13
Queridos Ashton y Jason,
Si dijera que no os echo de menos mentiría. Estoy disfrutando de este emocionante viaje, de los paisajes y los monumentos, pero un pedacito de mi corazón se ha quedado en Carmine’s Place.
No obstante, ¿quién puede aburrirse en Venecia o Roma? Hay mucho que ver y algunas cosas en especial me han llamado la atención, como las iglesias. ¿Sabéis cuántas hay en Roma? ¡Miles! Creo que incluso más que en toda Inglaterra. Ni estando un año en la ciudad podríamos conocerlas todas. Entonces, ¿por qué Helen y tía Mildred parecen querer hacerlo? Hoy mismo hemos ido a la basílica de Santa Maria in Aracoeli. ¿La conocéis? Tiene una enorme escalinata de mármol y llegado a los sesenta peldaños he dejado de contar. ¡Una auténtica tortura! Sospecho que mis pies han quedado afectados y nunca volverán a ser los mismos.
Sé que los dos os reiréis al leer estas líneas, pero no es debilidad, no. Si vosotros llevarais puesto un vestido de mujer os encontraríais en las mismas dificultades.
Y luego está el Coliseum. ¿Qué decir de él? Solo con cruzar el Arco de Constantino y vislumbrar aquella mole de piedra con tanta historia hace que se me detenga el corazón. No me importa que esté medio en ruinas. En Inglaterra no tenemos nada parecido.
También hemos disfrutado de varias meriendas al aire libre. La más memorable fue la que dio el cónsul. El tiempo era magnífico y la gente parecía querer agradarnos, no como esas francesas. He comprobado con auténtico estupor que mi italiano es mejor de lo que creía. Gracias Ash por haberme obligado a seguir con las lecciones. Por una vez —sin que sirva de precedente—, te voy a dar la razón.
La única nota discordante es tía Mildred, que no deja que me acerque a los bailes. Es más, me manda a dormir temprano, como si fuese una niña. Por suerte, el año que viene será el de mi presentación y nadie —incluidos vosotros— podrá impedir que baile toda la noche.
Recordadlo para el futuro.
Nuestra prima Angy ya no debe preocuparse de ello. Las campanas de boda suenan cada vez más cerca. No sé muy bien lo que significa, pero Robert le confesó a su hermano que le es difícil controlarse y que la espera se le hace cada vez más dolorosa. ¿Será que la ama profundamente y sufre por ello?
Si os preguntáis cómo me he enterado, os diré que no tengo la culpa de escuchar conversaciones privadas. Yo solo pasaba por ahí y al oír el nombre de Angy…
Supongo que habréis notado una madurez en mí que antes no tenía. Me estoy comportando mucho mejor y casi nunca protesto. Y en menos de dos semanas volvemos a partir. Esta vez iremos a Madrid y Sevilla.
Bueno, es el momento de las despedidas. Esperad mi próxima carta. Y Jason, da un beso y un fuerte abrazo a Johana de mi parte.
Os quiere,
Claudia.
Jason dejó la carta de su hermana, que llegó el día anterior, sobre la mesa de desayunos y esperó la respuesta de su esposa. Hacía días que la sonrisa se le había borrado del rostro y la tensión era más que palpable. El matrimonio Morton ya no era esa pareja que despertaba admiración, incluso envidia. Más bien se mostraban fríos y distantes el uno con el otro. No es que hubieran dejado de hablarse. Johana seguía contándole cómo le había ido el día o sus planes de media tarde. Sin embargo, era muy escueta y apenas adornaba sus relatos. Era como si no hiciese el menor esfuerzo por normalizar la situación.
Para Jason, lo sucedido el día de la tormenta no había sido ninguna discusión, o por lo menos no una al uso, pero los efectos habían sido los mismos. Sabía que su esposa estaba molesta y se sentía herida, tanto por sus palabras como por no confiar en ella. Por suerte, Ashton estaba en Londres y no tenían que aparentar. Así que su marcha era una bendición. Un descuido, un desliz y su hermano se percataría de la tirantez que había entre ellos, y por supuesto no habría podido resistir la tentación de intervenir, como venía haciendo siempre. Como duque y cabeza de familia creería ser su obligación.
Su tía Mildred le permitía que actuara de ese modo. Es más, se apoyaba mucho en él. Aunque tenía un hijo varón y tres yernos con una buena posición social, siempre buscaba sus consejos, ya fuera en asuntos financieros, opiniones sobre los demás o relacionados con algún tipo de actividad social. Para eso Ashton era su preferido. Ella adoraba esa soberbia rigidez de la que tanto hacía gala, sus impecables modales o su intuición. Y por supuesto, su amistad con la reina Victoria. En cambio, Jason prefería su versión más discreta y no quería que metiera la nariz en sus asuntos. De toda su familia, Ashton era el más frío y el que menos lo entendería.
Cuánta falta le hacía Claudia, menos comedida que su hermano, pero más cercana. Era un apoyo muy importante en su vida, aunque fuera tan joven. Entendía de errores, sabía escuchar y sobre todo, perdonar, porque tenía un corazón muy grande. ¿Entendería lo de Ayleen o también se lo hubiera ocultado? Con seguridad. Si bien podía llegar a ser muy comprensiva, quería mucho a Johana y no hubiera aceptado ni tolerado el engaño.
—Si no te importa, después la leeré con calma —murmuró Johana tan bajo que tuvo que hacer un esfuerzo para entenderla.
No había sido la reacción que esperaba de ella. Jason había supuesto que mostraría más interés y se inclinaría por comentar la carta con él.
No fue así.
—Lo que desees.
Cabizbajo siguió tomando el desayuno en el más absoluto silencio mientras meditaba qué hacer con su esposa. Tenía claro que se había vuelto un cobarde, porque tras la riña no buscó el mínimo acercamiento. Por un lado le incomodaba verse en esa situación tan poco agradable, pero por el otro se convencía de no tener que dar explicaciones de sus actos. Eso le hizo recapacitar bastante. ¿Desde cuándo se había vuelto un ser tan deshonesto, insensible y cruel? ¿Acaso carecía de sentimientos? Era cierto que no veía a su esposa del mismo modo, pero aun así, ella seguía siendo la misma con quien se casó: una mujer buena, afectuosa, que lo amaba. No era ella quien había cambiado.
Sus demonios interiores lo carcomieron. Se sintió peor que una mísera cucaracha, rastrero, ruin. Estaba cometiendo una injusticia con Johana y debería arrepentirse de cada uno de sus actos y pensamientos. Entonces, ¿por qué no podía hacerlo? Por lo menos no en lo que a Ayleen se refería —su deseo era demasiado fuerte—, pero sí sobre la aflicción que caía sobre su esposa. Eso podía remediarlo. Se preguntó si una reconciliación podría resultar sencilla, aunque claro, al menos debería intentarlo las veces que hicieran falta. No soportaba estar así.
Carraspeó.
—Johana… —murmuró en un tímido intento.
Aunque era un hombre sensato y decidido, no le resultaba sencillo dar el primer paso, pues no sabía qué reacción iba a encontrarse. Tampoco había descubierto cómo le sentó su intervención en la reunión de las damas del té. ¿Pensaría acaso que se trataba de una intromisión? ¿Que había ido demasiado lejos? Era difícil encontrar una respuesta puesto que no había demostrado ninguna emoción, ni en sentido negativo ni positivo. Es más, no había hecho ni la más mínima referencia a esa tarde.
Ella levantó la vista de su plato y arrugó la frente.
—¿Sí?
La conversación entre ambos venía siendo tan escasa, que se alegró de escuchar su voz por segunda vez en aquel desayuno.
No era una situación nada agradable para ninguno de los implicados.
—Me satisfaría que pudiéramos mantener una conversación completamente normal. ¿No tienes nada que decir sobre el viaje de Claudia?
Ella alzó sus pestañas.
—¿Qué es lo que quieras que diga? No hay nada por qué preocuparse. Pese a sus quejas, mi cuñada parece estar pasándoselo bien. ¿Tienes otra impresión?
—No.
—Bien.
—¿Ya está? ¿Solo vas a decir eso? ¿No deberías, al menos, alarmarte por la situación de Angeline y Robert Fillon?
—Con tu tía presente, no. Ella no va a dejar que pase nada comprometedor. Además, no quisiera que pensaras que te estoy atosigando o que me meto demasiado en tu vida —apuntó con un deje de ironía, nada propio en ella.
—Eso no es… —Jason se detuvo al reconocer sus propias palabras, de lo cual se avergonzó—. Esto es absurdo, ¿no crees? Tuve un mal momento, lo admito, pero no fue mi intención hablarte de un modo tan grosero. ¿Qué quieres que haga para que me perdones?
Johana lo rumió durante unos segundos. Se trataba de una mujer bondadosa a la que le costaba poco perdonar.
—Me debes una disculpa sincera —anunció sin demasiada dureza—. Y lo que en verdad importa: una explicación.
Se dio cuenta de que lo primero era más fácil que lo segundo.
—Lo siento, Johana —comenzó diciendo mientras su mente se esforzaba en buscar una excusa plausible para su reprobable comportamiento. No podía admitir lo que sentía por Ayleen. Eso la destrozaría—. Estoy teniendo ciertas dificultades.
—¿De qué tipo? —lo presionó. Porque Jason hablaba a medias.
—Financieras.
La vio contener la respiración. Johana estaba relacionando el extraño comportamiento de su esposo con lo que acababa de oír y pensó en la peor de las situaciones.
—Dios Santo. ¿Se trata de la fortuna de la familia? Creí que tu hermano era rico. ¿Qué ha sucedido? ¿Y cuándo? —Parecía querer averiguar cómo había tenido lugar aquella catástrofe y si en parte ella tenía algo que ver—. ¿Me excedí con la fiesta de primavera? ¿Se trata de eso? No debí invitar a tanta gente.
Jason movió la cabeza. No quería que pensara que estaban al borde de la bancarrota.
—La fortuna de mi hermano es más que excelente —afirmó con contundencia en una enrevesada explicación—. Yo diría que magnífica. Gracias a Dios, no es tan grave. Así que puedes estar tranquila.
Lo miró con sorpresa.
—¿Entonces?
—Solo estoy teniendo unos pequeños problemas para recuperar el dinero de una inversión. Se está dilatando más de lo que debería.
—Una inversión —repitió ella—. ¿Todo esto por una inversión?
Johana no aceptó la explicación con sencillez. Estaba disgustada y su rostro lo translucía. Se preguntaba si todo el malhumor que había soportado de Jason habría valido la pena por unas míseras libras. Ni aunque fueran miles. Pero luego terminó de escuchar su relato y de pronto todo cobró sentido.
—Convencí a mi hermano para que se involucrase en un negocio que creí lucrativo. Él era reacio porque había escuchado ciertos rumores. Así que si el dinero se pierde habrá sido culpa mía.
—Te sientes responsable.
—Sí.
Jason reparó en lo bien que se le daba mentir y lo mucho que estaba llegando a acostumbrarse. Esa habilidad no debería ser motivo de orgullo. Era una conducta reprobable que lo volvía más y más hipócrita.
—Ashton no lo sabe, ¿verdad?
—No, y te pido que no se lo digas. Puedo solucionarlo. Lo único que necesito es tiempo.
—Está bien —aceptó tras unos segundos—. Puedo justificar tu comportamiento, pero desearía que me lo hubieras contado antes. —Johana esbozó una sonrisa de comprensión y apoyo. No pensaba insistir más. Tenía suficiente confianza en su esposo para saber que podría solucionarlo.
—Gracias.
Podía prometerse poner todo el empeño en hacer a su esposa feliz. Sería más que justo. Sin embargo, no estaba seguro de poder cumplirlo, no cuando Ayleen significaba tanto para él y sus sentimientos crecían día a día.
—Hace una mañana demasiado hermosa como para quedarse encerrado —comentó Johana después de terminarse el desayuno—. ¿Por qué no te permites un descanso y me acompañas a dar un paseo en calesa?
Johana se levantó de su asiento y se situó a la espalda de su esposo, con el respaldo de la silla entre ambos. Luego le dio un pequeño masaje en los hombros y depositó un beso en la sien.
Él no se sintió nada complacido con ese gesto tan cariñoso y tuvo que recordarse que se trataba de su esposa. Tenía todo el derecho.
—Los caminos seguirán embarrados.
Solo hacía unos días que había dejado de llover.
—¿Y no crees que ya nos hemos acostumbrado?
—Tengo trabajo.
Ella suspiró.
—Sí, lo sé. ¿Pero no puedes permitirte un pequeño descanso?
—Si mi jornada no ha empezado, no puede decirse que sea un descanso.
—Jason…
Este sospesó la idea y al final decidió complacerla. No pasaba nada porque descuidara un poco sus obligaciones. Venía haciéndolo desde hacía tiempo y Tim, su ayudante, era muy competente. Por un par de horas o tres que duraría aquel paseo se las arreglaría solo y así haría feliz a su esposa.
Trató de esbozar una sonrisa, aunque tuvo que forzarla.
—Está bien.
Iba a tener que esforzarse mucho en adelante por volver a recuperar esa cotidianidad que acostumbraban. Si no quería acabar convertido un ser amargado cuya existencia parecía carecer de importancia debía sacarse ya de la mente a Ayleen Blake. No podía vivir eternamente en ese estado de desasosiego y aturdimiento, como si su vida pendiera de un hilo. Sí, tenía un dilema que implicaba a dos mujeres y era urgente desvincularse de una de ellas, porque solo había una solución posible, y estaba frente a sus ojos: lo suyo con Johana era un matrimonio legítimo, consagrado por la iglesia. Serían marido y mujer hasta la muerte de uno de ellos. No había más. Quizás sus principios habían quedado por los suelos —robarle besos a Ayleen lo confirmaba—, pero sabía cuál era su deber y tener a Ayleen como su amante no entraba en sus planes… por mucho que lo deseara. Estaba absolutamente convencido. Debía tratar de recomponer la relación con su esposa.
Media hora después el matrimonio se subió a la calesa y partió hacia Greenville. Johana eligió cederle las riendas del caballo a su esposo, aunque ella estaba mucho más acostumbrada a llevarlas.
El trayecto resultó ser tan complicado como preveía, o por lo menos en el primer tramo. Los habituales surcos del camino se habían llenado de agua tras doce largos días lloviendo y el barro salpicaba a un lado y otro. Por suerte, ellos estaba demasiado en alto como para ensuciarse. Además, la capota también les ofrecía protección. Jason iba más despacio de lo habitual y con cautela, disminuyendo la velocidad o incluso deteniéndose si era necesario. No quería que una de las dos ruedas encallara en el fango e hiciera volcar el vehículo.
A pocas millas del pueblo, cuando estaba dirigiendo la calesa hacia un lado del camino para evitar precisamente un gran charco, mientras su esposa se aferraba a un extremo de la portezuela, alzó la vista y se dio cuenta de que un poco más allá había dos personas detenidas. Podía apreciarse, por el contorno de los cuerpos, que se trataba de dos mujeres. Una de ellas estaba sentada sobre una tapia de piedra que rodeaba la propiedad de la familia Spencer y la otra, que permanecía de pie, le llamó poderosamente la atención. Le resultaba familiar. Solo al acercarse más supo que se trataba de Ayleen. Aunque estaba de espaldas, tenía la seguridad de no equivocarse.
En algún momento estas oyeron el sonido de los cascos del caballo y voltearon las cabezas. Ayleen agrandó los ojos, su corazón empezó a latir más deprisa y notó una sequedad en la comisura de los labios. Jason. Se trataba de Jason... y Johana.
Hacía tiempo que había reconocido que ambos hacían una magnífica pareja, pero reconocerlo no significaba que le gustase. Acababa de darse cuenta de que estaba celosa de verlos pasear con toda la tranquilidad del mundo mientras ella se moría por dentro y se preguntó cómo iba a hacer para saludarlos con naturalidad cuando sentía un intenso dolor en las entrañas.
Le lanzó un reproche silencioso a Jason mientras se restregaba las palmas de las manos sobre la falda de color azulón.
—¡Buenos días! —saludó Johana, ajena a sus sentimientos.
La cuñada del duque era un claro ejemplo de la perfección femenina: su gracia, sus excelentes modales y su hermoso rostro así lo atestiguaban. Iba vestida con un elegante traje y un sombrero marrón adornado con plumas. En comparación se sintió fea y sucia. Su falda era algo vieja y con el dobladillo subido, pero adecuada para aquel paseo.
—Lord Jason. Lady Johana. —La respuesta de Ayleen fue más seca y formal de lo que hubiera preferido.
El matrimonio lo notó.
—Ayleen, ¿va todo bien?
—Mucho me temo que no. —El enojo por verlos juntos se transformó en preocupación—. Veníamos del mercado cuando la señora Fraser metió la pierna en un hoyo y se ha lastimado. No creo que podamos llegar a casa.
—Déjeme ver. —Jason le entregó las riendas a su esposa, saltó a al suelo de un salto y se acercó a Adele—. ¿Puede andar?
—Sí, pero me duele.
Se agachó frente a ella y le pidió permiso para comprobar el estado del pie y del tobillo. Con su esposa presente y ante tal percance, ninguna de las tres mujeres puso objeción.
Apretó con suavidad por encima de la piel del botín y lo inspeccionó lo mejor que pudo. No era un experto, pero había sufrido unas cuantas lesiones en su vida y sabía ver que la zona estaba levemente hinchada.
—No creo que se trate de nada serio, aunque le vendría bien poner el pie en reposo. Si por la mañana le sigue doliendo harían bien en avisar al doctor.
—No será necesario molestarle —replicó Adele haciendo caso omiso de los consejos de Jason—. No me dirá nada que yo no sepa. Voy a usar un remedio que aprendí de mi madre, sencillo y económico: envolverlo en piel de patata.
Ambas mujeres se dieron cuenta de que Jason alzaba las cejas con incredulidad, como si no hubiera escuchado bien. En cambio, Ayleen había aprendido a no cuestionar los recursos de Adele.
—Ayuda a bajar la hinchazón —aclaró atropelladamente, consiguiendo arrancar una sonrisa en su señora.
Esta volteó el rostro con rapidez. Le atemorizaba la idea de cruzar su mirada con la de Jason. La emocionaba y la irritaba al mismo tiempo.
—No se preocupe. Yo me encargaré de su recuperación. Si es preciso llamar al doctor, lo haré.
Jason asintió, conforme.
—Está bien —dijo mientras se ponía de pie—. Y ahora, déjeme ayudarla. La llevaré a casa.
Le tendió una mano a Adele y tiró con suavidad para ayudarla a levantarse.
—¿Y cómo pretende hacerlo, lord Jason? La calesa es de dos plazas. No veo cómo pueda caber ahí.
Jason barajó diversas posibilidades, pero sabía que la mujer tenía razón.
—Johana —se giró hacia ella—, ¿podrías quedarte haciendo compañía a la señorita Blake?
Él acercaría a Adele hasta la casa y luego las recogería. O mandaría a alguien para hacerlo, puesto que tampoco había sitio para ella en la calesa.
—Por supuesto.
Su esposa entendió a la perfección lo que quería decir. Lo primero era lo primero. Y se trataba de una emergencia. Fue el ama de llaves de Ayleen quien no estuvo para nada de acuerdo.
—No quiero apartarlos de sus tareas. Sigan su camino. De un modo u otro llegaré a casa.
Seguía sosteniéndose en Jason, pero trataba de no apoyar el pie en el suelo.
—No es una opción. Son más de tres millas.
Había hecho un cálculo aproximado y, aunque no eran demasiadas en condiciones normales, podía resultar un infierno para una mujer lesionada.
—No puedo permitir que dos jóvenes damas sean abandonadas en medio del camino. Si algún rufián las atacase, ¿quién las defendería?
Desde lo alto de la calesa, Johana puso los brazos en jarra y arrugó la frente.
—Señora Fraser está siendo muy testaruda. Por aquí no hay bandidos, rufianes o como usted quiera llamarles.
—Que nosotros sepamos —apuntó la otra.
—¿Pero no se da cuenta de la insensatez de su idea? Además, usted y Ayleen también han estado solas.
—Pero yo soy una mujer fuerte, mientras que ustedes son tan menudas como un pajarillo.
Johana suspiró pesadamente y tomó una decisión.
—Está bien, yo la llevaré y esperaré junto a usted hasta que mi esposo y Ayleen regresen. No les costará demasiado cubrir el tramo.
—¡Imposible! —exclamó Ayleen en un arrebato. Trató, por todos los medios, de no sonrojarse y quedar en evidencia ante los presentes. Se dio prisa por añadir—. Sería demasiada molestia.
—Estoy de acuerdo —corroboró la más afectada.
—No creo que sea buena idea —terció Jason dejándose oír por encima de sus voces.
Era imposible ponerse de acuerdo, así que voz una voz de mando que no admitía réplica atajó el asunto.
—Está decidido y así se hará.
De repente Ayleen se había puesto nerviosa, porque quedarse a solas con él era justo lo que trataba de evitar. ¿Iba a acompañarla cono haría cualquier vecino o trataría de sacar ventaja de la situación? ¿Qué haría ella si eso sucedía? ¿Qué iba a decirle? Jason era su mayor peligro, no esos rufianes a los que la señora Fraser se refería.
Definitivamente, no se sentía a salvo.
Jason ayudó primero a la señora Fraser a subir a la calesa y a acomodarse en el asiento. Luego se despidió de su esposa. Su expresión se había vuelto confusa y Ayleen no supo en qué estaría pensando, pero seguro que se sentía tan incómodo como ella.
El silencio cayó entre ambos como una pesada losa. A ninguno de los dos le resultaba fácil dialogar. Era embarazoso recordar el ardiente episodio que habían compartido el día de la tormenta. Cielo Santo, hasta entonces no había sabido lo que era la verdadera pasión. El incesante anhelo, el deseo de ser tocada y amada. Sus anteriores besos solo habían sido una lejana aproximación, nada que ver con lo que despertó aquella tarde en ella: fuego. Se sintió en llamas y era muy difícil extinguirlas.
Se dijo que no podía dar la excusa de estar bajo los efectos del alcohol. Sería mucho más sencillo si hubiera tomado unos tragos. Por lo menos tendría una excusa aceptable y no sentiría tanta vergüenza. Lo escudriñó con la cautela de un gato. Después se puso frenética y finalmente terminó por enfadarse. Fue un sentimiento que ya había experimentado antes, pero resurgió con más virulencia. ¿A qué estaba jugando Jason Morton? ¿Cómo se atrevía a hacerle aquello? Él la acosaba, trataba de besarla, le decía palabras bonitas y verdades que se clavaban en su corazón, como esa tarde en su casa, delante de todas las damas del té. ¿Qué derecho tenía a expresarse así? Un amor desinteresado y noble. Esas fueron sus palabras exactas, pero él no era Thornton ni ella Margaret, ni estaban en un maldito libro. Jason estaba casado, ahí radicaba la principal diferencia. Si en verdad era dueño de esos sentimientos, hubiera sido mucho mejor que se los callase. Era lo que debía hacer un caballero. ¡Por supuesto que se sentía ofendida! Apretó los dientes y empezó a andar con paso firme y decidido. Unas veces mirando al frente y otras al suelo para no tropezar.
—Veo que te preocupa mucho el hecho de que pueda abalanzarme sobre ti.
Habían recorrido casi una milla antes de que empezaran a hablar. Ayleen tuvo algunas dificultades y Jason la sujetó del brazo para ayudarla. Sin embargo, se deshizo de él con rapidez y le recordó que era muy capaz de cuidarse sola.
—No necesito de un ángel protector.
Él alzó los brazos en señal de rendición. Empezaba a darse cuenta de que estaba enfadada.
—Está bien. Estás en todo tu derecho de sentirte ofendida. No era mi intención y no volverá a suceder.
—¡Qué palabras más vacías! —exclamó airada y dando gritos—. Las pronuncias con demasiada frecuencia y luego las desechas con la soltura propia del rey de los mentirosos. Tú no quieres… Es una fuerza superior… ¡Paparruchas!
—¿Crees que para mí es un juego?
Iba a decir que sí, pero cambió de estrategia.
—Me da igual, porque soy inmune a ti.
El alzó una ceja con soberbia.
—¿Qué quieres decir?
Ayleen sintió deseos de borrarle aquella expresión de un puñetazo.
—Ya te he olvidado. No me afectas en absoluto.
Jason se detuvo inmóvil en mitad del camino y examinó su rostro con intensidad. No había ningún rastro de rubor o vergüenza, todo lo contrario, parecía más fuerte y decidida que nunca. Tuvo un momento de duda. Vaciló. No podía ser cierto. Apenas unos días antes habían compartido un ardoroso encuentro. ¿Cómo iba a olvidarse de él en un abrir y cerrar de ojos? Era imposible.
—¿Ah, sí?
Ayleen vio un peligroso brillo en sus ojos. Lejos de la que había sido su intención, lo estaba desafiado y él parecía muy dispuesto a demostrarle cuán equivocada estaba.
Con un movimiento audaz, Jason se le acercó y sus cuerpos quedaron pegados. Se puso rígida mientras luchaba contra su voluntad. Apenas la tenía sujeta. Su brazo rodeaba, flojo, su espalda. Podía liberarse cuando quisiera, pero le era imposible escapar. Sentía su aliento acariciar mansamente su cabello y su lengua comenzó a recorrer un sendero marcado por fuego.
Contuvo el aliento. Su voluntad apenas era nada y el enfado, pura fachada. Le urgía sentir su contacto y abandonarse en sus brazos, rodearle el cuello y mordisquear cada pedacito de piel. Desde aquel día de tormenta, Ayleen tenía una imagen bastante clara de cómo era su cuerpo. Por supuesto, excepto por una pequeña porción que no había sido expuesta. Tan masculino y terso que cortaba la respiración. Mordiéndose uno de los labios, se preguntó cómo sería verlo completamente desnudo y qué sentiría al tocarlo. ¿Le proporcionaría tanto placer como a ella? Se ruborizó ante tal pensamiento. ¿Desde cuándo se había vuelto tan atrevida y descarada? ¿Dónde había quedado su recato? Era una mujer virginal y tímida. No podía ser seducida como una vulgar fulana.
Cuando sintió las manos de él bajo sus faldas recordó dónde estaba el límite. Se daba cuenta de que estaba cometiendo los mismos errores y pecados que las veces anteriores. Se liberó del abrazo y le dio la espalda mientras trataba de recobrar la compostura.
—¡Ciertamente esto es una insensatez! —señaló sin aliento, volviéndose de nuevo y encarándose a él—. Estamos en mitad del camino. Cualquiera que se acercase podría vernos y tus modales son cada vez peores, si acaso los has tenido buenos. Además, nos estamos retrasando. ¿Cuánto crees que va a esperar Johana? —Se arregló el cabello inconscientemente. Se sentía abochornada.
—Lo es —habló él, haciendo referencia a lo de cometer locuras—. En eso siempre estamos de acuerdo, al igual que nuestros cuerpos. Tus labios dicen que no te importo, mientras que nuestros cuerpos bailan un lenguaje distinto.
—¡Qué barbaridad! —balbuceó. ¿De dónde sacaba todas aquellas palabras?
No tuvo tiempo a formular una respuesta. Jason quiso sustentar con pruebas su comentario. Cubrió la mano enguantada con la suya y la acercó hasta sus pantalones, donde un bulto hinchado sobresalía. La retuvo un instante sobre su parte más íntima y varonil. Mientras tanto, él disfrutaba del íntimo contacto.
Ayleen abrió la boca y volvió a cerrarla. Muda de puro asombro. Después retiró la mano como si se hubiera quemado con fuego.
Casi se atragantó. ¿En verdad había…?
—¿Lo ves? —murmuró complacido—. Lo que yo decía. —Hizo una pausa mientras sus ojos se oscurecían—. Y ahora, prométeme una cosa. —Ayleen seguía sin reaccionar y Jason aprovechó la oportunidad—. Encontrémonos esta noche. En la casita.
Ella lo juzgó como una proposición escandalosa. Al igual que su temerario gesto.
Sus mejillas se inflamaron de indignación.
—¡Por supuesto que no! Y de noche. ¿Con qué fin? —Jason la estaba confundiendo. Por supuesto que sabía lo que deseaba.
—Con el que tú quieras. Me rendiré a tus deseos.
—No, por supuesto que no. ¿Crees que saldré a oscuras y a hurtadillas para verme con un hombre? —le preguntó—. Estás loco.
—No a cualquier hombre, sino a mí.
Aquella declaración lo decía todo. Estaba más que dispuesto a arriesgarse por ella. No obstante, Ayleen tenía millones de dudas. No podía salir al abrigo de la noche, a escondidas, como si se tratara de una fugitiva. Si lo hiciera, y solo si lo hiciera, tendría que tomar todas las precauciones del mundo, como no hacer ruido. Además, si se ausentaba demasiado, sus empleados podrían darse cuenta. Eso sin contar con las dificultades añadidas. Debería hacerse con una lámpara de queroseno que alumbrara el camino.
Era un razonamiento desmoralizador, plagado de inconvenientes, pero servía para convencerse a sí misma.
—Eres muy presuntuoso y descarado.
Él sonrió.
—¿Entonces es un sí?
Ayleen iba a decir que no, pero se lo pensó mejor. ¿Por qué? Ella también desearía saberlo, pero era incapaz de actuar con rotundidad. Sus palabras siempre se las llevaba el viento. Así que optó por un:
—Tal vez.
Esa fue la última frase que escuchó de ella. El resto del camino avanzó cabizbaja y silenciosa, llegando a casa como pudo. Jason no había vuelo a insistir, ni siquiera la había rozado accidentalmente, aunque estaba segura de que tan pronto pusiera un pie en el umbral todos se darían cuenta de lo que había pasado entre ambos.
Por suerte, no fue así. Margueritte, Angus y Johana parecían haber volcado su atención en la señora Fraser, o a lo mejor era que ella fingía muy bien. Lo que fuera. El matrimonio Morton se retiró con prontitud y ella al fin pudo respirar en paz. El resto de la mañana se la pasó tratando de hacer descansar a Adele, que a pesar del dolor seguía empeñada en terminar sus tareas de la casa. No fue hasta que amenazó con atarla a una silla que esta cedió y la paz volvió a restablecerse.
Por la tarde decidió hace frente a la invitación que había sido formulada unos meses atrás, cuando el señor Plumbert vino a cortejarla por primera vez. Aunque no había asegurado la visita, tampoco la había declinado. No fue hasta el día anterior que él volvió a recordárselo, con evidente bochorno, y Ayleen fue incapaz de encontrar una excusa plausible. Eso sí, se aseguró de llevar compañía.
Azuzó las riendas mientras Juliet Been viajaba sentada a su lado. Todavía no se le daba muy bien eso de manejar la calesa. Era algo nuevo y se sentía un tanto dubitativa. Por eso hizo un esfuerzo para que su acompañante no lo notase y se sintiera a gusto.
—Hace una tarde perfecta para contemplar flores. —Juliet sonreía mientras alzaba el rostro para que le diera el sol.
La bondadosa y tranquila joven, aunque pasados los veinticinco años ya no se la consideraba como tal, había aceptado con un vehemente entusiasmo su propuesta de visitar la pequeña finca. Incluso había observado que llevaba un coqueto vestido a conjunto con su dolman y un exquisito bonete con plumas negras y un lazo rosa que resaltaba su terso cutis y oscura cabellera. Resultaba extraño contemplarla así cuando siempre había vestido sencilla y sin destacar a pesar de contar con todo el dinero de su hermano. También se podía decir que, si bien su disposición para con ella no era como al principio, tampoco notaba ese frío glacial que se había instalado entre ellas durante el último mes. Quizás la había ofendido sin saberlo.
Resolvió preguntárselo.
—Ya que estamos solas —comenzó— aprovecharé para preguntarle si he hecho algo que merezca su desaprobación.
Su compañera de viaje se sobresaltó, pero Ayleen, pendiente del camino, no lo notó.
—Uh. ¿Por qué cree eso? —No la miraba directamente, sino que ladeó la cabeza hacía su derecha para contemplar los campos de conreo.
—No sé… —titubeó al ver que la otra no afirmaba estar afectada por nada—. La he notado distante y pensé que tal vez se había disgustado conmigo. —Dejó de fijarse en el camino para mirarla—. Nada me afectaría tanto como saber que la he herido de algún modo.
Su tono era tan sincero que su acompañante se removió incómoda.
—No se preocupe. Solo se trata de una mala época, pero se me pasará.
Ayleen no acabó de creer aquella declaración. No resultaba demasiado sincera. En cierta forma había admitido haberla tenido en poca consideración, pero como había aceptado acompañarla y parecía más alegre decidió que lo que fuera que había pasado había vuelto a su cauce. Resolvió dejarlo como estaba y no seguir indagando.
A poco más de una milla del pueblo llegaron a un cruce. Tomaron el de la izquierda y vieron, a lo lejos, una vivienda no mucho más grande que la de la propia Ayleen. Cuando se acercaron contemplaron una casa de techo bajo pintada en tonos terrosos. Tan pronto cruzaron las vallas abiertas y entraron al trote en el amplio patio de entrada, la puerta principal de la casa se abrió dando paso a un acicalado señor Plumbert.
—¡Buenas tardes! —lo saludaron ambas al unísono.
Este cabeceó en señal de saludo y se apresuró a ayudarlas a descender de la calesa.
Ninguno vio la mueca que se impuso en la cara de Juliet Been cuando el anfitrión ofreció primero su mano a Ayleen. Se recompuso con rapidez y esbozó tal radiante sonrisa cuando el hombre le ofreció su mano, que este se mostró desconcertado por un momento.
Haciendo gala de unos modales impecables las invitó a cruzar su casa para descubrir en la parte posterior un precioso y cuidado invernadero. Más tarde, dijo, les servirían el té allí mismo.
Valga decir que tanto Ayleen como Juliet se sintieron impresionadas desde un primer momento. El edificio acristalado era casi tan grande como la casa y a través de ella podían apreciar toda clase de vegetación. No obstante, no fue hasta llegar al interior, donde los vívidos colores y el aroma lo impregnaban todo, que Ayleen tuvo conciencia de la importancia y grandiosidad del proyecto de ese hombre.
—¡Asombroso! —musitó sobrecogida su compañera.
—Es realmente exquisito —declaró Ayleen después de unos segundos de silencio.
No era un invernadero cualquiera.
Enfrente de ellas, nada más entrar, había tres pasillos llenos de plantas cuyo nombre desconocía. Alguna de ellas incluso no las había visto jamás. Cierto que no era una amante de la flora del país, pero se podía adivinar sin mucha dificultad el origen extranjero de alguna de ellas.
—Hace mucho calor, ¿no les parece? —Juliet se quitó la prenda de abrigo de inmediato, por lo que Ayleen la imitó.
Había que admitir que, pese a la agradable temperatura del exterior, la del lugar resultaba un tanto excesiva.
—Se trata de un ingenioso invento —explicó un locuaz Horatio Plumbert—. Es una especie de aparato con un mecanismo que genera calor, proporcionando una temperatura estable incluso en las más frías noches inglesas. —Hizo ademán de tomar uno de los pasillos—. Si hacen el favor de seguirme estaré encantado de mostrárselo.
Anduvieron detrás de él, ya que la estrechez de los pasillos no daba para pasear unos junto a los otros.
Ambas miraban a todos lados y sobre sus cabezas. Algunos de los cristales del techo estaban abiertos en paneles dejando entrar la brisa del exterior, pero ellas apenas lo notaban. El pasillo terminó un poco después, desembocando en un espacioso y evidente centro de trabajo situado en el mismo corazón del edificio acristalado. Cuatro mesas de madera ocupaban el espacio, todas llenas de capazos con herramientas variadas, tiestos de diferentes tamaños y sacos de tierra apoyados en sus patas. Tanto Ayleen como Juliet observaron atentas diferentes cachivaches de los cuales desconocían la utilidad. También registraron con cierto placer cómo se habían retirado las plantas más próximas a los lados acristalados para conseguir un efecto más cálido y luminoso. Una mesita se hallaba estratégicamente colocada con varias sillas a su alrededor. Supusieron, y con acierto, que no era el sitio habitual del mueble. Debía haberse puesto con la intención de tomar allí el té.
Se sentía más complacida que cualquier otra cosa que su anfitrión hubiera pensado preparar para impresionarla. No quería pecar de vanidosa, pero tanto el señor Been como el Comodoro hacían todo lo posible para resaltar y parecer más importantes. Con la sencillez que le caracterizaba, Horatio Plumbert había conseguido enternecerla. Era una forma original y deliciosa de pasar la tarde.
No bien lo hubo pensado recordó una tarde similar poco más de tres días antes, en la cabaña. Esa también resultó de lo más deliciosa. Lo inaudito del asunto era lo que sucedió con Jason en la reunión de las damas del club. Se sentía halagada e intrigada porque ese hombre se interesara por sus lecturas. Sabía que el motivo de haber leído Norte y Sur era haber recogido su libro perdido. Las otras señoras no lo habían entendido, pero no se le escapó lo que él pretendía decir. Sus respuestas y comentarios eran realistas y nada exagerados, lo cual daba una imagen de él bastante sensata. Nada que ver con la anhelante y desenfrenada que le mostraba a ella, lo cual le recordaba su último comentario. Cualquiera con un mínimo de sensatez lo hubiera achacado a los sentimientos que su esposa despertaba en él. Después de la despedida del matrimonio, en el viaje de vuelta, todas se habían apresurado a comentarlo. Ayleen había permanecido en silencio sumida en sus pensamientos y solo asentía cuando pedían su opinión. No obstante, sin mirarla directamente ni ella fijando la vista en él supo, sin lugar a dudas, que esas palabras tenían una única destinataria: ella misma. Cabía decir que la emoción había hecho su aparición tan deprisa que necesitó evitar el jadeo repentino. Durante un instante de euforia desmedida había considerado la certeza de sus palabras. Parecía insólito que ese hombre pudiera estar hablando de amor y devoción…. por ella. Sí, se habían dado algunos besos. Era verdad también que se habían visto envueltos en una situación bastante íntima la tarde de la lluvia, pero ¿amor? ¿Eso había pretendido decir? Debía estar equivocada. Sí, eso debía ser. Quizás no pretendía decir eso. Quizás se había extralimitado en su entusiasmo por el apasionado amor de los protagonistas del libro. Quizás, quizás, quizás. Demasiados interrogantes sin respuesta que la turbaban y la privaban del sueño.
Pero ¿y ella? ¿Qué sentía hacia él?
Admitía que, cuando estaba en su presencia, la inundaba un hormigueo característico: mitad ardor, mitad desconsuelo. Las palmas se le humedecían y debía hacer un supremo esfuerzo por hilar sus pensamientos y palabras. Cuando sus miradas se entrelazaban, un aleteo en el bajo vientre la obligaba a cerrar las piernas para evitar el temblor. Durante sus últimos encuentros, no obstante, la traspiración se instalaba entre sus pechos y en un lugar muy delicado y comprometedor. Jamás nadie le había explicado que eso era posible, pues su madre había muerto cuando ella era demasiado joven para saber de esas cosas y no tenía parientes del sexo femenino. El temor a que alguien percibiese ese impúdico e incontrolable comportamiento revestía de tensión cada encuentro. ¿Sentirían eso las demás mujeres o era más propio de señoras con una vida más licenciosa? Ella se consideraba una mujer respetable, pero volviendo la vista atrás desde que llegó a Greenville, no podía afirmar que su comportamiento y virtud fueran intachables. Y los pensamientos… estos eran lo peor de todo. Al tocarla él, la piel de su cuerpo se había vuelto sensible al mínimo roce. Mientras se vestía, se imaginaba siendo tocada y besada en todas aquellas partes de su cuerpo que no alcanzaba a ver. Y siempre era su rostro el que aparecía en ellos. Solo reaccionaba cuando se veía a sí misma delante del espejo, a medio vestir y con una mirada perdida y voraz. ¿Era ella realmente? ¿Le deseaba tanto como para vencer todas sus resistencias y entregarse por fin?
—Creo de veras que la señorita Blake se siente acalorada. —La voz del señor Plumbert traspasó la bruma de sus reflexiones, haciéndola sentir torpe, aturullada y culpable.
Juliet la miraba con curiosidad.
—No, no —atinó a decir—. Siga con las explicaciones.
Al parecer, Ayleen se había perdido una larga perorata sobre la Rosmarinus officinalis, proveniente de las Islas Canarias, cuya flor era azul violeta pálido y sobre la Camellia japonica, traída de la China por un amigo.
—La botánica es mi vida —decía en ese momento, con una mirada perdida que Ayleen interpretó como cariño.
—Tiene que estar muy orgulloso de su trabajo —lo alabó Juliet mirando a su alrededor.
—Lo estoy —contestó Horatio, enrojeciendo.
Durante las dos siguientes horas, el señor Plumbert fue mostrándoles cada flor de aquel invernadero, explayándose en las explicaciones sobre la procedencia, el cuidado o la fragancia. Mostraba una verdadera devoción, si bien Ayleen dejó de estar impresionada desde hacía bastante, reconociendo para sí misma que era mucha más información de la que podía digerir y el tema resultaba excesivo. Para ser un hombre tímido que solo balbuceaba o hablaba en contadas ocasiones, en el invernadero no había cesado con las explicaciones, soltando palabra tras palabra. Se podría decir que jamás lo había visto tan distendido y locuaz. Por suerte, la presencia de Juliet la dispensaba de prestarle toda la atención. La joven era tan educada que lo escuchaba como si cada palabra suya fuera una moneda de oro. En cambio, Ayleen, que permanecía un tanto retrasada, escuchaba a medias.
Por fin, una mujer con aspecto viejo y cansado se deslizó a través de las plantas con una enorme bandeja. Era la hora del té.
La joven trató de disimular un suspiro de agradecimiento. Aquella interrupción era bien recibida. Para su desgracia, no había visto al hombre que iba a su zaga: el señor Been.