23

Región de Litchfield Hills.

Era una mañana deliciosa. No había nubes, el sol calentaba con fuerza y una ligera brisa lo envolvía todo. Ayleen, sentada en una de las mecedoras del porche, trataba de remendar una antigua colcha de colores. De vez en cuando desviaba la vista de la tela hacia la cuna de madera donde su hija dormía plácidamente.

Era un bebé perfecto con sus manitas pequeñas y su adorable rostro. Le encantaba contemplarla dormir y comérsela a besos. Jaqueline era su vida entera desde la primera vez que la sostuvo en los brazos; su tesoro más preciado. Pese al agotamiento derivado del parto, no pudo dejar de contemplar aquel ser diminuto, fruto del amor. Había reído y llorado a la vez. Y todavía se emocionaba al recordarlo.

Por la esquina de la casa apareció Mae con su gran delantal blanco, que había terminado de tender la colada en la parte posterior.

—Ayleen, ¿por qué no aprovechas ahora que la niña está dormida para dar un paseo? Dios sabe que después no tendrás tiempo. Yo me quedaré con ella —se ofreció amablemente.

Mae siempre estaba dispuesta a echar una mano. Con las tareas de la casa, con el huerto que habían construido o con la niña. Bendecía el momento en el que entró a formar parte de su vida. Sin ella, sus comienzos en esas tierras hubieran sido mucho más difíciles de lo que fueron en realidad.

—Gracias, Mae. Iré a buscar el sombrero —dijo mientras entraba en el recibidor y cogía un ancho sombrero que colgaba de la percha.

Ayleen decidió pasear hasta la portezuela de madera ensamblada en la valla que servía para delimitar su propiedad. Justo a la derecha crecía un rosal silvestre desde principios de primavera que la tenía cautivada. Siempre que podía llenaba su hogar con pequeños jarrones llenos de rosas.

Su hogar. Sintió, y no por primera vez, que esa propiedad en pleno corazón de Connecticut lo era. La casa de madera constaba de tres plantas y un porche que la rodeaba. Estaba pintada de blanco y llena de ventanas, con las contraventanas de un verde oscuro. Estas permitían que el sol entrara a raudales durante todo el día, calentándola, lo cual suponía un agradable cambio en comparación con Inglaterra. Por dentro estaba muy bien distribuida y llena de alfombras y tupidas cortinas para paliar el frío del invierno, ya que este podía ser tremendo, tal como comprobó tan solo unos meses atrás.

¡Tenía tanto para ser feliz! Una hija a la que adoraba, una maravillosa propiedad y ahorros que le permitirían vivir con tranquilidad. La casa de Inglaterra ya había sido vendida y con ello se desligaba para siempre de su país natal. El señor Harris la había ayudado mucho con ello, al igual que con otras cosas, incluso antes de partir hacia Estados Unidos. Ayleen todavía no había pensado en las consecuencias de instalarse a un país que le era desconocido, sola y embarazada. ¿Cómo se enfrentaría a las habladurías? Por eso, el abogado creyó conveniente proporcionarle un certificado falso de matrimonio que la ayudara.

Ella nunca preguntó cómo o de dónde lo había sacado. Era un hombre de ley, de recta moral. Incluso así, estaba dispuesto a ayudarla. Le estaba muy agradecida por todo. Y a pesar de aceptar su propuesta, solo le pidió que el nombre de su esposo fuera el de Jason.

Así, Ayleen Blake se convirtió en Ayleen Morton.

La elección no fue un capricho ni fruto del despecho. Estaba meditada a conciencia pese a saber que el documento carecía de legalidad. Pero quería que su hija creciera sabiendo quién era su padre, no con un nombre inventado en un papel.

Sus vecinos, a diferencia de lo sucedido en Greenville, no se inmiscuyeron en su vida y la aceptaron tal cual, sin juzgarla. Solo sabían que su esposo estaba trabajando en Inglaterra y, aunque Ayleen era consciente que a la larga la mentira resultaría un problema, en esos momentos era lo más cómodo y sencillo. La comunidad rural estaba formada por gente agradable y colaboradora. Venían de distintos lugares del mundo y se habían hecho a sí mismos, por lo que tenían sus propios asuntos con los que lidiar.

Pese a toda la dicha, Ayleen sentía que le faltaba una parte de su alma.

—Oh, Jason, amor mío. Cuánto te echo de menos…

Se enjugó una solitaria lágrima que le rodó por la mejilla.

A pesar del tiempo transcurrido, cada día y cada minuto pensaba en él, en sus momentos juntos, en las pequeñas cosas que se lo recordaban. Se preguntaba qué estaría haciendo en aquellos instantes. Quería a Jaqueline con todas sus fuerzas, pero era un doloroso recordatorio de lo que no pudo ser. No sabía con seguridad cuándo dejaría de sufrir, si bien sospechaba que sería para siempre. Solo le quedaba ser fuerte y aprender a vivir con dolor en el corazón. Se imaginó a Jason en Carmine’s Place solo y triste, pues sabía que no la olvidaría fácilmente. Esperaba de todo corazón que llegara a ser feliz. Al menos, así lo intentaría ella.

Lanzó un suspiro y se caló bien el sombrero de paja adornado con una cinta, pues corría el riesgo de que el sol le coloreara demasiado la piel. Sacó las tijeras que traía consigo y se puso los guantes para evitar pinchazos. Debía llevar ya una docena de ellas cuando oyó el galope de un caballo. Dirigió su mirada hacia el polvoriento camino y hacia el visitante. Tan solo estaba a una milla del pueblo, mas aquel tramo era poco transitado.

Sintió curiosidad. No reconocía el rostro de quien se acercaba, aunque no lo veía demasiado bie…

—Oh, Dios mío —exclamó conmocionada segundos después—. Dios mío, Dios mío, Dios mío… Jason —musitó sin dar crédito. ¿Sería una visión fruto de su intensa imaginación?

Observó cómo este posó sus ojos sobre ella y, reconociéndola, espoleó el caballo hasta detenerlo casi a su altura.

Se sintió aturdida y un dolor punzante se instaló en la boca su estómago. No pudo evitar enmudecer. Tenía miedo de que si decía cualquier cosa terminaría despertándose de aquel maravilloso sueño.

Jason la contempló mientras descendía del caballo. Le costaba creer que la hubiera encontrado, ya que, durante esos eternos y penosos meses, más de una vez estuvo a punto de renunciar a la búsqueda. Las dificultades fueron muchas. Tuvo que instalarse en Nueva York y contratar a diversos investigadores. Algunos dijeron que era un hombre osado, algunos hasta loco. Estados Unidos era un país enorme y Ayleen podía estar en cualquier parte. Solo unos pocos se atrevieron y solo uno dio con las pistas correctas que lo llevaron hasta ella.

Sonrió para sí. ¿Quién hubiera dicho que la mayor dificultad residía en su apellido? Él estaba centrado en la búsqueda de Ayleen Blake y resultó que no podía estar más equivocado.

Se fijó en ella. Estaba más hermosa de lo que recordaba; tanto, que quitaba el aliento.

—Ayleen —susurró. Por fin volvía a tenerla a su lado. Ella no dijo nada y se le hizo un nudo en la garganta por la aprensión. De repente tenía ganas de llorar de puro alivio y de abrazarla muy fuerte para no soltarla jamás—. Ayleen —repitió. Y entonces empezó a hablar, sin poder contenerse, porque tenía muchas cosas que contarle—. La he dejado —dijo con voz rápida y un poco entrecortada—. He dejado a Johana, a mi familia, mi país, mis responsabilidades… —se detuvo para tomar aire—. Lo he dejado todo atrás por ti, por mí, por nuestro amor.

Ella siguió enmudecida y Jason temió haberse equivocado de lleno.

A su vez, Ayleen sentía los latidos de su corazón golpeándole el pecho. Quería ser capaz de responder para aliviar el rostro angustiado y exhausto de su amado, pero sentía que sus cuerdas vocales estaban paralizadas.

—Traté de seguir con mi vida tras tu marcha, de verdad —continuó él—. Pero cada maldito día desde que te fuiste era una agonía. Me volví arisco, insoportable, malhumorado… Nadie me entendía, ni tan siquiera yo. Solo cabía la certeza de que tu ausencia provocaba un vacío en mi vida. Soy adicto a ti, pues de otra forma me siento muerto en vida. Lo arriesgué todo por buscarte porque te amo más que a nada y porque no puedo, ni quiero —puntualizó—, vivir esta vida sin ti a mi lado —confesó, antes de extender sus brazos hacia ella con toda la humildad que fue capaz de expresar—. Por eso, este hombre te suplica que le dejes compartir lo que le queda de vida y el resto de la eternidad.

Las lágrimas de Jason y la desesperación que traslucían sus palabras la conmovieron hasta lo más hondo de su ser, pero no necesitaba toda esa parrafada para convencerla, pues ella sentía lo mismo. Habían sufrido mucho por vivir un amor que no podía ser. Quizás ahora tenían una nueva oportunidad para ser felices. Acto seguido y sin mediar palabra se lanzó a sus brazos y Jason la estrechó bien fuerte, como si no quisiera que se le escapara.

Este suspiró de alivio y gozo. Había renunciado a mucho, sí, pero estaba seguro de que nunca se arrepentiría de su decisión, pues su amor lo valía todo.

—Oh, mi vida, te amo, te amo —susurró entre lágrimas—. Te he echado tanto de menos… —Besó sus ojos, su boca, las mejillas…—. Todos estos meses han sido un infierno para mí. Casi un año sin tenerte a mi lado. ¿Cómo he podido aguantar tanto?

Ayleen lloraba y respondía a sus besos. Por fin empezaba a librarse de la conmoción de su inesperada aparición.

—¡Yo también te amo, Jason! —exclamó entre sus brazos, medio aturdida por tanta felicidad.

Estuvieron de pie, juntos en medio de la entrada susurrándose palabras de amor y alivio hasta que lograron tranquilizarse. Él le estaba limpiando las lágrimas con un pañuelo limpio que se sacó del bolsillo de la chaqueta cuando ella le sonrió.

¡Oh, Dios!, pensó. Su sonrisa le llenaba en sitios que creía muertos. La besó con reverencia en la mejilla. Cuánto la había echado de menos.

—¿Qué te parece? —Jason esbozó una sonrisa cargada de picardía. Por fin se había deshecho de la tensión acumulada durante más de año—. ¿Tienes sitio para un hombre que te necesita más que a su vida y que aparece con las manos vacías?

Los ojos de Ayleen brillaron de alegría.

—Todo lo mío es tuyo, ahora y siempre. —Le acarició el rostro con ternura mientras seguía disfrutando de su cercanía. No pensó que volvería a ser tan feliz—. Pero ahora hay alguien más en mi vida que me necesita más que tú.

Lo tomó de la mano y tiró de él en dirección a la casa. A un lado habían quedado los guantes, las tijeras, las rosas… y el caballo.

Mientras la seguía a través del camino, Jason pensó en lo que le acababa de decir. ¿De qué estaría hablando? ¿Habría conocido a alguien? No, no podía tratarse de otro hombre. Ella le amaba. Su mente le hacía malas jugadas fruto de la inseguridad y el desasosiego que le había provocado la marcha de Ayleen. Trató de ignorar la punzada de angustia y clavó fuertemente los pies en el suelo.

—¿Por qué te detienes? —preguntó ella sorprendida. Se dio la vuelta y le apretó ambas manos—. Detrás de estos árboles está la casa.

—No creo que pueda compartirte con nadie —afirmó con la voz estrangulada. Después de todo lo que había sacrificado, dejando atrás a su familia y su honor, no podría soportarlo. No era tan fuerte.

—¿Con nadie? —Ella sonrió con benevolencia, como si sus temores fueran una rabieta de niños—. Lo siento amor, pero no te queda más remedio. Confía en mí.

Cuando la casa apareció ante sus ojos, Jason tuvo tiempo de admirarla por unos instantes. Era una edificación distinta a las que se encontraban en Inglaterra, con mucha madera y nada de piedra. Evidentemente, nada podía compararse con la opulencia de Carmine’s Place, pero no importaba. Esta desprendía un encanto y sencillez al que uno podía acostumbrarse. No necesitaba una mansión para ser feliz.

En el porche se encontraron a una mujer madura y flaca. Se levantó nada más verles.

—¡Mae, ven! —la llamó Ayleen, preguntándose Jason si sería la persona que quería presentarle. Esperaba que sí, pero no pudo deshacerse de sus temores.

Mae llegó hasta ellos e hizo una inclinación a modo de saludo, sonriendo ampliamente cuando Ayleen le presentó como su esposo. Él le correspondió, si bien no dejaba de observar alrededor del porche buscando la presencia de alguien más. Y lo encontró. Vaya si lo encontró. Había una cunita balancín al lado de la mecedora donde segundos antes había estado sentada la mujer. Estaba decorada con lazos y de ella sobresalía una sábana blanca.

Se le escapó un jadeo por la impresión y sintió cómo el corazón se le detenía. Notó cómo Ayleen volvía a tirar de él con suavidad, justo hacia la cuna.

No fue consciente de cómo Mae desaparecía con discreción. Al subir los dos escalones del porche comenzó a temblar y cuando se inclinó se topó con unos ojos verdes idénticos a los suyos que lo miraban con atención. Se trataba de una niñita con abundante cabello negro que balbuceaba mientras se movía agitando manos y pies.

—Jason… —lo llamó Ayleen interrumpiendo su estupor—. Te presento a Jaqueline Morton. —Entrelazó sus dedos con los de él, sin dejarse dominar por la emoción que la embargaba—. Tu hija, nuestra hija.

Jason dio un espontáneo grito de alegría. La atrajo hasta sí con cierta brusquedad y la besó con todo el amor y devoción del que fue capaz. Era lo que esa maravillosa mujer le provocaba. Se lo había dado todo, todo lo necesario para ser feliz.

—No sabía… —dijo emocionado tras finalizar el beso.

Una parte de él no podía dejar de observar a esa hermosa criatura. Su hija. ¿Cómo podía imaginar siquiera que estaría esperándolo? Era el regalo más maravilloso del mundo.

Por fin todo cobraba sentido.

—Lo sé. Ese fue el principal motivo que provocó mi marcha. Estaba embarazada y no podía quedarme. ¿Estás contento?

—Dios Santo, ¿cómo no podría estarlo? Me has dado más de lo que jamás podría haber deseado —afirmó sin dudar ni un segundo—. Lo que no sé es si merezco tanta felicidad —murmuró junto a la comisura de su boca.

—Sí la mereces. Eres un buen hombre, humano, pero bueno. Te amo. Las dos te amamos.

Jason sonrió mientras Ayleen le enseñaba a tomar a su hija en brazos. Dio gracias al cielo por haber podido encontrarlas y prometía que a partir de aquel momento, nunca jamás volvería a separarse de ellas.

***

Ayleen abrió los ojos con lentitud al notar que Jason se levantaba para atender la llamada de su hija. Le parecía muy tierno las ganas que ponía por cuidarla. Se había volcado tanto en ella que ya en una semana la tenía totalmente consentida. Jaqueline, a pesar de ser tan pequeña, aprovechaba la debilidad de su padre. Era como si a esas alturas supiera que se trataba de una persona tan importante como su madre. La mayoría de veces se calmaba solo con tomarla en brazos.

Jason se sentía muy orgulloso de ser su consuelo y a Ayleen eso la divertía.

Se estiró mientras disfrutaba de su momento preferido del día. Ahora ambos vivían como marido y mujer, y aunque su unión nunca estaría legitimada, preferían obviar este hecho y concentrarse en lo que verdaderamente importaba: su familia. Ella no consideraba que estuviera cometiendo pecado. Ahora podían hacer el amor sin esconderse, jugar como niños, reír por las cosas más tontas y llorar con él cuando hablaba de su familia. Incluso habían paseado por el pueblo tomados del brazo. Eso le hacía sentir mejor y más libre de lo que jamás hubiera imaginado.

Ayleen dejó de escuchar los suaves murmullos de Jason y de la niña, provenientes de la otra habitación. A pesar de sus objeciones habían decidido trasladar a la pequeña a otro cuarto, pues Jason se sentía muy incómodo con su presencia mientras trataban de intimar.

Era un hombre tonto, pero lo amaba.

Al cabo de pocos minutos Jason regresó con Jaqueline en sus brazos. Sonreía de oreja a oreja.

—Nuestra hija está hambrienta.

Se sentó en la cama con cuidado, sobre la colcha, y le pasó a la criatura. Después le dio un ligero beso. Le encantaba verla amamantar. O más que encantarle, le fascinaba. Era afortunado por tener esa familia. Ambos lo eran. Tras tanto sufrimiento y penalidades, la vida les ofrecía una nueva oportunidad que no iban a desperdiciar. Podría ver crecer a su hija y seguir amando a la mujer que estaba a su lado.

Era todo lo que quería, todo lo que necesitaba.