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Nicolas Bellanger acababa de dejar el ordenador en los laboratorios de la Policía Científica. Conocía bien al experto —un tipo que se pasaba, como él, las noches en la oficina— y le había pedido que examinara con urgencia el disco duro. Los papeles oficiales llegarían más tarde.

Tras Lucie, le tocaba a Bellanger verse las caras con el superintendente, un hombre de traje oscuro, barba en collar salpicada de canas que le hacía parecerse a Broussard, una figura legendaria del 36. Tenía una sólida reputación, tras haber puesto un poco de orden en la Policía Judicial de Marsella y de Lyon, antes de aterrizar en los altillos del centenario edificio del quai des Orfèvres.

Claude Lamordier aplastó con brutalidad una hoja sobre la mesa, una hoja que Nicolas reconoció al instante: la famosa comisión rogatoria que permitía entrar en los domicilios de los sospechosos.

—Me ha endilgado usted un bonito marrón, inspector jefe. ¿Me puede explicar para qué sirven los permisos judiciales?

—Se nos echó el tiempo encima, señor…

—Su trabajo consiste precisamente en gestionar el tiempo. ¡Mire la patata caliente que me deja ahora con ese Camille Pradier! Su casa consumida por las llamas, y encima me acabo de enterar de que está en el quirófano, debatiéndose entre la vida y la muerte, tras un accidente de tráfico que ha provocado otras dos víctimas. Un hombre y una mujer que no llegaban a los cincuenta años entre los dos. ¿Y qué tenemos nosotros? Ningún papel, ningún permiso del juez, ningún documento oficial para cubrirnos las espaldas… Vamos a tener que hacer malabarismos con esa comisión rogatoria si queremos irnos de rositas. —Lamordier le acercó el papel oficial a Nicolas—. Llevaba usted esta comisión rogatoria cuando entró en casa de Pradier, ¿verdad, inspector?

—La llevaba, sí…

—Muy bien.

El superintendente juntó las manos tranquilamente a la altura del pecho.

—Y qué decir de la desaparición de su Camille Thibault. Dígame, inspector jefe, qué tengo que hacer ahora con ese cubo de mierda.

«Su Camille Thibault.» Nicolas Bellanger se sentía mal, no tenía ninguna respuesta satisfactoria. Lamordier estaba esculpido en hielo.

—Confiemos en que Pradier se recupere —se justificó Bellanger—. Si se despierta, hay muchas probabilidades de que podamos llegar hasta Caronte y cerrar el caso enseguida. Si no, Sharko está siguiendo una buena pista. No tardaremos en pillarlos.

Lamordier soltó un profundo suspiro.

—Le repito que no se trata de una cuestión de tiempo, sino de…

—¡Pues claro que se trata de una cuestión de tiempo! —lo interrumpió Bellanger—. Camille Thibault puede estar muriéndose en estos momentos. Sigue un tratamiento antirrechazo muy estricto. Cada hora que pasa, cada minuto cuenta.

Nicolas había levantado la voz e interrumpido a su jefe sin darse cuenta. Ya no aguantaba más y era incapaz de admitir que Camille pudiese estar muerta.

—Camille Thibault no existe —replicó Lamordier con voz seca—. No ha oído usted hablar nunca de ella, su nombre no aparecerá en nuestros informes mientras no se encuentre su cuerpo. Llegado el caso, ya veremos cómo lo arreglamos sin hacer demasiado ruido. —Bellanger quiso reaccionar, pero Lamordier se le adelantó—: ¿Acaso cree que tengo ganas de que se me eche encima toda la gendarmería del norte? ¿De dar una imagen de «chapuzas» ante todo el mundo? Es consciente del riesgo que corremos, ¿verdad? No quiero volver a oír su nombre entre estas cuatro paredes.

—Prometí avisar a su familia si la cosa se torcía. Ella se ha arriesgado por nosotros y…

—Hágalo y está despedido.

Lamordier miró fijamente a su subordinado, como si quisiera deglutirlo. Nicolas no pestañeó, pero no tuvo valor para replicar, para defenderse.

—Está en la cuerda floja, inspector jefe, y por desgracia ahora no dispongo de nadie para sustituirlo. Hay que reconocer que ha tenido suerte, pero no se extrañe si dentro de poco se ve usted limpiando letrinas. Si me vuelve a joder, por poco que sea, no me andaré con chiquitas. Lo pondré de patitas en la calle y su equipo sufrirá las consecuencias.

—A ellos déjelos al margen. No han hecho más que obedecer mis órdenes.

—No me cabe la menor duda. Y ahora váyase a casa. Tiene una pinta espantosa.

Nicolas se fue sin despedirse, maldiciéndolo al salir.

Al llegar al coche, se derrumbó. Los nervios se le desataron y se puso a llorar a lágrima viva, con los puños apretados contra el volante. Hacía años que no se sentía tan vulnerable. ¿Cuánto tiempo llevaba sin llorar?

Al cabo de unos minutos, le empezó a doler la cabeza y se tomó una aspirina con el resto de agua tibia que encontró en un botellín.

Se miró al espejo retrovisor. La expresión de su cara se endureció. Metió la llave en el contacto y arrancó, ebrio de rabia y de cansancio.

Con ganas de algo muy concreto.

Ganas de matar.

Latidos
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