CAPÍTULO XXVII
Mr. Barker no creía que pudieran suceder allí muchas cosas, pero como pertenecía a determinada rama del Servicio Civil, su actitud era subjetiva; no era preciso desplegar una gran imaginación, o por lo menos no mucho más que una visión corriente, pues como decía su mujer, no había que darse tanto trabajo.
Pero en una rama muy distinta del Servicio Civil, el razonamiento de George Hilton se hallaba acostumbrado a objetivar y a poner en juego la imaginación. El leguleyo intervendría en una segunda etapa, no en la primera.
Hilton se hallaba de vuelta en The Pennines y ya eran más de las diez de la noche. Durante el viaje de regreso, había podido reflexionar con tranquilidad en una serie de cosas. Meditó sobre ella, pero también sobre él. Lo menos que se podía decir al jefe inspector Warwick era que se trataba de un hombre poco común. Lo cierto era que en algunas oportunidades se había apartado de lo ortodoxo. No porque lo hiciera ex profeso, pensaba Hilton, sino porque no lo podía evitar. Pero, ¡así eran las cosas! Uno trabaja con él y él tenía fama de ser muy hábil. Y era sobrado motivo para amargarse el haber cometido un desliz mínimo, aunque suficiente para que Warwick, empleando un poco de inteligencia, le ganase de mano. Warwick le había pedido el nombre de las personas que no estuviesen en condiciones de probar satisfactoriamente la coartada en el crimen de Hodges. Un pedido lógico. ¡Y pensar que el hecho de que él se hubiera reservado el nombre de Mrs. Winterton, había sido motivo suficiente para que en ella concentrara su atención el jefe inspector! ¡Bien podría habérsele ocurrido que sucedería algo semejante! Por eso resultaba amargo. Mr. Warwick a secas no la había perdido de vista desde ese entonces. Cuando Mrs. Winterton partió en automóvil para el campo, él la siguió. Cierto era que no había podido llegar a tiempo a Sea View para evitar un crimen inexplicable, puesto que se le había pinchado una-goma, cosa que podía ocurrirle al mejor de los mortales. Ni tampoco podía prever la posibilidad de un nuevo crimen. Porque de un crimen se trataba, a pesar del diagnóstico del viejo doctor. Pero no, aun no podía probarse, aunque el mismo Warwick sostuviese la inamovible opinión de que Mrs. Winterton había asfixiado a su suegro con el almohadón de terciopelo. Y a Robert Hodges lo había sofocado, por motivos que ella sólo sabía, con uno de los almohadones de su propio cuarto. ¡Y ése era su error! A pesar del crimen de Vivian Winterton y de cualquier otro que pudiera estar planeando su cerebro, evidentemente homicida, no podría anular su primera falla. Hodges bastaría para que la colgasen, pues no podría rendir cuentas del tiempo precedente a la reunión, durante el cual, según manifestara, había ido a una farmacia de las inmediaciones. ¿A qué farmacia?
Para hacerle esa pregunta iba Hilton a The Pennines.
Warwick tenía sus puntos de vista en materia de trabajo. Le gustaba compartirlo con sus ayudantes y no se reservaba para él los mejores momentos.
Al escuchar el sonido del timbre bajo la presión de su pulgar y el ladrido del perro en el interior del departamento de los Winterton, se preguntó: “—¿Qué excusa pondrá ahora? Es lo bastante hábil para inventar algo. Pero tendrá que ser un subterfugio muy bueno para poder impresionar al jurado.”
El viejo perro volvió a aullar, pero nadie salió a abrir la puerta. Hizo sonar otra vez el timbre. Pero no apareció nadie.
¿Se hallaría abajo, quizás, en el club?
Tampoco estaba allí, a pesar de que se encontraba muy concurrido. Además, no había señales de Mr. Winterton. Los altoparlantes propalaban música bailable y las parejas danzaban en una cancha de squash. Las victrolas automáticas trabajaban sin descanso y alguien seleccionaba los discos. Las jóvenes y los muchachos prorrumpían en alegres gritos y sobre el suelo llovían monedas de seis peniques. Curie se hallaba en lo más espeso, recogiendo con toda diligencia el botín.
La corriente de aire de un ventilador movía la puerta de vaivén que daba a la pileta. Hilton alcanzó a percibir el agua verde y fresca. No le vendría mal nadar un poco.
De repente, la vio allí.
Estaba sola, sentada en el borde de la pileta, bamboleando los pies sobre el agua. Llevaba puesto un traje de baño rojo. Vio el juego de colores, el rojo del traje, el azul del borde de la pileta, el verde del agua... Ella sonreía. El encargado de los trajes de baño y los vestuarios estaba sentado en su casilla cuadrada, en un extremo de la pileta, leyendo el Evening Standard. Hilton le alquiló un traje de baño, una toalla y un vestuario. Se metió allí adentro y mientras se desvestía pudo verla por encima de la lona. Thelma seguía sonriendo aún.
Al aproximarse, notó que ella de pronto se había dado cuenta del muñón de su brazo derecho y dejó de sonreír como por cortesía.
Pero Hilton podía zambullirse con un poco de estrépito y nadaba un tanto de costado. Cuando surgió del agua verde frente a ella, la expresión de su rostro era un tanto admirativa. Volvió a sonreír, clavados los ojos en el disco de plata donde había metido antes su brazo el detective. Se mantuvo en el agua, justamente debajo de ella, asiéndose del mármol con su única mano.
El viejo Jack, levantando los ojos del diario, dijo:
—Sólo les quedan diez minutos...
Y volvió a hundir la cara en la página de carreras.
Thelma lo miró, apartando sus ojos de Hilton. También miró la oscilante puerta de entrada. ¿Llegaría alguien más? Sólo quedaban diez minutos para nadar, pero alguna pareja podría pasearse por allí y contemplarlos. Las figuras en el agua, eran algo fascinador.
George seguía flotando ociosamente en el agua, con un lento pataleo, pero asido del mármol para estar junto a ella.
—¿Y cuál es su defensa, Mrs. Winterton?
Thelma oyó sus palabras, pero seguía mirando al viejo Jack y a la puerta de vaivén.
—¿Defensa? —le preguntó a su vez, con una sonrisa.
—En el asunto de Hodges. Su marido me dijo que usted fue a la farmacia.
—¡Ah! —le contestó—. Sí. Eso fue lo que le dije.
—Y, ¿fue en verdad?
Lo miró un instante, para volver luego a desviar sus ojos.
—¡Vamos, Mr. Hilton! ¿Tengo el aspecto de una mujer que engaña a su marido?
—Muy bien. ¿A qué farmacia fue?
—Tengo una pésima memoria para recordar el nombre de los negocios...
—¿Fue a una farmacia de Hammersmith? ¿Y qué compró? —Se hundió en el agua para mojarse la cara y volvió a aparecer, resoplando.— Tómese tiempo. En estas cosas, no hay realmente apuro.
Thelma volvió a mirar a Jack y la puerta de vaivén. Jack seguía leyendo el diario y los muchachos parecían haberse aburrido ya de la pileta.
Le sonrió.
—Si no hay apuro —le dijo— veamos cómo se las arregla con un solo brazo. Le juego una carrera hasta la parte honda.
—Convenido —le contestó Hilton, al uso norteamericano—. ¡Le juego!
Se soltó del borde, dio una vuelta y comenzó a nadar crawl, con el brazo izquierdo.
Thelma se levantó, y asiéndose del mármol con los dedos del pie, se inclinó hacia adelante para zambullirse. “Lo siento por tu brazo, George —se dijo—, pero se trata de tu vida o la mía. Elegiste una vida de hombre y debes correr sus riesgos.”
La zambullida de Thelma fue hombruna y recia. Con fuertes manos tomó a Hilton por detrás de las rodillas. Ambos se fueron derecho al fondo. Ella dio con la espalda en el fondo, pero mediante una vuelta se puso arriba, en forma tal que George se golpeó la cabeza y quedó con las piernas para arriba, como ella deseaba.
Las manos de Thelma eran de acero. Hilton agitó su único brazo, golpeando el fondo resbaladizo de la pileta y así lo vio ella a través de las burbujas verdes al aproximarse a la superficie. —“Mucho me temo que no te puedas salvar, George —pensó— ¡Con ese brazo que te falta! Lo único que me preocupa es saber qué pasará en la superficie cuando suba.”
Pretender que lo estaba salvando no serviría para nada si acudían otros en su auxilio. Y parecía tener muy buenos pulmones.
Afloró casi debajo de Jack, que había empezado a doblar su diario. Buscaba el saco para poder llevárselo a su mujer. En cuanto lo encontró, lo introdujo en uno de los bolsillos. Luego miró su reloj de bolsillo y apagó varias llaves del tablero eléctrico.
Iba a volverse para avisar a la pareja que ya debían salir del agua, cuando se acordó de que quería un cigarrillo. Comenzó a asentar el tabaco, mientras buscaba el encendedor.
Un grupo ruidoso de muchachos y chicas que habían estado bailando, irrumpieron por la puerta de vaivén. Jack salió entonces de su casilla para decirles que ya cerraban. La pileta, con la mayoría de las luces apagadas, era un remiendo de color negro, rojo, azul y verde. Las esquinas, en la parte honda, eran de un gris pavoroso.
George Hilton, mientras agitaba su único brazo, se dio cuenta de que ya estaba casi perdido. Su cabeza y sus pulmones estaban a punto de estallar y sus últimos pensamientos fueron que había vuelto a cometer un error. ¿Por qué no había llegado Warwick aún? Pero, claro, era muy correcto y nunca intervenía en los momentos importantes de cualquiera de sus compañeros.
Hizo un intento final y desesperado para alcanzarla con su mano única, pero ella se movía con tal habilidad, que siempre lograba ponerse un poco lejos de él.
Al cabo de unos instantes perdió el sentido.
A pesar de que el cuerpo de Hilton cedía, Thelma encaró con cuidado la situación. Se deslizó hacia el borde de la pileta, en las partes más oscuras, tratando de que no vieran su cuerpo. Jack discutía con un grupo de borrachos que querían entrar. Los empujaba para que salieran.
Cuando pensó que podría largarse sin riesgos, dejó libre a George. Éste se fue al fondo.
Thelma nadó suavemente hacia un costado y salió de la pileta. Estaba en el vestuario, vistiéndose de prisa, cuando el viejo gritó:
—Vamos, ustedes dos, por favor, llenen que salir del agua...
Ella le contestó alegremente:
—¡Ya estoy vestida. Jack!
—¿Y el señor? —oyó el eco de la voz de Jack—. ¿Salió del agua el señor?
Y, por supuesto, nadie le respondió.
Ya se había marchado Mrs. Winterton, cuando Jack descubrió con asombro que las ropas del caballero se hallaban aún en su vestuario. La toalla pendía de la percha, pero no el traje de baño. Sobre la silla de lona había un brazo postizo.
Alarmado, hizo una recorrida por la pileta y fijó con atención sus ojos en el agua grisácea. Algo se agitaba en la parte más honda.