Capítulo 15

 

NAOMI, mientras el despertador de Sev y el suyo se apagaban, pensó que se habían quedado un día y una noche de más. Tres días y tres noches habrían sido suficientes y habrían acabado bien.

Habría podido alejarse habiéndose dado una oportunidad, pero con la dignidad intacta. En ese momento, estaba haciendo todo lo posible para no llorar. Sev tenía razón. Si ella no hubiese embrollado los horarios, ya estarían en Londres y se habrían separado. En cambio, estaban en la cama sin tocarse ni hablarse casi.

 

 

Sev estaba pensando. Había hecho caso a Allem, pero sabía que no podía pedirle que volviese a Nueva York solo porque él quería. Había comprado un anillo, pero no sabía cómo dárselo.

Rebuscó en la cabeza una sola relación medio aceptable que hubiese superado la prueba del tiempo. Ninguna. Allem quizá, pero era una relación sobre todo de trabajo.

En cualquier caso, ese día su cabeza no tenía sitio para el amor y las conjeturas. Recordó el día que era.

Se despertó a las cinco, una hora antes de lo habitual, pero Nikolai y él habían estado de servicio en la cocina. Había visto que la cama contigua a la suya estaba vacía y había tenido miedo en ese instante. Todas las mañanas sin excepción lo primero que hacían eran las camas, pero la cama de Nikolai estaba deshecha.

–Tenemos que irnos –comentó Sev, aunque él no tenía que hacerlo.

Naomi ya estaba levantándose de la cama y el día anterior había hecho el equipaje de los dos.

Por mucho que se hubiese engañado a sí misma diciéndose que eran unas vacaciones, seguía en nómina de él... al menos, unas horas más. Fueron al aeropuerto y se dio cuenta de que había llegado el momento. Montaron en el avión y se sentaron en silencio. Ninguno de los dos propuso ir a la cama. Separarse ya iba a ser bastante doloroso.

–¿Dónde está tu libro? –preguntó ella por decir algo y porque él siempre leía durante el despegue.

Él no contestó y ella decidió que había llegado el momento de ser pragmática.

–Si escribo unas referencias, ¿las firmarás? –le preguntó ella.

–Ya las escribiré yo –contestó él tomando su ordenador–. ¿Cuánto tiempo has trabajado para mí?

–Tres meses –contestó Naomi con un suspiro.

Él ni siquiera sabía eso.

–Quería decir que cuánto tiempo quieres que ponga.

–Pon la verdad –replicó ella en tono cortante.

Sev sonrió. Ella era la única persona que conocía que gruñía a la vez que le pedía que le escribiera unas referencias.

–¿Estás picajosa? –le preguntó Sev.

–Estoy cansada.

Sev tecleó un rato y le mandó el resultado al ordenador de ella.

–Si quieres que cambie algo, dímelo.

Ella abrió el archivo y lo leyó.

 

A quien corresponda

Naomi Johnson ha trabajado tres largos meses como mi secretaria. Al principio, cuando la entrevisté, decidí que no era la persona idónea porque pedía perdón muchas veces y eso me irritaba, pero luego decidí darle una oportunidad.

Me he arrepentido de vez en cuando.

Naomi Johnson tenía un humor cambiante, no le gustaba encargar flores y, tengo que decirlo, podía llegar a ser un incordio. No obstante, ahora entiendo que su actitud beligerante se debía a que quería acostarse conmigo... y yo quería acostarme con ella.

Ojalá no hubiésemos esperado tanto, pero también me alegro de que lo hayamos hecho.

En resumen, Naomi Johnson es la mejor secretaria que he tenido, la mejor persona que he conocido y aunque me cuesta mucho escribir esto, porque no quiero que se marche, creo sinceramente que lo hace porque es lo mejor para ella.

Sevastyan Derzhavin

P.D. Ahora escribiré unas de verdad.

 

Naomi lo leyó sin decir nada y aunque le había gustado, hizo que se enfadara. A pesar de todo, dejaría que se marchara, aunque lo conociera más, lo entendía menos.

Fue un viaje largo y solitario. Sev le escribió unas referencias de verdad, unas tan buenas que ella se planteó si debería volver a su antiguo trabajo. Esas referencias podrían abrirle otras puertas. Sin embargo, le gustaría estar entrando por esa.

Lo que más le costaba en su vida, mucho más que dejar a su padre sin mirar atrás, era bajar del avión para montarse en su coche. Se había prometido a sí misma que no se desmoronaría delante de él y cada vez le costaba más mantener esa promesa.

–Creo que es posible que mi madre haya venido a recogerme –dijo ella–. ¿Podría dejarme tu coche en la terminal de llegadas?

–Deja tu equipaje –contestó Sev–. Busca a tu madre y os llevaremos a las dos.

–No hace falta. Podemos volver juntas a casa.

–No, mi chófer...

–Mi madre tiene coche –le interrumpió ella–. No vamos a viajar en coches distintos.

Se quedaron tiritando por el frío húmedo de la mañana mientras cargaban un carro con sus cosas y, si bien Sev sabía que estaba haciendo lo mejor para ella, que estaría mucho mejor sin él, le costó despedirse de otra persona como no le había costado jamás en su vida. Normalmente, sus secretarias se marchaban y no volvía a pensar en el asunto siempre que tuviera otra de repuesto. Le pasaba lo mismo con las amantes. Siempre había otra.

La familia... No quería entrar en eso. Los amigos... Observó mientras cargaban la última bolsa en el carro. Estaba en Londres por los amigos y, con toda certeza, para sentarse a esperar y a sentirse defraudado una vez más.

Ella se dio la vuelta para mirarlo. Era el hombre más bello del mundo y le había hecho el amor como si la adorara. Un hombre que se había quedado con su corazón y se lo había metido en el bolsillo como si fuese una moneda suelta.

–Gracias por todo, Sev –pudo mirarlo a los ojos–. Si Emmanuel necesita alguna información...

–Te llamaré si hay algún problema –la interrumpió él.

–No lo hagas, por favor –ella no quería que esa voz volviera a hechizarla–. Emmanuel puede escribirme un correo. Además.... –ella sacó el teléfono del bolsillo– es tuyo.

–Quédatelo.

Era mucho más que un teléfono de trabajo, era una red de seguridad por si él cambiaba de opinión, una línea de comunicación que ella quería cortar.

–No lo necesito –replicó ella.

No lo necesitaba. Lo que menos necesitaba en el mundo para dar el paso siguiente en su vida era que sonara el teléfono o recibiera un mensaje. El corazón se le dispararía si él le preguntaba dónde estaba un archivo o si había contestado a fulanito o... Lo miró a los ojos y supo con toda certeza que podría ser tan despiadado como para llamarla en plena noche para jugar con su corazón porque estaba aburrido.

–Toma.

Él no lo tomó y ella se lo metió en el bolsillo superior del traje.

–Tengo tu número privado –le avisó él.

–Voy a cambiarlo.

Iba a ser lo primero que haría y, además, solo abriría los correos que le llegaran de Emmanuel. Quiso gritar que se fastidiara por dejar que se marchara, pero no lo hizo.

–¿Qué vas a hacer? –le preguntó Sev.

–¿Qué voy a hacer? –Naomi frunció el ceño–. Volveré al mundo real.

A un mundo sin castillos en el aire, a un mundo en el que no le hicieran el amor al amanecer y, acto seguido, la despidieran con frialdad.

Él sacó un paquete alargado del bolsillo del abrigo y se lo dio.

–Tu regalo de despedida.

No dejaba de hacerle daño. No quería un regalo de despedida, lo quería a él.

–Voy a echarte de menos –añadió él.

–No será para tanto –replicó ella.

Al fin y al cabo, estaba dejando que se marchara.

El carro era de esos que se movían hacia la izquierda y ella lo dirigió mal. La puerta automática tardó un poco en abrirse y se quedó unos segundos de más. Unos segundos espantosos porque se dio la vuelta justo cuando su coche empezaba a alejarse sin que él la mirara. Sev se había montado en su coche para seguir adelante con su vida. Había llegado el momento de que ella hiciese lo mismo.