9
Mientras Glinnis, su doncella personal, daba los últimos retoques al peinado, Johana sentía que los nervios la abandonaban.
Cuando se casó con Jason pensó que tantos años en escuelas de señoritas no iban a servir para nada. Había sido educada para ejercer de digna esposa, madre ejemplar y perfecta anfitriona, pero como segundo hijo, Jason no tenía la obligación de celebrar fiestas ni hacerla destacar en la buena sociedad. Aunque lo había asumido, para ella fue una bendición que su cuñado no estuviese casado y necesitase de sus muchos talentos. Le gustaba que todo quedara perfecto; no por los halagos, sino por ella misma. Se exigía mucho, más que a los demás, pero los resultados eran buenos.
En cierta forma, su cuñado y ella se parecían bastante. Ashton era mucho más distante, prácticamente inalcanzable para la mayoría de los mortales, pero sus caracteres se acoplaban con naturalidad. En alguna ocasión se había planteado qué hubiera ocurrido si hubiera sido el primogénito el que pidiera su mano. Reconocía que físicamente harían una estupenda pareja y que, con toda probabilidad, nunca se pelearían o alzarían la voz. Cada uno sabría el papel que representaba en su matrimonio y en la sociedad inglesa al tiempo que gozarían de una enorme popularidad sin pretenderlo. Tendrían un matrimonio cordial, amable y tolerante, mientras que sus hijos serían un modelo de decoro. No obstante, no se amarían. Sabía que Ashton la quería a su manera. Ella le correspondía en su afecto, pero no iba más allá de una bonita relación entre cuñados. Para ella, el único hombre en su corazón era Jason. Era quien solía hacerla reír y lograba que no se tomara la vida tan en serio.
—Ya está, lady Johana.
La doncella cerró un pasador azul con brillantes.
—Gracias, Glinnis.
Se tocó un rizo que caía al descuido. Justo en ese instante, la puerta que comunicaba las dos habitaciones se abrió para dar paso a su esposo.
La doncella desapareció en silencio.
Esa noche estaban en Carmine’s Place. Por razones de comodidad habían decidido pasar la noche en la casa grande, así Johana podía controlarlo todo hasta el último minuto y, una vez finalizada la fiesta, solo habría que subir las escaleras.
—Buenas noches, querida. —Jason se acercó y la besó en la frente—. Como siempre, estás preciosa.
El vestido, confeccionado con brocado de oro y volantes en la falda, hacía destacar su palidez natural y le daba un aspecto majestuoso, a la vez que encantador.
—Tú también lo estás —concedió admirativa.
—¿Precioso? —Alzó las cejas con fingida ofensa.
—No, tonto. Ya sabes a qué me refiero. —Le devolvió el beso en la mejilla con un suave contacto—. ¿Estás listo? —Su esposo asintió y le ofreció el brazo—. Hacemos una bonita pareja —repuso Johana cogiéndose a él con la mano derecha mientras que con la izquierda apartaba el mechón de pelo rebelde que le caía por la frente.
—Por supuesto —estuvo conforme—. El dorado de tu vestido realza el negro de mi traje.
—O la tuya hace resaltar el mío —contraatacó esta con picardía.
—Lo dejaremos en empate.
Bajaron las escaleras charlando con animación. En el rellano del vestíbulo, Ashton ya les estaba esperando. Se le veía relajado y en absoluto preocupado por la cantidad de gente que estaba por llegar. Johana sabía que se trataba de solo una apariencia, ya que los bailes eran lo que este denominada «un mal necesario». En este tipo de acontecimientos, Ashton tenía que poner en práctica todas sus habilidades para evitar a las madres casamenteras, las posibles disputas habituales entre invitados y los escándalos. Sabía que agradecía su presencia y ayuda, puesto que Jason no servía debido a su talante sincero. No es que su cuñado Ashton y ella no lo fueran, pero en el mundillo de la aristocracia y las relaciones sociales se requería cierto grado de fingimiento que, en su esposo, brillaba por su ausencia.
Esa noche, los hermanos Morton habían decidido vestir de negro. Sus trajes eran muy parecidos en estilo, pues los vestía el mismo sastre. Las pequeñas diferencias estribaban en el nudo del lazo y en el color de los chalecos. No obstante, el efecto que producía Jason no era el mismo que el que lograba su hermano. Johana amaba a su marido y lo consideraba apuesto, pero era indiscutible que el duque de Redwolf tenía una apostura mucho más espectacular. El primogénito era un poco más alto y poseía una espalda más ancha. Su pelo dorado conseguía fascinar a cualquier mujer, ya fuera joven o entrada en años. Los ojos verde claros, no obstante, eran idénticos a los que veía cada día al levantarse. Era pues, un aspecto característico en esa familia y todos los miembros los poseían. Su posado serio y adusto también ayudaba a darle ese aire regio e intimidante que lo hacía parecer inalcanzable y misterioso; una cualidad que las mujeres adoraban.
No pudo evitar sonreír al pensar en la cantidad de ellas que estaban por acudir. Algunas, las más osadas, revolotearían a su alrededor con la esperanza de conseguir que él les dirigiera la palabra; otras agitarían sus pestañas y abanicos para tratar de conseguir un baile. Solo las más tímidas se limitarían a adorarlo desde lejos y en silencio; eso si las madres metomentodo no las arrastraban y humillaban para presentarlas.
Johana sentía curiosidad por saber qué clase de mujer conseguiría atraparlo. Sin duda, una con suficiente determinación e intuición para saber atisbar al hombre oculto tras la multitud de títulos y responsabilidades.
—No puedo evitar sospechar de la sonrisa de tu mujer —comentó Ashton a Jason—. Parece ser poseedora de un secreto interesante y divertido, pero dudo que nos lo explique.
—No te agobies, hermano —repuso jovial—, a veces es mejor mantenerse al margen de tales pensamientos. Si los hombres supiéramos la mitad de ellos huiríamos en dirección opuesta.
—En ese caso, no lo haré. —Entonces besó su mano enguantada—. Perfecta, como siempre —dijo, antes de desviar la vista hacia la puerta principal—. Creo que ya oigo las ruedas de un carruaje, así que más vale que vayamos a dar la bienvenida a los invitados, no sea que demos una mala impresión.
Johana miró de reojo a su marido y correspondió a la sonrisa que este esbozaba; se colocó en posición y aguardó junto a ellos la entrada de los invitados.
***
La fiesta era multitudinaria. Ayleen nunca había visto un baile con tanta aglomeración de personas. No es que hubiera estado en muchos. A decir verdad, en ninguno. Lo máximo que había presenciado eran las soirées a las que asistían sus padres —y valga decir que desde lejos—, y alguna fiesta campestre. Pero esto… era impresionante.
Tres salas enormes que comunicaban entre sí repletas de gente de distinta procedencia que comía, bailaba y charlaba. Las tres estaban decoradas con un gusto exquisito. Había flores de toda clase repartidas en lugares estratégicos y las cortinas tenían tonos color verde, rojo y amarillo, tan característicos de la primavera. El salón del medio había sido destinado como el de baile, donde un cuarteto enlazaba una pieza tras otra. Al fondo se encontraba la más pequeña y era en donde se habían destinado las mesas tipo buffet repletas de comida variada y bebida para los sedientos. En la que estaba ella se concentraba un gran número de invitados que se saludaban o se limitaban a chismorrear en voz baja sobre los que estaban a su alrededor.
Se abanicó en busca de un poco de aire, pues no estaba acostumbrada a tales multitudes. No era culpa de nadie, pues todas las puertas que daban a los jardines permanecían abiertas y con los cortinajes suaves y ondulantes moviéndose al compás del aire fresco que traspasaba por ellos. A su parecer eso no era suficiente, pero no podía hacer nada por evitarlo. Miró de nuevo al techo para admirar los frescos que representaban, con mucho acierto, las cuatro estaciones. Si no se lo hubiera hecho notar una dama cuyo nombre ya no recordaba, tal vez lo habría pasado por alto. En realidad, todo el recinto era muy hermoso, elegante y sobrio. Carmine’s Place daba la sensación de lujo y riqueza sin llegar a resultar ostentoso. Le resultaba difícil creer que estaba allí. Aun en ese momento recordaba lo sorprendida que se había quedado al recibir la invitación. Más tarde, la misma Henrietta le explicó lo especial de esa fiesta en concreto, ya que reunía a lo más granado de la alta sociedad junto a la pequeña burguesía que carecía de título.
—Pero yo no pertenezco ni a lo uno ni lo otro —adujo.
—Quizás no, pero te codeas con la cuñada del Duque. Es un honor que muchas matarían por poseer.
Así que allí estaba, vestida con un elegante y discreto traje de noche en color marfil con un escote bajo al que no estaba acostumbrada y puntillas de encaje que había mandado hacer a la modista de Henrietta. El satén de la falda era fresco y liviano, al igual que las zapatillas de baile, un lujo que nunca se había permitido porque no lo habría podido aprovechar.
—¡Oh, oh! —canturreó Henrietta a su lado—. Mire quién está ahí.
Esa noche había acudido con los Haggens cuando, en una muestra de generosidad, se habían ofrecido a acompañarla en su carruaje. En esos momentos permanecían en una esquina del salón mientras charlaban con un matrimonio, amigos de la pareja. Cuando miró en la dirección que le indicaba divisó al señor Been. Lucía muy elegante con su traje satinado, pero Ayleen dudaba que eso le ayudara a parecer agradable. No quería pensar mal de él, pero con su última visita tuvo más que suficiente.
—¿Con quién habla? —El interés que sentía por ello era mínimo, pero se creía en la obligación de preguntar.
—¡Ah! —sonrió—. ¿Celosa?
Ayleen sintió que se ponía blanca como el papel debido al horror. En absoluto quería dar semejante impresión.
—Querida —el juez salió en su defensa—, estás deduciendo demasiado por una simple pregunta y estás poniendo a la señorita Blake en un aprieto.
—¡Bah! —desechó el comentario de su marido con un gesto de la mano—. Seguro que Ayleen no se ha sentido mortificada. Además, ya imagino que no le interesa. —Con ese comentario demostró ser más perceptiva de lo que imaginaba—. No obstante, tenerlo en cuenta supondría dejar de pensar en el dinero.
Ayleen no lo creía así. Era cierto que tal vez gozara de una estabilidad económica muy por encima de la que tenía ahora, pero estaba segura de que ese hombre se pasaría hablando del dinero que ganaba y del que le debían a cada oportunidad que se le presentara. De todas formas, se alegraba de que estuviera charlando con otra mujer. No quería tener que aguantarlo. Aun así, la fortuna no estaba de su parte. El comodoro Clarewood apareció de la nada con la solemne intención de asegurarse un baile con ella. A regañadientes apuntó su nombre en el carnet de baile que creía permanecería vacío. Al poco apareció la madre de este y Ayleen se alegró de verla recuperada.
Una a una, las damas del té fueron añadiéndose al pequeño grupo. El Comodoro no vio nada de malo es desplegar sus encantos delante de ese público, pero lo que más la mortificaba era que centraba todas sus atenciones en ella, como si las demás no existieran. Era un completo y absoluto maleducado. Cuando creía que la situación no podía empeorar, Henrietta se encargó de desilusionarla.
—Lord Jason Morton y lady Johana se dirigen hacia aquí.
El corazón le dio un pequeño brinco sin que pudiera evitarlo. Lo había saludado en la entrada en el momento de llegar, cuando hacía casi un mes que no le había visto. Ayleen se sintió orgullosa de parecer serena e indiferente cuando, durante ese tiempo, sus pensamientos habían ido hacia él demasiado a menudo. Estaba mal, lo sabía, pero apenas podía controlarlo. Recordaba cómo había hecho hincapié en que este olvidara lo que había sucedido entre ellos, pero Ayleen se había visto incapaz de seguir su propio consejo. La escena del primer beso se sucedía en el momento más inoportuno y sin motivo alguno. Seguir contando con la compañía de Johana no ayudaba. Ella era un constante recordatorio de su paso en falso pero, lejos de hacer que su convicción de olvidarle fuera más fuerte, aumentaba un molesto anhelo que no se atrevía a clasificar por temor a ver en él algo de lo que tuviera que avergonzarse más todavía.
Cuando llegaron a su lado se mostró más fría de lo habitual para evitar evidenciar lo nerviosa que se sentía. Podía admitir que verlos de nuevo como pareja no le era indiferente, pero se negaba a analizar ese malestar. Ambos parecían contentos y relajados. Además, se notaba que Johana disfrutaba de ser la anfitriona.
Cuando sintió la penetrante mirada de él apartó la vista temerosa de lo que pudiera leer en sus ojos y se apresuró a hablar.
—La fiesta es preciosa, la felicito.
—Gracias. —Johana pareció satisfecha por el cumplido—. Espero que cada uno de ustedes —miró a todos los presentes— disfruten del entretenimiento que les hemos preparado.
—Lo cierto, querida —intervino la señora Haggens— es que tiene una habilidad especial para organizar este tipo de eventos. Todo lo que toca se convierte en un éxito rotundo.
Todos sonrieron ante su vehemencia en el mismo instante en que el señor Been hizo su aparición.
Ayleen suspiró con desasosiego y pensó que esa noche no tendría suerte. Y tuvo razón al pensarlo, ya que este se apresuró a pedirle un baile. No le gustó nada ser el segundo en hacerlo y no tuvo reparos ni vergüenza en manifestarlo. Mientras estaba apuntando su nombre en el carnet de baile sentía las mejillas coloradas. No estaba acostumbrada a ser el centro de atención y maldijo, no por primera vez, la repentina fijación por ella que se había apoderado de esos hombres.
Poco después, ambos caballeros se enzarzaron en una estúpida discusión sobre qué bailes eran más elegantes, por lo que Ayleen no pudo evitar sentir vergüenza ajena. La señora Clarewood se alejó y las jóvenes Smith se apresuraron a lanzarse a la pista de baile mientras su madre las vigilaba con atención. Por su parte, Lady Strimble no dejaba de farfullar en voz no muy baja acerca de la estupidez masculina y el juez Haggens miraba con anhelo mal disimulado la habitación más alejada en donde se jugaban algunas partidas de naipes.
Jason no había abierto la boca más que para intercambiar saludos, pero consideraba bochornosa la actitud de esos dos bufones, que parecían competir por las atenciones de Ayleen, dejando tristemente olvidada a la señorita Juliet Been. Haciendo honor a su promesa había ignorado a Ayleen con toda deliberación tratando de no ponerla en un apuro. Había puesto también todo su empeño en olvidarla. En esa ocasión ella se había limitado a ignorarle y, aunque ya sabía que podía pasar, le dolía. No tendría por qué, pero era así y punto. Muy a su pesar, no la había borrado de su mente. Tampoco le gustaba pensar en los sentimientos que le provocaba saber que esos lechuguinos competían por las atenciones de Ayleen. Y no era tanto por quiénes eran. A esas alturas dudaba que le gustara cualquier hombre que se interesaba por ella. Era un pensamiento aterrador.
Para rizar el rizo, el señor Plumbert, acicalado y nervioso, se acercó.
—Buenas noches a todos.
Al menos tenía la decencia y la buena educación de saludar a los presentes y no fijarse solo en Ayleen.
Johana tomó la palabra.
—Me alegra verlo, señor Plumbert.
Este hizo una torpe reverencia cuando no hacía ninguna falta.
—He-he venido a pedirle… un baile… a la señorita Blake.
—Pues tendrá que esperar —respondió el Comodoro altivo—. He reservado el primero.
Parecía como si el pobre no hubiera pensado en esa posibilidad y se azoró.
—No obstante —Henrietta lo salvó de un momento incómodo que el pobre hombre no sabía cómo arreglar—, la señorita Blake aceptará con gusto la invitación y le reservará el… —pensó— tercero. ¿No es así, querida? —se dirigió a ella.
—Por supuesto.
Jason, incapaz de aguantar un minuto más, consciente de que Johana abandonaría el grupo en breve y que pedirle un baile a Ayleen por iniciativa propia quedaba descartado, hizo lo único que se le ocurrió.
—Mientras espera su turno, la señorita Been estaría encantada de bailar. —Esperaba que entendiera la indirecta.
Por supuesto que la entendió, ya que enrojeció al instante y se ofreció como pareja.
El comodoro Clarewood reclamó su tan deseado baile y el señor Been se alejó refunfuñando.
—Juro que no entiendo a qué vienen tales aspavientos por conseguir atraer la atención de esa joven. —Lady Strimble hizo un mohín desagradable con su boca de piñón—. No es nada del otro mundo.
«Usted tampoco lo era y consiguió engatusar a un vizconde».
Jason tuvo que poner todo su empeño en no replicarle eso mismo, tal y como se merecía. A veces no sabía cómo Johana podía considerar a esa mujer su amiga. Él se limitaría a saludarla con sequedad y a olvidar que había coincidido con ella. Esa era una de las grandes diferencias entre él y su esposa.
Como sabía que defender a Ayleen no era lo más indicado esperó que alguien pusiera en su sitio a esa mujer.
—Por suerte para ella, Augusta —Henrietta, bendita fuera su noble alma, salió en su auxilio—, hay hombres que saben apreciar a una joya en cuanto la tienen delante.
Que la tratara por su nombre de pila en público, lejos de enfatizar su relación, pretendía ofenderla. Henrietta no se achicaba ante nadie.
La vizcondesa arrugó la frente, ya de por sí llena de surcos, y se marchó alegando haber visto a una conocida.
Johana hizo lo propio. Como anfitriona no podía mostrar preferencias por un grupo determinado. Sería visto como una ofensa.
Jason la vio alejarse con una sensación de malhumor. No ayudó el suspiro con tintes románticos que lanzó la señora Haggens.
—Hacen tan bonita pareja…
—¿Quién? —Por un momento se había desorientado.
—La señorita Blake y el comodoro Clarewood, por supuesto.
—No sé si estoy de acuerdo. —Se atrevió a decir la señora Smith, que no soportaba que otras mujeres eclipsaran a sus hijas, aunque fuera de forma involuntaria.
—Es un hombre muy apuesto —replicó la señora Haggens como si este hecho fuera condición obligatoria—. Además, es un buen hombre y adora a su madre.
—No soy el más indicado para opinar sobre su aspecto —aunque en su fuero interno pensaba que era demasiado atractivo para su propio bien—, pero tal vez la señorita Blake considere estas opciones demasiado endebles para ser un candidato idóneo. No olvidemos que es pretencioso y con una imaginación febril.
—¿Lo dice por su tendencia a exagerar? —preguntó el juez.
—Por eso y tantas otras cosas. —No quería decir nada más. Quizás se había excedido en sus críticas y solo él sabía el motivo oculto.
—Bueno —Rose Smith intervino—, no es perfecto, pero ¿quién lo es?
—Tiene razón, señora Smith —acordó Henrietta; luego se dirigió a él—. Está siendo demasiado duro —le reprochó esta con algo de aspereza.
—Quizás —concedió de cara a la galería. En su fuero interno no creía ir tan desencaminado—. Solo quería dejar claro que el hombre también tiene defectos. No es tan perfecto como lo quieren pintar.
—Todos somos conscientes de ello —convino la señora Haggens—. La verdadera cuestión es si la señorita Blake podrá soportarlos. Bueno, a él y a los otros dos. —Sonrió con algo parecido a la picardía—. ¿No les parece divertido que los tres caballeros que invité a mi fiesta como posibles candidatos se hayan enamorado de ella?
—No creo que haya pasado eso —replicó indignada Rose Smith—. Solo se trata del interés fugaz que da la aparición de un rostro nuevo mientras tratan de ver qué puede dar de sí.
Jason la aplaudió mentalmente. Por fin alguien con un poco de sentido común; aunque viniera de la mano de esa mujer en concreto.
—Qué más da el motivo que les impulsa. Lo importante es que esos tres se disputan sus atenciones. —Bajó la voz en señal de conspiración—. Y les aseguro que no se detendrán ante nada.
Jason se sentía molesto por el cariz de la conversación. Parecía más un juego en el que solo el mejor, más listo y rápido, se llevaría el premio a casa.
—A mi parecer —el juez se aclaró la garganta—, como esto tiene tintes de competición, los candidatos al afecto de la señorita Blake podrían mejorar. Y ahora, si me disculpan —parecía haberlo dicho todo ya—, tengo que atender unos asuntos —dio un beso al dorso de la mano de su esposa, inclinó a la cabeza y desapareció entre la multitud.
—Un hombre de pocas palabras —musitó su esposa—, aunque yo no estoy del todo de acuerdo. Son caballeros muy válidos. —Hizo una minúscula pausa—. ¿No creen?
Los tres que quedaban pudieron ver la finalización de la pieza que había estado sonando y cómo el señor Been ni siquiera esperó a que el Comodoro sacara a su pareja de la pista de baile antes de reclamar su turno. Era evidente el antagonismo que se había creado entre esos dos hombres, pero sus enfrentamientos, disimulados o no, afectaban a Ayleen.
—Es bochornoso verlos actuar como críos —declaró con aspereza la señora Smith.
—Yo, en cambio, creo que son de lo más divertido que ha pasado en mucho tiempo por Greenville y sus alrededores. Esos tres van a darnos entretenimiento para rato, aunque me temo que va a ser a costa de la tranquilidad mental de esa joven.
Jason echó de nuevo una ojeada hacia la pista mientras pensaba en las palabras que acababa de pronunciar Henrietta. Era indiscutible que esos tres se disputaban las atenciones de Ayleen. Ese hecho, sumado a lo que sentía él mismo y los locos impulsos que se veía en la obligación de refrenar, le hacían pensar que Ayleen se había metido de lleno en la boca del lobo.