18
Estaba embarazada.
Se estiró en la cama, pero las náuseas no remitieron. Trató de hacer cálculos y supo, sin ninguna duda, que aquel malestar, presentado cada mañana durante los pasados cinco días, no eran fruto de una indisposición pasajera. Lo suyo iba a durar un máximo de nueve meses y no necesitaba de ningún médico que se lo confirmara.
Se tocó el vientre, todavía liso, con la mano. En esos momentos se debatía entre el miedo y la euforia. Su vida se había complicado más de lo que un ser humano racional pudiera pensar. Primero perdía su juventud haciendo de enfermera y, a la muerte de su padre, al punto de haber alcanzado su tan ansiada libertad, se enamoraba de un hombre casado, una elección sin futuro. Además, aceptaba casarse con un hombre que no amaba y marcharse del lugar que había elegido como residencia definitiva. ¿Tenía que rematarlo con un embarazo? Al parecer, sí.
¿Qué iba a hacer? Una mujer soltera no podía quedarse embarazada, mucho menos de su amante casado. Perdería toda su respetabilidad siendo relegada al margen de la sociedad. Pero la cosa se complicaba todavía más al estar Horatio de por medio. ¿Debía decírselo? ¿Cancelaba el compromiso? Hiciera lo que hiciera, las consecuencias caerían, no solo sobre ella, sino sobre su hijo.
¡No! No consentiría que su hijo sufriera o fuera estigmatizado por un error cometido por ella. Tenía que pensar y rápido.
Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras el pánico la invadía. ¿Por qué, por qué, por qué? se preguntaba con desesperación. ¿Qué había hecho tan mal para que Dios le enviara pruebas tan duras? ¿No había sido siempre buena, velando siempre por todos? ¿Acaso tendría que haber ignorado lo que había entre Jason y ella? Sabía que la respuesta era afirmativa, pero se merecía un poco de felicidad, cosa que él le proporcionaba.
Notó cómo la histeria le subía por la garganta amenazando con ahogarla. Se puso de pie y empezó a andar de un lado al otro buscando alivio, pero no era un remedio que ayudara: se sentía asfixiada. Tuvo que apoyarse en la pared mientras empezaba a dar bocanadas de aire muy despacio. Finalmente, se deslizó con la espalda hasta quedar sentada en el suelo, aun estando frío.
Pasados los primeros minutos su respiración se normalizó. Se dijo que era una reacción provocada por la ansiedad. Resultaba imposible asimilar la noticia con rapidez. Solo entonces empezó a sollozar.
—No es justo, no es justo, no es justo.
Se dejó llevar y lloró por sus años perdidos, sus planes de futuro —ahora irrealizables—, por un amor que era lo que siempre había soñado, pero que era imposible y un embarazo no deseado.
Al instante se sintió culpable por pensar eso último y se tocó el vientre.
—Lo siento, lo siento… —No dejaba de llorar—. No quise pensar eso. Es solo que… —alzó las manos con impotencia— no esperaba tu llegada. Tu mamá se encuentra en una situación difícil —se acarició de nuevo el vientre y se maravilló por el milagro de la vida que llevaba dentro— y está asustada, aunque eso no significa que no te quiera. Siempre deseé una niñita o niñito para malcriar. Casi había renunciado a la esperanza de que eso sucediera. —Hasta que llegó Horatio, pensó—. Pero te prometo que te quiero, que el embarazo llegará a buen puerto y… —dudó— viviremos felices.
Se levantó con dificultad y se acercó a la jofaina para lavarse la cara, pero antes necesitaba sonarse la nariz.
—¡Oh, vaya, perfecto! —exclamó en voz alta— Nunca encuentro pañuelos cuando los necesito. —Abrió con rabia los cajones y no los encontró. Al final cogió un trapo suave de hilo que utilizaba para los bordados y se sonó.
Minutos después, solo la ligera rojez de su nariz delataba su llanto. Se sentía más calmada y eso era lo que necesitaba, calma. Pensar con la cabeza embotada no le serviría, ya que Adele podía llegar en cualquier momento y comenzar a hacer preguntas, cosa que no era bueno, no fuera a contárselo todo en un arranque de desesperación.
Se sentó en el tocador y se miró en el espejo obligándose a ser dueña de sí misma de nuevo. Empezó a pensar que lo principal era no hablarle a nadie de su estado y mucho menos dar algún indicio de que algo no marchaba bien. Lo más difícil sería ocultárselo a Adele o Margueritte, ambas demasiado perspicaces y atentas a todo lo que la concernía. Ante cualquier signo evidente de cambios en la alimentación, falta de sueño, náuseas y demás, las preguntas no se harían esperar; y era imposible responderlas. La visita a un médico quedaba descartada, al menos uno de los alrededores —pues en estos casos la discreción brillaba por su ausencia—. Ir a Londres era la mejor opción, pero por el momento no era factible. Quizás esperaría algunos días. Lo mejor sería hacerlo ella lo mejor que pudiera. No tenía experiencia, pero nada indicaba que algo no marchaba bien, por lo que no suponía demasiados riesgos. Comería lo más saludable que pudiera y pasearía a menudo. Preguntarle a Clarisse Laurens, aun de forma discreta, también quedaba descartado. Se las arreglaría sola.
La puerta de la entrada se abrió anunciando la llegada de su ama de llaves. Venía del mercado acompañada por Angus. La incipiente charla con Margueritte se oía a murmullos desde su habitación. Se decidió a bajar después de vestirse.
Encontró a las dos mujeres guardando víveres mientras parloteaban.
—Ah, ahí está. —Adele la vio en el vano de la puerta—. La señora Wallock tenía una ternera estupenda y he comprado un poco pensando en hacer un delicioso y humeante estofado para hoy.
Como si hubiera conjurado el plato ante ella, Ayleen sintió que nada le apetecía menos, solo la simple idea estuvo a punto de provocarle arcadas. Negó con la cabeza.
—¿Y un poco de verdura fresca? —sugirió esperanzada—. Hace días que no la prepara y la echo de menos.
La sugerencia desestabilizó a la señora Fraser. Margueritte la miró con curiosidad por el simple hecho de que nunca la había observado rechazar una comida que el ama de llaves hubiera pensado preparar. Retuvo el aire en espera.
Solo respiró aliviada cuando la vio asentir sin asomo de duda en su rostro.
—Tiene razón, querida. Un poco de verdura nos sentará de maravilla… si luego lo acompaño con un budín de frambuesas de postre —añadió con un guiño.
—Eso sería estupendo —sonrió—. No puedo esperar a probarlo.
No había nada más cierto.
—Bien, así puede aprovechar para dar un paseo y traerme un poco de menta.
Aliviada de verse libre del escrutinio de las dos mujeres salió al exterior. Así tendría tiempo para meditar a solas sobre las posibles soluciones a su terrible dilema.
En el primero que pensó fue en Jason. Suponía que no tardaría en volver de Londres, porque las dos semanas habían pasado. Lo había echado tanto de menos… Que hubiera decidido dejar de verle no menguaba esas ansias. Necesitaba de su presencia a todas horas, escuchar su risa, sentir su pasión y oírle decir cuánto la amaba. También quisiera ser su esposa legítima para poder decirle con libertad que llevaba un hijo suyo en el vientre. Sabía que eso lo haría inmensamente feliz, pero comenzaba a entender que, aunque tenía derechos sobre el bebé, contárselo haría que el problema se hiciera más grande, si cabe. No, darle la noticia era impensable. Un hijo lo ligaría a ella de un modo que podría provocar una reacción inesperada por su parte. Jason no querría mantenerla como amante, ni le compraría una casita para que criara a su hijo con discreción, de eso estaba segura. Él no sabría cómo ocultar la alegría y el orgullo que le produciría ser padre. Que el hijo o hija no hubiera sido concebido dentro del legítimo matrimonio ni concebido por su esposa no lo frenarían. Es más, no iba a dejar que alguien de su sangre fuera criado como hijo de otro. Todas las demás alternativas que quedaban implicaban escándalo y gente sufriendo. Ya cargaba demasiada culpa sobre sus espaldas, no iba a agregar una más.
Eso le dejaba por resolver su incipiente compromiso con Horatio. El hombre era una buena persona, pero dudaba que la aceptara si descubría su embarazo. Además, cabía la posibilidad de que este exigiera saber el nombre del padre, en cuyo caso ella se negaría. No se atrevía ni a arriesgarse, ya que, una vez dicho el secreto de su estado podía llegar a saberse con suma facilidad. Solo faltaría que alguien sumara dos más dos y el resultado fuera el acertado. No, el compromiso debía romperse.
Casi se le saltaron las lágrimas de nuevo cuando se percató de la escasez de opciones que le quedaban. En realidad, solo había una viable: marcharse. El corazón le dolió solo de pensarlo. Allí había hecho amigos y se sentía a gusto. No obstante, sabía que, al igual que en ese momento contaba con su amistad, dejaría de contar con ella tan pronto se le abultara el vientre. Su condición de soltera, así como la secreta identidad del padre, lograría el rechazo total. Se veía encerrada en casa para evitar la repulsa en los ojos de la gente. ¿No sería como estar en prisión? ¿Como si su padre no hubiera muerto? Incluso si lo consiguiera, pasados los nueve meses daría a luz a una personita indefensa sin culpa alguna de los pecados de la madre. ¿Con quién jugaría cuando creciera? ¿Cómo soportaría ella tanta crueldad? También temía la reacción de Adele, Margueritte y Angus. Si solo alguno de ellos le daba la espalda no podría soportarlo. ¿Qué le quedaría entonces?
Con el alma en los pies se agachó para recoger la hierbabuena para Adele y regresó a casa con la ineludible misión de dar los pasos necesarios para cerrar otra etapa en su vida. No podía siquiera darse el lujo de perder el tiempo, puesto que, no solo Jason regresaría en breve, sino que además calculaba que su embarazo rondaba ya los tres meses. Si seguía allí más tiempo del indispensable, todos lo descubrirían, incluido él, y entonces sabía que removería cielo y tierra para encontrarla.
El día pasó con la mitad de él encerrada en su habitación. Había alegado dolor de cabeza y se había atrincherado en la confortable estancia que había decorado con tanto mimo y esmero. Parecía increíble pensar que en breve la abandonaría.
Sentada en el escritorio miraba por la ventana a la vez que intentaba redactar una carta a su abogado.
El primer y lógico paso era ponerse en contacto con él. Después de mucho pensar había dado con el destino exacto e ideal. Se marchaba no solo de Greenville, sino de Inglaterra. Su intención era dirigirse a tierras americanas en busca de la herencia materna; por lo que sabía, las normas allí eran menos rígidas. Sin embargo, lo importante era aparecer como una desconocida con un pasado que ella hubiera moldeado. Nadie podría comprobar nada y podría al fin vivir una vida tranquila disfrutando con ver crecer a su hijo. Vivir tan lejos también evitaba el posible intento por su parte de ponerse en contacto con Jason. Y evitaría que él también la encontrara. Por eso instaba a Oliver Harris, su abogado, a realizar con premura todos los trámites necesarios para su marcha. Ordenaba también la compra de un pasaje para el barco que zarpase antes.
El tiempo estipulado para desparecer de Greenville era de menos de tres días. Se aseguraba que su abogado le encontrara una pensión barata y discreta para permanecer mientras tanto, así evitaba la posibilidad de toparse con Jason y que este descubriera la verdad.
Uno de los problemas que debía resolver era qué hacer con la casa y, por lo tanto, con Adele y Margueritte. Las dos eran unas mujeres encantadoras y serviciales a las que echaría muchísimo de menos, y Angus… Iba a extrañar la presencia de ese hombre tan educado, tranquilo y metódico que se desvivía por ayudarla. Sentía una gran pena por tener que dejarles. Además, no podría despedirse de ellos tal y como le gustaría, así que debía idear una mentira creíble para no despertar sospechas. Una vez en Londres ya arreglaría con el señor Harris la mejor manera de vender la casa y hacerles llegar una pequeña cantidad, aunque sabía que eso no los consolaría.
Se acostó agotada de tanto pensar. No le apetecía leer nada y aplazó la carta que debía escribir para Horatio.
A la mañana siguiente, el día amaneció tan nublado y deprimente como tenía el ánimo. No le apetecía salir, pero tenía que ir al pueblo para llevar la carta al servicio postal. Para evitar riesgos innecesarios no podía mandar a Angus con el encargo.
Durante el corto paseo por las calles de Greenville saludó a amigos y vecinos con la cabeza. Memorizaba cada rostro para recordarlos después, incluso cuando se topó de frente con Juliet Been y esta, con todo descaro y deliberación, se cambió de lado para no tener que saludarla. Aunque le afectó el desaire, la disculpó. Sabía qué era estar a merced de los sentimientos. No le cabía ninguna duda del afecto que esta profesaba a Horatio y debía de considerarla una rival. Ella sentía lo mismo por Johana, pero tenía la desventaja de no poder mostrar sus emociones. Aunque ya estaba por marcharse, dudaba que ese par pudiera llegar a tener una relación; por esa razón procuró no olvidar mencionar a Juliet en la carta de despedida a Horatio. Era lo máximo que podía hacer.
La mañana siguiente se sentó a contar la historia que había inventado para explicar su repentina marcha. Se limitó a utilizar la que ya hizo servir en anterioridad, cuando se marchó con Jason.
—Tengo que volver a marcharme —anunció en el desayuno.
Los tres la miraron con desconcierto. Adele dejó la cocina para acercarse a una silla y tomar asiento.
—¿Qué ha sucedido?
—He recibido una carta en la que me informan que la salud de mi institutriz ha empeorado. —Evitó secarse las manos sudorosas para no delatar su nerviosismo—. Como carece de familiares, me he ofrecido a cuidarla.
—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Margueritte, adelantándose a otra explicación.
—No lo sé.
—¿Y qué pasará con el señor Plumbert, con la boda?
Ayleen estaba preparada para el planteamiento de esa pregunta.
—Ya lo he hablado con Horatio. —Era mentira—. Me esperará lo que haga falta.
Lo que tenía pensado para él era algo mucho más cobarde. Estaba pasando por mucho. ¿Acaso no podía facilitarse las cosas?
—Habla como si se marchara para un largo tiempo.
Las palabras de Angus la sorprendieron.
—No creo que sea tanto… —dudó.
Ayleen no quería seguir hablando de ello. Cuanto más se explayase, más enredada quedaría.
—¿Y qué haremos nosotros? —Adele la miraba sin pestañear, como si conociera el motivo ulterior que la movía, pero era imposible.
¿Cómo decirles que sus puestos de trabajo tenían su conclusión final en breve? ¿Qué explicación podía darles que no pusiera en peligro su marcha? Se sentía una completa traidora. Los tres le habían ofrecido lo mejor de sí mismos y ella les pagaba con deslealtad. Pero ¿qué otra opción tenía?
—Es cierto que sus quehaceres diarios se verán drásticamente limitados. —Eso era decir poco—. Con limpiar el polvo y pasar la escoba ya estará todo más que listo. —Una casa en aceptables condiciones ayudaría a venderla con más rapidez.
Tampoco se atrevía a decirles que lo mejor para ellos era empezar a buscar un nuevo empleo. Lo único que podía hacer era compensarles de forma económica y con una carta de recomendación en caso de ser necesaria.
—¿Y cuándo tiene previsto marcharse? —Angus apoyó sus grandes y callosas manos en la mesa, esperando la respuesta.
—En un par de días —barbotó. Se levantó—. Ya he terminado de desayunar, así que terminaré la lista que pensaba darles de todas las cosas que quedan por hacer. Si me disculpan…
Salió de la cocina dejando a los tres empleados mirándose con cara de perplejidad.
—Qué extraño me ha parecido todo esto —musitó Margueritte—. Desde su inesperado compromiso con el botánico ese, se ha comportado de un modo insólito. —Dejó su plato en el fregadero—. A lo mejor se ha arrepentido de haber aceptado la propuesta y no sabe cómo salir del atolladero. Si estuviera en su lugar, no sé qué haría.
—Pues yo sí, pequeña chismosa —declaró el ama de llaves—. En tu lugar me apresuraría a terminar las tareas previstas. En los próximos días tendremos mucho que hacer.
Cuando la joven hubo salido también, Adele se giró hacia Angus, que no había movido un solo músculo.
—Dice que ha recibido una carta de su institutriz. ¿Sabe usted algo de esto, Angus?
El hombre negó con la cabeza de forma pensativa.
—Le traigo el correo todos los días, pero o el mensaje llegó hace días y no lo ha dicho hasta ahora o no me explico cómo la misiva está en su poder. No recibe nada desde hace, por lo menos, seis días.
Adele miró la puerta por la que Ayleen había desaparecido.
—Margueritte tiene razón. Su comportamiento es muy extraño.
***
Ajena a las elucubraciones y dudas que su repentina marcha suscitaba, pasó los siguientes dos días preparando baúles y enseres que se ajustaran a su indefinida ausencia. Aunque una parte de ella quería confesarse ante los que consideraba, no solo sus empleados, sino también sus amigos, la prudencia siempre acudía en su rescate. Lo más fácil hubiera sido pedirles que todo fuera embalado en cajas, pero no se atrevía. A la larga, el señor Harris ya se encargaría de hacerlo por ella y de enviarle cada una de aquellas cosas a su nuevo destino. Lo único que añadía, aparte de ropa, eran algunos efectos personales que no quería dejar allí por ningún motivo; cosas de alto valor sentimental perteneciente a sus padres o a Jason, como aquel pañuelo con sus iniciales bordadas que le obligó a quedarse y que guardaba en el fondo de un joyero escondido de la vista accidental de Margueritte o Adele. En cuanto al mantenimiento de la casa, pensaba dejar a Adele al cargo. Esperaba que no se sintiera muy decepcionada cuando recibiera la carta con las escasas explicaciones que pretendía darle. Por supuesto, todo eso sería escrito desde la capital, mientras se mantenía escondida a la espera de marcharse del país.
A cada hora que pasaba se sentía más ansiosa. Por las mañanas permanecía encerraba en su habitación hasta que las náuseas desaparecían, lo cual quería decir que no salía de ella hasta pasadas las once. Como nadie le preguntó, no se vio en la obligación de inventar una mentira más. Además, Jason podía regresar en cualquier momento y estropearlo todo. No quería tener que mentirle también y desaparecer en la noche como una fugitiva. Despedirse de las integrantes del club de las damas del té quedaba descartado. Daba gracias a Dios por la semana entera que quedaba para su próxima cita con ellas. Temía que, si las veía antes, pudieran llegar a descubrir lo que la carcomía. A la hora de sonsacar información secreta eran tan hábiles como el mejor de los abogados.
El problema más grande que tenía que sortear, sin embargo, era la presencia de Horatio. La tarde anterior se había presentado para invitarla a un agradable paseo. Había tanto trabajo que hacer, que no podía perder el tiempo, pero cuando lo pensó mejor, se dio cuenta que su presencia hacía parecer que todo era más o menos normal. Como lo más sensato era alejarlo de la casa para que ninguno de sus empleados llegara siquiera a sospechar que Horatio era ajeno a su inmediata marcha, eso fue lo que hizo. Con la mejor de sus sonrisas lo acompañó a dar una vuelta con la calesa. Durante más de una hora lo escuchó hablar, ¡sí, hablar! sobre un envío de plantas que esperaba desde hacía meses. Tampoco escatimó palabras en lo referente a su compromiso. Se le encogió el corazón cuando le anunció que ya lo había notificado a sus padres y demás parientes. Como era normal deseaban conocerla. Le preguntó si ya había considerado una fecha adecuada para celebrar la boda —dejando insinuar que prefería que fuera cuanto antes—, si prefería casarse en Greenville o en otro lugar y finalmente, pero no menos importante, qué lugar de Inglaterra prefería para vivir.
En su afán egoísta, Ayleen no había considerado todas esas cosas. Más aún, ni siquiera había imaginado lo que supondría encontrar un lugar para vivir en el que él pudiera construir un invernadero como el que tenía. Tal como le dijo, «era más difícil trasladar toda su colección floral que el resto de su casa».
La salida, lejos de venirle bien, la llenó de una aprensión todavía mayor. Su partida acabaría dañando a muchas más personas de un modo que ella no alcanzaba ni a comprender. Por eso, esa misma noche se dispuso a redactar la misiva de despedida para él. La releyó de nuevo para asegurarse de dejar claras las cosas sin que transluciera el más mínimo signo de lo que sucedía en realidad.
Estimado Horatio.
Me apena tener que darle tan malas noticias. Sé que cuando acabe de leer estas líneas se sentirá dolido y profundamente decepcionado. No obstante, confío en que sepa perdonar este corazón inconstante y no me guarde un resentimiento demasiado severo.
Muy a mi pesar, no puedo cumplir con la promesa que le hice de casarme con usted. Las razones son variadas y las he sopesado con mucho cuidado. También es cierto que debería haberlo pensado mejor antes de aceptar, pero deje esgrimir en mi defensa que, cuando acepté, estaba convencida de ello.
Durante un tiempo en adelante he de viajar por motivos personales que nada tienen que ver con usted, así que este es el último contacto entre los dos durante un tiempo.
En el caso que se le ocurra esperarme, no lo haga; mi decisión es firme y nada cambiará. Es más, aprovecho estas líneas para instarle a buscar una nueva compañera de vida.
Si me permite un atrevimiento más, quisiera que tuviera en consideración a la señorita Juliet Been. A pesar del ineludible parentesco que la une con su hermano, creo con firmeza que es la mujer idónea para usted. La joven no es desagradable a la vista, es dulce y tranquila y posee una impecable educación. Sería una excelente esposa y madre; y lo que es más importante, tiene dote propia. Así pues, en caso de que sus atenciones fueran bien recibidas —y no dudo que así sean— y, en el caso que su hermano le negara el permiso, la señorita Been tiene ya el poder de decidir por sí misma.
Espero que sepa darse otra oportunidad y que con el tiempo me recuerde con media sonrisa en los labios.
Siempre suya,
Ayleen Blake.
No le explicaba nada de la institutriz, ni que no tenía intención de regresar. Que supusiera lo que quisiera del viaje. Era evidente que a la larga todos darían por sentado que no regresaría. Decir de más suponía un riesgo demasiado elevado, no porque imaginara que la buscaría, sino porque la información llegaría a Jason de una forma u otra y este podía encontrarla antes de haber zarpado rumbo al otro continente.
Se tocó la barriga imaginando la vida que ya se estaba gestando.
—Ya queda poco, mi amor. Mañana dejaremos esta casa y daremos un paso más hacia nuestro incierto y nuevo futuro. —Le hablaba a su hija o hijo mientras guardaba las últimas cosas. La sensación de soledad ya se había apoderado de ella y era consciente de que ese sentimiento la acompañaría allá donde fuere. Cuando estaba segura de que no la oía nadie le explicaba cosas de su padre, los preparativos del viaje y lo que encontrarían en tierras americanas con la seguridad de ser escuchada. Hacerlo le proporcionaba consuelo y tranquilidad—. Las pocas personas que me han hablado de América dicen que es una tierra dura y agreste, llena de salvajes y gente incivilizada. Por supuesto, no será así en todos los sitios, pero me asusta un poco, no te voy a mentir. A partir de ahora deberemos ser fuertes. Nuestras vidas no serán fáciles, pero mientras estemos juntos podremos vencer cualquier obstáculo—. «O al menos eso espero», se dijo intentando no perder la esperanza.
Miró por la ventana y contempló el bosque que había llegado a querer como suyo. Tantos paseos y buenos momentos quedaban grabados en su mente. A primera luz del alba del día siguiente partiría hacia Londres para seguir poco después con rumbo desconocido.
Imaginó la casita del guardabosques, allá a lo lejos y escondida entre la espesura. De repente sintió la imperiosa necesidad de ir a echar un último vistazo, decirle su último adiós al lugar en el que se había enamorado y en el que se había convertido en una mujer. Parecía que había transcurrido toda una vida.
—Ayleen, querida, la cena ya está lista.
Adele la llamaba a través de la puerta, pero la necesidad de salir era tan urgente que prefería saltarse la última comida en su casa. El repentino recordatoria de la vida que crecía en su interior la hizo recapacitar. Ahora ya no podía solo pensar en ella, ya eran dos.
—Enseguida bajo —contestó mientras abría la puerta.
—Angus debería bajar los baúles al recibidor antes de que se marche —le comunicó esta—. Es preferible que estén abajo, preparados.
Margueritte ya se había marchado a media tarde, cuando era evidente que nada quedaba por hacer. La despedida le supo agridulce. La joven pensaba que volverían a verse, lo cual nunca sucedería.
Durante la cena permaneció silenciosa. Adele respetó su silencio y dio cuenta de ella sin abrir la boca. Angus ya había hecho el trabajo y se había marchado a su casa a descansar con la promesa de estar al día siguiente temprano con el carruaje.
Había decidido tomar el ferrocarril como medio de transporte, así evitaba un viaje largo y pesado lleno de paradas y con la angustia de temer toparse con Jason. En la estación de la capital la esperaría un ayudante contratado por el abogado y la llevaría a su propia casa, donde la esposa la recibiría. El día antes había recibido su respuesta y la tranquilizaba al respecto. En cuanto al alojamiento, el señor Harris se negó en redondo a dejarla en una pensión. Sus hijos ya no vivían en casa, por lo que su esposa y él la aceptarían encantados en su hogar durante el corto período antes de embarcar.
—Adele, voy a dar un paseo —informó mientras esta recogía.
—¿A esta hora? Pero si está oscuro…
—No se preocupe. El cielo está despejado y hay luna llena. Me veré bien.
—No estoy segura… —La duda era comprensible.
Si supiera las veces que había hecho lo mismo en los últimos seis meses…
—Usted acuéstese y no se preocupe por mí. Por si acaso me llevaré una lámpara de queroseno y regresaré enseguida.
—No se aleje demasiado —la previno mientras no dejaba de mirarla de un modo que la incomodó.
Sin olvidar la capa y los guantes salió por la puerta trasera dispuesta a recorrer un camino que se sabía de memoria. A la luz de la luna caminó absorbiendo los sonidos y olores propios de la campiña inglesa mientras se obligaba a vaciar su mente de cualquier pensamiento negativo.
Sin duda alguna su decisión era la correcta, por eso deseaba marcharse en paz, dejando los remordimientos y la pena enterrados en lo más profundo de aquellos campos. Si quería vivir una vida nueva debía conseguir que cada recuerdo y pensamiento no la llenaran de aflicción. Nunca olvidaría a Jason por mucho que lo intentara, pues una parte de él estaba grabada a fuego en su corazón. Sin embargo, quería recordar cada momento con él con una sonrisa. Mejor haberlo conocido y vivido la plenitud a su lado, que no conocer la dicha de ser amada por un hombre excepcional. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano cuando las notó deslizándose, saladas, por la comisura de su boca. Suponía que un día, a buen seguro lejano, las lágrimas dejarían de aparecer para verse suplantadas por la sonrisa melancólica. Era más de lo que podía desear, más de lo que podía esperar.
Ya en el claro no tuvo problemas para reconocer la estructura de madera que se camuflaba entre la vegetación. Aunque en un principio solo pretendía contemplarla desde fuera había cambiado de opinión; necesitaba entrar por última vez.
Al abrir la puerta, a pesar de la luz clara de la luna, no tuvo más remedio que encender la lámpara que llevaba. El aire estaba cargado de polvo —acumulado en las dos semanas de ausencia—, pero su cerebro no tardó en registrar el olor de su amado. Sin pretenderlo siquiera, se acercó a la cama y se enrolló encima. Cuando los sollozos acudieron no hizo nada para contenerlos. Toda la pretendida fortaleza se desvaneció ante la enormidad de lo que estaba a punto de hacer. El miedo hizo acto de presencia y lloró hasta caer rendida.
Los sueños no acudieron a ella y descansó libre de toda angustia. Cuando despertó, el piar de los pájaros le indicó que el sol no tardaría en hacer acto de presencia, por lo que se apresuró a salir. Antes de desaparecer por el recodo del camino echó una última ojeada. Se despidió en voz baja. Era el adiós definitivo.
—Adiós, amor mío. Nunca te olvidaré. Sé feliz.
Cuando llegó a casa subió de puntillas para no despertar a Adele. No tuvo suerte, esta salía de su habitación.
—He llamado y no contestaba —dijo a modo de explicación. Se fijó en la ropa que llevaba y Ayleen supo el momento exacto en que advertía que había pasado toda la noche fuera.
Resultaba irónico que advirtiera esa ausencia —cuando no había hecho nada malo— y no las otras tantas veces que había salido para reunirse con Jason. Al menos, al estar ausente, nadie la relacionaría con él, ni siquiera Adele. Tal vez pensara incluso que se trataba de un último encuentro con su prometido.
Eso le hizo recordar la carta que debía darle para que se la entregara.
—Antes que se me olvide —dijo sin dar ninguna explicación—. Debe prometerme que le dará esto al señor Plumbert.
Entró en la habitación seguida de Adele y se aceró al primer cajón del secreter, de donde sacó una carta sellada que le tendió. La mano tembló al hacerlo.
El ama de llaves lo percibió y dudó ante la prudencia de hablar de más.
—No regresará, ¿verdad?
La pregunta la paralizó. Era algo totalmente inesperado.
—¿Por qué lo dice? —Trató de aparentar extrañeza, si bien su corazón iba demasiado deprisa como para conservar la serenidad.
—No trate de negarlo. No sé el motivo, pero una parte de mí sabe que esta es la última vez que nos vemos.
Ayleen trataba de pensar a toda velocidad. Necesitaba esgrimir algo, lo que fuera, con tal de demostrar lo contrario.
—No —mintió una vez más—. No sé de qué está hablan…
—¿Es el señor Plumbert? —preguntó la otra a bocajarro, sin escucharla—. ¿Ha hecho o dicho algo que la obligue a marcharse? Porque si no la ha tratado con el respeto que merece, yo…
—¡No! Por supuesto que no.
—A veces los hombres se impacientan cuando no obtienen de inmediato lo que desean. Tal vez se haya tomado demasiadas libertades y usted…
—Adele, Adele… —debía detener la diatriba. Tampoco podía dejar que pensara mal de un hombre tan íntegro y honorable como Horatio—. El señor Plumbert siempre se ha portado con total corrección. Su único defecto es esa timidez innata. Mi institutriz me necesita.
El ama de llaves no había dudado de la historia la primera vez, pero la segunda no resultaba clara. Toda esa prisa resultaba sospechosa y así se lo dijo. Su mirada, antes franca y directa, resultaba esquiva. Se la veía nerviosa por todo y su sonrisa resultaba artificial. Además, la ausencia de la carta de la institutriz era reveladora. Tampoco había dejado de notar las cosas que se llevaba. Si su verdadera intención era regresar, no tenía sentido alguno que cargara con tanto equipaje. Los objetos sentimentales que había guardado bajo llave en el arcón no hacían sino reafirmar sus suposiciones. Que no se hubiera atrevido a decírselo o despedirse de ellos la llevaban a pensar en algo grave que le impedía seguir residiendo en Greenville.
—Al fin y al cabo, si su intención era irse, lo hubiera logrado de igual forma con su boda. Por eso he pensado que el señor Plumbert era el causante.
No había sido tan discreta como pensaba y Ayleen se maldecía por saberse tan transparente. Adele le tendía una mano de confianza, pero el miedo seguía presente.
—Oh, Adele, no puedo.
—Tiene que confiar en alguien, querida, confiar. Hábleme, muchacha. ¿Qué le sucede?
Le acarició el rostro con un gesto de asombrosa ternura, tal y como lo haría una madre. Lo que más deseaba era haber tenido un apoyo como lo sería Geneva Blake en caso de seguir viva. Ella la habría escuchado, consolado y dado los consejos que tanto necesitaba para no tener la sensación de ir a la deriva. En ese instante se vio a sí misma como una niña inexperta al que el mundo le viene demasiado grande.
Sin soportarlo un segundo más se desmoronó. Cayó de rodillas mientras unos sollozos incontrolables la sacudían de pies a cabeza. Al parecer, no había derramado lágrimas suficientes para agotarse ni sucumbido al dolor. Necesitaba desahogarse. Adele se sentó a su lado y la abrazó. La dejó llorar mientras le murmuraba palabras de consuelo y le acariciaba el pelo de forma rítmica.
Cuando las lágrimas dieron paso a los sollozos habían pasado pocos minutos, pero Ayleen tenía la sensación de que habían sido horas. Agotada, se enfrentaba a una importante disyuntiva.
—Oh, Adele. Mi vida es un desastre —declaró por fin, vencida.
—No puede ser tan grave. Estoy aquí para usted, para ayudarla —aseguró en un intento de alentarla.
—Estoy… esperando un bebé.
Admitirlo en voz alta ante alguien supuso un alivio enorme. La momentánea sorpresa de Adele fue sustituida enseguida por otra mucho más circunspecta.
—Comprendo.
—¿Cómo puede hacerlo si ni yo misma lo entiendo?
A continuación pasó a regalarle su historia de un amor imposible. No dio detalles de quién era él ni nada que pudiera ayudar a reconocerlo. A grandes rasgos explicó su primer encuentro y el beso que ella le dio.
Sí, solo ahora, después de tanto tiempo, podía admitir que fue la propia Ayleen la que provocó la situación en la que ahora se encontraba. Antes de eso siempre había sido más cómodo culparle a él.
También aseguró no arrepentirse de nada. Cada paso, excepto los primeros, habían sido dados consciente de lo inmoral de su situación. Solo podía achacar al amor cada una de las locuras.
—Por eso no puedo quedarme —aseguró—. Es completamente imposible.
Adele, que hasta ese momento se había limitado a escuchar, no estaba nada sorprendida. Sí de que le hubiera pasado a Ayleen, pero el desenlace era lógico. Durante el relato le habían pasado decenas de rostros masculinos intentando casar lo que ella le explicaba con algunos de ellos. No le había quedado claro si era rico o pobre. Lo único cierto era su estado matrimonial —lo cual incluía a muchísimos más hombres de los que ella llegaba a conocer—. Por supuesto, el matrimonio con el señor Plumbert quedaba descartado. Era una pena que tuviera que marcharse. Sí, lo comprendía. Lo comprendía muy bien.
—Lo sé. Y la echaré muchísimo de menos.
—Yo también Adele, yo también.
Ambas se fundieron en un inesperado y reconfortante abrazo.
Justo en ese instante se oyó abrirse la puerta de la casa. Angus acababa de llegar y no tardaría en dejar la carga lista.
El ama de llaves la instó a refrescarse y ponerse un vestido limpio mientras ella bajaba a la cocina a empaquetar un tentempié frío para el viaje.
Más tarde Adele le entregó un pequeño paquete.
—Aquí tiene.
—Gracias. —A su vez, le extendió un sobre—. ¿Haría el favor de hacérselo llegar al señor Plumbert?
La mujer asintió en silencio.
—No se lo he dicho, Ayleen —empezó esta—, pero quiero que sepa que no la juzgo. Cada persona es libre de tomar sus propias decisiones si al final acarrea con las consecuencias que estas provocan.
Los ojos de Ayleen se humedecieron de nuevo, pero no soltó ni una lágrima. Pocas cosas quedaban por decir.
—Cuídese mucho —se limitó a decir.
—Usted también, muchacha. —Le puso la mano en el vientre con discreción—. Los dos. Y sea feliz.
—Lo intentaré.
El ama de llaves la abrazó de nuevo.
—No se olvide de escribirme, ¿eh?
—Lo haré, lo prometo.
Ayleen subió al carruaje. Angus la llevaría hasta la estación y allí abandonaría para siempre Greenville. Se sentía triste, pero confesarse a Adele había menguado su angustia. Ahora sabía que ella no la traicionaría, ni ante Jason.
Echó un último vistazo a la casa que había sido su hogar durante poco menos de un año y saludó al ama de llaves por última vez. Mientras se alejaban, mantuvo su mirada al frente. Su vida allí había finalizado.