La Incertidumbre
Seguimos caminando para terminar el recorrido.
Disfrutamos el museo y luego salimos para comer algo en un café plazuela al aire libre, Ian estaba encantado con la ciudad, quería conocerla muy bien y sentía que lo que le faltaba era tiempo para hacerlo, me gustaba su manera de desenvolverse como periodista y como escritor, sencillamente me gustaba solamente escucharlo.
—Es una lástima que sólo pueda quedarme tres días más —suspiró mirando las calles.
No me gustó que dijera eso, tragué mi café lentamente.
—Lo entiendo por tu trabajo —me limité a decir.
—Aunque sean días de vacaciones acumuladas no pudieron darme una semana completa.
—Al menos eres indispensable y si te necesitan es porque eres bueno en tu trabajo.
—En parte halaga pero en parte es cansado, a veces no sé de quién soy esclavo, si de mi trabajo o del señor Hyde.
—Tener dos vidas es agotador —sonreí.
—Si te soy sincero desearía ser sólo del señor Hyde y dedicarme a la escritura al cien por ciento, mi trabajo me absorbe demasiado tiempo y más cuando debo viajar, a veces estoy cuatro días haciendo investigaciones sobre algún suceso sobrenatural en alguna ciudad y debo enfocarme sólo en eso y hacer mi trabajo para darlo a conocer en mis artículos que gracias a Dios gustan mucho en el periódico, pero cuando de repente me asalta el señor Hyde y me interrumpe…
Sonrió bebiendo su café.
—Debes espantarlo para que te deje hacer tu trabajo —sonreí también.
—Lo cruel es que me da sus ideas y para no perderlas debo escribirlas como borrador por aparte en una libreta, saco provecho de lo que me pasa y me doy tiempo para atenderlo, es así como ha nacido un escritor.
—Y uno muy bueno —lo miré.
Me miró también deteniéndose un momento.
—Me agrada que pienses así —el tono suave me estremeció un poco.
—Ian no entiendo cómo es que siendo un hombre joven y profesional… quiero decir, no entiendo porque no tienes alguna relación con alguien.
—Yo podría preguntarme lo mismo —dijo sin dejar de mirarme—. Aunque ahora que sé todo… lo entiendo pero no lo justifico.
—¿Qué no justificas?
—El que a pesar de todo estés sola, eres una mujer muy guapa, tienes prácticamente todo, tienes un magnetismo que atrae y no me refiero al dinero que heredaste sino a ti misma.
—Gracias por tus halagos, no sé qué tanta será la maldición por lo que heredé pero si puedo decirte que no he sido feliz desde que todo esto comenzó, ver y vivir en carne propia lo que le pasó a mi hermana no me ha sido fácil, aparento fortaleza pero sólo yo sé lo que siento, en la soledad de la noche en mi habitación he llorado a mares por ella, he gritado a la nada pidiendo una explicación, he peleado con Dios y a la vez le he rogado que me dé una señal que me diga lo que pasó, vivir cada día en la Balcana es un suplicio, es una cruel incertidumbre, no creo encontrar a un hombre que pueda con todo esto y quiera compartir la extraña vida que me rodea, yo misma quisiera irme lejos y comenzar de nuevo, no estar atada a una herencia que ha sido más una maldición que una bendición, quisiera dejar todo esto, volver a trabajar, a tener una vida activa, a ser yo de nuevo.
—Ivonne… —Ian deslizó su mano para encontrar la mía, yo la acepté—. Ya había pensado algo parecido, lo que necesitas es divagarte, viajar, nuevos aires al menos por algunos días, eso te hace falta y estoy seguro que te haría mucho bien, necesitas tiempo para pensar lo que quieres hacer y cómo seguir el rumbo de tu vida pero no puedes estar atada a todo esto, es por ti misma que estás viva y que necesitas literalmente vivir.
Evité llorar delante de él, mi mente no dejaba de pensar en Katherine. Nos quedamos un momento en silencio hasta que una mujer joven pero vestida de manera extraña nos desconcentró gritándome.
—¡Deshazte de eso! ¡Esa maldición es la culpable de lo que le pasó a tu hermana!
La miré asustada e Ian hizo lo mismo, nos hizo brincar del susto.
—¿Quién eres? ¿Por qué me dices eso? ¿Qué sabes? —logré preguntar aturdida.
—¡Ese broche está maldito! —gritó y salió corriendo sujetándose la falda de su vestido.
La seguí sin importarme nada, Ian corrió detrás de mí, crucé las calles corriendo sin percatarme en los autos que amenazaban con arrollarme, no podía perderla, esa mujer sabía algo y debía decírmelo, ya había comenzado y era necesario que terminara de hablar, me conocía, mencionó a Katherine, al broche, debía saber muchas cosas y alcanzándola iba a obligarla a hablar.
—¡Detente! ¡Dime quien eres! ¡Dime lo que sabes! —le grité.
La mujer corría tan rápido que parecía no tocar el suelo, era tan ágil que parecía volar.
—¡Ivonne ten cuidado! —me gritaba Ian siguiéndome.
La mujer dobló por una calle y al hacer yo lo mismo había desaparecido, lo único que estaba a unos cuantos metros de allí era un antiguo cementerio. Me detuve para buscar el aliento, él se encontró conmigo y me sujetó.
—¿Estás bien? —me preguntó recuperando el aliento también.
—No, no lo estoy —negué cansada—. Quien quiera que haya sido desapareció llevándose mis respuestas con ella.
Ambos miramos el cementerio y pensamos lo mismo.
—¿Se habrá metido en el cementerio? —inquirió.
—Es posible.
—Ven vamos a acercarnos —me llevó de la mano, me gustó eso.
Caminamos más tranquilamente, el lugar parecía abandonado, un portón negro y oxidado cerrado por una cadena y candado también oxidado era la evidencia de que hacía mucho había dejado de funcionar.
—Esto es ilógico —dijo Ian observando todo—. Este lugar pareciera que lleva años cerrado, está abandonado, debió saltar por alguna parte si es que entró.
—Debe ser algún patrimonio histórico de la ciudad.
—Y con tumbas muy, muy antiguas, seguramente desde la época de la colonia.
Había mucha maleza y grandes árboles en el lugar, las lápidas apenas y se miraban al igual que algunas cruces, todo se miraba enmohecido, el lugar estaba abandonado como él lo dijo, se notaba que había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien pudo caminar por ahí.
—¿Qué están buscando? —nos preguntó un anciano salido de la nada que nos hizo brincar.
—Disculpe señor, ¿ha visto entrar aquí a una mujer como de unos veintitantos años que usaba una blusa blanca y falda larga estampada en flores? —le pregunté.
—No y es imposible que una mujer vestida así pueda entrar aquí.
—Pero estoy segura que lo hizo, la venía siguiendo desde el café Richmond y ella dobló por esa calle —la señalé—. Pero la perdí de vista y estoy segura que se escondió aquí.
—Eso es imposible señorita, note la altura del muro de piedra que rodea el lugar, los portones están cerrados y no se han abierto en años, este lugar está abandonado y si no fuera porque es monumento histórico de la ciudad ya lo hubieran demolido todo.
—¿El ayuntamiento no le da mantenimiento? —preguntó Ian.
—Debería y seguramente lo hacen a su modo pero ya ve usted —lo señaló—. Hay mucho que hacer aquí, muchas tumbas ya no tienen nombre, se han borrado con el paso de los años.
—¿Usted es el cuidador? —insistió.
—No lo soy oficialmente pero yo vengo a ver todos los días que siga en pie.
—¿Y no puede entrar?
El anciano sonrió y levantó una ceja.
—Yo sí puedo hacerlo.
—¿Cómo?
—Conozco otra entrada.
—¿Y nos la puede indicar? —insistió Ian.
—No es apta para ustedes.
—¿Por qué? —preguntamos al mismo tiempo.
—Porque es una entrada muy sucia, yo debo arrastrarme para hacerlo.
Nos miramos y entendimos, seguramente él había cavado algún agujero entre el muro y la tierra.
—¿Es posible que esta mujer conozca esa entrada? —insistí.
—No lo creo, yo la tengo bien escondida.
—¿Y para qué usted entra a un cementerio tan antiguo? —preguntó Ian.
—¿Por qué ustedes hacen tantas preguntas? ¿Son policías? —el anciano comenzó a mostrar desconfianza.
—No, nada de eso —contestó Ian.
—Sólo tengo curiosidad por el lugar —insistí—. Esa mujer me dijo algo que… que no terminó de decirme y por eso quiero hablar con ella.
—Pues como ve el muro es bastante extenso, no entiendo cómo dice que la perdió de vista aquí, ella debió rodear el cerco de piedra porque este portón no se abre y como puede ver —levantó la cabeza—. No se puede escalar ni siquiera por un adolescente que venga corriendo e intente brincar para escalarlo.
—En eso tiene razón —Ian también lo secundó.
—Por favor —saqué un billete de diez dólares—. Si por alguna razón la ve y sabe quién es y donde vive por favor le pido que me lo diga, yo vivo en la Balcana y necesito volver a hablar con esa mujer.
—¿En la Balcana? —evitó sujetar el billete cuando le dije eso, me miró asustado.
—Sí, ¿algún problema?
—Váyase señorita, no quiero su dinero —retrocedió.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Usted carga una pesada cruz a sus espaldas gracias a que su hermana pagó las consecuencias de una maldición.
—¿De qué habla? ¿Qué sabe usted?
—Ese lugar está maldito.
—Ya basta, no asuste a la señorita —le dijo Ian molestándose.
—Si quiere un consejo de viejo atienda mis palabras —me dijo acercándose a mí—. Lo que ha heredado puede acabar con usted así como acabó con su hermana, usted es joven y bonita, está viva sobre todo, salga de ese lugar, vea lo que hace con ese dinero y váyase de la ciudad, viva su vida lejos de aquí y no regrese.
—Por favor señor —evité llorar—. Estoy desesperada, desconozco muchas cosas y esta agonía e incertidumbre acaba con mi vida cada día, quiero saber lo que me rodea, quiero saber quién era mi abuela y quiero saber lo que le pasó a mi hermana, ¿no se da cuenta que soy inocente de todo?
—Haga lo que le digo —retrocedió alejándose de nosotros—. A veces es mejor no saber nada y seguir en la ignorancia, olvide todo y váyase —luego se dirigió a Ian—: Si usted es su novio llévesela lejos, si la quiere y teme perderla, llévesela.
Caminó rápidamente huyendo de nosotros y en mi enojo y desesperación rompí el billete y lloré, lancé los pedazos al suelo y él me abrazó con fuerza, me aferré a Ian, a sus brazos y a su pecho y me desahogué, el peso que sentía era demasiado.
Regresamos a la camioneta, Ian no dejaba de abrazarme y yo no quería que me soltara, no tenía ánimos para manejar así que le di las llaves y guiándolo por las calles él manejó, gracias a Dios nunca nos cruzamos con alguna patrulla y de esa manera regresamos a la Balcana, casi no hablé durante el camino, estaba cansada de la situación que me rodeaba.
Llegamos y bajamos en el pórtico, Ian le dio las llaves al chofer para que se llevara mi camioneta al garaje, bajé desanimada y sin fuerzas y él volvió a abrazarme, dejé que lo hiciera, lo necesitaba.
—¿Le pasó algo a la señorita? —preguntó una de las sirvientas al verme.
—No, nada, es sólo que no se siente bien —le contestó Ian—. ¿Pueden subirle algo dulce y helado? La llevaré a su habitación para que descanse.
La sirvienta asintió y junto con él subí lentamente, me sentía realmente tan cansada de todo que sentía que las fuerzas se me iban y eso me asustó. Entramos a mi habitación y cerrando la puerta él me encaminó a la cama, me senté y suspiré, me quité los zapatos y me acosté de lado, él con ternura me arropó las piernas, mis lágrimas cayeron de nuevo.
—Ivonne tranquila no quiero verte así —se hincó frente a mí y me sujetó una mano acariciando mi frente.
—Estoy cansada Ian, muy cansada de todo esto.
—Si hay algo en lo que el anciano tiene razón es… en que… —suspiró sin dejar de mirarme—. Deberías alejarte de aquí.
—¿Volver a Nashville?
—O a donde tú quieras.
—¿Realmente te importa mi situación?
—Mucho —acarició mi frente con suavidad—. Tanto que no creo volver en paz a Londres y dejarte aquí, siento que no podré hacerlo.
Su pulgar limpió mis lágrimas y yo cerré los ojos, me apenaba que me mirara así, en ese momento tocaron la puerta y la sirvienta entró con un vaso de té frío de durazno que llevaba en una bandeja, la puso sobre mi mesa de noche.
—¿Algo más señorita?
—Sí, tráeme una pastilla, me duele la cabeza.
Caminó al baño y yo me senté en la cama, Ian me dio el vaso y bebí un poco, la sirvienta salió con la pastilla y la tomé junto con el jugo.
—Descansaré un poco, no quiero ser molestada —le dije a la sirvienta—. Pueden disponer de la mesa y prepararla para que el señor Harrington almuerce pero yo quisiera dormir un poco.
—Como diga señorita.
—Yo no tengo hambre por ahora —dijo Ian sentándose a mi lado al borde de la cama—. Y si no es problema preferiría comer después en mi habitación ya que no estarás disponible, sirve que como sin dejar de ocuparme de mi trabajo y así aprovecho el tiempo.
—Como quieras —me sostuve la cabeza y luego me volví a la sirvienta otra vez—: Cuando el señor lo quiera sírvanle su almuerzo en la habitación.
La sirvienta asintió y salió.
—Te dejaré descansar —suspiró—. Trata de hacerlo sin pensar en nada más.
—Lo intentaré —asentí.
Sonrió y poniéndose de pie me dio un beso en la frente, me gustó su gesto de cariño, un poco apenado por lo que había hecho salió apresurado y volví a quedarme sola, tuve una sensación rara cuando se fue. ¿Qué pasaría cuando él se fuera a Londres y yo volviera a quedarme sola? No me gustó lo que sentí, bebí un poco más de jugo y volví a acostarme, cerré los ojos, no quería seguir pensando pero me era imposible, tenía que tomar una decisión en cuanto a mi vida y situación, no podía seguir así, mis ahorros durante los años que trabajé y el dinero que me dieron al renunciar los tenía intactos, podía disponer de ellos cuando quisiera mientras consiguiera otro trabajo. ¿Podía volver a mi vida de antes? ¿Pero y Kate? ¿Qué pasaría con ella? No podía dejarla como estaba, no podía dejar que nadie supiera su estado. ¿Qué uso podía yo darle a todo este dinero heredado? Sentí que sólo fue un lapso de tiempo cuando estaba pensando y la imagen de esa mujer volvió a asaltarme, la escuché.
—Ese broche está maldito, deshazte de él, libera a tu hermana y libérate tú.
Medio abrí los ojos y la vi en mi ventana, creí alucinar y al incorporarme gritando asustada en un abrir y cerrar de ojos había desaparecido. Las cortinas se movían estando las ventanas cerradas y un extraño ambiente se sintió, mi pecho subía y bajaba.
—Ivonne ¿Qué pasó?
Ian entraba asustado corriendo a mi lado.
—Esa mujer estaba aquí —le contesté presa del pánico—. La misma mujer de la ciudad estaba justo ahí.
Señalé la ventana, temblaba, Ian me sujetó la mano y la cara.
—Ivonne estás helada y pálida, tranquila, eso es imposible…
—Era ella ¡Era ella! —insistí.
—Pero Ivonne ¿Cómo pudiste verla?
—Me habló Ian, volvió a decirme lo mismo sobre el broche, no lo estoy alucinando, las cortinas se movieron y las ventanas están cerradas.
—Pero eso es imposible, no pudo haber entrado a esta casa y luego irse como si nada...
En ese momento nos vimos y pensamos lo mismo, Ian también palideció y tragó, noté como las venas le sobresalían y palpitaban en su sien y cuello, la respuesta era muy clara, esa mujer no era de este mundo y en ese momento si sentí que las fuerzas se me fueron, un miedo profundo me apoderó y no supe nada más, todo se oscureció frente a mí.
El fuerte olor a alcohol me hizo volver, sentía náuseas.
—Ivonne ¿me escuchas? —Ian sujetaba mi cara.
Moví la cabeza y poco a poco abrí los ojos.
—¿Qué pasó? —susurré.
—Te desvaneciste —contestó aliviado—. Qué bueno que sólo fueron minutos.
—Ian… —estaba temblando, sentía la piel helada—. Tengo frío… no, tengo calor… no sé lo que pasa, siento que me quemo por dentro pero por fuera me congelo.
—Tranquila, es una reacción corporal a la impresión que recibiste, ya pronto la temperatura se te estabilizará.
—Estoy asustada, esto no me había pasado, quiero decir… la experiencia…
—Lo sé y te creo —puso el alcohol y la pequeña mota de algodón en mi mesa de noche, se sentó a mi lado—. Has sido muy valiente todo este tiempo viviendo sola aquí, yo en poco tiempo siento un peso extraño, algo que se hace pesado cada vez y no sé cómo explicarlo.
—¿Cómo viniste?
—Tu grito me asustó.
—¿De verdad grité? Creí que lo había imaginado.
—Gritaste de verdad.
Me sujeté la cabeza.
—Ivonne no me gusta para nada esta situación —me ayudó a sentarme acomodándome las almohadas en el respaldar de la cama.
—Lamento que estés asustado pero yo también.
—Esto no debería asombrarme, he tenido encuentros muy cercanos, una vez en un hotel en Edimburgo no me dejaron dormir, seguramente los fantasmas ya me conocen y no les agrado, lo atribuí al tour que había hecho sobre sus lugares encantados y llenos de misterio, te puedo asegurar que la ciudad tiene fascinantes leyendas llenas de terror y sangre, los cementerios antiguos son monumentos y hasta en sus calles a pleno día se puede sentir lo sobrenatural pero esto… esto sencillamente es diferente, es como tener un pie en la vida y el otro…
Nos miramos, sabía lo que iba a decir.
—Tienes razón —bajé la cabeza—. Es como que una parte de ti viva y la otra no.
—Ivonne ven conmigo —me sujetó una mano—. Yo no tengo tanto dinero pero si algo de ahorros, te invito a Londres como mi huésped o si gustas te pagaré un hotel por los días que decidas estar en la ciudad, no voy a deslumbrarte con lujos como estos que te rodean pero si puedo ofrecerte tranquilidad al menos por unos días porque siento que no me voy a ir tranquilo hasta que todo esto tenga un final.
Sonreí por notar el nerviosismo con el que habló.
—Por los gastos no te preocupes, yo también tengo mis ahorros, no podría molestarte.
—¿Eso significa que vendrás conmigo? —sonrió también—. No me molestaría al contrario, eso me hace muy feliz, quiero en parte agradecerte lo que has hecho por mí en mi estadía aquí, permíteme al menos pagar una parte de los gastos.
—Ian te confieso que me gustaría mucho ir contigo, conocer el viejo mundo y vivir un poco tu rutina y la del señor Hyde pero… sabes bien que no me iría en paz, no así.
Su sonrisa se borró y llevó mi mano a su frente, bajó la cabeza.
—Lo entiendo —susurró.
—Ian lo siento —me acerqué a él y acariciando su cara lo hice verme—. Quiero irme de aquí, quiero hacerlo, me gustaría hacerlo contigo lo confieso, no quiero que te vayas y volver a quedarme sola pero no puedo irme así nada más sin saber las cosas y mucho menos dejando a Kate así.
—Y se supone que yo debo ayudarte y temo irme sin cumplir mi misión, todo este asunto me confunde y mucho y ni siquiera tengo una idea de cómo avanzar, creo que en Williamsburg no encontraremos nada, después de lo que nos pasó hoy… creo que el problema en donde radica todo debe ser aquí mismo.
—El anciano debe de saber algo, presiento que él tiene algunas respuestas.
—Yo también lo creo, es más, seguramente en ese cementerio encontremos algo. ¿Será posible conseguir un permiso para poder entrar?
—Tal vez…
Me quedé pensando por un momento y sentí que era el momento de actuar. Me levanté de la cama a la vista desconcertada de él.
—¿A dónde vas? —me preguntó mirando que me calzaba.
—Acompáñame al despacho, haré reunir a toda la servidumbre.
—¿Para qué?
—Para que me digan de una vez lo que saben, ellos llevan años aquí, ellos ya servían a mi abuela, deben de saber algo y si no hablan deberé tomar medidas.
—¿Vas a despedirlos si no dicen nada?
—Una amenaza que podría dar resultado, ¿no crees? —Me acerqué al tocador para peinarme otra vez—. Ellos deben de saber cosas, las cosas que no sé y que me ocultan.
—Y siendo así alguna razón deben de tener.
—¿Miedo? —Lo miré a través de mi espejo—. ¿Miedo a qué?
—Eso es lo que hay que averiguar.
Salimos de mi habitación y bajamos a la sala, llamé a una de las sirvientas que sacudía el plumero en un enorme jarrón.
—Quiero ver a todo el personal ahora —ordené.
—¿A todo el personal? —preguntó sorprendida.
—Sí a todos, los quiero en diez minutos en el despacho.
Asintió más asustada y corrió, Ian y yo nos encaminamos al despacho.
—¿Crees lograr algo? —me preguntó cuando cerraba la puerta.
—Eso espero —caminé al escritorio—. Tal vez alguien conozca al anciano.
Ian se sentó frente a mí y exhaló.
—¿Almorzaste? —le pregunté recordando que yo aún no lo hacía.
—No aún no.
—¿Tienes hambre?
—La verdad creo que sí.
—Comeremos juntos cuando termine con ellos.
Sonrió.