12
Cuando Liam se despertó el sábado por la mañana después de haber estado en Vermont, Sasha le propuso ir a pasar el fin de semana en Southampton. Lo había meditado durante la semana pero no se lo había mencionado porque antes quería asegurarse de que estaría preparada. Pero mientras le hacía el desayuno decidió que era una buena idea; a Liam le pareció estupendo, lucía un día soleado y caluroso y no se le ocurría nada mejor que ir a la playa.
Salieron del piso neoyorquino poco después de las once y a la una y media ya habían llegado. Sasha estuvo tranquila todo el trayecto. Conducía Liam. Se le veía relajado mientras charlaban, sobre todo de los niños y de los días que había pasado con ellos en Vermont. Todavía le preocupaba un poco su hijo mayor, Tom, porque desde la última vez que se habían visto se había convertido en un joven bastante malhumorado. En otoño ingresaría en la Universidad de Pensilvania con una beca y su padrastro le ayudaría a pagar la residencia. Tom le recordó en varias ocasiones que el prometido de su madre le había ayudado más en seis meses que Liam en toda su vida. Este le explicó que era un artista pobre, pero a Tom no le impresionó y le acusó de ser un padre pésimo y un tío raro. También le echó en cara que se hubiera acostado con la hermana de su madre. Liam seguía enfadado con Beth por habérselo contado.
—No me parece justo —convino Sasha, con el ceño fruncido—. Tu ex mujer no debería habérselo contado. —Dejaba fatal a Liam ante sus hijos, así que Sasha lo sentía por él aunque le pareciera una estupidez lo que había hecho. Pero la gente comete errores y luego se arrepiente. Resultaba obvio que se arrepentía. Sasha consideraba que la traición de Liam debería haber quedado entre su ex mujer y él.
—Pues no se ha callado nada. —Beth le había contado a Tom todos los pecados de su padre, la noche de adulterio y los veinte años de irresponsabilidad financiera.
—¿Cómo has visto a Beth? —inquirió Sasha.
—No la he visto. Cuando pasé a recoger a los niños no estaba. Estaban con la abuela, que no me dirigió la palabra. Cuando los dejé, Becky estaba en casa con el novio nuevo de Beth. Espero que no le tienda la misma trampa que a mí. Aunque seguro que es mucho más listo que yo. —Suspiró y la miró—. Parece majo. Y a los chicos les gusta de verdad.
Por sus palabras se adivinaba que Liam se sentía excluido. Pero al menos había ido a ver a sus hijos y había restablecido la comunicación con ellos, incluso pese a las dificultades iniciales con Tom. Le contó a Sasha que por fin la noche anterior el mayor se había serenado y se había mostrado más cariñoso. Pero primero había necesitado dar rienda suelta a toda su rabia, y a fe que lo había conseguido. Sasha seguía pensando que Beth se había equivocado al contarles el error garrafal del padre. Con independencia de las consecuencias, el incidente debería haber quedado entre los adultos. En su opinión los hijos no tenían por qué conocer los pecados de los padres y así se lo expuso a Liam.
—Creo que todavía me guarda rencor por lo que le hice. Al menos lo parece. Becky y ella siempre se han tenido celos. —Liam no le dirigió la palabra a su ex cuñada al ir a dejar a los niños y esta no le dijo nada.
Para entonces Sasha y Liam habían llegado a la casa de Southampton. Era una casona victoriana blanca y laberíntica que, cuando Arthur y Sasha la compraron veinte años atrás, les recordó a Nueva Inglaterra. Se parecía a las casas que habían visto en Martha's Vineyard y Nantucket y estaba rodeada por un amplio porche. A Sasha y a Arthur siempre les había gustado sentarse en él las noches cálidas y a veces incluso en pleno invierno, bien abrigados y bebiendo chocolate caliente. Sasha intentó apartar los recuerdos de su mente mientras le abría la puerta a Liam. Ella acostumbraba a entrar por la cocina, pero esta vez decidió emplear la entrada principal, para que fuera distinto.
—Es una casa muy bonita, Sasha —comento Liam mirando alrededor.
La habían conservado sencilla y rústica, pero se veía acogedora y cómoda. No tenía nada pretencioso. No había obras de arte importantes a la vista, solo objetos bonitos, grandes butacones de cuero y dos sofás de lona. Entonces Liam vio el cuadro de Andrew Wyeth encima de la repisa de la chimenea. Una pintura cruda, sombría y muy bella, una de sus obras más famosas. Tenía el mismo aspecto que la playa de fuera en un día de invierno. En el suelo se distinguían pequeños montoncitos de nieve y se adivinaba que soplaba una brisa tenaz. Indudablemente se trataba de la obra de un gran maestro.
—¡Vaya! —exclamó Liam contemplándolo sobrecogido. Había admirado a ese artista toda la vida—. Vendería mi alma por un Wyeth. —Silbó y sonrió. Sasha se rio.
—Regalo de bodas de mi padre.
Había montones de cosas similares por toda la casa, recuerdos, tesoros, cosas fabricadas por los niños, muebles de estilo colonial americano que habían comprado en sus viajes por Nueva Inglaterra durante los primeros años de matrimonio o mientras Tatianna estudiaba en la universidad e iban a verla. En el salón había una mesa de refectorio preciosa que Sasha había adquirido en Francia. Adondequiera que mirase, Liam veía objetos que instintivamente reconocía como de gran valor para Sasha. La casa significaba mucho para ella, de modo que no le costó comprender qué implicaba que lo llevara allí. Significaba más que instalarse en el piso de Nueva York. Mucho más. Aquella casa era mucho más personal, más importante para Sasha.
—Creo que si yo tuviera una casa como esta me mudaría aquí —comentó Liam con admiración mientras se acomodaba en el sofá, se quitaba la gorra de béisbol y echaba un vistazo alrededor.
—Solíamos pasar aquí los veranos cuando los niños eran pequeños. Les sigue gustando, pero ninguno de los dos viene demasiado a menudo. Creo que a todos nos entristece. La casa era la gran pasión de Arthur, como lo fue mía.
—¿Y ahora? —preguntó con ternura. Se alegraba de conocer otra faceta más de Sasha. Tenía tantas como un diamante y brillaba con idéntica intensidad, pero ahora sus ojos estaban tristes.
—Desde la muerte de Arthur solo había estado aquí una vez. Pero no me quedé. No pude. Sin embargo esta mañana me he dado cuenta de que quería venir aquí contigo. —Liam se sintió conmovido y halagado; se levantó, se acercó a Sasha y la rodeó con un brazo. Su amada estaba abriéndole su mundo privado; era el mayor regalo que podía recibir de ella—. Supongo que debería cambiar algunos detalles y redecorarla. Todo está un poco viejo. —Tenía peor aspecto de lo que recordaba y de repente la había visto con los ojos de Liam.
—A mí me gusta así. Dan ganas de sentarte y quedarte aquí para siempre.
Sasha sonrió. Era lo que siempre le había parecido y, en cierto sentido, todavía pensaba lo mismo. Lo único que faltaba era Arthur, aunque ahora tenía a Liam.
—¿Tienes hambre? —preguntó mientras descorría las cortinas y subía las persianas. El sol entró al instante en la habitación y vieron el océano y la playa sin moverse de donde estaban. Sasha había traído una bolsa con comida de la ciudad para preparar el almuerzo y el desayuno. Para cenar o llevaría a algún restaurante local.
—Estoy bien. Si quieres te preparo algo.
Liam llevó la bolsa a la cocina. Era una vieja y enorme cocina de campo con una gigantesca mesa de madera maciza en el centro y encimeras gastadas. La casa se veía muy usada y querida, tal como lo había sido.
Liam preparó unos sándwiches de pavo para los dos y abrió un par de refrescos que él bebió directamente de la lata y ella se sirvió en un vaso. En cuanto terminaron de comer propuso un paseo por la playa. Todavía no habían subido al dormitorio y Liam intuía que iba a resultar difícil para Sasha. La casa estaba llena de recuerdos y habitada por un fantasma muy querido, su marido. Liam quería moverse con pies de plomo y pensó que a Sasha le sentaría bien tomar el aire.
Pasearon por la playa durante casi una hora, casi todo el tiempo cogidos de la mano, en agradable silencio. De vez en cuando Liam se detenía a recoger alguna concha; al llegar al final se sentaron en la arena, y luego se tumbaron a contemplar el cielo. Era azul brillante y el sol resplandecía. La arena estaba caliente.
—De todas tus casas, es mi favorita —anunció Liam tumbado junto a ella y abrazándola—. Me encanta este sitio. —Se notaba que era cierto—. Ojalá mis hijos lleguen a verlo algún día. Adoran la playa. —Igual que él.
—Tal vez lo vean —respondió Sasha en voz baja, Juego se incorporó y le dedicó una tierna sonrisa. Ella siempre lo veía guapísimo, particularmente en la playa, con la melena rubia suelta y mecida por la brisa. La suya estaba recogida en una trenza, como solía hacer cuando estaba en Southampton.
—¿Se puede nadar? —preguntó Liam, interesado.
—En esta época del año el agua está bastante fría. Por lo general no me atrevo a probarla hasta el Cuatro de julio, y todavía sigue fría. En realidad no se calienta hasta agosto. —Para entonces estaría en Saint-Tropez con sus hijos. Quería que Liam pasara con ellos al menos un fin de semana y ya se lo había propuesto, pero no habían hecho planes.
—¿Tienes algún traje de neopreno?
—Creo que Xavier se ha dejado uno.
—Puede que me bañe por la tarde. ¿Vendrás conmigo? —Sasha se rio por respuesta. —No estoy tan loca. Pareces un turista —bromeo, y después regresaron a la casa.
Liam encontró el traje de neopreno en el garaje mientras Sasha deshacía el equipaje en el piso de arriba. Bajó pálida. Cada vez que veía el dormitorio con su enorme cama con dosel se acordaba de la última vez que había visto a Arthur, la mañana que ella salió para París y él le dijo que la quería. Era una cruz privada que debía cargar sola y no quería estropear le el fin de semana a Liam ni hacerle sentirse incómodo en la cama.
Cuando Sasha bajó, Liam ya llevaba puesto el traje. Se le veía altísimo, muy rubio y se había recogido su larga cabellera color trigo en una coleta.
—Me voy al agua. ¿Vienes a verme nadar? —Liam le recordó de nuevo a cuando Xavier era pequeño e, hiciera lo que hiciera, siempre le gritaba: «¡Mira, mamá!».
—Bueno.
Lo siguió hasta la playa y se sentó mientras él se metía en el mar. Al menos con el neopreno se podía soportar. Sasha sabía que era la única manera. Liam nadó unos minutos y luego salió del mar goteando agua helada del Atlántico.
—Mierda, está helada hasta con el neopreno. —Tiritaba pero sonreía
—Te lo advertí. —Pero Liam parecía haber disfrutado.
Regresaron caminando a casa y Sasha le llevó arriba. Había desempaquetado las cosas de Liam y las había colgado en el armario junto a las suyas. El año anterior había cerrado con llave el ropero de Arthur. Todo seguía allí. No había hecho limpieza y no tenía idea de cuándo la haría, si es que alguna vez la hacía. Liam era solo un invitado. Bastaba echar un vistazo a la habitación para constatarlo. Había montones de cuadros de pájaros y peces y uno más grande de un barco sobre la cama. Sasha no había llevado allí ninguna de sus piezas contemporáneas. La mayoría las tenía en París. Esa era otra vida. Hasta Liam, que no le había conocido, captaba la presencia de Arthur.
Primero él se dio una ducha caliente y Juego se sentaron los dos juntos en el porche con una copa de vino. Sasha había reservado mesa en un pequeño restaurante especializado en pescado. Llegaron a las siete, pidieron langosta y bebieron más vino. Durante la comida charlaron y Sasha estuvo muy relajada.
A la vuelta volvieron a sentarse en el porche, conversaron en voz baja a la luz de la luna y a medianoche subieron al dormitorio. Liam adivinaba que se trataba de otro de esos lugares sagrados para Sasha y esa noche no le hizo el amor. Por la mañana ella no le contó que había soñado con Arthur. Fue un sueño apacible. Arthur se alejaba de ella a pie por la playa y Sasha no intentaba atraparlo. Cuando se volvió para sonreírle y despedirse parecía feliz; después desapareció.
Le preparó a Liam un copioso desayuno compuesto de huevos revueltos, gofres y café. En la cocina tenían una plancha de gofres grande y vieja. Liam preparó el café. Pasearon por la playa, se tumbaron en el porche y Liam echó la siesta en la hamaca. A última hora de la tarde, cuando comenzaba a bajar el sol, decidieron quedarse una noche más. Lo habían pasado a pedir de boca; era justo lo que necesitaban.
Esa noche prepararon juntos la cena, durmieron plácidamente abrazados y regresaron a la ciudad el lunes por la tarde. Sasha ni siquiera se molestó en pasar por la oficina. Luego cenaron con unos amigos de Liam en el Soho.
Quedaron en un restaurante italiano. Los amigos eran cuatro pintores y dos escultores. Charlaron sobre galerías y exposiciones y sobre las obras en las que trabajaban. Eran más jóvenes que Liam; la mayoría debía de rondar los treinta años. Liam la presentó como Sasha, sin más. Durante los postres una de ellos mencionó la galería Suvery. Era una chica bastante joven que pensaba dejar unas diapositivas en la galería al día siguiente; Sasha miró a Liam y este le contestó con una sonrisa. No contó a sus amigos quién era Sasha. De regreso, en el taxi, ella le preguntó si la chica era buena.
—Lo será. Todavía no está lista para ti.
A Sasha le había divertido el anonimato. Y todavía más que nadie cayera en la cuenta de quién era. Tenía algo que le gustaba a pesar de la ligera sensación de fraude conque les había escuchado departir abiertamente sobre su galería y las de la competencia. En más de una ocasión habían mencionado su nombre como el de una figura legendaria.
—¿Qué haces mañana? —le preguntó bostezando a Liam mientras se metía en la cama con él. Echaba de menos la playa.
—Iré a ver a los Yankees —repuso este con mirada feliz.
Llevaban una buena vida. Playa, amigos, artistas y partidos de béisbol para él y trabajo para ella. A los dos les parecía mágica y fácil, y Sasha se sentía muy agradecida. Sin proponérselo, la presencia de Liam había cambiado su vida, le había aportado algo que nunca antes había tenido. Al casarse y tener hijos joven había renunciado a una parte de su juventud. E incluso antes, se había centrado en estudiar y trabajar con su padre. Sasha jamás había llevado la vida despreocupada y poco convencional que Liam todavía disfrutaba a los cuarenta. Esa gente aún no había saboreado el triunfo ni las responsabilidades y cargas que conlleva. Trabajaban con ahínco pero prácticamente a cambio de nada. Pocos de ellos estaban casados y ninguno, excepto Liam y Sasha, tenían hijos. Parecían no tener responsabilidades de ninguna clase. Liam las tenía, pero las asumían otras personas, su ex mujer y el futuro marido de esta. A Sasha le habría gustado conocer a los hijos de Liam. Quizá algún día. Entretanto, el padre seguía pareciéndole un crío.
Sasha tuvo una semana de mucho trajín en la galería preparando la inauguración de la semana siguiente. Organizaba en persona casi todas sus exposiciones y a veces hasta colgaba ella misma los cuadros, lo cual la mantenía ocupada hasta altas horas de la noche.
Cuando llegó el viernes estaba agotada y lista para otro fin de semana en la playa. Esta vez salieron el viernes, como solían hacer con Arthur. Llegaron a la casa a las nueve, se sentaron en el porche y se acostaron temprano. En esta ocasión hicieron el amor con delicadeza. Todo salió bien. Sasha empezaba a acostumbrarse a la presencia de Liam en su mundo más privado. Significaba un gran paso para ella y aún mayor para él.
El sábado mientras paseaban por la playa le contó que la habían invitado a una fiesta y le preguntó si le apetecería acompañarla. La organizaba una famosa actriz de Hollywood. El equipo de la película acababa de descubrir los Hamptons y además unas amistades de Sasha le habían presentado a la actriz un par de años atrás. Hacía un mes que había recibido la invitación y Marcie se lo había recordado el viernes, antes de irse. Parecía divertido. Se suponía que sería un picnic en la playa con almejas y música en directo. A Liam le sorprendió que lo incluyera. Jamás lo había invitado a ninguna fiesta y sabía que tenía sus reservas al respecto.
—¿Quieres que vaya contigo? —Se sentía halagado. Sasha nunca se había ofrecido a llevarlo a ningún evento social. Ese era el primero.
—Sí —se limitó a contestar Sasha, sin más explicación. Liam no le preguntó nada más.
La fiesta comenzaba a las siete y ellos llegaron a las ocho. La invitación especificaba que se trataba de una reunión informal, pero Sasha sabía que algunas mujeres se arreglarían bastante. Ella eligió unos pantalones blancos, un suéter de seda del mismo color y un collar de perlas y se recogió el pelo en un moño suelto. Liam se puso vaqueros, camiseta y una americana que le había regalado Sasha sin decirle para qué, además de unos mocasines que habían encontrado en el ropero del cuarto de invitados.
—Y no tienes que ponerte calcetines —bromeó con él—. Aquí es moderno no llevarlos.
—Entonces me los pondré. Detestaría empezar a ser moderno a estas alturas. —Toda la vida le habla gustado nadar contracorriente.
Al final no lo hizo y los dos encajaron perfectamente en la fiesta. No llamaban la atención y Liam le confesó entre murmullos que resultaba bastante impresionante ver allí reunidos a la estrella de cine y a todos sus amigos famosos. Al menos había doce caras que cualquiera hubiera reconocido en cualquier lugar del mundo.
—Ojalá pudiera contarlo —murmuró Liam. Pero solo podía contárselo a Sasha. —Siempre me impresiona conocer a este tipo de gente —confesó ella.
Se quedaron hasta cerca de la una de la madrugada, bailaron al ritmo de la orquesta que había volado desde Los Ángeles y los dos regresaron a casa cansados y contentos. Liam se había comportado como un caballero toda la noche y Sasha se había sentido muy cómoda con él. En la fiesta habla varias mujeres con acompañantes más jóvenes a quienes separaban muchos más años que a Liam y Sasha. En Hollywood estaba de moda que las mujeres mayores salieran con hombres más jóvenes. Sasha se lo comentó a Liam mientras se acostaban.
—Te he dicho que detesto seguir las tendencias —contestó él, despreocupado. Lo había pasado de miedo y se enorgullecía de salir con ella por ahí—. Además, nueve años no son tantos.
—Puede que para ti no —contestó ella con una risita mientras se arrimaba a Liam y él apagaba la luz—. No creo que mis hijos piensen lo mismo. —Los días malos, ni siquiera ella lo pensaba.
—¿Cuándo conoceré a Tatianna? —preguntó Liam, ya a oscuras.
—Supongo que en la inauguración de esta semana. No siempre viene, pero esta vez me ha prometido que asistirá.
—¿Crees que le gustaré?
—Quizá. Cuesta decirlo. Tatianna no es nada predecible. Tiene opiniones muy apasionadas. O le gustas o te odia. Sera mucho mejor si no está enterada de nuestra relación.
De momento no tenía la menor intención de contárselo a sus hijos. No les incumbía. Liam y ella habían sacado a su relación a dar una vuelta de prueba. Todavía no se habían decidido a comprarla. Pero de momento la cosa pintaba bien. Hasta Sasha tenía que admitirlo pese a sus dudas iniciales. De momento, iba bien.