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La señora Haggens volvió a cambiar las tarjetas de la mesa sin estar convencida de la disposición de los comensales. Todo debía ser perfecto.

—Henrietta, ¿va todo bien? Creía que ya lo habías supervisado esta tarde.

Walter, su esposo, se detuvo ante las puertas del comedor mientras ella pululaba alrededor de una larga mesa preparada para la cena.

Al contrario que su esposa, las dimensiones de su cuerpo eran proporcionales a su estatura. Alto y espigado, su aspecto parecía afable lo que, en consonancia con su talante, daba lugar a malas interpretaciones cuando actuaba como juez. A pesar de saberse piadoso cuando la ocasión lo requería, destacaba en el condado como un hombre de férreo carácter, incorrupto y justo.

El matrimonio Haggens era algo dispar, pero a pesar de las apariencias se amaban con la misma intensidad que cuando se conocieron. Walter toleraba las excentricidades de su esposa con buen talante y una buena dosis de resignación.

—Sí, sí —soltó con impaciencia y con el ceño fruncido—. Estoy puliendo los últimos detalles.

—Te veo muy interesada. ¿Qué diantres estás tramando ahora?

Cuando su esposa le anunció la celebración de la cena no le dio mayor importancia. A Henrietta le encantaba hacer el papel de anfitriona y a él no le molestaba tener invitados. Sin embargo, al ver la lista de asistentes no pudo evitar sorprenderse; no tanto por su variedad, sino por la presencia de «él». Eso le hizo preguntarse cómo había logrado que acudiera esa noche. Y lo más importante: ¿por qué había aceptado si se trataba de una simple cena entre amigos?

—Oh, Walter, tienes un alma tan poco romántica que no lo entenderías —se lamentó su esposa sin levantar la mirada de las tarjetas.

—Pruébalo, querida —sugirió.

Con un gesto de frustración, Henrietta dio por finalizado el cambio definitivo de las posiciones de los comensales.

—He pensado que la señorita Blake sería más feliz estando casada. La pobre está tan sola…

Su esposo resopló con incredulidad.

—Ha hablado la experta en amor —sentenció.

—Siendo sarcástico no ayudas nada —se quejó y lo miró de reojo.

Siempre estaban así. Ella quería cambiar el mundo —o al menos la vida de aquellos que la rodeaban— y él se limitaba a refrenar su entusiasmo y sus buenas intenciones.

—¿He de entender que esta cena es una encerrona? —De hecho, estaba convencido de que así era.

—No exactamente —le corrigió—. Es una gran oportunidad para acercarla un poco más a su comunidad…

—Toda repleta de hombres —intervino Walter.

—… y así tener más opciones de conocer a un candidato aceptable para considerar un posible matrimonio.

El señor Haggens se acercó a la mesa y observó las tarjetas.

—Y estos son los elementos que has elegido. —Ya sabía quiénes eran, por eso no pudo evitar esbozar una sonrisa de pesar—. Me alegra ver que todavía tienes la sensatez suficiente para incluir al Duque ante tanta...

Henrietta le miró escandalizada y protestó.

—¿Cómo se te ocurre sugerir que haya podido pensar en el duque de Redwolf como posible candidato? —le interrumpió—. Él está muy por encima de nosotros —se sentía convencida de ello—. El día que decida escoger esposa elegirá entre las mejores familias. Será una joven sin mácula, refinada, y su hermosura no tendrá parangón.

—Qué suerte tendrá nuestro Duque —ironizó el señor Haggens después de tan apasionada confesión.

—No te burles. —Se acercó a él para darle un leve golpecito en el brazo como reproche—. Él tiene una obligación con su linaje y debe elegir bien. La señorita Blake no tiene nada que ofrecer. Un matrimonio entre ellos resulta inconcebible.

—Cosas más extremas han sucedido —replicó su esposo. Seguía sintiendo curiosidad sobre el motivo que llevó al duque de Redwolf a aceptar la invitación—. No obstante, si no has pensado en él como posible candidato, ¿por qué está aquí?

Walter lo conocía. Habían coincidido en Londres y en las fiestas que este daba en Carmine’s Place. Sin embargo, no era un trato muy estrecho.

—Porque puedo —añadió con petulante satisfacción—. No quiero que pienses que soy presumida o algo por el estilo, pero me ajusto a la realidad. Las otras tres opciones que he escogido son mucho más realistas para la señorita Blake.

Parecía estar muy segura de sí misma y él decidió dejarlo correr.

—Señores Haggens —fueron interrumpidos por el mayordomo—, los invitados han comenzado a llegar.

—Vamos, querida. —Walter le ofreció el brazo, que ella aceptó con una sonrisa—. Empieza el primer acto de la comedia «la señorita Blake y las tres joyas de la corona inglesa».

—¿Cómo has dicho? —Henrietta lo miró con estupor—. Las tres joyas de la corona…

—¿No lo crees apropiado? —Él sabía que la mente de su esposa funcionaba a otro nivel.

—No está bien burlarse de nuestros invitados, pero al menos reconoces que los jóvenes tienen su valía. Hummm —caviló—, las tres joyas de la corona… Vaya tontería; no obstante…

—Vamos, mujer —apremió con picardía—, reconoce que he acertado en llamarlos así.

—No voy a darte la razón; al menos esta noche no —sonrió—. Pero debo reconocer que me gusta. Ahora salgamos a recibir a nuestros invitados.

***

Con su plan en mente, la señora Haggens tenía una idea muy clara de lo que quería conseguir esa noche: expectación. Y para que la entrada de Ayleen fuera un éxito y ciertos caballeros se fijaran en ella, la avisó de la hora exacta en la que debía hacer su entrada: ni un minuto antes ni uno después.

La pobre no sabía lo que se le venía encima.

Antes de que hiciera su aparición, los invitados fueron haciendo acto de presencia. Los Morton fueron los últimos en llegar, seguidos del Duque.

Jason miró por la ventana del carruaje. Antes de apearse se pasó las manos húmedas por los pantalones, un gesto que denotaba la ansiedad que lo invadía. Podría achacar esos nervios a cualquier tontería relacionada con el trabajo que se acumulaba en el escritorio, pero eso sería engañarse. Conocía demasiado bien el motivo.

Su esposa ni siquiera lo notó.

—Es imposible que nadie note su presencia —musitó Jason intentando distraerse mientras tomaba del brazo a su esposa. Detrás de ellos, el impresionante transporte con el emblema ducal esperaba a ser recibido—. Mañana todos hablarán de la inesperada visita del duque de Redwolf al pueblo. Henrietta será el centro de atención, tal y como a ella le gusta.

—Bueno, que tu hermano Ashton haya decidido aceptar la invitación es todo un logro —replicó Johana.

—El mérito es todo tuyo, querida. Si no hubieras insistido…

Ambos sabían que tanto el uno como el otro tenían razón. Si Ashton hubiera decidido no asistir, ni la más poderosa de las persuasiones lo haría cambiar de parecer. El Duque no era proclive a dejarse ver en reuniones y eventos diversos de la alta nobleza; mucho menos entre los que no pertenecían a ella.

—Henrietta, cada vez que la veo está más radiante —la saludó Jason tan pronto entraron en el vestíbulo.

—¡Qué adulador! —Su sonrisa se ensanchó—. Walter, deberías aprender —sugirió ella dándole un codazo a su esposo.

Este puso los ojos en blanco y estrechó la mano del más joven de los Morton.

—¿Manteniendo los malhechores a raya? —comentó al juez mientras las mujeres hablaban.

—Uno hace lo que puede, pero los años no pasan en balde. Tanto mi paciencia como mi clemencia empiezan a escasear. Antes creía que era deber cristiano confiar en la bondad del hombre y dar segundas oportunidades, pero ahora ya no estoy tan seguro.

—Supongo que debe ver pasar por el juzgado los mismos rostros una y otra vez.

—Si no los mismos, sí por los mismos motivos —asintió con pesar—. No me queda más remedio que dejar caer sobre sus cabezas todo el peso de la ley.

—Admiro su trabajo. —Y era cierto—. Yo no sería capaz.

—Bueno, reconozco que no todo el mundo tiene el carácter necesario para desempeñarlo, pero eso no…

—¡Walter! ¿Quieres dejar de molestar con tus cosas? Este no es el momento ni la ocasión para hablar de criminales. ¡Habrase visto! —los regañó la anfitriona.

El matrimonio Morton se lanzó una mirada de entendimiento mientras el juez lanzaba un leve suspiro y Henrietta seguía con la amonestación.

—¡Hombres! Vais a conseguir dormirme antes de la cena. —Se dirigió a los recién llegados—. ¿Por qué no pasan al salón y hablan de temas más frívolos? El resto de los invitados están tomando una copa. —Ellos se quedaron a recibir y saludar al Duque.

Lo primero que hizo fue examinar la sala con el corazón latiéndole en el pecho con más rapidez de la que desearía. No podía negarse a quién estaba buscando. Quería comprobar con sus propios ojos que estaba equivocado, que no eran la misma persona. Una parte de él deseaba confirmar el error. La otra, mucho más insidiosa y difícil de controlar, quería todo lo contrario.

Sin querer apretó la mano en un esfuerzo por controlarse y Johana, al notarlo, le lanzó una mirada especulativa que una exclamación nada apropiada se encargó de distraer.

—¡Lord Jason! —Desde la otra punta de la habitación, el comodoro Rupert Clarewood saludaba con entusiasmo—. ¡Cuánto tiempo sin verle! —Johana se dirigió a saludar a la señorita Juliet Been mientras Rupert se le acercaba.

—Comodoro Clarewood —dijo Jason con formalidad fingida, aunque resultó ser una distracción—. Hacía tiempo que no nos obsequiaba con una visita.

—He venido para quedarme durante un tiempo. Me he tomado un período de permiso mientras valoro mi futuro —confesó.

—Aun así, creo que se impone una felicitación por su logro. La última vez era Capitán.

—¡Bah! —desechó con soltura—. Para ascender en la Marina basta con ser sagaz y valiente. Cualquiera puede hacerlo.

Pensó que por lo menos en algo no había cambiado: su falsa modestia. También debía reconocer que el mar y los viajes no habían hecho mella en él.

—No lo dudo, pero siempre tuvo talento para dirigir. Lo lleva en la sangre.

Sabía que alabarle era la mejor forma de tratarlo. Con eso no quería decir que el hombre no se mereciera su ascenso; todo lo contrario: era todo un temerario.

La entrada de Ashton consiguió acallar las intrascendentes conversaciones. Su sola presencia, regia y seria, los intimidaba. Vestido de negro y con un pañuelo de seda color marfil atado en el cuello daba la imagen de ser un hombre poderoso e inaccesible.

—¿Qué hace vuestro hermano aquí? —le susurró Rupert por lo bajo—. Creía que no se prodigaba en el trato con la plebe.

Jason no tuvo oportunidad de responder.

—Damas y caballeros… –—enfatizó Henrietta, dando unas palmaditas y contenta de contar con toda la atención.

«Ha llegado el momento». La tensión se instaló de nuevo.

—… Quisiera presentarles a una invitada muy especial…

En ese mismo instante, los Haggens entraban en el salón acompañados de la responsable de su actual estado.

—… Una nueva vecina en esta comunidad. La señorita Ayleen Blake.

«Que nuestro señor todopoderoso me ampare. Es ella».

Había mantenido la esperanza; una a todas luces inútil. ¿Cómo iba a enfrentarla? ¿Y por qué le parecía que su sola presencia bastaba para exaltarle? ¿Cómo podía su corazón latir de forma tan acelerada? Si no se controlaba, su reacción suscitaría muchas preguntas curiosas.

Vio cómo la anfitriona arrastraba a la recién llegada hacia el centro, como si estuviera dispuesta a venderla en una subasta. Acto seguido se dispuso a presentarla a cada uno de sus invitados siguiendo la jerarquía social. Todos se acercaron, interesados.

El primero fue Ashton. Ella todavía no se había dado cuenta de la presencia de Jason. Tenía la mirada fija en su hermano y parecía concentrada en el cortés saludo.

Contuvo el aliento, temiendo el momento.

—Su Gracia. —Hizo una reverencia perfecta.

Los siguientes fueron, como era de esperar, los Morton.

—Ya conoce a lady Johana —decía la señora Haggens—; y este es su esposo: lord Jason Morton.

La impresión de verla de cerca fue más desmesurada de lo que habría cabido esperar. Sentía la rigidez en cada músculo de su cuerpo en un esfuerzo supremo por controlarse. Y trató, por lo menos durante la presentación formal, de dejar sus sentimientos a un lado, evitando así que la dama cometiera una indiscreción.

Con renovada voluntad fue el primero en hablar. Ambos tenían mucho que perder si no lo hacía.

—Encantado de conocerla, señorita Blake —declaró con rapidez. Esperaba que ella notara que pretendía hacer ver como si no se hubieran visto nunca. No sabía si era un modo inteligente de actuar, pero sí lo más apropiado. Aun así, tenía el corazón en un puño.

Para Ayleen fue todavía peor: se quedó paralizada debido a la conmoción. Le miró el rostro con intensidad, tratando de discernir si aquello era real y en verdad tenía ante sí al hombre del bosque. Si no hubiera estado rodeada por tanta gente hubiera reído con todas sus fuerza. ¿Acaso le estaban jugando una mala pasada?

La cabeza empezó a darle vueltas y sintió cómo el corazón iba a estallarle. Por un instante pensó que todo estaba a punto de descubrirse, pero todos tenían una expresión neutra en sus rostros menos él. Todavía se resistía a creerlo.

Jason Morton era el desconocido del bosque.

Se obligó a reunir todo el autocontrol del que fue capaz para no boquear como un estúpido pez. En realidad, no había pensado en ninguna ocasión cuál podía ser la verdadera identidad del hombre que la asaltó. Descubrirlo resultaba una catástrofe. Que fuera el esposo de lady Johana y por ende, su vecino, no lo hacía más digerible, sino todo lo contrario. También parecía tener todo el derecho del mundo a rondar los bosques y la casita, ya que esas tierras pertenecían a su hermano, el Duque. Sin embargo, eso no disculpaba su aborrecible comportamiento.

¿Qué había hecho? ¿En dónde se había metido? Lo que había pasado entre ellos la tenía más turbada que antes. ¿Iba ese hombre besando a las mujeres? Tal vez había visto en ella, una desconocida, la oportunidad de soltar sus más bajos instintos. No parecía la clase de persona que iba traicionando a su esposa, pero ¿qué sabía ella del género masculino?

En esos momentos se sintió muy estúpida y avergonzada. Después llegó la consternación. Estaba dispuesta a conceder lo mucho que había disfrutado de las intimidades entre ambos, pero la burbuja romántica que había empezado a imaginar se había disuelto con la misma rapidez.

No quería pensar en lo apuesto que era, en la intencionalidad de su mirada o en el brazo femenino cogido del de él. Tampoco quería admitir que, en algún momento de las noches pasadas, se había visto avasallada por un sueño en el que él aparecía y le exigía que fuera su mujer. Tacharse de tonta de remate era poco, pero con un reproche hacia sí misma más que justo, se dijo que era lo mínimo que merecía. Suponía que por esa razón él acababa de fingir que ese era su primer encuentro. Si llegara a saberse, su reputación quedaría manchada y no tendría más remedio que marcharse.

«Eso jamás».

Al menos había tenido eso en consideración; o quizás no lo hacía para salvaguardarla a ella de las habladurías, sino por él mismo. Su actitud había sido, cuanto menos, reprochable. Ella intentaría olvidar que ese encuentro la había marcado y que él no era un hombre por el que podría suspirar toda una vida. Si se volvía a dar el caso, en público trataría a ese caballero con el máximo respeto, pero también con la debida frialdad. En privado… ya procuraría ella que eso no volviera a suceder. Tenía que proceder con más cautela que nunca y, si tenía la oportunidad, le explicaría con suma claridad qué pensaba de él y de su actitud. Si se veía obligada, aunque esperaba que no hiciera falta llegar tan lejos, lo amenazaría con contárselo a su mujer. Tal vez con eso bastara.

Con esa falsa creencia se recompuso deprisa, esbozó una sonrisa superficial de cortesía y asintió.

Por suerte, al instante la alejaron de la pareja para ser presentada al señor Plumbert. Era mejor así. No fuera que llegara a actuar como una tonta o hacer el ridículo.

Jason, viendo cómo se alejaba, no pudo sino admirar su compostura. Si hubieran intercambiado los lugares, no sabía si hubiera sido capaz de mostrarse tan imperturbable. Al menos, él había contado con un margen de tiempo para hacerse a la idea de que la mujer con la que se había topado en dos ocasiones era la nueva vecina. Sin contar con una descripción fidedigna —preguntar a Johana hubiera podido levantar preguntas incómodas— tuvo que arriesgarse a pensar que dada su forma de vestir y la suavidad que notó en sus manos, no podía tratarse de una sirvienta o alguien de una escala social más baja.

Siguió sus movimientos por la sala con atención mientras era dirigida por los Haggens. Ahora, en contra de lo que uno creería como sensato, ya no se sentía dominado por los nervios. Tenso sí, pero eso era otra cuestión que ya dilucidaría más adelante, en soledad.

—Y aquí tenemos al comodoro Clarewood —siguió diciendo la esposa del juez. Rupert ya estaba a primera fila, pero adelantó el paso—. Cuídese de él, es un bribón.

—Señorita Blake, permítame decirle que sus ojos ya me tienen cautivado.

Al oírlo, Jason puso los suyos en blanco, pero la dama pareció turbada ante semejante despliegue de encanto.

No le extrañaba que pudiera sentirse presa de sus bellas y ostentosas palabras. Además de su impecable apariencia, el Comodoro era un hombre muy apuesto. En cierta ocasión escuchó sin querer la discreta conversación entre dos maduras damas, calificándole de adonis. A partir de ahí no le sorprendió saber que su rubio cabello y sus ojos azules hacían florecer pensamientos románticos en cualquier mujer. Además, parecía estar siempre de buen humor y sonriente. Todo eso, unido a su rango en la Royal Navy, hacía de él un partido excepcional. Lástima que esas mismas mujeres que caían rendidas a sus pies no supiesen ver lo pagado de sí mismo que estaba. Al menos, Johana ya se había percatado de ello. Los dos opinaban que Rupert Clarewood era demasiado atrevido, aunque se cuidaba bien de no ir más allá.

Inmediatamente después, Ayleen le fue presentada a la señora Clarewood, una mujer amable y delicada que caía bien a todo el mundo. También era evidente, contra todo pronóstico, lo bien que se llevaban madre e hijo. Rupert parecía quererla mucho, tratándola siempre con respeto y cariño. Eso, por supuesto, enternecía a la más dura de las muchachas y a sus propias madres.

Mientras escuchaba a medias se dio cuenta del avance del señor Been, el hombre más pomposo sobre la faz de la tierra. Se posicionó frente a la joven invitada y trató de interrumpir la conversación que mantenía con la madre del Comodoro.

El caballero era un ingenioso e inteligente empresario que había conseguido crear un vasto imperio de la nada. Era tan rico que lo hacía sospechar que su fortuna superaba con creces la de su propia familia, que ya era decir mucho.

Jason siempre se había considerado un tipo bastante tolerante. Debido a su cargo de administrador de las propiedades del ducado debía tratar con innumerables personajes, pero el señor Been lo sacaba de quicio. Su sola presencia lo alteraba. Cuando, además, abría la boca sentía deseos de correr lo más lejos posible para evitar zarandearlo o algo peor.

—Señor Been, no crea que lo he olvidado. —La voz de Henrietta, no exenta de reproche, resonó por todo el salón al percatarse de los intentos del hombre por ser presentado—. Ya veo que está impaciente por conocer a nuestra invitada.

No oyó lo que este respondió, pues en ese momento uno de los lacayos le distrajo cuando le ofreció algo de beber. Aun así, su mente convergía una y otra vez hacia la misma persona. Miró a la señorita Blake de nuevo. Esta vez estaba muy diferente de esos dos desafortunados encuentros. El vestido fruncido de seda brillante color azulón que lucía le sentaba mucho mejor que los anteriores que recordaba, demasiado anodinos. El escote cuadrado con encaje dejaba entrever su cremosa piel sin ser demasiado evidente. Y el elegante recogido dejaba sus orejas, decoradas con unos pendientes dorados, a la vista, confiriéndole a su rostro alargado una inusitada austeridad.

Pensó que era bonita, para acto seguido reprenderse por permitirse semejantes consideraciones. Él era un hombre casado, hecho que se había repetido más de un centenar de veces en las últimas tres semanas. No podía ir admirando a las demás mujeres, al menos no a las que producían en él un efecto como el que había sentido con esa joven. Desde su primer encuentro se había reprochado su actuación, la cual ponía en entredicho su cordura y honor. Si alguien se enteraba podía desatar un escándalo. Y él respetaba demasiado a su familia como para ponerlos en semejante tesitura.

Llevaba casado con Johana algo más de dos años y en ese período habían congeniado mejor de lo que él hubiera esperado. Al principio de conocerla quedó deslumbrado, no solo por su belleza y su porte, sino también por su saber estar. Y con el tiempo comprobó que era una mujer de temperamento sosegado. Juiciosa y de buen talante aceptó que su vida podía darse lejos de la ciudad y no parecía preocupada por ello.

Como sus padres ya habían fallecido, sus únicos parientes eran unos tíos que hasta el día de su boda ejercieron de tutores y una hermana mayor que residía en Jamaica.

—No podrías haber elegido mejor —le aseguró Ashton poco después de conocerla.

Tuvo en consideración la opinión de su hermano. No era un hombre acostumbrado a dispensar halagos, si bien su futura esposa y él habían congeniado a la perfección. Así que, con el viento a favor, decidieron darse el sí, pero antes esperaron la llegada de los que serían sus cuñados.

A pesar del corto compromiso, la ceremonia fue grandiosa. Era lo menos que Johana merecía. Ashton no reparó en gastos y todo el mundo fue invitado. Se casaron en Londres y la celebración dio paso a una fiesta multitudinaria en la mansión de la ciudad de la familia Morton.

A lo largo de esos pocos años, su esposa había demostrado ser su pareja perfecta. Entre ellos se había establecido una relación tranquila y satisfactoria. Hasta la actualidad era consciente de que su vida no podía ser mejor. No obstante, el episodio acaecido entre él y la señorita Blake lo había desestabilizado todo. Le había hecho cuestionarse su propia valía como hombre. ¿Qué clase de marido era capaz de besar a otras mujeres? Por supuesto, tampoco era tan ingenuo. De esos los había —y muchos—, pero él no era así. Había pronunciado sus votos con la mayor seriedad y con la intención de cumplirlos. Quería a su esposa y la respetaba. Además, él no era amante de las diversiones mundanas habituales. Le gustaba su trabajo y la tranquilidad del campo. No necesitaba frecuentar clubs de caballeros, antros de prostitutas y fumar y beber hasta perder el conocimiento. Las emociones fuertes no iban con él. Tampoco apostaba ni tenía deudas. Era un hombre sencillo con gustos más sencillos aún. En cuanto a su carácter, se describiría más bien como un hombre normal, algo anodino y carente de una personalidad atractiva. No se consideraba tímido y le gustaba mantener una buena charla interesante con cualquiera presto a ello, ya fuera un noble, un campesino o un burgués. No era dado a arrebatos repentinos ni estallidos violentos. La pasión, ese concepto tan utilizado por poetas, escritores y románticos en general, le era ajeno. En su matrimonio abundaba la ternura, el afecto y el respeto. Ambos se querían y lo demostraban con consideración.

Y eso era lo que le estaba carcomiendo, lo que no entendía.

Primero, el impulso. Bueno, los impulsos. No era hombre dado a ese tipo de cosas. Le gustaba reflexionar y meditar antes de actuar. Sin embargo, algo en ella lo había incitado a actuar en contra de su actitud natural. Y en segundo lugar, el beso. Cuando besó a la señorita Blake sintió que algo se apoderaba de él; algo que no había experimentado nunca. Su sensatez habitual fue reemplazada por un ramalazo tan inesperado como desagradable por el simple hecho de no saber interpretarlo. Recordaba haber sentido una especie de explosión en su interior. Sus nervios se agarrotaron y su estómago empezó a sacudirse en pequeños espasmos mientras su temperatura corporal ascendía. Se notó la respiración acelerada y deseó eternizar el momento.

¿Fue eso pasión?, se preguntó mientras observaba a la mujer que había provocado ese cúmulo de sensaciones. Eso mismo había intentado averiguar. Cuando ella se marchó se sentía demasiado conmocionado. Más tarde aparecería la conciencia y con ella, la culpa. Aun así debía de admitir lo mucho que había disfrutado. ¿Era así como se sentían los adúlteros? ¿La emoción de un nuevo rostro, unos nuevos labios? No quería comparar; se negaba a ello. Sin embargo, sentir su aliento y unir los labios con ella habían supuesto un brutal choque. Todas sus ideas preconcebidas habían volado por los aires. Ahora quedaba la incertidumbre.

Después del primer beso, las siguientes semanas habían resultado ser atroces para sus nervios, los cuales se había esforzado por disimular. No estaba seguro de la identidad de la joven, pero al mismo tiempo tenía la certeza que era la recién llegada de la que hablaba su esposa.

Johana había achacado su malestar y poco descanso al exceso de trabajo, pero no parecía haber advertido nada más extraño que eso. Ashton, en cambio, mucho más conocedor de su temperamento y más observador, se había limitado a recomendarle que, dado que el administrador ya había vuelto, lo más sensato era tomarse las cosas con calma.

Era un alivio que no supusiera el verdadero motivo.

Los días después al encuentro se había prometido alejarse de la cabaña del guardabosques, la casita que esa joven había estado descubriendo. Había estado habitada mientras su padre vivió, pero como al poco de fallecer él, lo hizo también el hombre que vivía allí, Ashton no consideró necesario ocupar ese puesto vacante y Jason empezó a frecuentarlo bastante antes de casarse. Era una especie de retiro. Allí dormitaba, leía o simplemente descansaba alejado, primero de la casa principal, después de la suya propia. Nadie sabía dónde estaba ni tampoco preguntaban. Confiaban en él y en su buen juicio. En ese momento les podría demostrar lo equivocados que estaban al mostrarse tan confiados. No sabía si estaba siendo más duro de lo normal, pero lo que había hecho no estaba bien.

Una semana después de su encuentro con la señorita Blake, cuando creía que esta no diría nada y que él estaba a salvo, Johana mencionó la reunión de las damas del té de ese día y cómo se había desarrollado. Fue ahí donde se dio cuenta del modo tan pueril con el que se había engañado. No había olvidado el beso —que pesaba sobre su conciencia—, ni el roce de sus manos sobre sus labios, ni la suavidad de su cuerpo. Estaba todo ahí. Al día siguiente, a pesar de sus intentos por evitarlo, volvió a la casita. Al final se convenció de que lo único que deseaba era verla para aclarar cualquier malentendido que pudiera haberse producido. Lleno de indecisión esperó toda la mañana sin éxito. El procedimiento se repitió día tras día durante dos semanas hasta que, cuando sus esperanzas ya flaqueaban, la vio aparecer por el recodo del sendero. Quizás la había asustado de nuevo o tal vez él se estaba volviendo loco, pero lo cierto era que lo había vuelto a hacer. Y esa vez no tenía ni una excusa. Si bien la primera vez —a pesar de la negación de la mujer— fue ella quien lo besó primero, Jason era el responsable de la segunda estupidez. Fue breve, pero tan intenso como el anterior. Cuando el inesperado puntapié en la espinilla lo hizo encogerse de dolor, no pudo sino admitir que estaba ante un grave problema; uno de los gordos. ¿Qué iba a hacer a partir de ahí?