Capítulo 10

 

DUBÁI era húmedo y caluroso, como estaba previsto, pero los llevaron directamente del avión a un complejo hotelero fresco y muy elegante. Allem se lo enseñó con orgullo. Había piscinas y playas privadas y ella podía imaginarse cómo serían las habitaciones.

–Recibimos a muchos dignatarios extranjeros y a miembros de la realeza –les explicó Allem–. No quiero que su seguridad o su intimidad se vean comprometidas como ha pasado en otros hoteles. El mes pasado piratearon el sistema contable de uno de nuestros principales competidores. Se reveló información muy personal y por eso he presionado a Sev para que venga a actualizar nuestros sistemas. Si bien contrato a los mejores informáticos, preferiría....

–De acuerdo –le interrumpió Sev–. Me reuniré con ellos, pero lo comprobaré personalmente.

Estaba claro que Allem solo confiaba en Sev para que tuviera pleno acceso a todo.

–Volveré cuando me marche de Londres y si hay algún problema me ocuparé entonces.

–Volveremos a vernos –comentó Allem con una sonrisa, pero Sev sacudió la cabeza.

–Solo a mí. Naomi ha dimitido. Tendré otro secretario, pero él no empezará hasta dentro de un par de semanas. Si surge cualquier problema, ponte en contacto conmigo directamente, Allem –Sev miró a Naomi–. Voy a reunirme con los informáticos. Volveré a las dos o así. Tómate el día libre y relájate.

–Espero que disfrutéis de la estancia y que estéis cómodos –dijo Allem–. Si necesitáis cualquier cosa, decidlo.

–Gracias.

Él se quedó mientras Naomi se alejaba.

–¿Por qué ha dimitido? –le preguntó Allem.

–No tengo ni idea –reconoció Sev.

Seguía sin saberlo. El sexo podía acabar complicando las cosas, pero no eran complicadas en ese momento, ni mucho menos.

–¿Vas a terminar a las dos? –le preguntó Allem.

–He decidido tomarme unas pequeñas vacaciones. Si hay algo que queda pendiente, volveré después de Londres. También me dará unos días para afinar las cosas.

–Tenéis que dejar que Jamal y yo os enseñemos los alrededores. Podemos salir al mar...

–No, no –le interrumpió Sev sin disculparse por rechazar su invitación–. Solo queremos relajarnos. Es posible que Naomi empiece enseguida en otro empleo.

–Entonces, ¿os habéis dado un descanso? He visto que Naomi ya no lleva el anillo –comentó Allem.

–No.

–Os he puesto en suites contiguas.

Allem se había acordado de lo que le pidió Sev la última vez que estuvo allí. A Sev le gustaba la compañía, pero no todo el tiempo. Sin embargo, las cosas habían cambiado.

–No hace falta que sean suites contiguas. Traslada a Naomi a la mía –le pidió Sev.

Cuando Naomi llegó a la recepción, Allem ya había llamado y, sin que ella lo supiera, ya se había hecho el cambio. Le dieron una habitación más suntuosa que cualquiera en la que hubiese estado, o que hubiese podido imaginarse. La decoración era impresionante y había desde alfombras persas a floreros con flores exóticas. El Golfo Pérsico se extendía delante de ella y había una zona al aire libre con una piscina y un hidromasaje. Entonces, entendió el motivo. Llevaron las maletas que había hecho para Sev y las deshicieron y se dio cuenta de que esa no era la suite de la secretaria de Sev. Le pareció que él iba a estar un poco más cerca de lo que había esperado que estuviese durante los próximos días.

Habían viajado mucho juntos, pero le resultaba un poco raro que no hubiese una puerta entre los dos. Tuvo dudas por primera vez desde que había tomado la decisión. Eso iba a dolerle. Hizo lo posible para olvidarse de su inminente separación.

Trabajó un poco durante una hora o así, pero miró uno de los folletos que había en la suite, decidió que esa noche no cenarían en un restaurante e hizo algunas reservas. ¡También eran sus vacaciones!

Pasó la mañana en el hidromasaje y estaba tumbada en la cama inmensa con vistas al Golfo Pérsico cuando, alrededor de las tres, se abrió la puerta y Sev entró.

–He tardado un poco más de lo que había pensado, pero trabajarán toda la noche y yo volveré con ellos mañana. Podemos relajarnos por el momento.

–Creí que tendríamos habitaciones separadas.

–¿Por qué?

–Por nada –contestó Naomi–. Venga, tienes que cambiarte.

–¿Por qué?

–Tenemos una cita con el desierto. Montaremos en camello, cenaremos, veremos la danza del vientre y miraremos las estrellas hasta medianoche –Naomi sonrió–. Es mi capricho.

–¿Estás tomándome el pelo?

–No –Naomi sacudió la cabeza–. En absoluto.

–Yo no hago esas cosas.

–Bueno, yo quiero hacerlas.

–Allem organizará una visita privada...

–Ya te lo he dicho –le interrumpió Naomi–. Es mi capricho. Si no quieres ir, me parece muy bien. Creo que nos dejan de vuelta a la una. Quería reservar un recorrido de toda la noche, pero no sabía a qué hora tendrías que trabajar mañana.

Resultó ser lo más bonito y disparatado que habían hecho los dos. El desierto era impresionante, sobre todo, visto desde un camello. El grupo en el que estaban formaba una lenta procesión mientras el sol se ocultaba por el horizonte y era como si estuviesen bañados por oro líquido.

La magia no terminó allí. Llegaron hambrientos al campamento y los recibió el olor ahumado de la cena. Se sentaron en alfombras y comieron, y el grupo era increíble. Había unos mochileros, una pareja de luna de miel y otra pareja que celebraba el aniversario de boda. Pasaron el narguile, le pintaron los pies a Naomi con henna y comió los mejores dátiles que había probado en su vida. Luego, vieron la danza del vientre y, como había sabido ella, fue maravillosa. A Sev le pareció lo mismo.

Normalmente, las vistas que tenía él eran las de un despacho, las de la ventana de un hotel o las de la ventanilla de su avión. En ese momento, respiraba el aire cálido de la noche, estaban tumbados en alfombras entre desconocidos y miraban las estrellas mientras un guía les señalaba las constelaciones.

–Ha sido impresionante –reconoció Sev más tarde, mientras seguían mirando las estrellas–. Emmanuel no será ni la mitad de divertido.

–Es posible que lo sea cuando haya dimitido –replicó Naomi mirándolo con una sonrisa.

–¿Lo has llamado?

–Sí –contestó Naomi–. Está apasionado. Se ofreció a venir a Dubái para tomar el relevo...

–Espero que te hayas negado. Ya sé que la cama del hotel es grande, pero no voy a compartirla también con él...

–Le dije que no hacía falta que viniera aquí todavía, aunque a lo mejor le necesitas después de Londres.

–No.

Él no quería pensar ni en Londres ni en el viaje que haría allí después.

–En cualquier caso, también le dije que le comentaría las fechas dentro de poco.

Él volvió a mirar las estrellas. Ya estaba seguro de que ella se marcharía. Naomi no cambiaría de opinión y volvería a trabajar para él, sencillamente, no le haría eso a Emmanuel.

–¿Y a tu padre? –le preguntó Sev–. ¿Lo has llamado?

–No.

Todo acabó demasiado pronto y Sev deseó que ella hubiese reservado el recorrido de toda la noche. Volvieron al hotel y fue como si unas hadas hubiesen pasado por su habitación mientras estaban fuera. Una bañera inmensa estaba llena y había pétalos de flores flotando en la superficie. La luz era tenue y también había champán en un cubo con hielo. Hasta Sev parpadeó.

–Creo que nos han dado la suite nupcial.

Efectivamente, les habían dado esa suite y, efectivamente, era como una luna de miel. Salvo que, cuando acabara, ellos tomarían caminos separados.

 

 

Durante los días siguientes, Sev trabajó como no había trabajado nunca para que tuvieran tiempo de hacer cosas que Naomi quería hacer, como volar en paracaídas arrastrados por una lancha, almorzar sin prisa, cenar en la playa y dar largos y lentos paseos después.

–Llamé a mi padre –le comentó Naomi–. Quería dejarlo zanjado de una vez.

–¿Y?

–No le dije que sabía lo de la fiesta. Le dije que no había encontrado otro empleo ni un sitio donde vivir y que me parecía mejor que me quedara en Londres en vez de volver.

–¿Qué dijo él?

–Que lamentaba que no hubiésemos tenido la ocasión de despedirnos. La verdad es que no sé si lo dijo sinceramente.

Ella miró a Sev y se preguntó cómo sería su despedida.

–Sin embargo, voy a estar en contacto con mis hermanas –añadió Naomi.

–¿Por qué?

Miró al hombre que no quería a nadie y se preguntó cuándo captaría el mensaje su corazón; ¡nunca querría a nadie!

–¿Te pusiste en contacto con tu hermana alguna vez? –le preguntó ella.

–Sí –contestó Sev–. Se llama Renata, es diez años mayor que yo y madre soltera de una hija...

–¿Tu sobrina?

–Supongo –contestó él encogiéndose de hombros.

–¿No las quieres?

–No –él vio el brillo de perplejidad de los ojos de ella, pero no pensaba decirle el motivo–. Naomi, tu felicidad depende demasiado de los demás. Entregas el corazón y luego no entiendes por qué te lo devuelven roto. Te contaré lo que pasó. Busqué a mi hermana, me recibieron en su casa y conocí a mi sobrina, Mariya. Luego, volví a Nueva York y hablamos casi todas las semanas durante un par de meses. Entonces, un día, recibí una llamada de Renata y me contó que Mariya estaba muy enferma, que tenía un tipo de cáncer muy raro.

–Sev...

A Naomi se le empañaron los ojos. Ella no conocía bien a sus hermanas, pero podía entender el dolor de él solo de pensar que una de ellas pudiera estar tan enferma y tan lejos.

–Me quedé destrozado. Acababa de encontrar una familia y le pregunté si podía hacer algo. Renata me habló de un tratamiento que podía encontrarse en Estados Unidos. Era la única oportunidad para Mariya...

Naomi pudo ver la preocupación en sus ojos.

–Solo tenía unas semanas de vida y estaba demasiado débil para ponerse al teléfono. Me ofrecí a pagar al tratamiento, a llevarla a Estados Unidos. Iba a mandar mi avión con un equipo médico para recogerla, pero...

Él miró esos ojos de cachorrillo que confiarían siempre en los demás, independientemente del daño que le pudiesen hacer y, cuando él titubeó, ella sacó la conclusión lógica.

–¿Era demasiado tarde?

La conclusión lógica si tenías un corazón cálido. El suyo había llegado a ser gélido por muchos motivos.

–Te daré un consejo, Naomi, nunca, bajo ningún concepto, contestes a un correo electrónico que te pide los datos de tu cuenta bancaria.

–No sé qué quieres decir.

–Le pedí a Renata el nombre de la clínica para mandar el dinero.

Aun así, Naomi frunció el ceño y eso lo sacó de quicio. Le daba miedo que ella fuese tan confiada y lo fácilmente que se le podía hacer daño... que le habían hecho daño y que podrían hacérselo.

–Renata quiso que le mandase el dinero directamente a ella.

Naomi tragó saliva.

–Mariya no estaba enferma –le explicó Sev–. Nunca tuvo cáncer. Ahora sabes por qué me sale mentir sobre la salud de un familiar, debe de ser hereditario.

–¿Estás seguro de que fue un engaño?

–Completamente seguro. Ya no tengo nada que ver con Renata, pero le he mandado regalos a Mariya, aunque acaban en casas de subastas. No busques que te hagan daño, Naomi, es el mejor consejo que puedo darte.

–No puedes aplicar eso en general, Sev.

–No me refiero a las mujeres –le aclaró Sev al creer que ella hablaba de su madre y su hermana.

Sin embargo, Naomi iba un paso por delante de él.

–Ya lo sé –replicó ella–. Has descartado a toda la humanidad.