Capítulo 4

 

VAS a cambiarte? –le preguntó Sevastyan.

Naomi asintió con la cabeza. Esa falta de absoluta reacción le confirmaba que hacía bien en marcharse. Para Sev, lo que se conseguía con facilidad, se perdía con facilidad, y eso dolía mucho. Fue a salir del despacho para cambiarse, pero se detuvo al llegar a la puerta.

–No tengo el vestido aquí. Debería haberlo recogido de la lavandería durante la hora del almuerzo, pero he ido de compras con Jamal y se me ha olvidado.

–No importa –replicó Sev. Le había impresionado lo mismo que la noticia de que había dimitido–. ¿Tienes algo en tu casa? Podemos pasar por allí de camino al restaurante.

Claro que tenía algo en casa, gracias a su generosa asignación para vestuario, y bajaron a su piso. Ella habría preferido que no se hubiese afeitado y que no oliera tan bien cuando tomaron el ascensor.

–¿Dónde vamos a cenar? –le preguntó Sev mientras se montaban.

Naomi le dijo el nombre de un restaurante de Oriente Medio que estaba muy de moda.

–No es muy original –Sev puso un gesto de fastidio–. ¿No estarán hartos de comida de Oriente Medio?

–Creo que nadie se harta de la cocina de su propio país –replicó Naomi mientras abría la puerta de su piso–. Es más, había hecho una reserva en un restaurante francés, pero Jamal se siente un poco...

Prefirió no contarle a Sev la noticia que Jamal le había dado mientras estaban de compras. Él era insensible en el mejor de los casos y carente de cortesía social en el peor.

–Ella quería un menú que conociera –añadió Naomi.

–Me parece bien.

–Sírvete lo que quieras. Iré a cambiarme.

Sevastyan se habría servido algo de beber si hubiese encontrado algo aceptable. Abrió la nevera y ni siquiera encontró una botella de vino. Volvió a la sala y vio la foto de un hombre, su prometido probablemente, en la mesa, junto al teléfono. Qué tierno, pensó con cierto resquemor, lo miraría mientras hablaba con él por teléfono. Entonces, se acordó del pequeño percance que Naomi y él habían tenido esa mañana y aunque la pregunta de él había sido inapropiada, había sido franca. No solo la del sexo. Él sabía que nunca se encariñaría lo bastante con nadie como para prometerse, pero el majadero de la foto lo estaba.

El cumpleaños de Naomi había sido en octubre. Él no lo había sabido, solo había sabido que pasaba algo, pero, cuando la presionó un poco, ella le contó que estaba disgustada porque sus padres no la habían llamado para felicitarla.

–Estoy seguro de que pasará algo agradable –le había dicho él.

Había estado seguro de que su prometido estaba montado en un avión para llevársela una noche, y no lo pensaba como un esnob con avión privado. Ella le había contado que su prometido, Andrew, tenía un trabajo importante y, supuestamente, le pagarían lo bastante como para poder tomar un vuelo y pasar el cumpleaños con su futura esposa. Al parecer, no. Él la había llevado al teatro, algo que le espantó, y a cenar, algo que le encantó. Luego, a medianoche, volvieron al mismo edificio y a plantas distintas. Algo que lo desconcertó.

Naomi y él... Era algo que había que abordar. Estaba a punto de clavar el dedo índice en la imagen de Andrew, pero fingió que se rascaba la oreja cuando oyó que Naomi salía de su dormitorio. Llevaba un vestido gris ceñido muy elegante, pero necesitaba que la ayudara con la cremallera y llevaba los zapatos y un collar en la mano para arreglarse en dos minutos.

–¿Tenemos tiempo para que me arregle el pelo? –preguntó ella mientras se ponía los zapatos.

–No –contestó él mientras miraba cómo se peleaba con la cremallera–. Ven.

Ella prefería no ir, pero decidió no complicar las cosas, fue y se levantó el pelo. Sev agarró la cremallera, pero en vez de subirla, terminó de bajarla.

–Vaya...

–¡Sev!

Naomi suspiró, no tenían tiempo para esos jueguecitos. Sin embargo, Sev estaba mirando su delicado cuello y ya no tenía prisa. A Naomi le temblaba la mano con la que le sujetaba el pelo y él decidió que no había interpretado mal la sensualidad que había captado en su despacho. Naomi Johnson estaba tan excitada como él, y era mucho.

Tenía la espalda desnuda, menos por la cinta del sujetador, y también estaba muy tentado de soltársela. Tenía una espalda preciosa, aunque, normalmente, no se fijaba en las espaldas. Preferiría darle la vuelta, pero le pasó un dedo por la espina dorsal.

Ella cerró los ojos de felicidad.

–Por cierto, Naomi –él lo dijo en un tono más grave de lo normal y, evidentemente, había tensión en el aire–, ¿te das cuenta de que ahora que has dimitido podemos pasarnos las próximas dos semanas felices y contentos en la cama?

–Se me escapó eso cuando leí el contrato –replicó ella–. ¿Cómo has llegado a esa conclusión?

–Bueno, cuando estábamos en Helsinki me dijiste que nunca te acostarías con tu jefe.

–En realidad –le corrigió ella–, esa conversación fue en Mali y lo que te dije en Helsinki fue que nunca tendría una aventura contigo.

–¿Porque estás prometida?

Naomi se dio cuenta de que nunca le entraría en la cabeza que era posible que una mujer no lo deseara... y seguramente tenía razón, porque ella estaba haciendo un esfuerzo para no darse la vuelta. Había sido muy prudente al no quitarse el anillo de compromiso. Aunque eso no lo disuadía ni lo más mínimo, no tenía escrúpulos. Él ya tenía la mano en la parte más baja de su espalda y estaba jugando otra vez con la cremallera, pero se cansó de fingir que iba a subírsela.

 

 

La había deseado desde hacía mucho tiempo y en ese momento, cuando ella le había dicho que iba a marcharse, la deseaba más todavía.

Estaba más que acostumbrado a que sus secretarias dimitieran y nunca le había importado nada, pero en ese momento sí le importaba. Sin embargo, se había consolado a sí mismo pensando que, si ella se marchaba, podían dejar algo del trabajo al margen y concentrarse en el placer, pero Naomi acababa de cerrarle la puerta. Él la quería abierta.

–En Helsinki te dije que ya me había curado de las rubias...

Él subió un dedo hasta su nuca y jugó con un rizo oscuro. Ella se quedó inmóvil mientras él le soplaba en el cuello, ¿o era su aliento?

–Creía que tendríamos que estar en el restaurante –comentó Naomi–. Has dicho que no tenía tiempo ni para arreglarme el pelo...

–En este momento, no estoy pensando en tu pelo.

Ni ella tampoco, estaba harta de luchar con él. Quizá tuviera que encargar sus propias rosas cuando hubiese terminado... y terminaría. Estar loca por Sevastyan, era una enfermedad terminal que no tenía cura. Aunque podría aliviar el dolor provisionalmente...

Él se acercó más por detrás, pero despacio. No quería que se sobresaltara por su erección y cambiara de opinión, aunque podía notar el cambio en ella.

–Has adelgazado –comentó él acariciándole la cintura y subiendo un poco las manos.

–Lo sé –reconoció ella preguntándose cómo podía excitarse tanto solo por la calidez de su mano.

Le había puesto la mano en el abdomen, por encima de la cintura, pero por debajo de donde ella quería que estuviera. Los pechos anhelaban que los tocara.

–Creí que estaría engordando...

Ella no siguió. No iba a decirle a Sev que con todas las cenas y almuerzos a los que iba con él lo normal sería que estuviera reventando la ropa, no que se le cayera.

Fue Sev quien acabó con ese momento tan íntimo. Detuvo la mano y frunció el ceño, aunque ella no lo vio. ¿Por qué creía Naomi que debería estar engordando? Entonces, se acordó de la conversación que había tenido con Allem. Naomi había estado de humor variable últimamente... Él, supersticioso por naturaleza, pensó en la estatuilla de la fertilidad que había tenido en su despacho durante meses. ¿Estaba embarazada? ¿Por eso se marchaba? Miró la foto de Andrew sobre la mesa y subió la cremallera hasta arriba. ¡No necesitaba una secretaria embarazada y no quería una amante embarazada!

–Vámonos –gruñó él–. Llegamos tarde.

 

 

Debería haber sido una cena muy agradable, pero no lo era. Era una de esas noches en las que le gustaría haberse quedado en casa. Sev estaba callado y malhumorado y Naomi era la que llevaba la conversación.

–Entonces era la telefonía móvil –comentó Allem mirando a Sev, quien estaba pidiendo más agua al camarero.

Naomi estaba segura de que la de Sev estaba mezclada con vodka. Estaba de un humor de perros y ella no sabía qué había pasado. Había estado a punto de ceder a tres meses de deseo creciente y entonces, sin venir a cuento, él había cambiado de opinión. Nunca entendería a Sev. Gracias a Dios, muy pronto podría dejar de intentarlo.

–¿Te acuerdas, Sev? –le preguntó Allem.

–Me acuerdo de que di con el diseño... –Sev se encogió de hombros.

–Se habría quedado en un diseño si no lo respaldo con mi dinero –señaló Allem.

–Es verdad –reconoció Sev.

–Entonces, ¿cómo empezaste? –le preguntó Naomi cuando habría preferido darle una patada por debajo de la mesa por ser tan distante y grosero.

–Te dieron una beca, ¿verdad? –le preguntó Jamal.

Sev asintió con la cabeza. Lo que menos soportaba del mundo era hablar de su pasado. Ese era el problema, la gente siempre quería hablar y él habría preferido quedarse en casa descifrando códigos.

–Había un ordenador viejo en el despacho donde vivía –explicó Sev a regañadientes–. Iban a tirarlo cuando yo tenía trece años...

–¿Despacho? –le interrumpió Naomi frunciendo el ceño–. ¿Donde vivías?

–En el despacho del colegio, quiero decir –le explicó Sev dirigiendo una mirada de advertencia a Allem.

Allem sabía algo, pero él prefirió no adentrarse en su pasado porque era demasiado oscuro, demasiado enmarañado, y ya se había alejado mucho de todo eso.

–Lo desmonté y...

Sev se encogió de hombros para quitarle importancia a todas las horas que había dedicado a reconstruirlo buscando piezas por todos lados. Entonces, cuando ese funcionó, pasó al siguiente y al siguiente.

–La beca ayudó, pero la verdad...

Habían sido las horas interminables que había pasado sin apartar la vista de máquinas y libros. Al principio, de cualquier libro, fueran cuentos, historias de amor, biografías o policíacas. Se había leído una y otra vez cualquier cosa que llevaran los cuidadores o encontrara él. Hasta que un día se topó con un libro de programación de ordenadores que se había convertido en su primera biblia. La fascinación le duraba todavía. Sin embargo, no contó nada de eso aunque a todos les habría encantado oírlo.

–Me acuerdo de que te gustaba aquella princesa... –Allem sonrió y se dirigió a Naomi–. Sevastyan pirateó la página web del palacio, les dijo las lagunas que tenía el sistema y que él podía arreglarlas.

–Solía hacerlo en aquellos tiempos, cuando escaseaban los clientes –reconoció Sev.

–¿Llegaste a algo con la princesa? –le preguntó Naomi y Sev esbozó una sonrisa jactanciosa–. Una pregunta ridícula.

Los dos se miraron y los dos estaban dolidos, aunque ninguno iba a reconocerlo.

–Cuando vayáis a Dubái...

Allem también los miró y volvió a captar la tensión. Había visto que Sev miraba a Naomi cuando ella fue al cuarto de baño y también podía captar las pullas que se lanzaban el uno al otro... Era la primera vez que la veía con Sev. Sev siempre había llevado una acompañante si estaba Jamal. Él, como Sev, nunca conseguía acordarse de sus nombres. Naomi le caía bien y quería ver feliz a Sev por una vez en su vida.

–Queremos salir al mar con vosotros, con los dos –siguió Allem.

–No voy a ir de vacaciones –replicó Sev–. Podéis llevaros a Naomi.

–Porque yo no hago nada en todo el día –replicó Naomi poniendo los ojos en blanco.

–Puedes tomarte un día y tomar el sol –insistió Sev.

Pensó en su espalda tersa y blanca, le miró las mejillas pálidas y se acordó del día que se conocieron, de cómo se sonrojaron, como estaban empezando a sonrojarse en ese momento. Quería que Allem y Jamal desaparecieran, quería volver al punto donde Naomi y él lo habían dejado. En ese momento, quería introducir la mano por debajo de la mesa y separarle los muslos, y lo más extraño era que creía que ella se lo permitiría.

Aunque no lo haría. ¿A las mujeres embarazadas les gustaba el sexo? No tenía ni idea.

–Nos gustaría ver algún espectáculo mientras estamos aquí –comentó Jamal.

–Pues estáis en el sitio indicado –Sev seguía mirando a Naomi–. Os encanta el teatro. Mañana podríamos ir todos...

–Ya tengo planes –le interrumpió Naomi inmediatamente.

–¿Qué planes?

–Ya te lo he dicho. Tengo que cuidar a las hijas de mi padre.

Sev no dijo nada, era más seguro callarse. Quería decirle que había dado un vuelco a su vida, que se había ido a vivir allí para estar con su padre y que, aparte de cuidar a sus hijas cuando su esposa y él salían, no lo veía nunca. Sí, era más seguro pedir la cuenta.

 

 

El chófer de Sev llevó a Allem y Jamal a su hotel y volvieron a casa en silencio. Mientras subían los escalones del vestíbulo, Sev decidió que estaba harto de hacer lo que era más seguro.

–¿No puedes llamar a tu padre y decirle que no puedes ir mañana por la noche?

–¿Por qué iba a hacerlo?

–¿Por qué no ibas a hacerlo? –preguntó Sev–. Pagaré a una enfermera o lo que sea para que cuide a sus hijas.

–¿Una enfermera? –Naomi parpadeó–. ¿En qué mundo vives, Sev?

–En uno sin bebés ni hijos. A una niñera entonces.

–Quiero ayudar.

–¿Ayudar? –preguntó Sev mientras se acercaban a los ascensores–. Querrás decir que te sojuzguen.

–Son mis hermanas.

–Por parte de padre –la corrigió él mientras entraban en un espacio muy pequeño y cargado de tensión–. Además, el pastel de afecto no se divide en partes iguales cuando es la segunda o tercera vez...

–No sigas por ahí –Naomi ya había oído bastante–. No intentes decirme cómo tengo que lidiar con mi familia cuando has mentido sobre la salud de tu madre.

Ella fue a bajarse del ascensor en el décimo piso, pero él la detuvo.

–Naomi, necesito de verdad que alguien me acompañe.

–Entonces, encuentra a alguien. Sev, son casi las doce y esta mañana me has llamado a las seis. Llevo dieciocho horas trabajando y no voy a tener el fin de semana libre. ¿No puedo pasar una noche con mi familia?

Le pidió con la mirada que la despidiera en ese momento. ¿No podían acabar con eso?

–Puedes librar mañana por la noche –concedió él.

Sev se quedó un momento en el ascensor parado mientras ella se bajaba.

Muy bien, encontraría a alguien. No tenía que buscar muy lejos. Sacó el teléfono y ya estaba llamándola cuando llegaba al último piso.

–Hola, Felicity, ¿te acuerdas de Jamal y Allem?

Su exsecretaria los conocía bien y, además, era rubia, impresionante y ¡no estaba esperando un hijo de otro!