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Sasha tuvo un mes de diciembre muy ocupado en París. La galería pasaba por una época de mucho trabajo. Se citó con la mayoría de sus principales clientes, todos los cuales parecían querer realizar compras importantes o vender parte de sus colecciones antes de fin de año. Habló con Xavier casi a diario. Había organizado unas vacaciones en la nieve para ella y sus hijos. Saldrían hacia SaintMoritz el día después de Navidad. También allí tenía varios clientes importantes.

La vida social en París era mucho más formal que en Nueva York. Los clientes neoyorquinos eran personas de éxito pero se mostraban más relajados y muchos de ellos habían acabado convirtiéndose en amigos con los años. La gente que le gustaba de Nueva York pertenecía a orígenes ya campos profesionales variopintos e interesantes. En París subsistían ciertas fronteras sociales más propias de Europa. Sus principales clientes procedían de la aristocracia o la nobleza o pertenecían a fortunas establecidas generaciones atrás, como los Rothschild, muchos de los cuales habían sido además amigos de su padre. Las fiestas a las que la invitaban eran infinitamente más pomposas y cuidadas que las reuniones a las que acudía en Nueva York o que ella misma había organizado en vida de Arthur. Además en París costaba más declinar una invitación puesto que muchos de los anfitriones le habían comprado obras de primerísimo orden. Se sentía obligada a aceptar. Se quejaba de ello a Xavier y su hijo insistía en que le haría bien salir. Pero incluso a su edad a menudo era con diferencia la persona más joven de la sala y, las más de las veces, se aburría. No obstante asistía por motivos de negocios. Y siempre se alegraba de estar de vuelta en casa.

A mediados de diciembre, mientras trabajaba en el despacho otro día triste y neblinoso, su secretaria le anunció la visita de un cliente. Se habían conocido la noche anterior en el transcurso de una cena. Le interesaba comprar una obra importante de estilo flamenco y Sasha se alegró de que su interés no se hubiera quedado en un mero tema de conversación. Salió del despacho para reunirse con él y mostrarle varios cuadros que parecieron de su agrado.

Para todos, salvo para Sasha, a lo largo de las dos horas y media de conversación se hizo evidente que la propietaria de la galería también era del agrado del cliente. La invitó a cenar al día siguiente en Alain Ducasse para tratar con ella la eventual adquisición. Ducasse estaba considerado uno de los mejores restaurantes de la ciudad y Sasha sabía que la cena se alargaría tres o cuatro horas, una perspectiva que se le antojaba aburrida y tediosa. Pero lo consideró una gran oportunidad para cerrar una venta de un millón de dólares. Entonces solo pensaba en trabajo, menos cuando telefoneaba a Tatianna o a Xavier.

Quizá le interesa algo más que el cuadro, mamá bromeó Xavier cuando su madre le contó la invitación a cenar que había aceptado para el día siguiente.

No seas burro, mi padre aceptaba cenas como esa constantemente. Y, créeme, ninguno de los clientes iba detrás de él. Aunque sabía que algunas mujeres le habían pretendido tras la muerte de su madre. Pero jamás vio a su padre demostrar ningún interés romántico por ninguna de ellas. Como Sasha, su padre había permanecido fiel hasta el final al recuerdo de su esposa. O al menos esa impresión le había dado a su hija. Nunca habían abordado el tema. Si había pasado alguna mujer por su vida, cosa que Sasha dudaba, lo había llevado con gran discreción.

Nunca se sabe repuso Xavier, esperanzado. Ni él ni su hermana querían que Sasha acabara sola. Todavía eres guapa y joven.

No, no lo soy. Tengo cuarenta y ocho años.

A mí me suena joven. Tengo un amigo que sale con una mujer mayor que tú.

Qué espanto. Eso es perversión de menores contestó ella, entre risas. La idea de salir con un hombre más joven le resultaba ridícula.

No dirías lo mismo si un hombre de tu edad saliera con una mujer más joven.

Eso es distinto sentenció con rotundidad, y esta vez fue Xavier quien se rio.

No, para nada. Solo que estás más acostumbrada a verlo. Tiene el mismo sentido cuando se trata de una mujer mayor que sale con un hombre más joven.

-¿Me estás diciendo que tu última conquista te dobla en edad? Porque si es eso, prefiero no saber nada. Como mínimo Sasha sabía que en cualquier caso la mujer desaparecería en cuestión de una semana. Con Xavier siempre ocurría lo mismo, fueran de la edad que fuesen. En lo referente a mujeres su hijo tenía la misma capacidad de atención que una pulga.

No, aún no lo he probado, pero lo haré si encuentro a una mujer mayor que me guste y quiera salir conmigo. No seas tan anticuada, mamá. —No solía serlo; en realidad a Xavier le encantaba lo abierta de miras que era con él. Para esas cosas Sasha era muy francesa y no le molestaba que su hijo llevara una vida amorosa muy activa. Siempre había sido mucho más liberal que las madres de sus compañeros de colegio en Nueva York o sus amigos estadounidenses. Sasha solía comprar condones para él y sus amigos y dejárselos en un enorme tarro del dormitorio. No hacía preguntas, pero rellenaba regularmente el tarro. Prefería afrontar tales cuestiones con realismo. En ese sentido, era muy francesa.

Te lo advierto, como te cases con una mujer el doble de mayor que tú no pienso asistir a la boda, sobre todo si es una de mis amigas.

Nunca se sabe. Solo digo que no deberías cerrarte en banda. Era consciente de que su madre todavía no había tenido ninguna cita. Mantenían una relación tan abierta que sabía que de haberla tenido se lo habría comentado.

—Quizá debería dejarme caer por el jardín de infancia del barrio o repartir mi número de teléfono en el instituto. Si no consigo una cita, siempre puedo adoptar a alguno. Sasha se estaba riendo de su hijo y de la imagen completamente absurda y algo repulsiva de ella con un chico o un hombre mucho más joven. Estaba acostumbrada a convivir con alguien mayor que ella.

Cuando quieras una cita, la tendrás le aseguró Xavier con calma.

No quiero citas repuso ella con firmeza, dejando las risas. No le apetecía abordar el tema con Xavier ni con nadie.

Lo sé. Pero confío en que algún día te apetezca. Su padre había muerto hacía catorce meses y sabía mejor que nadie lo sola que estaba Sasha. Su madre le telefoneaba todas las noches desde casa y él le notaba la voz triste siempre que no estaba en el trabajo. Detestaba imaginársela así. Tatianna estaba en la India y mucho más desconectada de su madre. Además Xavier tenía la impresión de que ella se expresaba más abiertamente con él. Compartían ese lazo especial que en ocasiones une a madres e hijos como confidentes y amigos.

Sasha le contó que la semana siguiente volaría a Nueva York para asistir a una junta y que regresaría el día antes de Nochebuena.

Xavier y Tatianna llegarían a París el día de Nochebuena por la tarde. Y pasado el día de Navidad saldrían juntos para SaintMoritz. A todos les apetecía. Además su nuevo cliente en perspectiva tenía casa en aquella localidad suiza. Confiaba en haber cerrado la venta para entonces.

Al día siguiente el cliente pasó a recogerla para ir a cenar al Alain Ducasse del Plaza Athénée. Sasha habría preferido una cena elegante pero sencilla en Le Voltaire, pero era cuestión de negocios y por tanto iría donde el cliente dispusiera. Era fácil deducir que el hombre trataba de impresionarla, pero a Sasha nunca le había fascinado en exceso la comida cara y complicada, por muchas estrellas Michelin que tuviera el chef. Alain Ducasse tenía tres.

Como cabía prever, la cena fue increíble. Disfrutaron de una conversación interesante y, mientras Gonzague de Saint-Mallory la acompañaba a casa en coche, la venta parecía inminente. Era un hombre encantador, educado, extremadamente rico, conde y muy esnob. Le Comte de Saint-Mallory. Se había casado dos veces, tenía cinco hijos reconocidos de los que hablaba con normalidad y, como Sasha sabía, otros tres de los que no. En cuestiones de dicha naturaleza, Francia era un país pequeño y París una ciudad aún menor. Las aventuras del conde eran legendarias, sus amantes vivían a cuerpo de rey y sus hijos ilegítimos eran la comidilla de la ciudad.

Estaba pensando que quizá me gustaría probar el cuadro en la casa de Saint-Moritz antes de tomar una decisión —dijo con aire pensativo el conde mientras la conducía a casa en su Ferrari. Pocas veces se veían coches semejantes en París, donde los vehículos grandes resultaban incómodos. Sasha conducía un minúsculo Renault, mucho más fácil de aparcar y maniobrar. No sentía la necesidad de alardear de coche caro por París ni por ningún otro lugar. Podría venir a verlo y decirme qué le parece continuó mientras aparcaba frente al hôtel particulier que ocupaban la galería y el hogar de Sasha.

No sería ningún problema contestó ella, encantada. Se lo podemos enviar a Saint-Moritz, estaré allí con mis hijos dentro de quince días. —Al conde no le gustó la respuesta.

Pensaba que podría instalarse en mi casa. Quizá prefiera llevar a sus hijos en otra ocasión. Por lo visto para el conde se podía prescindir de los hijos sin problemas. Sasha no opinaba lo mismo.

Me temo que no va a ser posible repuso claramente, mirándole a los ojos. Hace tiempo que tenemos planeado el viaje. E incluso aunque no fuera así, me muero de ganas de pasar unas vacaciones con ellos. Intentaba transmitirle el mensaje de que llamaba a la puerta equivocada, con independencia de lo que hicieran sus hijos. Sasha no tenía la menor intención de mezclar trabajo y placer, sobre todo en el caso del conde, de reputación extremadamente dudosa. Tenía cincuenta y cuatro años y era famoso por las juergas que se corría con jovencitas.

Entiendo que quiere usted vender el cuadro dijo Gonzague con idéntica claridad. Creo que me comprende, mademoiselle de Suvery.

Perfectamente, Monsieur le Comte. El cuadro está en venta. Yo no. Ni por un millón de dólares. Me encantará echarle un vistazo mientras esté en Saint-Moritz añadió, más amable. Pero para entonces los ojos del conde centelleaban. Ambos se habían expresado con claridad. Y al conde no le gustaba lo que oía. Las mujeres nunca le rechazaban, en particular las de la edad de Sasha. En su opinión, de haberse acostado con ella le habría hecho un favor. Le parecía una mujer triste y sola. Pero, por lo visto, no estaba tan sola como aparentaba. Ni desesperada por vender.

No hace falta que venga a verlo contestó con frialdad. Finalmente he decidido no comprar el cuadro. De hecho, dudo seriamente de su autenticidad. —Dicho lo cual, bajó del coche y rodeó el vehículo para abrirle la portezuela a Sasha. Pero cuando alcanzó el otro lado ella le esperaba en la acera mirándolo con ira.

Gracias por esta cena deliciosa. No tenía idea, dada su reputación, de que comprase mujeres a tan alto precio. Suponía que un hombre con su encanto e inteligencia las conseguiría gratis. Gracias por una exquisita velada.

Y sin darle tiempo a añadir una sola palabra más se encaminó hacia la puerta de bronce, introdujo el código y desapareció. Al cabo de unos segundos oyó que el coche se alejaba a toda velocidad. Sasha temblaba de rabia cuando entró en casa. Ese cabrón había intentado comprarla junto con el cuadro como si creyera que estaba tan deseosa de vender como para acostarse con él. Aquello pasaba del mero insulto. Nadie se habría atrevido jamás a tratarla de semejante modo en vida de Arthur. Todavía temblaba cuando telefoneó a Xavier y le contó lo que acababa de ocurrirle. Su hijo se carcajeó de alegría cuando le contó lo que le había soltado al final de la conversación.

Eres fantástica, mamá. Tienes suerte de que no te atropellara con el Ferrari al marcharse. Seguro que le habría encantado. Menudo sinvergüenza. Xavier volvió a reírse.

Sí, y que lo digas. Pero debe rías sentirte halagada. Tengo entendido que sale con chicas más jóvenes que Tatianna. Cuando viene por aquí pasa mucho tiempo en Annabel's.

No me sorprende. Annabel's era un club privado de Londres frecuentado por las clases elegantes además de por montones de hombres maduros con mujeres mucho más jóvenes. Sasha y Arthur habían ido muchas veces. Eran miembros del club Annabel’s y del Harry's Bar, ambos del mismo dueño—. ¡Cómo puede ser que se salga siempre con la suya?

A algunas mujeres les encanta que se comporte así. La mayoría de las galeristas se habrían acostado con él para vender el cuadro.

Sí, y al día siguiente les habría devuelto el cuadro de todos modos. Su padre le había advertido contra esa clase de individuos cuando entró en el negocio. Gonzague de Saint-Mallory no era un caso único, pero eso sí, muy maleducado.

Sasha todavía echaba chispas cuando se metió en la cama. A la mañana siguiente le comunicó al encargado de la galería que no venderían el cuadro al conde.

Vaya. Creí que anoche habíais salido a cenar comento Bernard.

Sí. El conde se comportó pésimamente; tuvo suerte de que no le diera una bofetada. Por lo visto esperaba que incluyera mis servicios en el precio del cuadro. Pensaba que me instalaría con él en Saint-Moritz y anularía las vacaciones con mis hijos.

¿No has aceptado? Bernard fingió estar sorprendido.

Qué mala vendedora eres, Sasha. Dios mío, piénsalo, un millón de dólares. ¿Es que no tienes ningún respeto por el negocio paterno? —Le encantaba picarla. Tras quince años en la galería, podían considerarse amigos.

Vamos, Bernard, calla contestó con media sonrisa y se dirigió al despacho a trabajar.

En su opinión, la del conde era la oferta más insultante que le habían hecho jamás. A la semana siguiente le contó lo ocurrido a la encargada de Nueva York, que se sorprendió de verdad.

Los americanos no se comportan así aseguró Karen, siempre en defensa incondicional de sus compatriotas.

Es probable que algunos se comporten incluso peor. Empiezo a creer que el problema son los hombres, no las nacionalidades, aunque admito que es posible que los franceses sean algo más descarados en estos asuntos. Pero estoy segura de que estas cosas también ocurren aquí. ¿Nunca te ha dejado entrever algún cliente que para vender un cuadro tenías que acostarte con él? Sasha se recostó en la silla, entre risas. Por fin empezaba a verle la gracia. Karen, la encargada de la galería neoyorquina, lo meditó un minuto y luego negó con la cabeza.

Creo que no. Tal vez no me haya dado cuenta.

¿Qué habrías hecho? Ahora Sasha jugaba con la encargada.

Me habría acostado con él y le habría pagado yo el millón de dólares interrumpió Marcie, la asistente de Sasha. Le vi en una revista. Es guapísimo, Sash.

Sí, es atractivo admitió Sasha, sin dejarse impresionar.

Su difunto marido era mucho más guapo. No le gustaba el aspecto excesivamente lustroso y sórdido del conde. Prefería el aire a lo Gary Cooper de Arthur. Hombres como Gonzague de Saint-Mallory los había a patadas, con o sin Ferrari. Conocía bien a los de su calaña.

Los tres días que Sasha pasó en Nueva York transcurrieron en un santiamén; estuvieron cargados de trabajo. Visitó a varios artistas, se reunió con importantes clientes y acudió a la junta que la había llevado a la ciudad. Las dos primeras noches las pasó en casa, revisando las cosas de Arthur. Se había prometido guardar al menos algunas de ellas. Le había costado catorce meses ponerse a ello y, una vez hecho, los armarios le parecían vacíos y tristes. Pero ya era hora.

La última noche en la ciudad asistió a una fiesta de Navidad de unos amigos. Encontrarse en Nueva York antes de esas fechas le provocaba sensaciones agridulces. Le recordaba cuando los niños eran pequeños y los llevaba a patinar al Rockefeller Center y cuando Arthur aún vivía, hacia solo dos Navidades. Nueva York se le hacía duro. Se alegró de ver a sus amigos, pero también se hartó de explicar que no había ningún hombre en su vida. Por lo visto nadie parecía interesado en preguntar nada más. Como si no existiera a menos que tuviera a un hombre. De un modo extraño, vivía como un fracaso que su marido hubiese muerto y la hubiera dejado sola. Al ver a todos sus amigos casados y conviviendo se sentía como el único ejemplar desparejado del arca de Noé. Era un alivio volver a París al día siguiente y ansiaba que llegaran sus hijos. Contrató a alguien que les cocinara un pavo para Nochebuena y decoró un árbol y el resto de la casa. Le entusiasmaba tener a Tatianna de nuevo con ella; no la veía desde hacía dos meses. Su hija tenía buen aspecto, parecía feliz y lo había pasado estupendamente. No pudo esperar para enseñarle a su madre las fotografías. Estaban viéndolas cuando Xavier le contó lo de Gonzague.

Mamá ha estado a punto de cancelar nuestro viaje a SaintMoritz soltó de sopetón. Tatianna se sorprendió. Pensaba ir sin nosotros para venderle a un conde francés un cuadro de un millón de dólares.

No es verdad, mentiroso le reprendió Sasha. Entonces le contó lo ocurrido a Tatianna, a quien dejó de piedra que un playboy parisino hubiera intentado acostarse con su madre mediante la treta de comprarle un cuadro valorado en un millón de dólares.

Qué asco, mamá exclamó Tatianna compadeciéndose de su madre. No le costó imaginar lo humillante que debía de haber resultado.

Qué dices. En mi opinión debería sentirse halagada añadió Xavier.

Eres un machista asqueroso le replicó su hermana, atravesándolo con la mirada. Para mamá ha tenido que ser horrible.

Vale, vale. Vosotras ganáis. Iré a darle un puñetazo. ¿Dónde vive? Xavier se volvió hacia su madre, que se echó a reír.

No tendría que habéroslo contado. Ahora no pararéis.

Ya paro. Por cierto, casi se me olvida. Liam por fin va a mandarte las diapositivas. Me las ha enseñado. Son buenas sentenció, orgulloso de su amigo.

Me muero de ganas de verlas.

Sasha sabía que Xavier a veces tenía buen ojo, pero que otras trataba de ayudar a sus amigos a expensas de su madre. Nunca sabía qué esperar, pero valía la pena echar un vistazo. Llevaba siglos oyendo hablar del joven artista norteamericano instalado en Londres. Aunque más de sus aventuras y escapadas que de su arte.

Creo que te impresionará su obra la tranquilizó Xavier. Sasha asintió pero no comentó nada. Tenía la esperanza de que no fuera así. Le parecía un tipo de armas tomar.

¿Cómo dices que se llama? preguntó, ausente.

Liam Allison. Es de Vermont. Pero ha vivido en Londres desde que se licenció. Recordaré el nombre. Y si me gustan las diapositivas, intentaré conocerlo la próxima vez que vuelva.

De vez en cuando Xavier descubría nuevos talentos para su madre y esta podría ser una de tales ocasiones. Sasha siempre estaba dispuesta a ver obras. De ahí su buena reputación. Poseía un espíritu aventurero y un ojo infalible. Pero también sabía de antemano que Liam era un bala perdida. No cabía concluir otra cosa teniendo en cuenta todos los líos en los que Xavier se había metido con él.

Asistieron a la misa del gallo y al día siguiente pasaron una jornada tranquila todos juntos. Tatianna le había traído a su madre un precioso sari de la India y unas bonitas sandalias doradas a juego. Y Xavier le había comprado un brazalete de oro en un anticuario de Londres. Era la clase de regalo que le habría hecho Arthur, y Xavier se enterneció al ver que el rostro de su madre se iluminaba al ponerse la joya.

La noche de Navidad, Sasha contempló a sus dos hijos acostados con una sonrisa. «Soy la mujer más afortunada del mundo», les dijo con absoluta sinceridad. Lo pensaba por primera vez en mucho tiempo.