5
El coche con chófer de Sasha pasó a por Liam a las siete y media en punto y luego recogió a ella en el Claridge a las siete y cuarenta y cinco. Tal como había prometido, Sasha estaba esperándole en la planta baja y se sentó junto a Liam. El luda un traje negro correcto y una camisa roja pintada por él mismo que alguna vez había sido blanca. Había olvidado que había pintado su otra camisa buena, la que no había usado para encerar el coche. La pintó una noche de borrachera porque le pareció divertido. Ahora, como acababa de descubrir, era la única camisa que le quedaba. Confiaba en que a Sasha le gustara. No le gustaba, pero Sasha se lo calló. Liam era artista. Xavier también, y si se hubiera presentado en el Harry's Bar con algo semejante lo habría matado. Pero Liam no era su hijo.
Le miró los zapatos con disimulo; eran casi pasables, pero no del todo. Se trataba de unos zapatos negros, serios, de adulto, pensados para llevar cordones pero que por alguna razón ignota carecían de ellos. Liam dedujo mientras se arreglaba que probablemente los había aprovechado para otra cosa, tal vez para atar un paquete de un envío, pero no lo recordaba. De todos modos le gustaban sin cordones, los prefería así. Iba bien afeitado, recién duchado, olía delicioso y llevaba el pelo impecablemente limpio recogido con un sencillo lazo negro que disimulaba la goma con que se había atado la larga coleta rubia. Se le veía guapo e inmaculado, y salvo por la camisa y la ausencia de cordones en los zapatos tenía un aspecto respetable pero, al fin y al cabo, era artista. Liam no seguía las normas, nunca lo había hecho. No veía razón alguna para acatar más normas que las suyas propias, lo cual explicaba en parte que su mujer se hubiera quedado en Vermont y no se hubieran visto desde julio. Pese a la camisa pintada de rojo y a la cola de caballo, su figura desprendía algo atractivo y aristocrático. Era un hombre guapo, un hombre de contrastes. De haber tenido otra vida o profesión podría haber sido actor o modelo, abogado o banquero, pero la camisa que había pintado de rojo delataba que no solo era artista, sino un niño rebelde. La camisa gritaba: «Miradme. Puedo hacer lo que me plazca. Y no podéis evitarlo».
Le preguntó preocupado a Sasha si tenía buen aspecto y ella asintió. No quería herir sus sentimientos y, al fin y al cabo, la camisa era una obra de arte. No se fijó en que le faltaban los cordones hasta que llegaron a Harry’s Bar. Y hasta que Liam no se encaramó a un taburete de la barra no descubrió que tampoco llevaba calcetines. El jefe de camareros la conocía bien y, sin mediar palabra, le prestó a Liam una larga corbata negra que, la verdad, encajaba perfectamente con la camisa. Sasha le ayudó a anudarla como hacía con Xavier cuando era niño. Liam explicó que hacía años que no se ponía una corbata y había olvidado cómo anudarla. Se le veía completamente despreocupado. El hecho de que el resto de la sala fuera exquisitamente ataviado, los hombres con elegantes trajes sastre y camisas a medida confeccionadas en París y las mujeres con trajes de cóctel de famosos diseñadores, no le preocupaba en absoluto. Si algo no le faltaba a Liam era confianza, excepto en lo concerniente a Sasha. Quería impresionarla y no sabía muy bien cómo. Se la veía tan capaz y segura de sí misma, mostraba tal aplomo mientras hablaba con Liam, que, de repente, se sintió plenamente consciente de su inocencia. Ella le trataba como a un crío. Le aseguró que tenía un aspecto fantástico cuando él le preguntó, entró con él al restaurante con aire orgulloso y actuó como si todos los hombres de la sala debieran ser corno él. A Liam la cabeza le daba vueltas por el mero hecho de andar detrás de ella y cuando por fin se sentaron se sentía como el mismísimo Picasso.
Ya le había preguntado por el contrato un par de veces en el coche. Así que para ahorrar tensiones, tanto a Liam como a ella, Sasha se lo entregó en cuanto ocuparon su mesa. Ello firmó sin mirarlo pese a los consejos de Sasha en sentido contrario y luego la miró con expresión entusiasmada. Ya era un artista de Suvery. Era lo único que había soñado y deseado durante los últimos diez años de su vida. Liam sabía que nunca olvidaría esa noche, Sasha tampoco Ella sospechaba que llegaría el día en que los dos se reirían de la velada al recordar a Liam entrando en Harry’s Bar con una camisa pintada por él mismo. Pese a su aspecto joven y alocado, le rodeaba cierta aura de grandeza.
Tomaron un martini en el bar, después Sasha pidió champán y brindaron primero a la salud del artista y luego a la de ella. Sasha bebió dos copas. Liam se acabó el resto de la botella sin pestañear. Para entonces ya le había contado a Sasha que era la oveja negra de la familia. Su padre era banquero y vivía en San Francisco; sus hermanos eran uno médico y el otro abogado y ambos se habían casado con niñas bien. Liam había sido distinto desde el principio. Sus hermanos solían atormentarlo diciéndole que era adoptado, lo que era mentira. Pero desde el principio había sido diferente. Odiaba todas las cosas que gustaban a sus hermanos, odiaba el deporte e iba mal en el colegio mientras que ellos eran estudiantes modélicos. Los dos capitaneaban siempre el equipo en que jugaran en ese momento, fuera de fútbol americano, baloncesto o hockey. En cambio, Liam se sentaba a solas en su cuarto a pintar. Le torturaban tirándole los cuadros. Liam le contó a Sasha que su padre le hizo saber muy pronto que le consideraba una gran decepción y una vergüenza para toda la familia. Durante un año de pesadilla, para castigarlo por sus malas notas. Lo internaron en una academia militar. Una noche se coló en la cafetería y pintó caricaturas de los profesores en la pared, algunas pornográficas, siguiendo el plan que había ideado para que lo expulsaran y que, como contó a Sasha con una amplia sonrisa, funcionó a la perfección. Pero de vuelta en casa continuaron las torturas a manos de su familia. Al final, sin saber ya qué hacer con él, decidieron desdeñarlo por completo. Actuaban como si Liam no existiera, se olvidaban de avisarlo para cenar y ni siquiera se molestaban en hablar con él aunque estuvieran en la misma habitación. Su propia familia negaba su existencia y acabó convertido en un paria. Cuanto peor le trataban, peor se comportaba él. Dado que no encajaba ni acataba las normas y planes que establecían para él, le dejaron fuera de la familia. Más de una vez oyó que su padre afirmaba que tenía dos hijos en lugar de tres. Liam no se adaptaba al modo de hacer las cosas de la familia, por tanto le rechazaron. Con el tiempo terminó representando su papel de marginado incluso en la escuela. Le llamaban si había que pintar la escenografía del club de teatro o si necesitaban algún póster o cartel. Pero el resto del tiempo nadie le prestaba atención, ni en el colegio ni en casa. Los demás estudiantes le llamaban el «artista chiflado», calificativo que al principio se tomó como un grave insulto pero que terminó por gustarle y explotar al máximo.
«Deduje que si me convertía en lo que decían que era, un artista chiflado, podría hacer lo que me diera la gana, y así fue. Hacia lo que me apetecía». Al final, como no se molestaba nunca en estudiar, lo expulsaron de una escuela tras otra. Abandonó definitivamente los estudios en el último curso, sin molestarse ni siquiera en graduarse, hasta que, ya casado, su mujer le obligó a sacarse el título. Pero la escuela nunca le había interesado. Era solo un lugar donde lo torturaban por ser diferente. Según Liam solo su madre había sabido reconocer su talento. En su familia el arte no se consideraba una ocupación respetable. Únicamente importaban los deportes y los estudios académicos y a él no se le daban bien ni una cosa ni otra, y tampoco lo intentaba. Sasha se preguntaba si no habría padecido algún problema de aprendizaje no detectado que le impidiera rendir en la escuela. A muchos de sus artistas les había ocurrido y aquel trastorno se había convertido en fuente de una profunda infelicidad compensada solo por el talento artístico. Pero no conocía a Liam lo bastante para preguntarle y. por tanto, no lo hizo, se limitó a escuchar su historia con interés y compasión.
Liam insistió en que había sabido que quería dedicarse al arte desde el momento en que vino al mundo. Una vez, una mañana de Navidad, antes de que se despertaran los demás, pintó un mural en el salón familiar y luego el piano de cola y el sofá. Obviamente la camisa constituía un ejemplo reciente de la misma expresión artística. Aquella mañana fatídica, tendría unos siete años, no pudo entender por qué nadie valoró su obra. Su padre le pegó y, de manera algo inconexa pero muy sentida, Liam explicó que después de aquel incidente su madre enfermó de gravedad. Murió al verano siguiente; a partir de entonces la vida de Liam se convirtió en una pesadilla. Su única protectora, la única persona que le quería y le aceptaba, había desaparecido. Algunas noches ni siquiera se molestaban en alimentarlo. Fue como si Liam hubiera muerto con su madre. Y el arte se convirtió en su único consuelo, una válvula de escape, el único vínculo con ella que le quedaba, ya que a su madre le encantaba todo lo que él hacía. Liam le contó a Sasha que durante años, incluso todavía entonces, tenía la impresión de que pintaba para su madre. Lo dijo con los ojos llenos de lágrimas. El resto de la familia actuaba como si estuviera loco y así seguían. Hacía años que no había visto ni a su padre ni a sus hermanos.
A Beth, su mujer, la conoció mientras esquiaba en Vermont, después de abandonar el hogar familiar con dieciocho años e instalarse en Nueva York para pintar. Se casaron cuando Liam tenía diecinueve años y se dedicó a pintar y a morirse de hambre en Greenwich Village. Beth trabajaba como una negra y siempre le había mantenido pese a las críticas de su familia. La familia de Beth era tan conservadora como la suya; tampoco a ellos les gustaba Liam. Le detestaban por su irresponsabilidad y su incapacidad para mantener a su hija. Liam y Beth tenían tres hijos, dos chicos de diecisiete y once años y una niña de cinco. Eran el sol de su vida, como Beth hasta que regresó junto a su familia de Vermont el pasado julio.
—¿Crees que volverá? —preguntó Sasha con una mirada de preocupación. Liam parecía tan vulnerable y tierno que le daban ganas de abrazarlo y arreglar todos sus problemas. Pero sabía por experiencia con otros artistas que las complicaciones que generaban en sus vidas a menudo resultaban imposibles de enmendar. Daba la impresión de que la relación de Liam con su familia era insalvable y casi con toda probabilidad no valía la pena ni intentarlo. Pero se le encogía el corazón cuando le escuchaba hablar primero de su infancia solitaria y luego de su esposa e hijos. Parecía perdido sin ellos; además. Sasha intuía que había mucho más que no le contaba. Liam le dedicó una mirada franca en respuesta a su pregunta sobre el regreso de Beth, luego titubeó un momento y por fin negó con la cabeza.
—No es probable. —Parecía convencido. Creía que Beth se había marchado para siempre.
—Tal vez cuando se entere de tus buenas perspectivas financieras cambie de opinión. —Por alguna razón insondable Sasha deseaba, por el bien de Liam, que Beth regresara con su marido. Pero no estaba tan segura de que Liam pensara lo mismo. Parecía que la separación le entristecía pero también que la aceptaba como algo inevitable. Habían estado casados veinte años y, obviamente, no había sido un matrimonio fácil. Sobre todo para ella. Tenía el aspecto de un hombre que ha cometido un crimen; estaba corroído por los remordimientos pero era consciente de que no había marcha atrás.
—No es el problema. El dinero no es problema. —Eso parecía tenerlo claro, de modo que Sasha no pudo más que preguntarse cuál debía de ser el problema. Para entonces estaban comiendo un plato de pasta acompañado de un burdeos excelente.
—¿Entonces? —Quizá los niños habían pesado demasiado. Sasha se preguntaba si ese habría sido el problema. O tal vez el inevitable desgaste del tiempo.
—En junio me acosté con su hermana. —Lo dijo con expresión triste y voz ronca y, pese a todos sus esfuerzos, Sasha no puedo evitar sorprenderse. Cuando menos, parecía una enorme estupidez engañar a la mujer que había soportado innumerables trabajos para mantenerte a ti y a tus hijos durante veinte años. Además Xavier le había dicho que era una mujer encantadora. Tal vez Liam no lo fuera tanto. Desde luego, su confesión así lo indicaba.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó como haría con un niño.
—Nos emborrachamos un fin de semana que Beth y los niños estaban fuera. Se lo conté cuando regresaron. Imaginé que Becky se lo diría. Son gemelas.
—¿Idénticas? —A Sasha, aquella historia le pareció fascinante pero patética; sin embargo, se dejó llevar por el drama que Liam le contaba. Igual que había hecho con las historias sobre sus padres y hermanos. No sabía todavía por qué, ni siquiera si Liam lo merecía, pero le caía bien. Y quería ayudarle. Con todo, la traición a su mujer la había horrorizado. Para Sasha significaba una falta de fibra moral muy perturbadora. Al mismo tiempo Liam desprendía una inocencia infantil que empujaba a querer perdonarle, por muy grave que fuera el crimen.
—Idénticas no, pero parecidas. Becky lleva años detrás de mí. A la mañana siguiente no podía creérmelo, pero era cierto. —Parecía a punto de echarse a llorar. De hecho, lloró mientras se lo contaba a Beth.
—¿Eres alcohólico? —La pregunta sonó algo dura. Desde luego le estaba dando con fruición al vino, pero no parecía borracho.
—No. Solo estúpido. Beth y yo llevábamos un mal año. Ella quería que me buscara un empleo. Estaba harta de trabajar y pasar penurias por culpa del arte. Y sus padres no cesaban de repetirle que me dejara y volviera a casa. Su padre es carpintero y su madre maestra. Creen que mi obra es una mierda. Hasta yo empezaba a pensar lo mismo. Hasta hoy. —Sonrió a Sasha con agradecimiento. Costaba resistirse a Liam. Incluso tras oír su confesión de adulterio, era difícil enfadarse con él. Liam tenía razón. Había cometido una estupidez. Y pese a todo seguía transmitiendo algo agradable e inocente. Sasha no sabía explicarlo de manera racional, Liam le atraía como persona, incluso como hombre.
—¿A qué se dedica Becky? —preguntó con desconfianza.
—Trabaja de camarera en unas pistas de esquí. Gana un montón de pasta y se folla a montones de tíos. Siempre me ha ido detrás. Y tal vez yo también la deseaba. No lo sé. Veinte años son mucho tiempo con la misma mujer. Era virgen cuando me casé con Beth y nunca hasta ahora la había engañado. —Pero sabía que estaba mal—. No es excusa, lo sé —admitió de corazón—. Ha sido una putada.
—¿No crees que acabará por perdonarte? —Sasha esperaba por el bien de él que así fuera. Era un tipo honrado e ingenioso que en veinte años solo había cometido un error; eso sí, uno de los grandes. Y tener que mantener a cinco personas sin ayuda no debía de haber sido un camino de rosas para Beth.
—No creo que me perdone nunca. Ha tenido celos de Becky toda la vida. Ella liga con los hombres que quiere. Sin embargo, Beth me tenía a mí, a tres niños y montañas de trabajo. Jamás le he dado una buena vida. Nos ha mantenido todos estos años y ha creído en mí siempre. Hasta que me acosté con Becky. En Navidad la llamé para hablar con ella y con los niños y me dijo que iba a pedir el divorcio. No la culpo. Está harta de mí. Al menos ahora podré mandarle algo de dinero. Después de tantos años, se lo merece. —Era un buen tipo, solo estaba algo desconectado de la realidad, quizá por su naturaleza artística. Sasha había escuchado historias peores. Pero lamentaba el modo en que había puesto fin a su matrimonio. Era una pérdida terrible, una lástima. Todo el mundo tendría que pagar por el error de Liam.
—¿Cuánto hace que no ves a los niños?
—Desde que Beth se marchó. No podía permitirme el billete de avión. Además, es probable que sus padres me maten. Su padre está bastante cabreado.
—¿Le ha contado lo ocurrido?
—Beth, no. Becky. Ella también me odia. Quería que dejara a Beth para casarme con ella. Dice que siempre había estado enamorada de mí. A veces ocurren cosas raras entre gemelos. Al menos entre ellas dos. Beth dice que Becky le ha tenido manía toda la vida. Es una mujer preciosa pero ningún hombre ha querido nunca casarse con ella. A los quince años se quedó embarazada y sus padres dieron el bebé en adopción. Creo que eso le jodió la cabeza para siempre. Intentó buscar al niño al cumplir los dieciocho, hará unos seis años, y descubrió que había muerto dos años antes en un accidente. Becky es un desastre. Creo que se culpa de la muerte de su hijo. Tal vez odia a Beth porque tiene tres hijos maravillosos. No sé. Es bastante complicado.
—Eso parece. Por lo visto el junio pasado entrasteis en un campo de minas.
—Ya. Beth opina que su hermana me tendió una trampa. Que llevaba veinte años esperando la ocasión. Tres botellas de vino barato y me cargo veinte años de matrimonio con la mejor mujer del mundo.
—¿Por qué no vuelas a Vermont para hablar con ella? Puedo darte un adelanto. Pensaba hacerlo de todos modos. —Liam tenía aspecto de necesitarlo, incluso antes de que Sasha supiera que llevaba seis meses sin ver a sus hijos.
—Demasiado tarde. Ha vuelto con su amorcito del instituto. Se casarán en cuanto consiga el divorcio. Su mujer murió el año pasado y le dejó con cuatro críos. El tipo tiene algo de dinero, dirige un centro de esquí y está más que dispuesto a mantener a Beth y a mis hijos. Suena mejor que estar casada con un artista chiflado. Al menos a Beth se lo parece. —Se le veía triste, aunque se lo tomaba con filosofía.
—¿Eres un artista chiflado, Liam? —preguntó Sasha con tacto. En cierto modo lo parecía, pero en otro no. Por encima de todo parecía un inmaduro agradable. Resultaba increíble que un hombre tan guapo solo se hubiera acostado con una mujer en su vida a excepción del lío de una noche con la gemela de su mujer. La historia también tenía su aspecto sórdido, pero parecía que, como decía Xavier, Liam era un tío majo. Sasha confiaba en él. Su instinto le decía que Liam era buena persona. Tonto e inmaduro tal vez, pero con un buen fondo.
—A veces soy un artista chiflado. Otras veces solo quiero ser un niño. ¿Qué tiene de malo?
—Supongo que depende de quién salga perjudicado. En este caso, Beth. Y tus hijos. Y diría que tú también. Pero Becky no parece libre de culpa.
—No le importa nadie aparte de ella. Nunca le ha importado nadie.
—Eso parece. —Sasha se calló y meditó la cuestión hasta que cayó en la cuenta de que Liam la observaba.
—¿Y tú? Xavier cree que el sol se levanta y se pone contigo. Está loco por ti. Es raro que un hombre de su edad sienta eso por su madre. En tu caso, me parece que acierta. Tiene suerte de tener una madre tan cariñosa. —Liam también había tenido una, pero la perdió demasiado pronto.
—Yo también le quiero con locura. Es un chico magnifico. Como su hermana. Soy muy afortunada. —Sasha sonrió.
—Puede que no tanto. Sé que tu marido murió el año pasado —comentó él, en tono compasivo.
—Si —confirmó Sasha serena, pero sus ojos llenos de lágrimas la incomodaron. Sus penas no eran asunto de Liam y no quería cargarlo con ellas ni compartir con él su dolor—. Murió hace quince meses. Estuvimos casados veinticinco años. —Y también él había sido el único hombre de su vida. Liam y Sasha tenían eso en común, además de haber perdido a sus madres siendo niños y las inevitables secuelas emocionales que tanto les habían afectado.
—La viudedad debe de ser muy dura —la consoló mientras se acababa la pasta y la miraba con dulzura.
—Sí. Es mejor ahora que al principio, pero sigo teniendo algunos días muy malos. —Liam asintió como si la comprendiera. Él había perdido a Beth por su propia estupidez y a causa de un error fatal. Ella había perdido a Arthur por culpa del destino—. Pero sigues adelante. No queda más opción. El trabajo ayuda.
—No puedes acurrucarte con tus cuadros por la noche. ¿Has salido con alguien? —No era asunto suyo, pero decidió contestarle de todos modos. No quería que supiera lo vulnerable y sola que se sentía. Si iba a representarle, tenía que aparentar fortaleza, al menos eso creía Sasha.
—No, no he salido con nadie. ¿Y tú?
Liam despertaba su curiosidad. Igual que ella a él. Después de todo lo que le había confesado sobre su familia y su matrimonio se había establecido cierta conexión entre ambos, más íntima de lo que Sasha había previsto y, desde Juego, más de lo que deseaba. Se dio cuenta de que por primera vez se sentía atraída por uno de sus artistas, pero no tenía la menor intención de dejarse llevar. Podían sincerarse durante la cena. Eran dos personas solitarias que habían sufrido pérdidas cruciales siendo niños, lo que les había privado de su infancia, y también en su vida adulta habían perdido a seres queridos, pero Sasha jamás permitiría que el vínculo que los unía pasara de ahí. No pensaba actuar guiada por la atracción que sentía hacia él. Era demasiado disciplinada y sensata para eso. Tampoco le permitiría a él rendirse a los sentimientos que pudiera tener por ella, si es que los tenía, cosa harto improbable.
—He salido con un par de personas —admitió Liam—. Me las presentó Xavier. —Sonrió a la madre de su amigo, convertida ahora en su marchante. La conexión entre ambos resultaba curiosa incluso para él—. No pude. Eran unas crías. Además, ¿para qué? Todavía estaba muy afectado por lo de Beth. Fue el verano pasado, justo después de que me dejara. Desde entonces no he vuelto a salir con nadie. Supongo que ahora que va a volver a casarse será distinto. Pero no he visto a nadie que me guste. La mayoría de las mujeres dispuestas a mezclarse con artistas están bastante chilladas. —Sonrió al decirlo y, de pronto, pareció más adulto—. ¿Y tú? ¡Qué buscas?
—Nada. No quiero convertirme en una de esas patéticas mujeres desesperadas por encontrar marido. Las citas a mi edad son ridículas. Resultan humillantes, un espanto.
—No si encuentras al hombre ideal —replicó Liam con ternura, pero Sasha negó con la cabeza.
—Ya lo encontré. Pero ha muerto. Tema zanjado.
—Qué tontería —repuso con expresión enfadada Liam—. Eres demasiado joven para rendirte. Y demasiado guapa. ¡Cuántos años tienes? —Él le echaba unos cuarenta y cinco a lo sumo, y porque sabía la edad de Xavier. Tal vez tuviera un par menos, podría haberse casado con dieciocho.
—Cuarenta y ocho. De sobras para dejarlo correr. He disfrutado de veinticinco años maravillosos.
—Y todavía podrías vivir cincuenta más. ¿Quieres pasarlos sola? —La idea parecía horrorizarlo. A ella no. Sasha había aceptado lo que consideraba una soledad inevitable.
—No. Quería pasar el resto de mi vida con él. Y lo habría hecho de seguir mi marido con vida. Ahora no tengo elección. El resto de las opciones no me apetecen. Ni creo que lleguen a apetecerme nunca. Me parece más digno renunciar que andar por ahí detrás de cualquiera solo por cumplir.
—Debió de ser un gran hombre si lo querías tanto. —Liam estaba todavía más impresionado a raíz de la conversación que estaban manteniendo. Sasha era una mujer sorprendente digna de admiración y respeto.
—Era maravilloso. Estábamos enamoradísimos. Fue muy mala suerte que muriera.
—Sin duda. Pero está muerto, Sasha. Tú, no. De haber muerto tú en lugar de él es probable que hubiese encontrado a otra. Todos necesitamos a alguien a quien amar. La vida es demasiado dura para vivirla solos. —El último medio año sin Beth ni los niños había sido un infierno.
—No estoy segura de que sea, mucho mejor si acabas con la persona equivocada. Como Becky. Yo acerté a la primera. No creo que volviese a tener tanta suerte de nuevo. ¿Para qué arriesgarse? —concluyó con nostalgia.
—Porque quizá la suerte se repita. Eres buena gente. Lo mereces. No sería lo mismo. Sería distinto. Pero la diferencia no siempre es mala.
—No me imagino saliendo con nadie —repuso con sinceridad mientras la camarera depositaba delante de ellos tres cuencos de dulces y un platito de galletas—. Lo poco que he visto da miedo.
—Sí, a mí también. —Liam se rio de lo absurdo de la situación —. Yo hago igual que tú. Me centro en el trabajo. No he parado de pintar desde que Beth se marchó.
—A mí me funciona. —Sasha sonrió. Mientras existieran artistas de talento como Liam su táctica seguiría funcionando—. Desde que se han ido los chicos es más duro. Al menos en París estoy cerca de Xavier y además voy mucho a Nueva York. Lo peor son las noches —confesó, y él asintió.
—También para mí. Y echo muchísimo de menos a los niños. Aunque imagino que estarán mejor sin mí, y además tienen al futuro marido de Beth. Ella dice que es un gran tipo y un buen padre. Probablemente mejor que yo. Están muchísimo mejor con Beth que conmigo. Su prometido es mucho más respetable que yo, más tradicional. Beth opina que eso es bueno para los niños. Porque él no es nada estrafalario. —Todo lo admitió con humildad, sintiéndose derrotado. No solo había perdido a su mujer, también a sus hijos.
—Eres su padre, Liam. No puedes abandonarlos. Deberías ir a verlos pronto. —Sí. Iré. —Pero no parecía convencido, cosa que inquietó a Sasha.
Esta había llamado al restaurante con antelación para que no les llevaran la cuenta a la mesa. No quería incomodar a Liam. Así que después de comer los dulces y tomar el café, salieron a la calle y subieron al coche. La galerista indicó al chófer que la llevara al hotel y luego acompañara a Liam a su casa. Pero cuando llegaron al hotel Liam dijo que prefería coger un taxi. Le propuso a Sasha ir a tomar una copa, pero a ella no le apetecía. Ya habían bebido suficiente vino y champán. No solía beber.
—Te acompañaré a la habitación y luego me iré —la tranquilizó él.
Sasha había disfrutado de su compañía toda la velada y resultaba agradable que la acompañaran a casa. Notaba la soledad ya familiar apoderándose de ella, como la notaba también Liam. Las noches eran una agonía para los solitarios como ellos. Entonces Sasha sonrió y le miró los zapatos mientras subían juntos la escalera y volvió a fijarse en la ausencia de calcetines. No pudo evitar mofarse de él ahora que se conocían algo mejor.
—No he encontrado ni un par —se excusó Liam, algo avergonzado—. Además, soy artista. No tengo por qué llevar calcetines —repuso con una mirada desafiante. Sasha se rio.
—¿Quién ha inventado esa norma?
—Yo —contestó, orgulloso—. Soy un artista chiflado. Hago lo que me da la gana. —Parecía un niño de cinco años y Sasha adivinó en sus ojos toda una vida de diabluras. A Liam le producía alergia cualquier forma de autoridad o control.
—No, no puedes hacer lo que te plazca. Todos tenemos que acatar las normas. —Se sintió como una maestra de escuela al decirlo y además Liam se rio de ella.
—¿Existe alguna norma relativa a los calcetines?
—Por supuesto —contestó Sasha pensando en enviarle un paquete con calcetines y camisas. Saltaba a la vista que los necesitaba, y tal vez incluyera también cordones para los zapatos. Se preguntó si se los pondría. No era probable. Era evidente que le gustaba inventar sus propias normas y no parecer convencional. Luego se preguntó si tampoco usaba ropa interior, pero esa idea hizo que se sonrojara.
—¿En qué piensas? —Liam había captado la expresión de Sasha.
—En nada. —Se la veía incómoda.
—Sí, en algo piensas. Te preguntas si llevo ropa interior, ¿verdad? —adivinó.
Sasha se sonrojó de nuevo.
—No, en absoluto —mintió entre risillas.
—Mientes. Bueno, pues sí. Eso sí lo he encontrado.
—Me tranquiliza saberlo —contestó Sasha en tono grandilocuente, y él volvió a reírse.
—¿Qué ponía en el contrato que acabo de firmar? ¿Acaso tengo que llevar calcetines y ropa interior? Porque si es así, lo rompo. Nadie tiene derecho a decirme cómo debo vestir ni qué debo hacer. —La típica rebeldía adolescente. Liam Allison tenía serios problemas con cualquier tipo de control, o al menos lo parecía. Llevaba toda la vida nadando a contracorriente, enfrentándose a las convenciones y rompiendo las reglas.
—Pues mira, ahora que lo comentas, creo que aparece en el contrato. —Estaba disfrutando de lo lindo tomándole el pelo. Para entonces ya habían llegado a la puerta de la habitación.
—No, no sale —replicó él en tono petulante y tozudo. Como un niño malo.
—Sí sale. En el contrato consta que tienes que llevar ropa interior y calcetines.
—¡No puedes obligarme! —exclamó Liam.
—Por supuesto que puedo —repuso ella, remilgada pero firme. De pronto, Liam la miró con una extraña mueca y, por sorpresa, se inclinó y la silenció con un beso. Sasha tenía la llave en la mano y la dejó caer en el bolso a causa de la sorpresa. Terminado el beso, le miró fijamente—. ¿Por qué has hecho eso, Liam? —preguntó en voz queda, horrorizada porque le había gustado. De hecho, le había gustado mucho. Demasiado. Más que demasiado. Entonces Liam recogió la llave y abrió la puerta de la habitación con delicadeza. Se quedó mirándola y ella, sin pronunciar palabra, entró en la habitación. Él la siguió. En cuestión de segundos, ya dentro, volvió a besarla y cerró la puerta con el pie. Sasha se debatía entre emociones contradictorias.
Quería detenerlo. De verdad. Tenía intención de detener a Liam, pero no podía. Lo peor de todo era que no quería parar, y él tampoco. Liam siguió besándola hasta que la levantó entre sus brazos y la depositó delicadamente sobre la cama. Había una luz encendida y Liam la apagó. No le dijo nada a Sasha. La besó y la desnudó y, sin apenas tiempo para que ella se diera cuenta, se tumbaron juntos en la cama, desnudos, haciendo el amor. Quería detenerle pero no podía. No quería detenerle. Quería hacer exactamente lo que estaban haciendo, igual que él. Eran dos personas moribundas que se habían encontrado y no podían dejarse escapar. La atracción que sentían era demasiado poderosa para resistirse. Y pese a las grandes diferencias en sus apariencias y estilos de vida, ambos se intuían almas gemelas, seres similares. Se necesitaban el uno al otro en sus respectivas soledades y se aferraron con fuerza hasta caer exhaustos, sin aliento, en los brazos del otro. Sasha permaneció tumbada mirándole en la oscuridad, asombrada por lo que acababa de hacer; él le sonrió con la dulzura de un hombre que era todo ternura.
—Creo que estoy enamorado de ti —le dijo en voz suave, y Sasha sintió los aguijones de las lágrimas. Creía que nunca volvería a escuchar esas palabras y en ese instante Liam se las acababa de decir y ni siquiera se conocían. Sin embargo, en el fondo de su corazón, sabía que le conocía. Intuía la soledad de su infancia y la vulnerabilidad de su madurez.
—Es imposible. No me conoces —replicó en voz queda mientras las lágrimas caían lentamente por sus mejillas. Lloraba por Arthur y por Liam, lloraba por ella.
—Es posible y sí que te conozco. Y quiero conocerte aún mejor. —Liam le había hablado mucho de sí mismo y quería saber más cosas de ella.
—Es una locura, Liam. —Sasha se apoyó en un codo y le miró desde arriba mientras él le secaba dulcemente las lágrimas a la luz de la luna. Todo lo que Liam hacía parecía tierno, amoroso y dulce.
—Puede —admitió—. Pero quizá es lo que ambos necesitamos. Yo sí. Y creo que tú también.
—¿El qué? ¿Sexo? —Parecía ofendida. No pensaba ser un rollo de una noche como Becky. Además, era ridículo. Era su marchante, no su novia. Hasta ese mismo día habían sido completos desconocidos y todavía lo eran. ¿Qué le estaba pasando? Se sentía a la deriva en un mar extraño, arrastrada hacia él por una corriente mucho más fuerte que ella y a la que no podía resistirse.
—No es sexo, Sasha. Y lo sabes. No es solo sexo. Aunque ha estado muy bien. —De hecho habla sido fabuloso. Muy notable teniendo en cuenta que no se conocían de nada. Había sido una experiencia increíble para los dos.
—Pues no puede ser amor. Ni siquiera nos conocemos.
—Confío en que lleguemos a conocernos.
Por encima de todo Liam parcela una buena persona y un hombre extraordinariamente atractivo. Demasiado para su propio bien y el de ella. Sasha se sentía visceralmente atraída hacia él y ahora comprendía que así había sido desde el momento en que se habían visto. Habla intentado negarlo pero no había podido.
—Es imposible —repitió Sasha—. Soy tu marchante y tengo nueve años más que tú.
¿Y qué? ¿También tienes normas para eso? —No parecía impresionarle la diferencia de edad, por lo visto él no le daba importancia.
—Sí, también para eso. No me acuesto con mis artistas. Nunca lo he hecho y no pienso empezar ahora —afirmó con seguridad, como para recordárselo a sí misma.
—Pues creo que acabas de hacerlo. Además, antes estabas casada, las normas han cambiado.
—¿O sea que ahora tengo que empezar a acostarme con los artistas? No creo. Liam.
De repente se sentía furiosa consigo misma y antes de poder añadir nada Liam la volvió a besar y deslizó sus manos por todo su cuerpo. Hasta el último centímetro de su piel se estremeció cuando ella tocó. Tenía la impresión de estar perdiendo la cabeza por Liam. Esta vez ni siquiera intentó detenerle, lo deseaba incluso más que la primera vez y, al acabar, se acurrucó entre sus brazos y lloró. Fueron lágrimas de alivio. Él la atrajo todavía más y la abrazó con fuerza hasta que dejó de llorar. Sasha sentía que en su interior había reventado un dique y la inundaban las emociones.
—Te quiero. Saha. Ni siquiera te conozco pero te quiero. Y sé que con el tiempo te querré aún más. Dame una oportunidad —le rogó. La deseaba más de lo que jamás había deseado a ninguna mujer, ni siquiera a Beth.
—Esto no volverá a pasar.
El pecho de Liam apagó las palabras de Sasha y él sonrió.
—Te prometo que la próxima vez me pondré calcetines —contesto, sin soltarla.
—Hablo en serio, Liam —insistió ella en voz baja mientras se dejaba vencer por el sueño entre sus brazos. —Ya lo sé, Sasha... Lo sé... Pero te quiero de todos modos. Besó el pelo de la mujer esparcido sobre la almohada, sonrió sin dejar de abrazarla y se durmió. Era la primera buena noche para ambos desde hacía meses.