Capítulo XVI
¿Lloro porque todo fue un sueño
o porque ese sueño nunca existió?
El corazón al romperse no emite ningún sonido. Nada tiembla y nada se escucha. El alma al resquebrajarse es completamente silenciosa, no se percibe el chasquido de las tiras al ser desgarradas. Y solo queda el más absoluto vacío que se apodera de tu cuerpo deshaciéndote como persona y como ser.
Abrí los ojos con desesperante lentitud, parpadeando, adaptando mis pupilas a la claridad del día. Al principio solo percibí sombras destelleantes que se filtraban en forma de rayos de sol entre los árboles, y noté bajo mi cuerpo el suelo de tierra húmeda. Me incorporé con dificultad hasta ponerme de rodillas. Apenas podía respirar y, con manos torpes, me desaté la venda del cuello, arrojándola a un lado. Frente a mí todavía estaba la pequeña hoguera que había prendido en el camino de Dean Village. Miré alrededor, desconcertada, y descubrí que me encontraba en el mismo sitio que había abandonado meses atrás. Incluso, mi bolso seguía tirado junto a los zarzales. Lo abrí deprisa y saqué el teléfono móvil. Con asombro comprobé que no había transcurrido ni un minuto. Seguía siendo el mismo día, la misma hora y el mismo lugar. Sin embargo, ya nada sería igual. Emití un ronco sollozo. ¿Cómo podría explicar a Gareth y a la familia de Sarah que nunca volverían a verla? ¿Cómo podría llegar algún día a entender que las personas a las que más amaba me habían traicionado y la única persona de la que desconfiaba había sido la que había intentado salvarme en el último momento? ¿Cómo podría olvidar lo sucedido? ¿Cómo podría volver a una vida normal sabiendo lo que ya sabía?
Me levanté con dificultad, limpiándome las lágrimas del rostro y caminé hacia el apartamento con la mirada baja, esquivando las de curiosidad de los transeúntes con los que me tropecé en el centro de Edimburgo. Cuando entré en el apartamento, me apoyé sin fuerzas en la puerta, oliendo todavía el fuego prendido a mi piel y a mi ropa.
Fue entonces cuando comprendí que el corazón al romperse sí grita, aunque nadie pueda escucharlo.
Me tambaleé hasta la cocina y me serví un vaso de agua, bebiendo como si aquello pudiera dar sentido a mi vida. Sobre la encimera vi una nota de Gareth.
Alana, si no estoy equivocado, ya sabes la verdad. Ya conoces quién eres y lo que él te hizo. Ya sabes también que llevo esperándote tantos años que acabaron convirtiéndose en una tortura. Te dije una vez que conmigo estabas a salvo, no dejaré que aquel que heredará su odio te haga daño. Espérame en casa, no tardaré más de un día en regresar. He subido a Inverness, los padres de Sarah quieren contratar un detective privado para colaborar en su búsqueda. Intentaré explicarles que es inútil, que ella ya no regresará.
¿Casa? ¿Qué casa? Tenía una considerable desubicación temporal y espacial. Todos los sonidos que me rodeaban me resultaban extraños, el zumbido del frigorífico, el claxon de un automóvil en la calle, el rumor de pasos en el piso de arriba. Las superficies de la cocina, blancas y asépticas, se me antojaron desagradables comparadas con la calurosa y ajada cocina del castillo. Me sujeté a la encimera comprendiendo el aviso de Gareth, durante meses creí que habría algo que volviera a Kieran contra mí, lo que no pude imaginar nunca es que su traición con Sarah sería el motivo por el cual, generación tras generación, habría un Mckinnon esperando el momento para acabar conmigo. Sin embargo, me negaba a creerlo. ¿Cómo podía haber estado tan ciega? ¿Acaso lo que ambos compartimos no había existido? ¿No era cierto? Sus besos, sus miradas, su forma de rodearme el cuerpo y abrazarme como si con ello pretendiera mantenerme siempre a su lado. ¿Era falso? Me pellizqué el puente de la nariz, sintiendo un fuerte dolor de cabeza. El Gareth que conocí en el pasado no me inspiraba confianza, al contrario, incluso lo temía. ¿Eran el mismo hombre? No era posible. ¿Su descendiente conocía la historia y se atribuyó un derecho que no le correspondía sobre mí? Comenzaba a verlo todo borroso y tuve que sentarme en una silla con la cabeza entre mis manos.
Y sentí que la soledad me aprisionaba hasta dejarme sin aire. Sollocé de nuevo y, levantándome, fui arrancándome la ropa por el camino hasta el baño. Bajo el agua de la ducha las lágrimas se mezclaron con el jabón y el vapor. Seguí sintiendo la misma soledad.
Necesitaba contárselo a alguien, pero todos a los que conocí ya habían desaparecido.
Cuando salí y pude verme en el espejo, el reflejo me mostró lo que aquellos meses habían hecho en mi cuerpo. El corte del cuello era una irregular línea roja e inflamada, tenía varios golpes en la espalda, que se estaban tornando violáceos y las muñecas me escocían con la marca de la soga como prueba de que lo que había vivido era cierto. La certeza me alcanzó de pleno cuando comprobé mi abdomen redondeado y tirante con un pequeño corazón latiendo dentro de mí. Buscaba una afirmación que me convenciera y la tenía ahí. La soledad ya no fue insoportable. Tenía un motivo para seguir adelante, el motivo más importante de todos.
Una vez me vestí con unas mallas y un jersey holgado, me senté en la cama sin saber qué hacer. No quería pensar en Kieran. No podía dejar de pensar en él. Él y Sarah. Sarah y él. De forma enfermiza, mis recuerdos se mezclaban con imágenes inventadas y sentí que iba a romperme de nuevo. El sonido del teléfono me sacó de mi ensimismamiento y lo cogí tragando saliva, disimulando el tono ronco de mi voz.
–Alana, ¿puedes venir hoy a la tienda? Tengo un encargo importante.
Era el anciano anticuario para el que trabajaba de forma ocasional. Como siempre, no se andaba con rodeos, la rapidez era una máxima en el trato con la gente, solo se detenía y el tiempo se volvía relativo cuando estudiaba algún objeto.
–Sí, puedo estar allí en una hora –respondí con brevedad.
–Te espero –dijo y puso punto final a la conversación.
Sin detenerme más de lo necesario, me maquillé disimulando mis ojos hinchados, me calcé unas bailarinas, cogí mi bolso y me tapé la herida del cuello con un foulard. Todo ello repitiéndome a mí misma como un mantra que no debía pensar en Kieran. Al fin y al cabo, Kieran ya no existía. Me di cuenta de esa realidad en medio de la calle, deteniéndome con brusquedad junto a la terraza de un pub de la Milla Real. No existía. Ya había muerto. Llevaba muerto cientos de años.
–¡Oh, Dios! –musité poniéndome unas gafas de sol para esconder las lágrimas –. Está muerto. Él está muerto.
De improviso, el sonido de la gente, de las conversaciones inacabadas, del tráfico, se acrecentó hasta convertirse en un zumbido que acabó por marearme. Me sujeté a una de las sillas de la terraza y me tambaleé. Un camarero se acercó y yo me alejé a trompicones. Mi comportamiento estaba ya cercano a la locura.
A los pocos minutos conseguí llegar a la tienda de antigüedades como si hubiese caminado rodeada de una niebla espesa que te impide avanzar. Empujé la pesada puerta de cristal y entré en el espacio atestado de objetos y decoración antigua. Allí comencé a respirar con algo de normalidad. La campanilla tintineaba sobre mi cabeza y al instante el señor Carmichael salió de la trastienda con una sonrisa que se hizo más amplia cuando me reconoció. Me quité las gafas de sol e intenté imitar su sonrisa con bastante poca fortuna.
–Alana, ¿estás bien? –inquirió frunciendo el ceño.
Debía tener una apariencia deplorable si él, que no se interesaba por nada que no tuviera más de cien años, había reparado en mi aspecto.
–Sí, perfectamente –aseveré con un ligero temblor en la voz.
–Bien. Como ya te he dicho, tengo un encargo para ti.
–¿De qué se trata?
–Hay que restaurar un cuadro.
–¿Dónde está? –Desvié la mirada alrededor.
–En Skye.
–¿En la isla? –balbucí.
–Claro, ¿conoces otra Skye?
–No…, yo…, entonces, ¿cuándo lo traen?
–No lo van a traer, te vas a trasladar tú allí.
–¿Yo?
A mi pesar, mi voz estaba agonizando. Ya no creía en las casualidades, pero necesitaba el dinero con urgencia. Debía pensar en el futuro de mi hijo y dejar a un lado el pasado. Kieran está muerto, me repetí mentalmente.
–Sí, él ha insistido en que fueras tú.
–¿Yo? –repetí.
Nadie me conocía, no tenía un nombre como restauradora para que alguien hubiera reparado en mi trabajo.
–Sí, tú. ¿Qué te ocurre hoy, Alana?
–Nada. Dime qué es lo que tengo que hacer.
–¿Conoces al señor Mackinnon?
–¿Mackinonn? –Me atraganté con el apellido.
–Alana, deberías conocerlo. Es uno de los coleccionistas de arte más importantes de Europa. Vive recluido en su casa familiar, él es oriundo de Skye, una isla que solo es conocida por sus gaviotas y sus rocas. ¿Qué demonios hace allí? No lo sé. Pero tiene la mejor colección privada que he visto nunca, incluso fue mecenas en los años ochenta de artistas muy reconocidos. Es un viejo maniático y no quiere desprenderse de ninguna de las obras, así que ha pagado mucho dinero para que te traslades allí y ha cubierto con creces la estancia y cualquier gasto que se ocasione con la misma.
Me repetí a mí misma que las casualidades no existían, que Kieran estaba muerto y que jamás volvería a verlo. Pero tenía la corazonada de que todo lo que había sucedido en el pasado estaba relacionado con este extraño encargo.
–¿Cuándo tengo que ir?
–Saldrás mañana, ha dispuesto hasta tu transporte, un coche alquilado. –Se quedó en silencio rascándose la barba blanca hirsuta y me observó fijamente–. ¿Sabes conducir? –preguntó como si temiera perder a ese nuevo cliente por un detalle tan ínfimo.
–Sí.
–Perfecto, entonces no hay ningún problema.
¿Problemas? Todos los del mundo me atrevería a asegurar, pero me mantuve en silencio mientras él me daba las correspondientes instrucciones y me entregaba un sobre con la llave de un coche que según me dijo estaba aparcado en la misma calle en la que vivía.
Cuando regresé al apartamento me entretuve preparando una pequeña maleta, reconociendo en mi interior que me aterraba regresar al lugar que me traía tan amargos recuerdos. No, no podía ser casualidad, pero hasta que llegara allí no lo averiguaría.
El sonido del timbre en la puerta me sobresaltó y me erguí, sintiendo como mi dedo hormigueaba. Había olvidado completamente la existencia del anillo, que se había tornado de un furioso color rojo. Me asusté, temiéndome cualquier cosa menos la que me esperaba al otro lado de la puerta.
–¿Mamá?
–Alana, vives en un sitio inmundo –exclamó mi madre deslizándose en el interior del pequeño apartamento, evitando rozarse con cualquier cosa que la rodeara, lo que era imposible dado el tamaño del mismo.
–¿Cómo sabías dónde vivo? –inquirí cuando recuperé la capacidad del habla.
–Me lo dijiste cuando te mudaste ¿no te acuerdas? –Me miró atusándose la melena rubia y lisa que le rozaba sinuosamente los hombros delgados.
–Pues no. La verdad ni siquiera pensé que te acordarías –musité todavía demasiado aturdida para pensar con claridad.
–¿No vas a ofrecerme ni un refrigerio? ¿Tan mal te he educado? –preguntó ella caminando hasta el salón.
Mascullé una maldición mientras iba tras ella y le señalé el sofá con objeto de que se sentara y dejara de examinar todo con cara de disgusto. Sin embargo, se acercó hasta el pequeño mueble de la pared y cogió una de las fotografías que adornaban una de las estanterías. En ella estábamos Gareth, Sarah y yo delante del escudo que presidía la entrada al Castillo de Edimburgo.
–¿Tienes whisky? –exigió, ordenó mi madre.
–Sí –contesté mordiéndome la lengua y sacando una botella de Oban del aparador junto con un vaso. Le serví dos dedos y se lo ofrecí. Ella lo cogió con una mano y lo bebió a pequeños sorbitos, girando el vaso donde el líquido ambarino atrapó la luz de la lámpara del techo.
Me pregunté qué se proponía viniendo a Edimburgo. Nada bueno. Eso seguro.
–He abierto el testamento de tu abuela –dijo ella con la mirada perdida en la fotografía.
–Los testamentos no pueden abrirse hasta que no han pasado quince días desde el fallecimiento de la persona –repliqué.
Así que es eso. Dinero. ¿Qué otra cosa iba a hacer que mi madre viniera a verme?
–Digamos que tengo contactos. Buenos contactos.
–Ya. ¿Y? –pronuncié con toda la frialdad que pude.
–Te lo deja todo a ti. Y no creas que era una pobre anciana, tenía mucho dinero y varios inmuebles. A mí solo me lega la legítima, una ínfima parte de todo lo que tenía que ser mío –explicó mostrando la misma frialdad que yo.
Respiré con un alivio que a ella no le pasó desapercibido. Ese dinero me daba la posibilidad de mantenerme durante el tiempo que no pudiera trabajar por el embarazo y parto.
–¿Qué es lo que quieres? –espeté deseando zanjar una discusión.
–Que me devuelvas lo que es mío. Que renuncies a la herencia en mi favor.
–Ni loca pienso hacerlo –afirmé con rotundidad.
–¡Soy tu madre!
–No eres nada de eso, ni siquiera sabes lo que significa esa palabra.
Ella se giró de improviso y se puso a mirar por la ventana respirando entre jadeos.
–¿Por qué te fuiste de Madrid tan rápido? Ni siquiera asististe a su funeral –murmuró.
–Discutí con papá –expliqué con brevedad.
Vi el tenue reflejo en el cristal de su bello e inexpresivo rostro y me estremecí sin pretenderlo.
–¿Tu padre?
–Sí.
–¿Sabes por qué te he odiado siempre?
Aunque la palabra odio y madre para mí siempre habían sido sinónimos, me retraje como si me hubiera golpeado.
–Porque tú fuiste el recordatorio toda mi vida del único hombre al que no pude retener–continuó de espaldas a mí.
–Papá siempre te quiso, incluso cuando lo abandonaste.
Ella rio con tanta amargura que yo pegué un respingo.
–Él no era tu padre.
–¿Cómo? –acerté a decir, sintiendo que mi mundo volvía a tambalearse.
Ella se giró con brusquedad y me mostró la foto que todavía tenía en la mano.
–¿Quién es este hombre? –preguntó señalando a Gareth.
–El novio de Sarah, ¿por qué?
–Porque es tu padre.
Abrí la boca para decir algo pero no encontré las palabras. Arranqué la fotografía de sus manos y la apreté con intensidad entre mis manos.
–No es posible –dije finalmente sintiéndome desfallecer–. Él tiene treinta y cinco años. No puede ser mi padre.
Ella mostró una considerable sorpresa.
–No puede tener treinta y cinco años, cuando lo conocí ya tendría más o menos esa edad. Fue en París, hui después de una discusión con tu abuela y encontré trabajo como camarera en un pequeño bistró cerca de la torre Eiffel. En aquel momento me parecía la ciudad perfecta para empezar una nueva vida. Yo era joven, atractiva y estaba dispuesta a todo por no regresar a España. Él solía venir a comer a menudo y también era el único cliente que nunca solicitaba que yo le atendiera, así que constituyó un reto para mí. Me enamoré perdidamente de él, como solo pueden hacerlo los estúpidos, aunque solo nos acostamos una maldita noche. La noche que te engendramos. Él nunca volvió al restaurante y aunque intenté localizarlo cuando supe que estaba embarazada no lo conseguí, parecía haber desaparecido. Entonces apareció tu padre y encontré la solución más conveniente. Él no sabe la verdad, por supuesto –explicó con voz firme.
Todo cobró sentido en un sinsentido. El Gareth del pasado era el Gareth del futuro, no su descendiente. Recordé las palabras de mi abuela, insistiéndome en que yo era la más poderosa en años. ¿Cómo no iba a serlo? Era nieta de bruja e hija de brujo. Me reí a carcajadas, muy próximas a un ataque de histeria y mi mente se inclinó peligrosamente hacia la locura.
–¡¿Por qué me lo has ocultado hasta ahora?! –aullé.
–Porque no sabía que lo conocías hasta que he visto la fotografía –fue su pragmática respuesta.
Caí de rodillas gimiendo, abrazándome el cuerpo con los brazos. Por un instante creí que me había mentido, pero en mi fuero interno sabía que decía la verdad, no porque mi madre no mintiera a menudo, sino porque sabía que esta vez siendo sincera me hacía mucho más daño. Sentí que iba a perder la consciencia, todo giraba a mi alrededor en un torbellino de caras y objetos informes.
–Alana. –Mi madre me abofeteaba el rostro con energía haciendo que volteara la cabeza de un lado a otro como una marioneta. Levanté la mano apenas sin fuerzas y emití un quejido.
–¿Qué? –Logré decir sin que llegara a recordar qué hacía en el suelo del salón.
–Te has desmayado.
Me levanté con dificultad, todavía mareada, pero sin su ayuda.
–Vete –le dije.
–Estás maldita, Alana, y sola. ¿Crees que no sé que Sarah ha desaparecido?
–¡Cállate! –exploté llevándome las manos a la cabeza.
–Alana, te destruiré si no renuncias a la herencia de tu abuela.
–¡Márchate de aquí! ¡Aléjate! –grité sintiendo que el nudo de poder amenazaba con estallar dentro de mi pecho.
Ella se apartó unos pasos como si notara algo extraño en mí.
–Él te puso el nombre –murmuró de improviso–. Gareth me llamó Alana aquella noche. Me pareció un bonito nombre para ti, así recordaría toda mi vida que él no me vio cuando me amaba, vio el rostro de otra mujer.
–¡Lárgate y no vuelvas! –repetí con furia, apretando los puños.
De su rostro brotó una sonrisa repleta de maldad, me miró un instante más y con total desprecio, se giró y el sonido de sus tacones se perdió en el pequeño pasillo.
Caminé apoyándome en las paredes hasta mi habitación, allí me dejé caer en la cama y me hice un ovillo. Me quedé dormida todavía llorando. Desperté llamando a gritos a Kieran. Había revuelto la colcha y estaba enredada en ella, buscando su cuerpo sin encontrarlo. El dolor fue tan intenso que sentí que volvía a romperme. Recordaba con tanta claridad su aroma que pensé en la profundidad del sueño que estaba junto a mí. Respiré a jadeos hasta que me tranquilicé y pude incorporarme. Como siguiera así acabaría volviéndome loca.
–Abuela –murmuré sintiéndome al borde de un abismo, sin esperanza alguna–. Abuela, ¿estás ahí?
–Sí, siempre te dije que estaría junto a ti. –Su voz me calmó y oteé las sombras de la habitación hasta que localicé su imagen difusa.
–¿Lo sabías, abuela? ¿Sabías que Gareth era mi padre?
–Sí.
–¿Por qué no me advertiste?
–Porque hubieras ido a buscarlo y te hubieras enfrentado a él, y no era eso lo que tenías que hacer. Tenías que salvarla, a ella.
–No he podido salvarla. Sarah no quiso regresar –dije entre sollozos.
–Sí lo has hecho. Yo nunca dije que tuvieras que salvar a Sarah. No podemos interferir en las decisiones de los adultos. Si ella decidió quedarse, tú no podías hacer nada.
–Pero, yo creí…, ¿a quién tenía que salvar? –pregunté totalmente confundida.
–A tu hija –pronunció posando una mano transparente sobre mi abdomen henchido–. Era a ella a quien tenías que salvar, desde el primer momento. Pero no debes confiarte, Alana, sigues en peligro. Ahora es cuando más fuerte tienes que ser.
–Lo he perdido todo, ya no tengo fuerzas.
–Las encontrarás dentro de ti, como siempre has hecho. Solo confía en tu corazón, una vez más.
–¿En mi corazón? ¡Él me traicionó! ¿Qué futuro me espera? –barboté con más dolor que ira.
Pero ella ya no estaba, había vuelto a desaparecer.
Ya no pude volver a conciliar el sueño, así que al amanecer me levanté, me di una ducha y me vestí con unas cómodas mallas negras bajo un vestido corto de seda gris. Me calcé unos botines planos y recogí mis cosas. Sin apenas ánimo para nada más, me tomé un ligero tentempié en la cocina y bajé a la calle. Localicé el coche, programé el GPS, puse música y me convencí de que tenía que olvidarme de todo por unas horas, hasta que llegara a Skye y consiguiera respuestas.
Crucé el puente que comunicaba con la isla al comienzo de la tarde y me interné en la tranquila y apacible tierra que me había acogido trescientos años antes. No pude reprimirme y giré en una intersección internándome en el camino hacia el antiguo castillo de los Mackinnon. Aparqué a un lado de la carretera y bajé del coche estirando las piernas y respirando el aire puro cargado de humedad que provenía del cercano mar del Norte. Me acerqué hasta las ruinas y paseé por ellas sintiendo nostalgia y tristeza al ver cómo había quedado con el paso del tiempo la bella fortificación medieval que con tanto amor había reconstruido Kieran. Ya no se veían más que unas piedras y un par de muros derruidos, sin embargo pude notar con total intensidad la fuerza que emanaba del lugar, como si se hubieran reunido para recibirme todas las almas que habían habitado aquel lugar durante siglos. Secándome las lágrimas que el viento arrancó de mis ojos, eché una última mirada y me giré hacia el coche.
Seguí las indicaciones del GPS serpenteando en las estrechas carreteras hasta que unos tres kilómetros más adelante pude ver una casa de piedra de tres alturas. Estaba rodeada de un vallado y una puerta de seguridad. En el interior atisbé retazos de unos jardines bellamente cuidados. Macizos en flor se alternaban con árboles que impedían una vista plena de la casa. La valla se abrió en cuanto detuve el coche y me interné en un camino de grava hasta aparcar frente a la entrada principal. Antes de que me diera tiempo a subir los escalones de la entrada, la puerta se abrió y un hombre mayor, alto y canoso, con gesto serio y vestido de mayordomo, se inclinó ante mí y me dio paso.
–Usted debe ser la señorita Deveroux. La estábamos esperando –declamó con voz grave instándome a entrar.
–Gracias –contesté quedándome en el amplio recibidor, esperando que él me guiara.
Observé que a la derecha se abrían unas puertas acristaladas que daban a un gran salón, profusamente decorado con pesados muebles de madera en el que destacaba una gran chimenea de piedra con el fuego encendido, que atrapaba las luces de los objetos de cristal y plata que adornaban las estanterías y aparadores.
Las puertas a mi izquierda estaban cerradas, y frente a mí se extendía una amplia escalera de mármol con pasamanos en madera abrillantada que se sujetaba en un entrelazado de forja de hojas y ramificaciones con la elegancia propia de una casa de campo.
Seguí al mayordomo en silencio hasta el primer piso, cuyo suelo de madera pulida estaba cubierto por varias alfombras Aubusson en colores oscuros. Me indicó una puerta cerrada a la izquierda y se despidió de mí. Entré en lo que parecía otro salón, mucho más pequeño que el del piso inferior, aunque bastante más acogedor. En el centro había una mesa rectangular de madera maciza con patas en forma de garras. Sobre ella reposaban varias fuentes de cristal de bohemia con flores secas, fruta y un par de pesados candelabros de plata la adornaban a cada extremo. La pared occidental daba al exterior con tres ventanas de las que colgaban cortinas de terciopelo granate recogidas a un lado con cuerdas trenzadas con hilo de oro, dotando a la estancia de gran luminosidad. La pared de enfrente estaba decorada por una cantidad ingente de imágenes, fotografías, grabados y cuadros expuestos de forma experta, portando cada uno de ellos su propia lámpara halógena. Constituía un pequeño y coqueto museo.
No obstante, lo que más llamó mi atención fue el único cuadro que colgaba de la pared frontal, presidiendo la sala. Era una obra pintada al óleo, de casi dos metros de altura y uno de anchura. El marco era de madera ribeteado en pan de oro y profusamente decorado. Con toda probabilidad databa del siglo XVIII, sin embargo estaba en excelentes condiciones, ni siquiera pude adivinar una pequeña mancha de carcoma. Me acerqué a paso lento, descubriendo el rostro de la joven que me miraba desde el cuadro. Una mujer joven, con el pelo rubio oscuro y ondulado que se agitaba por un viento invisible y que estaba sentada en un banco de piedra con el fondo del antiguo castillo Dunakyn, vestida con un sencillo vestido de lana verde ribeteado en puntillas que sobresalían de sus puños cerrados por botones de nácar.
La mujer tenía las manos cruzadas sobre sus piernas y se podía percibir un pequeño escarpín de cuero marrón asomándose por las voluminosas faldas. Subí lentamente la vista observando la imagen hasta llegar al escote, donde el vestido se cerraba con un corpiño adornado con una perfecta lazada. Su cuello largo y pálido destacaba en contraste con la oscura tela del vestido. Sobre el hombro derecho llevaba prendida una pequeña estola con los colores del clan Mackinnon, sujeta por un broche en plata donde se adivinaba el dibujo y el lema del clan. Su rostro de facciones delicadas y nariz delgada y recta, estaba sereno y me miraba con tan profundidad que pude apreciar que el autor había captado la sonrisa dulce y algo divertida que asomaba a sus labios rosados. Respiré hondo y mis ojos se deslizaron hasta las manos de aquella mujer, donde pude ver un anillo con una piedra luna y una alianza de plata. No tuve que acercarme más para saber que había escrito en él. Siorghra.
Sentí la presencia de otra persona en la habitación y escuché carraspear a un hombre. Ya no creía en las casualidades. ¿Y si hubiera una posibilidad de que él, Kieran, hubiera venido a buscarme? ¿Una remota posibilidad? Si no, ¿por qué estaba allí mirando un cuadro de mí misma? Sí, por primera vez debía confiar en mi instinto.