Capítulo XIV
El futuro nos preocupa
y el pasado nos deja huir,
lo que provoca que el presente
se diluya entre nuestros dedos.
Observé con temor como los escoceses a pie se enfrentaban, disparando y arrojando las pistolas a su paso, a la fuerte resistencia inglesa, los cuales se cubrían los unos a los otros en perfecto orden, arrodillándose la primera línea para disparar con la protección extendida a sus espaldas. Los escoceses jacobitas no eran un ejército, eran guerreros luchando por sus vidas, sin elegancia y sin virtud, simplemente para sobrevivir, no veían más que al inglés que tenían frente a él y empuñaban las espadas inclinando los targue para proteger su flanco izquierdo, pero de forma mucho más agresiva, peligrosa y valiente que cualquiera de los soldados Hannoverianos, compuesto en su mayoría por jóvenes regimientos poco estimulados para entrar en batalla con aquellos salvajes de pelo largo y faldas desplegadas que levantaban las claymore por encima de sus cabezas como el mismísimo diablo. No podía verles la cara, pero percibía el miedo que sobrevolaba el páramo.
Al poco rato, debido al humo acre de la pólvora y la neblina que se cernía desde la cumbre acercándose como el manto de la muerte, dejé de ver con claridad el campo de batalla. Unos hombres le hicieron ver al duque de Perth que había una mujer entre las tropas de la retaguardia. No era extraño que los lugareños se acercaran a observar la batalla, incluso en una ocasión Gareth comentó, viendo un partido del Liverpool contra el Manchester, que el fútbol era la demostración de fuerza que requerían los hombres para desahogar sus frustraciones al no tener batallas en las que luchar. En ese momento le di la razón. Pero yo no era una simple observadora. Mi temor no me permitía serlo.
El duque se acercó a caballo y se situó a mi lado haciendo una torpe reverencia al reconocer mis colores prendidos al cuerpo y mi capa algo más lujosa que las de las aldeanas.
–Señora, ¡debéis abandonar ahora mismo la línea de fuego! –exigió con voz imperativa deshaciéndose del tricornio decorado con plumas de faisán como si ese gesto fuera a intimidarme.
–No estoy en la línea de fuego –señalé con voz tranquila pero retorciéndome las manos a la vez. Kieran sí que estaba en primera línea de fuego y yo no conseguía ver nada.
–¡Os ordeno ahora mismo que os retiréis! –expresó agitando su mano enguantada mientras un ordenanza corría para entregarle una misiva.
–No soy uno de vuestros soldados. No podéis ordenarme nada en absoluto –repliqué viendo como su rostro palidecía al leer las instrucciones.
–¡¿Qué nos repleguemos?! ¡Qué demonios! Perdonad señora, tengo asuntos que tratar –se disculpó tirado de las bridas del caballo para adentrarse en el grueso del ejército por el que ya se veían retroceder a varios regimientos siguiendo las órdenes del conde de Mar.
La visión de Kieran cayendo al suelo herido me acometió de improviso y no tuve más remedio que echar a correr hacia donde creía se encontraban. Esquivé en el camino a los primeros heridos que sus compañeros intentaban evacuar, con los rostros llenos de estupor y confusión sin entender por qué sus oficiales les ordenaban la retirada cuando habían podido comprobar que las tropas Hannoverianas estaban igualadas numéricamente y que podían seguir luchando para ganar la batalla. Entonces percibí el olor de la muerte sobrevolando el páramo, alargando su mano invisible para cercenar la vida de los que aún luchaban por lo que ya estaba perdido.
Corrí a más velocidad, abriéndome paso entre el humo picante de la pólvora y la humedad sanguinolenta que me envolvía sin llegar a ver nada más que un paso por delante de mí. Temí haberme perdido y me detuve sin saber por dónde ir. No conseguía reconocer el entorno, cada vez oía más lejanos los gritos de guerra y los lamentos de los heridos de ambos bandos, como si una gruesa niebla me estuviera ocultando. Cerré los ojos intentando concentrarme en la imagen y mi instinto me obligó a girar a la derecha. A los pocos metros pude verlo, todavía se mantenía en pie y enarbolaba la espada con el rostro cubierto por hollín y sangre.
Me acerqué temerosa para comprobar como se resarcía del ataque de tres soldados de infantería ingleses que lo rodearon sin piedad empuñando los sables en su dirección. Temí haber gritado de terror. Sin embargo, de mis labios no salió un solo sonido. ¿Por qué no huye?, me pregunté de forma agónica. Todavía estaba a tiempo de aproximarme y evitar su caída. Vi luchando a su lado a Aluinn y también, algo más alejados, a Roderick y Gareth. El resto de los hombres Mackinnon se había replegado. ¿Por qué ellos seguían allí? No entendí esa falta de prudencia tan flagrante hasta que conseguí percibir entre la niebla un cuerpo tendido en el suelo a los pies de Kieran. Era su hermano. En ese momento comprendí que a quien había visto en el fuego de la cabaña, el hombre de pelo moreno, era Cailen y parecía estar muerto. Había llegado tarde. Parpadeé soportando las lágrimas de mis ojos que, heridos por la pólvora, se defendían desplegando un abanico de agua salada. Me fijé con más atención y creí ver que Cailen intentaba incorporarse con una pistola en la mano, cayó de nuevo desmayado al suelo y Kieran rugió luchando con más fiereza.
A lo lejos observé reunirse a un escuadrón de Dragones a caballo, preparados para atacar. Estaban perdidos, no podrían hacerles frente. Y no vi otra salida. Cerré los ojos y concentré mi poder sin pensar en ningún momento que podía ser alcanzada por algún proyectil perdido o que me pudieran atravesar con un sable inglés. Solo tenía un objetivo en mi mente y era salvarlos de la barbarie. Odiaba ser bruja, pero en ese instante agradecí a mi abuela que me hubiera conferido tal poder. Sentí el puño luminoso creciendo en mi interior, girando sobre sí mismo, haciéndose más fuerte, más grande, más poderoso. Extendí las manos y mi anillo destelló creando un haz de luz. No recuerdo si deseé crear una barrera de protección, si deseé ocultarlos en la niebla, o si deseé aniquilar al escuadrón inglés. Solo sabía que, aunque yo estuviese perdida invocando a la oscuridad, a ellos debía salvarlos.
En respuesta, el suelo tembló levemente y la lucha se detuvo por instante, mientras todos los hombres se tambaleaban aturdidos por la sacudida de la tierra. Aunque los jinetes no percibieron nada anormal, los caballos sí lo hicieron. Se encabritaron y relincharon piafando molestos y asustados ante algo que no conocían, mientras sus dueños intentaban dominarlos y obligarlos a entrar en batalla. No lo consiguieron, varios jinetes fueron arrojados al suelo y pisoteados por sus propios caballos, los demás, temerosos, retrocedieron hasta las filas del Ejército del Rey Jorge I.
Los soldados de infantería observaron a hurtadillas como sus superiores, los famosos y temidos Dragones se replegaban y creyeron entender que era una orden, enarbolaron una vez más los sables y algunos comenzaron a huir. Cuando comprobé que el peligro había pasado me acerqué corriendo al pequeño grupo Mackinnon. En ese momento Kieran giró la cabeza y me vio, mudando el rostro en uno de terror.
Una fuerte mano me sujetó el pelo y me arrojó al suelo sin clemencia, para volver a coger mi melena y arrastrarme hasta que quedé de rodillas con los ojos abiertos ante la sorpresa. Kieran corrió hacia mí y yo alargué la mano para aferrarme al brazo de aquel soldado. Me solté cuando sentí el frío metal acuchillando mi garganta y el aliento agrio y cálido de un inglés junto a mi rostro. Intenté darle un puñetazo y solo conseguí alcanzarle en un muslo a lo que él rio estentóreamente. Sujeté con fuerza su casaca de lana carmesí e intenté empujarlo al suelo sin conseguirlo. Gemí de terror. Estaba a punto de morir, lo vi reflejado en los ojos de Kieran, que recibió el empuje de dos soldados que lo arrojaron al suelo antes de que llegara a mi lado. Aullé como un animal herido viendo la desigual pelea y alargué la mano hacia él consiguiendo que la presión en mi cuello fuera más fuerte. Observé como Kieran sacaba la daga y la clavaba en el pecho de uno mientras golpeaba al otro sin ningún tipo de elegancia con la cabeza. El hombre se tambaleó y cayó desmayado sobre él. Kieran giró, zafándose del cuerpo, y se levantó deprisa. Antes de que el inglés que me retenía pudiera defenderse, Kieran sacó la pistola y disparó. Caí con el soldado al suelo.
Los brazos de Kieran me izaron con facilidad y sus manos recorrieron mi cuerpo buscando alguna herida. Se detuvo en el cuello y posó su mano en él. Cuando la mostró estaba llena de sangre. Me estremecí y gemí sin pretenderlo. Él se arrancó parte de su camisa y me cernió un fuerte lazo alrededor de la herida sin pararse a decir o pronunciar algo. Roderick se acercó tambaleándose. Estaba herido y respiraba con dificultad. Llevaba un brazo colgado inerte, protegido por el otro doblado sobre su cuerpo. Pero podía caminar, lo que no era mala señal. Gareth se había arrodillado junto a Cailen y lo examinaba.
–Aluinn –gritó Kieran–, no dejes sola a Alana.
El hombre pequeño y fuerte se posicionó a mi lado sosteniéndome con una fuerza de la que no lo creí capaz. Kieran corrió de nuevo hasta su hermano y lo cogió en sus brazos.
–Por aquí –bramó dirigiéndonos hacia la derecha. Apenas quedaban soldados en el páramo, pero en cualquier momento podíamos estar en peligro otra vez. Todos corrimos siguiéndole, sorteando los cuerpos inertes extendidos en el suelo sobre los que ya sobrevolaban los cuervos con sus alas negras extendidas esperando el momento de atacar la carroña.
Paramos unos cientos de metros más adelante, refugiándonos en un pequeño bosquecillo de serbales. Muy propio, los serbales eran los árboles sagrados que protegían de las brujas. La neblina se hizo más profunda y nos cubrió por completo ocultándonos de los soldados ingleses que nos perseguían.
–¡Tuch! –ordenó Kieran depositando a su hermano en el suelo. Todos asentimos y no pronunciamos una sola palabra temiendo escuchar el sonido de pasos acercándose. No llegaron.
Me incliné sobre Cailen y Aluinn hizo lo mismo, mientras Roderick se sentaba con la espalda apoyada en un tronco y sin apenas respiración. Gareth se mantenía de pie y alerta a cualquier aviso de ataque. Me pasé la mano por el cuello sintiendo la calidez de mi propia sangre deslizarse a través de mi pecho. Apreté con más fuerza el lazo para cerrar la herida. Cailen parecía estar inconsciente, su rostro estaba tan pálido que casi parecía transparente y sus labios tenían el color del mar del Norte, un gris oscuro y profundo. Temblé de miedo y posé mi mano sobre su frente perlada de sudor frío. Abrió los ojos de improviso y nos miró sin reconocernos. Por fin enfocó su mirada en Kieran y este le cogió la mano con fuerza.
–Ciamar a tha thu[8], Cailen? –dijo con suavidad.
–Mo brathair –pronunció roncamente Cailen–, no puedo moverme. Cuando me dispararon pude notar el proyectil atravesando mi cuerpo y chocando contra mi hueso. Mis piernas se doblaron. Ya no me responden.
–Déjame ver –susurró Kieran posando una de sus manos sobre la rodilla de su hermano, flexionando una de sus piernas, que cayó inerte de nuevo contra el suelo.
Aluinn chasqueó la lengua y murmuró una plegaria.
–Kieran –suplicó su hermano–, no quiero ser un hombre tullido. No lo permitas. Quiero morir y que se me recuerde como un soldado.
Despegué la tela de la camisa cubierta de sangre en el abdomen de Cailen y todos pudimos ver el alcance de la herida. Lo extraño era que se mantuviera todavía consciente. El proyectil había atravesado la piel, destrozando los intestinos que se dejaban ver de forma rosácea y desgarradora por la hendidura de su carne. Supe que no le quedaban más de unos instantes de vida. Levanté mi vista hacia Kieran y este me sostuvo la mirada. Negué con la cabeza sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas y Kieran gimió como si le hubieran arrancado el alma cerrando los ojos con fuerza. Respiré hondo y supliqué ayuda a mi abuela en una letanía inconexa y desesperada. Lancé una última mirada al rostro cerúleo de Cailen y posé ambas manos sobre su herida. Kieran me las sujetó y las apartó.
–No Alana, es demasiado peligroso. La última vez estuviste a punto de morir –exigió con determinación–. Recuerda que estás embarazada.
Yo lo miré tristemente.
–Kieran, ¿no has pensado que nuestro hijo es probable que herede mi poder? Él puede darme la fuerza que necesito –susurré. Ya no cabían las medias verdades, ni las mentiras ocultas. La vida de su hermano estaba en juego y los tres hombres que nos acompañaron no hicieron mención alguna a lo que yo acababa de confesar.
–¿Y tú no has pensado que nuestro hijo puede ser como yo y no poseer ningún poder? –replicó él sin soltarme las muñecas.
–Entonces no habrá ningún problema–indiqué–, será inmune a mí.
Me solté de su sujeción y volví a posar mis manos ensangrentadas sobre el abdomen de Cailen cerrando los ojos.
Dejé mi mente en blanco y desarrollé mi poder en mi interior que creció en una bola brillante que se expandió a cada extremo de mi cuerpo. Y mi mente recorrió el camino que había seguido el proyectil desde que rasgó la suave piel del hermano pequeño de Kieran. Sentí su dolor y su quemazón en mi propio cuerpo. Temblé y gotas de sudor frío recorrieron mi espalda a la vez que mi poder crecía traspasándose a mis manos. Vi que había desgarrado el intestino como si tuviera el cuerpo de Cailen abierto frente a mí y finalmente había parado detenido por una vértebra que se había partido, resquebrajando el delicado engranaje que nos permitía caminar erguidos. Allí, el proyectil, continuaba encajado y cubierto por tejido y restos de hueso. Aspiré todo el aire que pude buscando fuerza en lo que me rodeaba y utilicé mis manos como si fueran un imán que atrajera la posta de metal. Este se removió inquieto negándose a que yo lo sacara de su refugio cálido dentro del cuerpo de Cailen, y mi poder brotó con furia. Lo arranqué sintiendo como Cailen se arqueaba para caer de nuevo inconsciente. Lo guie a través de las heridas internas que había causado cerrándolas a su paso, hasta que lo sentí rozando la palma de mi mano derecha. Hice un pequeño esfuerzo más sintiéndome a punto de desfallecer, y lo atraje a mi puño que se cerró sobre él. Cailen respiró una vez más y no hizo otro movimiento. Me aparté cayendo sobre el pecho de Kieran sin aliento. Noté su mano cálida en mi rostro obligándome a despertar, pero el cansancio era tan extremo que no podía abrir los ojos, me pesaban como si mis párpados fuesen de plomo. Solo quería que me dejaran allí tendida, descansando. Ninguna otra cosa ocupaba mis pensamientos. Me sentía lejana, como si mi cuerpo se hubiera separado de mi mente y realmente no estuviera allí.
Sentí un paño húmedo sobre mi rostro y abrí los ojos desconociendo el tiempo que había permanecido inconsciente. Sobre mí se cernía la sombra de Kieran con el gesto preocupado y sus ojos brillando de temor.
–Estoy… estoy bien –acerté a decir.
Él suspiró de forma entrecortada y me arrulló en sus brazos. Giré mi rostro hacia el otro hombre que estaba a mi lado sentado y parpadeé sorprendida. La sonrisa dulce y cariñosa de Cailen me recibió junto con sus ojos azules completamente abiertos. Su rostro había recobrado el color natural y sus mejillas lucían enrojecidas por el frío que nos rodeaba.
–Puedo mover las piernas y caminar con facilidad –me informó con una gran sonrisa.
–Idiota –su hermano le propinó un pequeño codazo en las costillas–, te acaba de salvar la vida y ¿solo se te ocurre decirle eso?
–Bueno –Cailen se rascó la barbilla imberbe y sonrió de nuevo–, la besaría, pero no creo que eso te guste mucho –señaló encogiéndose de hombros.
Kieran gruñó y yo reí con suavidad.
–En la frente– concedió finalmente mi marido.
Sentí los labios cálidos de Cailen en mi frente y cerré los ojos, alargando mi mano para coger la suya. Deposité en su palma el pequeño proyectil de metal.
–¿Cómo, cómo lo habéis hecho? –No le vi el rostro pero percibí su sorpresa.
Abrí los ojos intentando incorporarme, pero Kieran me lo impidió.
–Soy –respiré hondo y paseé la vista por los hombres que me rodeaban–, creo que todos sabéis lo que soy.
El silencio se cernió sobre todos nosotros. Aluinn levantó las cejas hasta que estas llegaron al límite del crecimiento de su pelo y bufó audiblemente.
–Eso no es ninguna sorpresa, mi señora –señaló con una sonrisa que iluminó su extraño rostro–, todas las mujeres lo son.
Yo emití un sonido gutural muy parecido a un gruñido escocés y me revolví inquieta en los brazos de Kieran.
–Vaya, por lo que veo, ya empezáis a conocer nuestro idioma –indicó él haciendo su sonrisa más amplia.
Supe que estaba a salvo con ellos. Que guardarían mi secreto, por respeto a Kieran y por respeto a mi poder, que aunque lo admitían, por sus miradas algo turbadas percibí un cierto temor.
–No sois una bruja, sois un ángel, como os vio mi hermana Morag y como os llama Kieran –pronunció en voz queda Cailen.
Y todo quedó dicho al respecto.
Un quejido proveniente de Roderick nos devolvió a la realidad que nos rodeaba. Kieran me depositó con cuidado en el suelo y se acercó a él. Yo me arrastré con la ayuda de Cailen hasta quedar sentada a su otro lado.
–Ni lo pienses –me amonestó Kieran.
–Puedo intentarlo –susurré apenas sin fuerzas.
–No. No podéis, Alana –fue Roderick quien habló–. He visto cómo habéis salvado la vida de mi hijo, y cómo eso os dejaba a vos al borde de la muerte. No permitiré que hagáis lo mismo conmigo.
No miré a Roderick, ni a Kieran, miré a Cailen que se había quedado con los ojos abiertos observando sin parpadear al que acababa de reconocer que era su padre. Aluinn lo cogió por los hombros y lo apartó.
–Ven, mo charaid, hay algo que debes conocer. Ya eres un hombre.
Giré mi rostro hacia Kieran y no percibí sorpresa alguna, con lo que se confirmó mi sospecha de que él conocía la situación desde hacía mucho tiempo. Me devolvió la mirada y yo tampoco mostré sorpresa. Sus ojos se entrecerraron en una pregunta sin pronunciar, pero no hablé. Se lo había prometido a Elinor.
Roderick cogió la mano de Kieran antes de que este le abriera la chaqueta para ver cuál era el estado de su herida.
–No mires mo chuisle, me estoy muriendo –susurró con voz entrecortada. Mi sangre, con esa simple palabra lo había identificado también como hijo suyo.
Kieran asintió.
–Tenéis que huir de aquí, en cualquier momento nos pueden encontrar los malditos sasenachs. Solo te pido una última cosa antes de morir. No dejes que muera por sus manos, hazlo tú.
Kieran se tensó perceptiblemente y sus ojos brillaron de forma peligrosa.
–No –se negó él con obstinación–, te ayudaremos a seguir hasta que encontremos el campamento escocés.
Roderick rio de forma estertórea y se quedó sin resuello con ese simple acto. Una gota de sangre escapó de sus labios y rodó hasta caer engullida por la lana de su kilt. Él levantó la mano y no dejó que nadie le limpiara. Frotó sin fuerza con la manga de su camisa y miró fijamente a su hijo.
–No sobreviviré. Ya apenas noto mis miembros. Hazlo, Kieran. Nunca te he pedido nada, siempre he vivido protegiéndote en la sombra, esto es lo único que suplicarán mis labios de ti –dijo sujetando su mano y depositando en ella una siang dhu.
El puño de Kieran se cerró con fuerza sobre el mango de metal finamente labrado y lo miró con fijeza. Después de unos instantes agónicos, asintió con la cabeza y Roderick sonrió con dulzura.
–Te has convertido en un gran hombre, hijo mío. Podré decir a las puertas del Cielo que hice un gran trabajo. Estoy orgulloso de ti, Kieran. Nunca lo olvides –susurró apenas sin voz.
Kieran apretó la mandíbula y todo su cuerpo se tensó. Yo sentí que las lágrimas afloraban a mis ojos sin control arrasando mi rostro helado como regueros de lava.
–Siempre fuiste mi padre –pronunció Kieran con voz ronca y lo besó en la frente.
Roderick sonrió y se giró hacia mí. Le cogí la mano y sentí que su rostro se relajaba. No podría salvarlo, pero sí darle el último consuelo, una muerte sin dolor. Levantó su otra mano y me acarició el rostro lleno de lágrimas.
–No lloréis, mi señora, por un pobre viejo al que ya le ha llegado la hora, he llevado una vida plena y he tenido tres hijos que perdurarán mi herencia. Muero feliz y satisfecho.
Recrudecí en los lloros y agaché la cabeza. Él me obligó a levantarla para mirarlo.
–Cuidad de Kieran, Alana, y dejad que Kieran cuide de vos.
Asentí sin poder hablar. El nudo en mi garganta me estrangulaba sin piedad.
–Decidle –respiró suavemente y sus ojos se entornaron–, decidle a Elinor que mis últimas palabras fueron para ella, que mi último pensamiento será ella. Que donde Dios me envíe estaré esperándola siempre para poder vivir nuestro amor en libertad. ¿Lo haréis?
–Sí, no lo dudéis –murmuré con un hilo de voz sintiendo que mi corazón se rompía en pedazos.
–Estoy listo, hijo –susurró mirando a Kieran.
Este me miró a mí esperando confirmación y yo sujeté con más fuerza las manos de Roderick impidiendo que sufriera y asentí con la cabeza. Kieran posó su mano en el pecho de su padre y tanteó el lugar exacto donde latía de forma desordenada y débil el corazón. Puso la punta de la daga con el filo de diez centímetros de hierro sobre la carne blanca y la clavó sin mediar palabra a la vez que sus labios se posaron sobre los de su padre aspirando su último hálito de vida.
Aullé de dolor y de pena, pero nunca logré saber si fue mi boca la que emitió el grito o fue la de Kieran.
Aluinn se acercó frotándose los ojos de forma furiosa con los puños y se arrodilló junto al cadáver de Roderick. Lo besó en los labios con reverencia y musitó unas palabras en gaélico. Cailen lo hizo después con las mejillas arrasadas en lágrimas. Le siguió Gareth con el rostro tenso en el que le temblaba un músculo en la mandíbula.
–Fue un gran hombre. Todos lo recordaremos como tal y haremos que su memoria perdure –juró.
Kieran tendió a su padre y le cerró los ojos abiertos de forma sorpresiva a la muerte. Cortó un pedazo de su kilt y cogió su sporran y daga guardándoselos en los pliegues de su plaid. Le deshizo el tartán a Roderick y lo cubrió con él. Los hombres lo rodearon y rezaron por él. Yo me tambaleaba sujeta por Kieran todavía llorando sin consuelo, hasta que percibí que él lo hacía de la misma forma. Lo miré fijamente y vi su rostro enrojecido y sus ojos brillantes. Le abrí la chaqueta de cuero antes de que él pudiera hacer otro movimiento y gemí. Tenía la camisa de lino empapada en sangre.
–¡Estás herido! –grité–. ¿Cómo has podido ocultarlo a todos?
Lo miré con temor y él me respondió con una sonrisa triste.
–Es solo un rasguño, estoy bien –murmuró.
–No, no lo estás –exclamé agachándome, y cogiendo una de mis sayas que rasgué formando una venda para rodearle el pecho para que hiciera presión sobre el profundo corte que tenía en el lateral izquierdo del pecho.
–Debemos irnos –ordenó roncamente y comenzó a caminar a paso algo tambaleante–. Gareth ve por delante.
Este asintió y sacó la espada prendida en el cinturón.
–Aluinn, tú lleva a Alana, no quiero que se pierda entre la niebla –siguió ordenando. Yo lo miré enfadada y mi ánimo se templó al ver sus ojos casi febriles–. Y tú, Cailen, ayúdame a caminar.
Anduvimos durante unos minutos envueltos en jirones de neblina espesa y húmeda que apenas nos dejaban vislumbrar dónde estábamos o qué teníamos a menos de un metro por delante de nosotros, hasta que escuchamos un gruñido y sentimos un golpe sordo en la tierra.
Nos giramos a tiempo de ver como Kieran había caído de rodillas. Corrí hacia él y lo intenté levantar sin conseguirlo. Su rostro estaba perlado por el sudor y su frente ardía al contacto. Sus ojos me miraron sin enfocar y gimió de forma entrecortada.
Gareth regresó a paso rápido y lo cogió por los hombros, a la vez que su hermano hacía lo mismo por el otro lado. Entre los dos hombres lo cargaron con dificultad mientras Aluinn seguía sujetando mi brazo como si temiera que yo me fuera a desvanecer entre la niebla.
–¡Aluinn! –bramó Kieran, recobrando parte de la consciencia–. No soltéis a Alana, no la perdáis de vista, ¡por Dios!, no lo hagáis.
No me dio tiempo a contestar. Aluinn lo hizo en mi lugar.
–Kieran, cierra la boca y guarda las fuerzas, se proteger perfectamente a tu esposa. Procura no volver a desmayarte. No podremos cargar contigo –expresó con brusquedad, haciendo que Kieran parpadeara y asintiera con la cabeza en un gesto mecánico de supervivencia.
Al poco rato todos nos dimos cuenta de que estábamos perdidos. Los hombres no conocían el terreno y yo no me hubiera podido orientar ni aunque lo hubiera recorrido mil veces. Nos paramos jadeando y me incliné precariamente hacia delante para acabar sujeta por la cintura con los fuertes brazos de Aluinn.
–No caigáis, Alana, si lo hacéis, él lo hará con vos –susurró a mi oído.
Me erguí casi sin fuerzas y me apoyé en su hombro, asintiendo. Pedí ayuda a mi abuela, si no encontrábamos pronto el campamento escocés, Kieran moriría. Había anochecido y el ambiente que nos rodeaba era tétrico y oscuro. Sentí el soplo de aire viniendo desde nuestra derecha y alcé la mano.
–Por allí –dije con un hilo de voz.
Nadie preguntó nada, se limitaron a seguir la dirección indicada.
Después de unos pocos cientos de metros algo nos sorprendió.
–¿Quién anda ahí? –rugió una voz que provenía de un escocés pelirrojo con el pelo ensortijado y profusa melena, que salió de improviso de la gruesa niebla.
Lo miré como si fuera un espectro, empezaba a confundir la realidad con la ficción. Observé su cuerpo redondo y su barba manchada de sangre y tuve unas enormes ganas de gritar y salir huyendo en dirección contraria. Aluinn me sujetó con más fuerza.
–Si no puedes ver, gordo Macgregor, que somos Mackinnon no sé quién demonios ha sido el idiota que te ha puesto haciendo guardia –masculló Aluinn.
El hombre retrocedió un paso y nos miró con cautela. Finalmente su vista se posó en Kieran y sus ojos se abrieron reconociéndolo.
–Portáis un herido –señaló.
–Muy agudo –exclamé yo.
–¡Y una mujer! –añadió con estupor.
–¡Bingo! –repliqué con fastidio.
Todos los hombres hicieron un gesto de incomprensión y se miraron unos a otros, pero por fortuna no hicieron otro comentario. Nos guiaron hasta el campamento levantado de forma precipitada a una milla más o menos del campo de batalla. Traspasamos el mismo viendo los gestos de los hombres con la mirada perdida y envueltos en la bruma del alcohol, que se pasaban en forma de botellas de whisky, mientras escuchamos el quejido de algún herido leve que ya había sido atendido por los cirujanos del ejército.
–A la cabaña –ordené señalando la pequeña estructura por la que se veía el humo salir de la chimenea y donde sabía se encontraba Sarah. No dejaría que nadie más pusiera sus manos sobre Kieran. Lo más probable es que intentaran hacerle una sangría para limpiarle la poca sangre que todavía le quedaba en el cuerpo.
Entramos en la oscura cabaña iluminada solo por el fuego de turba que todavía ardía, ya sin caldero alguno sobre él. Alguna vela estaba situada estratégicamente sobre pequeños bancos de madera dando la suficiente luz para que el espacio no estuviera sumido en la oscuridad total. A ambos lados estaban tendidos los cuerpos de los escoceses heridos descansando entre estertores de dolor. El olor a sangre, a carne abierta y a excrementos llegó con tal profundidad a mis fosas nasales que tuve que girar el rostro conteniendo una arcada. Apreté los labios, tragué la espesa saliva que se había formado en el cielo del paladar y me enfrenté a la situación con valentía. Circundé la vista buscando a Sarah, que ya se acercaba secándose las manos en el delantal otrora blanco y ahora cubierto de manchas sanguinolentas y marrones. Llevaba el pelo recogido en un moño alto y algunos rizos le caían de forma descuidada rodeando su bello rostro que estaba enrojecido y cansado.
–¡Alana! –exclamó viendo mi aspecto–. ¡Parece que vienes del campo de batalla!
–Es que es de ahí de donde vengo –respondí sintiendo un profundo cansancio.
Se inclinó sobre mi cuello vendado y lo examinó con cuidado.
–No es nada. Solo un corte, pero Kieran está herido –expliqué apartándome para que Cailen y Gareth entraran con él sujeto por los hombros.
Ella gimió y se aproximó levantándole los restos de camisa y viendo el tosco vendaje que le había puesto yo.
–Lo siento –me disculpé–, no he podido hacer nada mejor.
–Ya veo que ser soldado se te da mejor que curar heridas –terció ella guiando a los hombres para que acostaran a Kieran en una manta que extendió sobre el suelo de tierra prensada.
Sarah desató el vendaje y observó la herida a la luz de una vela que yo sostenía en la mano. Chasqueó la lengua.
–¿Es grave? –expresé con temor–. ¿Podrás…?
–Tranquila, es un corte de sable, profundo pero no ha llegado a perforar el pulmón. Solo ha perdido mucha sangre. Limpiar y coser –explicó en tono académico mientras le desataba el cinturón y me entregaba el sporran para que lo guardara.
Respiré de forma audible, a tiempo de ver como Elinor entraba en la cabaña y se dirigía presurosa hasta nosotras.
–Hijo mío –pronunció temerosa acariciando su rostro. Kieran apenas se movió perdido en su inconsciencia.
–Elinor, no os preocupéis, yo me hago cargo –aseguró Sarah–. Deberíais ver la herida de Alana del cuello y limpiársela utilizando la mezcla preparada esta mañana.
Ella giró el rostro, dándose cuenta por primera vez de que estaba allí y me miró con incredulidad pasando la vista a lo largo de mi cuerpo. Me encogí de hombros y dejé que me ayudara a levantarme para acercarme al fuego donde nos sentamos en un pequeño banco de madera alargado. Por su gesto supe que ya había visto a Cailen y que nadie le había informado de la muerte de Roderick. Maldije en silencio ser yo la portadora de tan cruentas noticias. Esperé hasta que deshizo el nudo del cuello y me limpió la herida mientras yo me quejaba sin pudor alguno. Finalmente cogió un paño limpio y me lo enroscó alrededor del cuello, terminando con una sonrisa. Fruncí los labios y le cogí las manos. Ella mostró sorpresa y un gesto interrogante se formó en su cara de facciones delicadas.
–Elinor –suspiré hondo–. Roderick no ha sobrevivido.
Ella apartó las manos y las retorció sobre su mandil mirándome con frialdad.
–¿No habéis podido salvarlo? ¿No podíais aplicar vuestras manos sobre él como hicisteis con Morag? –preguntó en voz susurrante. Un hombre herido pronunció un hondo quejido y ambas nos sobresaltamos.
Ella se recobró antes que yo y enfrentó mi rostro.
–No, claro que no. Para vos no era más que mi amante. Nadie importante al que salvar, ¿verdad? Me juzgasteis en el momento en que os lo conté y esta ha sido la forma de castigarme –murmuró con los ojos ardiendo en un reflejo del fuego de la chimenea.
La miré con estupor.
–Eso no es cierto. No pude salvarlo porque…
–No me mintáis, Alana, ya es hora de que ambas seamos sinceras.
–Estoy siendo sincera, Elinor –expliqué con serenidad, percibiendo el dolor bajo la furia–. Él no lo permitió, yo estaba casi desfallecida y solo pude darle el consuelo de una muerte sin sufrimiento. Él me dio un mensaje para vos…
–No quiero saberlo –negó ella girando el rostro.
La sujeté por los hombros y la obligué a mirarme.
–Sí queréis. Él os amaba por encima de todo y quería que supierais que su último pensamiento fuisteis vos y que allí donde se encuentre ahora os espera y vela por vos –relaté.
–¡Dejadme! –exclamó levantándose y saliendo a la oscuridad de la noche. Yo miré con tristeza la puerta cerrada. Se habían amado ocultándose de todos durante más de veinticinco años. Acababa de perder a su mitad, a quien daba sentido a su vida. Percibí su sufrimiento en mis propias carnes y me estremecí.
Giré el rostro y fijé mi vista en Sarah, que se inclinaba sobre Kieran limpiando la herida con una solución alcohólica. Kieran se arqueó molesto y abrió los ojos girando la cabeza de un lado a otro desconcertado. Me fui a levantar para acudir a su lado y me quedé solo en la intención de hacerlo. Sarah le puso una mano en la mejilla tranquilizándolo y este se detuvo observándola, lo vi esbozar una sonrisa ladeada y alargó una mano cogiendo entre sus dedos un rizo de Sarah para pasárselo por detrás de la oreja. Fue un gesto tan íntimo que mis entrañas se retorcieron de dolor y me sujeté el vientre henchido protegiéndolo. Sus labios murmuraron una sola palabra:
–A ghràidh.
«Mi amor», la reconocí aunque él nunca la había pronunciado en mi presencia, pero sí se la había escuchado decir a Aluinn muchas veces a Jeannie cuando creían que nadie les escuchaba.
Comencé a temblar sin control y un destello de reconocimiento deslumbró en mi mente herida, haciendo que todo estallara a mi alrededor. Con manos trémulas deshice el nudo del sporran de Kieran que todavía reposaba sobre mi falda y extendí su contenido. Revolví entre las escasas pertenencias hasta encontrar lo que buscaba. Un mechón de pelo rojo sujeto por una cinta de cuero negro. Un mechón que le había visto acariciando con ternura junto a la ventana de su despacho en lo que ahora me parecía una eternidad. Y por fin lo comprendí todo. Y el dolor se hizo tan patente que creí que iba a arder consumiéndome.
Levanté la vista de nuevo y vi la mirada de Sarah fija en mí. Su rostro no mostraba emoción alguna y el mío debía ser un tapiz de un millar de ellas superponiéndose la una a la otra en una clara muestra de cómo me encontraba. Volví mi vista hacia Kieran que parecía haberse quedado dormido y apreté la mandíbula. Me levanté lentamente, depositando en el banco el sporran de Kieran junto con su contenido y me erguí con indiferencia. Salí despacio de la cabaña sin mirar atrás.
Una vez que tuve el cielo sin estrellas oscuro cerniéndose sobre mí, respiré hondo y comencé a correr atravesando el campamento sin importarme en qué dirección dirigirme, mientras sentía como las lágrimas de la traición me arrasaban el rostro dejando marcas indelebles en el tiempo.