Introducción. Un día para recordar

«Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero

hombre de honor. Que descanse en paz.»

Epitafio de la tumba de Manfred von Richthofen en Francia

Bertangles es un pequeño pueblo situado a cinco kilómetros al norte de la ciudad de Amiens, en el nordeste de Francia. Su población, compuesta por poco más de 300 personas, vive básicamente de la agricultura y del ganado. Durante los años en los que Francia estuvo sometida al asedio de los alemanes, sus vecinos intentaron «dentro de sus posibilidades» seguir llevando su rutina diaria, tal y como lo hacían antes de que estallara la guerra. De hecho, el pueblo de Bertangles no protagonizó ninguna gran batalla de la Primera Guerra Mundial, al contrario de otras ciudades cercanas como Arras, Albert o Cambrai, donde gran parte de sus casas fueron destruidas y muchas de sus familias destrozadas. De momento, las casas de Bertangles todavía conservaban sus techos intactos, los caminos limpios y las praderas libres de los hoyos de las terribles bombas que azotaban la región y que causaban grandes desperfectos. No obstante, por mucho que se esforzasen, la buena y pacata gente de Bertangles no lograría mantener su sagrado rinconcito del nordeste francés en el anonimato por mucho tiempo.

Pero antes, tenemos que retroceder 24 horas en el tiempo y trasladarnos a Vaux-Sur-Somme, a unos 25 kilómetros de Bertangles. Eran las 11: 00 de la mañana cuando surgió en el cielo un peculiar avión de tres alas, volando de forma errática y buscando una zona limpia para aterrizar. Tras tomar tierra —de una forma un tanto apresurada— la hélice paró de girar y el polvo de la tierra se asentó otra vez en suelo. Sin embargo, el tripulante todavía seguía en su asiento, inerte, sin esbozar la mínima reacción. No hizo ninguna señal, no saludó a nadie y ni siquiera movió la cabeza. Su único objetivo era el de tocar los verdes prados de aquella tierra y esperar que alguna alma se acercara, tuviera piedad y le proporcionase el definitivo descanso, puesto que en realidad ya se encontraba muerto.

Escasos minutos después de aterrizar, el avión recién abatido se vio cercado por soldados australianos que se arremolinaban a su alrededor, buscando entre el fuselaje algún objeto que pudiera servir como recuerdo del combate que habían acabado de presenciar. En las batallas emprendidas en la Primera Guerra Mundial estaba muy extendida la costumbre entre los soldados de coger cualquier objeto que perteneciera al enemigo caído como si de un trofeo de caza se tratara. En la mayoría de los casos, sus víctimas eran soldados comunes, que solían llevarse ítems de escaso valor. A veces la suerte permitía abatir a un teniente o capitán, mejorando sustancialmente la posibilidad de obtener un botín más interesante. La presa del día era un piloto de combate y su avión ofrecía toda una gama de premios apetecibles: las aspas de su hélice, el motor, un instrumento del panel o incluso las ametralladoras podrían ser piezas muy bien cotizadas por los «cazadores de trofeos». Además, aquellos soldados sabían que no estaban delante de un avión cualquiera y, por lo tanto, su botín tenía un valor especial. Se trataba de un Fokker triplano, que tenía una característica especialmente llamativa: estaba completamente pintado de rojo.

Al día siguiente —nos encontramos otra vez en Bertangles—, el pueblo mencionado en el comienzo de nuestra historia pasó a figurar en los titulares de periódicos de todo el mundo, además de que obtendría un lugar destacado en los libros de historia, aunque contra la voluntad de sus vecinos. Eran las cinco de la tarde cuando uno de los vecinos se acercó a la carretera que llevaba al cementerio municipal, atraído por un extraño movimiento de militares y vehículos que interrumpían el pasaje de su ganado. El agricultor solía moverse por los prados de la campiña francesa cuando las condiciones impuestas por la guerra lo permitían, pero desde las primeras horas del día aquel humilde campesino había notado una cierta inquietud en el ambiente. Al acercarse, avistó a un grupo de soldados británicos del 3.° escuadrón cargando grandes coronas de flores con los colores del imperio alemán, mientras otro grupo acomodaba cuidadosamente un ataúd sobre la caja de una camioneta Crossley Tender, convertida provisionalmente en coche fúnebre. Soldados de infantería, acompañados de otros vecinos del pueblo, formaron entonces un cortejo y siguieron a paso lento en dirección al campo santo, mientras los miembros del Cuerpo Aéreo Australiano se alineaban en dos filas paralelas para rendir honores al difunto, con sus fusiles invertidos en señal de respeto. El campesino decidió entonces seguir la procesión, curioso por saber quién era el protagonista de semejante ceremonia.

En la entrada del cementerio, el agricultor se encontró con el reverendo George H. Marshall, quien esperaba pacientemente la llegada del cortejo. El conductor del viejo Crossley Tender apagó el motor delante del portal y seis oficiales ingleses, todos pilotos condecorados, levantaron cuidadosamente el ataúd, lo apoyaron a hombros y lo condujeron lentamente hacia una fosa individual. El reverendo dio un paso atrás y dio comienzo a una solemne oración, rogando a Dios por el alma de aquel joven militar. 25 soldados australianos presentaban armas y efectuaban disparos en su honor, mientras una línea de oficiales pasaba delante de su tumba, presentándole sus condolencias.

Finalizada la ceremonia, los soldados británicos del 3.° escuadrón clavaron en la tierra una cruz improvisada, hecha con las aspas de la hélice de un avión RE.8 que llevaba en su centro un plato de metal, cuya inscripción indicaba el nombre y la edad del fallecido. Sobre la tierra húmeda, que ahora cubría el ataúd, fueron depositadas tres grandes ofrendas florales de distintos regimientos de la fuerza aérea británica y una placa con el epitafio: Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz. A los ojos de aquel viejo agricultor francés, resultaba conmovedor comprobar el cuidado y el respeto que aquellos soldados rendían a un hombre recién muerto, que parecía cercano a ellos. En realidad, estos militares rendían honores a un enemigo que, incluso, había matado a más de un centenar de los suyos. Pero, tal y como quedaría eternizado en su epitafio, se trataba de un noble adversario.

Así terminaba la épica trayectoria de Manfred von Richthofen, un caballero del aire, considerado el piloto más destacado de la aviación militar de todos los tiempos. Ha pasado casi un siglo desde que se presenció por primera vez el uso de aviones como apoyo en las batallas terrestres y todavía ningún otro piloto ha logrado alcanzar la leyenda del Barón Rojo. Le llamaban así por su origen aristocrático, pero sobre todo por una curiosa razón: estaba tan confiado en la victoria y en su destreza que, en un momento dado, se le ocurrió pintar su avión con un llamativo color rojo; parecía querer provocar a sus enemigos para derribarle. Fueron muchos los que lo intentaron y acabaron perdiendo sus vidas en el propósito.

El estallido de la Primera Guerra Mundial, en el verano de 1914, catapultó la historia de von Richthofen. La Gran Guerra, como era conocida en aquel entonces, fue un conflicto sangriento, cuyas batallas se desarrollaban en trincheras fangosas, inhóspitas y abrumadas por masacres hasta entonces inimaginables por una sociedad tan cosmopolita como era la europea en aquellos tiempos. Todos los países involucrados sufrieron la pérdida de millones de soldados y los que lograron sobrevivir volvieron desilusionados, conscientes de que sus esfuerzos poco aportaron a sus naciones. No obstante, algunos militares lograron escapar de un fin anónimo, olvidados en fosas comunes: los pilotos de combate, que representaban la imagen viva del mítico caballero medieval. Eran envidiados, pero también muy admirados por sus camaradas del ejército de tierra.

Estos hombres, que en casi todos los casos, se habían ofrecido voluntariamente para volar en aparatos que apenas eran conocidos y muy poco probados, fueron considerados verdaderos héroes en sus naciones. La Primera Guerra Mundial fue el primer conflicto de la historia que llevó a un militar a enfrentarse directamente a su contrincante en el aire, cuerpo a cuerpo, avión contra avión, forjando un nuevo tipo de guerrero.

Las batallas aéreas eran extremadamente peligrosas y arriesgadas, y por ello, una abrumadora cantidad de pilotos no pudo conseguir ni siquiera un único triunfo antes de que hubiese sido derribado mortalmente por el enemigo. Con 80 victorias oficialmente acreditadas durante los 20 meses en los que luchó en el frente occidental, Manfred von Richthofen, se atrevió a desafiar todos los pronósticos de aquella brutal época y se convirtió a los 25 años de edad en una leyenda.

Cada victoria conquistada por Richthofen fue celebrada por sus compañeros y noticiada por los medios de propaganda alemanes, pero, sobre todo, contribuyó a la construcción de la trayectoria de un joven oficial de caballería prusiano, que un día decidió subirse en un avión para convertirse en un mito. Cuenta la historia que, en varias ocasiones, Richthofen permitió deliberadamente la huida de muchos de sus oponentes que se encontraban imposibilitados de luchar, fuera por el atasco de sus ametralladoras o fuera por algún problema mecánico en sus aviones. Su misión era abatir el avión, no al piloto. Consecuentemente, muchas de sus víctimas han podido vivir para contarlo. Se trata de un gesto con muy pocos precedentes en la historia militar, por mucho que se romanticen las batallas antiguas.

Envuelto en este escenario inquietante, imprevisible y sobre todo muy peligroso, empezamos la jornada de un caballero que un día decidió abandonar las fronteras para adueñarse del cielo y convertirlo, por primera vez en la historia de la humanidad, en un nuevo y desconocido escenario de guerra.