29

El mes era septiembre; la hora las ocho en punto; el tiempo estaba inestable, y el cielo salpicado de añil y cobre, con tintes de rojo oscuro. El lugar elegido era el apartamento de Elspeth, el punto exacto sobre el que le dije que todo había terminado fue encima de la mancha marrón sobre la alfombra de la sala, justo al lado de la puerta que daba al pasillo. Yo conocía bien aquella mancha; había derramado algo de brandy de cereza allí una noche poco antes de Navidad. Cuando terminé de decirle a Alice que no la quería, podría haber dibujado perfectamente un mapa coloreado de los contornos de aquella mancha. Lo habría dibujado con exactitud, e incluso habría plasmado en mi cuadro hasta el último detalle de la absurda sillita dorada que había junto a ella.

No me atrevía a mirarla a los ojos; no quería acercarme más a ella. La miré, claro está; llevaba un vestido negro de seda, un collar de perlas y un zafiro en la mano derecha en el que no había reparado antes. Sus manos estaban entrelazadas con fuerza, y el colorete que tan cuidadosamente se había aplicado resaltaba dos manchones en sus mejillas. No llevaba su habitual perfume de lavanda sino algo más fuerte y musgoso, con un olor animal de fondo como de tigre recién bañado, si es que los tigres se bañan alguna vez.

—¿Así que has terminado conmigo, Joe? —Sus labios apenas se movieron y respiraba entrecortadamente.

—Quiero a Susan.

—Muy sensato por tu parte.

—No hay por qué estar resentido.

—Yo no estoy resentida. Solo sorprendida. Qué rápidamente has cambiado. ¿Cuánto hace desde que...?

Describió crudamente todo lo que habíamos hecho juntos en Dorset con un distanciamiento frío, seco.

—No ha supuesto nada para ti, ¿verdad? Solo fueron nuestros cuerpos los que hicieron esas cosas, tu cuerpo joven y el mío... el mío viejo, que ya ha pasado su mejor época. ¿Por qué no lo dices claramente, Joe? Yo tengo treinta y cuatro y ella diecinueve. Quieres a alguien joven, fuerte y saludable. No me importa, debí habérmelo esperado de todas formas. Pero, ¿por qué, en el nombre de Dios, no puedes ser honesto?

—No es eso —dije desanimado—. Yo te quise, pero ahora ya no puedo. Dejémoslo así.

No podía decirle lo de Jack Wales; aquello carecía ya de importancia. La primera noche me había quitado el sueño saber que, de entre todas las personas del mundo, ella tuvo que hacer el amor con él, que Wales estuvo en la misma cama en la que yo había yacido junto a ella. Pero ahora que estaba ante Alice el hecho ya no importaba. El asunto estaba tan muerto como el periódico del día anterior. Que ella le hubiese dejado hacerle el amor solo probaba su desprecio por él; le había utilizado en un momento ocioso —del mismo modo que un hombre se toma un whisky cuando está cansado o deprimido— y luego lo había olvidado. Él suponía un detalle trivial perteneciente a una época pasada. Un detalle que llevaba ya muerto millones de segundos antes de que yo llegase, igual que mis aburridas copulaciones de Dufton, Lincolnshire y Alemania antes de conocer a Alice.

—No fue muy inteligente por nuestra parte continuar —dije—. Nos habría estallado en la cara de cualquier modo. Eva ya se ha enterado de lo nuestro, y solo es cuestión de tiempo que George lo haga. Es demasiado astuto para dejar que nadie se entere de lo suyo, y no pienso arrastrarme por ninguna mugrienta sala de divorcios. Eso es todo. Y tampoco me van a expulsar de Warley. ¿De qué viviríamos?

Torció la boca.

—Eres un cobarde, ¿lo sabes?

—Sé de qué lado he untado la mantequilla —respondí.

Se dejó caer sin gracia en la silla más próxima, cubriéndose los ojos como si estuviese ante alguna lámpara de interrogatorios.

—Hay algo más —dijo ella—. ¿Por qué te reprimes? ¿Tienes miedo de hacerme daño?

—Detesto hacerte daño. —Me empezó a palpitar la cabeza; no era doloroso pero sentía como si un gran martillo en mi interior estuviese repiqueteando a escasa distancia del umbral del dolor. Habría querido escapar de la pequeña habitación cargada con su olor a perfume y enfermedad, habría querido estar en Warley. Alice no pertenecía a Warley. No podía tenerlos a los dos a un tiempo: aquello era a lo que todo se reducía ahora. Sabía que no podría explicarle esto, pero estaba obligado a intentarlo.

—Estoy comprometido con Susan —dije—. Voy a trabajar para su padre. Aunque no es esa la razón por la que tenemos que dejarlo. Estando en Warley es imposible que nos amemos el uno al otro. Y yo no me siento capaz de querer a nadie en ningún otro lugar. ¿No lo ves?

—No —dijo—. Ojalá no me mintieses. Lo que dices es perfectamente sencillo y comprensible, y te deseo suerte. No necesitabas adornarlo con toda esa palabrería. Los lugares no importan.

Se levantó y vino hacia mí. Rodeé mecánicamente su cintura con mis brazos. El martillo de mi interior traspasó el umbral del sufrimiento; era un tremendo dolor neurálgico, pero no tuvo efecto ninguno sobre la ternura y la felicidad que me invadieron cuando la toqué.

—Hay alguna cosa más —dijo ella—. Dímelo, por favor, Joe. Eso es todo lo que te pido. —Su mirada era implorante como la de un chiquillo alemán. Incluso (a pesar de Belsen) les dabas a aquellos pequeños mocosos flacuchos tu ración de chocolate; sentí que tenía que darle a Alice la suya de amor propio. Susan no era la verdadera razón por la que yo acababa con lo nuestro; pero haberle aclarado que la abandonaba por Warley habría dañado su orgullo de forma insoportable. Así que, mientras su cuerpo se apretaba contra el mío, le dije una mentira; aunque no lo habría sido el día anterior.

—Me he enterado de que Jack Wales fue tu amante una vez —dije. Ella se puso rígida en mis brazos—. No pude soportarlo. Él no. Cualquier otro menos él. ¿Es verdad?

Si lo hubiese negado, creo que habría vuelto con ella. Aquella mentira era como aquel billete de una libra que dejé caer al suelo en nuestra pelea el anterior invierno; el honor, como la libertad, es un lujo para aquellos que gozan de ingresos independientes, pero hay un límite para la deshonra, una especie de línea Plimsoll de la decencia que marca la diferencia entre la hombría y lo canallesco.

—Ah, ya. Tú odias a Jack —dijo—. Lo siento. No es necesario que lo hagas. Él no te odia a ti.

—Ni siquiera sabe que existo.

—No lo sabía cuando nos conocimos. Tú no habías venido a Warley aún. Pero le caes bien.

—¿Has estado con él últimamente?

Se desembarazó de mí y se arrimó al aparador.

—Creo que los dos necesitamos una ginebra. —Su voz era calmada—. Estuve con él un par de veces. Una en su coche, si verdaderamente quieres torturarte, y otra aquí. Me trajo a casa desde el baile de los Intérpretes la primera vez. —Me alargó una bebida—. Solo hay zumo de lima.

—No quiero nada. —Me lo tomé de un trago, y tosí—. ¿Qué hay de la segunda vez?

—Eso fue después de que nos peleásemos tú y yo. La noche siguiente me lo encontré en el bar de un hotel.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No tenía ninguna importancia. Yo nunca te pregunté por tu pasado, o por tu presente. Teníamos un acuerdo al respecto, por si lo has olvidado.

Se hizo un pesado silencio en la habitación, como si algo se hubiese filtrado desde los largos y grises pasillos de fuera. De repente sentí que no había nada más que decir. Ella estaba de pie, de espaldas a mí junto al aparador; el sol se había ocultado y no podía verla muy bien, pero creo que había empezado a llorar.

—Adiós, Alice —dije—. Gracias por todo.

Ella no contestó y yo salí de allí muy silenciosamente, como si huyese de la habitación de un enfermo.

Un lugar en la cumbre
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