19

Tras tres semanas en Londres rodeado de toda su familia, Johana, Jason y sus hermanos pusieron rumbo a Buckinghamshire. Aunque Claudia se encontraba muy a gusto en la casa de su tía en Londres y con la compañía de sus primos, no podía dejar de extrañar su casa, su hogar. Tantos meses en el extranjero habían menguado sus ansias de aventura y ahora solo parecía querer dedicar todo su tiempo a preparar su debut en la próxima temporada social.

Su esposa Johana era la persona adecuada para encargarse de todo y asesorar a la joven: tenía mucha experiencia organizando fiestas, eligiendo vestidos y sabía relacionarse con los aristócratas más importantes. Además, Ashton les había advertido que no pondría reparos en gastos.

Como punto discordante, tanto él como su hermano recelaban del evento por dos motivos. El primero se debía al hecho que a ninguno de los dos les hacía gracia tener que trasladarse meses enteros a Londres para dedicarse al ocio y el segundo, y más importante, porque odiaban la idea que alguien les arrebatara a su pequeña hermana. Era cierto que era muy terca y capaz de agotar su paciencia, pero ambos la querían con locura y a menudo la sobreprotegían demasiado.

Al igual que Claudia, Jason también deseaba ardientemente llegar a Carmine’s Place. Tras su discusión y reconciliación con Ayleen temía pensar en cómo estaban las cosas entre ellos y si durante su ausencia el señor Plumbert habría aprovechado para estrechar lazos. Y lo peor de todo, si ella se habría dejado.

¿Cómo podía recuperarse de semejante traición y seguir amándola tanto? Todavía le hervía la sangre al recordar el anuncio en el picnic y la determinación de ella. Su relación había sido pura tragedia desde un comienzo. Parecían destinados a no estar juntos y cada vez más se sumía en un estado total de desesperación.

Barajó la idea del divorcio o la anulación de su matrimonio, aunque era improbable que pudiera hacerlo. Jason había estudiado leyes y sabía que no cumplía ninguno de los requisitos. Si la infidelidad se hubiera cometido al revés tendría una posibilidad, pero Johana nunca sería capaz. Si era sincero consigo mismo reconocería que aun pudiendo hacerlo sería como clavar un cuchillo en el corazón de su esposa. Ante la sociedad quedaría estigmatizada.

Era un daño que no podía infligirle.

En su estancia en Londres había estado bebiendo cada noche hasta tarde. No es que llegara a emborracharse —nunca lo hacía—, pero el licor le daba consuelo. Tampoco tenía a dónde ir después de cenar en casa de su tía o salir al teatro. Si se acostaba temprano tenía miedo de que Johana empezara a exigirle cumplir con sus deberes maritales, puesto que en la ciudad compartían cama y habitación. No había modo de esquivarla, así que terminó pegado a una copa de whisky.

Jason cerró los ojos y dejó que la animada voz de Claudia aligerara el viaje. Ashton se empeñaba en hacerlo todo más difícil y había insistido en tomar el carruaje en vez del tren. Debía encontrar poco placer en compartir espacio y ruidos con desconocidos, pero al menos contaban con la rapidez.

Ese día no podía decir lo mismo.

—Es impensable que Robert se fuera de Londres con tantas prisas —señaló Claudia, esperando que los demás le dieran la razón—. Y solo dos días después de nuestro regreso a Inglaterra. ¿En qué estaría pensando?

La joven lanzó un largo suspiro mientras tamborileaba con los dedos sobre el cristal de la ventana del carruaje.

Ashton, sentado a su lado, levantó una ceja con cierta apatía. Las conversaciones superfluas le molestaban. Si no fuera porque quería tanto a Claudia y la había extrañado, con seguridad la habría cortado de raíz.

—Tendrá asuntos pendientes —indicó con displicencia. Era lo normal tras tantos meses en el extranjero.

Sabía a dónde quería llegar su hermana con su alegato, pero no contaría con su complicidad. Ashton no se sentía a gusto hablando de temas del corazón. Sencillamente, no iba con él.

—¿Y por qué no se ha despedido de Angy? —insistió ella, empeñada en reprobar la conducta de Robert—. Nuestra prima ha quedado destrozada.

—¿Por qué tanto dramatismo? Lo superará. Al igual que tú —puntualizó. Que ambas muchachas estuvieran tan unidas podía llegar a ser un incordio.

—No te das cuenta, ¿verdad? Todavía no ha pedido su mano.

—Concédele tiempo —intercedió Johana, que viajaba sentada frente a su cuñada—. Lo hará.

Antes de partir de regreso a Greenville hablaron largamente con su tía Mildred y con su yerno, Edward Fillon, marqués de Hansberg y hermano de Robert. Sabían que el joven pretendía pedir la mano de Angeline Morton, Sin embargo, todos estaban de acuerdo en que debía esperar hasta la primavera siguiente.

Precisamente, si había salido de la ciudad era para evitar una situación que los comprometiera. Era un modo de andar sobre seguro. Quedaban muchos meses para la próxima temporada social y los implicados todavía podían cambiar de opinión.

Aunque Ashton no intervino en la decisión, estaba de acuerdo.

Fue un error que el joven hubiera viajado al continente con ellos. Sobre todo, si su tía sabía que este albergaba sentimientos por la más pequeña de sus hijas. Nada había sucedido, al menos nada que se supiera y que no tuviera remedio, pero las cartas de Claudia indicaban un claro acercamiento que debía ser estrictamente vigilado. En su misma situación, Ashton jamás lo hubiera permitido. Por lo que a él respectaba, el decoro y la prudencia no podían pasarse por alto.

—Pero es un fastidio que dos personas que se aman tengan que esperar por puros convencionalismos sociales.

Molesta apartó la vista del rostro de su hermano mayor y volvió a concentrarse en el paisaje. Ashton era demasiado exasperante como para comprenderla.

Y demasiado frío.

Y parecía hastiado.

No creía en el romanticismo ni en la esperanza. Era absurdo, según su punto de vista, y se negaba a ser seducido por algo tan banal.

—Si no fueras tan inmadura y caprichosa comprenderías las implicaciones.

Claudia se lo tomó como un insulto. Podía ser joven, pero no tonta. Su hermano no podía tratarla como una pieza de juego a la que intercambiar. Jason había escogido una esposa libremente, sin coacciones. En apariencia, movido por el raciocinio, pero no había pareja más hermosa y bien avenida que él y Johana. Así que Claudia no iba a renunciar a un sentimiento tan genuino como el amor.

—Por más que insistas voy a casarme con quien yo elija. —Su hermano podía pensar lo que le diera la gana. Ella era dueña de sí misma.

Inmediatamente, Ashton se opuso.

—Te casarás con quien sea más conveniente.

Ella arrugó la nariz en un adorable mohín.

—¿Conveniente? ¿Para ti o para mí?

—Para ti, por supuesto.

No estaba dispuesto a entregar a su hermana a un donnadie. Los Morton eran una familia con rango y abolengo. Descartaría al instante cualquier pretendiente que no considerada digno, aun contradiciendo los deseos de su hermana. Y ella no tendría más remedio que acatarlo. Era el cabeza de familia.

—¿Y qué elegirás para mí? —preguntó con mofa—. ¿Un marqués, un duque? ¿Tal vez un príncipe?

—Claudia…

La advertencia de Johana llegó tarde; la joven parecía dispuesta a irritarlo.

—Tal vez podrías venderme a un mercader. Por un buen precio…

Jason se dio cuenta de que su hermano estaba sintiendo coraje. Su rostro parecía sereno e inexpresivo, pero una minúscula mueca en la comisura de los labios lo delataba. En cualquier momento podía llegar a perder la paciencia. Su hermana era muy fastidiosa si se lo proponía y no iba a dejar de insistir hasta que Ashton explotara. Tenía una habilidad especial para hacerlo. Y él no quería estar presente cuando eso sucediera. Debía intervenir si no quería que se formara un desastre.

—¿Podemos relajarnos un poco? —le preguntó con un brillo especial en los ojos. Ella lo captó al instante—. Claudia, sé que te encana fastidiar a Ashton pero ¿no puedes esperar a poner los pies en Carmine’s Place?

Ella entornó los ojos y lo miró seria.

—¿Lo dices para poder marcharte corriendo?

Jason esbozó una sonrisa ligera. Había dado de pleno.

—Por supuesto.

Meditó un instante sobre la propuesta.

—Entonces, prométeme algo y te aseguro que guardaré silencio. —Jason asintió, paciente—. Llegado el momento, no dejes que Ash decida solo sobre mi futuro esposo. Aconséjale y lucha por mis intereses, si es necesario. Me aterra que su idea de idoneidad sea un matrimonio con un hombre mayor que podría tener la edad de mi padre.

—¡Yo no haría eso! —exclamó un Ashton indignado.

Jason se dio cuenta que ya había empezado a suceder: Claudia estaba consiguiendo sacarle de sus casillas. Por el bien de todos, ella debía comprender que su hermano mayor quería lo mejor para su futuro. Era su deber elegir bien. Sin embargo, nunca impondría una unión tan desigual. Se dijo que más adelante tendría una charla privada con la joven. De otro modo, la próxima temporada iba a convertirse en un infierno.

—Está bien, te lo prometo. Estaré ahí para ti y te apoyaré siempre que pueda.

—¿Qué diantres significa eso? ¿Te dejarás convencer fácilmente?

—No —contestó tajante—. Seré un contrincante difícil. ¿Satisfecha?

Sus palabras debieron convencer a la joven, porque al instante comenzó a hablar de lo mucho que iba a descansar durante los próximos días.

Menos de una hora después ya estaban en Greenville. Jason aguardó hasta que su hermano y hermana entraron en la casa, se dio la vuelta hacia su esposa y le hizo saber que volvía al trabajo.

Johana lo miró con recelo. El carruaje con los sirvientes y el equipaje aguardaba a escasos pasos. Ella debía decidir a dónde iba cada baúl, mandar a limpiar los vestidos usados por su cuñada en el extranjero y montones de cosas más. Estaría bastante ocupada y no tenía tiempo para discutir, pero Jason todavía no había puesto un pie en el suelo y ya pretendía deshacerse de ella. Es más, parecía urgirle.

Eso le molestó. Estaba harta de los problemas financieros que nunca se arreglaban y de un esposo casi invisible y malhumorado. Convivir con él en los últimos meses se había tornado un reto descorazonador. No había modo de llegar a él, por lo que se sentía sola e incomprendida. ¿Dónde estaba el Jason que la enamoró? Siempre tan paciente y gallardo. Parecía no quedar rastro de él y tenía la desagradable sensación de estar perdiéndole a pasos agigantados.

—¿Ahora mismo? ¿No estás cansado?

Jason le contestó que no y antes de marcharse la ayudó a bajar del carruaje. Después pasó por su despacho para hablar con Tim y preguntarle si en su ausencia había ocurrido algún contratiempo. Todo estaba bien, así que le prometió que en breve se pondría al corriente. Tenía en mente compartir parte de su día con Ayleen, por lo que con seguridad sería ya a la mañana siguiente.

Con un repentino buen humor y una ansiedad acuciante se encaminó a los establos y pidió que le prepararan su caballo.

No había nada que le impidiera ir a su encuentro. Se moría por verla, por abrazarla. Era la primera vez, desde que se habían convertidos en amantes, que pasaban tanto tiempo distanciados. Necesitaba despejar los nubarrones que se cernían sobre ellos; escucharla decir que lo amaba, que no había otro hombre ni que jamás lo habría; que lo suyo con Plumbert no era más que un contratiempo y que lo solucionarían juntos. No podía permitir que se casara con el botánico. Jamás. Se le helaba la sangre solo con pensar que pudieran compartir lecho. No lo consentiría. Estaba dispuesto a lo que fuera, a todo lo que ella le pidiera, menos eso. Ahora debía hacerle comprender que nadie la juzgaría por echarse atrás. Era mejor darse cuenta del error a tiempo. Rogó porque Ayleen dejara de ser tan cabezota y lo escuchara. Le daba igual parecer un patán celoso e insensible. El sentimiento de posesión era cada vez mayor e iba a recurrir a cualquier astucia con tal de tenerla para sí, porque Ayleen le pertenecía del mismo modo que Jason lo hacía con ella. Si era preciso, se la llevaría a la fuerza.

Lanzó una carcajada al aire que se escuchó por toda la casita. ¿En qué diantres estaría pensando? Y lo peor, ¿en qué diantres se estaba convirtiendo? Fuga, anulación, divorcio… ¿Y ahora secuestro? ¿Esos eran sus grandes planes? ¿Por qué de una vez no se sinceraba con todos y admitía que prefería perder su honor antes que a ella?

Tras esas reflexiones que solo servían para abrumarlo más esperó impaciente durante cuatro horas. No hacía más que observar la puerta. Era desquiciante no poder comunicarse con su amada y hacerle saber de su regreso, mas no podía enviar una nota y mucho menos llamar a su puerta.

No había mucho que pudiera hacer en ese aspecto salvo esperar. Sin embargo, aquel día resultó del todo infructuoso, puesto que Ayleen no acudió.

Ante una evidente decepción por el fracaso resurgió ante él una nueva determinación. Por eso todas las mañanas se levantaba temprano, trabajaba durante las primeras horas en su despacho y después, provisto de comida, licor y documentos a los que debía echar un vistazo, se trasladaba a la casita hasta bien entrada la noche.

Tuvo la prudencia de esperar durante dos semanas enteras antes de pensar en cometer alguna locura. Después de ese tiempo empezó a pasear a diario por el pueblo en la búsqueda de alguna noticia referente a Ayleen o a su compromiso. Por ello, sus obligaciones se veían cada vez más descuidadas, incluso la familia se quejó de que apenas le veían. A Jason le dio igual, estaba demasiado ocupado tratando de comprender qué ocurría con la relación que mantenía con Ayleen. En el fondo de su corazón todavía alimentaba la esperanza de que apareciera en cualquier momento.

Pero ella nunca lo hizo y llegado a ese punto era un volcán a punto de estallar. Echaba humo y no había nadie en Carmine’s Place que no hubiera probado el sabor de su cólera.

Aquel martes se le ocurrió una idea, una forma de poder ser recibido en la casa de la señorita Blake sin levantar demasiadas suspicacias. De ese modo le sería mucho más sencillo acceder a ella y pedirle explicaciones, porque tenía bien claro que su ausencia era fruto de la premeditación. Bajó a las cocinas de la mansión y le pidió a la señora Potts que le hiciera una tarta, la que ella prefiriera. No iba a ponerse quisquilloso con el sabor o la decoración. Tampoco le importaba que la petición sonase extraña. Solo quería tener una excusa y aquel postre se la ofrecía.

La señora Potts lo miró con extrañeza. Con seguridad se estaría preguntando el motivo por el cual Jason no había recurrido a su propia cocinera, una mujer muy capaz de hacer una tarta. Ella no tenía por qué saber que no quería que su esposa se enterara.

Así que esa misma tarde, con una sensación apremiante, se dirigió a la casa de Ayleen.

Sus ojos verdes escudriñaron las ventanas delanteras de la planta baja buscando algún signo que indicase vida. Después, se acercó a la puerta de color verde y reprimiendo un suspiro llamó a la sencilla aldaba.

Debían haberlo visto llegar, porque tardaron muy poco en abrirle. Se trataba del ama de llaves, Adele Fraser, a la cual conoció unos meses atrás por un incidente en el camino. Sin embargo, sabía mucho de ella por todo lo que Ayleen le había contado.

Vio una chispa de reconocimiento en los ojos de la mujer, aunque parecía contrariada.

—Buenas tardes, lord Jason. ¿En qué puedo ayudarle?

Este carraspeó sin poder evitarlo. Estaba nervioso y se sentía un poco tonto sosteniendo la tarta envuelta. En ese instante se arrepintió por haber meditado tan poco sobre las consecuencias de aquella visita con tan poco peso y de cómo estas podían repercutirle.

Tuvo que recordarse que lo hacía por Ayleen, o sea, por los dos. Necesitaba hablar de inmediato con ella.

—Buenos días, señora Fraser. Estoy buscando a la señorita Blake.

—¡Oh! —exclamó despacio—. ¿De qué se trata?

—Preferiría hablarlo, si es posible, con la señorita Blake. Le traigo un simple dulce, pero lady Johana ha insistido en que debo entregárselo.

Llegado a aquel punto, Jason ni siquiera se percató de lo endebles que resultaban sus explicaciones. No iba a marcharse sin descubrir dónde rayos estaba metida Ayleen, porque ni siquiera se le pasaba por la cabeza que pudiera esconderse de él.

Ella pareció reacia a hablar.

—Su esposa es muy amable, pero lamentablemente, la señorita Blake no está en casa.

—Qué pena —murmuró con cierta melancolía. ¿Habría salido con Horatio Plumbert? Porque la simple posibilidad de saberlos juntos le alteraba—. ¿Es posible saber cuándo regresará?

—Siento no poder informarle de ello. La señorita Blake se ha marchado por una temporada.

—Lo siento, no sabía… —se obligó a decir. La confusión se había apoderado de él.

—No se preocupe. Nadie lo sabe.

Su corazón dio un vuelco. Por un momento se limitó a mirarla, sin verla en realidad. Trataba de desentrañar qué diantres significaba «marcharse por una temporada». Pensamientos lúgubres cruzaron por su cabeza. Notó una fuerte opresión en el pecho y en la garganta. ¿Estaría Ayleen enferma y necesitaba reposo? ¿Habría decidido tomarse un descanso, por ejemplo, cerca del mar para meditar sobre su situación? Porque ella no tenía ningún pariente al que visitar.

Era todo tan extraño…

—¿Puedo preguntar por qué? Lady Johana insistirá en saberlo. —Ni mucho menos le preocupaba lo que su esposa opinara. Estaba hecho un verdadero lío y solo trataba de obtener información precisa para sus propios fines, como por ejemplo, llegar al fondo de la cuestión.

—Su antigua institutriz ha enfermado y ella se ha visto en la obligación de ir a Londres para cuidarla.

Jason frunció el ceño con severidad. No sabía qué decir; se sentía sobrecogido por la sorpresa. Los últimos días habían sido un calvario y ahora le salían con aquello. Conforme lo pensaba, más absurdo lo encontraba. Ayleen no tenía ninguna institutriz en Londres ni en ningún otro lugar. Era una historia que él mismo inventó para poder escapar de Greenville. ¿Se le estaría tornando la mentira en contra? ¿Por qué Ayleen la había vuelto a usar? ¿Sería acaso un mensaje cifrado para él?

Si así era, no se sentía capaz de extraerle el significado.

—Siento que haya hecho el viaje en balde —prosiguió la señora Fraser—, pero no puedo serle de más ayuda.

Jason aceptó sus palabras. No merecía la pena insistir, puesto que sería imposible conseguir sonsacarle más. A lo mejor era de verdad lo único que sabía, o pudiera ser que simplemente estuviera siendo precavida. Daba igual. Por lo que a él concernía, todo estaba dicho; no tenía más que hacer en aquella casa.

—No se preocupe. Lo comprendo.

***

Adele se mantuvo en el umbral de la puerta mientras veía desaparecer a lord Jason Morton por el camino. Era él, sin lugar a dudas. El hermano del duque de Redwolf era el hombre que había conquistado el corazón de Ayleen y, por tanto, el que la había dejado embarazada.

Si no fuera por aquel pastel, jamás hubiera podido imaginarlo.

¡Cielo Santo! Era un descubrimiento demasiado perturbador como para poder analizarlo bien. No parecía un tipo que se viera envuelto en aventuras pasajeras, sobre todo cuando su matrimonio con Johana Morton recibía elogios en todo el condado. Aunque a veces, las apariencias engañaban y ella sabía que hasta el más honesto y noble caballero podía convertirse en un despreciable y vil sinvergüenza.

No pudo evitar preguntarse si en verdad estaría enamorado de Ayleen. Las implicaciones eran tan grandes… Lord Jason no tenía hijos y su hermano tampoco. Si naciese un niño se postularía como heredero del ducado, por detrás de su tío y de su padre. Eso en un contexto normal, no en ese. Ayleen no era la esposa legítima y por lo tanto, el niño jamás podría ocupar ese puesto.

Se sintió terriblemente mal por tener que guardar aquel secreto. En esos momentos, la joven necesitaría de toda la ayuda posible y aunque él estuviera casado, por lo menos debería poder contar con un respaldo financiero. Estaba segura de que el hermano del duque se haría cargo de la educación y manutención de su hijo, aunque para ello tuviera que esconderlo ante su familia y la sociedad.

Si el embarazo llegaba a oídos de los demás, la pobre Ayleen se encontraría en un verdadero aprieto y sería despreciada por todos y cada uno de los que ahora se consideraban amigos suyos. Su hijo sería considerado un bastardo y ella una ramera o peor. No había cabida para ella en Greenville. Estaba tratando de evitar el escándalo, la humillación, el estigma y el ostracismo. Por eso entendía sus motivaciones, pero ¿era necesario marcharse tan lejos? ¿Escondérselo a él? ¿Cómo se las apañaría sola y con un bebé? Tenía más opciones y a ella le hubiera encantado poder ayudarla a decidir.

La noticia de su marcha se difundiría por el pueblo tarde o temprano y quizás lord Jason no se conformara con la explicación que ella le habría ofrecido. Por lo menos si el amor que sentía era tan grande y sincero como Ayleen había descrito.

Se preguntó qué haría si él regresaba, inconforme. ¿Pondría por delante su lealtad hacia su patrona, o por el contrario, preferiría velar por sus intereses y revelarle la verdad?

***

Jason regresó a su despacho como un autómata y se encerró en él durante el resto del día. Estaba ausente y le era imposible concentrarse en lo que llevaba entre manos, pero tenía que quedarse. Cerca de las seis de la tarde mandó un mensaje a Johana y sus hermanos para avisarles que no estaría presente en la cena. Dos horas después pidió un poco de comida y una botella de whisky. Picoteó de los platos que había en la bandeja de plata acompañándola con generosos sorbos de licor.

Se sentía confuso, perdido y trastornado. Empezó a reír con una risa grave y amarga. ¿Por qué habría desaparecido tan repentinamente y sin hablar con él? Descartando alguna devastadora enfermedad llegó a pensar que Ayleen se estaba riendo de él, que su relación no había sido más que un juego cruel, y llegado el punto en que lo tenía sometido a su entera voluntad, se deshacía de él con una facilidad pasmosa. ¿Podría ser? Se estiró en el sofá con la copa en la mano tratando de encontrar un poco de lucidez a aquella situación que estaba atravesado. El tiempo fue pasando y mientras vertía las últimas gotas de la botella de whisky —que estaba prácticamente llena cuando empezó a beber—, su mente embotada por el alcohol no dejaba de pensar en lo que iba a ser de él. Ayleen lo había abandonado con una crueldad inconmensurable.

Esas preguntas y algunas más le martirizaban, pero estaba demasiado borracho para pensar con claridad.

Una de las sirvientas se lo encontró dormido en el sofá a la mañana siguiente. Iba cargada con una cesta de carbón para encender el fuego cuando unos ronquidos le hicieron darse cuenta que la estancia no estaba vacía. Corrió a avisar al mayordomo, el señor Lonkstow, y este dudó sobre si debía despertarlo o no.

Al final lo hizo de todas formas. La noche anterior no había acudido a la cena y ese debía ser precisamente el motivo, pero el duque no tenía por qué saberlo.

—Lord Jason —murmuró despacio, pero no obtuvo ninguna respuesta por su parte—. Lord Jason —repitió. Tuvo que zarandearle con fuerza para que abriera los ojos—. ¿Está usted bien?

—¡No grite, por Dios!

Jason sentía que las sienes le iban a explotar y notaba la boca pastosa.

—No he levantado la voz, lord Jason —susurró Lonkstow. Jason farfulló por lo bajo e intentó levantarse sin éxito. El mayordomo tuvo que cogerle para ayudarle y evitar una caída bochornosa—. ¿Me permite un consejo?

No se sentía con ánimos de escuchar un sermón a aquellas horas de la mañana y sobre todo cuando le estaba costando tanto concentrarse. Pero sabía que Lonkstow iba a terminar diciéndoselo de todas formas, así que era mejor terminar cuanto antes.

—Hable.

—Su esposa no se sentirá muy feliz si lo ve en este estado. Por suerte, todavía es temprano. ¿Quiere que le preparemos un baño? Mandaré a un lacayo a su casa para buscar un poco de ropa limpia.

—¿Con agua caliente?

De repente la idea le parecía más que apetecible.

—Bien caliente —afirmó, conciso—. Para cuando termine, le espera un delicioso desayuno.

Con una sola mirada, el mayordomo dio una orden silenciosa al lacayo que aguardaba en la puerta mientras ayudaba a Jason a avanzar.

Cuando llegaron a una de las habitaciones del piso de arriba que servía para el aseo, el baño estaba preparado.

Meterse en el agua aromatizada y humeante hizo relajar los músculos doloridos por haber dormido de cualquier manera en el sofá. Un tiempo después, Lonkstow volvió a entrar con un vaso lleno de un líquido que olía sumamente mal.

—Tómeselo de un trago —le advirtió—. Le aliviará la borra… ummm —se interrumpió por precaución—, el dolor de cabeza.

—Ecss. —Jason hizo una mueca en cuanto probó el brebaje—. Esto está asqueroso. ¿Qué diantres es?

—Un remedio necesario. Ya verá cómo le alivia.

Se quedó de nuevo solo y se lo tomó todo. Cerró los ojos relajándose durante unos minutos hasta que la puerta se abrió y apareció Johana, pulcramente vestida y con cara de pocos amigos. Llevaba sus ropas bajo el brazo.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó sin llegar a acercarse. Su mirada se tornó acusatoria.

—Nada.

Tenía suerte de estar levantada y vestida cuando llegó el lacayo de Carmine’s Place. Estaba segura que de otro modo no se hubiera enterado. No dormir en casa era la culminación de las excentricidades a las que Jason venía sometiéndola. Había soportado muchas de ellas: sus tardías llegadas, sus ausencias injustificadas, su mal carácter… Pero pasar toda la noche fuera era un acto que no le iba volver a permitir.

—Tienes un aspecto horrible. Dime, ¿dónde has estado? ¿Emborrachándote en algún tugurio mientras coqueteabas con mujeres de moral ligera?

—En Greenville no hay ningún tugurio, a lo sumo una taberna. Y no he salido de Carmine’s Place.

—Mientes.

—¡Por Dios, Johana! He estado bebiendo, sí, pero en mi despacho. Me quedé dormido en el sofá. Puedes preguntarle a Lonkstow. Él me ha despertado.

—Entonces, te has emborrachado. —Él asintió—. ¿Por qué?

—¿También tengo que darte explicaciones sobre esto? Me apetecía y ya está.

Ella le lazó una mirada herida, cargada de reproches silenciosos. Su matrimonio se estaba desmoronando ante sus ojos y no había forma de detenerlo. Era de vital importancia actuar cuanto antes, ¿pero cómo?

—Eres un desagradecido —le espetó con impotencia y se dio la vuelta para marcharse. Era la primera vez que le hablaba así, puesto que había conseguido sacar su mal carácter. Lo que necesitaba en ese momento era alejarse de su esposo y pensar. Iría a Greenville a ver al párroco y buscaría su consejo.

Necesitaba desahogarse.

—¡Espera!

Johana se detuvo con la esperanza de que Jason se hubiera arrepentido por hablarle como lo hizo.

No podía estar más equivocada.

—Te comunico que mañana mismo parto hacia Londres.

Lady Johana Morton sintió cómo la sangre le hervía. Ella, siempre tan controlada y correcta, estaba a punto de perder los nervios.

—¡Estás imposible! —le gritó mientras le lanzaba con furia la ropa para cambiarse que todavía llevaba en la mano—. Vete a donde quieras, pero cuando vuelvas vamos a hablar largo y tendido.

Se marchó cargada de resentimiento y frustración.

En ese momento Jason había tomado una determinación. Tenía un mal presentimiento en cuanto a Ayleen y no podía dejarlo pasar. Iba a averiguar a dónde había ido y por qué. Y como única alternativa tenía el bufete de abogados que Ayleen había mencionado.

Lleno de premoniciones funestas, se marchó con una sensación de frenética urgencia.