Capítulo V
Algunas veces queremos regresar al pasado,
pero quizá deberíamos no desearlo.
Dormité a ratos durante el resto de la noche, en un entrevela tétrico y doloroso. Temía haber desarrollado mi poder para alejar a Sarah y temía haberme enamorado de su novio. Y temía la reacción de Kieran por encima de todos los temores.
Desperté con las primeras luces del amanecer. El cansancio era todavía patente, pero soportable, aunque no deseaba levantarme de la cama. Me giré para acomodarme en el hueco dejado por Kieran y estuve a punto de gritar. Frente a mí, sentado en una silla de madera, mirándome, estaba él.
–¿Qué haces ahí? –le increpé, todavía enfadada.
–Te prometí que estaría junto a ti esta noche por si me necesitabas. Cumplo mis promesas.
–No lo haces. También prometiste serme fiel cuando nos casamos –señalé con una indiferencia que no sentía.
–Eso también lo he cumplido –contestó enarcando una ceja.
–No te creo.
–Deberías hacerlo. Soy un hombre de honor.
Bufé y él respiró hondo.
–También soy un hombre sincero.
Bufé todavía con más fuerza y él entrecerró peligrosamente los ojos en mi dirección. Empezaba a entender que esa costumbre provenía de sus notables y numerosos enfados.
–Como también debes saber que no puedes ocultarme nada. Sé que a quién te referías es a Gareth. Lo conociste en tu hogar. Necesito saber la verdad de lo que ocurrió. Él era tu amante, ¿verdad?
–No es lo que crees. Y te he sido fiel desde que nos casamos. Con franqueza, no me has dejado otra opción –expliqué sin explicar nada.
–Puede que de obra me seas fiel, pero ¿lo eres de pensamiento? ¿Es en él en quien piensas mientras te poseo? –preguntó inclinando su cuerpo hacia mí.
–¡No! –exclamé indignada. Era cierto, no pensaba en Gareth. ¿Por qué no pensaba en Gareth si estaba enamorada de él? No lo entendía.
–Dices la verdad. No lo haces, pero tampoco entiendes por qué no sucede así –mascullo él rascándose la barbilla sin afeitar.
¿Sabía leer la mente? ¿Y si tenía de verdad algún poder oculto? Con absoluta certeza era un hombre peligroso. Mi abuela me advirtió acerca de él.
–Tu rostro es un libro abierto, Magdalen. Por lo menos para mí. Dudo mucho que los demás se hayan dado cuenta de ese detalle. Desde el primer momento no has podido ocultarme nada, aunque sé que mantienes mucho de tu pasado escondido –susurró junto a mi rostro.
Me retraje algo molesta. Siempre me habían llamado cínica, mujer de hielo y adjetivos mucho peores. Y jamás nadie había podido averiguar nada de mi pasado. Porque si una cosa era cierta es que lo mantenía oculto en el fondo de mi mente. Y no me refería a mi pasado cercano. El ser una bruja era algo ínfimo comparado con mi vida anterior.
–Veo que ya estás mejor. Te dejaré descansando y ordenaré que te suban comida y bebida –añadió levantándose para dirigirse a la puerta.
–Espera, Kieran –supliqué incorporándome–. Gareth no tiene la culpa. Él… él no sabe nada. Es inocente. Solo intentaba consolarme. Solo eso.
Asintió con la cabeza pero no dijo nada más. Cerró con suavidad la puerta dejándome sola de nuevo y con una considerable confusión mental. Sin embargo, el cansancio me venció y me dormí al poco rato.
Algo me agitaba y me zarandeaba. Abrí los ojos contrariada para encontrarme con un par de ojos azules enmarcados en unas pestañas negras que parpadearon sonriendo. Era la hermana pequeña de Kieran.
–Lady Magdalen ¿estáis despierta? –exclamó con una extraordinaria voz aguda que me taladró el cráneo.
–Ahora sí –repliqué.
Ella rio divertida.
–Vamos, debéis vestiros. ¿Por qué no bajáis al salón con todos?
–Porque… porque… –En realidad no tenía una respuesta preparada. Maldita fuera la niña, era bastante más rápida que yo.
Apartó los cobertores con una sola mano y se tapó la boca riéndose.
–¡Estáis desnuda! –exclamó girándose.
Me levanté cubriéndome con la sábana y me enfrenté a ella.
–Lo estoy.
–¿Por qué? –inquirió con curiosidad.
–Eso deberías preguntárselo a tu hermano. Por cierto, ¿cómo te llamas?
–Morag.
–Bonito nombre –dije–. Y llámame solo Magdalen, por favor.
–Lo eligió Kieran. Lo haré, lady…, perdón, Magdalen.
–Eso está muy bien –contesté y me dirigí a vestirme bajo su atenta mirada. Cuando estuve medianamente preparada me cogió de la mano y me arrastró escaleras abajo. Cerré los ojos con fuerza ante su ímpetu. Sabía que tarde o temprano acabaría cayendo rodando por aquellas escaleras infernales.
Me guio hasta el salón principal, que en realidad servía como comedor, sala de reuniones y de celebraciones, dependiendo del momento. Ahora estaba a rebosar de gente. Observé por los pequeños ventanucos que había comenzado a llover torrencialmente y los hombres se recluían en el castillo sin poder hacer nada útil en el exterior. La mayoría se habían sentado en la mesa principal situada a un extremo del mismo. Jugaban a las cartas, los dados o conversaban. Pude ver también un conjunto de pequeñas mesas con sillas tapizadas en terciopelo marrón y algunos butacones cerca de la chimenea de gran tamaño, que contribuía a dar luz y algo de calor a la sala. En las paredes colgaban tapices de escenas de caza y bodegones. Cada poco tramo había antorchas que iluminaban menos de lo que realmente se pretendía; creaban un ambiente opresivo y lleno de humo ennegrecido, contrastando con la algarabía de los presentes. Seguí a la pequeña Morag hasta una silla vacía frente a Elinor y me senté saludando con una inclinación de cabeza, observándolo todo con excesiva curiosidad. Me asombraba sentirme tan a gusto en una atmósfera tan irreal, como si me hubieran arrojado a un cuadro costumbrista.
–¿Os encontráis mejor, Magdalen? –preguntó con voz dulce Elinor levantando la vista del bordado.
–Sí, gracias. Mucho mejor –contesté mirando alrededor. Las mujeres hablaban mientras tejían o bordaban.
Me recliné en la silla sin nada más que hacer. La vida allí podía ser extenuantemente aburrida, al igual que en un retiro espiritual. Casi podía imaginarme el folleto publicitario: disfrute de sus vacaciones en un cómodo y primitivo castillo medieval en medio de la isla de Skye. Aproveche su descanso, en lo único que tendrá que ocupar su tiempo será en NO HACER NADA. Le ofrecemos pensión completa a cargo de nuestro prestigioso cocinero, descendiente directo de los pictos que poblaron estas tierras. Sus deliciosos scones y su cerveza tradicional le harán alcanzar el éxtasis. Apresúrese. Plazas limitadas.
Salí de mi ensoñación cuando vi a Kieran acercarse al fuego junto a su hermano Cailen. Ambos estaban empapados y se frotaron el pelo de idéntica manera, cual sabuesos sacudiéndose el agua. Algunas gotas me golpearon y esbocé una pequeña sonrisa. Kieran se giró y me miró con su consabido gesto que le acompañaba siempre que me escuchaba o me analizaba: sorpresa. Me saludó con una inclinación de cabeza y se sentó en un butacón cerca de la chimenea. Su hermano lo imitó sentándose en el suelo a sus pies. Observé que Kieran traía un pequeño trozo de madera y que sacaba la shiang dhu de la media y comenzaba a rascar con la intención de tallar alguna figura. En ese momento Morag lo vio y se acercó corriendo a él. Kieran soltó la daga, el pedazo de madera y la alzó en sus brazos haciendo que ella riera para sentarla a continuación sobre sus rodillas. Su madre les sonrió con dulzura y a mí se me humedecieron los ojos sin motivo aparente.
–¿Os ocurre algo? –preguntó Elinor con gesto preocupado.
–Tenéis una bonita familia –contesté secándome una lágrima cobarde que se deslizó por mi rostro.
–Ahora también es la vuestra. No lo olvidéis –sonrió ella.
No. No lo era. Pero eso era algo que ella no sabía.
Kieran me observaba con un gesto extraño y yo evité su mirada.
–Kieran, Kieran –llamó su hermana con insistencia. Los niños siempre tenían la misma costumbre, por si la primera vez no les habíamos oído, aunque no se daban cuenta de que la mayoría de las veces lo que los adultos hacíamos era ignorarlos.
–¿Qué sucede, Morag? –inquirió él acomodándola mejor en sus piernas.
–¿Por qué haces que Magdalen duerma desnuda? Va a coger frío –señaló amonestándolo.
Kieran empalideció. Yo enrojecí hasta alcanzar las cotas de un volcán en ebullición. Algunos hombres rieron mirándonos y todas y cada una de las mujeres abandonó su conversación para observarme fijamente.
–Porque… porque… no necesita ropa ya que yo le doy calor –respondió.
El volcán expulsó lava y yo sentí mi cuerpo arder. Algunos hombres rieron ya sin disimulo alguno y percibí como Cailen me miraba con intensidad.
–Morag –reprendió Elinor a su hija pequeña. Pero por lo visto era bastante difícil de controlar.
–¿Le has hecho ya tocar las estrellas? –preguntó de nuevo sujetándose al pelo moreno de su hermano mayor.
Creí que iba a estallar en combustión espontánea. Un coro de risas nos rodeó.
–Ummm…, eso debería decírtelo ella, ¿no? –contestó Kieran riendo también.
Entrecerré los ojos y lo miré con furia, lo que hizo que nuevas risas nos acompañaran.
–Magdalen. –Morag se giró hacia mí–, ¿has podido tocar ya las estrellas? ¿Cómo son?, ¿queman?, ¿su luz te puede dejar ciega?
Estaba a punto de replicar, pero ella continuó hablando:
–Caitlin dice que es como llegar al cielo y pasear entre las nubes para luego abrasarte en el infierno. ¿Es así? Dice que eso ocurre cuando se está enamorada.
Fruncí los labios y las risas de repente se silenciaron. Se oyó un pequeño gemido proveniente de una de las esquinas del salón. Me giré hacia el sonido. Caitlin, la cual tuvo el decoro de enrojecer, estaba sentada tejiendo un kilt que adiviné a quien iba destinado. Nos miraba a todos con los ojos abiertos sin parpadear. En especial a Kieran. Ambos entrecruzaron las miradas y hasta percibí las chispas que surgieron del contacto. Un silencio opresivo nos envolvió y todos los rostros se dirigieron a mí. Sentí unos irremediables deseos de levantarme y huir recuperando algo de dignidad, pero mis músculos agarrotados se negaban a obedecerme. Permanecí sentada sujetando con tanta fuerza los brazos de la silla que mis nudillos se pusieron blancos del esfuerzo.
–¿Magdalen? –preguntó de nuevo Morag ausente a la tormenta que había desatado.
Debí callarme, pero no pude. Mi boca me traicionó de nuevo.
–Morag, el amor es un concepto que está claramente sobrevalorado. En realidad, no existe –contesté apretando tanto los dientes que empezó a dolerme la mandíbula.
Escuché expresiones reprobatorias y vi como la gente agitaba la cabeza y murmuraba esperando la reacción de Kieran. Caitlen volvió a gemir, pero esta vez me pareció que fue un gemido de triunfo. Una sola persona se levantó, me miró con fijeza y abandonó el salón en silencio, Gareth.
Elinor fue la única que reaccionó con rapidez.
–Jeannie, trae al pequeño, parece que se está cansando de estar en tus brazos –ordenó dirigiéndose a una de las mujeres que sujetaba a duras penas a un niño de más o menos un año de edad entre sus voluminosos brazos.
Una mujer pequeña, robusta y con el rostro redondo y cubierto de pecas se levantó y se acercó a entregarle el pequeño a Elinor. Ella negó con la cabeza y me señaló. Yo abrí de forma desmesurada los ojos y de improviso me vi con un pequeño berreante lleno de mocos sentado sobre mis rodillas. Solté los brazos de la silla y lo abracé impidiendo que cayera al suelo. Elinor era inteligente. Había previsto mi reacción antes siquiera de que yo la pensara y me había ofrecido una salida digna.
–Mathair[3] –intervino de nuevo Morag–. ¿Qué significa lo que ha dicho Magdalen?
Fue Kieran quien contestó en su lugar.
–Lo que quiere decir Magdalen es que tiene miedo de amar porque no conoce el amor –susurró de forma audible a todos los que estaban en el salón. Varios asintieron con la cabeza y yo bufé de nuevo haciendo que el pequeño berreara con más intensidad. ¿Cómo podía hablar con tanta soltura del amor cuando vivía en una época en que ese concepto ni siquiera tenía significado? Y a mí me llamaban cínica…
–Entiendo –dijo finalmente Morag dando por zanjado el tema. Estuve a punto de pedirle que me explicara a mí qué es lo que había entendido, ya que mi mente bullía de dudas sin resolver.
–Ahora ve y juega con tu muñeca –le ordenó Kieran bajándola de sus rodillas. Me miró un instante más y se centró en seguir tallando la madera.
Yo me concentré en el pequeño monstruo que tenía sobre mis piernas. Era la primera vez que sujetaba un bebé y no tenía ni idea de lo que se esperaba de mí. El niño decidió en mi lugar. Cogió entre sus manos regordetas mi dedo índice y se lo introdujo en la boca, lo saboreó y como no debió gustarle demasiado, procedió a morderlo con saña.
Emití un grito y saqué el dedo herido maldiciendo por lo bajo. El niño me sonrió por primera vez mostrándome los dos únicos dientes inferiores que tenía. Una grapadora. Tuve la misma sensación que si me hubiera grapado el dedo. Algunas mujeres rieron distendiendo el ambiente y los hombres volvieron a sus conversaciones y juegos. Kieran me sonrió de forma ladeada observándome con cautela.
Entorné los ojos con desconfianza sobre el pequeño demonio que tenía frente a mí y él volvió a sorprenderme cuando se irguió tambaleante sobre sus cortas piernecitas y puso ambas manos pegajosas sobre mis mejillas. Se inclinó sobre mí y yo parpadeé. ¿Qué se proponía? Alcanzó con su boca mi labio inferior y lo succionó con tanta fuerza que cuando lo soltó se escuchó un pequeño ¡glup! Antes de que pudiera reaccionar por la sorpresa, Kieran se había materializado junto a mí y estaba cogiendo al pequeño succionador entre sus brazos.
–Vamos, enano. Sus labios son solo míos –exclamó sonriéndole al pequeño demonio. Este le devolvió la sonrisa con adoración–. Jeannie –llamó de nuevo–, creo que tiene hambre.
La mujer se acercó y cogió a su hijo en brazos para sentarse en una esquina y desatar su corpiño. Y el bebé por fin succionó lo que le calmaba. Observé la escena algo cohibida y con un gesto extraño. Levanté mi vista hacia Kieran y recuperé el aplomo.
–No soy tuya –mascullé entre dientes.
–Lo eres –dijo inclinándose para darme un casto beso en la coronilla–, solo que todavía no lo sabes –susurró en mi oído.
Apreté la mandíbula y me mantuve en silencio. Él volvió a sentarse a tallar la madera.
–Seréis una buena madre –indicó Elinor sin apartar la vista de su bordado.
La miré estupefacta. ¿Madre? Esa palabra no tenía sentido en mi vida. Para mí era la más odiada de todas.
–Os equivocáis –señalé con acritud.
–Yo nunca me equivoco –afirmó ella con suavidad sin levantar el rostro.
Pronto comenzaron a traer bandejas repletas de comida y jarras de cerveza que depositaron en las mesas. Varias jóvenes distribuyeron platos, vasos y cucharas y todos nos dispusimos a cenar. Me acerqué a la mesa principal que Kieran presidía e intenté buscar un sitio alejado de su escrutinio. Como si todos a una se hubieran confabulado contra mí acabé sentada justo a su derecha. Antes de que me pudiera llevar la cuchara a la boca me interrumpió la voz grave de mi marido.
–Señor, bendice los alimentos que vamos a tomar. – Hizo una pausa y me miró, lo que provocó que yo me atragantara y tosiera disimulando–. ¿Quieres continuar tú?
Negué con la cabeza, enrojeciendo. No sabía nada, absolutamente nada, de bendiciones de mesa ni de ninguna bendición en concreto. Kieran me observó con curiosidad, pero de forma milagrosa, igual era debido a la bendición, esta vez no replicó y continuó su discurso.
–Bendice estos alimentos que recibimos por tu generosidad. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén –pronunció con voz alta y clara.
–Amén –respondieron todos al unísono.
–Amén –dije yo unos segundos más tarde, notando como todos levantaban la vista en mi dirección. Y como no sabía qué se esperaba de mí, hice lo único católico que recordaba: la señal de la cruz sobre mi pecho. Se miraron entre ellos extrañados y algunos la repitieron por respeto. Kieran abrió la boca y luego la cerró con gesto pensativo.
–Cenemos entonces –exclamó después de unos instantes.
El ambiente se distendió. Las conversaciones se retomaron y se escucharon risas y comentarios en voz alta. Me relajé y mientras degustaba el delicioso guiso de carne que había preparado Aluinn me di cuenta de que me fascinaba y horrorizaba a partes iguales encontrarme en aquella época fingiendo ser una persona que no era. Pero, tenía que reconocerlo, también me fascinaba y horrorizaba saber que era bruja y desconocer cuantas posibilidades de exploración se abrían ante mí. Estudié Historia del Arte por convicción, no por obligación. Cada objeto que caía en mis manos era analizado en su contexto histórico de mil maneras, era un pedazo de la historia de personas reales, no solo recuerdos. Me dediqué a observar con curiosidad todo, las costumbres, los dejes verbales, las formas y el conjunto. Y empecé a sentir una desazón desconocida, que nació en el fondo de mi pecho, de apego y de cariño aderezado con una pizca de envidia, ya que pese a sus enfrentamientos y disputas eran un clan unido, una familia unida, y eso, para alguien que nunca había tenido familia, estaba resultando doloroso. Sentí que mis ojos se humedecían y oculté el rostro evitando ponerme en evidencia. Aun así hubo una persona que lo percibió.
Kieran pasó su mano por debajo de la mesa y arrastró la mía hasta que la tuvo bien sujeta en la suya. No la soltó en toda la cena, mientras trazaba círculos en la palma con gesto descuidado.
Apenas pude mantener una conversación coherente, casi todas se desarrollaban en gaélico y no conseguía entender nada. Kieran de vez en cuando se inclinaba sobre mí y traducía algunas frases percibiendo al instante mi confusión. ¿Cómo iba a poder explicarle que no hablaba gaélico? ¿Otro golpe en la cabeza tal vez? ¿Una laguna mental? Cada día que pasaba allí estaba más en peligro de que descubrieran que no era lady Magdalen, y eso podía no solo ponerme en peligro a mí, sino también a Kieran, que dependía del dinero de la dote para reflotar el maltrecho clan. Me pregunté qué les habría sucedido para encontrarse en esa situación. Probablemente nunca lo averiguaría. Me reafirmé en el hecho de que estaba allí por un motivo y ese era el encontrar a Sarah y devolvernos a nuestra vida normal. Paseé la mirada por los rostros que me rodeaban y por primera vez me di cuenta de que los iba a echar de menos. Me justifiqué sabiendo que tendría que resignarme a esperar que la añoranza se disipara, como ya había sucedido otras veces.
Un grupo al fondo de la mesa algo más bullicioso se hizo notar golpeando con fuerza la madera y hablando en voz más alta cuando se sirvieron bandejas repletas de dulces y botellas labradas de forma tosca que contenían whisky. Todos los hombres se sirvieron y alguna mujer se atrevió a escanciar un poco en sus vasos. Yo rechacé con un gesto amable a Kieran que me ofrecía el líquido ambarino. No más cerveza, ni scones, no quería imaginar lo que haría el whisky en mi persona.
Caitlen se levantó con gesto falsamente tímido y se posicionó sobre una pequeña tarima. Me pregunté qué se proponía. Cailen la siguió y entre sus manos apareció de pronto una flauta de madera. Ella sonrió al joven y este enrojeció. Calculé que tendría dieciséis o diecisiete años, para aquel tiempo se le consideraba un hombre, pero seguía siendo un niño, un niño enamoradizo y en pleno despertar sexual.
Entonces, la ninfa de ojos verdes y pelo rojo dirigió su mirada a Kieran y este asintió con la cabeza con una leve sonrisa dando su conformidad. Tal vez no fuera tan mala idea una copa de whisky. O la botella entera. No esperé a que nadie me la ofreciera. Llené mi vaso hasta casi el borde. Kieran ni se percató, concentrado en la beldad que le sonreía con adoración. Tomé un trago que me abrasó la garganta y fruncí los labios intentando mantenerlo en mi estómago. Percibí el leve sabor a agua marina, turba, madera y brezo tan típico de aquella parte de Escocia y al poco rato mis músculos se distendieron y me relajé al menos hasta que escuché la voz de Caitlen.
Cantar no era la definición correcta. Hechizar con su voz sí lo era. De sus labios brotaba el sonido melancólico y triste de una balada en gaélico con gran maestría. Manejaba los tiempos para crear el efecto hipnótico en todos y cuantos nos rodeaban. Su voz melodiosa y cadencial subía y bajaba al ritmo de la canción mientras sus ojos no se separaban de los de Kieran. Le estaba cantando a él. Solo a él. Acabé el vaso de whisky con dos tragos más. Me atraganté y tosí, pero mantuve el líquido dentro de mi cuerpo haciendo que este enturbiara mi mente y calmara mis sentidos. Pero no lo conseguí. Algo desconocido brotó del centro de mi ser y deseé con todas mis fuerzas que tropezara en alguna frase o emitiera un agudo estridente que estropeara la melodía.
Había olvidado que era bruja. De verdad lo había olvidado. Caitlin profirió tal chillido que algunos que estaban cerca de ella retrocedieron tapándose los oídos con las manos. Carraspeó algo confusa e intentó de nuevo retomar la canción, pero de su boca solo salieron sonidos roncos y discordantes, como un piano sin afinar, rasgando el aire y rompiendo el encanto. Se tapó la boca avergonzada y aparecieron lágrimas en sus ojos. Y yo me reí. A carcajadas. No lo pude evitar. El maldito whisky, tenía que ser eso…
Todos se giraron a mirarme y yo contuve la risa con pequeños hipidos histéricos agachando la cabeza. Y por primera vez desde que Caitlen se había puesto en pie, Kieran dirigió toda su atención a mí. Me miró con tal intensidad que creí que me atravesaba con sus extraños ojos dorados. Su rostro se tornó enfadado y me apretó la mano en señal de silencio con tanta fuerza que creí me iba a romper algún hueso. Se escuchaban murmullos a nuestro alrededor y Caitlen finalmente salió corriendo del salón. Elinor se levantó presurosa y siguió a la joven.
Kieran me observó de forma iracunda, pero no pronunció palabra alguna. Pronto las conversaciones se reanudaron y las mujeres se fueron alejando de la mesa para centrarse en sus labores. Las seguí sin saber muy bien qué hacer. Me senté en un butacón junto a la enorme chimenea y permanecí perdida en mis pensamientos viendo danzar las llamas, mientras la languidez producida por el licor me invadió hasta llevarme a un extraño entrevela. Había ejercido la magia para humillar a mi enemiga, pero no era ningún consuelo. Me sentía avergonzada y molesta, nunca había hecho algo así. De improviso recordé la caída de mi padre. Sí lo había hecho. El miedo me atenazó de tal forma que fui incapaz de mover un solo músculo. No controlaba mi poder y tenía que controlarlo o él acabaría controlándome a mí. Observé el anillo, se había oscurecido, lo que no era bueno. Tenía que salir de allí con rapidez, así que me levanté y despedí de las mujeres. Busqué a Kieran con la mirada, pero había desaparecido. Salí del salón adecuando mi vista a la penumbra reinante en el recibidor y me detuve un momento para orientarme maldiciendo no haber traído una simple vela para alumbrarme.
Entonces escuché un suave rumor frente a mí que no pude identificar. Una nube oscura liberó la luna y su luz se filtró por un pequeño ventanuco no más grande que el ojo de un buey en la parte superior de la pared. Seguí la dirección del haz blanquecino y fantasmal y me asomé tras las escaleras con cautela. Pegué un respingo y apreté fuertemente los brazos contra mi cuerpo.
Kieran estaba de pie, abrazando con ternura a Caitlen, que lloraba apoyada en su amplio pecho. Él le estaba murmurando algo tranquilizador en gaélico mientras le acariciaba el pelo. Era un gesto tan íntimo que enrojecí y aparté la mirada avergonzada, girándome para correr escaleras arriba sin importarme caerme y romperme la crisma. Abrí la puerta de nuestra habitación y la cerré dando un portazo. Me quedé apoyada en la madera apenas pulida respirando de forma agitada.
–¡Maldito escocés traidor! ¡Maldito seas! –exclamé al vacío de la sala.
Me acerqué al pequeño aparador de madera donde reposaba el aguamanil, una jarra de agua y un espejo con mango de nácar. Me miré con fijeza, la imagen no era perfecta, pero se distinguían mis rasgos. Mi pelo rubio, que no llegaba a ser rubio del todo, cayendo en ondulaciones rodeando mi rostro serio, mi nariz recta y mis labios fruncidos. ¿Cómo había podido llegar siquiera a pensar que Kieran…? No pude terminar el pensamiento. Caitlen era una beldad, pequeña y delicada, con curvas voluptuosas que mostraba en cada movimiento, mientras yo era alta y torpe en comparación. Sus ojos verdes eran hipnotizadores y su pelo rojo volaba alrededor de su rostro en forma de corazón decorado con una graciosa nariz respingona.
–Espejito, espejito ¿quién es la más bella del reino? –pregunté sintiéndome la madrastra de Blancanieves.
El espejo me devolvió solo mi imagen.
–¡Mentiroso! –le grité dejándolo sobre el aparador con un golpe brusco.
–¿También hablas con los espejos, Magdalen? –inquirió una voz profunda a mi espalda.
Me giré sorprendida y algo asustada para encontrarme a Kieran de pie en el centro de la habitación con los brazos cruzados y una extraña expresión en sus ojos dorados. Y no tuve ninguna duda, eran la pareja perfecta. El guerrero vikingo, alto, fuerte, poderoso y con un aura de misterioso peligro alrededor de él protegiendo a la damisela, bella y etérea.
–Sí –contesté–, pero no suelen responderme.
Él sonrió de forma ladeada.
–¿Dónde has estado? –le increpé.
–Por ahí –respondió con brevedad.
–¡Ah, ya! Por ahí, por aquí, por allá, detrás de las escaleras…
Él soltó una brusca carcajada.
–¿Estás celosa? –preguntó acercándose a mí, mientras yo retrocedía.
–¿Celosa? ¿Yo? –inquirí con incredulidad. Jamás había estado celosa de ninguna otra mujer que yo recordara.
–Lo estás –afirmó Kieran con rotundidad–. No creas que no he visto cómo nos observabas.
–¿Ah, sí? ¿Te gusta tener público? –señalé de forma ácida y cortante.
–No.
Me giré de improviso y le di la espalda observando el fuego que lamía las paredes de la chimenea. No quería discutir. Odiaba discutir y desde que había llegado a ese tiempo tenía la sensación de que caía de un enfrentamiento a otro. Y eso me estaba desquiciando.
–Seall orm[4], Magdalen –dijo con suavidad.
Yo no hice ningún movimiento. En realidad no entendí nada.
–Magdalen –llamó él de nuevo.
Lo ignoré.
–Magdalen –abroncó.
–¿Qué? –Me di la vuelta y lo miré de frente.
–A veces dudo de que hasta ese sea tu verdadero nombre –masculló pasándose la mano por el rostro cubierto por una fina capa de pelo rasposo moreno.
–Lo es –afirmé mintiendo.
–Solo estaba consolándola. Para ella ha supuesto una humillación ante todos el quedarse sin voz. Suele amenizar nuestras veladas a menudo –explicó–, y lo hace francamente bien –añadió como al descuido.
Farfullé algo muy desagradable entre dientes.
–¿Te ha molestado?
Respiré hondo. Y respiré de nuevo. Y volví a respirar.
–Sí –confesé arrepintiéndome al instante.
–Me alegro. –Sonrió Kieran con suficiencia.
–Eres… eres… –No es que no encontrara la palabra exacta, sino que encontraba demasiadas y no sabía por cuál empezar.
–Tu marido, principalmente. Soy tu marido. ¿Crees que a mí no me dolió verte abrazada a Gareth ayer? –Me miró con intensidad.
Abrí la boca para protestar y la cerré con fuerza.
–No logro comprenderte. Primero me das tu permiso para que tenga una amante e incluso pareces alegrarte por ello. Luego me confiesas que estás enamorada de otro hombre que no soy yo. Y sin embargo pareces realmente molesta por lo que acabas de ver. ¿Me lo puedes explicar?
Decidí ser sincera.
–¿No podrías… al menos durante el tiempo que esté aquí mantenerte alejado de esa mujer? –le pedí. Ni siquiera sabía por qué lo había hecho. Los celos, tenían que haber sido esos desconocidos y abrasadores celos.
–¿Durante el tiempo que estés aquí? –Por lo visto había ignorado la parte principal de mi súplica–. ¿Es que piensas ir a algún sitio? No estarás pensando en regresar a tu hogar, ¿no?
Lo miré con tristeza y me mantuve en silencio.
–Magdalen –se acercó a mí y posó sus enormes manos en mis hombros abrasando mi piel–, sé que no estás acostumbrada a este ambiente, que quizá lo consideres demasiado… demasiado pobre comparado con la opulencia de tu hogar. Pero te prometo que te mantendré cuidada, te protegeré y te alimentaré, aunque yo no tenga nada que llevarme a la boca.
De improviso se me llenaron los ojos de lágrimas. Nadie me había dicho nada tan sincero y tan hermoso en toda mi vida. Kieran soltó mis hombros y me abrazó con tanta fuerza que casi me impidió respirar.
–¿Me alimentarás? –inquirí con un suspiro entrecortado. No era una pregunta retórica, mi madre había olvidado muchas veces que tenía una hija pequeña y yo me acostaba casi todos los días de mi infancia sin nada en el estómago, hasta que fui lo suficientemente mayor como para poder cocinarme algo yo misma o comprar algún alimento para rellenar el vacío frigorífico.
–Siempre –murmuró junto a mi oído.
–Eso es muy bonito. –Sollocé de nuevo apoyándome en su amplio pecho.
Percibí la risa brotar de su pecho.
–Y tú eres hermosa –susurró él.
–No, no lo soy. –Sollocé con más fuerza.
–Sí, la más hermosa de reino –dijo y rio con suavidad.
–Idiota –mascullé y solo conseguí que él riera con más fuerza.
Kieran levantó mi rostro hacia el suyo con una sola mano apoyada en mi barbilla y me besó con dulzura. Al instante nuestros cuerpos comenzaron a arder y el beso se intensificó. Le sujeté la nuca con ambas manos enterrando mis dedos en su grueso cabello ondulado y negro como la noche. Se separó con brusquedad, dejándome algo aturdida.
–Dime, Magdalen, ¿esta noche es tu mente o tu cuerpo el que me va a rechazar? Lo pregunto para conocer cuál será mi batalla a librar –indicó con una sonrisa ladeada que destacó el hoyuelo en su barbilla.
–Mi mente y mi cuerpo estarán dispuestos a darte la bienvenida –aseveré con rotundidad. ¿Había dicho eso? Sí, por supuesto que lo había dicho.
Él rio echando la cabeza hacia atrás y me llevó en volandas hasta la cama. Me desnudó con lentitud, pero evitando rozar mi piel, lo que me excitó hasta cimas desconocidas. Me quedé desnuda sobre la cama, expectante y sintiéndome vulnerable ante su intensa mirada. Él se apartó y se desnudó con más rapidez, respirando agitadamente y dejándome contemplar su esbelto y perfecto cuerpo desnudo. Me recreé sin ningún pudor en cada uno de sus firmes músculos marcados por los años de lucha y esfuerzo.
Se tendió sobre mí con parsimonia y comenzó a acariciarme cada centímetro de mi piel. Me estremecí, pero él siguió su camino deslizándose con deliberada lentitud hasta que paró sobre mi ombligo y sopló suavemente. Gemí de forma entrecortada y me arqueé involuntariamente. Lo deseaba. Lo deseaba todo. Todo de él. Sujetó mis piernas con las manos y las abrió dejándome totalmente expuesta en mi desnudez frente a su rostro. Giré mi cabeza notando el frescor de las sábanas y apreté con fuerza la manta sobre la que estaba tendida.
–¿Qué es esta marca? –preguntó de improviso levantando el rostro.
Me incorporé a medias viendo lo que él observaba con tanta intensidad. La estrella de cinco puntas. Apenas era visible, sin embargo para él no había pasado desapercibida.
–Es una marca de nacimiento –expliqué jadeando, por el deseo y por el miedo.
–Es… lo que te define –murmuró concentrado.
Le enfoqué la mirada y percibí un conocimiento en sus ojos que me llegó con total claridad. Pero no parecía temeroso, ni molesto, ni horrorizado. Sus labios se posaron sobre ella y la besaron con veneración. Yo me relajé al instante dejando caer mi cabeza otra vez sobre la almohada.
Kieran se incorporó y me arrastró cogiéndome por las caderas, me encajó en su fuerte cuerpo y los dos fuimos uno solo. Como dos piezas de un puzzle que por fin encuentran su sitio. Ramalazos de placer me recorrían por todas mis extremidades a cada fuerte empujón de él, llegando tan profundo que grité de dolor, grité de placer, grité que parara y le grité que siguiera, sin darme cuenta de que me había entregado en cuerpo y alma al hombre que con toda probabilidad acabaría con mi vida. Aunque de momento solo estaba acabando con toda mi energía.
–Kieran –supliqué.
–Todavía no –contestó con un gruñido.
–No podré soportarlo –susurré apenas sin fuerzas.
Todo mi cuerpo se estremecía una y otra vez sin que tuviera tiempo de recuperarme entre una acometida y otra.
–Mírame –exigió.
Abrí los ojos y observé su rostro fuerte y tenso sobre el mío.
–Quiero que me mires cuando te hago mía. Porque no habrá más hombre que yo. Ni en tu futuro, ni en tu pasado.
Parpadeé ante el significado de esas palabras, pero sus hipnóticos ojos dorados me mantuvieron presa de su mirada. Empujó con más fuerza introduciéndose de nuevo en mí hasta que llegó al límite del dolor. Grité con fuerza y me arqueé pero no separé mi vista de sus ojos.
Lo sentí tensarse y echar la cabeza hacia atrás en total rendición. Se había rendido. A mí. Respiró entre jadeos y se dejó caer sobre mi cuerpo sudoroso sin salir de mi interior. Pasé las manos por su espalda fuerte y perfecta arrastrando gotas de sudor con mis manos. Jamás me sentí más unida a una persona que en ese instante. Giré mi rostro para encontrarme con su mirada brillante.
–Tus ojos son verdes –dijo–, cuando te poseo, tus ojos son verdes, por eso quiero que me mires. El resto del tiempo, se debaten entre el negro y el musgo, pero solo cuando eres mía brillan de forma intensa. Son verdes –afirmó y cerró los ojos.
Desperté sintiendo que algo me ahogaba. Apenas podía respirar. Me agité desesperada pero el hombre que me sujetaba era mucho más fuerte que yo. Kieran jadeaba sobre mí con los ojos abiertos pero sin llegar a ver. Me sujetaba con fuerza los brazos y su peso me impedía moverme.
–No me matarás –susurró broncamente.
Pegué un grito. No fueron sus palabras lo que me asustaron sino el idioma en el que las pronunció: Castellano.
Él parpadeó asustado y se incorporó agitando la cabeza, dándose cuenta por primera vez de donde se encontraba. Se giró hacia mí y me sujetó el rostro entre las manos.
–Magdalen, Magdalen ¿te he hecho daño? –preguntó pasando las manos de mi rostro al resto de mi cuerpo buscando heridas.
Manoteé e intenté apartarlo.
–Magdalen ni maìtheanas dhombj –suplicó con los ojos brillantes de temor.
–¿Qué… qué has dicho? –inquirí con voz ronca.
–Perdóname –contestó él dejándose caer de nuevo sobre el mullido colchón. Se quedó mirando al techo con los ojos abiertos. No volvió a tocarme.
Me giré y le puse una mano sobre el pecho que se levantaba una y otra vez fruto de una intensa agitación. Solo con ese gesto conseguí que se calmara.
–¿Ha sido una pesadilla? –murmuré.
Kieran no contestó. Solo frunció los labios y apretó los puños con fuerza.
–Kieran, cuéntamelo. Si lo haces, los demonios desaparecerán –le pedí. No era del todo cierto. Por lo menos a mí no me había funcionado nunca, pero puede que a él sí.
Se mantuvo unos instantes en silencio. Finalmente giró su rostro y me miró con incalculable dolor en sus ojos.
–Era un recuerdo. La guerra –explicó–. No me sucede a menudo. Hacía años que no me ocurría, pero a veces es tan intenso que siento que estoy allí. Rodeado de cadáveres, respirando el humo de la pólvora que te abrasa los pulmones, el hedor de la sangre y la carne pudriéndose ante el calor del verano. El abrasador calor. Y los cuervos. Los malditos cuervos que vuelan sobre nosotros esperando a ver cuál será el siguiente en caer.
Lo abracé con fuerza. Desconocía a qué guerra se refería o si era un enfrentamiento entre clanes, pero solo le podía ofrecer mis brazos como consuelo. Él se giró para acomodarme contra su cuerpo y me estrechó respirando junto a mi rostro.
–Si… si lo vuelvo a hacer, golpéame, golpéame fuerte y haz que despierte. No soportaría saber que te he hecho daño de una forma tan vil y cobarde –pidió en un susurro entrecortado.
–Tranquilo, tendré siempre a mano una palmatoria de bronce, por si acaso –le dije con una sonrisa observando su rostro apenado.
–No golpees demasiado fuerte. –Conseguí que sonriera–. Me gustaría llegar a los veinticinco años.
–¡Oh! –contesté yo–, no creo que pueda matar a nadie con un golpe.
–Magdalen. –Meneó la cabeza–. Se puede matar de muchas formas y con muchos objetos, solo con las manos e incluso sin utilizar nada de eso. Deberías tenerlo en cuenta.
¿Era una advertencia? ¿Era una amenaza? No lo llegué a averiguar. Cerró los ojos y en pocos instantes se quedó dormido.
Cuando desperté al amanecer, él ya se había ido. El romance había finalizado. Sin flores ni bombones. Sin un beso al alba y sin un buenos días. Refunfuñé y me dispuse a seguir durmiendo. Fue imposible. Me levanté al cabo de un rato y me vestí deseando salir al exterior y enfrentarme por fin a lo que me había traído hasta allí: encontrar a Sarah.