Capítulo XV
El tiempo traiciona matándonos,
utilizando para ello a las personas.
Corrí desesperada, atravesando el campamento e ignorando los gritos y algún ocasional tirón en la falda de un soldado avispado que buscaba consuelo, hasta que me alejé lo suficiente como para recobrar la respiración. Me detuve solo un instante con un intenso dolor en el pecho y me puse la mano sobre él sintiendo el furioso retumbar de mi corazón herido. Seguí corriendo, internándome en la espesura de un pequeño bosque adyacente, sintiendo las ramas golpear mi rostro y desgarrar la tela de mi vestido. Finalmente llegué a un pequeño claro y me dejé caer en el suelo de rodillas aullando como un animal herido de muerte. Gemí y me incliné hacia atrás balanceándome y sujetándome el abdomen en un gesto de protección.
Noté el sabor salado de las lágrimas en mis labios resecos y sorbí frotándome el rostro con las mangas de la camisa. ¿Cómo no lo había visto? ¿Cómo no lo había sentido? Sarah no me buscaba a mí, buscaba a Kieran y no quería regresar. No quería regresar porque lo amaba y él la amaba a ella. Esa era la mujer que dijo ser de la única se había enamorado. Ahora no tenía ninguna duda. Mi alma se desgarró en jirones sangrientos y temí que fuera a desmayarme. El amor era una palabra que debería desaparecer del diccionario, no porque no existiese, sino porque resultaba demasiado doloroso de soportar. Me sentía vulnerable, vulnerada y rota. Completamente rota. Y sin embargo no los culpé, yo había enviado a Sarah a ese mundo inhóspito y hostil y él había estado allí, protegiéndola como lo había hecho conmigo. Entendía que se hubiera enamorado de ella, cualquiera lo hubiera hecho, yo misma la quería como una hermana y admiraba su valor y su entereza, su alegría innata y su rostro de facciones dulces enmarcadas en un cabello brioso y desafiante.
Pero la traición tenía un sabor amargo, un sabor a bilis que subían abrasando mi esófago hasta acumularse en la garganta. Me incliné sobre el suelo y vomité todo mi dolor sobre la tierra helada. Cogí un trozo de hielo y me lo pasé por la frente deshaciéndose al instante, mojando mi rostro con un reguero frío y consolador.
Unas manos se posaron sobre mis hombros y grité de terror. Una de esas manos abandonó un hombro y se arrastró hasta tapar mi boca girándome a la vez para que viera quién era. Parpadeé asombrada y asentí con la cabeza para que el hombre apartara su mano.
–Gareth –pronuncié roncamente.
–Alana, lo sabes, ¿verdad? –Su voz tenía un tono triste y a la vez duro.
Asentí con la cabeza sin poder pronunciar otra palabra.
–Intenté decírtelo, hacértelo ver, pero tú estabas ciega, no veías más que por sus ojos cuando debiste mirar en otra dirección –expresó arrodillándose junto a mí.
Apreté la mandíbula y seguí en silencio.
–Pero no todo está perdido, será juzgado por traición y es muy posible que le obliguen a deshacer el matrimonio –dijo él como si llevara esperando esta conversación bastante tiempo. Me pregunté si en realidad ya la habría visto en alguna de sus premoniciones.
–No –contesté con frialdad–, no desharé el matrimonio. Volveré a mi tiempo y olvidaré todo lo sucedido aquí.
Él se retrajo como si lo hubiese golpeado.
–No puedes irte –exclamó como una única explicación, lo que no fue demasiado.
–Sí, puedo hacerlo y lo haré. Solo vine con una intención y esa fue regresar con Sarah, está claro que ella no quiere hacerlo y que yo fui un accidente que se interpuso en su camino. Desapareceré definitivamente. Nadie volverá a saber de mí. Nadie recordará dentro de algún tiempo que Alana Deveroux existió.
–Estás embarazada –afirmó como si ese hecho me fuera a retener junto a él.
–Cuidaré a mi hijo sola. Yo misma no tuve ni padre ni madre. Mi hijo por lo menos tendrá a una madre que vivirá para él. Lo criaré lejos de aquí, en un mundo en el que la gente no se traiciona vilmente, no envenena con cicuta, no dispara a matar y no acuchilla para herir.
–Alana, no piensas con claridad. –Él agitó la cabeza con bastante confusión. No sabía qué se proponía realmente, pero desde luego mis comentarios lo estaban alejando de sus intenciones.
–Lo hago. Nunca antes había estado más segura y dispuesta a hacer algo como ahora. Déjame Gareth –expresé con voz cansada. Él me miró con sus ojos oscuros que se habían convertido en pozos de dolor.
Levanté mi mano y le acaricié la mejilla percibiendo por primera vez al hombre que conocí en el futuro.
–Quizás algún día volvamos a encontrarnos y me salves del hombre de ojos dorados que intente de nuevo asesinarme –susurré y sus ojos se abrieron sin comprender.
–¿Qué él qué…?
–Sí, desde el principio supe que un hombre con los ojos dorados intentaría asesinarme en el futuro. Ahora volveré con el conocimiento de quién es y estaré preparada para enfrentarme al que será su descendiente.
–Alana –suspiró abrazándome y yo me recosté en su hombro, sin sentir otra cosa que frialdad en todo mi cuerpo. La escarcha que cubría la tierra se había extendido como las raíces de un árbol hasta atraparme por completo.
Unos gritos nos interrumpieron y Gareth se levantó deprisa dejándome en el suelo.
–¡Está ahí! ¡Apresadla! –gritó un hombre acercándose corriendo.
Lo miré con extrañeza y reaccioné con lentitud, levantándome despacio, mientras Gareth mucho más rápido y preparado que yo, ya había sacado la espada y amartillado el arma en la otra mano.
Pronto nos rodearon un grupo de unos diez hombres. Vestían al modo escocés, pero no pude reconocer el tartán.
–¿Qué sucede? –pregunté en voz alta y a nadie en particular.
–¡Huye, Alana! –exclamó Gareth.
–¡Coged a la bruja! –ordenó el hombre que parecía dirigir el grupo.
–¿Qué…?
No pude terminar, un disparo proveniente de Gareth rompió el silencio de la noche y estalló en un haz luminoso que llenó el pequeño claro de humo picante y espeso. Me aparté tosiendo y Gareth me situó de un empujón detrás de él. Antes de que pudiera reaccionar, varios hombres se habían lanzado sobre él. Lo desarmaron y golpearon sin piedad en el suelo. Cogí una piedra tanteando con mi mano en la oscuridad y me lancé sobre ellos atizando donde creí hacer más daño, en la cabeza. Había olvidado que los escoceses se distinguían por tener la cabeza muy dura. Solo conseguí que un brazo gordo y sudoroso me apartara hasta caer de nuevo al suelo de espaldas. Respiré entre jadeos e intenté buscar mi poder, pero parecía haber desaparecido. Seguía sintiéndome agotada y débil y solo conseguí que en mi interior brillara una tenue llama. Otro de los hombres me cogió de los brazos y me golpeó en el rostro haciendo que cayera de nuevo. Me giré protegiendo mi abdomen e intenté huir arrastrándome. Ese mismo hombre tiró de mi pelo y me golpeó en la nuca. Sentí como si me partieran en dos y mi último pensamiento consciente fue: «mi hijo no, por favor».
Desperté con la misma sensación que hubiera tenido después de haber pasado la noche de bar en bar bebiéndome todas las existencias de whisky de Escocia. Resaca. Esa era la palabra que mi mente confundida estaba buscando y por un instante creí que me encontraba en el pequeño apartamento de Edimburgo. Intenté abrir los ojos y apenas pude. Percibí el aroma de la sangre y la cabeza me comenzó a latir de forma intensa. Giré mi rostro y aspiré el olor a excrementos de animales y el de mi propio miedo. Contuve una arcada y mi cuerpo se arqueó sin voluntad propia. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía las manos fuertemente atadas a la espalda y mis tobillos entrelazados con una soga que me impedía ponerme en pie. Estaba tirada en lo que parecía un pequeño establo de madera. Enfoqué mi vista y vi un pequeño roedor situado cerca de mi cabeza con el cuerpo erguido y moviendo los bigotes con curiosidad, observándome con los ojillos saltones. Grité asustándolo y corrió hasta perderse en el exterior por una pequeña grieta. Deseé poder hacer lo mismo. Respiré hondo y mi pecho ardió. Tosí y carraspeé hasta recuperar algo de aire.
Intenté incorporarme haciendo presión doblando mis piernas y conseguí sentarme apoyándome en la pared de madera rugosa y astillada. Giré la cabeza con lentitud ante la sensación de inestabilidad que me provocaba ese simple movimiento y mi cuello tiró y ardió por el corte del soldado inglés. Mascullé una maldición y me mantuve quieta observando la puerta.
No sabía dónde estaba ni qué se proponían, pero lo suponía. Alguien había filtrado mi secreto. Sabían que era bruja y aunque de momento me mantenían encerrada, tenía el número ganador de la lotería a que intentarían ajusticiarme. Por las rendijas de la pared se filtraba una tenue claridad, pero no podía discernir si era ya completamente de día, si estaba amaneciendo o era el crepúsculo del día siguiente. Estaba desorientada y aterrada. Quise gritar, pero supuse que eso no serviría de nada. No escuchaba ningún sonido en el exterior y por un momento creí que me habían dejado allí abandonada esperando que muriera de soledad e inanición.
Recordé a Gareth tumbado inconsciente bajo el cuerpo de otro escocés y sentí que el temor atenazaba mi garganta estrangulándome y provocando que apenas pudiera tragar. Me sentí estúpida e inútil por no haberlo previsto y por no haber previsto que las palabras de Kieran caerían en saco vacío. No iba a protegerme, el que me ajusticiaran le dejaba el camino libre para volver con Sarah. Intenté hacer fuerza para desatar mis manos. Necesitaba salir de allí y juntar los cinco elementos para regresar a mi época, pero solo conseguí apretar un poco más la soga hasta que esta rasgó mi piel.
La puerta se abrió de golpe y yo me pegué más a la pared. Entró un hombre gordo escocés con pelo oscuro ensortijado y barba cubierta por restos de comida. Hasta mí llegó su olor a sudor y aparté el rostro. Dejó un pequeño cuenco de metal en el suelo que contenía un líquido pardusco y un mendrugo de pan flotando y lo empujó con el pie sin acercarse.
–¿Qué vais a hacer conmigo? –pregunté mirándole directamente a los ojos, a lo que él giró la cara como si temiera que mi mirada lo convirtiera en piedra, que, con total certeza, si hubiera tenido ese poder lo hubiera hecho.
–Mañana te juzgarán y te quemarán por bruja. –Rio con bravuconería y abandonó la cabaña.
Me quedé mirando la puerta cerrada con estupefacción. Quemarme por bruja. No podían ser tan salvajes. Intenté recordar cuándo se dejó de quemar a las brujas y creí recordar que fue bastantes años después. Aun así, seguía antojándoseme algo lejano y absurdo. Eso solo ocurría en las películas de terror y me di perfecta cuenta de que mi vida se había convertido en una de ellas.
Gemí de nuevo y apoyé la cabeza en la madera llegándome un lejano recuerdo de Sarah y yo conversando en el salón de nuestro apartamento. Ella me preguntó si yo creía en las brujas. Yo le contesté que no, que eso era imposible. Reí con carcajadas amargas. Ahora creía en ellas, como también creía en los viajes en el tiempo, los lobos que atacaban como si fueran personas, y los hombres con ojos de guepardo que asesinaban. Eres bruja Alana, me dije, y este es tu destino. Agaché la cabeza en gesto de rendición y las lágrimas brotaron de mis ojos.
Lloré, no por la muerte, sino por la traición, porque aunque al día siguiente me fueran a quemar por bruja lo que en verdad hacía que mi alma sangrase era el saber que el hombre al que había entregado mi vida, mi amor y todo lo que yo era, quería a otra mujer.
Durante ese día agónico tuve mucho tiempo para pensar, lo que no supuso un alivio, más bien una maldición. Recordé momentos de mi infancia que había enterrado con dolor y que con Kieran a mi lado habían reaparecido para ser olvidados por su amor. Recordé cómo había comenzado todo, con el ataque de aquel extraño animal parecido a un lobo en el camino de Dean Village y cómo descubrí que era bruja, dándome cuenta de que realmente nunca había llegado a creérmelo del todo hasta ese mismo momento en el que vi mi muerte tan cercana. Expuse ante mí los hechos sin encontrarles lógica. Mi abuela me había suplicado que la salvara, y yo no había podido hacerlo, más que nada porque Sarah no deseaba ser salvada. No entendía cómo podía ser la más poderosa en cientos de años y ahora me veía incapacitada de encontrar una secuencia lógica a los acontecimientos vividos en los últimos meses. No encontraba la conexión de las desapariciones de aquellas mujeres en Edimburgo con lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Me pregunté si yo lo provocaría con mi muerte, como si alguien poderoso se hubiera trasladado al futuro con la única misión de matar a la bruja e impedir que yo viajara hasta el pasado. Cazadores de brujas, esa era la teoría que tenía más peso en mi mente torturada por tanta disquisición, pero no había llegado a conocer a nadie que tuviera ese poder, salvo a los hombres y mujeres prácticamente analfabetos que habían crecido en un mundo lleno de supersticiones y cuentos sobre brujas y maleficios. Cansada y dolorida me dejé caer contra el suelo y acabé quedándome dormida.
Al amanecer del día siguiente el mismo hombre que me había comunicado mi sentencia, sin llegar a ser juzgada, vino a buscarme. Me levantó con brusquedad y yo caí de nuevo al suelo. Él me miró dudando como cogerme. Lo miré con furia apenas contenida.
–Soltadme la soga de los tobillos –ordené con voz ronca y extraña. Él me miró sin comprender y yo pensé de forma absurda que quizá quería que anduviera como los pingüinos emperador, a saltos con los pies juntos.
Finalmente sacó la daga de la media y cortó la cuerda que unía mis piernas. Lancé un suspiro de satisfacción e intenté levantarme flexionando las rodillas, pero mi cuerpo no me respondió después de estar casi dos días inmovilizado y, a mi pesar, él me tuvo que izar hasta plantarme en el suelo con un golpe brusco. Me sujetó de un brazo y, todavía con las manos atadas a la espalda, me sacó al exterior. Entrecerré los ojos ante la súbita claridad y observé con excesiva atención el perímetro, preguntándome si tendría las fuerzas suficientes para salir huyendo. Él lo percibió y me sujetó con más fuerza.
Estábamos a las afueras de lo que parecía la aldea medieval de Auchterarden. Un trecho después de caminar bajo los gruñidos de aquel hombre y la silenciosa compañía que se nos unió a los pocos metros de otros cuatro que actuaban de escolta, llegamos a la calle principal, una pequeña cuesta empedrada que terminaba en una plaza rectangular rodeaba de edificios en piedra ennegrecida y una iglesia. La gente comenzó a arremolinarse a nuestro alrededor y los objetos volaron hacia mi persona, al principio de forma tímida, y a medida que la muchedumbre enfervorecida desahogaba su odio, con rapidez y puntería. Me llovieron hortalizas y ocasionalmente alguna piedra. Encogí la cabeza y me giré evitando que me golpearan en el abdomen, así que acabé con toda la espalda llena de golpes. Tropecé una vez con el adoquinado y escuché las risas de los que me rodeaban, me levanté sin ayuda y mirando al frente con algo muy parecido a la ira en mi rostro manchado de tierra, sangre y lágrimas. Me sentí como si hiciera el paseo sobre la alfombra roja y ellos estuvieran esperando excitados el estreno del año. Lamenté profundamente ser la actriz principal, ya que al final la protagonista siempre muere en la película.
Llegamos con extremada lentitud hasta la plaza y me situaron en un extremo atándome a un poste de madera, sobre una pequeña tarima. Escuché los gritos de la gente y volvieron a volar objetos en mi dirección. Una piedra golpeó mi pecho y gemí, mirándolos con odio.
–¡Parad! –grité.
Los de las primeras filas recularon todavía con las manos alzadas y percibí el miedo en sus rostros. Reí de forma amarga y a carcajadas, lo que les produjo más miedo. Y empecé a ver la realidad. Ellos creían que era bruja y que por lo tanto podía agredirles o hechizarles con mi poder. Lo aproveché como única ventaja y fijé la vista pasándola de uno en uno hasta que no pudieron sostenerme la mirada y se apartaron levemente. No volvieron a arrojar ningún objeto.
Giré el rostro para ver que habían situado una mesa con tres sillas a mi izquierda, convenientemente alejada del griterío y la muchedumbre que ansiaba mi sangre. Al poco rato llegaron dos hombres, reconocí el primero, era el general Hamilton, bajo el que había luchado el contingente Mackinnon solo dos días antes, con el uniforme militar; el otro hombre estaba vestido de forma lujosa, con pantalones de lana con los colores de su clan y la casaca en terciopelo marrón ribeteada en hilo dorado, en la que lucían abrillantados los botones de latón. La camisa de seda asomaba por el chaleco formando una profusa lazada en su cuello grueso y los puños doblados decorados con puntillas se doblaban hasta casi el codo. Lucía en la cabeza la típica boina azul con tres plumas engarzadas en un broche de plata. Era el jefe de algún clan, pero no reconocí los colores. Su rostro enrojecido y redondo en el que sobresalían unos saltones ojos azules me estudiaba con frialdad y algo de temor. Llevaba el pelo castaño recogido en una cinta de raso en la nuca y lucía un profuso bigote que no dejaba de atusarse con mesura. Tuve la sensación de que creía conocerme, pero yo no llegaba a recordarlo.
Todo el mundo se quedó en silencio cuando llegó el tercer ocupante de la mesa, que se sentó en la silla del centro. Gemí reconociéndolo. Lo había visto en varios cuadros. El conde de Mar. Supe que todo estaba perdido. No me iban a juzgar, me encontraba en un maldito consejo de guerra. Su rostro delgado y de labios finos cubierto por una capa de polvos de arroz en la que se vislumbraban unos pequeños y hundidos ojos marrones me miraba con fastidio, como si le hubiese interrumpido su desayuno. Se atusó la peluca rizada y gris que le llegaba hasta medio pecho y se quitó el sombrero tachonado con plumas blancas y sedosas dejándolo con cuidado sobre la mesa. Se colocó los puños de la camisa blanca que relucieron en el tenebroso amanecer y se ajustó el jubón de seda verde sobre su ya prominente barriga, tensando sin remedio los botones de plata labrada.
El conde de Mar carraspeó y dio comienzo la función. Fijé mi vista en él cuando comenzó a hablar… y a hablar… y a hablar, perdiéndome en la tercera frase cuando afirmaba que un hombre de su posición se había visto obligado a presidir el tribunal en un simple y molesto juicio a una mujer de la que ya había quedado probado que era una bruja… y siguió declamando sin descanso durante una terrible y tediosa eternidad, con voz grave y modulada creando un efecto hipnótico en todos los que nos rodeaban. Cerré los ojos con hastío mostrando mi indiferencia y eso pareció molestarle, ya que subió el tono de voz.
–Y bien ¿tenéis algo que alegar en vuestra defensa?
Abrí los ojos y lo miré fijamente, a lo que él se removió inquieto en la silla. Las nubes corrían veloces por el cielo empujadas por el frío viento del otoño y se arremolinaban oscureciendo el ambiente por momentos. Temí que, además de ajusticiarme, pillara una pulmonía.
–Tengo que reconoceros que sois un gran orador, ¿es así como conseguís vuestras victorias en el Parlamento? ¿Matando de aburrimiento a vuestros opositores? –exclamé soltando la lengua con total desequilibrio mental. Ya nada me importaba. Todo estaba perdido, porque nunca había estado ganado.
Escuché varias risas contenidas de la gente que se arremolinaba en la plaza dándose codazos y trasmitiendo mi comentario a los de las filas más lejanas. Giré mi rostro y busqué con la mirada sin llegar a ver a quién más deseaba, Kieran. Mi corazón se cubrió de una capa de hielo y comprendí que no se dejaría ver.
El conde de Mar hizo el amago de levantarse, pero lo pensó mejor y llamó a una mujer que esperaba algo alejada. La acompañaron dos de los hombres que me habían detenido y pude percibir que los colores de su kilt eran los mismos que portaba el hombre de bigotes. Cuando tuve a la mujer a mi vista la reconocí como la joven que me había ayudado a remover los paños hirviendo en el caldero en la cabaña acondicionada como hospital de campaña. La miré extrañada.
–Lady Magdalen Mackenzie de Seafort, creo que tenéis un testimonio que aportar –pronunció con voz serena el conde de Mar.
Parpadeé asombrada mirando a la mujer regordeta y de rostro redondo que se suponía era con la que me habían confundido a mi llegada al castillo de Dunakyn. Tuve la completa seguridad de que Kieran y Gareth sabían que yo era otra persona desde el primer instante. La joven sonrió al hombre de bigotes y por fin supe quién era, el conde de Sleat, John Mackenzie de Seafort, el padre de Magdalen. Gemí sin pretenderlo.
–Esa mujer. –Me señaló con un dedo acusador–. Me instó a invocar al demonio para que interviniera en el desarrollo de la batalla.
–¡Yo no hice tal cosa! –exclamé por completo indignada sabiendo que había caído en la trampa como un ratoncillo que se acerca al cepo atraído por un trozo de queso.
–¡Lo hizo! Y después ¡acudió al campo de batalla!, yo lo vi con mis propios ojos y lo escuché con mis oídos. Todos sabemos lo que ocurrió, ella tuvo algo que ver con que perdiéramos la batalla –aseveró.
–¡No hemos perdido! –replicó el conde de Mar.
El general Hamilton se inclinó a su derecha y le susurró de forma audible para todos.
–El duque de Argyll se ha personado esta misma mañana en el campo reclamando la victoria, mi señor.
El conde se agitó nervioso y bastante molesto por estar perdiendo un tiempo precioso para lanzar uno de sus bonitos discursos en el páramo de Sheriffmuir.
–¿Podéis explicar qué hacíais en el campo de batalla? –preguntó John Mackenzie.
–Sí, fui a buscar a mi marido laird Kieran Mackinnon –contesté con brevedad, atragantándome con la palabra «marido».
–¿Y se puede saber el porqué de tal acción? –inquirió el general Hamilton con gesto sorprendido.
–Vino porque creyó que podían herirme y no quiso dejarme morir en el frío suelo del páramo. –La voz grave y profunda de Kieran retumbó en el espacio abierto y me giré al tiempo de ver como se encaramaba a la tarima para mirar con dureza uno a uno a los tres hombres–. Su único pecado fue ser una esposa cariñosa y atenta –añadió girando su rostro hacia mí.
Observé su apostura de guerrero y su mirada peligrosa. Me estremecí sin pretenderlo. Se había cambiado el kilt y lucía el de gala, más ostentoso, haciendo honor a su rango. Su rostro estaba pálido bajo el contraste con el pelo negro y llevaba la boina azul con las tres plumas de águila prendidas en el broche que refulgía a la suave luz del invernal día. Sus ojos brillaban algo desenfocados y vi que se sujetaba con una mano el costado. Comprendí que tenía fiebre y que apenas podía tenerse en pie. Sin embargo, permaneció estático observándome y su mirada se agitó con dolor.
–¡¿Qué demonios le habéis hecho a mi esposa?! –bramó intentando acercarse a mí. Lo frenaron dos hombres Mackenzie.
Supe que mi aspecto debía ser deplorable. Mi rostro golpeado y manchado, así como el vestido desgarrado en algunos puntos no debía conferir mucha confianza.
–No entiendo el porqué de vuestro enfado cuando habéis sido vos mismo quien habéis puesto a vuestra esposa en esta situación tan desagradable –declamó el conde de Mar sin alterarse lo más mínimo.
Lo miré con estupor y después fijé mi vista en Kieran con frialdad.
–¡¿Qué yo he hecho qué?! –rugió él intentando zafarse de la sujeción de los dos hombres. Noté que la chaqueta se le abría y mostraba como la herida comenzaba a sangrar de nuevo. Él pareció no sentirlo.
–Aquí tengo la prueba palpable y definitiva de su condena –contestó el conde agitando un pliego entre sus manos.
Los hombres soltaron a Kieran, que se acercó con paso firme hasta coger la misiva mientras la multitud arremolinada se asomaba empujándose los unos a los otros para no perderse un instante de la obra que se representaba frente a ellos.
Kieran apretó con fuerza el legajo entre sus manos hasta arrugarlo por completo mientras maldecía en gaélico.
–Como podéis ver es la carta que me hicisteis llegar afirmando haber descubierto que vuestra esposa era una bruja y solicitando un juicio por mi parte. En ella relatáis algunas de las tropelías realizadas por esa mujer –dijo señalándome con el brazo extendido como si fuera Colon descubriendo América.
–Esto no lo he escrito yo –aseveró Kieran con voz ronca enfrentándose al conde de Mar.
–¿Negáis que es vuestra letra? –inquirió él–. Aquí tengo otros documentos entregados anteriormente por vos en los que los rasgos de la escritura son idénticos.
–Es cierto, pero no lo he escrito yo –afirmó con rotundidad.
–¿Negáis que es vuestra firma? –volvió a exclamar el conde de Mar y yo me pregunté a quién estaban juzgando en realidad, si a mi marido a o mí.
Kieran negó con la cabeza.
–Yo no la he firmado. Jamás había visto esta carta anteriormente –dijo apretando los dientes.
–¿Negáis acaso que es vuestro sello? Es indudable, como podéis ver con vuestros propios ojos, el jabalí con el lema del clan rodeándolo –apostilló el conde de Mar.
–Pueden habérmelo robado, he estado inconsciente casi dos días –adujo Kieran mirándolo con furia.
El conde de Mar bufó de forma muy poco elegante e hizo un gesto con la mano descartando la idea. Kieran fijó su vista en mí con los ojos brillantes por la fiebre y a la vez extrañamente oscurecidos. Le devolví la mirada con toda la indiferencia de que fui capaz. Yo sí creía que él me había acusado. Lo creía con firmeza después de conocer la verdadera relación que lo unía a Sarah. Él lo percibió y apretó los puños con fuerza a ambos lados de su cuerpo.
–Creo que ya no habrá más testimonios que prueben lo que es cierto. Esta mujer es una bruja y como tal debe recibir el castigo que el Malleus Maleficarum nos ordena ejecutar –declamó acercando toda la atención sobre su persona.
Gemí y apreté los labios, ese maldito libro, «El Martillo de las Brujas», escrito por Jakob Spreger y Heinrich Kramer, dos frailes dominicos, constituía uno de los grandes pecados de la humanidad, si alguna vez un libro debió ser quemado en vez de las mujeres que lo fueron por su causa, fue aquel.
–No podéis hacerlo –exclamó de nuevo Kieran interrumpiendo el discurso que se proponía iniciar el conde de Mar como alegato final.
–¿Y eso por qué? –Lo miró entrecerrando los ojos, claramente molesto.
–Está embarazada –dijo simplemente Kieran.
Todos los ojos se volvieron en mi dirección, y escuché alguna exclamación ahogada de la multitud que extasiada contemplaba lo que sería un tema de conversación para las largas noches de invierno durante muchas lunas.
–Con más razón entonces para ajusticiarla –replicó el conde de Mar.
Kieran lo miró y vi el brillo peligroso en sus ojos dorados. Nunca supo el conde lo cerca que estuvo de ser estrangulado por uno de sus súbditos.
–Está claro que el hijo que espera es del mismísimo demonio, con el que ha mantenido concubinato y el que alimenta su alma oscura –relató el conde como si se hubiera aprendido las palabras de memoria.
Me intenté zafar de la soga que me unía al palo con inusitada furia.
–¡Asesino! ¡Salvaje! ¡Cretino! –grité a falta de mejores adjetivos con qué definirlo.
–Es mi hijo. No tengo ninguna duda de ello. No dejaré que matéis a mi esposa y a mi hijo mientras me quede un suspiro de vida en el cuerpo –afirmó Kieran con gravedad provocando que todos se volvieran hacia él.
–Laird Mackinnon –fue el conde de Sleat el que habló–. Debéis sentiros aliviado. No comprendí cuando vinisteis a informarme de vuestro enlace con esa mujer qué os había hecho renunciar a la dote y hermosura de mi hija. –Yo contuve a duras penas una carcajada histérica y el padre de Magdalen Mackenzie me miró con furia–. Pero ahora lo entiendo todo. Estáis hechizado, ella ha ejercido su poder sobre vos y una vez que muera seréis libre de nuevo. Os condono la deuda, sin más tardar mañana mismo se podrá celebrar el enlace con mi hija.
Kieran se volvió hacia él parpadeando, para de súbito entornar los ojos de forma iracunda.
–No me desposaré con vuestra hija aunque viva cien años. Mi mujer es Alana y lo será siempre –exclamó de forma vehemente dando un puñetazo en la mesa que sobresaltó a los tres hombres que se retrajeron en sus sillas.
Lo miré sin entender. Desde luego yo era el personaje principal, pero él estaba resultando un actor protagonista de lo más convincente.
En ese momento comenzaron a caer gruesas gotas que empaparon el suelo en un instante a la vez que un ligero velo de humedad se elevó del mismo. Esa fue la señal de que el juicio había terminado.
El conde de Mar se levantó, seguido por el general Hamilton y John Mackenzie de Seafort.
–Al atardecer –fue lo único que dijo antes de girarse y desaparecer en el interior de la casa que tenía a la espalda con paso presuroso y dando pequeños saltos, evitando que sus lujosos zapatos de cuero decorados con hebillas de plata se mancharan demasiado.
La muchedumbre se revolvió y se agitó incómoda. Varios se empujaron para volver a sus quehaceres y en instantes la plaza se quedó prácticamente vacía a excepción de un hombre cubierto hasta la cabeza con el kilt, que se subió de un salto a la tarima y se acercó a mí. Me acarició el rostro y me dio un beso en la mejilla lastimada.
–No dejaré que sufráis, mi señora. Tengo buena puntería –afirmó Aluinn despareciendo tal y como había aparecido. Y yo supe a qué se refería, no me dejaría arder, antes de ello me dispararía al corazón o a la cabeza para evitarme la horrible muerte por el fuego.
Dejé que las lágrimas se mezclaran con la lluvia mientras veía como sujetaban de nuevo a Kieran para llevárselo del promontorio como un hombre vencido y derrotado que apenas se podía mantener en pie. Un hombre Mackenzie vino a desatarme y me llevó con rapidez de nuevo hacia mi celda, el pequeño establo de madera. No se molestó en atarme las piernas. Sabía que ya no había escapatoria.
Me senté, cansada, derrotada y profundamente herida contra la pared. Miré alrededor y percibí la soledad más absoluta, a la vez que me invadía una extraña serenidad. Me pregunté si se sentirían así los condenados en el corredor de la muerte en las horas previas a su ejecución. Agaché la cabeza e intenté poner en orden mi vida, pero no tenía sentido, mi vida en el pasado apenas había existido y mi vida en el futuro dejaría de existir en poco tiempo. Alana Deveroux no sería recordada más que como otro nombre cubierto por la leyenda de la quema de brujas.
Intenté concentrar mi poder pero estaba vacía, vacía por la traición y el dolor producido por Kieran. Ni siquiera me quedaban lágrimas que derramar, simplemente me rendí a mi destino.
Nadie vino en toda la tarde ni a ofrecerme un vaso de agua, ni por supuesto escuché ningún rumor de lucha por parte del clan que había considerado mi familia para rescatarme. Todos habían confiado en las acusaciones escritas por su laird con la lealtad que les caracterizaba. Observé por las rendijas de la madera como el día se oscurecía por la lluvia hasta alcanzar el crepúsculo. En ese momento se abrió la puerta y el mismo hombre de la mañana me arrastró de nuevo al exterior.
Esta vez no había gente esperando en el corto recorrido hasta la plaza, todos estaban allí reunidos esperando el final de la obra. Temblé como una hoja al ver sobre el promontorio de madera una pira de troncos cubiertos por brea donde se erguía un palo al que me izaron para atarme con un nudo fuerte. Me tambaleé apenas sujeta por un tronco un poco más grueso antes de caer en el cúmulo de ramas todavía sin prender. La muchedumbre estaba extrañamente silenciosa y el miedo, el odio, la maldad morbosa y la curiosidad malsana sobrevolaba sobre todos ellos llegándome con total claridad. Los observé con tristeza y algunos rostros agacharon la cabeza. No conseguí ver a Kieran, a Sarah, a Cailen o a Elinor. Ninguno de ellos estaba allí. Solo tenía la certeza de que Aluinn estaba posicionado desde algún saliente con el arma amartillada y dispuesta a disparar. No sabía rezar, pero pedí que tuviera la habilidad necesaria para no errar en el tiro. Pensé en mi hijo y el dolor se hizo tan intenso que deseé que las llamas comenzaran a arder para calmarlo.
El conde de Mar se asomó a una de las ventanas de la casa principal y pronunció un pequeño discurso sobre las virtudes del ser humano bendecido por Dios y la carga divina que los hombres debían soportar para cumplir sus designios. Lo miré con tanto asco que reculó un paso y con un simple gesto de su mano en la que se agitó la blusa pomposamente decorada de puntillas, un hombre se acercó y prendió la hoguera.
Cerré los ojos y sentí el súbito calor que provenía desde el suelo alcanzando mis pies que comenzaban a estar molestos. Intenté ponerme de puntillas y quedarme quieta para no interferir en el tiro de gracia de Aluinn, mientras abrí los ojos de nuevo observando todo alrededor con una extraña tranquilidad. La noche se había tragado al crepúsculo y las llamas brillaban con fulgor iluminando la escena como si yo fuese una maldita falla en Valencia. Una risa amarga brotó de mi garganta y suspiré esperando escuchar el disparo.
–¡Ahora! –gritó Kieran emergiendo de la muchedumbre y destapándose el rostro para correr hacia mí–. Cuimhnich bas Alpein –pronunció con voz clara instando a sus hombres a seguirle.
Varios hombres situados de forma estratégica, mezclados entre la multitud de lugareños, se destaparon el rostro cubierto por el kilt y se lanzaron hacia los hombres Mackenzie que protegían la tarima con las espadas en alto. Parpadeé asustada y sentí como una llama prendía mi vestido de lana, a lo que respondí profiriendo un grito agudo y removiéndome para intentar desatarme. En segundos Kieran se había encaramado a la hoguera hundiéndose en ella sin reparar en el fuego y soltándome las ligaduras, que me ataban al palo de madera. Me arrastró con él y ambos saltamos al suelo rodeados por sus hombres que nos cubrieron la salida luchando con los que interferían para evitar la huida. Me sujetó la mano y corrimos para salir de las oscuras y estrechas callejuelas de la pequeña aldea medieval hasta que solo escuchamos el rumor de la gente y la lucha de forma lejana y amortiguada a nuestras espaldas.
Solo entonces se detuvo y con las manos apagó el pequeño fuego prendido en el vestido mientras se sacudía él mismo los rescoldos en su kilt. De improviso me cogió el rostro con las manos y me besó con fiereza, obligándome a abrir la boca en respuesta. Me revolví intentando apartarme y él me abrazó con fuerza.
–He estado a punto de perderte. Otra vez –exclamó como si no terminara de creérselo.
Me aparté y lo miré con frialdad.
–¿No habrás pensado que yo…?
Asentí con la cabeza más sorprendida que asustada.
–¿Cuándo dejarás de creer que intento asesinarte, mo aingeal? –suspiró con tristeza y me miró con dulzura.
–Cuando dejes de hacerlo –contesté de forma mecánica, todavía demasiado aturdida para pensar con claridad.
–Yo no escribí esa carta, ni por supuesto llevé tales acusaciones ante el conde de Mar –afirmó mostrando en su rostro una seriedad irrefutable.
–¡Claro! –exclamé recuperando algo de energía–, ni tampoco estás enamorado de Sarah, ¿no? Tenías la excusa perfecta para deshacerte de mí y reunirte con ella. Le llamaste mi amor y la acariciaste. Lo vi con mis propios ojos.
Él se pasó la mano por el pelo con gesto frustrado y me cogió por los hombros zarandeándome hasta que yo me quejé gimiendo. Me soltó como si mi piel ardiera y se apartó un paso.
–Te lo intenté explicar, pero no hubo tiempo –dijo al fin.
–¿Que no hubo tiempo? –pregunté con incredulidad.
–¿Cómo puedes explicar al amor de tu vida que quisiste a la que fue su hermana? ¿Qué yaciste con ella? ¿Qué…?
No lo dejé terminar.
–Pues ¡haciéndolo, maldita sea! Yo he sido siempre sincera contigo, doliera o no. ¿Sabes cómo me siento, Kieran? ¿Sabes cómo es que te arranquen tu alma a tiras sabiéndote traicionada por lo que más has amado? –exploté con furia inusitada.
–Tha mi duilich, a ghràidh mo cridhe –murmuró con suavidad, soportando mi ira chocando contra él.
–Sabes que no te entiendo –repliqué molesta agitando la cabeza.
–Perdóname, amor de mi alma –tradujo él mirándome con tristeza en sus ojos que brillaban en la oscuridad de la noche con una luz ardiente.
Me aparté de él intentando alejarme del dolor que me producían sus palabras y de la intensidad de su mirada. Escuchamos el sonido de pasos acercándose y de improviso me sujetó por el brazo y tiró de mí.
–Vamos, tengo que ponerte a salvo –urgió instándome a correr con él.
Nos internamos en la espesura dejando atrás las luces de la aldea hasta que llegamos casi sin resuello hasta una pequeña torre semi derruida. Era un broch, la reconocí porque seguían existiendo en mi época, pequeñas construcciones de la época picta o incluso anteriores. Me empujó dentro y trastabillé casi cayendo de rodillas. Había una antorcha prendida en uno de los salientes de la pared y la estructura de piedra olía a humedad y rezumaba frialdad.
Kieran entró un segundo después y circundó con la mirada su alrededor, escuchando a la vez si alguien nos había seguido. Yo no oí absolutamente nada. Me recosté contra una de las paredes y quise dejarme caer de lo agotada y desarmada que me sentía.
–Alana. –Kieran se acercó a mí y cogió mi rostro con suavidad–. No hay mucho tiempo.
–¿Para qué? –pregunté desconcertada con el único pensamiento de tenderme en el suelo a descansar por fin.
–Para que regreses. –Me volví a la voz que había hablado. Era Sarah, que emergió de una de las esquinas con el gesto sereno y tranquilo. Se acercó a mí y me observó con detenimiento.
–¿Estás herida? –inquirió con cautela. La miré aturdida y después giré mi vista hacia Kieran, riendo de forma agónica y sujetándome el vientre con las manos.
–El plan perfecto. No podíais cargar con mi muerte, así que me salváis y después os deshacéis de mí de una forma mucho más definitiva, borrando mi existencia –aullé con desesperación.
Kieran me sujetó con fuerza y me obligó a mirarlo.
–No es lo que piensas, Alana, ella está aquí por si necesitabas alguna cura. Yo le dije que esperara a que te trajera.
Negué con la cabeza sin creer una sola palabra. En ese momento la luz que iluminaba levemente la estructura circular, se volvió opaca y el agujero que hacía de puerta se oscureció al aparecer Elinor de improviso con un bulto tapado con una manta entre los brazos. Se paró sorprendida, observándonos, y se recuperó con la habitual rapidez.
–Alana, no sabía que habíais sido perdonada –dijo con una sonrisa.
La miré de hito en hito.
–No lo he sido, de hecho me estaban quemando cuando Kieran apareció con sus hombres –indiqué.
Ella miró a su hijo con estupor, pero, ante el gesto furioso de él, no pronunció más palabras. El bulto se removió y emitió un chillido agudo. Di un respingo y Sarah corrió a cogerlo. Los miré sin entender absolutamente nada. Sarah arrulló en sus brazos el pequeño paquete y la manta que lo cubría cayó descubriendo una coronilla cubierta por pelo rojo rizado. Abrí los ojos de forma desmesurada y el niño giró la cabeza con un puño metido en la boca con gesto contrariado. Con el mismo gesto contrariado que tenía Kieran a mi lado. Y con unos ojos dorados como los de un guepardo. Gemí y me llevé la mano a la boca ahogando un grito. Sarah me miró con fijeza y Elinor sonrió con suficiencia.
–Es… es…, ¿tienes…? –No encontraba las palabras necesarias en mi mente turbada.
–Es mi nieto –afirmó Elinor con voz serena.
Me giré hacia Kieran, que miraba a su madre con los ojos entornados. Él giró su rostro de improviso y fijó su vista en mí.
–Es mi hijo –asintió él observándome con extremado cuidado.
Intenté respirar sin encontrar aire en el espacio reducido y húmedo. Me tambaleé y me apoyé en la fría pared buscando consuelo.
–¿Lo… lo sabías antes de…? –pregunté sin querer escuchar la respuesta.
–Sí, lo supe desde el principio –murmuró.
Cerré los ojos ante la evidencia y por fin lo vi todo claro. Abrí de nuevo los ojos enfocando a Elinor y agité un dedo en su dirección.
–¡Fuisteis vos! –la acusé–. ¡Vos entregasteis la carta que me acusaba de brujería!
Ella no parpadeó y se mantuvo quieta ante mis acusaciones. Pero ya nada podía frenarme.
–Intentasteis matarme desde el primer día. No fue Caitlen quien emponzoñó el libro, era demasiado ilusa para hacer semejante proeza, fuisteis vos –la acusé de nuevo sintiendo hervir la sangre en las venas. Me acerqué un paso y ella no retrocedió. Kieran me sujetó del brazo.
–¿Madre? –preguntó con exagerada suavidad–. ¿Es cierto de lo que Alana os acusa?
Ella asintió levemente con la cabeza y miró con dulzura a su hijo mayor que temblaba de indignación.
–¿Por qué? –exclamé al borde de la locura–. ¿Por qué lo hicisteis? ¿Qué mal os hice yo para desear mi muerte?
–Nunca debisteis aparecer, Kieran tenía que casarse con Magdalen Mackenzie y sacar al clan de la pobreza, vuestra repentina aparición hizo que todo se desmoronase. Ya os dije una vez que haría cualquier cosa por proteger a mi familia –expuso sin ningún arrepentimiento.
Gemí y me abracé el abdomen que comenzó a doler con intensidad.
–Yo también soy vuestra familia. Llevo a vuestro nieto en mi vientre –dije sintiéndome al borde del abismo.
–Sí, eso es cierto, pero sois una bruja, no se puede saber que clase de engendro pariréis. Además, vos os negasteis a salvar a Roderick, lo hicisteis para vengaros de mí, pero yo fui más rápida –adujo ella con un brillo de locura en sus bellos ojos azules.
Observé la tensión en el cuerpo de Kieran y me temí que se lanzara sobre su madre sin mediar más palabra.
–Madre, lo que habéis hecho jamás tendrá mi perdón. Casi asesináis a mi esposa y a mi hijo. Desde este mismo momento quedáis desterrada de mis tierras y mi castillo. Buscad un lugar donde os acojan, porque jamás regresareis al lugar que de forma tan vil habéis intentado proteger –sentenció con voz grave y profunda reverberando desde lo hondo de su alma.
Elinor se retrajo por el empuje de sus palabras y pareció despertar de un profundo sueño.
–Pero, Kieran, hijo mío, todo lo hice por ti, por nuestra familia, por nuestro clan –exclamó llevándose una mano al cuello.
–Alana es mi familia, ella es todo para mí. No volveré a dejar que os acerquéis a ella –repuso él con total serenidad.
–Sarah. –Elinor se giró buscando su aprobación.
Sarah se apartó un paso con su hijo en brazos. Fijé mi vista en ella con intensidad.
–No confíes en ella –le advertí–, es muy probable que fuera la causante de que a ti también te acusaran de bruja y casi te ajusticiaran.
–Pero Elinor no… –murmuró Sarah–, ella me ayudó a huir y refugiarme con los Cameron.
Elinor no negó mis acusaciones y supe que había vuelto a dar en el blanco.
–Sí, seguro que lo hizo para tapar su maldad una vez que supo que estabas embarazada –aduje y suspiré con dolor–. ¿Por qué no me lo dijiste Sarah?
–Yo… –Agachó la cabeza–. Cuando te vi con Kieran pensé que te habías casado por obligación y sentí una profunda pena por ti, siempre has estado tan sola, sin que nadie te quisiese, que yo… yo no quise herirte de nuevo.
Pero me hirió, sus palabras fueron como lanzas clavándose en mi alma. Y me hirió porque sus palabras habían sido completamente sinceras.
Me retraje contra la pared y Kieran se giró hacia mí. De improviso escuchamos voces en el exterior y Kieran volvió el rostro hacia su madre.
–¿Qué habéis hecho? –bramó.
–He indicado a los Mackenzie dónde nos reuniríamos. Ella debe morir. Es una bruja –murmuró mirando con temor a los ojos dorados que refulgían en el rostro furioso de su hijo.
–¡Maldita seáis! –exclamó Kieran volviéndose hacia mí. Me arrastró con rapidez hacia la antorcha y yo me retraje al sentir el fuego tan cercano a mi rostro.
–Tienes que salvarte, Alana, solo hay una salida. Debes regresar –me ordenó agachándose para coger de un pequeño montón en el suelo un puño de nieve, depositándolo en mi mano.
–Pero… –protesté yo.
–Fuego, agua, aire, tierra –murmuró él inclinándose para arrancar un pedazo de tierra helada ofreciéndomelo–, y sangre– dijo al fin sacando la daga de su media y cogiendo mi antebrazo.
Me resarcí con fuerza pero él me sujetó la muñeca inmovilizándome e hizo un profundo corte dejando que mi sangre se deslizara hasta caer en gotas gruesas que empaparon el suelo a mis pies.
Me atrajo a sus brazos y me besó con pasión, haciendo que yo le respondiera del mismo modo aunque deseara hacer todo lo contrario. Apoyé mi mano en su pecho y sentí la humedad de la sangre prendida en su camisa por su herida de nuevo abierta mezclándose con la mía. Se separó con rapidez y me observó un instante eterno con aquellos ojos dorados que jamás olvidaría.
–Mo chridh, mi corazón –pronunció cogiendo una de mis manos y posándola sobre el furioso latir de su pecho–. Mo breatha, mi aliento –añadió besándome de nuevo con incalculable dulzura–. Siempre estaré ahí. Nunca me olvides mo aingeal, y si alguna vez lo haces, yo mantendré tu recuerdo conmigo dándome consuelo, sabiendo que pude hacer algo honorable por ti. Sálvate y salva a nuestro hijo –se quedó en silencio un momento y tragó con dificultad–. Dile que su padre siempre lo amó.
Se agachó y posó su rostro en mi vientre acariciándolo hasta que sentí el fuego que emanaba de sus manos. Besó con ternura la incipiente redondez y se levantó con lentitud.
–Ahora ve, mo aingeal. –Me dio un rápido beso en los labios y se apartó un paso mirándome con incalculable dolor.
–Kieran –murmuré sintiendo que el nudo en mi garganta me iba a estrangular–, te libero de mi recuerdo. Se libre de elegir. Lo único a que aspiro es que hagas con tu vida lo que realmente deseas.
Él asintió y por instante lo que nos rodeaba desapareció para enlazar nuestras miradas en un último momento de soledad. Había amado y había perdido. Cerré los ojos y mi poder brotó en mi interior llenándome de luz. Sentí el fuego arder y mi cuerpo se desintegró en el paso de un espacio a otro.
Y las arenas del tiempo me absorbieron, meciéndome y acunándome en un viaje sin final. Y entre todos los rostros que pasaron a mi lado sorteándome y mostrando sus gestos como máscaras oscuras, solo uno se mantuvo sereno y visible durante la agónica travesía, el de un hombre con los ojos dorados brillantes y empañados por las lágrimas no derramadas.