Capítulo 3

 

EL jeque Allem fue extraordinariamente comprensivo con el cambio de planes. Cuando Naomi lo llamó a las nueve, no pareció lo más mínimo sorprendido. Le dijo que iría a la oficina a las cuatro, pero que si, entretanto, le importaría acompañar a Jamal de compras.

–Naturalmente.

Se había puesto un vestido corto azul marino y unas bailarinas y había subido al piso de Sev para comprobar si el regalo estaba allí. El piso ocupaba toda la planta. Iba muchas veces por allí para hacerle el equipaje o para acompañar a una decoradora porque había decidido cambiar el color de una pared, una iluminación o cualquier otra cosa. En general, se ocupaba de muchos detalles para que él no tuviera que ocuparse.

Su doncella estaba allí cambiando las flores y cerciorándose de que todo estuviera en orden cuando él volviera. Naomi la saludó y fue al despacho. No encontró ninguna caja de madera en los cajones y miró encima de la mesa. Allí tampoco vio ninguna caja, pero sí vio un barquito bastante desastrado. Le pareció raro y lo tomó con la mano para mirarlo de cerca. Era viejo y estaba mal hecho, al contrario que todo lo que había en el piso. Volvió a dejarlo y fue al dormitorio para aprovechar el viaje y llevarle dos camisas limpias a la oficina.

El dormitorio era su habitación favorita. No por él... bueno, quizá sí. Sin embargo, le fascinaba.

La puerta de caoba no era igual por dentro. Él, aburrido por los acabados, había hecho algunos cambios en el edificio protegido y la puerta era de ébano por dentro, como el resto de los acabados. Había otra doncella que estaba cambiando la ropa de la enorme cama de madera negra. Era preciosa.

La vista era impresionante y las cortinas eran de color negro y marfil con un toque de verde pistacho, el único toque de color de toda la habitación, aparte de la vista.

Como era principios de mes, sacó la tableta e hizo un inventario. Sev tenía una mujer que le compraba la ropa, con la que ella mantenía una buena relación. Tenía otra mujer que se ocupaba de la comida y la bebida y su secretaria se ocupaba de sus asuntos personales. Fue a su tocador y vio la colonia que había pedido el mes anterior a París. El frasco estaba medio lleno, pero tomó nota y, para su placer, fue a la mesilla y tomó nota de otras cosas que había que reponer. No se perdería esa parte de su trabajo por nada del mundo. En realidad, se enojó consigo misma porque se había olvidado de pasar por el cuarto de baño antes de tomar las camisas y dirigirse al trabajo.

Naturalmente, en el escritorio de su despacho había una caja de madera resplandeciente. La abrió y frunció el ceño. Recordaba que la había comprado en Mali y que ella se había preguntado por qué. Era una estatuilla de la fertilidad. Pensó en llamar a Sev y decirle que quizá no fuese el mejor regalo para el jeque, pero allá él si metía la pata. Seguía enfadada con él y no estaba de humor para tener otra conversación con Sev desnudo.

Envolvió el regalo y decidió que Sev podría entregárselo y apechugar con las consecuencias. Volvió a dejarlo en el escritorio y fue a reunirse con Jamal. Pasaron unas horas de compras y charlando antes de que la acompañara de vuelta a su hotel. Entonces, recibió una llamada del chófer de Sev para comunicarle que el avión ya había aterrizado, pero volvió a la oficina y Sev no estaba allí.

Maldito fuera. Allem llegaría enseguida y le espantaba tener que mentir por Sev. Ni siquiera había sabido que su madre seguía viva. Lo sabía todo de él y no sabía nada. Nunca hablaba de su familia. Nunca le pedía que mandara flores o regalos a alguien que no fuesen sus... amigas. Sacó la cuenta de la floristería y buscó en mayo. No, a juzgar por los mensajes de ese mes, no había mandado un ramo de flores por el Día de la Madre. Sin embargo, no era asunto suyo. Solo quería saber algo más.

Le avisaron de que Allem había llegado y fue a saludarlo. Llevaba una túnica y una kufiya y era tan refinado y educado que se preguntó si sería de la realeza.

–Su avión acaba de aterrizar –le explicó ella.

Mandó un mensaje a Sev y esperó... y esperó. A Allem, sin embargo, parecía no importarle lo más mínimo.

–¿Cuánto tiempo lleva trabajando con Sevastyan? –le preguntó Allem mientras ella servía el té.

–Tres meses.

Y no pasaría de los tres meses y dos semanas porque estaba dispuesta a dejar el trabajo.

Sev apareció por fin y estaba tan desaliñado como si hubiese viajado en clase turista y no en su lujoso avión privado. Aunque guapo, pensó ella esbozando una sonrisa que no se reflejó en sus ojos. Tenía el cuello hecho un desastre por el fin de semana de pasión y entendió por qué había tardado tanto desde el aeropuerto; a juzgar por la bolsa que llevaba, había parado en Tiffany. Ni por un segundo supuso que había parado para comprarle algo a ella.

–Siento muchísimo lo que le ha pasado a tu madre. ¿Qué tal está? –le preguntó Allem.

–Visto y no visto –contestó Sev sacudiendo una mano y sin disculparse por haber llegado siete horas tarde, claro–. Vamos a mi despacho.

Acompañó a Allem y sonrió a Naomi para darle las gracias mientras cerraba la puerta. Creía que había colado y que Allem pensaba que su madre estaba enferma. ¿Acaso no se daba cuenta de que Allem era demasiado educado como para decir algo de los chupetones que tenía en el cuello?

Estaba harta de ese trabajo. No, no estaba harta, era mucho más que eso. Había mentido sobre su propia madre. Era un malnacido y Felicity se lo había advertido en la primera entrevista. Hasta Sev se lo había advertido el primer día de trabajo.

–Prefiero los ordenadores –le había dicho él con un bostezo el primer día mientras le ordenaba que se ocupase de una mujer llorosa que no había dejado de llamarlo al teléfono de la oficina–. Nada de lágrimas ni de dramas –él había visto que ella se sonrojaba–. No estoy hablando de porno.

–No he dicho que estuvieses haciéndolo.

–Solo digo que prefiero los ordenadores a las personas.

Pensó en el primer día y en el tiempo que había pasado desde entonces y, aunque sabía muchos detalles de su vida, no lo conocía mejor. Ni siquiera sabía cómo tomaba el café. El café, como Sev, cambiaba a capricho.

 

 

Sev cerró la puerta ante el gesto de censura de Naomi y abrió el escritorio mientras Allem se sentaba. Le había envuelto el regalo.

–Compré esto para Jamal cuando estuve en Mali –Sev le entregó el regalo y observó a Allem mientras lo abría–. Me acuerdo de que dijiste que le gustan las estatuas y... –no terminó la frase cuando Allem empezó a reírse–. ¿Qué te parece tan gracioso?

–Sevastyan, es el regalo más inapropiado que puedes hacerle a mi esposa –contestó Allem con una sonrisa–. Es una estatuilla de la fertilidad.

–¿De verdad? Entonces, quiero que desaparezca de mi despacho.

–La verdad es que Jamal se reirá cuando le diga que la compraste pensando en ella. Además, llegas un poco tarde. Estoy encantado de decirte que esperamos un hijo para marzo.

Sev dijo todo lo que tenía que decir. Al menos, lo intentó. Allem había sido desenfrenado y quizá por eso se habían llevado tan bien. Habían pateado todos los clubs del mundo, estuvieran donde estuviesen. Sin embargo, durante los dos últimos años, solo había tenido cenas muy largas con Allem, Jamal y la acompañante que él hubiese llevado.

En ese momento, Allem le hablaba de las náuseas por las mañanas, de que Jamal había adelgazado y de que estaba un poco llorosa. Él tuvo que hacer un esfuerzo para no bizquear.

–Aunque Jamal se lo ha pasado muy bien de compras con Naomi y está deseando salir a cenar esta noche –comentó Allem.

Sev tuvo que contener un bostezo.

–¿Nos acompañará Naomi? –preguntó Allem.

–Claro –contestó Sev.

Él sabía muy bien que Jamal no saldría a cenar sin una compañía femenina.

–Entonces, ¿Naomi y tú estáis saliendo? –Allem llevó la conversación al terreno personal cuando él preferiría que hablasen de trabajo–. He visto que lleva un anillo de compromiso.

–Bueno, no es mío –replicó Sev en tono tajante–. ¿Puede saberse qué te ha hecho pensarlo?

–Es que no sueles llevar a tu secretaria a nuestras cenas.

Eso era verdad. Normalmente, buscaba una acompañante y le prometía que, si soportaba una cena tranquila, él la compensaría más tarde. Sin embargo, últimamente, había sido más fácil llevar a Naomi. Se comportaba excepcionalmente bien con los clientes. A pesar de sus defectos, a pesar de sus leves críticas a su forma de vida, Naomi sabía aplacar los ánimos que él solía alterar con su forma de ser.

Por fin hablaron de trabajo y él estuvo de acuerdo en que tendría que ir a Dubái.

–Aunque la verdad es que estoy ocupado, Allem –le explicó él–. Necesito cuatro días como mínimo y no los tengo hasta marzo.

–Cuando nacerá el bebé. Sev, sé que estás ocupado, pero llevo pidiéndotelo desde hace tiempo.

Sev asintió con la cabeza y buscó su agenda en el ordenador. Esa semana tenía que ir a Washington DC y no podía cancelarlo. A la semana siguiente se iba a Londres y, aunque había llegado a pensar en no ir, era innegociable para él. Sin embargo, quizá estuviese empezando a tener un poco de conciencia; Allem llevaba meses pidiéndole que fuese a Dubái como invitado suyo y para hacerle un pequeño trabajo... y él lo había pospuesto injustificadamente.

–Le diré a Naomi que me reorganice algunos clientes –concedió Sev–. Podemos estar allí el sábado.

–Excelente.

 

 

Naomi levantó la mirada cuando los dos hombres salieron del despacho. Allem era todo sonrisas. Se acercó a ella y le dio las gracias por el té y por haberse ocupado de Jamal.

–Estamos deseosos de salir a cenar –comentó Allem.

–Yo también –replicó ella con una sonrisa.

Estaba claro que Sev, en vez de acompañarlo hasta el ascensor, lo más lejos que solía llegar para despedir a un cliente, iba a acompañar a Allem hasta su coche. ¿Eran amigos?, se preguntó ella. Parecían una pareja muy improbable.

–Volveré enseguida –le dijo Sev cuando pasó a su lado.

Luego, por detrás de la espalda de Allem, le hizo un gesto con la mano que en su idioma significaba que le sirviera un coñac. Ella fue a su despacho y le sirvió la copa, pero no pudo contenerse y abrió el cajón y sacó la bolsa de Tiffany. Miró el precioso estuche azul con un lazo blanco y empezó a torturarse con la imagen de unos anillos de compromiso. ¿Por eso había viajado a Roma? Las rosas blancas le habían dolido, pero no podía soportar la idea de que Sev se tomase en serio a alguien. Desde que ella estaba allí, nunca le había comprado joyas a nadie, no había pasado de las rosas blancas.

–¿Fisgando? –preguntó Sev mientras entraba en el despacho.

Ella no lo había oído, pero estaba demasiado cansada como para dar un respingo o ruborizarse siquiera.

–No sabía si querrías que lo envolviera.

–¿Crees que podrías hacerlo mejor que en Tiffany? –le preguntó Sev con sorna.

Ella fue a meter el estuche en la bolsa otra vez, pero Sev extendió una mano y ella se lo entregó.

–Creo que he cambiado de opinión.

Sev quitó el lazo, abrió el estuche, lo miró un rato y se lo entregó a Naomi para que le dijera lo que pensaba. Ella hubiera preferido no decírselo. Miró los pendientes en silencio, eran dos pendientes con forma de corazón y diamantes rosas engarzados. Eran impresionantes.

–Son preciosos –comentó ella.

Sev, sin embargo, no estaba seguro, recuperó el estuche y volvió a mirarlos.

–Creo que son demasiado rosas, pero ella es joven y el dependiente que me atendió me dijo que es lo que más les gusta en este momento.

Naomi pensó que esa romana no recibiría rosas blancas...

–No pareces muy convencida –siguió Sev al captar la falta de entusiasmo de Naomi.

–Sev, son impresionantes –aseguró ella con la esperanza de parecer convincente–. A cualquier mujer le apasionaría tenerlos.

Sobre todo, si se los regalaba él. Lo miró y vio que tenía el ceño levemente fruncido mientras seguía examinando los pendientes. Ese hombre, a quien le importaban muy poco los sentimientos de los demás, parecía preocupado por ese regalo y cómo iba a ser recibido. Efectivamente, había llegado el momento de marcharse.

–Muy bien, vamos a repasar mi agenda –Sev cerró el estuche y lo dejó para que ella volviera a ponerle el lazo–. La he cambiado. El sábado nos vamos a Dubái y desde allí nos iremos directamente a Londres. El día doce tengo que estar allí.

–¿Por la mañana? –preguntó ella.

–No. Quiero llegar el once para evitar retrasos y esas cosas.

Naomi arqueó las cejas. Normalmente, el retraso lo originaba él.

–Ya sé que tendrás que reorganizar algunas cosas, pero no puedo dejar de ir a Washington y tampoco puedo seguir dejando de lado a Allem.

–Lo entiendo. ¿Le gustó la estatuilla?

–Le encantó –contestó él para mayor perplejidad de ella.

–Sev, ¿puedo hablar un momento contigo?

–¿No puede esperar? Tenemos que reunirnos con Allem dentro de una hora.

–No –Naomi sacudió la cabeza–. No puede esperar.

Si no lo hacía en ese momento, todo se complicaría más y como iban a irse a Dubái, si existía la esperanza de que encontrara a alguien que la sustituyera, tenía que empezar enseguida.

–Entonces, tendrás que verme mientras me cambio –comentó Sev mientras tomaba la copa y daba un sorbo antes de empezar a deshacerse el nudo de la corbata.

–No sería la primera vez.

No se sentó, estaba demasiado nerviosa y se apoyó en la mesa. Él, después de haberse quitado la corbata, abrió la puerta de un vestidor y eligió una camisa sin preguntarse cómo habría llegado hasta allí. No era asunto suyo. Sev se miró en el espejo.

–Será mejor que me afeite.

Naomi no dijo nada cuando se quitó la camisa, la tiró al suelo y se dirigió hacia ella para que le rellenara la copa. Se acercó sin importarle el efecto que tenía en ella verlo medio desnudo. Eso tampoco era asunto suyo.

Tenía la piel muy blanca, podría haber sido demasiado blanca en cualquiera, pero en Sev resaltaba su cuerpo flexible y musculoso y le ensombrecía el pecho a la perfección. Los brazos eran tan largos como las piernas y los pezones tenían el mismo color vino de los labios y eran igual de tentadores. Los pantalones le colgaban un poco de las caderas y esos eran los detalles que ella intentaba por todos los medios no ver mientras él tomaba una copa y se la entregaba a ella.

–Tómate una –le dijo Sev–. Va a ser una noche muy larga y muy seca.

Ya habían bebido juntos algunas veces, sobre todo, si iban a salir a cenar, pero ella declinó con un leve gesto de la cabeza. Aunque una copa podría irle bien para calmar los nervios, prefería conservar las inhibiciones antes que perderlas cuando estaba con él. Eso iba a ser más doloroso de lo que se había imaginado. Le encantaba su empleo, su carrera profesional. No era solo trabajo. Aunque había un motivo para que no pudiera sobrellevar ciertas partes de su empleo. Si hubiese sido Edward o cualquiera de sus jefes anteriores a Sev, eso no habría pasado de ser una parte más de una jornada larga, un breve descanso antes de salir a cenar con sus clientes. Sin embargo, en ese momento, estaba intentando decidir dónde posar los ojos cuando quería posarlos en él.

–Si se trata de lo de esta mañana –siguió Sev–, no te preocupes, no tienes que disculparte.

Ella fue a esbozar una sonrisa de incredulidad, pero la disimuló.

–Estamos intentando que no uses tanto la palabra «perdón», ¿te acuerdas?

Algunas veces, era el colmo. Podría decirle que esa mañana había sido él quien se había excedido, pero estaba mirándole la espalda y haciendo un esfuerzo para no abalanzarse sobre él. Estaba cansada de dominar sus sentimientos. Unos sentimientos que podían acabar maltrechos. Además, esos sentimientos tampoco le dejaban hacer bien su trabajo. Sabía que esa mañana se había enfadado por su retraso cuando era su secretaria y no tenía derecho a enfadarse por eso.

–No quería hablar de eso, Sev –Naomi se aclaró la garganta y vio que Sev tomaba una cuchilla de afeitar–. Voy a darte mi... carta de dimisión.

Vio que la cuchilla titubeaba sobre su mejilla, pero empezó a afeitarla mientras ella seguía con el discurso que había preparado.

–Tú mismo dijiste que te sorprendería que durase más de tres meses –le recordó Naomi.

–Es verdad.

–Me ha encantado el trabajo, me ha encantado de verdad, pero es que...

Él se dio la vuelta.

–Naomi, no tienes que darme un motivo para marcharte.

Algunas veces, podía ser muy considerado, lidiaba muy bien con cosas tan incómodas como una dimisión.

–¿Te quedarás hasta que encuentres a alguien que te sustituya? –le preguntó Sev mientras seguía afeitándose.

–Haré lo que pueda esta semana, pero podría ser precipitado si vamos a ir a Dubái, a no ser que no me necesites y...

–No, no –la interrumpió Sev–. Necesito que vayas. Pasado mañana me voy a Washington... –él hizo una pausa para pensar un momento–. Volveré el jueves por la noche. Si pudieras tener a dos candidatos para entonces, estaría muy bien.

–Claro.

No tendría ningún problema. Todos los días le llegaban solicitudes para trabajar con Sevastyan Derzhavin.

–Iré a Londres desde Dubái y allí podremos separarnos –añadió ella.

–Sin embargo, ¿volverás a Nueva York? –le preguntó Sev.

–Sí –Naomi asintió con la cabeza–. Quiero pasar la Navidad con mi familia.

–¿Qué tal va todo eso? –le preguntó Sev afeitándose otra vez.

–¡Bien! Mañana voy allí.

–¿A cenar?

–A cuidar a sus hijas. Ellos van al teatro.

Sev no dijo nada. Le desquiciaba que ella acudiera corriendo ante el más mínimo deseo de su padre. Podían estar en medio de una reunión y, si su padre la llamaba o le mandaba un mensaje, él notaba que se ponía tensa aunque intentara no contestar. Sin embargo, decidió no decir nada.

–Te gusta el teatro –comentó él.

–La verdad es que no.

–Tu currículum dice que sí.

–Ya te dije que había mentido sobre eso.

–¿No vas a pedirme referencias?

Ella asintió con la cabeza.

–Las escribiré mañana a primera hora.

Él se aclaró la cara, se la secó, se echó colonia, dio un sorbo de coñac y se puso una camisa limpia. Como si nada. Ella había dimitido y él no había parpadeado casi.