11
Liam voló a París un viernes por la noche y el domingo por la mañana cogieron juntos un avión con destino a Nueva York. Sasha le había comprado el billete de avión, así que ocupaban butacas contiguas en primera clase. Liam parecía un niño en una fiesta de cumpleaños y aprovechaba todo lo que le ofrecían. Probó el caviar y el champán, comió su almuerzo y parte del de ella, reclinó el asiento para convertirlo en cama, se tapó con la manta y echó una cabezadita. Hasta se puso el pijama y, por un instante, al ponerse una bolsa de plástico en la cabeza a modo de gorro dio claras muestras de recaer en su antiguo comportamiento indisciplinado. Vio dos películas, comió un tentempié, usó todos los artículos de tocador e invitó a Sasha a unirse a la tiesta en el baño.
—Me parece que vamos a tener que sedarte durante el resto del vuelo. —Sasha le sonrió tras declinar la oferta de unirse al club—. Una vez se lo hicimos a Xavier porque de niño siempre se mareaba. Le sentó mal el medicamento y despegó como un pequeño avión descontrolado. Nunca había visto a un niño tan hiperactivo. Después de aquello dejamos que se pasara los viajes vomitando hasta que se acostumbró a volar. —Pero nunca había visto a nadie disfrutar tanto de un vuelo ni valorarlo tan sinceramente como Liam. No dejó de dar las gracias a Sasha desde que despegaron hasta que aterrizaron.
—Siempre me había parecido normal sentarse con las rodillas recogidas junto a las orejas y los codos de los vecinos clavados en el pecho. Esto está muchísimo mejor —sentenció, encantado mientras volvía a reclinar el asiento y estiraba las piernas.
Liam seguía de buen humor cuando cruzaron las aduanas de Nueva York; bromeaba con todo el mundo. Como de costumbre, había trabado amistad con los auxiliares de vuelo, la mayoría de los cuales conocían a Sasha de otros viajes. Llamó al oficial de aduanas por su nombre de pila y mantuvo una animada conversación sobre béisbol con el piloto mientras Sasha localizaba el coche con chófer. Decir que estaba exultante sería quedarse corto. En esencia Liam estaba feliz, agradecido y emocionado de estar en Nueva York. Y pese a la hiperactividad de Liam, a Sasha le encantaba estar allí con él.
Cuando llegaron al piso de Sasha se tranquilizó. Le impresionó tanta elegancia. Le maravilló la calidad de las antigüedades y de los cuadros. Sasha tenía un Monet, dos Degas y un Renoir, además de varios dibujos de Da Vinci de incalculable valor y un sinfín de obras más que Liam todavía no había visto. En muchos sentidos el piso de Nueva York era mucho más formal que la casa de París, que había remodelado en un estilo más moderno y sencillo. Nueva York era la prueba de toda una vida dedicada a coleccionar artistas de primer orden, muchos de cuyos cuadros le había regalado su padre.
«Vaya, Sash... Esto es cosa seria...» Liam estaba boquiabierto, completamente sobrecogido, delante de un sombrío El Greco que a Sasha nunca le había gustado y que escondía en el vestíbulo. Al final consiguió arrastrar a Liam hasta el dormitorio. Sasha titubeó unos instantes, nunca había compartido aquella habitación con ningún hombre salvo Arthur. Pero ya era hora. Estaba preparada para abrir las puertas de su dormitorio y de su vida a Liam.
Le pidió que dejara el equipaje en el cuarto de invitados por si alguno de sus hijos se presentaba en casa y porque no quería que la mujer que limpiaba el piso a diario, como había hecho durante casi todo su matrimonio con Arthur, se llevara una impresión demasiado fuerte. A Liam no pareció molestarle. Dejó la bolsa en la habitación del fondo del pasillo y luego regresó al dormitorio de Sasha con un plato de helado. Se despatarró sobre la silla preferida de Arthur como si estuviera en su casa y fue cambiando de canal hasta dar con un partido de béisbol. Luego miró a Sasha con esa sonrisa infantil que le hacía temblar las rodillas y rompió a reír.
—Joder, qué pasada, Sash. Me parece que he muerto y estoy en el cielo.
También Liam se había criado en un ambiente adinerado, tal vez no tanto como ella, pero en cualquier caso en una familia prominente y rica. La única diferencia radicaba en que siempre lo habían tratado como a un descastado y un marginado porque era distinto, un artista. En la casa y en la vida de Sasha por fin se sentía bienvenido. Para él aquello lo cambiaba todo, y por tanto también para Sasha. Ambos estaban de buen humor y disfrutaban de la relación que compartían.
Ella propuso salir a cenar a un restaurante cercano. Había hablado con Tatianna antes de dejar París y, tal como sospechaba, su hija estaba ocupada con sus amigos y tenía mil planes para esa semana, de modo que le había prometido pasar a verla por la galería cuando tuviera un rato libre, probablemente durante la hora del almuerzo. Esa noche cuando Sasha se metió en cama con Liam se sentía segura. La asistenta no llegaría hasta mediodía y para entonces ya se habrían marchado los dos; ella a la galería y él a ver a sus amigos del Soho. Su secreto estaba a salvo. Y si alguien lo descubría, la presencia de Liam era tan exótica corno la de cualquier otro invitado.
Liam se ganó para siempre el corazón de Sasha cuando esa noche la rodeó con un brazo para acercarla más a él. Pese a que estaba excitado, había visto la cara de su amada al entrar por primera vez en el dormitorio. Intuía que para ella tenía que resultar difícil compartirlo con él, que sin duda le despertaba recuerdos del pasado.
—¿Estás bien? —le susurró, cerca de ella. Sasha supo de inmediato que Liam comprendía su situación y asintió.
—Estoy bien, cariño... Gracias por preguntar. —No querría hacer nada que te molestara. Si quieres duermo en la otra habitación. —Ella le miró con una sonrisa.
—Te echaría demasiado de menos. Aquí estás bien —aseguró, y le besó. Fue un beso tierno que no indicaba que deseara nada más de él que la comprensión que acababa de ofrecerle. Liam la besó con idéntica ternura y se mantuvo cerca de ella. Esa noche solo se abrazaron.
Al día siguiente Sasha lo llevó a la galería, que lo impresionó por el espacio en sí y por el modo en que se aprovechaba. También le gustaron las obras expuestas e intentó imaginar las suyas en las paredes. El lugar era perfecto y ahora por fin tenía una idea de cuántos cuadros necesitaría, cuántos horizontales y cuántos verticales. El mero hecho de estar en la galería le inspiraba. Sasha le presentó a los empleados. Marcie, su ayudante, casi se desmayó al verlo y miró a Sasha con los ojos en blanco en cuanto Liam se dio la vuelta.
—Dios mío, parece una estrella de cine —exclamó, sin aliento, mientras Sasha se reía. Detestaba admitirlo, pero Marcie tenía razón. Sasha lo prefería cuando estaban los dos en casa con ropa vieja, despeinados y hechos un desastre. A veces le sobrecogía salir con él por ahí, le recordaba la edad que tenía.
—Es buen chico y un gran artista —respondió con indiferencia—. Me alegro de que hayamos coincidido en Nueva York. Creo que está de paso, va a Vermont a ver a sus hijos.
Marcie asintió, impresionada. No solo era un monumento y un artista de talento, sino que además también era buen padre. A los cinco minutos de haberlo conocido, ya lo tenía idealizado. Sasha lo conocía mejor y no le deslumbraba tanto como a Marcie. Le quería pese a todos sus defectos, y tenía como el que más. Igual que ella.
Liam pasó la mañana con ella en la galería familiarizándose con el lugar y el personal. Miró en todos los estantes, subió a la planta superior a contemplar la obra clásica y luego salió para ir al Soho a ver a sus amigos. Le susurró a Sasha que se encontrarían más tarde en el piso y ella asintió.
Providencialmente, Tatianna entró a los cinco minutos de marcharse Liam. Iba de camino a recoger un encargo de un fotógrafo y se pasó a ver a su madre. Se la veía guapa y feliz, como siempre; ahora a Sasha le parecía extremadamente joven. Tatianna tenía la edad de las mujeres que Liam miraba y abordaba. Acababa de cumplir veinticuatro años. Viéndola desde esta nueva perspectiva, Sasha se sentía vieja. Sabía que tendría que aprender a superarlo si quería seguir con Liam. Antes nunca pensaba en la edad y en aquella época estaba obsesionada con ella. Todo el mundo le parecía joven. Y ella, vieja.
—Hola, mamá. ¿Cuánto te quedas? —le preguntó Tatianna al tiempo que picaba una chocolatina de una fuente y besaba a su madre.
—Un mes, creo. —Como siempre, estaba encantada de ver su hija.
—Cuánto tiempo —se sorprendió Tatianna. En los últimos meses su madre nunca se quedaba mucho tiempo en Nueva York. El piso que había compartido con Arthur la deprimía porque allí su ausencia se le hacía más evidente.
—Este mes inauguramos una exposición, tengo que organizarla, de modo que supongo que me quedare un tiempo. ¿Qué tal te va todo?
—Genial. Acaban de subirme el sueldo. La directora me odia y yo quiero su puesto. —Tatianna estaba en la cima del mundo. Miró a su madre sonriendo, feliz de verla.
—Todo normal, entonces. -Sasha se rio.
—Bueno, hasta la vista. Tengo que irme. Llego tarde. Solo he pasado a saludar. —Tenía un taxi esperándola fuera y se marchó tan rápido como había llegado, llevándose un puñado de chocolatinas con ella a modo de almuerzo. Su madre le dio un beso rápido y la observó alejarse.
Sasha estuvo todo el día ocupada en la galería con la nueva exposición. Se encargaba de organizar ella misma las exposiciones, le encantaba. Tuvo que obligarse a dejarlo porque había quedado a las seis con Liam en el apartamento. Cuando llegó, lo encontró comiendo helado y pizza en la cocina. La recibió con un beso en los labios.
—Hum... Delicioso. ¿Qué es? ¿Rocky Road?
—Fudge Brownie —la corrigió Liam—. Siempre se me olvida lo buenos que están los helados en Estados Unidos. En Inglaterra son un asco.
—En Francia es peor. —Sasha le sonrió—. Los helados italianos están bien... —Se sentó a la mesa de la cocina y le miró, le gustaba encontrárselo en casa tras una larga jornada de trabajo. Encajaba allí.
—Es para mariquitas —la corrigió—. Esto es helado de verdad. Come un poco de pizza, te llevo a dar una vuelta. —Sasha no quiso decirle que estaba cansada tras pasarse el día trabajando y a causa del jet lag. Se le veía animado y rebosante de vida. Liam lo había pasado en grande con sus amigos.
—¿Adónde me llevas? ¿Tengo que cambiarme? —Lo único que quería era darse un baño caliente y relajarse un poco antes de acostarse. Estaba agotada de cargar cuadros y decidir ubicaciones durante todo el día.
—Sí. Ponte unos vaqueros. —Liam aclaró el cuenco y lo metió en el lavavajillas. Cuando estaba con ella cuidaba esa clase de detalles. En cambio su casa estaba hecha un asco. Llevaba viviendo en el estudio desde que Beth y los niños se habían marchado y dormía en un saco de dormir sobre un colchón. Todo un lujo, para él—. Tengo dos entradas para el partido de los Yankees —anunció, victorioso—. Se las he comprado a un amigo. —Consultó la hora—. Salimos dentro de diez minutos. El partido empieza a las siete y media y tal vez pillemos algo de tráfico. —Hacía tiempo había vivido un año en Nueva York y siempre olvidaba cuánto le gustaba hasta que volvía a visitarla. Adoraba la energía y las emociones de la ciudad y, sobre todo, a los Yankees.
Sasha intentó fingir entusiasmo y fue a cambiarse de ropa. De vez en cuando se preguntaba qué estaba haciendo con un hombre de la edad de Liam que además actuaba como si tuviera la mitad de años. Él necesitaba a alguien como Tatianna y en cambio había acabado con ella. No se molestó en comer, pero se lavó la cara, se peinó y se puso unos vaqueros, una camiseta y sandalias. Cogió un chal de un estante y regresó a la cocina en menos de diez minutos. Liam estaba listo para salir, tocado con la gorra de los Yankees que se había traído de Londres.
—¿Lista? —Le dedicó una sonrisa reluciente. De bajada charló con el ascensorista y le contó que iban al partido. Los Yankees jugaban contra los Red Sox de Boston. El partido prometía. Los Yankees tenían todas las de ganar y, según le dijo al ascensorista, iban a machacar a los Sox.
Para cuando llegaron al estadio, Sasha ya se encontraba mejor. Parecía que el jet lag había aflojado un poco, Liam le compró un perrito caliente y una cerveza y la informó acerca de los dos equipos y de sus mejores jugadores. Era un fanático del béisbol, y a Sasha le pareció encantador. Quedaba a leguas de distancia de las fiestas acartonadas de París a las que ella no quería llevarlo. En realidad, le gustaba más esto. Para ella era nuevo. Nunca había ido a un partido de béisbol.
Mientras esperaban a que empezara el juego le contó a Liam que había visto a Tatianna un segundo. Él tenía muchas ganas de conocerla y Sasha sentía curiosidad por ver cómo se llevarían. Confiaba en que se cayeran bien. Era consciente de que a la larga el beneplácito de sus hijos seria crucial para la relación. Sabía que Xavier aceptaría a Liam porque ya eran amigos, aunque no sabía cómo se tomaría que se hubiera liado con su madre. Le preocupaba su hija. Los afectos y desafectos de ella eran impredecibles. Siempre era difícil gustarle y además tenía opiniones más críticas y contundentes que su hermano, que era una persona de trato más fácil.
Liam le fue explicando todo lo que ocurría en el partido. Los Yankees ganaron seis a cero. Estaba exultante y charló animadamente durante todo el trayecto de regreso en taxi. Se acostaron enseguida y tampoco esa noche hicieron el amor; Sasha durmió como un tronco. Liam se marchaba a Vermont a la mañana siguiente para ver a sus hijos y volvería al cabo de cuatro días; la telefonearía mientras estuviera fuera. Sasha lo acompañó a la estación Grand Central y después se dirigió a la galería. Se sentía como una tonta, pero empezó a echarle de menos en cuanto le dejó en la estación. Le había prometido estar de vuelta para el fin de semana. Sasha pensaba llevarlo a los Hamptons si estaba de humor. Había requerido ciertos reajustes acostumbrarse a tenerlo en la misma cama que había compartido con Arthur, pero Liam había demostrado una gran sensibilidad. Estaba segura de que en Southampton no sería menos. Solo que no sabía cómo reaccionaría ella. El dormitorio de Southampton era el último sitio donde había visto a Arthur. Para ella se había convertido en un lugar sagrado y no estaba segura de que Liam tuviera derecho a estar allí. Todavía. Tal vez nunca. Sasha necesitaba hacerse a la idea y no tenía prisa por decidirse.
Pasó una semana más ajetreada de lo que esperaba, acudió a varios cócteles, almorzó con Alana, felizmente casada y gastándose hasta el último centavo de su nuevo marido, y quedó con Tatianna para cenar. Por lo demás, Liam la telefoneaba regularmente para mantenerla al corriente de cómo le iba con sus hijos. Al principio con el mayor había resultado bastante difícil. Tom culpaba a su padre del divorcio. Beth había terminado por relatarle los detalles escabrosos del incidente con Becky, tal como Liam le contó furibundo a Sasha. Ella le aconsejó que se tranquilizara e intentara resolver las cosas con su hijo. Al final de la semana la situación había mejorado. Padre e hijo habían pasado una noche entera de lloros y conversación y por la mañana se sentían mejor. El hijo de doce años, George, se había alegrado de verle; durante ese año había empezado a padecer un tic nervioso para el que tomaba una medicación que Liam consideraba innecesaria. Telefoneó a Beth para darle su opinión y ella amenazó con llevarse a los niños sí Liam no le administraba la medicación a George, de modo que al final se la dio. Charlotte se mostró dulce y emocionada de ver a su papá; el único contratiempo fue que se cayó de la bicicleta y se torció la muñeca. Por lo demás, todo había salido bien. Un típico fin de semana con niños, aunque en este caso con niños que no habían visto a su padre desde hada un año. Nada de lo que Liam le contó sorprendió a Sasha, en cambio algunas cosas lo asombraron a él Liam habla intentado negar las consecuencias de su ausencia. Ver a sus hijos de nuevo las había sacado a la luz.
Una noche telefoneó a Sasha y se quejó de lo difícil que era volver a entrar en sus vidas y retomar la relación donde la habían dejado. Todo había cambiado, los niños eran diferentes. Pero seguían siendo sus hijos y Sasha le aconsejaba en cuanto podía cada vez que hablaban. Liam le agradecía su apoyo. Por fin, el viernes por la noche apareció en casa de Sasha con aspecto cansado pero contento. Acababa de bajar del tren. Parcela encantado de verla, llevaba la gorra de béisbol del revés, los vaqueros rasgados por las rodillas y no se había afeitado en toda la semana. Salvo por la barba incipiente, parecía un niño recién llegado de unos campamentos.
Sasha le preparó un baño, le hizo algo de comer y le sirvió un cuenco de helado, luego, Liam se acostó en la cama mirándola como si fuera un ángel recién bajado del cielo.
—Ha sido duro. Sash —admitió mientras se comía el helado. —Sabía que lo seria —contestó ella, contenta de tenerlo de vuelta. —Yo no. Supongo que quería creer que sería como en los viejos tiempos. Pero no. Es diferente. Han cambiado. Al principio parecíamos desconocidos. Estaban todos enfadados conmigo. —Lo único sorprendente era que Liam no lo hubiera previsto. Se había negado a aceptar la situación y había confiado en que el tiempo arreglaría las cosas. Pero por lo que contaba parecía que los cuatro días en familia habían abierto las puertas a la reconciliación y a mejorar la relación con sus hijos. Habían tenido un viaje agradable y los nidos eran maravillosos.
—Tienes que ir a verlos más a menudo. No es justo que no lo hagas.
Si era necesario, Sasha pagaría los billetes. Sabía que era importante. Y creía que ahora que por fin habla visto a sus hijos. Liam también lo comprendía, los niños le querían y le necesitaban. Era su padre. Incluso a pesar de que su nuevo padrastro les diera una vida mejor, seguían queriendo y necesitando a Liam, y este por fin se había dado cuenta, le había costado separarse de ellos después de cuatro días.
Sasha le frotó la espalda y le dio un masaje. Juego hicieron el amor. Era la primera vez que hacía el amor en aquella cama. Pero ya no era la cama de Arthur y Sasha. Ahora era de Sasha y Liam. Él se durmió casi en cuanto terminaron; parecía un niño bello y grande, y Sasha, tumbada a su lado, le acarició el pelo y lo besó a la luz de la luna.