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—¿A quién nos trae esta tarde, querida? —exclamó la anfitriona acercándose con familiaridad a lady Johana Morton, la cuñada del duque de Redwolf.
Aquella reunión entre las damas más prominentes de la zona era un evento importante para Ayleen: era una oportunidad para comenzar de cero, para relacionarse y para hacer nuevas amistades. Sin embargo, no podía evitar sentir nervios en el estómago; no en vano había estado durante años prácticamente aislada de la sociedad. Temía haber perdido el arte de la conversación.
Por suerte, lady Johana Morton se había ofrecido a llevarla y acompañarla hasta la casa de la señora Haggens, el lugar en donde se celebraría la merienda. Ayleen estaba encantada porque una dama tan hermosa y educada hubiera decidido hacerle las cosas más fáciles.
—Señora Haggens, déjeme presentarle a la señorita Blake, mi nueva vecina. —El tono de la aludida se había vuelto ceremonioso de repente.
—¡Oh! —exclamó la mujer con una inusitada ilusión—. Es un placer tenerla aquí con nosotras. —Apretó su mano en un gesto de entusiasmo—. Mi nombre es Henrietta, querida, y espero que a partir de ahora me llame así.
Ayleen se fijó bien en ella. Ni una hebra blanca poblaba esa espesa cabellera negra que, por alguna razón, se mantenía incólume al paso del tiempo. Aun así, le calculó unos sesenta años. La señora destacaba entre cualquiera por su corta estatura y las grandes dimensiones de su cuerpo. También ayudaba el vestido rojo anaranjado que lucía, de evidente buena calidad, y que complementaba con varios collares negros. La enorme sonrisa, carente de toda artificiosidad, junto con una irradiante vitalidad, logró menguar el nerviosismo que no la había abandonado desde el día anterior.
—Gracias —logró decir Ayleen, no sin cierta timidez, antes de que tirara de ella con fuerza y la acercara a las demás invitadas que poblaban el salón.
—Siempre es maravilloso conocer a alguien nuevo. Deje que le presente a todas y cada una de las damas.
Sin poder abrir la boca ni musitar un mínimo saludo, no tuvo más remedio que dejarse arrastrar por ella y seguirla, pues desbordaba tanto entusiasmo que era imposible hacer otra cosa.
Cuando la sentó a su lado, en el lugar vacío que quedaba en un sofá, lo primero que hizo fue entregarle una taza de té. Sin darle tiempo a musitar unas palabras de agradecimiento, acto seguido pasó a presentar a aquellas desconocidas.
Lady Strimble fue la primera. Una señora de edad indefinida que respondió a su presentación con un seco saludo. Eso no hizo más que reafirmar su agria cara llena de arrugas y exceso de polvos blancos. Además, parecía como si acabara de comer un limón.
De buenas a primeras, no parecía ser una persona demasiado amistosa.
—Lady Strimble es un miembro muy respetable de esta comunidad —explicó la anfitriona—. Es la esposa del vizconde Strimble, un hombre al que vemos poco por lo ocupado que está.
¿Notaba en sus palabras un deje sarcástico? Ayleen no podía estar segura, ya que las demás no reaccionaron. Se limitó a asentir mientras la atención de la señora Haggens se centraba en una joven alta y delgada, con una barriga que indicaba sin género de dudas su avanzado estado de gestación.
—La señora Laurens es la esposa del médico —procedió a explicar.
La dama en cuestión sonrió con timidez. Se la consideraría guapa si no fuera por esa nariz tan alargada y puntiaguda. Mientras la veía tomar el té, no pudo evitar tener la sensación de que el apéndice le dificultaba la tarea, interponiéndose.
—Y aquí tenemos a la señora Smith y sus adorables hijas: Violet y Jazmin. —Las tres se levantaron para obsequiarla con una gran reverencia.
Se veían muy solemnes con su regio y rígido saludo. Ayleen creía que en el campo todo sería menos formal, pero al parecer se equivocaba. Les correspondió como pudo, pero le salió algo torpe y desmañado por la falta de práctica.
La señora Smith era una mujer algo baja y poseía un rostro redondeado. Todavía conservaba en su pelo vestigios del dorado de antaño y sus ojos claros eran tan expresivos como sus grandes manos, todas llenas de anillos que lanzaban destellos cuando se topaban con un halo de luz. En cuanto a las hijas, se podría decir que Jazmin era la versión joven de su progenitora. De corta estatura y expresivos ojos verdes contrastaba con la esbeltez y altura de Violet, una guapa pelirroja de ojos profundos y oscuros. Suponía, aun sin conocer al padre, que esta última se parecía más a él. Era una pena, no obstante, que siendo guapas, las más jóvenes lucieran vestidos en tonos tan claros que lo único que conseguían era acentuar su palidez. Además, los tirabuzones de su pelo habían sido recogidos con lazos del mismo color que su atuendo, lo que les daba un aire demasiado infantil para que nadie, preferiblemente un hombre, las tomara en serio.
Acto seguido se reprochó esa actitud criticona. ¿Qué sabía ella de las preferencias de los hombres, si no tenía tratos con ellos? Por lo menos no con solteros en edad casadera.
Y tras aquel pensamiento no pudo evitar revivir el beso de aquel infame desconocido que había conseguido desbocar su corazón. El muy bribón se colaba en sus sueños y capturaba sus pensamientos con demasiada frecuencia. Debería sentirse furiosa y ultrajada… Y lo estaba. ¿Entonces por qué una parte de ella lo recordaba como parte de una fantasía?
Era una tonta por haberlo confundido con un ángel.
—Queridas amigas —Henrietta se dirigió a la señora Smith y sus hijas, logrando que Ayleen dejara de fantasear—, vuestra reverencia haría palidecer a la de la mismísima reina Victoria.
La señora Smith hinchó el pecho con orgullo.
—Siempre he creído que seguir el protocolo es la mejor forma de educar a las jovencitas —expuso con toda la pompa posible.
—Espero que ese mismo protocolo la ayude a casar a sus hijas —soltó en tono mordaz lady Strimble.
Ayleen se sorprendió por el inadecuado comentario. Ya había supuesto que la dama no tenía en el cuerpo un ápice de sensibilidad, pero si eso les decía a sus supuestas amigas, no quería ni pensar qué podría llegar a decirle a ella.
—No les haga caso, querida, y tomemos el té. —La señora Haggens le dio unos golpecitos en el dorso de la mano. Como pareció una orden, todas se lo tomaron como tal, así que las imitó.
Durante los minutos siguientes no se oyó ni una mosca en la sala, pero poco a poco cada una de ellas pasó a relatar alguna historia o anécdota que a Ayleen le era ajena. Instantes después todas debatían, juzgaban y chismorreaban.
De nuevo se sintió libre para volver a sus pensamientos más íntimos. Mientras charlaban con verdadera animación parecían haberla olvidado. Pudo comprobar que, a pesar de la diferencia de estatus social, con salvedad de las dos más jóvenes, todas se llamaban por el nombre de pila. En general, le complacía ver la familiaridad con la que se trataban, ya que eso hacía posible que, en un futuro no muy lejano, ella pudiera hacer lo mismo. Serían sus amigas.
—¿Se siente más cómoda ya? —le preguntó lady Johana, que parecía intuir su nerviosismo. Había hablado en voz baja para no interrumpir la diatriba de lady Strimble.
De hecho, ahora que lo pensaba bien, sí, se sentía mejor. Empezaba a familiarizarse con las mujeres presentes y con el entorno. Asintió. Parecía ser como si todas hubieran estado esperando ese gesto, porque de golpe callaron, atentas a lo que ella pudiera explicar.
—Parece joven… —La tanda de preguntas se inició con la anfitriona, aunque esta no la había formulado como tal.
Les explicó su edad. Eso era algo sencillo que podía hacer.
—Pues aparenta menos… —Violet intervino, la cual obtuvo como reproche por haber hecho el comentario un pellizco disimulado de su propia madre.
—¿Y por qué ha escogido Greenville? —Lady Strimble lo preguntó como si le molestara su presencia allí.
—Yo solo deseaba abandonar Londres —explicó— en beneficio de un lugar tranquilo en medio de la campiña.
En realidad, Ayleen no había escogido el pueblo, sino que fue su abogado el que lo hizo por ella mientras seguía las pautas y características que le había pedido. La primera vez que vio el pueblo y sus alrededores fue en el mismo instante en que llegó.
Su vecina fue la siguiente. Le preguntó el motivo de ese cambio tan drástico. Todas habían oído los rumores, pero querían certezas. La curiosidad era demasiado grande.
Sin llegar a profundizar demasiado —al fin y al cabo seguían siendo unas desconocidas—, Ayleen les contó del accidente de su padre y cómo acabó muriendo dos años atrás.
—Pobrecita —murmuró la señora Laurens con cara de pena—. Mi más sentido pésame.
Al instante todas se apresuraron a hacer lo mismo. Ayleen les agradeció el gesto.
—¿Así que ahora mismo ya no está de luto? —La señora Smith calibraba cómo afectaría eso al reducido mercado matrimonial de ese pequeño lugar. En un momento, la competencia para sus hijas había aumentado.
Ayleen negó con la cabeza.
—¿Entonces por qué se viste como si lo estuviera? —La impertinente y directa pregunta vino a manos de lady Strimble.
Ayleen enrojeció de vergüenza cuando todas miraron su atuendo, un sencillo vestido a rayas color púrpura decorado con tiras de terciopelo negro en el cuello, en las mangas y en el bajo de la falda. Una hilera de botones recorría el cierre frontal de la parte superior del atuendo. Eras el más elegante que tenía y conservaba todos los elementos del luto que había llevado hasta hacía bien poco. Sin embargo, lo había utilizado en pocas ocasiones; más que nada en sus salidas de visita al abogado, el administrador y algún que otro paseo corto.
—Señoras —intervino lady Johana Morton—, eso no es asunto de nuestra incumbencia. Están haciendo sentir incómoda a nuestra invitada.
Como respuesta, lady Strimble arrugó la nariz en señal de descontento por la reprimenda, pero no dijo nada. Aunque la cuñada del duque de Redwolf no tuviera título y ella sí, seguía estando emparentada con unos de los pares con más rango de Inglaterra, lo que era imposible pasar por alto.
La señora Haggens recuperó las riendas de la conversación.
—Y bien querida, ahora que ya la conocemos más podemos decir que nos resulta usted adorable. —Resultaba gracioso que hablara por boca de todas, pero ninguna la contradijo—. Su historia es muy triste pero, como dice el señor Haggens: «a lo pasado, olvidado».
Era un buen lema, pensó más tranquila. Si lo meditaba con más calma era lógico suponer que la observaran e hicieran preguntas, por lo que tenía que lograr mantenerse más estoica sobre las puntualizaciones más quisquillosas.
—¿Tiene intención de casarse? —barbotó inesperadamente la señora Smith.
—¿Ca-sarme? —balbuceó sorprendida.
—Es una expresión que se aplica al hecho de encontrar marido —apuntilló lady Strimble, no sin un deje de malicia.
—¡Ya está bien! —las regañó la anfitriona—. Si continúan así le darán a nuestra invitada una impresión equivocada. Pensará que somos unas arpías insensibles.
—A veces lo somos —replicó de nuevo la vizcondesa.
—Quizás —Henrietta empezaba a perder la paciencia—, pero será mejor que lo descubra con el tiempo.
Ayleen se sentía desconcertada y un tanto desubicada ante tanto ataque verbal. Parecía ser algo habitual en ellas y eso deshacía la imagen que se había hecho de esas damas.
—Hablemos de cosas más mundanas —intervino lady Johana.
—Pero aún no ha respondido —indicó Rose Smith. Le interesaba muchísimo su respuesta.
Para que dejaran de incordiarla, Ayleen aseguró que en los próximos meses no tenía intención de asegurarse un marido, aunque unos ojos verdes se cruzaron por su mente traicionado su buena intención.
—Excepto que apareciera uno muy rico —terció lady Strimble.
—¡Augusta! —La anfitriona se indignó.
—¿Qué? —preguntó la otra tratando de aparentar inocencia.
—No me haga hablar, no me haga hablar —la amenazó con el dedo.
Estaba claro que se trataba de una advertencia, pero Ayleen no salía de su asombro. No sabía qué secretos se podrían traer una vizcondesa y la esposa de un juez. La primera desafió con la mirada a la anfitriona, pero no dijo nada más.
En la siguiente hora, por un invisible y tácito acuerdo, ninguna de las damas del té planteó otra pregunta comprometedora ni fuera de lugar. Se comportaron como lo que por regla general eran: unas damas curiosas. Ayleen solo tuvo que responder a cosas como cuál era su color preferido, si la perdía el dulce, si era proclive a los vahídos y muchas más cosas intrascendentes que estuvo encantada de explicar. Así pues, poco a poco la introdujeron en el mundo de las obras de caridad, el ocio y los chismes, lo cual provocó en ella una comprensible saturación.
Dio gracias al cielo cuando decidieron que ya era hora de regresar a sus quehaceres diarios. La reunión podía calificarse de exitosa.
***
Se despertó de golpe, sudorosa. A pesar del frío externo, Ayleen se sentía acalorada y desorientada.
Mientras intentaba normalizar su respiración y orientar su vista puso su mano en el lugar donde su corazón latía frenético y respiró con bocanadas profundas, tratando de sosegarse.
Acababa de despertar de un sueño bochornoso que le producía un malestar indefinido en la parte baja del vientre. Incluso tratar de evocar las imágenes que tanto la habían turbado le provocaba pinchazos en el estómago.
«Otra vez él».
Era indiscutible que daba a ese beso una importancia que no se merecía. Si no hubiera sido el primero que le daban no reaccionaría de ese modo, seguro. Debía reconocer que ser besada no era lo que había imaginado tantas veces. Había previsto suavidad, placer, incluso entusiasmo; jamás en la voracidad que la había asaltado. Dos bocas abiertas, cuerpos muy juntos… No se suponía que tuviera que ser así. Su madre había muerto demasiado pronto para que hubiera podido explicarle qué sucedía entre un hombre y una mujer, y sus amigas habían susurrado cosas de las que no sabían nada. Lo más mortificante de todo era que no sentía repulsión, como tendría que ser, sino curiosidad y vergüenza.
El sueño en sí no era nuevo; se repetía desde la misma noche en la que se produjo el asalto del desconocido. La base era la misma: una representación casi exacta de lo que sucedió. El problema era que su mente enfermiza recreaba continuaciones muy diferentes y propias de una mujer de dudosa reputación.
¡Por Dios! ¿Qué había de malo en ella? ¿Por qué su mente no podía olvidar ese rostro masculino, ni su boca el contacto de esos labios? Si al menos tuviera a alguien a quien preguntar… Sin embargo, temía que al hacerlo pudieran considerarla una descocada.
Pasaron los minutos y consiguió calmarse lo suficiente como para darse cuenta de la tenue luz que se colaba tras la gruesa cortina. Cuando se aventuró a salir de la cama, unos temblores de frío la asaltaron. La chimenea seguía apagada y la temperatura de la habitación era muy baja. La falta de uso había causado alguna obstrucción y provocaba que la habitación se llenara de humo. Angus había prometido solucionarlo, pero el frío de finales de febrero no la dejaba ser paciente. Adele había sugerido dormir en otra habitación mientras tanto, pero ella no quiso. Se estaba arrepintiendo de su precipitada decisión.
Abrió las cortinas en el mismo momento en que oía ruido en la planta inferior. Adele y Margueritte —el ama de llaves y la sirvienta— ya debían haber empezado su jornada. Se apresuró a tirar del cordón instalado en la pared, que hacía sonar una campana en la cocina, para que la joven sirvienta acudiera y la ayudara a vestirse.
El tiempo se mantenía estable a pesar de la estación en la que estaban, por lo que pensó que sería una pena desaprovechar el día sin hacer lo que más le apetecía: salir a pasear. Se había abstenido durante unas semanas, pero las posibilidades de que se repitiera la misma escena de aquel día eran escasas, sino nulas.
Mientras depositaba uno de sus habituales vestidos encima de la cama pensó que una reconfortante lectura al amparo de los árboles resultaría un entretenimiento delicioso. Ese había sido un sueño recurrente en las interminables vigilias junto al lecho de su padre. No iba a permitir que un desconocido la atemorizase hasta el punto de recluirse; de eso ya había tenido suficiente por años. Además, estaba un poco cansada de ir casi todas las mañanas al pueblo para elegir su nuevo guardarropa —modesto, eso sí— y verse sometida a la incansable cháchara y determinación de la esposa del juez, la señora Haggens, que se había autoimpuesto como una obligación acompañarla.
Parecía mentira que hubiera aguantado tantos años de cuidados a su progenitor y que en las dos semanas de trato con la esposa del juez ya sintiera unos deseos irrefrenables de tirarse de los pelos o lanzarse al vacío en un profundo hoyo.
Lo único cierto era que sus historias junto a esa mujer hacían que tanto Adele, como Margueritte y Angus rieran hasta la extenuación.
No bien acabó de pensarlo se sintió culpable. La señora Haggens había hecho más por ella en dos semanas que nadie que hubiera conocido. Quizás era algo entrometida y agobiante, pero se veía en ella tanta franqueza y transparencia que resultaba un personaje adorable.
Al día siguiente había sido invitada a la cena que la mujer celebraba en su honor. En un principio, el acontecimiento había sido calificado como «sin importancia», pero tras dos semanas alcanzaba ya la categoría de «trascendente y vital». Como Ayleen no tenía ningún vestido elegante que ponerse trató de excusarse, si bien la señora Haggens llegó a averiguar el motivo de tanta reticencia y terminó buscando una solución adecuada: prestarle un vestido de su hija que la modista trataría de amoldar a su figura.
A esas alturas, decir que se sentía nerviosa era un gran eufemismo. No estaba segura de superar la prueba con la elegancia que desearía.
—¿Puedo pasar? —Margueritte tocó la puerta mientras ya se colaba en el interior.
Esa vivaracha joven era lo que la propia Ayleen hubiera debido ser. Alegre y perspicaz, desprendía un humor irreverente del cual se percató enseguida. No obstante, era trabajadora, sincera y no podía estar más enamorada de Perry Jenkins, su vecino de toda la vida y aspirante a grandes cosas. En el poco tiempo que la conocía había descubierto que ambos jóvenes se querían. Lo malo era que el muchacho no se había decidido a dar el paso definitivo y ella lo trataba desde hacía un tiempo con desdén fingido.
La sirvienta la ayudó a ponerse la ropa interior y el corsé sin parar de moverse. Cuando se sentó en el tocador, sin saber por qué, le pidió algo diferente para el pelo.
Margueritte tenía unos habilidosos dedos y una poderosa imaginación en cuanto a estilos de moda y peinados. A pesar de no ser más que una doncella soñaba con vivir de su talento en un futuro no muy lejano.
—Haremos algo sencillo, pero despejaré su frente —afirmó sin, al parecer, sentirse sorprendida por su petición—. Eso mostrará sus suaves facciones y la hará parecer más bonita.
Con unas tenazas y algún pasador hizo que pareciera mucho más elegante sin desentonar.
—Eres una artista —la alabó mirándose en el espejo con asombro.
Esta sonrió al escuchar el cumplido.
—Pues no se imagina qué le tengo preparado para mañana por la noche. —La miró a través del espejo—. He estado practicando.
Ayleen tembló de expectación. En su fuero interno deseaba dar una impresión favorable a todos los invitados de la cena.
Cuando bajó a desayunar contempló el impecable aspecto de la casa. Por fin habían terminado de acondicionarlo todo y era magnífica. No echaría en falta la casa de Londres; en ella había demasiados recuerdos dolorosos. El administrador y el abogado habían insistido en la importancia de venderla cuanto antes para que no siguiera perdiendo su valor. Como estaba en buen estado, los cambios que hicieron antes de venir a Greenville fueron mínimos. Eso, junto con la ubicación, facilitaría el encontrar un comprador con rapidez.
Charló con Adele y salió al jardín delantero para saludar a Angus, que en esos momentos arrancaba las malas hierbas. Era un hombre maduro con un temple tranquilo que la ayudaba en todo cuanto podía.
Cuando la vio, se sacó el sombrero en señal de respeto y le contó que esperaba la llegada de un hombre que lo ayudaría con la limpieza de la chimenea de su habitación.
—Espero que esta noche la podamos encender —afirmó con voz grave.
Admirando la despejada mañana, respiró profundamente y entró de nuevo para coger su bonete y el libro que estaba leyendo en esos momentos. Salió por la puerta de atrás dispuesta a disfrutar de una mañana tranquila y sin sobresaltos.
No pretendía andar mucho, solo lo suficiente como para encontrar un lugar adecuado para sentarse y disfrutar del maravilloso mundo literario. Se lo había comprado en la ciudad antes de marcharse, cuando encontró el ejemplar en una pequeña librería alejada del centro. El librero le explicó muy por encima su contenido y enseguida la consideró una lectura entretenida. Hasta el momento no le había defraudado.
Cuando quiso darse cuenta se encontró no muy lejos de la casita donde la habían asaltado unas semanas atrás. A pesar del follaje podía visualizar el tono marrón de las tablas de madera.
Por un instante dudó y permaneció en silencio a la espera de oír algo que se saliera de lo normal.
Había casi alcanzado el claro cuando decidió no seguir. Pudo ver con claridad el lugar exacto en donde sucedió todo. Esos segundos fueron decisivos, ya que apenas había volteado el cuerpo para volver sobre sus propios pasos cuando una figura salió de repente de entre los árboles, asustándola.
Con un grito quedo se recompuso lo justo como para correr en dirección contraria.
—¡Espere!
Era la misma voz y eso la llenó de espanto. ¿Estaba esperándola para terminar lo que empezó tres semanas atrás?
El miedo le dio alas, pero no fue tan rápida como deseaba. En un instante, el hombre consiguió cogerla por detrás y la sujetó por la cintura. Ella forcejeó y gritó.
—¡Socorro! —Esta vez el grito salió tal y como esperaba.
—Por favor, cálmese; no le haré daño. Solo quiero hablar con usted. —El tono del hombre parecía ansioso, pero ella ni lo notó—. ¡Quieta! —exclamó él al final.
Ayleen dejó de moverse, pero lanzaba gemidos incontrolados y tenía los ojos cerrados cuando la giró hacia él.
—Señorita —la llamó con suavidad, sin soltarla—, deme una oportunidad para que conversemos y podamos aclarar el malentendido de la última vez.
Ante eso, Ayleen abrió los ojos por completo, escandalizada.
—¡Usted y yo no tenemos nada que hablar, desnaturalizado, atrevido!
Sin embargo, no pudo evitar darse cuenta de lo apuesto que era. Esa mañana lucía una ligera barba que lo hacía parecer más interesante.
Pero ¿en qué estaba pensando?, le reprendió su voz interior. ¡Sería tonta! Ese hombre la tenía a su merced y ella se dedicaba a fantasear con su belleza. Por ello siguió lanzando una serie más de improperios —dignos de un rufián— mientras volvía a intentar librarse de sus poderosos brazos.
El desconocido forcejeó con ella para mantenerla quieta y hacerla razonar, pero tenerla apretada junto a él, con los continuos movimientos de la joven por lograr desasirse, le provocaron otro acceso de locura que no pudo prever ni reprimir: la besó, de nuevo. La aplastó junto a él y quedaron encajados.
El grito de sorpresa de Ayleen quedó sofocado por unos labios exigentes y apremiantes. Esta vez no fue tan frenético, pero consiguió que ella dejara de apretar los labios, haciéndolos vulnerables a su inesperado ataque.
Como mucho duró un minuto, antes de que ella, haciendo acopio de valor, le lanzara un golpe en la espinilla al tiempo que aprovechaba el desconcierto del libertino para soltase y echar a correr como alma que llevaba el diablo.
Este no la siguió; no tenía caso. Con un suspiro de frustración y de incredulidad hacia sí mismo fue a marcharse, hasta que vio en el suelo el pequeño objeto que había pertenecido a la fugitiva.
—Vaya, vaya. —Quizás ya era hora de tomarse un tiempo para leer.