grano crece pero no hay comida. Se ha terminado ya lo que se recolectó el año anterior y ahora hay que esperar a la próxima cosecha. Todo depende del clima. Tiene que llover lo suficiente para que crezca el maíz, las alubias y las calabazas. Pero tampoco demasiado, para que no se pudran los cultivos por exceso de agua. Un equilibrio delicado y difícil. ¡Pobre pequeño país, a merced de la lluvia y el sol!
Con las lluvias llegan algunas visitas de España. La primera, la de Marisa. Marisa es una empleada de banca prejubilada que todos los años visita Malaui. Mantiene contacto con las monjas del orfanato y se hospeda en él durante sus estancias. Suele financiar algunos proyectos pequeños y colabora como puede durante esos días: a veces le toca sustituir a alguna maestra; otras, realizar el inventario de las existencias farmacéuticas... Lo que sea, el caso es contribuir. Y financia su ayuda comprando artesanía local que luego revende a buen precio en España, aprovechando rastrillos y mercadillos de amas de casa, señoras bien y otras almas llenas de buenas intenciones.
Marisa se instala con Chus y con Ada en la casa de las visitas. Enseguida hacen buenas migas las tres. Chus y Marisa ya se conocen de una ocasión anterior, así que Marisa les propone acompañarla algún fin de semana a la zona del lago, donde hay mejor artesanía y mejores precios.
El plan es atractivo: alquilar un coche y salir el viernes, dormir dos noches en el lago, hacer las compras y regresar el domingo a primera hora de la tarde.
Dicho y hecho. Viernes al mediodía. Compran unas panochas de maíz asado en un pequeño mercado a la salida del orfanato. Dirección Salima. Hay que atravesar una zona montañosa. El lago está situado en la grieta formada por la falla y carece de perspectiva. No lo ves hasta que llegas a él. Pero se intuye. Se intuye una enorme masa azul de agua en algún lugar. El lago crea una especie de luminiscencia azul en la línea del horizonte. Algo brilla ahí. Marawi, «brillo». Tal vez el nombre del país provenga de ese vocablo bantú.
Una vez sobrepasadas las montañas, los márgenes de la carretera se pueblan de aldeas y de caminantes. Los puestos de mercado siguen la lógica gremial. O más bien la de la proximidad a la materia prima. Hay un «hipermercado del tomate». Puestos y más puestos dedicados exclusivamente a la venta de tomates, coloristas y cuidados. Pequeños tomates rojos dispuestos en pirámides. Agradable a la vista. Y algo más allá, comienzan los puestos de muebles de bambú. Preciosas mesas y sillones a precios de risa. También se atraviesa la sección de vendedores de esteras.
—¡Esta carretera parece el Corte Inglés! —exclama Ada—. El Corte Inglés de Malaui.
Es una de las carreteras más transitadas del país, la ruta de la gente rica, porque Salima es la playa de moda para los que viven en la capital y tienen dinero: gente del gobierno, indios, pakistaníes...
Por fin, llegan al mercado de artesanía de la madera, muy cerca ya de Salima. Los tenderetes bordean invariablemente la carretera. Puestecitos de cañizo con techumbre de paja. Agobiantes y calurosos. Cada puesto lo comparten entre varios comerciantes.
Empieza el regateo. Lo mejor es decidir mentalmente cuánto se está dispuesto a pagar por la pieza elegida y después poner cara de póquer. Ahora, en época de lluvias, los precios son más bajos. Por eso es ahora cuando a Marisa le interesa comprar. E incluso se puede recurrir al trueque: ropa por artesanía. Como Marisa ya se lo sabe de otros años, lleva ropa para intercambiar. Muchas camisetas que le dan en España sus amigos para ayudar a la gente del Tercer Mundo. Gorras y pantalones de chándal, algunas zapatillas de deporte, etc. Así consigue una buena cantidad de maternidades, esas figuras de madera muy estilizadas, esquemáticas, que representan a una madre inclinada tomando a su hijo de las manos. También tambores, un tablero de ajedrez y bastantes pinturas.
—Vamos a probar en otro puesto. Necesito cuencos de madera y pequeños objetos para rellenar los paquetes. Pipas, colgantes, cosas así.
El regateo es feroz. Marisa no se casa con nadie.
—Es que me molesta pagar de más. Les compro bastante cantidad y paso de que me tomen el pelo. Prefiero regalarles luego una gorra, para que conste que soy legal y agradecida. Además, la mayoría de estos chicos ya me conocen de otros años. Después les invitaré a unas cervezas.
Así es Marisa. Casi sesentona pero con mucha marcha y mucha determinación en el cuerpo. Las tres amigas comparten unas cervezas apoyadas en el coche con un grupito de vendedores. Chicos majos que tienen que despabilar para buscarse la vida. Pero pronto se hace de noche y hay que continuar el camino. Atraviesan Salima abriéndose paso entre enjambres de bici-taxis. Toman una pista llana y embarrada que llega hasta la orilla del lago. Más aldeas en los alrededores. Un arrozal verde infinito. El lago. El lago azul. Aún tienen que atravesar a pie un poblado para llegar a su orilla. Pasan por delante de un cine: un chamizo de paja totalmente cerrado, sofocante, donde algún vecino proyecta en su propio vídeo casero una película de kung-fu. Eso sí, no falta el puesto de palomitas a la entrada. Cruzan un espacio vacío que hace las veces de campo de fútbol o de plaza pública para remendar las redes de pesca, según haga falta. Y ahora sí que de verdad el lago, recorrido por una bonita playa de arena blanca.
Nyanja. Es como el mar. Azul profundo, con un potente oleaje.
La playa está llena de gente. Mujeres y niños encienden pequeñas hogueras para asar el pescado. Hombres y muchachos tiran de las redes, en la orilla. Cuerpos delgados pero muy musculosos. Viriles, oscuros, hermosos. La luz va decayendo y brillan las hogueras. Algunos beach boys se acercan a las tres amigas ofreciéndoles collares y pulseras.
En el orfanato es la hora de la cena. Paula bendice la mesa. Las hermanas se sientan, silenciosas. Ahora solo son cuatro. Paula, Rosaura, Kandy y Teresa. La sensación es extraña. Queda mucho hueco entre ellas. Demasiado.
—Anda, Rosaura, alcánzame la sal —pide Paula.
—Es que ahora me quedas muy lejos. Antes, se la pedías a Juana. Se supone que mañana llegará a Caracas. Espero que nos llame por teléfono.
—En eso quedamos. Que no se nos olvide contarle que ha nacido otro ternero.
—Le diremos que lo vamos a llamar Juanito, en su honor. Y que irá para semental.
Las dos indias comen en silencio. Teresa carraspea y bebe agua.
—¿Se sabe a quién nos van a mandar en el lugar de Mary y de Juana? —pregunta.
—Todavía no nos han dicho nada. Pero es evidente que cuatro hermanas no podemos hacer lo que hacen seis. No damos abasto —responde Paula.
—Nos perjudica el hecho de tener voluntarias —sugiere Kandy.
—¿Qué quieres decir? No entiendo en qué nos puede perjudicar.
Las dos indias se miran con cara de conspiradoras.
—Es fácil —interviene Teresa—. Tenemos ayuda. Nuestros superiores piensan que no es tan urgente sustituir a las hermanas.
—Pero una cosa no tiene que ver con la otra —insiste Paula—. Las voluntarias son una ayuda intermitente y temporal. No se puede contar con ellas indefinidamente.
—No es solo eso. Las voluntarias soliviantan a nuestro personal. Por lo menos las de ahora. Ya ves. Demasiadas confianzas. Empiezan las protestas. Esa chica, Chus, la asturiana... Seguro que ella les ha metido ideas en la cabeza. Es una chica trabajadora, buena organizadora, pero tiene un espíritu rebelde. No se pliega a las normas de la institución. Su actitud es siempre retadora, desafiante. Y la nueva, Ada, la enfermera, sigue sus pasos. Ya se ha encargado la otra de aleccionarla bien.
—Teresa tiene razón —interviene Rosaura, que ha escuchado en silencio las opiniones de las dos indias—. Hasta ahora nuestros voluntarios se quedaban aquí un mes o dos y nunca llegaban a integrarse con la población nativa más allá de los códigos de una razonable caridad. En cambio, estas dos... Chus ya lleva demasiado tiempo, más de un año. Está demasiado implicada. Y Ada se ha hecho muy amiga de Kiss, la auxiliar. Creo que incluso ha estado en su casa. Y no solo eso. Está aprendiendo chichewa ayudada por Andrew, el maestro. Él le enseña chichewa y ella le enseña el manejo del ordenador. No hay nada malo en ello, pero es verdad que los nativos enseguida cogen ínfulas si se les hace caso. Ellas ni se dan cuenta. Total, pasan aquí unos meses y se creen maravillosas siendo simpáticas y cariñosas con todo el mundo. Luego se van y nos dejan a nosotras el problema. El personal quiere derechos. Y lo pagamos nosotras. Mira ahora, sin Juana y sin Mary. La verdad es que no entiendo el porqué de este cambio de política con respecto a las voluntarias.
—Es verdad, es verdad —suspira la hermana Paula—. Todo son problemas. A la gente no se le puede dar todo lo que pide. Caridad, sí, que para eso estamos aquí, pero nada de libertinaje y exigencias.
—¿Qué podemos hacer entonces, Paula? Tú eres nuestra hermana superiora —apremia Rosaura.
Teresa vuelve a carraspear.
—Permitidme —y tose discretamente—. Hace tiempo que es un hecho que Chus se va. Y Ada ha venido por no más de tres o cuatro meses. La solución se presenta sola. Chus se va y nosotras no prolongaremos la estancia de la otra.
—Sí. Eso podemos hacerlo —asiente Paula—. Es una decisión que yo puedo tomar sin consultar. Prescindiremos de voluntarios que solo colaboren con su trabajo —Se levanta con energía.— Es un tipo de ayuda que provoca más inconvenientes que ventajas. Eso, sí: tendremos que seguir acogiendo a los que nos aporten dote. Pero es mejor que todo permanezca bajo nuestro control.
Se oye ruido en la puerta de entrada. Voces. Es el padre James.
—¡Hola a todas, queridas sisters! ¡Ah! ¡Perdónenme! Todavía no han terminado de cenar.
—No le importe, padre, no le importe —Rosaura se levanta presta, coge del brazo al padre James y lo sienta a la mesa, a su lado—. Tomará el café con nosotras. Y una copita de Marie Brizard. O de whisky, si usted prefiere.
El padre es un mocetón irlandés bastante apuesto.
—Tienen ustedes cara de conspiradoras, mis queridas sisters.
—¡Oh! Bueno... Hemos tomado algunas decisiones importantes durante la cena. Hablábamos de los voluntarios. Vamos a prescindir de ellos en el futuro. No aportan demasiada ayuda y tienden a romper el equilibrio interno de esta pequeña comunidad.
—¡Ah!
—Los misioneros llevamos mucho tiempo en Malaui, usted lo sabe. Y tenemos experiencia en el trato con los nativos. No solo la experiencia de aquí, sino la acumulada por nuestra Orden en muchos otros lugares y momentos. Hay que mantener la distancia con la población nativa. Ayudar desde la equidad. Sabemos que esa consigna es la que mejor funciona a largo plazo. Por eso llevamos tantos años aquí. Y por eso tendrán que tenernos en cuenta todas las organizaciones que deseen trabajar en Malaui.
—Las veo excesivamente acaloradas. ¿Tomamos entonces esa copita?
El padre James apura su copita de whisky y se sirve otra, esbozando una pícara sonrisa.
—Si tienen ustedes razón. Son ustedes las que tienen que dirigir su orfanato como mejor les convenga, porque funciona y los resultados están a la vista. Pero cuiden de no proclamar tan alto que este es su feudo o tendrán problemas por revoltosas.
—Por eso mismo, padre —interviene Teresa con mirada enigmática—. Ahora necesitamos ser una piña. Que no nos vengan influencias de fuera. Solas, nosotras mantendremos el control de la situación.
—Y bien. Yo solo había venido aquí a solicitarles un pequeño favor de vecinas. Me dice nuestra ama de llaves que si pueden ustedes prestarnos (bueno, ella dijo regalarnos) un conejo macho para que cubra a nuestras conejas.
—¡Por Dios! ¡Este hombre nos volverá locas! ¡Pues claro que le regalamos el dichoso conejo! ¡Total, ya es la tercera vez que se lo lleva para que se aparee con sus conejas!
Marisa enciende un cigarrillo marca Safari. Tabaco local. Aspira con fuerza, saboreando, y expulsa el humo lentamente, observando con placer cómo la pequeña columna gris se disuelve en la noche. Está sola, sentada en el porche del bungaló que comparte con Ada y con Chus en un cómodo lodge junto al lago. Sus dos compañeras de viaje ya se han acostado.
—Aquí empiezan a picar los bichos —ha dicho Chus; y las dos se han retirado a descansar.
Pero no duermen, observa Marisa. Por la ventana se escapa el tenue reflejo de la luz de una vela.
«¡Bueno! quizá hablen», se dice. «Son dos buenas chicas. Demasiado impetuosas. Jóvenes».
Ella no. Ya no es impetuosa. Le gusta tener proyectos, ilusiones. Sin ellos no podría vivir. Pero ha aprendido a contemporizar.
Estas dos tendrán problemas con las monjas, reflexiona en voz alta. Bueno, Chus los ha tenido ya.
Las sisters. Misioneras. Esos seres tan peculiares. Buenas mujeres también. Como ellas mismas ahora, esas monjas emprendieron en su día una aventura personal obedeciendo a la llamada de un ideal. Se agarraron a lo que encontraron. La religión. Pues la religión. Y habían hecho mucho bien. Habían llenado un hueco que antes estaba vacío. Y lo habían llenado ellas, creando las bases de la estructura de ayuda. Con sus errores y con sus aciertos, por supuesto, que para eso eran humanas, como todos. El problema era no considerarlas así, humanas, porque el hecho de ser misioneras no las redimía de sus pecados ni las situaba en una esfera superior. Era peligroso dejarse llevar por ese tipo de prejuicio un tanto romántico y trasnochado: en realidad ser misionera no significaba ser santa. Habían hecho mucho bien, aunque también se habían equivocado mucho. Pero Ada y Chus, que también eran buenas chicas, no tenían derecho a juzgarlas con tanta severidad.
Ella seguiría colaborando con las sisters. Ya abriría sus intereses a otras puertas poco a poco. En Malaui la religión era, todavía, el contacto más valioso.
Marisa encendió otro cigarro. Le gustaba fumar a solas, a oscuras. Le ayudaba a pensar.
El cielo estaba muy negro y encapotado de nubes. Al otro lado del lago se encendían las luces espectrales, intermitentes, de una tormenta. ¿Y ella? ¿Por qué volvía a Malaui año tras año? ¿Qué se le había perdido allí, en ese remoto lugar de África? En el corazón caliente de África. A los malauíes les gustaba referirse así a su país. Era un hermoso nombre. El corazón caliente de África. ¿Qué significaba eso, en realidad? Para ella, pasión, vida, libertad. Sí, había encontrado esas tres cosas allí, en el corazón caliente de África. Y también sexo. Aunque ahora ya no. Eso había sido en otros tiempos, al principio de llegar. Pasión, vida, libertad. No podía decir más, ni menos.
Apagó el cigarrillo. Su toalla ondeó mecida por el viento, prendida con dos pinzas a la cuerda del tendedor. La palpó. Ya estaba seca. Marisa tuvo una idea. Descolgó la toalla. Se desnudó rápidamente y se envolvió en ella. Caminó hasta la orilla del lago. Iba descalza. La arena estaba fría y se pegaba a la planta de sus pies. Cuando llegó a la orilla se desprendió de la toalla y se metió en el agua. No había nadie más. Dio algunas brazadas. La arena exhibía su blanca palidez a la luz de unas pocas estrellas. Y entonces, como en una revelación, sintió toda la soledad del mundo, la soledad primordial del ser humano único, solo, desamparado pero libre al fin. Sí. Por eso estaba en África, por eso estaba allí.
Las cosas no salieron como habían previsto las cuatro hermanas.
En primer lugar, Chus contrajo malaria. Volvió de Salima algo indispuesta, con dolor de cabeza y sensación de debilidad pero lo atribuyó a algún catarro y siguió haciendo vida normal.
El martes salieron con la clínica móvil. El estado de los caminos era imposible. La ambulancia se atascó en el barro, en medio de la nada, y todos los del equipo tuvieron que caminar casi dos horas bajo la lluvia hasta que pudieron alcanzar la carretera principal. Chus llegó a casa ardiendo de fiebre. Entre Ada y Marisa la metieron en la cama. Avisaron a las hermanas, estas llamaron al médico y comenzó una semana terrible para la asturiana. Espasmos, temblores, fiebre, vómitos. Malaria. Hubo que ingresarla en el dispensario y ponerle goteros de quinina y de glucosa. Chus no podía comer nada, ni siquiera beber. Sudaba y deliraba.
Las hermanas tuvieron que hacer gestiones para cambiar su billete de regreso a España, programado para aquellos días. Retrasaron su partida otro mes para estar seguras de que podría emprender el viaje con fuerzas, porque la pobre había adelgazado bastantes kilos y se sentía muy débil.
Poco a poco Chus fue recuperándose. Ada la visitaba a diario, preocupada por el estado de salud de su amiga. Ella misma sugirió, cuando Chus ya pudo empezar a tolerar el alimento, que comiera más veces menos cantidad y que tomara papilla de chiponde algo diluida, igual que hacían con los mal nutridos. La fórmula funcionó.
Durante la convalecencia hablaron. Ambas se hacían la misma pregunta una y otra vez: ¿qué pintaban ellas allí, en Malaui, en aquel país olvidado de África del Sur?
—A veces pienso que vine por despecho. No sé, quería demostrarme a mí misma que ya había superado lo de Álvaro, que podía enfrentarme yo sola a mis propios retos —confesaba Ada—. Álvaro y yo habíamos estado varias veces en Suramérica, en dispensarios y en pequeños hospitales, como voluntarios. Creo firmemente que con un poco de ayuda bien dirigida y mejor voluntad las cosas en el mundo funcionarían mejor. Por eso quería seguir adelante yo sola, para convencerme de que Álvaro no era indispensable.
—¿Y te has convencido?
—No lo sé. A veces creo que no sé nada. Ni siquiera tengo claro lo que siento.
—¿Qué pasó entre Álvaro y tú?
—Supongo que nuestra relación fue languideciendo con el tiempo. La descuidamos. Yo no me di cuenta. Álvaro seguía siendo para mí lo más importante del mundo, pero a mí me parecía una relación tan segura, tan consolidada, que supongo que dejé de estar pendiente. Y los hombres para eso del afecto son muy infantiles; hay que hacerles siempre mucho caso. Total, que un buen día apareció mi prima Violeta y Álvaro y ella se enamoraron perdidamente. Ya ves, qué cosas. Yo no me enteré de lo que pasaba hasta que me los encontré juntos, en plena calle, muy acaramelados, viviendo su romance con pasión delante de mis narices.
—¡Vaya corte!
—Ya lo creo. ¡Qué chasco! ¡Qué ridículo! Encima, con mi prima. Toda la familia implicada. Se casaron y todo y ahora tienen una niña. Violeta. Se llama como ella. Antes me parecía un nombre precioso, dulce, romántico. Ahora lo aborrezco. Pasé una temporada muy mala, con la autoestima por los suelos. Además, me daba cuenta de que no encajaba con nadie, ni con amigos ni con amigas. No me aguantaba ni yo.
—Bueno, pero todo eso ya es agua pasada. Aquí eres feliz, tú misma lo dices. Quizá aún no hayas encontrado lo que buscas, pero por lo menos lo buscas. Que no es poco. Y no te creas que eres la única en pasarlas putas. Yo también llevo varios fracasos amorosos a mis espaldas. Uno de ellos aquí, sin ir más lejos.
—¿Por eso has tenido problemas con las sisters?
—Por eso, porque no me ha dado la gana de disimular y porque tampoco me he querido callar y hacer como que miraba hacia otro lado cuando he visto en ellas actitudes que no me han gustado.
En segundo lugar, se produjo el relevo esperado. Pero no llegaron dos hermanas. Llegó solo una y resultó ser malauí.
La hermana Gwendoline era una de las dos monjas malauíes que habían volado con Ada desde Nairobi. Sonriente, tímida, poquita cosa. A Ada le cayó bien desde el principio. Tenía un no sé qué entrañable.
Gwendoline hablaba chichewa por los codos. Normal: era malauí. Se defendía bastante bien con el inglés, pero no tenía ni idea de castellano. Así que en el orfanato dejó de hablarse español a la hora de comer. Por supuesto que Paula y Rosaura lo siguieron utilizando para comunicarse entre ellas. Sin embargo, no ocurrió lo mismo con las indias. Ellas se manejaban igual de bien en inglés que en castellano o en chichewa. No tenían ningún problema con el idioma.
Ese nuevo factor lingüístico terminó alterando el delicado equilibrio de la pequeña comunidad. Comidas en inglés. A Paula y a Rosaura les costaba esfuerzo. Oraciones en inglés. Rutinas en inglés. Las indias atravesaban un momento dorado. Eran las imprescindibles. Disfrutaban de su ventaja. Y para mejorar aún más las cosas, el personal se sentía complacido teniendo a una compatriota entre las sisters. Aquello se ponía interesante.
Marisa, como siempre, se comportaba con tacto. Pero Ada y Chus observaban los cambios verdaderamente regocijadas.
—¿Quién se lo iba a decir a ellas? Su pequeña torre de marfil socavada desde el interior —comentaban a menudo, divertidas.