CAPÍTULO 2
ENTRE LA LIBERTAD Y LA DISCIPLINA

«Con 11 años, ingresé en el cuerpo de cadetes. Yo no estaba particularmente interesado en convertirme en un militar, pero tenía que cumplir con los deseos de mi padre, en detrimento de los míos. Me resultó difícil soportar la severa disciplina y el orden. No hacía mucho caso a las instrucciones que recibía y no era muy bueno para aprender las cosas, así que hice lo suficiente para no suspender. En mi opinión, hubiera sido un error hacer más de lo suficiente, y por ello traté de esforzarme lo mínimo posible. Por consiguiente, mis profesores no me prestaban mucha atención y no me tenían demasiado aprecio. Por otro lado, me encantaba el deporte, particularmente la gimnasia, el fútbol y otras actividades al aire libre. Era capaz de realizar todo tipo de trucos en la barra horizontal, modalidad por la que he logrado recibir varios premios del director de la escuela.»N1

Manfred von Richthofen

Manfred von Richthofen nació el día 2 de mayo de 1892 en la ciudad prusiana de Kleinberg, uno de los distritos de Breslau en la Baja Silesia, región que cuenta actualmente con alrededor de 640.000 habitantes y que es la cuarta ciudad de Polonia. Está localizada a las orillas del río Oder, a 350 kilómetros de Varsovia. Situada en un antiguo centro de comercio, su historia es densa y complicada. Fundada en el siglo X, bajo el nombre de Bratislava, la ciudad formó parte del reino de Polonia, Bohemia, Austria, Prusia y Alemania, siendo finalmente reincorporada al territorio polaco después de la Segunda Guerra Mundial, en cumplimiento de los acuerdos firmados en la Conferencia de Potsdam llevada a cabo entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945.N2

Cuentan algunos registros que Manfred nació en el apartamento de sus padres en Breslau, más precisamente en la Káiser-Wilhelm strasse 92-96, esquina con la Calle Goethe, cerca del regimiento en donde su padre estaba destinado. En aquella época, Breslau era la sexta mayor ciudad del imperio alemán y su población se había triplicado: más de medio millón de personas entre 1860 y 1910. Un censo realizado en 1900 había identificado una población con 58 % de protestantes, 37 % de católicos y 5 % de judíos.N3 La comunidad judaica de Breslau estaba entre las más importantes de Alemania en aquel entonces.

Manfred von Richthofen fue un niño sano y atlético, de los que necesitan moverse para gastar su energía y no son capaces de mantenerse concentrados por mucho tiempo. Su pueblo le brindaba además la posibilidad de correr por praderas y subir por los árboles de los bosques de alrededor. De hecho, le encantaba prácticamente todo lo que estaba relacionado con el medio rural: los caballos, los perros y el campo. Sin embargo, tal y como ocurría en muchas familias aristócratas de la época, la caza era la actividad por la cual Manfred sentía una verdadera pasión.

Aprendió a cazar en sus incursiones por las propiedades particulares de su familia, estimulado por su tío Alexander von Schickfuss, un eximio y veterano cazador, que había participado en expediciones por África y Asia, cazando toda clase de animales de gran tamaño como leones, tigres e incluso elefantes. Manfred se mostraba muy impresionado con las aventuras narradas por su tío y se imaginaba liderando una gran expedición en el corazón salvaje de África, tal y como hacían los bwanas de los libros de aventuras. Un día, con nueve años de edad, fue a visitar la casa de su tío y se quedó extremadamente impresionado al verse delante de una increíble colección compuesta por docenas de cabezas disecadas de animales salvajes, toda clase de fusiles, escopetas, revólveres y mucha munición. Manfred, entonces, decidió que seguiría los pasos de su admirado tío Alexander y se convertiría en un prestigioso cazador. Le pidió a su padre una carabina de aire comprimido y empezó a cazar toda clase de animales que pudiera encontrar por la zona de Schweidnitz.N4 En verano, Manfred solía visitar a su abuela materna en Gute Romberg, una pequeña aldea cercada por bosques y con una apetecible zona de caza, en donde gozaba de una libertad ilimitada. Pasaba los días nadando en el lago, paseando con los caballos, lógicamente, jugando a ser cazador, llevándose como compañero a su hermano Lothar.

«Hemos pasado nuestras vacaciones en el campo con la abuela. Un día, Manfred no pudo reprimir su pasión por la caza y armado con su rifle de aire comprimido, mató a tres o cuatro patos domésticos, que se encontraban nadando en un estanque cerca de la casa. Relató con orgullo la hazaña a su abuela, y yo le reprendí. Su buena abuela me dijo que no le castigara porque, según dijo, había actuado correctamente al confesar su delito.»N5

Baronesa Kunigunde von Richthofen

Manfred se dejó dominar y llevar por el instinto de cazador hasta el último día de su vida, de hecho, murió mientras «cazaba» implacablemente su aterrorizada 81.ª víctima sobre Vaux-sur-Somme, quien tuvo la suerte de escapar por los pelos. Desde muy temprana edad, Manfred von Richthofen se hizo notar como líder entre los otros niños de su edad. Cuando salía de caza con sus amigos era él quien daba las órdenes, posicionando a su grupo acorde con la habilidad de cada uno, eligiendo qué senderos recorrer y señalizando el momento exacto de disparar. 15 años más tarde estaría haciendo exactamente lo mismo sobre tierras francesas durante la guerra.

A medida que iba acumulando experiencia en sus aventuras en los bosques de su pueblo, el joven prusiano se daba cuenta de la sutil diferencia que había entre ser un cazador y un tirador. Su hermano Lothar, que le acompañaba en sus incursiones, se había convertido en un eximio tirador. Tenía muy buena puntería, pero disparaba a cualquier cosa que se moviera, sin establecer una estrategia de acercamiento. Su precipitada postura permitía a la presa la oportunidad de huir y, como consecuencia, casi siempre volvía a casa con las manos vacías. Manfred, por su parte, se portaba como un cazador profesional: se ocultaba entre los árboles a la espera de una oportunidad de dar con el blanco. Andaba despacio, intentando no hacer ningún tipo de ruido y buscaba detectar sonidos silvestres que le pudiesen dar alguna pista que le condujera a su presa. Cuando se encontraba delante de su blanco, buscaba ser prudente y extremadamente paciente; era capaz de pasar largos minutos estudiando la situación hasta sentirse seguro de que podría realizar un disparo certero, para no derrochar munición.

Todo aquel ambiente de expectación, de sentir una cierta adrenalina corriendo por sus venas, de tener que estar pendiente de todo lo que le ocurría a su alrededor, le excitaba. Durante la guerra, transmitiría a sus pilotos la importancia de asumir el papel de un cazador durante un combate aéreo, a través de una estricta disciplina.N6

Al principio, Manfred, Lothar e Ilse fueron educados por su madre. Años después, Ilse ingresó en una escuela para chicas y luego pasó dos años estudiando en un convento en Losnitz. Manfred y Lothar frecuentaron una escuela local, pero su padre Albrecht tenía planes más ambiciosos para sus dos hijos varones: ingresarlos en el sistema educativo militar, una costumbre muy arraigada en las familias prusianas terratenientes del comienzo del siglo XX, que en aquella época nutrían un sentimiento de servir al pueblo formando sus hijos como oficiales militares. Para muchos jóvenes se trataba de un camino natural, tal y como hoy son las carreras de abogado, médico o ingeniero. En aquella época, la ilusión de muchos niños de la aristocracia era la de convertirse en un oficial del ejército.

Manfred no era exactamente un niño disciplinado, tal y como solían ser muchos niños de su edad, sin embargo, en la casa de los Richthofen la autoridad y el respeto jerárquico eran valores extremadamente apreciados, así que Manfred no tuvo mucha más opción que aceptar el deseo de sus padres.

La institución elegida por Albrecht para ingresar a su hijo mayor fue la tradicional Escuela de Cadetes de Wahlstatt (hoy Legnickie Pole, Polonia), conocida por haber formado jóvenes de muchas familias tradicionales alemanas. Algunos de sus alumnos se convertirían años más tarde en grandes figuras militares, como fue el caso del general Paul von Hindenburg, el más importante oficial alemán de la Primera Guerra Mundial. Wahlstatt podía proyectar la aceptación social de sus alumnos a niveles tan altos, que la comunidad solía verlos y valorarlos como ciudadanos cuya actuación era digna de admiración colectiva. Sin embargo, el prestigio y la tradición invocada por la escuela de cadetes de Wahlstatt no tuvo una transcendencia muy relevante en la vida del joven Manfred. Aquella institución le parecía un monasterio y los cadetes eran obligados a soportar una aburrida y estricta rutina monacal: demasiada disciplina, muchas horas de estudio y una comida muy poco apetecible. Además, se veía demasiado lejos de su casa y de su familia, pero sobre todo echaba de menos las escopetas, los caballos y sus aventuras. Cuando volvía a casa de vacaciones, solía lamentarse con su hermano Lothar acerca de su desafortunada vida, llegando incluso a intentar convencer a su padre de no ingresar a su hermano menor en la carrera militar y de esta forma evitar que tuviera que pasar por las mismas dificultades. Su disgusto se hacía percibir en sus evaluaciones, casi todas regulares. El propio Manfred confiesa en sus memorias que se limitaba a esforzarse lo suficiente para aprobar, estudiando lo mínimo necesario para seguir adelante, una postura que, indudablemente, no le hizo muy popular entre sus profesores. Por otro lado, toda la energía acumulada en las horas que pasaba sentado en su frío pupitre era invertida en actividades físicas de alto nivel. Manfred sufrió un sinfín de esguinces y lesiones, pero también ganó muchas medallas, destacándose sobre todo en atletismo y gimnasia.N7

Sus habilidades físicas le llevaban a probar sus límites en arriesgadas aventuras, como el día en que decidió, en compañía de un amigo, escalar el campanario del Wahlstatt —sin hacer uso de ningún cable o cualquier otro artilugio de seguridad— para atar un pañuelo en el pararrayos. Su único e ingenuo objetivo era el de sorprender a sus amigos al día siguiente. 10 años más tarde, durante una visita que hizo a su hermano menor, Bolko, Manfred tuvo la oportunidad de comprobar que su pañuelo todavía seguía ondeando en la cumbre del campanario.

«Un día, en compañía de mi amigo Frankenberg, escalamos el famoso campanario de Wahlstatt y atamos un pañuelo en el pararrayos como prueba de mi hazaña. Todavía recuerdo lo difícil que fue caminar sobre las cunetas del tejado.»N8

Manfred von Richthofen

A pesar de sus constantes quejas, fue en Wahlstatt donde Manfred aprendió los valores cívicos del patriotismo, la lealtad incondicional a la nación y la expectativa de convertirse un día en un líder militar que podría así contribuir a las causas de su país. Estas lecciones fueron fundamentales para amoldar el carácter de Manfred en el futuro. Aunque fuera demasiado niño para comprenderlo, se pondría de manifiesto en los arduos años de la guerra.

Después de pasar seis «sufridos» años en Wahlstatt, Manfred ingresó en la Academia Superior de Cadetes de Lichterfelde, en las afueras de Berlín. Para Manfred fue una experiencia más agradable que Wahlstatt, aunque no se convirtió en un estudiante mejor. Todavía ponía en duda los beneficios de seguir una carrera militar, ya que aún tenía muy frescos en la memoria los aburridos y sufridos recuerdos de Wahlstatt. Pero Lichterfelde le ofreció otra perspectiva. No había tantas reglas, tanta vigilancia, tanta exageración. En su nueva escuela, pudo conocer la parte de la vida militar que más le gustaba, como por ejemplo realizar ejercicios militares con soldados de verdad. Además, le concedían permisos de fin de semana para irse de marcha a Berlín. Manfred recordó con nostalgia en sus memorias los años que pasó en Lichterfelde:

«La escuela en Lichterfelde me gustó más con diferencia. No me sentía tan aislado del mundo, así que empecé a vivir más como un ser humano. Mis recuerdos más felices en Lichterfelde son aquellos relacionados con grandes eventos deportivos, sobre todo cuando mi oponente era el Príncipe Friedrich Karl de Prusia. El príncipe ganó muchos premios, puesto que estaba mejor preparado y había entrenado más que yo.»N9

Manfred von Richthofen

Manfred trabó una sincera amistad con el príncipe Friedrich, primo lejano del káiser Guillermo II. Ambos compartían los mismos hobbies, no solo en el ámbito deportivo, sino también en la caza. Tras estallar la guerra, el príncipe Friedrich seguiría los mismos pasos de Manfred, al ingresar en el servicio aéreo alemán, primero como observador y después como piloto de combate. Sería mortalmente abatido el 22 de marzo de 1917, un año antes que su compañero de escuela.N10

Sus últimos años en la academia de Lichterfelde finalmente lograron despertarle su vocación militar y en abril de 1911, Manfred dejó Lichterfelde para ingresar en la prestigiosa Academia de Guerra de Berlín en donde completaría su formación militar. Allí recibió clases de política y tuvo la oportunidad de estudiar la historia reciente de Europa, sobre todo la situación política actual de Alemania, sus pretensiones imperiales y también sus roces con los grandes imperios. Después de completar el curso y aprobar los exámenes finales, Manfred ingresó en el ejército alemán con el rango de leutnant (alférez). Fue destinado a una unidad de élite de la caballería prusiana, el regimiento Ulano número 1 «Káiser Alexander III», situado en una guarnición muy cerca de su casa, permitiéndole disfrutar de muchos fines de semana en compañía de su familia. Manfred sintió mucho orgullo de formar parte de un regimiento de caballería prusiana tan tradicional como eran los Ulanos. Es probable que en aquel momento empezara a sentir una cierta admiración por el rígido y disciplinado entorno militar. Como regalo de su reciente promoción, su padre le regaló una yegua llamada Santuzza, que poseía una extraordinaria habilidad para saltar obstáculos, lo que llevó a Manfred a disfrutar durante todo el resto del otoño de uno de sus hobbies favoritos, el hipismo.

«Mi padre me compró una hermosa yegua llamada Santuzza. Era un animal maravilloso, tan duro como el acero. Con el tiempo, descubrí que ella poseía un gran talento para el salto, así que tuve la idea de entrenarla para participar en grandes competiciones. Saltaba alturas increíbles. Para entrenarla, conté con la ayuda de mi compañero von Wedel, que ganó más de un premio montado en su caballo Fandango. Hemos entrenado nuestros dos caballos para una competición de saltos y una carrera de obstáculos en Breslau. Fandango lo hizo gloriosamente. Santuzza también lo hizo bien tras superar algunos problemas. Tenía la esperanza de lograr algo con ella.»N11

Manfred von Richthofen

Santuzza no tuvo un final feliz. Días antes de participar de una competición en Breslau, Manfred la cogió para entrenar algunos saltos. Todo transcurría normalmente hasta que al sortear el último obstáculo, Santuzza se asustó y tiró a Manfred al suelo, rompiéndole la clavícula. Durante muchos meses, Manfred siguió participando en varias competiciones con diferentes caballos, ganando muchos premios y también algunas magulladuras, incluida una breve estancia en el hospital militar después de romperse la clavícula por segunda vez, en la primavera de 1913, cuando participaba del Kaiserpreiritt (Gran Premio del Emperador), uno de los más prestigiosos concursos ecuestres de Alemania. Manfred montaba una yegua llamada Blume (Flor), que no estaba plenamente capacitada para torneos de alto nivel. Durante una competición, Blume se asustó y lanzó Manfred al suelo. El joven ulano ni siquiera se molestó en comprobar si se había roto algún hueso o lesionado un músculo. Montó otra vez en su yegua y terminó los 70 kilómetros que faltaban de recorrido, llegando en primer lugar.N12

Al acercase el otoño de 1913, se puede decir que la fase «juvenil» de Manfred había terminado, además de las aventuras de cacería junto a su tío Alexander, los juegos atléticos y las competiciones de caballos. Todo ello quedaría plasmado en las páginas de su pasado. Aunque Manfred llegaría a revivir algunos de estos momentos junto a su familia, ya no sería lo mismo. Los periódicos alemanes llevaban semanas publicando rumores acerca de un grave conflicto militar en el continente que podría estallar en cualquier momento.

El 28 de junio de 1914 el archiduque austriaco, Francisco Fernando de Habsburgo, fue asesinado en Sarajevo en un atentado perpetrado por un grupo extremista serbio. Previendo un inminente desenlace bélico, el mando alemán puso en marcha el despliegue de tropas a lo largo de sus fronteras. Manfred y sus compañeros fueron enviados al frente oriental creyendo que todo aquello que los periódicos noticiaban día tras día no pasaba de historias sensacionalistas sin ningún fundamento, un hecho comprobado por los propios soldados, que se encontraban en la primera línea del frente, aburridísimos. «Lo mejor que podemos hacer es seguir jugando a las cartas», decía uno de sus camaradas.

Así reinaba el ambiente en la frontera. Manfred y sus compañeros pasaban los días y las noches charlando, jugando y divirtiéndose. Una noche, escucharon la voz de una mujer que golpeaba la puerta de la guarnición. Era la madre de uno de los soldados, quien se había atrevido a coger un tren para dirigirse a la frontera, angustiada por las noticias que vaticinaban la llegada de una terrible guerra. Entre risas, su hijo y sus compañeros trataron de tranquilizarla, asegurando que no habría guerra y que no pasaría de un rumor. Enseguida la invitaron a cenar, puesto que había pasado todo el día en el tren sin haber comido un solo trozo de pan. Cuando finalmente la pobre madre recuperó el ánimo y se quedó más tranquila, un oficial del cuartel general del ejército alemán entró en el salón para hacer un anuncio que cambiaría la vida de todos los presentes. Aquella noche Alemania había declarado la guerra a Rusia.N13