El actuar de un periodista
Después del almuerzo Ian me pidió que buscáramos indicios para tener una idea lógica de lo sucedido y el primer lugar que se le ocurrió era la biblioteca, yo ya había hecho hasta lo imposible allí pero lo complací, otra cabeza pensaría mejor que una.
—Lo primero es ubicarnos exactamente en la época en donde su hermana dijo estar —miraba todos los estantes mientras caminaba—. ¿Cuál es el nombre del esposo que dijo que tuvo?
—¿El primero o el segundo? —me miró extrañado pero después cayó en cuenta.
—Tiene razón, según su diario dijo estar casada con un primero, pero yo me refiero al segundo, al que heredó todo después.
—El heredero se llamaba Harold Northon y no he encontrado ningún registro de él, he estudiado esto de la guerra civil y no he encontrado nada de él, ni retratos ni biografías, nada.
—¿Y en los museos de la ciudad?
—Tampoco, estuve un día completo metida allí y lo único que conseguí fue un inmenso dolor de cabeza que apenas y me dejó dormir, estuve en dos que se supone debían ayudar, uno es el que está dedicado a la guerra civil y el otro a la historia de la sociedad de Virginia.
—Es extraño, debería haber algo por muy mínimo que sea.
—Según Kate su primer marido era muy importante, tenía parientes políticos y militares, tenía muchas tierras y propiedades, muchos bienes, había sido dos veces viudo, su primera esposa murió después de un tercer aborto y la segunda aunque había logrado darle un hijo el niño parecía haber muerto antes de cumplir los cinco años supuestamente de los golpes que sufrió por una caída y de eso la mujer no se pudo recuperar muriendo de tristeza por su hijo ya que al parecer no podía tener más.
—Que triste.
—De nada sirve el dinero cuando se es infeliz —apreté mis labios bajando la cabeza.
—¿Le gustaría llevarme a los museos que dice?
—¿Ahora? —fruncí el ceño.
—No, mañana, hoy necesitaré un favor suyo.
—¿Cuál?
—Que me permita leer el diario de su hermana.
—¿De verdad quiere hacerlo? —lo miré fijamente.
—Si usted me lo permite, necesito sacar toda la información histórica posible, también necesito llevarme a mi habitación uno o dos libros que hablen sobre la época para estudiarlos e intentar atar cabos.
—Le daré los libros que yo estudié, hice lo mismo que usted, me encerré por días intentando buscar respuestas que no encontré, sólo espero que usted si las halle.
—¿Y con respecto al broche?
—¿Qué con él?
—¿Ha buscado en algún libro sobre él y su origen?
—Tampoco nada, eso también esperaba encontrar en los museos pero no, debe ser alguna pieza única.
—¿Y en la red ha buscado? Tal vez sea alguna joya real que perteneció a alguien de la nobleza.
—Lo he hecho y nada, si tan sólo la abuela hubiera dejado dicho lo que era eso…
—Ella se llevó el origen de cómo lo adquirió.
—Y ese ha sido mi martirio, le aseguro que puedo demoler este lugar piedra por piedra y no encontrar nada —me crucé de brazos evitando exasperarme.
—Tranquila —se acercó a mí y puso sus manos en mis hombros—. No quiero ser pesimista y quiero darle esperanzas, haré mi trabajo así me desvele hasta las tantas de la madrugada.
—No quiero que se desvele, no se fatigue, puede hacerlo durante el día con confianza, aquí en la biblioteca, en el despacho o en su habitación encerrado si así lo quiere, nadie va a molestarlo y puede disponer de todos los recursos que quiera.
—Es que por la noche ya estoy sólo y así el tiempo pasa más rápido, durante el día… quiero aprovechar al máximo… su compañía y todo lo que pueda mostrarme.
Sentí algo extraño en sus palabras, su tono de voz, su forma de decirlo… era como si quiera estar conmigo, ¿estaría mal interpretando eso?
—Pero no quiero que se fatigue por las noches, quiero que descanse, si gusta esta noche puede retirarse temprano, puede cenar en la habitación y…
—No, no quiero comer solo —me miraba sin quitarme los ojos.
—Yo tampoco —confesé.
—Hagamos un trato —sonrió—. Puedo evitar desvelarme si usted me acompaña en las investigaciones durante el día, ¿puede soportar otro dolor de cabeza junto a mí?
“Siento que junto a él puedo soportar todo” —pensé sin dejar de mirarlo.
—Lo intentaré —sonreí bajándole la mirada, aún me tenía en sus brazos.
—Eso me gusta —sonrió también.
—Iré a buscar el diario.
—Y yo buscaré aquí los libros que necesito.
Nos miramos, sonreímos y nos separamos, él se quedó en la biblioteca y yo subí a mi habitación para buscar lo que él necesitaba.
Investigación y más investigación, ese era el actuar de un periodista, lo sabía pero mi paciencia se había colmado, afortunadamente la tarde pasó rapidísima, Ian hizo sus apuntes y se sentía un tanto optimista, con libros y papeles en mano nos retiramos un momento a un salón privado, estaba un poco helado así que pedí que encendieran la chimenea y sentándonos en el loveset esperamos la hora de la cena entre bocadillos dulces y chocolate caliente.
—¿Desde cuándo comenzó su gusto por lo paranormal? —le pregunté con curiosidad.
Sonrió muy animado cuando le pregunté eso y me contagió.
—Se va a burlar si se lo digo —contestó poniendo la taza de chocolate en el plato.
—¿Por qué?
—Porque es muy infantil.
—No importa, todo tiene un comienzo.
—Era un niño pequeño y mis caricaturas favoritas eran Casper, no me las perdía —sonrió ruborizándose.
—¿En serio? —sonreí también.
—No sé qué tantos fantasmas amigables pueden haber aunque dudo que existan pero al menos a él le creía —negó en su sonrisa—. Luego después llegaron los Cazafantasmas y ya se imagina.
Y vaya que me imaginaba a un pequeño adorable, travieso y juguetón llamado Ian.
—Nadie me quitaba frente al televisor —continuó—. Intentaba hacer mis tareas escolares antes de los programas para así poder disfrutarlos justo antes de la cena.
—¿Y nunca le dieron pesadillas? —le eché malvaviscos a mi chocolate.
—Al principio pero luego pasaron a formar parte de mí, hasta mi ropa debía de ser ellos, mi pijama a los seis años era de Casper.
—Que tierno —sonreí.
—Aunque a mi mamá poca gracia le hacían mis “gustos” no hizo que los cambiara, me prefería en la casa mirando la televisión a que estuviera en la calle donde había más peligro.
—Así son algunas madres, la mía era parecida, yo de pequeña miraba Scooby Doo.
—También me encantaban y me entretenía mucho resolviendo las pistas —sonrió mirándome—. Un tío me regaló para una navidad la camioneta, yo decía que cuando fuera grande iba a tener mi propia “máquina del misterio” y me iba a dedicar a resolver esos casos sobre casas embrujadas, apariciones de fantasmas y esas cosas, eso sí comenzó a preocuparle a mi mamá y para tranquilizarla ya de adolescente la complací y estudié periodismo, total es casi lo mismo.
—Veo que influyeron en su formación, las caricaturas me gustaban al principio, yo decía que era Daphne y hasta quise pintarme el cabello naranja rojizo como lo tenía ella, coqueteaba como ella y decía que quería a un novio como Fred, imagínese las fantasías de una niña pero dejé de verlos cuando ya transmitían la otra versión sobre eso de los fantasmas, un cofre y no sé que más y la trama era más oscura.
—Sí la recuerdo.
—Una noche tuve una pesadilla con respecto a un capítulo, no lo recuerdo bien, creo que era algo sobre el triángulo de las bermudas y los buques fantasmas, el caso es que a media noche me enfermé, me dio un poco de fiebre y hasta vomité, todo eso después de tener la pesadilla de la misma caricatura, no pude volver a dormir y mi madre veló mi sueño hasta casi las cinco de la mañana cuando ya estaba mejor, ella no supo a qué de debió todo, por miedo no se lo dije pero yo misma decidí no volver a verlos y desde entonces… mi rechazo por ellos fue tajante, decidí no volver a ver nada que tuviera que ver con esos temas y mi gusto por los programas de televisión se volvieron muy selectos.
—Que mal experiencia. ¿Cuántos años tenía? —probaba una galleta.
—Siete.
—Era natural.
—Afortunadamente compartíamos la habitación con Kate o Katy para ese tiempo y ella alertó a mamá cuando me escuchó delirar y arder en fiebre, agradecía no dormir sola, no hubiera podido hacerlo después de eso y no tenía ninguna excusa que decirle a mamá. Kate como hermana mayor me cuidó y… —suspiré recordando—. Me dijo que no tuviera miedo, que no estaría sola porque ella estaría conmigo y que me iba a cuidar.
Bajé la mirada a mi taza con tristeza, Kate me cuidaba aún en la secundaria cuando más de alguna “inteligente” quería verme la cara de tonta ella no lo permitía.
—Me hubiera gustado tener hermanos —suspiró él notando tristeza también—. Ser cómplices y compartir muchas cosas, tener juntos una casa del árbol y cuidar de nuestro perro, jugar baseball o basket o simplemente disfrutar juntos de los paseos en bicicletas pero no fue así, el que tuviera primos no lo sustituyo, mi madre tuvo un aborto cuando yo tenía cuatro y se vio muy mal, tanto que fue operada para ya no poder concebir por el riesgo, casi pierde la vida y su recuperación tardó meses, mi padre se resignó y aunque ella decayó en su estado de ánimo, él la apoyó.
—Qué bueno que también sus padres estaban juntos.
—Éramos muy unidos y agradecí eso.
—¿Viven?
—Sólo mi madre y en las afueras de Londres, mi papá murió cuando yo acababa de graduarme de la universidad.
Sentíamos que con la plática nos estábamos desahogando y abriéndonos más, lo necesitábamos, fue un tiempo sólo para nosotros y conocernos mejor, sentía que él disfrutaba mi compañía así como yo disfrutaba la de él, parecía que poco le gustaba la formalidad porque eso lo ponía tenso así que se me ocurrió hacer algo por esa noche y no cenar en el rígido comedor sino allí mismo donde estábamos, en la mesa central se dispuso todo y sentándonos en los mismos almohadones de los muebles comimos en la alfombra al calor de la chimenea, él mismo me sirvió el vino y hablamos de manera más amena, fue un buen momento que no deseaba que se acabara pero debía acabarse. Pasadas las nueve nos retiramos a nuestras habitaciones ya que sabía que él iba a insistir en desvelarse. Poco antes de las once salí a mi puerta y vi luz bajo la suya, así que vestida sólo con la bata de mi camisón largo bajé a la cocina para llevarle un aperitivo si es que iba a quedarse hasta más tarde. Subí con una bandeja conteniendo un vaso de leche fría y en un plato pequeño unas cuantas galletas con chispas de chocolate, estaba segura que iba a agradecer la merienda y a mí me agradaba atenderlo, al menos era una excusa para visitarlo y ver sus avances. Cuando toqué su puerta me atendió.
—Ivonne —se sorprendió al verme y yo también al verlo en su pijama.
—Supuse que estaba desvelándose así que me tomé el atrevimiento de traerle esta merienda —sonreí.
—Muchas gracias no debió molestarse —me invitó a pasar y luego cerró la puerta, quiso quitarme la bandeja pero no lo dejé, me acerqué a su escritorio.
Evitaba morderme los labios, él vestía únicamente un pantalón azul marino de seda como pijama y la bata del mismo conjunto, volví a notar su pecho.
—Veo que sigue en acción —insistí mientras ponía la charola en su escritorio y sujetaba el vaso de leche.
—Sí como le prometí, mañana quiero salir lo más preparado posible.
—Ya veo y me da gusto —sonreí.
—Es un deber que hago con mucho gusto —sonrió también poniendo unas hojas de papel a un lado del escritorio.
—Y me alegra…
Cuando ambos nos giramos chocamos bruscamente por el acercamiento en el espacio donde estábamos y al impacto, derramé parte de la leche en su bata y en la mía.
—Ay Dios que tonta, discúlpeme —me apené.
—No sé preocupe, discúlpeme usted a mí, la culpa es mía.
Se miró la bata y yo me apresuré a coger la servilleta de tela para limpiar un poco. Froté la seda pero se pegaba a su piel al igual que me pasaba también a mí, sentí su pecho como roca, el contacto me estremeció.
—Al menos fue a mí y no a los papeles o a la portátil —sonrió—. Pero usted también…
Me miré y me mordí los labios, la seda blanca se pegaba a mi pecho desnudo y me llevé la misma servilleta al principio de mi seno, de nada valía intentar limpiar.
—Lamento haber estropeado su pijama, mañana pediré que se la laven…
Cuando reaccioné miré como se quitaba la bata quedándose sólo con el pantalón, evité abrir la boca al ver la totalidad de su pecho, tenía pectoral de gimnasio, fuertes brazos y ancha espalda, no quise ver ni imaginar lo que había más abajo, tragué.
—No se preocupe por la pijama, eso tiene arreglo —me dijo terminando de limpiarse con la misma bata.
—En el baño hay una cesta, puede dejarla allí, las sirvientas saben que es ropa sucia y se encargaran de eso —desvié mi vista y terminé de limpiarme el brazo, él se acercó más.
—Insisto no se preocupe —cuando me incorporé quedé en medio de sus brazos también, tensé los labios—. Usted también tiene leche en su bata.
Bajó la mirada y me estremecí, la tela mojada marcaba mi pecho derecho sin que yo pudiera evitarlo.
—Sí, yo iré a hacer lo mismo —dije volviendo a frotarme.
—¿Hacer qué? —preguntó sin dejar de ver mis pechos.
—A dejar la bata en el canasto de ropa sucia y a bañarme —contesté poniendo la servilleta en la bandeja—. Le dejo la merienda, aún hay leche en el vaso, buenas noches.
Y viéndole la expresión de desconcierto hice alarde de todas mis fuerzas para salir de su habitación, Ian era una completa tentación pero no por eso iba a quedarme con él por cinco minutos de sexo… aunque lo deseara.