El Relato
Era un hombre guapo pero no podía permitir que su apariencia fuera una distracción para mí.
—¿Le apasiona su trabajo Ian? me refiero a escribir —le pregunté después de beber.
—Como periodista llevo una vida normal como todos pero como Jeremy es más emocionante, junto a él tengo muchas aventuras mismas que mis lectores disfrutan así como las disfruté yo escribiéndolas.
—¿Por qué el anonimato?
—Eso me hace pasar desapercibido en todas partes y salir a la calle sin ser molestado, puedo subirme a un trolebús leyendo mis propios libros y me agrada ver cómo mis acompañantes se interesan, también me gusta ver como algunos leen mis libros mientras viajan, me paro frente a una librería y ver mis libros en sus vitrinas y mejor aún, ver en ese momento que alguien compra uno me llena de satisfacción no por la venta sino porque les gusta y valoran mi trabajo, hacen que mis desvelos hasta altas horas y mi cansancio al siguiente día valga la pena. Afortunadamente la mayoría de mis lectores han sido generosos en cuanto a sus críticas.
Lo miré fijamente, realmente se notaba que amaba ser escritor más que ser periodista.
—Y como todos los escritores supongo que tiene sus autores favoritos que lo impulsan a escribir. ¿Tiene influencias?
—Sí así es, de niño mi libro favorito fue “Un cuento de Navidad” de Dickens, ya sabe, la historia de Scrooge que es visitado por el fantasma de su socio y que luego recibe las visitas de los tres espíritus en lo que es esa madrugada previo a la navidad, de niño esa historia me atrapó como también dejó una marca tocando muy profundo mi corazón.
—La conozco, es muy emotiva la historia, no la leí la primera vez sino que la vi en una película y obvio que si me hizo llorar.
—Me gusta la manera en cómo el autor maneja ese tema y como esa historia es capaz de tocar las fibras hasta del más fuerte. Luego ya cuando era un jovencito me obsesioné con Drácula, Frankenstein y la historia del Dr. Jekyll, después conocí al autor Stephen King y ya se imaginará, él fue el que realmente me impulsó a escribir, no hay mejor maestro del terror que él para mí en este tiempo.
Vaya gustos del periodista, sin duda se sabe entretener con esos temas, se nota que le apasionan. Lo cierto de dicho autor es que aunque sea un excelente escritor y una de sus historias esté entre mis favoritas debo decir que gracias a él yo odio hasta el payaso de cierta franquicia de hamburguesas.
—Leí el último que usted publicó —continué mientras bebía—. Es muy interesante tanto que no podía soltarlo, usted hace que el lector quiera seguir hasta el final a pesar del temor que se puede sentir, muchas veces quise dejarlo, ya sabe, leer misterio y esos temas paranormales para una mujer que duerme sola… no es alentador.
—Y para mí es un placer tener lectoras como usted, mis primeros libros eran para un público lo que se llama “Young adult” pero me leen adultos maduros también así que incursioné en cosas más fuertes, creo que hay temas que por mucho misterio que envuelva una trama llega el momento de dar un pequeño giro como sazón, un público adulto no sólo tiene una mente abierta para introducirse en una escena sobre algún asesinato muy descriptivo y descabellado sino también a una escena candente y pasional, un toque sexual, no tan descriptivo pero igual lo disfrutan.
—Y eso fue lo que me sorprendió, un hombre escribiendo así… me hizo hacer una pausa en la lectura y verificar si no me había equivocado de libro, su personaje de Donatello… me hizo abrir la boca.
—¿Puedo preguntarle algo personal? —entre cerró los ojos.
Asentí sabiendo lo que iba a preguntar.
—¿Es usted virgen?
Negué tranquilamente.
—No, no soy virgen así que sé sobre lo que escribe.
—Disculpe, fue simple curiosidad, lo que pasó con Donatello fue que… Alenka lo sacó de quicio y tomando el control… actuó como lo haría cualquiera en su lugar.
—Y siendo una agente rusa como no, lo que me pregunto es… ¿Qué tanto tiene Donatello de su autor?
Lo miré levantando una ceja y él también me clavó los ojos.
—Puedo decir que mucho o poco pero podría confundirla —contestó terminando de beber su jugo.
—Ian o Jeremy, en realidad necesito saber con quién de los dos puedo contar, lo que voy a decirle es delicado, increíble, sobrepasa la lógica, no hay explicación y yo ya no puedo sola con este peso.
—Ivonne realmente me asusta, me tiene muy intrigado pero me asusta, le aseguro que puede confiar en mí, en ambos, como periodista tengo ética y si estoy obligado a no decir nada así será y como autor… pues no escribiré nada de lo que me diga ni siquiera como ficción, ni como derivado, ni siquiera tomaré la idea para escribir un nuevo libro si eso la tranquiliza.
Lo miré y exhalé, saqué una carpeta del escritorio y se la extendí.
—Me tranquilizará también esto —le dije ante su expresión de no entender—. Necesito que me firme este documento, a las palabras se las lleva el viento y yo necesito tener por escrito algo que avale el resguardo del secreto que pienso revelarle.
Abrió la carpeta y leyó el documento atentamente con el ceño fruncido.
—No es falta de confianza, usted ha confiado en mí y si en retribución quiere que le firme algo sobre su anonimato lo haré también, podemos verlo como un negocio —le hice ver para suavizar su expresión.
—Está bien firmaré —sacó un bolígrafo de su chaqueta—. Si esto la tranquiliza que así sea.
Exhaló y firmó.
—Gracias —bajé la cabeza.
Cerró la carpeta y me la dio, la guardé de nuevo en el cajón, lo cerré bajo llave. Levanté la mirada y él seguía serio, me miraba esperando que soltara todo.
—Haré que el mal momento valga la pena —le dije a modo de disculpa jugando con mis dedos.
—No se preocupe, entiendo que somos dos desconocidos.
—Yo espero que en poco tiempo no lo seamos.
Me miró sin parpadear, no quise saber lo que interpretó en mis palabras pero sabía que su mente de escritor pensaría otra cosa.
—No sé por qué aún sin conocerlo usted me pareció una persona confiable —comencé a decirle—. Seguramente es la necesidad que tengo de confiar en alguien, el peso que he llevado por más de dos años es demasiado y pienso que usted... tal vez me entienda y me ayude a encontrar una solución.
Cerré los ojos y me llevé una mano a la frente.
—Ivonne, como escritor la siento tensa, acorralada, como si estuviera en un callejón sin salida, lo que sea que tenga necesita sacarlo.
—Así estoy.
Miró a su alrededor.
—¿Le gustaría que nos sentáramos en aquel sillón? —me preguntó mostrándomelo.
Asentí. Nos levantamos del escritorio y nos dirigimos al sofá “loveset” que estaba cerca de la ventana, me senté y él a mi lado.
—Olvide que somos dos desconocidos —continuó—. Imagine que soy su médico y que usted necesita decirme lo que le pasa, yo me voy a limitar a escucharla para luego darle mi diagnóstico.
—Me preocupa cambiar su vida —lo miré asustada—. Después de conocerme usted no podrá ser el mismo, se lo advierto.
—Ivonne tranquila —me sujetó una mano y mi cuerpo se estremeció, su piel era muy suave—. Como periodistas estamos expuestos a todo ¿verdad? Usted debe de saberlo, muchas cosas pueden herir nuestra sensibilidad pero debemos ser fuertes y tener las tácticas para saber transmitir lo que sabemos a los demás, como escritor puedo decirle que muchas cosas no me extrañan, la realidad puede superar la ficción así que no se preocupe, tengo una mente muy abierta, sea lo que sea posiblemente tenga la solución, he estudiado mucho sobre algunas cosas así que no dude que podré ayudarla si está en mis manos.
Me acariciaba el dorso con su pulgar a modo de relajarme, apreté levemente su mano.
—Si después de conocer la historia siente que vale la pena escribir sobre ello puede hacerlo —le dije suspirando.
—¿Cómo? Pero el documento de confidencialidad que me hizo firmar…
—Me contacté con Jeremy Hyde porque quiero que escriba sobre esto, obviamente omitiendo los nombres verdaderos y dejando que su libre albedrío decida qué será real y qué ficción en su historia total o parcial.
—¿Me está ofreciendo escribir una historia y publicarla al mundo?
—Le ofrezco a Jeremy la posibilidad de escribir sobre lo que voy a decirle si encuentra en mi relato algo de interés y si no, le pido a Jeremy que olvide todo después y haga de cuenta que este encuentro nunca se llegó a suscitar. Como también le pido a Ian que se abstenga de publicar algo de esto en su diario si a Jeremy no le importa. Jeremy puede sacar provecho, Ian no.
—Ivonne usted me deja sin habla.
—Un efecto femenino, ¿no le parece? —intenté sonreír.
—Definitivamente —el calor de su mano envolvía la mía.
—Hace dos años y seis meses que mi hermana y yo llegamos aquí —comencé después de un suspiro—. Nuestra abuela ya estaba mal de salud, apenas y vivió unos días más como si solo hubiera estado esperando vernos para partir y así fue.
Miré su retrato frente al escritorio, lucía regia y orgullosa en él, vestía una chaqueta rosa y un sombrero blanco con algunas flores a un lado, en sus brazos sostenía a su pequeña Schnauzer gris y en el lado izquierdo de su pecho lucía una joya que destacaba más que sus collares de perlas, pulseras de plata o sus anillos de brillantes, bajé la mirada.
—Era una señora muy guapa —dijo él mirando el retrato también.
—De joven fue muy bonita —secundé.
—¿Usted tiene un cierto parecido con ella o es mi imaginación? —opinó sin pensar.
Evité tensar los labios.
—Perdón —me notó.
—No se preocupe —exhalé.
—¿Y el perrito? —quiso disimular.
—Se llamaba “Consentida” y como tal había sido en extremo mimada que amaba tanto a su dueña que quince días después también murió de tristeza, yo me encargué de ella pero por más cariño que le di no fue suficiente, dejó de comer, chillaba en su tristeza y en fin, el veterinario dijo que nada se podía hacer por ella, estaba depresiva por la ausencia de su dueña y se estaba dejando morir.
—Parece increíble pero los animales son así, un perro fiel nos da un ejemplo de cariño verdadero.
—La enterré en el jardín trasero bajo un manzano, lo mejor era junto a su dueña para que estuvieran juntas como siempre pero mi abuela está en una cripta familiar así que no se pudo, al caso es que mi hermana y yo comenzamos a hacernos cargo de todo después.
—¿Quién es la mayor y quien la menor?
—Yo soy la menor, por si le interesa hace poco cumplí mis treinta.
Alzó las cejas asombrado.
—¿Treinta? Es imposible, usted aparenta unos veintiséis cuando mucho.
—Soy lo que llaman “traga años” una ventaja supongo.
—Y muy buena, en tres meses yo cumpliré treinta y seis.
Tres meses y apenas finalizaba septiembre, al menos conoció el precioso otoño que vestía a Virginia.
—Usted es traga años también, lo más que aparenta son treinta dos máximo.
Ambos sonreímos y bajamos la cabeza, ya llevábamos un rato hablando y no me había soltado la mano.
—Perdón no quiero interrumpirla más, continúe —me soltó y se reclinó en el sillón cruzando una pierna y extendiendo un brazo sobre el respaldar del mismo—. ¿Cuántos años le lleva su hermana?
—Me llevaba cuatro.
—¿Llevaba? —frunció el ceño.
Asentí bajando la cabeza, apreté mis puños sobre mis rodillas.
—Ivonne… —insistió al verme.
No quise decir nada sobre ella, no todavía.
—Lo siento —sujetó mi mano de nuevo—. Mi curiosidad periodística… me hace ser indiscreto, me limitaré a escuchar sin hacer preguntas.
—Nuestra vida cambió cuando la abuela nos heredó —continué—. Mi hermana vivía en Washington y yo Nashville y esto nos unió de nuevo, nos ayudó a convivir otra vez como antes, nos encontramos aquí y luego de la muerte de ella y de la lectura de su testamento no tuvimos otra opción que quedarnos aquí como era su deseo. Como ve es una casa enorme y a pesar de su lujo para mí no deja de ser un mausoleo, daría lo que fuera por volver a mi vida anterior, es más daría lo que fuera por… porque nada de esto hubiera pasado.
Me quedé callada sin saber cómo continuar y él lo notó.
—Ivonne siento un enorme peso sobre usted. ¿Qué la obliga a quedarse aquí? Puede disponer de su fortuna, vender esta propiedad e irse, comenzar una vida donde usted lo quiera, ¿por qué no hace un largo viaje por Europa para decidirse? Le aseguro que ciudades como Londres, Madrid, París, Roma podrían ayudarle y aliviar un poco lo que siente.
—No puedo salir de aquí —susurré.
—¿Por qué? ¿Perderá la herencia? ¿Su abuela la obliga a quedarse aquí a cambio de su dinero?
—Creo que ella no sabía lo que pasaría, de ser así… hubiera tomado medidas, la verdad me hago tantas preguntas pero no encuentro respuestas y ya me cansé de pensar tanto.
—¿Se trata de un secreto familiar?
—El problema no fue tanto la muerte de la abuela ni nuestra mudanza aquí como herederas, sino una extraña obsesión que mi hermana mostró de repente… por ese broche —lo señalé, él volvió a ver el cuadro.
—¿El broche que luce su abuela?
—El mismo.
—¿Qué pasó?
—No sé lo que sea ni lo que tiene pero desde que mi hermana se obsesionó con él cambió su manera de ser y no descansó hasta recuperarlo, la abuela lo había donado junto con otras joyas al museo de la ciudad pero ella se empecinó tanto por tenerlo que les hizo creer que había sido un error de ella y se mezcló con las joyas destinadas, les dijo que ese broche era herencia directa de la abuela hacia ella por ser la mayor y en fin, se creyó tanto su historia que en el museo también la creyeron.
—¿No dejó claro su abuela en el testamento que clase de joyas le donaba al museo?
—Ese fue su error, no lo especificó.
—¿Y qué sucedió una vez que su hermana lo tuvo?
—No dejaba de observarlo, demostraba una extraña devoción, no se cansaba de acariciarlo, lo miraba con añoranza, suspiraba cuando lo tenía en sus manos, se volvió retraída, casi no comía, no quería salir de su habitación, tenía que sacarle las palabras cuando ella había sido bien elocuente, le gustaba mucho hablar, mi padre le decía que la periodista debía ser ella y no yo pero igual hablaba en su profesión, vivía enamorada del pasado y los libros, por eso tenía un doctorado en historia y literatura y daba clases en la universidad Georgetown de la capital, cuando llegamos aquí lo que más le encantó fue la biblioteca, podía pasar los días enteros sin salir.
—Parece que se obsesionaba con facilidad.
—Era obsesiva con lo que le gustaba.
—Y supongo que también es soltera.
—Sí, era soltera.
—Ivonne cuando se refiere a ella lo hace en pasado, perdón pero no puedo evitar preguntar… ¿está viva o no?
Lo miré reteniendo el aire, no sabía cómo contestar esa pregunta, suavemente apretó mi mano esperando una respuesta.
—Técnicamente ella no está en este mundo o la verdad no lo sé —contesté.
Me miró frunciendo el ceño.
—Entonces ¿está muerta? ¿Qué le pasó?
—Ian… yo… no tengo explicación para lo que pasó.
—¿Fue un accidente?
—No es lógico.
—Ivonne ¿sabe que sus evasivas me asustan más? Trato de entender lo que me está diciendo, pero ese halo de misterio… comienza a quebrarme la cabeza.
—Como me la he quebrado yo desde entonces dejando mis fuerzas en que nadie lo descubra, ocultar esto es algo con lo que ya no puedo.
—Sigo notándola tensa, ¿por qué no hacemos algo? —Me palmeó la mano—. Hagamos una pausa en este tema, no se sienta presionada, no es que no la quiera escuchar no piense eso, me muero de la curiosidad por saber todo pero siendo una obligación el relato no fluirá con normalidad, usted está nerviosa, su mano me lo indica.
—Creo que sé lo que intenta decirme y creo que he sido un poco desconsiderada, tiene razón, no debimos hablar ahora, pediré que lo lleven a su habitación para que se instale y descanse un poco, ¿le parece que nos encontremos a la hora de la cena? Pedí un menú especial en su honor.
Alzó las cejas asombrado y antes de comenzar a titubear tensó los labios.
—Le agradezco la consideración, me halaga —miró su fino reloj de puño—. Son las cuatro y treinta, vaya que el tiempo vuela, puedo tomar un baño y descansar un poco, eso servirá para cargar baterías.
—La cena es a las siete, siéntase en la total libertad de moverse como quiera, no es un prisionero —me levanté del sofá y él me secundó sujetando su bolso—. Yo misma como anfitriona le mostraré la casa porque como periodistas sé que somos muy curiosos y en su condición de escritor… sé que puede serlo mucho más.
Me sonrió mirándome con atención, hice sonar un timbre desde la parte inferior del escritorio, cuando salimos una de las sirvientas llegó.
—Por favor muéstrale al señor Harrington su habitación —le pedí—. Está agotado y desea descansar de su viaje.
—Como desee señorita.
—Disfrute la estadía señor Harrington —le hice una señal con la mano invitándolo a subir los escalones—. Instálese como usted quiera y si necesita algo no dude en pedírmelo.
—De nuevo muy agradecido señorita Helderg, esperaré ansioso la hora de la cena —asintió siguiendo a la sirvienta.
Sonreí, lo seguí con la mirada mientras subía, al llegar arriba él bajó la mirada para verme y sonreírme, agradecía después de tanto tiempo volver a tener compañía.