Veintidós

Martin recayó en el silencio. Ninguno dijo nada. Me abandoné a la brisa… pasé revista al jardín otoñal de los Tisdale… escuché los ruidos callejeros… creo que con gratitud. Martin cerró los párpados y, unos instantes después, se nos hizo evidente que dormía. Emily le arregló la bata y lo dejamos allí para entrar en la casa.

Fue desafortunado que las señoras hubiesen oído su recuento. Sarah Pemberton, lívida, le preguntó a Emily si podía descansar en algún sitio. Se la instaló en una habitación y, más tarde, cuando Emily fue a ver cómo seguía, Sarah le confesó que tenía un intenso dolor de cabeza y, con sus maneras pacientes y silenciosas, le indicó que el hecho debía mantenerse en secreto… pero el dolor era tan intenso que Emily se vio obligada a llamar a un médico. Lo que recetó para el dolor no resultó demasiado eficaz y aquella noche, ante la insistencia de Emily, Sarah Pemberton se quedó allí junto con Noah… con lo que Emily Tisdale se encontró al frente de un pequeño sanatorio.

Nosotros decidimos marcharnos. Con cierta ansiedad, Donne miró escaleras arriba, pero no había nada que pudiésemos hacer excepto convertirnos en un estorbo. Mientras nos acompañaba hasta la puerta, Emily dijo:

—Estoy aterrorizada. ¿Quiénes son estas… humanas potestades del mal que se esconden en nuestra ciudad? Quisiera rezar, pero las palabras se ahogan en mi garganta. ¿Podemos seguir viviendo como siempre? ¿Qué debemos hacer? ¿Lo sabe usted, capitán? ¿Hay algo que podamos hacer que devuelva al mundo su proporción? Yo no puedo pensar en nada. ¿Lo hará usted por mí? ¿Lo hará? Se lo ruego.

Donne y yo caminamos hasta la taberna Pfaff, en Broadway. El buen talante estridente que reinaba allí me pareció irresponsable. Nos sentamos en un rincón y tomamos varios whiskeys. Yo reflexionaba sobre la… insolencia desesperada de esta logia de ancianos respetables… tan insatisfechos con los hábitos de su propio Dios como para tomar el destino de sus almas inmortales en sus propias manos… Qué patético no haber confiado en su propia teología cristiana al punto de haber tomado sus propios recaudos. Qué osado y qué patético.

Donne veía las cosas desde la practicidad.

—Es algo así como una ciencia nueva, supongo… parte del conocimiento de los tiempos modernos. Pero, en apariencia, requiere sumas ingentes… para seguir adelante. Es una empresa de cierta complejidad. Onerosa. Compraron aquella mansión y la arreglaron como un orfanato. Tenían la protección de los municipales… el apoyo de los principales de la ciudad. Y hay otro instituto… el que contiene el invernáculo… otro instituto con todo su personal. Todo esto tiene que haberse costeado con los… ¿cómo los llamaríamos…?, ¿los pacientes?

—Sí, por lo menos… valían treinta millones de dólares.

—¿Es una estimación razonable?

—Digamos que veinticinco… no menos.

—Pues, entonces, han de estar depositados en algún banco… a nombre de alguien. No pueden habérselo gastado todo.

—No.

—Ha de ser uno de los bancos de Tweed. He hablado con el fiscal del distrito federal. Intento que se atreva con algún comparendo. Pero necesita algo más específico.

—¿Por qué suponer que los miembros del Ring no robarían ese dinero para sí mismos?

—Lo harían si fuese necesario —dijo Donne—. Pero me barrunto que esperan algo más.

—¿Algo más? —pregunté, y en ese instante comprendí lo que Donne quería decir. El Ring, con su ambición desmedida, llevaría la ambición hasta sus últimas consecuencias. No eran sino absurdos: ridículos, simplones, estúpidos, engreídos. Y criminales. Tenían todas las cualidades de los hombres que prevalecen en nuestra República.

—Mientras Sartorius esté libre, el dinero es sacrosanto —dijo Donne—. Por eso, si tenemos la esperanza de recuperar algo para Sarah, para la señora Pemberton y su hijo, hemos de encontrar las cuentas bancarias y aprehenderlas casi al mismo tiempo que los aprehendemos… a ellos. Que los miembros del Ring sean llevados a juicio tomará meses. Pero, hasta entonces, no desdeñan la esperanza de preservar su… secreto mejor guardado.

El análisis que Donne hacía de esta componenda extravagante me animaba… como si se tratara de una cuestión práctica, legal… de un problema a resolver, de una mera probatoria… mientras que mi imaginación se veía asaltada por otra cosa… Las imágenes del invernáculo surgían en mí como portentos. No podía dormir, estaba poseído… no por fantasmas sino por la Ciencia. Me sentía derrotado por una realidad intolerable. Todos mis miedos se resumían en el miedo de la noche. Carecía de profesión, de mi razón de ser… de mi espolón. De una manera u otra, desposeído de los medios de dar cuenta de ellas, de mi vida y de mi época, me sentía a su merced. La vida aparecía como la enfermedad inevitable del conocimiento… una pestilencia que infectaba a quien entrara en contacto con él.

Lo peor era que la única esperanza de llegar a un trato era adquirir más, más cantidad de este espíritu muerto del conocimiento. Para instilarme coraje, supuse que todo esto no sería más que un misterio de iniciación, una especie de prueba espiritual en un mundo que, a pesar de todo, se regía por Dios… y que en el caso más extremo, en el instante del terror más sobrecogedor e insostenible, la prueba finalizaría… en algo así como una luz y una paz… en la que andaríamos a los tumbos, como borrachos dichosos, hasta nuestra muerte. Pero, en tanto presbiteriano descarriado, no podía realmente apoyarme en esta creencia. Lo que hice fue simular, simular la misma actitud práctica y prosaica que caracterizaba a Donne. Nos reunimos en casa de los Tisdale y nos concentramos en oír todo lo que podíamos de lo que Martin decía. Lo primero que debíamos conocer era la situación del invernáculo. Y quedaban otras preguntas. Martin, en apariencia, se había dejado seducir por el intelecto del doctor… al punto de haber trabajado para él. Pero nosotros lo habíamos encontrado moribundo en el sótano del orfanato. ¿Qué había pasado? Donne era renuente a someterlo a un interrogatorio severo: estaba demasiado débil como para soportarlo. El mejor recurso, aunque también el más exigente, era la paciencia.

Durante varios días, ambos nos sentábamos con él, a solas. No juzgábamos conveniente que las señoras oyeran nada más de aquella historia. Martin nos contó que, al cabo de poco tiempo, llegó a pensar en Sartorius en términos Sartoriusanos; esto es, con el desprendimiento de un científico.

—Eché en el olvido lo que era personal. ¿Mi padre? Una abstracción, una criatura privada de alma, fuera del campo de mi solicitud. Sólo su cuerpo, como un territorio para el experimento científico, era de algún interés… El doctor nunca trató de persuadirme; en realidad, no quería nada de mí… Una vez que hubimos llegado a nuestro entendimiento de caballeros, sentí que redundaba en mi beneficio el conocerlo mejor y oír lo que pensaba en voz alta.

—¿Cuál era el entendimiento? —preguntó Donne.

—Se reducía a que yo no intentaría la fuga ni interferiría con el trabajo. A cambio, tendría libertad de movimiento… Me tratarían como a un huésped. A Simmons no le gustaba del todo el arreglo. Aparte de la comprensión de la… delicadeza de su trabajo, Sartorius, por lo que pude ver, dependía de los demás para el análisis práctico de qué le convenía o no. Carecía de astucia… no era un intrigante. Pienso que había en aquel hombre la suficiente cuota de humanidad ordinaria como para que le cayera en gracia alguien que entendía la naturaleza de lo que hacía.

»Siete caballeros componían aquella… logia de inmortales. Un día, uno de ellos murió, murió de verdad, y Sartorius me invitó a presenciar la autopsia. Tuvo lugar en su quirófano… sobre una mesa de hierro con los bordes altos y un tubo de drenaje en uno de los extremos. Una manguera flexible, con una ducha, colgaba del techo para mantener frío el cadáver por medio de una lluvia constante de agua. Me pidió que quitara la cabeza de la ducha de su sostén y que dirigiera el chorro de agua a los efluvios… que se creaban en el curso de sus observaciones. No sé si sus procedimientos eran los de un forense; dudo que lo fueran. Abrió el tórax y examinó los pulmones y sus bronquios, le arrancó el corazón… y declaró todo aquello normal, ordinario. El cadáver parecía sereno, en absoluto perturbado por su propia disección. El rostro afeitado, sin arrugas; la expresión compuesta, incorruptible. Era un hombre de mediana edad, más joven que los demás, lo cual me sorprendió. Sartorius conversaba mientras realizaba su trabajo: “Cuando el señor Prine vino a verme le habían diagnosticado una epilepsia. Sufría de convulsiones y parálisis episódicas. Supe, por ciertos signos en su cuero cabelludo que, en verdad, era un sifilítico”.

»Sartorius examinó el cuero cabelludo y luego lo despegó del cráneo con la ayuda de su lanceta. Luego, aplicó el trépano y separó un trozo de hueso. Nada de esto me afectó. En su compañía, uno se abandonaba al estado de ánimo de Sartorius que, en este caso, se reducía a un agudo interés por los restos mortales. Del cuerpo abierto emanaban hedores fétidos y nauseabundos… Pero, de alguna manera, yo estaba adiestrado; sentía que todo aquello no era sino un mecanismo a desarmar; a fin de cuentas, el rostro permanecía indiferente, en paz, una máscara, el disfraz de la máquina. Sólo estaba ávido de conocer lo que el doctor descubriría… La cara interior de los huesos del cráneo tenía un aspecto áspero, erosionado. Señaló tres depresiones aisladas en las que el tejido óseo era más delgado de manera que, cuando lo sostenía contra la lámpara, dejaban pasar la luz. Estas depresiones se correspondían con tres excrecencias duras e irregulares, coralinas, que aparecían en la superficie del cerebro: como si la masa encefálica hubiese absorbido por sí misma el pericráneo. Casi salmodiaba sus comentarios sobre lo que iba encontrando, aunque no estaba claro si me hablaba a mí o sólo discurría para sí mismo… Aunque usaba los términos de la anatomía, cada referencia era muy específica. Yo observaba con tal concentración sus manos delicadas, de largos dedos que… por momentos, tuve la ilusión de que eran las mismas manos quienes hablaban: “Estas adherencias en el istmo de Silvius, fíjese cómo bridan el lóbulo anterior y el medio en una sola masa”. Su acento era muy suave, apenas una entonación, pero allí estaba. “Y la duramáter, en esta zona, se adhiere a la substancia gris”. Veía lo que él me hacía ver… Lo más horrible fue un depósito amarillento, çon la consistencia de un queso, que supuraba y tenía la forma de una pirámide; lo rebanó con destreza, lo tomó con las manos desnudas y lo colocó en una balanza pequeña a fin de conocer su peso. Dejó los instrumentos y se limpió las manos bajo la ducha de agua: “Habrá notado, sin embargo, que grandes partes del cerebro y del cráneo están sanas. Por desgracia, no puedo determinar hasta qué punto esto se deba a los tratamientos que recibió aquí. A lo más, como consuelo, podemos decir que el señor Evander Prine, sifilítico desahuciado, se mantuvo en vida por más tiempo del que le correspondía. Pero confirmo a Ricord, en su Treatise on the Venereal. Los nódulos, los tubérculos profundos, tubérculos de tejido celular… la necrosis progresiva… deben considerarse síntomas de la etapa terciaria”. Su dicción era tan carente de emociones que, cuando hizo un comentario personal, fue una conmoción para mí: “Demasiado tarde”, dijo, “demasiado tarde hasta para Sartorius”.

»Era una víctima fácil para el malentendido… que se lo percibiera tan sólo como un médico, con los intereses y los remordimientos de un médico… que se le adscribieran los motivos más corrientes… Un día me preguntó si le permitiría llevar a cabo un experimento en mi persona. Me recosté en la camilla de su dispensario y me colocó en las sienes dos ánodos de un pequeño magneto. Estaban conectados, a través de unos cables, a un par de agujas cuyas puntas se apoyaban contra un cilindro de cera giratorio colocado en una caja de madera. Me explicaba todo a medida que sucedía. El cilindro daba vueltas gracias a un eje unido a un pequeño motor de vapor fabricado en latón. Todo el proceso no duró más de un minuto y, tal como me había prometido, no sentí nada: ni dolor ni ninguna otra cosa. Luego me mostró, grabado en el tambor de cera, lo que describió como la representación gráfica de los impulsos eléctricos de mi cerebro… un dibujo bastante regular, parecido al seno y coseno matemáticos. Este fantástico artilugio de representaciones era de su propia invención. Me dijo que, para el propósito de sus investigaciones, asumía la hipótesis de que yo estaba en mis cabales, mentalmente sano, aunque yo mismo tuviese mis propias dudas… y luego, a fines comparativos, me mostró otro cilindro, en el que se habían grabado las actividades cerebrales de un hombre afectado por una enfermedad terrible a quien él había recogido de la calle. El hombre en cuestión nos era conocido por el nombre de Monsieur; un espástico lleno de tics, tartamudo, con el rostro deformado por muecas, gestos abruptos y miradas salvajes, un histérico permanente cuya presencia no se soportaba más que unos instantes; tan despiadado en su conducta mimética era el pobre que le devolvía a su interlocutor cada expresión fugaz de su propio rostro incluidas, en especial, las de repugnancia y piedad que él mismo inspiraba. Cada gesto, cada uno sin excepción, que caía bajo su mirada, Monsieur lo devolvía en imitación compulsiva y no se estaba quieto un segundo: un caso de vano furor histriónico cuyo origen, para Sartorius, estaba en un defecto de la corteza cerebral… Una vez analizado, decía, no era más que la mera aceleración e intensificación de la actividad normal de un hombre. El cilindro mostraba un desorden salvaje de picos y valles, irregulares, desiguales, profusos.

»Guardaba a este desgraciado aislado en un cuarto oscuro y lo mantenía como uno haría con un caballo en un establo. Los motivos de Sartorius no eran caritativos. Me enseñó qué sucedía cuando Monsieur se encontraba en medio de la hermandad de ancianos caballeros. Se volvía sereno, plácido y hasta dejaba que las asistentas lo bañaran… pero tan sólo mientras en su campo de visión tuviera a los viejos sentados de aquella manera vacua e inexpresiva que los caracterizaba, indiferentes a todo cuanto los rodeaba. Después de un rato, asumía aquella inmovilidad. Y, más pasmoso aún, ellos comenzaban, de manera misteriosa y simultáneamente, a agitarse; se mostraban irritables y uno o dos de ellos fueron atacados por temblores y parálisis de las manos o los pies… No, éste no es un simple médico… Verán, aunque yo siempre haya posado de intelectual… y, de hecho, tengo una cultura y estoy bien informado en los asuntos cruciales que pueden surgir en una conversación… aun así, jamás he tenido esa vitalidad… que es la marca de distinción de una gran inteligencia. Estoy haciendo una comparación que no carece de envidia. Nunca me hice cargo de las convicciones de mi pensamiento sino que las sufrí, como un hombre sufriría al recoger un hierro candente. Usted no podía saberlo, señor McIlvaine, porque a usted le mostraba, además de mis trabajos, una actitud… de calculada… arrogancia. Pero el espíritu de este hombre me conmovía. El doctor Sartorius no es un médico… excepto en lo que hace que la medicina se mezcle con el funcionamiento del mundo. Él piensa con pedazos de mundo. Lo ve en sus estructuras. Creo que, si tiene un método, consiste en conectarse con las energías amorales que la vida gregaria de los humanos genera… independientemente de los credos que se sostengan.

»Usted lo sabe; siempre fui un extranjero en mi propio país… apartado, un forastero de nacimiento, asincrónico con mi época… de manera que, por momentos, cada calle empedrada de esta ciudad, cada mansión hecha en piedra, se me aparecía como el ritual ptolomeico de unos dementes… lo que para ustedes eran sus moradas, el fuego del hogar incluido, para mi imaginación eran los templos de cultos crueles y bestiales… y luego, emplazaron estos templos uno contiguo al otro, en avenidas, y pusieron en marcha sus máquinas de acero en el medio, y tendieron sus cables sobre el cielo y los cables empezaron a zumbar… y yo no era más que un fantasma en esa grilla… nacido sin la fe ni el estómago para hacer de este mercado regulado hasta la obsesión, penetrabilísimo y comunicado… mi propia ciudad.

»Así pues, estaba… disponible… para su influencia. Fue como llegar a buen puerto con los vientos refrescantes de una tierra recién descubierta. Las ideas manifiestas de Sartorius fueron un centro de gravedad que me atraía a él. Lo que vi en él fue la dominación aristocrática que avasallaba a hombres como mi padre. Él era soberano… indiferente a todo cuanto no fuera su obra, tan carente de pedantería que ni siquiera se molestaba en tomar notas de sus experimentos: sabía qué eran, cómo se desarrollaban; todo estaba escrito en su cabeza y, en tanto vivía consigo como el único ocupante de su propio ser, tampoco pensaba en la Ciencia, en que contribuiría a su Historia… ni dedicaba un solo pensamiento a la posteridad, ni a que su nombre figurara en una estela cuando le llegara el momento. Su inteligencia maravillosa se distraía de sus propias proezas.

»Idea mía fue que tuviera un secretario, un historiador de su persona, fue idea mía, iniciativa mía. El doctor Sartorius, como carecía de vanidad, no se malgastaba en estas cosas.

»Y, ¿en qué consistía esta obra, al menos tal como yo podía captarla? ¿Cuál era su principio rector? Lo vi hacer transfusiones de sangre de una persona viva a otra. Lo vi inyectar tejido celular en cerebros inertes con su aguja hipodérmica. Vi envejecer a los huérfanos, primero a uno, después a otro, como hojas que amarillean en otoño. ¿Era esto la obra? Aunque veía una parte, se me tenía ignorante de los asuntos cruciales. A pesar de toda la libertad que se me había concedido, no se me admitía en el quirófano durante ciertas operaciones, que duraban horas. Y toda la vida en el edificio presumía de sana, de cabo a rabo; todo tenía un propósito, el propósito de la vida; todo lo que estaba en la mano del hombre, allí encontraba expresión.

»Pero los hábitos de Nueva York, de la misma manera que las vidas pasadas de los viejos, se invocaban, se utilizaban, como todo se utilizaba, por sus valores terapéuticos. Había cenas, bailes… Lo que deben entender de Sartorius es que nunca se comprometía con una terapia en particular; las correcciones eran constantes; era desprendido e implacable en las críticas de sus propias ideas y de las ajenas. Buscaba la aberración en las mentes y los cuerpos, como si allí los secretos de lo viviente quedasen al descubierto con mayor facilidad. La normalidad obstruía la visión científica, sugería una atribución de forma que la vida no tenía derecho a reclamar para sí. Pero allí donde la existencia estaba vejada o era grotesca, la vida se anunciaba como la verdadera sinrazón que es. De costumbre, examinaba a la gente que se ganaba la vida gracias a sus deformaciones. Iba al centro de la ciudad a visitar sus museos de maravillas vivientes, y a los espectáculos de monstruos en Broadway. Los enanos, los liliputienses, los acromegálicos, las que se declaraban sirenas, los que se decían hombres lobos. Los andróginos, esas pobres almas que participaban de manera imperfecta de ambos sexos. Les sacaba sangre. Empecé a entender el temperamento científico puro por el brillo que alcanzaba en este hombre. Producía una mente ajena a la conmoción, un hombre para quien el sacrilegio no existía, un ser cuya vida no se ataba a ninguna idea fija o inmutable que tuviese que defenderse para dar sentido a su existencia… lo contrario de lo que se podía esperar de alguien como, por ejemplo, el reverendo Grimshaw.

»Entonces… al igual que los paseos que, en tiempo tormentoso, se daban en un ómnibus municipal a través de las activas calles de la ciudad… también se organizaban bailes. Y todos subíamos al invernáculo, iluminado de verde por los candelabros industriales fijados en los muros y arreglado como salón de baile. Mientras el disco del órgano mecánico giraba y sus dientes extraían valses rígidos del cilindro, acompasados por los bajos automáticos del tambor y los címbalos, aquellas criaturas de la hermandad inmortal, ataviadas con sus trajes de etiqueta, bailaban… con sus celadoras. Lo que se oía era una mezcolanza de las melodías de los valses de moda, a cuyo ritmo los viejos, obedientes, arrastraban los pies lentos, guiados por sus suripantas… hasta mi padre hacía su danza de rigor de una manera que lo absolvía, en mi conciencia, de toda su astucia criminal. Había renunciado a la dignidad de la muerte, como todos los demás. Se había reducido al viejo distraído cuya interioridad yo podía espiar. Augustus Pemberton, aquella bestia fría y torpe de codicia… nunca se me había ocurrido que pudiese tener deseos insatisfechos, aunque fuesen megalomaníacos. Pero allí estaba: un danzarín descerebrado que ponía en escena aquel rito, aquel sacramento de una religión todavía inexistente.

»Todo era a mayor gloria de Sartorius. Y aunque cumplía escrupulosamente su parte del contrato, sus pacientes no le importaban en lo más mínimo excepto como objeto de sus pensamientos. Lo que garantizaba era, apenas, su interés científico. ¡Pero eso era todo! Y a partir de esto recomponía sus vidas pieza a pieza: los envolvía en pañales como a niños, los mandaba de paseo, los hacía bailar, los educaba en la ensambladura de los ciclos de la vida y, con sus ungüentos emolientes y sus polvos y sus inyecciones de fluidos extraídos de los niños, los reconstruía por metempsicosis hasta volverlos criaturas perpetuas.