Capítulo III
No discurras el presente,
ya que se diluirá en el tiempo futuro,
convirtiéndose pronto en el pasado.
Parpadeé como si despertara de un largo sueño plagado de pesadillas. La primera sensación que tuve es que estaban tirando de mis extremidades como en un caballo de tortura, la segunda, que eso era imposible. La tercera y única cierta, que me estaba ahogando. Abrí la boca y tragué agua salada, con lo que mi terror aumentó a cotas desproporcionadas. Manoteé con torpeza y en un acto desesperado de supervivencia pateé con ímpetu y emergí la cabeza. La lluvia me golpeó con fuerza en el rostro, pero pude respirar un soplo de aire cargado de humedad. Una ola me empujó con fuerza y la corriente me arrastró otra vez al fondo. Me deshice con movimientos bruscos de la cazadora que actuaba como plomo prendido a mi cuerpo y emergí de nuevo a la superficie con un impulso que me dejó agotada y me permitió respirar una sola vez. Comprendí con derrotado optimismo que lo que hubiera hecho no me había llevado más que a una muerte segura. Dejé mi cuerpo inerte, sin fuerzas para seguir luchando, y la propia corriente se encargó de acercarme hasta que pude posar la punta de los pies en arena. Me impulsé, saliendo a la superficie e intenté nadar hasta la línea oscura de la costa envuelta en bruma que percibía frente a mí. Nunca pensé que el mar pudiera herir de esa forma, miles de cristales se clavaban en cada poro de mi piel impidiéndome avanzar. Cuando pensé que ya no había futuro, una nueva ola me azotó la espalda, arrojándome sobre las piedras de la orilla. Gateé como pude hasta que me alejé del agua y, rendida, me desmayé.
Desperté al sentir una mano cálida sobre mi rostro. Intenté girarme pero no pude. No tenía ánimo suficiente, solo pude enfocar mi vista en la persona que se cernía sobre mí. Distinguí la silueta de un hombre enjuto, cuyos brazos parecían ramificaciones de un árbol viejo. Entorné los ojos para descubrir que una barba hirsuta le cubría gran parte de la cara. Su melena oscura y desordenada por el viento nacía de unas cejas tupidas de pelos ensortijados que se elevaron mostrando la sorpresa en sus ojos vivarachos.
–¡Un picto! –grité con la voz rota, asustada cuando reconocí la imagen en mi mente. Intenté levantarme para huir y lo único que conseguí fue caerme de bruces.
Me hice un ovillo sobre mí misma, como si eso pudiera defenderme de algo y comencé a temblar sin control. Ni siquiera pensé por un instante que podía recurrir a mi poder, en mi creencia racional todavía no tenía cabida que pudiera existir. El hombre emitió una risa cascada y me sujetó un brazo, lo que provocó que yo me retorciera intentando zafarme. Me miró con curiosidad y me propinó unos golpecitos en el hombro amistosos, lo que me pareció todavía más extraño. Me quedé paralizada, intentando asimiliar dónde me encontraba. En mi cerebro empezaron a aparecer ideas de mundos paralelos sin descubrir, agujeros negros, ciencia ficción y fantasía reunidas para dar algo de lógica a mi entorno. De repente gritó algo en un idioma que no entendí y que se perdió en el viento, para después, silbar con fuerza. Cerré los ojos ante el agudo sonido y escuché el sonido de pasos corriendo hacia mí. Los abrí para incorporarme levemente, temiendo ser ensartada por una lanza. La lluvia golpeaba con fuerza y me impedía ver con claridad al grupo de hombres inclinados sobre mí con inusitado interés. El terror no me permitía pensar con claridad, pero tampoco sabía qué pensar. Inmersa en una confusión paralizante, el sonido de una voz familiar me hizo volver la cabeza hacia un hombre alto. Y entonces lo vi. Un rostro conocido. Un rostro amable.
–Gareth –susurré alargando la mano hacia él, tan desconcertada que no me pregunté qué estaba haciendo allí.
Él se puso en cuclillas justo al lado de mi cabeza.
–Ese es mi nombre, mo nighean[1] –pronunció con suavidad en un inglés arcaico y tan cerrado que me costó entenderlo.
–Ahora lo sé, sé por qué la envié aquí –musité aferrándome a su mirada como si fuera una tabla de salvación.
Otro hombre se agachó junto a Gareth y desvié la vista hacia él. Se apartó el pelo blanco del rostro y me sonrió con calidez. Su rostro ancho y amable todavía dejaba entrever el atractivo de su juventud, pese a estar surcado por los estragos de una vejez prematura. Sus ojos marrones me transmitieron tranquilidad.
–Ya estáis a salvo, lady Magdalen –afirmó sonriendo.
–¿Quién es lady Magdalen? –pregunté con voz ronca sin despegar la vista de Gareth por si desaparecía, creyendo que él me aclararía por qué estaba allí rodeada de hombres que apenas hablaban un inglés comprensible.
Gareth chasqueó la lengua y se pasó la mano por el pelo, frunciendo el ceño. Lo miré inquisitiva pero no me contestó.
–¿Se habrá golpeado la cabeza? –inquirió otro hombre rascándose la barbilla cubierta por una barba cobriza.
–Es posible. Debemos llevarla cuanto antes al castillo, sino morirá de frío –ordenó el hombre mayor. Observé los rostros que me circundaban examinándome con total detenimiento. Y de pronto recordé que solo estaba cubierta por la delgada tela empapada de un vestido de lino que dejaba ver mucho más de lo que yo pretendía. Gareth me cubrió con una especie de manta de lana que todavía guardaba su calor. Me fijé en los vivos colores y después, con asombro, en los hombres que me rodeaban. ¿Por qué vestían kilt? Jamás había visto a Gareth de esa guisa, ni siquiera en las celebraciones del Military Tattoo. Sin darme tiempo a procesarlo, me cogió en brazos y me atrajo a su cuerpo. Mis piernas desnudas colgaban desmadejadas de su brazo derecho. Percibí a un joven barbilampiño que poseía unos ojos de un intenso color azul mirándome fijamente con estupor.
–¿Todas… todas las mujeres tienen las piernas tan largas? –barbotó en voz alta.
Los hombres rieron a carcajadas y yo enrojecí con brusquedad.
–No todas, pequeño Cailen, pero eres afortunado si encuentras una de ellas –contestó el hombre mayor pasando un brazo por sus hombros.
–Kieran es afortunado, Roderick –masculló entre dientes el joven, ofendido por las risas de sus compañeros.
–Bueno –respondió el que yo consideraba un picto, que por lo visto tenía voz y además ronca y profunda, dotada de una peculiar belleza–, no creo que él se sienta así, pero desde luego y, por lo que hemos visto, es probable que se divierta mucho en los próximos meses.
–¿Por qué? –preguntó de nuevo el joven con gran interés, lo que provocó una nueva oleada de carcajadas.
–Porque solo una mujer así rodeándote el cuerpo con sus largas piernas puede hacer que el tuyo tiemble hasta que no recuerdes ni tu propio nombre –respondió con seriedad el hombre llamado Roderick, haciendo que Cailen enrojeciera con violencia y yo gimiera junto al pecho de Gareth, a la vez que el nivel de las risas se elevó.
Cuando comenzaron a caminar, intenté mantenerme despierta el tiempo suficiente para reconocer el entorno, sin embargo, el agotamiento me venció y me quedé dormida en brazos de Gareth con toda mi confianza depositada en él.
Al despertar comprobé que me encontraba en una habitación pequeña de paredes de piedra, en una cama cálida con sábanas algo rasposas y de un color amarillento. Olía ligeramente a humedad y a turba ardiendo. Me quedé unos instantes inmóvil, observando frente a mí las llamas de la chimenea e intentando recobrar la consciencia completamente. ¿Dónde me encontraba? Parecía una estancia rudimentaria y considerablemente antigua, aunque mantenía la apariencia de ser un lugar utilizado de forma habitual. Alargué una mano sacándola del refugio cálido bajo los cobertores. Seguía teniendo el anillo y su color era azul cielo. Me encontraba ensimismada, atraída por el poder del anillo, cuando una voz de mujer me sorprendió.
–Veo que estáis despierta, lady Magdalen. ¿Os encontráis mejor?
Intenté girarme en la cama con esfuerzo. Sentía dolor en cada músculo de mi cuerpo, como si hubiera estado entrenándome para un triatlón. El agotamiento era extremo y ese simple movimiento me dejó jadeante. Enfoqué la vista en la mujer sentada en una silla junto a la cama. Estaba leyendo un pequeño libro encuadernado en piel negra con los bordes dorados. La observé con detenimiento y sin ningún tipo de decoro. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, atractiva, delgada y con el pelo negro recogido en un moño sobre la cabeza y cubierto por una pequeña toquilla blanca decorada con puntillas. Su atuendo lo completaba un sencillo vestido de lana azul claro con ribetes plateados.
–Hummm –fue mi ambigua respuesta, ya que no entendía por qué se empeñaban en llamarme por el nombre de otra persona ni dónde estaba realmente.
Ella sonrió y se inclinó sobre mí. Puso su mano blanca y delicada sobre mi frente y su sonrisa se hizo más amplia, hasta alcanzar sus ojos de un azul brillante.
–Ya no estáis febril. Es buena señal –afirmó reclinándose de nuevo sobre la silla que crujió bajo su peso.
–¿Quién sois? –pregunté con voz extremadamente ronca intentando adecuar el inglés moderno al modo de pronunciar de aquella mujer.
–Soy Elinor, la madre de Kieran –contestó como única explicación.
–¡Ah! –murmuré yo. Kieran, otra vez ese nombre. No pregunté quién era, ya que por lo visto todos daban por supuesto que lo conocía. Pero sí me pregunté qué haría él cuando me viera y comprobara que no era la tan nombrada lady Magdalen.
–Querida –su gesto se entristeció de repente–, tengo que comunicaros una triste noticia.
–¿Cuál? –inquirí graznando como un cuervo y temiéndome cualquier cosa.
–No hemos encontrado más supervivientes del naufragio. Hemos vadeado la costa la última semana y nada. Lo siento. Tiene que ser muy duro perder a toda vuestra familia de una forma tan trágica –alargó una mano y me cogió la mía apretándola con fuerza–, pero no os desaniméis, ahora ya estáis en casa. Vuestra nueva familia os ha estado esperando.
–¡Oh! –exclamé yo todavía más confusa. ¿Esperaba que me echara a llorar? ¿Qué gimiera desconsolada? ¿Qué mostrara entereza ante la demoledora noticia? No quería descubrirme por algo tan simple como no saber reaccionar.
–Ya veo vuestro aturdimiento –musitó ella acercándose un poco hacia mí, sonriéndome con calidez–. Será mejor que os deje descansando para que recuperéis fuerzas.
Asentí con la cabeza deseando quedarme sola y la observé mientras se levantaba y caminaba despacio hasta la puerta.
–Recordad una cosa. No estáis sola –dijo suavemente antes de partir.
No repliqué, pero aquella mujer se equivocaba: Sí que estaba sola. Más sola que nunca.
Suspiré y observé con más atención lo que me rodeaba con intención de ubicarme, sabiendo que el tiempo tenía un valor precioso. Era una habitación sencilla y pequeña. Pude escuchar el golpeteo de la lluvia en los paneles de cristal de la ventana a mi izquierda e intenté recordar cuándo comenzaron a utilizarse los mismos. ¿Siglo XVII o XVIII? En realidad dependía bastante del poder adquisitivo del propietario de la casa. Me erguí empujada por la ansiedad, llevándome la mano al pecho, temiendo que por la arritmia que sufría podía tener un ataque al corazón. ¡Por todos los santos! ¿Había sido capaz de traspasar la barrera de la cuarta dimensión? ¿Cómo demonios había enviado a Sarah hasta aquí? Aunque no era esa la pregunta que debía hacerme. ¿Por qué envié a Sarah a esta época en concreto? Y entonces recordé a Gareth, en realidad el hombre idéntico a Gareth y justo con el mismo nombre. ¿Sería un antepasado del novio de Sarah y por ello había sentido una especie de conexión enviándola dónde creí que no corría peligro? O quizá había creído que la enviaba con su propia familia solo que cientos de años antes. Recordaba discusiones explosivas entre ellos dos acerca de la probable independencia de Escocia. Ambos provenían del norte. O, y esa opción me ahogó por un instante, si como decía mi abuela tenía que aprender a canalizar mi poder y esta vez no lo había conseguido, enviándola a un destino peor. Me dejé caer contra la almohada casi al borde del llanto. Pero me negué a caer en el desánimo, estaba allí por un motivo y ese era encontrar a Sarah, así que volví a concentrarme en los datos que me ofrecía la vista.
Por lo que pude apreciar con una simple ojeada me encontraba en una pequeña fortificación de piedra, sencilla pero resistente a los ataques. ¿Construcción medieval? Era posible por la altura y estrechez de las puertas. Hasta yo tendría que agacharme para pasar.
El aspecto de los hombres que me habían encontrado era algo a tener en cuenta, pero tampoco me indicaba en qué fecha concreta me encontraba, ya que el kilt se utilizó desde tiempo inmemorial hasta su desaparición a mediados del siglo XVIII con el último Levantamiento Jacobita, el del cuarenta y cinco. Por lo tanto calculé que tal vez me encontraba a finales del siglo XVII, alrededor del año 1680 o 1690.
La cabeza me daba vueltas y me estaba empezando a doler con intensidad. ¿Dónde estaba Sarah? Tenía que haberse enterado del rescate de lady Magdalen, ¿podría sospechar que era yo? Por un instante, en el que terror aprisionó mi corazón estrangulándolo, me pregunté si habría errado la época y ella estuviera cien o doscientos años antes o después de donde yo había aparecido.
Intenté incorporarme de nuevo, pero fue inútil. Caí desmadejada sobre el colchón de plumas hundiéndome en mi pena y mi desconcierto. Estaba completamente agotada y débil. Solo ese esfuerzo hizo que jadeara buscando un aire que no llegaba a mis pulmones. Al fin, pese a intentar mantenerme despierta, caí en un sueño en el que la oscuridad me envolvió, devorándome.
Desperté al sentir un murmullo de voces rodeándome. Abrí los ojos con dificultad. Mis párpados pesaban como si tuviese dos piedras sobre ellos. Intenté enfocar al pequeño grupo reunido junto a la cama. No vi a Sarah y mi alma descendió unos kilómetros más hasta el averno. Sin embargo, sí reconocí a un hombre, más bien lo que era ese hombre regordete y calvo con un profuso bigote rubio. Un sacerdote.
–¿Me estoy muriendo? –susurré con voz enronquecida.
Escuché un tenue sonido de risas que fueron prontamente silenciadas por un gesto de Elinor.
El sacerdote se acercó y me cogió la mano con suavidad. Una mano callosa y áspera, pero cálida.
–No querida, mi encomienda aquí es celebrar vuestro matrimonio. Dios quiera que pasen muchos años antes de que os tenga que administrar la extremaunción.
–¡Matrimonio! –grité, aunque solo pude graznar con voz aguda–. ¿Y no puedo elegir?
–¿El qué? –preguntó desconcertado el sacerdote.
–El estar muriéndome –determiné cerrando los ojos.
Para mí la palabra matrimonio era otra que podía desaparecer del diccionario. Le encontraba el mismo sentido que a la palabra amor o familia. De hecho estaban intrínsecamente unidas por el mismo sentimiento de abandono.
Escuché una maldición pronunciada en gaélico del hombre que estaba situado de pie junto a la cabecera de la cama. Y más risas de los que nos rodeaban. Abrí los ojos de nuevo y los enfoqué en dos hombres que estaban un poco más apartados, eran Gareth y Roderick. El mayor le dio un codazo a Gareth haciendo que este se tragara la carcajada con una tos mal disimulada, pero aun así mantuvo el gesto divertido y cruzó una mirada con el hombre situado junto a la cama. No debió gustarle lo que vio porque torció el gesto y lo modificó a uno súbitamente serio.
–Bueno, comencemos –exclamó el sacerdote con gesto amable–. Lady Magdalen…
–No soy lady Magdalen –dije con voz un poco más clara y la mente bastante más confusa.
El sacerdote se giró sorprendido hacia Elinor.
–Está algo trastornada por… por el terrible accidente –explicó ella.
–Pero si la dama no está en condiciones, quizás… –se defendió el sacerdote.
–Continuad padre –una voz grave y ligeramente ronca habló por encima de mi cabeza–. Cuanto antes terminéis mejor. Sed breve.
Levanté la vista hacia el hombre que había hablado y me quedé petrificada. Él no me miraba, pero pude vislumbrar su perfil regio, de facciones fuertes y cinceladas, con el pelo ondulado que le llegaba hasta los hombros, de un color negro azulado. Pero no fue eso lo que me dio pavor, sino que sus ojos entrecerrados tenían el mismo color dorado que los de un guepardo. ¡Por todos los reyes Godos! ¡Me quieren desposar con el hombre que desea mi muerte! Tal vez no hubiera sido tan buena idea sobrevivir en el océano, prefería mil veces la muerte por ahogamiento que la que se me presentaba ante mí.
–¡No puedo casarme! –aullé–. ¡Con él no!
Solo entonces el hombre se giró para mirarme con un gesto de total enfado en su rostro ancho y serio.
–¿Y con quién se supone que deberías desposaros si no es conmigo? –preguntó con voz extraordinariamente lenta y profunda. Noté una vena palpitar en su cuello musculoso y cómo se tensaba todo su cuerpo.
Me retraje asustada en la cama y señalé con un dedo trémulo hacia dónde estaba Gareth.
–Con… con él –balbucí. Estaba claro que si tenía que elegir, elegiría al que me había salvado, no al que deseaba asesinarme.
Gareth me miró con gesto incrédulo.
–Gareth ¿hay algo que yo deba conocer? –señaló con brusquedad el hombre a mi lado.
–Yo… yo… la primera vez que la vi fue cuando la encontramos en la playa –afirmó confundido sin despegar sus ojos oscuros de mí.
El sacerdote nos miraba a uno y a otro sin decidirse por el novio. La novia sí que era inamovible, más que nada porque mi debilidad me impedía salir de allí corriendo.
–Padre, hoy se celebrará el matrimonio entre Kieran y Magdalen. No se hable más ¿lo habéis entendido? –fue Elinor la que habló con un tono de furia contenido observándome con detenimiento.
–¿Estáis segura, lady Magdalen? –me preguntó el sacerdote a mí ignorando a Elinor.
–No. No lo estoy, pero tampoco tengo muchas opciones, ¿no? Por cierto, no me llamo Magdalen, aunque supongo que eso no será muy importante, ya que tampoco conocía el nombre del novio hasta este mismo momento –señalé con sarcasmo.
El rostro de Kieran se posicionó justo frente al mío.
–¿No me recordáis? –preguntó sorprendido.
–No –repuse con brevedad, algo atribulada por el impacto que sufrí al ver de cerca su gesto varonil y ahora desenfadado. Tenía un marcado hoyuelo en la barbilla y mis ojos se dirigieron como un imán hacia él.
Roderick rio a carcajadas, pero Gareth, todavía conmocionado por mis deseos irrefrenables de desposarme con él, se mantuvo en silencio con la mirada perdida.
Una voz aguda e infantil nos interrumpió a todos.
–¿Por qué no queréis casaros con mi hermano? He oído comentar en las cocinas a una doncella que es capaz de haceros alcanzar el cielo. –Todos nos volvimos a mirar a la niña que no debía tener más de siete u ocho años con un rostro dulce enmarcado en el mismo pelo negro que su hermano y unos ojos azules abiertos y curiosos. Súbitas risas volvieron a rodearnos y Elinor susurró una orden a la pequeña en voz ronca que hizo que ella se quedara con el gesto contrito observándome. Pero el pequeño demonio todavía tenía algo más que añadir–: Además, no una sino varias veces en una misma noche. A mí me gustaría mucho que alguien me llevara hasta las estrellas para poder tocar su luz. ¿Por qué no queréis llegar al cielo? –inquirió con la inocencia propia de la infancia.
–Porque me gusta mucho más la tierra –contesté de forma mecánica.
Kieran calló las risas de nuevo con una maldición gaélica.
–Padre –abroncó–, empezad de una maldita vez.
El sacerdote, de súbito asustado por la intensidad del ataque, sujetó nuestras manos y las puso una sobre la otra. Me quedé tan quieta que podía haberme convertido en una escultura hierática egipcia, asombrada al comprobar el efecto de calor que provocaba en mi piel el contacto con la enorme mano de Kieran. Me abrasó, igual que su descendiente varios siglos después. Y me ruboricé, lo que todo el mundo pudo ver. Y esta vez las risas solo fueron sonrisas de complicidad de los unos a los otros.
–Kieran Finnegal Adair Mackinnon ¿Tomáis a…?
–¿Finnegal? ¿Pero que nombre es ese? Es horrible –exclamé sin poder contenerme. Estaba demasiado nerviosa como para pensar con claridad en cómo zafarme de aquella falsa boda.
–El nombre de mi padre –contestó Kieran haciendo más presión sobre mi mano.
–¡Ah! Lo siento, pero es horrible igualmente –me disculpé algo azorada. Por la mirada cargada de furia que me dirigió el susodicho mi disculpa no fue bien recibida.
–Yo, Kieran Finnegal –resopló– Adair Mackinnon, os tomo a vos, Magdalen. –Se silenció un momento y me miró enarcando una ceja.
Yo lo miré igualmente enarcando la mía. Como pretendiera que le dijera los apellidos de la tal Magdalen…
Masculló algo en gaélico ante mi terquedad y continuó.
–Magdalen…. hummm… Mackenzie de Sheasmuir como… esposa. –Aquí tragó saliva profusamente–. Para amaros, respetaros, protegeros y… –volvió a tragar saliva y yo observé con gesto perplejo el movimiento de su nuez de Adán en su fuerte cuello– seros fiel… –entrecerré los ojos y lo miré con furia, él me ignoró–, en la salud y en la enfermedad hasta… hasta que la muerte nos separe. –Y dicho lo cual me apretó tan fuerte la mano que yo emití un quedo grito, pero él no me soltó.
Todos los ojos se volvieron hacia mí. La actriz principal. Respiré hondo y apreté la mandíbula.
–Yo A… Magdalen Mack… Mack. –Me trabé con mi propio apellido.
–Mackenzie de Sheasmuir –susurró Elinor.
–Gracias –musité–. Magdalen Mackenzie de Sheasmuir os tomo a vos… Kieran Finnegal –respiré con dificultad y sentí su mirada sobre mí y su fuerza sujetando mi mano–, Adair Mackinnon como… como…, ¡merde! –exclamé sintiéndome incapaz de pronunciar la palabra. Noté todas las miradas reprobatorias centradas en mi persona y reaccioné con algo de dignidad–. ¡Esposo! –grité sorprendiéndolos y haciendo que pegaran un respingo–, para…para… –ni siquiera sabía cómo seguía el rito religioso– todo… todo lo que vos habéis dicho anteriormente –terminé con una sonrisa de triunfo.
Pude jurar que varios estaban mirándome con la boca abierta.
–¡Qué divertida! –aplaudió la niña de forma adorable. Yo la fulminé con la mirada, pero no conseguí intimidarla ni por un instante.
–Sea pues –nos interrumpió el sacerdote–. ¿Los anillos?
Roderick se acercó y le entregó a Kieran dos alianzas en plata. Este me introdujo la mía en el dedo anular de la mano derecha con rapidez, deseando terminar cuanto antes toda esa farsa. Yo hice exactamente lo mismo.
El sacerdote nos volvió a juntar las manos e hizo el gesto de la cruz sobre ellas.
–Lo que Dios ha unido que no sea separado por los hombres –sentenció.
Gemí ahogándome y Kieran resopló mascullando algo ininteligible.
Ya está. Todo había terminado. Pero no, me equivocaba.
–¿No la vas a besar, Kieran? Si no hay beso la boda no es válida. Lo escuché decir en… –Elinor volvió a silenciar a su hija pequeña y miró a Kieran con algo de súplica en sus bellos ojos azules.
Me giré hacia él y levanté la cabeza ofreciéndole mis labios de forma inconsciente. Él se agachó y me besó en la coronilla, para darme luego un par de palmaditas en la misma, como si fuera un cachorro que ha recogido un palo arrojado por su amo. Estuve a punto de emitir un ladrido como respuesta. Agaché la cabeza y mi gesto se tornó hosco.
Los asistentes se levantaron con lentitud, preparándose para salir de la opresiva habitación. Incluido el novio, que fue el primero en acercarse a la puerta.
–¿Y el banquete? –señalé con acritud obligándole a que girara el rostro.
Me observó un momento entrecerrando los ojos.
–Ordenaré que os suban un caldo de carne y algo de pan con mantequilla –contestó.
–¡Oh, vaya! ¡Qué generoso! –exclamé–. Podríais añadir por lo menos una botella de whisky, ¿no? –pedí–, ya sabéis, para celebrarlo.
Escuché nuevas risas masculinas y Elinor meneó la cabeza de un lado a otro. Pero Kieran no respondió. Todos se despidieron con la excusa de dejarme descansar. Un rato después una doncella me entregó una bandeja con un plato de loza que rebosaba un guiso de carne, una rebanada de pan untada en mantequilla y una botella de lo que presumí sería whisky. Me olvidé de la comida para centrarme en el líquido ambarino. Lo olisqueé y finalmente tragué tosiendo y haciendo que me lloraran los ojos. Al instante noté que la languidez me vencía.
–¡Por el santo sacramento del divorcio! –Levanté mi botella y brindé con el aire. Segundos después, me quedé dormida.
Desperté tras varias horas sintiendo una notable mejoría. Intenté levantarme de la cama despacio, cuidando cada movimiento, temiendo caerme al ponerme en pie. Me tambaleé como un barco a la deriva, pero no caí. Me acerqué a la ventana y apoyé una mano en el vaho que se había concentrado en el interior, dejando mi marca. Escruté el exterior. Una furiosa tormenta se desataba sobre el mar. Podía ver la costa rocosa a unos cien o doscientos metros.
Sabía que me encontraba en Escocia, sí ¿pero dónde exactamente? Mackinnon, ese era el nombre del clan y busqué en mis escasos recuerdos absorbidos de clasificar libros históricos en la librería donde trabajaba. Las Highlands. De eso estaba segura. Cerré los ojos e intenté recordar un plano antiguo que delimitaba el territorio de los clanes. Encontré al clan Cameron de Lochiel, los Macdonald de Keppoch, los Mackenzie de Leoch y los Campbell de Argyll, pero no recordaba a ningún Mackinnon. Tal vez se trataba de alguna rama menor de otro clan más numeroso. De repente recordé las palabras de Elinor. No había habido ningún otro superviviente en el paquebote que trasladaba a lady Magdalen y su familia hasta aquí.
¡Merde! No podía ser de otra manera. Me encontraba en la Isla de Skye, la más grande de las Hébridas, situada en la margen occidental de Escocia. El clan Mackinnon era el menos importante y numeroso de los tres Señores de la Isla, los otros dos eran los Macleod y los Macdonald por orden de importancia.
Borré mi marca de vaho sobre el cristal con algo de frustración. ¿Skye? ¿Es que no había otro lugar más lejano a Edimburgo? ¿Por qué aquí? Una voz sopló a mi espalda dándome la respuesta. Porque aquí no solo se encuentra el ascendiente de Gareth sino también del hombre de los ojos dorados, Kieran. Y por fin lo adiviné. Estaba aquí porque era el lugar donde comenzó todo. Ahora solo tenía que averiguar qué era todo, y además localizar a Sarah.
Noté la puerta cerrarse con un golpe suave y me giré bruscamente. Ante mí se presentó un duende. Un bello duende con facciones de ninfa con los ojos verde esmeralda y el pelo rojo flotando sobre ella como si tuviera vida propia. Me quedé mirándola algo sorprendida sin saber si era real o fruto de mi imaginación.
–Así que vos sois lady Magdalen –señaló con una voz vibrante y llena de dulces matices. Una voz hechicera.
Entrecerré los ojos percibiendo una amenaza implícita en cada sílaba. El anillo pareció enfurecerse y tironeó mi dedo.
–Eso dicen –contesté con brevedad.
–También dicen que os habéis desposado con Kieran.
La observé con detenimiento, podía tener el rostro de una ninfa, pero sus ojos brillaban con maldad. Su cuerpo menudo y excesivamente bien proporcionado se agitaba con respiración algo jadeante, no supe si por temor o por excitación.
–Es cierto –aclaré sin más comentario.
–Esa boda no debió celebrarse.
–¿Ah, no? ¿Y eso por qué? –Francamente, estaba intrigada.
–Porque él estaba prometido a mí y vos os interpusisteis en mi camino. En realidad, fue el dinero de vuestro padre el que lo hizo. Kieran me contó que erais oronda y con el rostro afeado por unas marcas de viruela que os esforzabais por ocultar con grandes capas de polvo de arroz –explicó acercándose un poco más a mí. Recordé que la esencia está contenida en frasco pequeño, así como también el veneno. Veneno que destilaba en cada palabra. Me pregunté si además de haberme casado con el hombre que quería asesinarme también lo había hecho con un idiota o con un corto de vista. Quizá de ahí le venía la curiosa costumbre de entrecerrar los ojos.
–Bueno –hice una pausa, no tenía ánimos de discutir con nadie y menos con aquella diminuta mujer claramente celosa y maledicente–, también os habrán informado de que yo tampoco estaba precisamente deseosa de desposarme con él.
Ella rio con musicalidad y asintió con la cabeza.
–Entonces me imagino que no os molestará conocer que en realidad a quien ama es a mí. –El efecto de sus palabras fue como un jarro de agua fría arrojado sobre mi cabeza. Algo que no entendí.
–¿Queréis que os felicite y os palmee la espalda?
–¿No estáis molesta por lo que os acabo de contar? –preguntó con gesto sorprendido.
–En absoluto –respondí demasiado deprisa–. Aunque debo reconocer que no os alegráis de que haya sobrevivido al naufragio. Por lo que veo no venís a felicitarme por mis esponsales.
Ella retrocedió un paso. Sus ojos volaban sobre mi persona analizando si mis palabras eran ciertas o fruto del disgusto ante su presencia. Con toda probabilidad estaba en lo cierto respecto a ambas suposiciones.
–Tenéis razón –afirmó con lentitud. Su velada confesión sobre la molestia que suponía mi matrimonio y sus deseos de verme ahogada en el océano no contribuyeron nada a calmar mi furia que estaba creciendo alarmantemente. Desvié mi vista hacia el anillo que relampagueaba igual de incómodo que su dueña.
–¿Queréis decirme algo más? –indiqué con acritud.
–Sí –contestó ella mirándome con fijeza–, no dejaré que alguien como vos se interponga entre nosotros.
–¿Me estáis amenazando? –inquirí con ira, apretando los puños, notando como una extraña y desconocida bola de poder creía en el centro de mi pecho a cada inspiración.
–¿Podría hacer eso con la esposa del laird Mackinnon?
–Estoy segura de que sí. Pero dejadme deciros una cosa –suspiré hondo–, no sabéis con quién estáis tratando, así que deberías cuidar de ahora en adelante vuestras palabras.
Ella respiró ahogándose y tragó saliva con indignación. El aire de la habitación se había vuelto opresivo y pesado, lleno de electricidad. Lo tuvo que sentir, al igual que yo.
–Podéis tener su apellido y su linaje. Pero yo tengo algo que vos nunca poseeréis. A él –apostilló deslizándose fuera de la habitación.
–¡Pues que lo disfrutéis! –grité a la puerta cerrada, aunque sé que escuchó mis palabras.
Me giré hacia la chimenea y me acerqué buscando el calor que la habitación de súbito helada me negaba. Me senté en el butacón festoneado en terciopelo color musgo hundiéndome en él, furiosa y desconcertada. Tenía la sensación de que todos intrigaban alrededor y no en mi favor. Lady Magdalen era considerada una intrusa desgraciada, pero que gracias a su patrimonio se había convertido en la afortunada esposa del laird. Miré el anillo, el cual todavía parecía percibir mi enfado. En ese estado iba a ser muy difícil concentrarme y encontrar a Sarah. Lamenté no tener más conocimientos en cuanto a historia escocesa para reconocer el entorno. Resoplé, mi especialidad eran los restos grecorománicos. Observé de nuevo el anillo, que se había oscurecido de repente hasta ser una piedra negra. Peligro. La joya me estaba avisando. Pero ¿de qué?
El sonido de la puerta volvió a sorprenderme. Estiré mi cuello para ver a mi nuevo acompañante. Eran dos hombres portando una enorme bañera de bronce. Les siguieron varias doncellas con cubos de agua humeante. La última de ellas depositó sobre la cama un largo camisón, varias toallas de lino, un pedazo de jabón oloroso y un peine de nácar. Salieron en silencio, igual que habían entrado, ignorando mi presencia.
Me pasé la mano por el pelo dándome cuenta por primera vez del desastrado aspecto que debía tener. Podía oler el sudor producido por la fiebre en mi cuerpo y el pelo aplastado contra el cráneo en una masa informe de rizos enredados por el salitre del mar. Agradecí a quien se hubiera acordado de mi aseo.
Me quité el desgarrado vestido de lino que llevaba arrojándolo a una esquina de la habitación y me sumergí con placer en la bañera. Me enjaboné y lavé el pelo. Envuelta en una toalla me senté junto al fuego y peiné mi larga cabellera hasta que volvió a ser la de siempre. Y me sentí mejor. A veces algo tan sencillo como un buen baño caliente puede hacer que veas las cosas con optimismo. Si tenía suerte, con algún comentario aquí y allá lanzado con deliberado descuido y atención, pronto me enteraría del paradero de Sarah si se encontraba allí. Desde luego su aspecto tenía que haber llamado la atención. Solo unos días más y podría regresar a mi vida normal. Me recosté con satisfacción en el butacón, hasta que noté que me estaba invadiendo el sueño. Me levanté con dificultad y me dirigí a la cama. Sobre ella reposaba el camisón de hilo blanco que me habían prestado. Era una pieza horrible. Largo hasta casi el suelo y cerrado al cuello con una profusa lazada. Por si aquello no fuera suficiente, estaba adornado con puntillas en los puños y en el bajo. Resoplando me lo pasé por la cabeza añorando las sencillas camisetas de algodón con las que solía dormir en Edimburgo y me acosté, quedándome dormida al instante.
Desperté sintiendo un peso sobre mi cadera. Una mano. Una mano ardiente. Su calor traspasaba la tela del horrible camisón quemándome la piel. Me quedé paralizada, fingiendo un sueño profundo. La mano avanzó con decisión subiendo por mis costillas hasta alcanzar la curva de un pecho. Indignada, me giré bruscamente mirando al portador de la mano con furia.
–¿Qué estás haciendo? –pregunté iracunda.
–Estoy cumpliendo mi deber como esposo –contestó Kieran con voz tranquila, clavándome sus penetrantes ojos.
–¿Y eso qué diablos significa? –inquirí algo perdida en su mirada.
–Consumación. Aunque tiene otros nombres, me parece el más adecuado para el momento –explicó él con voz cada vez más baja y ronca.
–¡Oh! ¡No! ¡Eso sí que no! –exclamé intentando apartarlo. Lo que fue inútil. Era como empujar un camión con un dedo.
–¿Me estás negando? –Tenía un claro gesto incrédulo.
–Por supuesto –afirmé preguntándome si también era algo sordo.
–No lo consentiré –abroncó casi rugiendo junto a mi rostro.
–Estoy todavía demasiado débil –susurré cambiando mi rostro por otro más compungido, llevándome la mano a la frente con gesto cansado.
–Yo te veo recuperada –señaló observándome con detenimiento.
La teoría de que era corto de vista se confirmó. Lo intenté de nuevo.
–Me duele la cabeza –gemí deseando que esa excusa sirviera esta vez.
–No lo creo –dijo él negando con la cabeza.
–No me apetece en absoluto. –Decidí ser sincera.
–¿Y quién te ha dicho que a mí sí? –inquirió él dejándome con la boca abierta. La cerré al instante sintiéndome insultada, aunque no podía entender el por qué me afectaba.
No encontré otra salida. Encogí las piernas y flexioné los brazos empujándole con fuerza para apartarlo de mí. No conseguí moverlo ni un centímetro, pero yo, del impulso, rodé hasta caer de espaldas al suelo de piedra.
Gruñí quejándome y me froté sin disimulo alguno la parte de mi espalda que perdía su casto nombre. Un rostro claramente divertido voló sobre mi cabeza.
–¡Auch! Eso ha tenido que doler –exclamó riendo Kieran.
Me levanté, recuperando con ello parte de la dignidad perdida, y me alejé hasta el butacón situado junto al fuego.
–¿Qué haces? –Escuché su voz con tono de sorpresa tras de mí.
–Voy a leer un poco. Me has desvelado –aseveré cogiendo un pequeño libro que reposaba en una mesita auxiliar de madera.
No entendí la maldición en gaélico, pero su intensidad me llegó de forma palpable y clara. Lo ignoré y me centré en el curioso libro abriéndolo por la primera hoja. Latín. ¡Merde! Estaba escrito en latín. Leí con algo de curiosidad. Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tuas… Dejé de leer. Era el Padrenuestro. No lo conocía ni en castellano, ni en francés, ni tenía ningún deseo de aprendérmelo en latín.
Me mantuve unos momentos con la mirada fija en el fuego que ardía lamiendo las paredes de piedra de la chimenea sin escuchar ningún otro ruido a mi espalda. Al fin decidí ser valiente y asomé tímidamente la cabeza por el borde del butacón. Comprobé como Kieran estaba posicionado boca arriba en el centro de la cama y respiraba con tranquilidad por los labios semi abiertos, como si fuera una estatua de un caballero medieval tallada en piedra. Tenía los brazos cruzados sobre su cuerpo. Solo le faltaba la espada. Aún así pude percibir que estaba desnudo, por lo menos de cintura para arriba, lo que indicaba que lo estaba de cintura para abajo, ya que no creí ni por un instante que se hubiera acostado con una capa de lana de más de ocho metros alrededor de su cuerpo.
Intentando hacer el menor ruido posible me levanté. En ese momento un tronco se rompió crujiendo y Kieran se agitó en sueños. Me quedé quieta sin dar un solo paso, conteniendo la respiración, hasta que el gesto de mi recién estrenado marido se serenó de nuevo. Me acerqué temerosa a la cama y observé su rostro a poca distancia. Dormido. Completamente dormido. Esbocé una sonrisa de triunfo. Por hoy estaba salvada. Me introduje en la cama quedándome justo en el borde sin que él notara mi presencia. Me relajé y pronto el sueño volvió a alcanzarme.
Un brazo de hierro me atrajo violentamente junto al cuerpo de Kieran haciendo que tanto ímpetu asustara a Morfeo que no volvió a aparecer.
–¿Creías que iba a dejarte escapar? –preguntó esbozando una sonrisa burlona justo encima de mi rostro.
Me retorcí con saña y lo único que conseguí fue quedarme todavía más encajada bajo su fuerte cuerpo. Lo miré asustada. Y él se irguió sobre mí apoyándose sobre sus brazos mirándome con franca curiosidad.
–Magdalen, ¿me tienes miedo? –inquirió con un susurro.
Asentí con la cabeza. En realidad no estaba asustada, estaba… estaba…, no sabía en qué estado de incomodidad me encontraba. Y eso me fastidiaba mucho. Demasiado.
–No tienes nada que temer. Puedo ser extremadamente suave cuando me lo propongo –aseguró con voz tranquila mirándome con intensidad. Yo me pregunté, observando su musculoso cuerpo de más de noventa kilos y una considerable altura cómo podría ser suave–. Pero tienes que entender una cosa. –Volví a la realidad y me concentré en su rostro–. Ahora eres mi esposa y no aceptaré una negativa por tu parte. Te tomaré como, cuando y donde yo lo desee. ¿Lo has entendido?
–A la perfección –asentí con una sonrisita irónica–. ¡Pero no lo comparto! –grité intentando huir arrastrándome.
Me sujetó con fuerza de nuevo y detuvo mi deserción para situarme bajo su cuerpo de nuevo.
–Por lo que veo no me lo vas a poner fácil –murmuró pensativo.
–¡Uf, menudo eufemismo! Te lo voy a poner imposible. Si intentas algo esta noche y las siguientes te patearé las pelotas hasta que no puedas ponerte en pie –le amenacé.
Él se quedó mirándome con gesto pasmado y después, comenzó a reír a carcajadas.
–¿Dónde demonios has aprendido ese lenguaje tan soez?
–De la sabiduría popular –afirmé, siendo cada vez más consciente del calor que emanaba su cuerpo y de las reacciones que provocaba en el mío.
–Bien, no me dejas otra opción –determinó, y de un tirón brusco rompió la lazada y parte del camisón, dejándome desnuda de cintura para arriba.
Protesté enérgicamente intentando volver a taparme. Sus manos atraparon las mías sobre la cabeza y no pude hacer otro movimiento. Respiré con jadeos, sintiéndome totalmente expuesta ante él. Y, curiosamente, excitada ante su escrutinio. Entonces, bajó su rostro y posó sus labios sobre los míos. Mi boca se cerró por instinto, pero aún así me sorprendió la suavidad y ternura de aquellos gruesos labios. Después, fue depositando un reguero de pequeños besos a lo largo de mi mandíbula, terminando en mi sien. Se detuvo y abrí los ojos para descubrir el brillante iris de tono dorado observándome con detenimiento. Fue deslizando su mirada con deliberada lentitud por el resto de mi cuerpo. Chasqueó la lengua.
–Te recordaba más gruesa –murmuró como para sí mismo–, y tu pelo era de un color más oscuro y creí que liso. No debí mirarte con la debida atención.
Su rostro se acercó al mío hasta que solo estuvimos separados por unos pocos centímetros, respirando el mismo aliento. Suspiré de forma inconsciente al sentir su aroma a salitre, humo y jabón.
–No tienes marca alguna en la piel –señaló con gesto sorprendido–, y tus ojos son… –Se acercó un poco más hasta que noté su respiración cálida en mi mejilla. Decididamente ese hombre estaba más ciego que un topo–. No son marrones, pero tampoco son negros. Son del color exacto de los valles de las Highlands en otoño. Eso es, con ríos de agua que les dan vida, aqua vitae. ¡Qué extraño! Siempre creí que los tenías azules. Era lo único bonito que recordaba de ti.
Entrecerré mis ojos como los valles de las Highlands con mucha, muchísima furia, la de un tornado. En realidad, no sabía si sentirme halagada o insultada.
Estaba a punto de mascullar un insulto cuando me asaltó de nuevo posando sus labios sobre los míos, esta vez, ejerciendo presión. Abrí la boca para protestar y solo conseguí dar paso a su lengua en mi interior. Boqueé buscando aire y su lengua jugó con la mía como el gato intentando atrapar al ratón. Gemí de forma involuntaria. Kieran podía ser un bruto, algo tonto, completamente ciego y probablemente sordo, pero tenía que reconocerle una gran cualidad. Sabía besar. Y muy bien, por cierto. Demasiado bien. Por lo visto tenía mucho entrenamiento a sus espaldas. Me relajé y atrapé con mis manos su pelo en la nuca haciendo que el beso fuera más profundo. Pareció sorprendido, pero también complacido.
Sus manos bajaron hasta mis pechos y los acariciaron con pericia haciendo que mis pezones se irguieran ante su contacto, pidiendo más. Lo noté sonreír contra mi boca y sentí un pequeño pellizco en uno de ellos. Emití un quedo grito que se perdió entre sus labios. Con una sola mano rasgó por completo el camisón dejándome desnuda bajo él. Sentí su piel ardiente sobre la mía, su peso, su fuerza y de forma nada racional levanté mis piernas para recibirle.
Noté su miembro erguido abriéndose paso en mi entrepierna, y me sorprendió comprobar que estaba dispuesta a recibirlo y con gran alegría, además. Suspiré de placer y bajé las manos siguiendo la línea recta de su columna vertebral hasta alcanzar su cintura. Las dejé ahí, quietas, esperando su siguiente movimiento.
Kieran abandonó mi boca que se quedó un momento desconsolada y atrapó un pezón con ella jugando con el botón erguido mordisqueándolo y chupándolo con intensidad. Me arqueé de forma involuntaria ¿o voluntaria? Ya no estaba tan segura. Mi mente estaba nublada y las sacudidas de placer que brotaban de mi vientre estaban haciéndome olvidar quién era yo, quién era él y cuál era mi propósito en esa tierra.
Abrí más las piernas y me deslicé hasta que tuve su miembro palpitante justo dónde lo deseaba. Él levantó la cabeza y me sonrió de forma ladeada. Con ambas manos alzó mis caderas y se introdujo en mi interior. Gemí de nuevo. Sus movimientos eran lentos y cuidados. Y por fin entendí que podía actuar con extrema suavidad. Pero no era lo que yo deseaba. Empujé con mi cuerpo deseando tenerlo por completo. Dudó un momento, sorprendido, pero finalmente embistió con fuerza. Yo gemí mordiéndome un labio y alcé las manos para sujetarme a su espalda.
Me abracé a mí misma. En cuestión de un segundo se había separado de mi cuerpo.
–¿Ya? ¿Ya ha terminado? –pregunté desconcertada y frustrada. Kieran podía saber besar, pero desde luego pasar a la siguiente fase se le daba bastante, bastante mal.
El susodicho pésimo amante se había levantado y estaba recogiendo su ropa tirada sobre una silla de madera con gestos bruscos y rápidos. Se giró hacia mí junto a la puerta.
–Tu padre me juró por su honor que no habías conocido varón. ¿Me puedes explicar dónde está tu virginidad? –preguntó con furia.
–¿Cómo? –inquirí yo a mi vez.
–Dime la verdad –abroncó entrecerrando los ojos de forma peligrosa.
Estuve a punto de gritar que mi virginidad estaba de vacaciones en el Caribe o que se había perdido en los albores del tiempo, pero me mordí la lengua a tiempo al ver su gesto hosco y sus grandes manos sujetando con fuerza la lana de su kilt.
–Emmm…. eso no es asunto tuyo –dije a falta de una respuesta mejor.
–Te equivocas, Magdalen. Lo es. Porque soy tu marido. No te tocaré hasta que no se demuestre que no llevas en tu vientre la semilla de otro hombre que no sea yo –y diciendo eso abandonó la habitación dando tal portazo que hasta las piedras temblaron.
¡Din don! Pensé yo de forma surrealista. El partido ahora se juega en campo propio. Esta vez estaba segura de que mi enemiga mensual me había salvado por los menos durante el tiempo que tardara en visitarme de nuevo. Con lo que no había contado es que me molestara tanto.
Me giré en la cama y di un puñetazo en la almohada de plumas que emitieron un pequeño ¡buf! Y ahora sí que me concentré solo y exclusivamente en dormir, intentando olvidar la sensación tan placentera que por un instante me había envuelto.
Desperté tiempo después. La habitación seguía en penumbra, pero sentí su presencia. Me incorporé sentándome en la cama. Lo vi apoyado en la pared de piedra, desnudo y erguido. Todo él. Mi mirada se quedó fija en un punto a mitad de camino de su cuerpo y abrí los ojos de forma desmesurada. Era un hombre grande. En todos los aspectos. Esperé con una ceja levantada a que él hablara.
–¿Conozco a tu amante? –preguntó con voz suave y a la vez ronca, como si le estuviera costando pronunciar cada palabra un dolor insoportable.
–No tengo ningún amante –afirmé con total sinceridad.
–¿Gareth?
–¿Qué?, ¡no!, ¡claro que no! He estado medio muerta durante días, ¿qué estás insinuando? –exclamé furiosa.
–¿Puedes jurar que no estás embarazada? –inquirió entrecerrando los ojos de tal forma que solo fueron una delgada línea luminosa en su rostro furioso.
–Sí –contesté–. Blanca y sin mácula.
Después de decir aquello me arrepentí y suspiré hondo al ver como su gesto se tornaba peligroso y flexionaba sus manos una y otra vez en un gesto mecánico.
–Es por eso que tu padre ofreció tanto dinero por tu dote, ¿verdad? Porque eres una mujer mancillada –enfatizó apretando la mandíbula.
–¡Imbécil! –estallé–. Tu amante me ha visitado esta tarde para informarme de vuestro amor compartido y ¿te atreves a juzgarme?
Me levanté y me dirigí hacia él sin importarme estar tan desnuda como él.
Kieran pareció sorprenderse y sus ojos se abrieron levemente.
–¿Mi amante?
–Sí, la ninfa con cabellos de fuego y lengua viperina ¿la reconoces?, ¿o es que hay varias? –grité bastante alterada, acusándole con un dedo en el centro de su pecho.
–La conozco –dijo esbozando una sonrisa burlona.
Resoplé e intenté golpearlo en la cara. Él alcanzó mi mano y me retorció el brazo detrás de la espalda. Nuestros cuerpos desnudos se juntaron y ambos sentimos el calor abrasador que nos envolvió. Me besó con furia y yo le respondí de la misma forma. Trastabillamos hasta caer sobre la cama. Lo atraje hacia mí y él me arrastró bajo su cuerpo. No hubo preliminares. No los necesitamos. Sentí placer al primer embate. Me arqueé con fuerza gimiendo y rodeándolo con mis piernas. Él impuso el ritmo, un ritmo duro y sin piedad. Yo le seguí de igual forma sintiendo que temblaba bajo su ímpetu y su fortaleza. Llegué al límite del dolor, y el placer fue tan inmenso que grité perdiéndome en su intensidad. Él emitió un gruñido que sonó como un grito de guerra ancestral y se dejó caer sobre mi cuerpo.
Ambos respirábamos con jadeos, cubiertos por sudor. Giré mi rostro hacia su cabello enterrado en mi hombro. Aspiré su olor a salitre y humo, percibiendo por primera vez que me era familiar. ¿Por qué? ¿A qué me recordaba? Mi mente confundida pronto lo olvidó. Kieran rodó hasta situarse a mi lado. Antes de caer dormido escuché su voz susurrándome al oído.
–Hechicera.
Me tensé involuntariamente y si él lo percibió no dio muestras de ello. Me sujetó con fuerza por la cintura y me atrajo hacia su cuerpo. Y por fin Morfeo viendo que ya no corría peligro se apresuró él también a abrazarme.