Capítulo IV

 

El pasado está en el camino transcurrido,

el presente en los hechos

y el futuro a la vuelta de la esquina.

 

 

Desperté al sentir luz en la habitación. Parpadeé para liberarme del sueño y bostecé audiblemente. Escuché una risa ahogada a mi espalda y me giré con brusquedad. Me había olvidado por completo de con quién compartía la habitación y más en concreto, la cama. Y sobre todo había olvidado lo demás que habíamos compartido durante parte de la noche. Y esta vez gemí cerrando los ojos.

«¡Cómo he podido ser tan estúpida!» Me mortifiqué abriendo los ojos a mi triste destino. Me había dejado llevar como una adolescente excesivamente hormonada. Kieran me observó con curiosidad mal disimulada.

–¿Qué te sucede? ¿Te encuentras enferma de nuevo? –preguntó con gesto algo… algo ¿preocupado?

–No. Solo es el efecto del arrepentimiento carnal –especifiqué.

Él se apartó como si lo hubiera abofeteado.

–Pues espero que te acabes acostumbrando. Porque no va a ser la última vez –amenazó roncamente.

–Eso me temo –expresé con pena–. Eso me temo –repetí más para mí misma que para él.

Por su rostro cruzó una sonrisa de suficiencia que desapareció con prontitud, volviendo a surgir el gesto serio que solía lucir desde que lo conocía. Se levantó de un salto y se pasó por los anchos hombros la camisa blanca de lino, después se agachó. Yo me erguí observándolo con curiosidad. Extendió el plaid en el suelo y lo prensó hasta crear los suficientes pliegues para rodear su cuerpo. Se tumbó sobre él, se cernió el cinturón de cuero y colgó el sporran. Se pasó la tela restante por su hombro izquierdo y se prendió el broche de plata sobre su corazón. Siempre me había preguntado cómo conseguían vestirse y frente a mí tenía la respuesta. No entendía como no se habían rendido a la comodidad de los pantalones.

–¿No te vas a levantar? –inquirió mirándome y sacándome de la súbita ensoñación.

–¿Qué? ¿Para qué? –murmuré algo despistada.

–Me imagino que te apetecerá desayunar. Si no te encuentras todavía en condiciones de bajar pediré que te suban algo –dijo como toda explicación.

–Ah, no, me levantaré –afirmé. Tenía que aprovechar para investigar.

Miré mi cuerpo desnudo y luego levanté la cabeza para ver su rostro de nuevo sonriendo. ¿Qué demonios le hacía tanta gracia?

–No tengo nada que ponerme –señalé.

Él inclinó la cabeza sobre la silla. Miré en esa dirección y vi que me habían dejado lo que parecía un vestido y algunos complementos de la vestimenta femenina de la época. Me incorporé tapando mi cuerpo con la sábana. Él se cruzó de brazos, apoyándose en la pared, observándome con intensidad. Cogí la ropa y la acerqué a la cama. Separé las piezas. Parecía una camisa larga apenas decorada con puntillas y de lino blanco. Unas enaguas grises. Otro par de enaguas de tejido más tosco. Unas medias de lana y finalmente el vestido junto con un corsé de varillas de hueso de ballena. Y esta vez sí que añoré mis viejos vaqueros desgastados. Me enfrenté al amasijo de ropa como si diseccionara una rana en un laboratorio. Es decir, con el mismo reparo y con la misma torpeza. Ni siquiera sabía por dónde empezar. ¿La camisa iba por dentro o por fuera de las enaguas? ¿Y cómo demonios se sujetaban las medias a las piernas? Por no hablar del corsé y del corpiño que lo cubría. Tenía tantos lazos que eso parecía la trenza de Rapunzel. Antes de terminar de vestirme habría llegado la hora de la cena.

–Hummm…, ¿te importaría ayudarme? –susurré algo avergonzada.

–¿Cómo? –Él se irguió de repente.

¡Vaya! Había olvidado que era algo sordo.

–¿Que si te importa ayudarme? –indiqué en voz alta y marcando cada sílaba.

Me miró con estupor.

¡Vaya! Había olvidado que también era algo corto de mente.

Sin embargo, se acercó con lentitud a mí. Cogió la camisa y me arrancó de un solo golpe la sábana que me cubría. Fui a protestar pero su gesto enfadado me instó con prudencia a que me mantuviera en silencio. La pasó por mi cabeza como si estuviera vistiendo a una niña. Después sujetó entre sus grandes manos la enagua más delicada y se agachó. Yo me quedé mirando su cabeza esperando instrucciones.

–Levanta un pie –farfulló.

–¡Ah, claro! –contesté obedeciendo.

Me introdujo la enagua y la pasó por encima de la camisa. Luego me ordenó sentarme en la cama y cogió una de las medias de lana gruesa. Esta vez le ofrecí la pierna sin que tuviera que indicar nada. Con deliberada lentitud desenrolló la misma hasta que estuvo a medio muslo. Comencé a sentir un calor abrasador. Sujetó un lazo de seda con las dos manos y lo pasó por el borde la media cerrándola con una lazada doble. Respiré de forma agitada y un gemido leve se escapó furtivamente de mis labios. Él levantó la cabeza y me miró entornando los ojos.

–Ya puedo seguir yo –le dije con brusquedad, arrancando de sus manos la otra media.

Él se mordió un labio y se levantó apartándose de mí un metro para seguir observándome. Me la puse con mucha menos gracia y sensualidad que él, pero con el mismo resultado. Cubría mi pierna y eso bastaba. Me levanté de un salto y me puse la siguiente enagua, luego me quedé mirando el corsé con cara de circunstancias y me rasqué la cabeza. ¿La parte con los lazos iba a la espalda o atada al pecho?

–Trae –suspiró él con hastío cogiendo el objeto de tortura.

Me hizo girarme y lo pasó por la cabeza. Por lo visto se ataba por delante. Apretó con tanta fuerza que mis pechos asomaron peligrosamente por el borde estrangulados. Él se quedó con la mirada fija en los mismos durante bastantes segundos, respirando de forma entrecortada. Me aparté con algo de temor. Él cambió el gesto a uno de total indiferencia y cogió el vestido en lana verde para pasarlo por mis brazos extendidos. Yo lo ajusté a mi cuerpo e intenté atarme el corpiño. Me hice un nudo con uno de los extremos y mascullé algo muy desagradable. Él suspiró, me apartó las manos con suavidad y procedió a atarme una hermosa y recta lazada.

–Mira, Magdalen –expresó de forma pausada–, puedo entender que estés acostumbrada a tener una doncella que se encargue de estos menesteres, pero ya no estás en tu hogar. Mi casa no posee esos lujos y no puedo pagar a ninguna mujer para se encargue de acompañarte. Tendrás que aprender a hacerlo por ti misma.

Lo miré estupefacta. ¿Doncella? Ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Que yo recordara, me vestía sola desde que tuve edad para mantenerme en pie. Me sentí insultada y a la vez sentí algo de compasión por él. Parecía realmente apesadumbrado de confesar que su clan era bastante humilde.

Siguiendo un impulso le sujeté el brazo. Ni siquiera llegué a abarcarle el musculoso bíceps. Lo apreté en un gesto torpe de entendimiento mutuo.

–No importa. No necesito ninguna doncella –afirmé. No podía explicarle el por qué no sabía cómo vestirme, así que no pude ofrecer ninguna otra respuesta–. ¿Vamos?

Él me miró taladrándome con sus ojos dorados, valorando si mis palabras eran sinceras.

–Deberías calzarte primero –indicó con gesto serio.

–¡Ah, ya! –Me sentí algo tonta. Miré los sencillos escarpines de piel marrón. Eran iguales–. ¿Cómo sabes a qué pie pertenecen? –pregunté con exagerada curiosidad.

–Son nuevos. Lo sabrás cuando tomen la forma de tus pies. Ahora puedes calzártelos en el que quieras –explicó dejando ver un gesto extraño.

Disimulé mi torpeza y me calcé, gimiendo por mis pobres pies. Prefería ir descalza. Pero claro, eso no hubiera sido propio de una dama.

–Ya está –dije con una expresión de triunfo.

Él no mudó el rostro, solo se dirigió hacia la puerta. Yo lo seguí con gesto enfurruñado. Salimos a un pasillo estrecho y oscuro. Varias antorchas estaban colgadas cada pocos metros, pero ninguna estaba prendida. Me sujeté a su brazo adecuando la vista a la penumbra. Él pegó un respingo, pero lo flexionó para que yo me sujetara con más comodidad. Llegamos a las escaleras. De caracol. Unas malditas escaleras de caracol en piedra desgastadas por el continuo uso. Me mataría, estaba segura de ello. Si no era ese día, sería al siguiente. Sobre todo con esos zapatos infernales. Me sujeté con más fuerza y comenzamos el descenso. ¡Merde! Había olvidado que tenía vértigo. Las escaleras de caracol me daban vértigo.

–Tranquila Magdalen, me estás clavando las uñas. No te caerás. Yo te sujeto –aseveró él con voz suave y tranquilizadora.

Y le creí. No tenía otro remedio. Era eso o rodar como una albóndiga escaleras abajo.

Bajamos dos pisos y llegamos a un rellano decorado con varios tapices de caza que colgaban de las paredes dándole al menos algo de calidez a la frialdad de la piedra. A mis fosas nasales llegó el aroma de pan recién hecho y olfateé como si fuera un sabueso. Ambos seguimos el olor con rapidez e igual de hambrientos. Kieran abrió una pequeña puerta de madera escondida tras las escaleras y me dio un leve empujón para que entrara yo primero. Lo hice sin vacilar. Y de repente me quedé completamente quieta.

–¡El picto! –exclamé asustada y me giré para salir huyendo. Me tropecé de frente contra el pecho de Kieran. Él me sujetó de un brazo y me obligó a mirarlo.

–¿Se puede saber qué te sucede? –preguntó enfadado.

–¿No es peligroso? –inquirí dudando.

–¿Aluinn? No. De momento no ha envenenado a nadie. Es nuestro cocinero –explicó algo extrañado.

–¿Aluinn? –Me giré para mirar al susodicho. Su nombre significaba hermoso–.Vuestros padres tenían un curioso sentido del humor –dije corroborando mi ausencia de filtro social.

Recibí un pequeño pescozón en el trasero y me giré de nuevo hacia Kieran, indignada. Él se encogió de hombros. Y de repente una risa musical llenó la estancia. Volví mi rostro y me quedé embobada mirando a aquel hombre que parecía la reencarnación del eslabón perdido riéndose a mandíbula batiente. Tenía una sonrisa preciosa. Sus dientes podían ser los de un anuncio de dentífrico, blancos e iguales. Y resultaban sorprendentes enmarcados en un rostro tan… tan… difícil de ver.

–Milady, estoy a vuestro servicio. ¿Qué puedo ofreceros? –pronunció inclinándose en una reverencia perfecta.

Lo miré estupefacta. ¿Milady? Él malinterpretó mi gesto.

–Si lo deseáis puedo hacer que os envíen algo a vuestra habitación o al salón principal –sugirió.

–No será necesario. Gracias –acerté a decir y me acerqué tímidamente a la mesa central de madera, gastada y con grandes marcas de cuchilladas sin pulir.

Kieran me siguió y rebuscó algo en una de las alacenas. Sacó un par de manzanas y un trozo de queso.

–¿Te vas? –le pregunté algo temerosa de quedarme a solas con aquel extraño hombre.

–Tengo trabajo que hacer. Aquí eso es lo único que siempre sobra –afirmó como única explicación. Por supuesto no hubo beso de despedida, simplemente un gesto de la mano. Me sentí de súbito abandonada. Y no me gustó nada la sensación.

–Acabo de hornear una bandeja de scones, ¿os apetece probarlos? –indicó Aluinn sacando del horno de leña una bandeja de metal ennegrecido con unos veinte panecillos de maíz cubiertos de pasas.

Mi estómago rugió como respuesta. Él sonrió con satisfacción.

–Ya veo que sí –dijo y dejó la bandeja en la mesa. Se acercó a un aparador y sacó una jarra, cogió un vaso de peltre y escanció cerveza. La depositó junto a la bandeja de dulces.

Me senté en un pequeño banco de madera y cogí un pequeño scone con algo de suspicacia. Soplé para enfriarlo y mordí dubitativa. Al instante se deshizo en mi boca y gemí de placer.

–Está delicioso.

Suspiré una vez que tragué. Lo acompañé con la cerveza y al poco rato empecé a sentirme mucho más relajada. Aluinn agradeció con un gesto mi comentario y siguió trajinando. Me pregunté cuándo acabaría su trabajo. Probablemente al acostarse.

–¿Cuántos viven en el castillo? –inquirí.

Él contestó sin mirarme.

–Depende de la temporada. Ahora en verano son menos. Unos veinte o veinticinco. En invierno podemos llegar hasta los cuarenta –explicó.

–¿Son bien recibidos los extranjeros? –pregunté pensando en Sarah. Estaba segura de que Aluinn conocía todo lo que sucedía en el castillo.

–Depende de cuales –contestó. Yo maldije por lo bajo. Los escoceses siempre eran cordiales y amables, pero cerrados como ostras cuando percibían algo extraño.

Pensé en cómo enfocar la cuestión. ¿Qué debió hacer Sarah cuando llegó? Era una mujer inteligente y repleta de recursos. Sin embargo, su imagen con su rostro golpeado, me acometió de improviso. ¿Habría intentado demostrar sus conocimientos de alguna forma?

–¿Vive cerca de aquí alguna curandera? –intenté de nuevo, pensando en que aquella podía ser la opción más plausible.

–¿Por qué lo preguntáis? –Él se giró a mirarme y supe en quién estaba pensando. Conocía a Sarah–. ¿Os encontráis de nuevo enferma? Yo puedo apreciar vuestra notable mejoría.

Había evitado con cuidado el tema y me pregunté qué ocultaba realmente. Pero debía dejar el asunto abandonado por el momento. No podía descubrir mi interés antes de que él confiara en mí.

–No, era simple curiosidad –expresé acompañando mis palabras con un gesto de la mano para darle poca importancia.

–No obstante, si enfermáis, es Elinor quien conoce los ungüentos y sabe coser heridas. Debéis acudir a ella –dijo zanjando la conversación.

–Gracias. Lo tendré en cuenta –murmuré cogiendo mi segundo scone.

Permanecimos varios minutos en silencio. Yo seguí comiendo, bebiendo y él trabajando. Me sentía un poco inútil y torpe. No tenía ni idea de lo que se esperaba que hiciera. Por lo visto, nada. Fijé mi vista en un aparador cubierto por una vidriera algo desconchada. Algo dentro llamó mi atención. Me levanté y me acerqué para observarlo con detenimiento.

–¿Os gusta? –preguntó Aluinn haciendo que yo pegara un respingo.

–Sí, es precioso –señalé observando el tablero y las piezas de ajedrez escondidas tras unas fuentes de cerámica decoradas con flores de lis.

–¿Sabéis jugar? –inquirió acercándome a mí.

–Ummm…, no muy bien –contesté. Durante la Universidad había intentado aprender y me había apuntado a una competición por Internet. Finalmente me ganó un noruego que vivía en Hong Kong.

–¿Os apetece una partida? –sugirió él brillándole los ojos.

–Sí, claro. Aunque soy bastante inexperta –insinué–, con toda probabilidad resultará aburrido.

–No lo creo –contestó él riéndose–. Vamos, cogedlo e id colocando las piezas.

Hice lo que me ordenó. Cogí con reverencia aquella obra de arte entre mis manos. Las piezas estaban talladas en marfil. Resultaban delicadas y a la vez ferozmente hermosas.

–Siglo XV. Francés –aventuré susurrando.

–Francés sí. Lo trajo Kieran de uno de sus viajes al Continente, pero no sabría asegurar de cuando es con exactitud –exclamó Aluinn mirándome con más detenimiento.

Fruncí los labios. Quizás había hablado demasiado.

–¿Empezamos? –propuse con una sonrisa haciendo que él olvidara mi comentario.

El tablero estaba colocado en el centro de la mesa de madera y pronto me olvidé de lo que me rodeaba para concentrarme solo en prever los movimientos de Aluinn y pensar en los míos. A la vez que seguía comiendo scones y bebiendo cerveza. Y cada vez veía todo con más claridad. Esa cerveza debía tener poderes mágicos, como yo, por otro lado, pero en ese momento ni lo recordaba.

Mientras el tiempo pasó, hombres y mujeres desfilaron por la cocina trasportando bandejas de carne asada y verduras horneadas. Y Aluinn siguió cocinando y yo seguí ignorando a cuantos me miraban sorprendidos, concentrada en la partida, mis scones y mi cerveza.

Levanté la vista ante la repentina quietud de la cocina. Aluinn observaba con fijeza la puerta. Yo estaba de rodillas sobre el banco de madera y había extendido todo mi torso sobre la mesa acercándome de forma peligrosa al tablero de ajedrez mientras me balanceaba al son de una melodía que estaba tarareando.

–Kieran, deja de mirar el trasero de tu mujer como si fuera la primera vez que ves uno –indicó con sorna el cocinero.

Me giré sorprendida y tuve que agarrarme a los bordes de la mesa para no caer. La cabeza comenzaba a darme vueltas de campana girando como en una montaña rusa, pero no podía perder la concentración. Estaba esperando un movimiento de Aluinn.

–¡Shhhss! –le ordené a Kieran. Él me miró estupefacto. Yo lo ignoré.

Aluinn se acercó con lentitud y se rascó la barbilla, pensativo. Crucé los dedos. Finalmente movió pieza.

–¡Ja! –exclamé haciéndome con su reina–. ¡Jaque mate! –dije y esbocé una gran sonrisa de triunfo.

Kieran se había situado junto a Aluinn y me miró entornando los ojos. Pobre, no veía bien, además como resultaba algo corto de mente no entendería los entresijos de un juego como el ajedrez.

–He ganado –le expliqué.

Kieran no contestó, solo dirigió una mirada cargada de intenciones al cocinero. Este se encogió de hombros y le dio unas palmadas en la espalda.

–Te felicito, Kieran. Eres un hombre afortunado, y no lo digo solo porque la viera casi desnuda en la playa –murmuró con un suspiro.

Lo miré con los ojos cargados de furia y de alcohol.

–¿Por qué decís eso? –barboté con gesto hosco.

–Porque solo una persona en treinta años ha podido ganarme al ajedrez –aclaró él con una sonrisa divertida.

–¿Ah, sí? ¿Quién? –pregunté deseando conocer a la persona en cuestión.

–Lo tenéis delante de vos –indicó.

–¿Kieran? –inquirí sorprendida.

–El mismo –contestó el mencionado frunciendo los labios.

Y me quedé sin palabras. Literalmente. La cerveza se me subió a la cabeza haciendo burbujear mi cerebro y distrayendo a mis neuronas que se preparaban para una fiesta after hours.

–Vamos –dijo cogiéndome del brazo–, es muy tarde.

–¿Tarde? –lo miré confundida–. Pero si todavía no he comido.

–¿Aluinn? –inquirió al cocinero que soportaba a duras penas una sonrisa en su extraño rostro.

–Dieciocho scones y siete vasos de cerveza –respondió ya riendo sin disimulo alguno.

–¿Tanto? –exclamé. No podía ser cierto. ¿Cuánto tiempo llevaba allí?

Kieran me leyó la mente.

–Está anocheciendo –señaló.

–¡Ah! –murmuré bajándome del banco. Trastabillé y estuve a punto de caer. Tropecé de nuevo contra el pecho de Kieran, que me sujetó con ambas manos.

–¡Dhia cuidich mi! –susurró mirando al techo.

–¿Y eso qué demonios significa? –inquirí mirando a uno y a otro.

Ambos me observaron extrañados. Demasiado tarde recordé que yo debía conocer el gaélico, del que por cierto no sabía ni una letra. Me mordí un labio mortificándome.

–Dios, ayúdame –tradujo Aluinn sin despegar sus ojos de mi persona.

Kieran me sujetó con fuerza de un brazo y me arrastró fuera de la cocina.

–¡Eh! ¡Espera! ¿Y mi premio? –inquirí girándome para volver al refugio cálido junto al tablero de ajedrez.

–Yo me encargaré de darte el premio que te corresponde, Magdalen –murmuró Kieran junto a mi oído–, en nuestros aposentos.

Me erguí todo lo alta que era, aun así solo le llegaba al hombro, y lo miré con los ojos empañados intentando enfocarlo. Vi su sonrisa irónica y desafiante. Y me vi arrastrada escaleras arriba por un furioso escocés, temiéndome que mi premio fuera en realidad un castigo.

Entré en la habitación todavía tambaleándome. Me acerqué al fuego de turba que alguien había tenido la consideración de encender para caldearla. Noté que él se acercaba por detrás y de improviso me rodeó la cintura. Me giré sorprendida.

–¿Qué haces? –mascullé con indignación. Él me miró con intensidad candente y me fijé en que un pequeño rizo le caía sobre la frente tapando una ceja oscura y arqueada ante mi pregunta. Tenía unas pestañas negras y tupidas. Unas pestañas que cualquier mujer hubiera matado por tener. Entre ellas, yo misma. Sin embargo conseguían dulcificar un poco su rostro serio y contrito.

–Te ofrezco tu premio –susurró completamente serio.

–No… no es esto lo que esperaba –acerté a decir.

Él me ignoró y subió las manos hasta cogerme el rostro y obligarme a mirarlo. Me observó con detenimiento.

–No lo entiendo –explicó con voz pausada y lenta–. He estado todo el día deseando volver a tenerte entre mis brazos. Eso no me había sucedido nunca con una mujer. ¿Me has hechizado?

Me aparté dándole un empujón en el pecho. ¿Hechizado? Comencé a sentir algo de miedo, que disimulé con una risita nerviosa que brotó de mis labios sin intención.

–¡Oh, sí! –dije–. Abracadabra, pata de cabra, si no me amas hoy lo harás mañana –continué en castellano y luego ante su gesto sorprendido cambié al inglés. Pobre, seguro que no conocía más lenguas que las de su tierra–. ¿Ha funcionado? –pregunté–. ¿Estás completa y profundamente enamorado de mí?

–No –fue su rotunda respuesta.

Retrocedí como si me hubiera golpeado y tragué saliva acompañada de todo mi orgullo que cayó como un peso de plomo hasta el fondo de mi estómago.

–Pero me gustas –afirmó con suavidad acercándose de nuevo–. Mucho –añadió. Y diciendo eso se inclinó sobre mi boca y me besó.

Intenté apartarme y protesté con energía.

–¡No quiero!

–¿Y por qué estás sujetándome el pelo como si no pudieras apartarte de mí? –inquirió separándose solo unos centímetros.

Solté mis manos traicioneras y las escondí tras mi espalda.

–Para… para… no caerme –balbucí.

Él rio de forma carcajeante y yo lo miré extasiada. Su risa ronca y profunda cambió por completo el gesto de su rostro. Sus labios gruesos se curvaron haciendo que el gracioso hoyuelo se le marcara en la barbilla nítidamente, mostrando una dentadura perfecta. Podía ser algo tonto, ciego y sordo, pero tenía una sonrisa preciosa. Y todos los dientes, por lo que pude comprobar, que era algo a tener en cuenta dada la época en la que me encontraba. De repente me acordé de algo.

–¿Cuántos años tienes?

Él parpadeó y frunció el ceño.

–Cumpliré veinticinco el próximo noviembre ¿por qué?

–¿Tienes veinticuatro años? ¡Por Wenceslao! ¡Eres un niño! –exclamé.

Él se apartó un metro y cruzó los brazos sobre su pecho mostrando su enfado.

–¿Ves algo infantil en todo mi cuerpo? –inquirió roncamente.

Lo observé con detenimiento.

De arriba abajo.

Parándome en los sitios más importantes.

No descuidando nada.

Ni un solo detalle.

Y tuve que rendirme a la evidencia.

–No. No veo nada –contesté pesarosa. Aún así yo le sacaba casi tres años. Tres largos años. ¿Por qué me importaba tanto cuando solo iba a permanecer allí el tiempo suficiente para encontrar a Sarah?

–Bien. –Pareció quedarse conforme–. Entonces, continuemos. Puedes ir desnudándote. Te espero en la cama.

Enarqué una ceja en su dirección con total enfado. Me había equivocado. Sí tenía algo pequeño, el cerebro. Y algo enorme, el ego. Lo que era una mezcla muy peligrosa.

–Pues espera, cómodo y calentito, porque voy a tardar bastante rato en acudir a tu llamada –repliqué.

–¿Cuánto? –preguntó él mientras se soltaba el broche dejando caer el plaid a su espalda.

–Nunca –determiné.

Lo observé apretar fuertemente la mandíbula y mascullar algo muy desagradable en gaélico. Se acercó a mí y yo retrocedí como un cervatillo acorralado. Acabé pegada a la pared.

–Magdalen –dijo él apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza–, ya te dije ayer que te tomaría cuando, como y donde decidiera. Y es ahora y aquí.

–¿Te atreverías a forzar a una mujer? ¡Bruto! –exclamé jadeando.

–Eres mi esposa, te guste o no. No te forzaré, porque puedo ejercer todo mi derecho sobre ti –aseguró con voz ronca y profunda. Noté cómo enrojecía de forma furiosa.

–No cooperaré. Nada en absoluto. Haré que te canses de mí esta misma noche –amenacé.

–Lo dudo. –Una sonrisa demasiado sensual asomó a su rostro.

–¿Por qué? –pregunté fijando mi mirada en la suya.

–Porque eres de las que luchan, de las que se retuercen, de las que se arquean, gimen, gritan y se entregan por completo –aclaró con voz extraordinariamente lenta.

Enrojecí con violencia.

–Por lo visto tienes bastante experiencia –señalé con indudable sarcasmo.

Él no se arredró ni por un momento.

–¿No creerías que era virgen?

–No, pero desde luego eres bastante mal amante –dije mintiendo con mis ojos y porfiando con mi lengua.

Él retrocedió como si hubiera recibido una bofetada, y creí que por esa noche estaba a salvo. Me equivoqué. ¿Por qué siempre me equivocaba con él? Se acercó de improviso y me besó con fuerza. Yo respondí de la misma forma, reprendiéndome a mí misma. Pero ¿qué me pasaba con este hombre?

Desató los lazos de mi corpiño con la misma facilidad con que los había prendido esa misma mañana. Liberó mis pechos que se irguieron esperándolo. Arrastré mis manos por su cinturón e intenté soltar la hebilla. Manoteé perdiéndome en los entresijos de la misma. Él me sujetó una mano y la soltó él mismo dejando caer las capas de lana al suelo. Luego volvió a besarme. Le sujeté el pelo a la nuca esta vez con decisión y él me cogió en brazos para llevarme a la cama. Me tendió con suavidad y arrastró mi voluminosa falda y enaguas hacia mi cintura. Yo me retorcí respirando de forma agitada.

–Demasiada ropa. Hay demasiada ropa –acerté a decir con voz entrecortada.

Él rio con suavidad y se incorporó sobre mí para desnudarme por completo, de forma rápida y urgente. Se sacó la camisa de un solo golpe y se desató los cordones de cuero de las botas que empujó con sus pies lanzándolas a una esquina de la habitación.

Se inclinó sobre mí de nuevo. Sus manos acariciaron mi cuerpo que temblaba de excitación, notando el ardor de su roce contra mi piel. Se situó entre mis piernas mientras me besaba una y otra vez, en la boca, en el cuello, en el pecho, en todas partes. ¿Cuántas manos y labios tenía Kieran? ¿Era solo uno o varios hombres a la vez? El deseo nublaba mi mente y me hacía reaccionar como nunca lo hubiera reconocido.

Me penetró con fuerza y se quedó quieto un instante en mi interior respirando sin llegar a respirar. Se irguió sobre mí y me miró fijamente.

–No te pares. Ahora no –supliqué sintiéndome traicionada por mi propio cuerpo.

Se movió con deliberada lentitud, torturándome y llenándome de pequeños espasmos que me recorrían la piel haciendo que temblara deseando más. Levanté más mis piernas atrapándole sin escapatoria y escuché un leve gruñido por su parte. Ahogué una risa contra su pecho y me moví con más rapidez, obligándole a seguir el ritmo impuesto por mi deseo.

–¿Cómo te llamas? –pregunté de pronto recordando la conversación de sus hombres en la playa.

Él abrió los ojos y me miró como si fuera la primera vez que me veía.

–¿Qué? –exclamó con voz estrangulada.

–¿Cuál es tu nombre? –exigí sintiéndome triunfante.

–Ki… Kieran –pronunció él de forma entrecortada y vacilante.

Me sentí algo decepcionada, pero pronto me perdí de nuevo entre sus brazos, sus embates y su fuerza bruta sobre mí. Gemí profundamente y grité su nombre sin pretenderlo cuando el placer estalló en el centro de mi cuerpo extendiéndose como la lava de un volcán hasta que desarmó cualquier intento de coherencia que pudiera tener. Pero él no había terminado conmigo. Suspiré sintiéndome desfallecer. Las descargas eléctricas se superponían unas a otras sin que me diera tiempo a recuperarme entre una y otra, hasta que al fin lo sentí tensarse y me llenó por completo emitiendo un gruñido, dejándose caer sobre mi cuerpo casi inerte.

–¿Por qué me has preguntado cómo me llamaba? –susurró entre jadeos junto a mi oído.

Me giré a mirarlo, observando con detenimiento su rostro algo enrojecido.

–Estaba comprobando una teoría.

Él se dejó caer a un lado atrayéndome hacia su cuerpo, me posicionó apoyada a su pecho y pasó una mano por mi cintura. Cuando creí que estaba ya dormido, volvió a hablar.

–La próxima vez no lo intentes con el apellido.

Me giré hacia él y reprimí una carcajada.

–No sé si sentirme halagada o insultada –murmuré.

–¿Qué tal si comenzamos por sentirte deseada? –masculló y cerró los ojos.

Lo observé un momento más y me rendí, apoyando mi rostro contra su pecho. Escuché el latir de su corazón acompasándolo al mío y en instantes me quedé dormida.

 

 

Abrí los ojos a la luz sin querer abrirlos. Dolían. Los cerré de nuevo y gemí. La sensación de ingravidez se hizo patente. Sentía la habitación demasiado pequeña y el techo estaba tan cerca de mi rostro que si alargaba una mano podría tocar la fría piedra. La cabeza me dolía como si tuviera una banda de percusionistas cubanos disfrutando de un concierto dentro de la misma. Me giré para observar al hombre que dormía a mi lado. Gemí de nuevo y enterré el rostro en la almohada. ¡Otra vez! ¿Cómo he podido hacerlo otra vez? Ha tenido que ser la cerveza, o los scones. ¡Vete tú a saber lo que Aluinn le ha puesto a esos panecillos perniciosos! Bueno, eso tendría explicación para la primera vez. ¿Pero la segunda? Me pilló de improviso, apenas pude reaccionar, me justifiqué. ¿Y la tercera? Estaba tan cansada que no pude rechazarlo, me justifiqué de nuevo. Pero me estaba engañando. No tenía justificación posible, y de forma absurda me pregunté si él también tenía algún poder oculto que estuviera ejerciendo sobre mí.

En un acto rebelde levanté los cobertores y examiné su cuerpo desnudo. El poder oculto descansaba inofensivo entre sus piernas. Pobre, él también estaría agotado. Pasé una mano por su pecho parándome en la mata de pelo oscuro y rizado entre sus pectorales. Enredé un dedo en uno de sus rizos. Kieran susurró algo entre sueños pero no se despertó. Seguí explorando con cautela. Tenía una cicatriz horrenda en el costado derecho, como si algo le hubiera cortado y después quemado. Me pregunté qué habría sido. Bajé más y acaricié el abdomen firme y musculoso donde brotaba de nuevo una fina capa de pelo negro que se extendía cubriendo el poder oculto inofensivo entre sus piernas, que ahora ya no era tan inofensivo, sino que se erguía frente a mí como una espada dispuesta a atravesarme de nuevo. Aparté la mano y retrocedí en la cama. Levanté el rostro y me encontré con la mirada claramente divertida de Kieran observándome. Cerré los ojos con fuerza evitando sus ojos dorados.

–Noches alegres, mañanas tristes. Es lo que siempre dice mi madre –susurró con suavidad. Y en mi cabeza tañeron las campanas–. Lo siento, Magdalen –continuó con voz contrita acercándome a su cuerpo–. Había olvidado que tu madre murió al darte a luz. Ha tenido que ser muy duro crecer sin una madre.

–No lo sabes tú bien –señalé con acritud y un inmenso dolor que vació mi alma.

–Yo… lo siento de nuevo. No he tenido la oportunidad de disculparme, de darte el pésame. Buscamos durante días algún resto del paquebote de forma desesperada. Sé lo unida que estabas a tu padre. Yo… siento haberte fallado –murmuró.

–No tienes culpa, Kieran. Ha sido cosa del… destino –dije sin encontrar algo que realmente lo definiera. Me pregunté si Magdalen habría muerto para que yo pudiera ocupar su lugar y el temor inundó de nuevo mi cuerpo. No controlaba mi magia ¿y si había hecho algo sin pretenderlo? ¿Algo que hubiera provocado el naufragio? No recordaba nada de mi travesía a través del tiempo. No podría soportarlo, no podría cargar con la muerte de seres inocentes.

–Pero por lo menos pudimos recuperarte a ti –indicó con algo de compasión.

–Claro –dije sin malicia–, hubiera sido una tragedia tener que devolver el dinero de mi dote.

Noté su tensión y se incorporó con brusquedad.

–¿Qué sabes tú de eso? –preguntó haciendo estallar de nuevo las campanas en mi cerebro.

Cerré los ojos y gruñí de forma involuntaria.

–Me lo contó tu amante. Está claro que no querías casarte conmigo.

Masculló una maldición en gaélico y apretó los puños.

–Hablaré con Caitlin hoy mismo –aseguró.

–Sí, y de paso puedes aprovechar para reconciliarte con ella. Espero que te canse lo suficiente y yo pueda dormir tranquila de una vez por todas –indiqué de forma sincera. Bueno, no tan sincera. ¡Merde! ¿Por qué había dicho eso?

Kieran se mantuvo unos instantes en silencio.

–Mujer, tus palabras son como los golpes de un látigo, suaves al tacto e hirientes a la piel. ¿Debo entender que me das tu permiso para tenerla como amante? –inquirió con una suavidad engañosa.

Lamenté de nuevo haber hablado de forma precipitada. O no tan precipitada. Ni lo sabía. ¿Qué me sucedía cuando estaba con él? No creía en la atracción física instantánea, ni en las mariposas en el estómago ni nada relacionado con el amor. Era una descreída ferviente. Sin embargo, sin embargo… ¡Bah! No había sin embargos que valieran.

–Sí –determiné con rotundidad.

–No necesito tu permiso. Haré lo que crea que tengo que hacer –susurró junto a mi oído como una amenaza.

–¡Vete a la mierda! –exclamé en castellano intentando darle una patada.

Él se apartó y me sujetó los hombros obligándome a mirarlo. No pude. La luz era demasiado intensa. Sus ojos demasiado dorados. Y mi resaca demasiado fuerte.

Oí como se levantaba y se acercaba al aparador junto a la ventana. Al poco rato me sacudió con suavidad un hombro. Gemí y me negué a abrir los ojos. Sentí que ponía algo sobre mis labios y me giré.

–Vamos, bebe. Es agua fresca. No te hará ningún mal –exigió con voz ronca.

–¿Seguro? –pregunté indecisa, abriendo los ojos.

Él emitió una suave risa.

–Sí –afirmó–, luego nos vestiremos. Es hora de que conozcas mis tierras, las tierras de tu nuevo clan. Te vendrá bien pasar un rato en el exterior, lejos de la cerveza y los scones.

Hice una mueca, pero no protesté. Bebí como el sediento que descubre un oasis en el desierto e intenté incorporarme.

–¿Qué demonios le echáis a la cerveza? –inquirí apretando los dientes ante las palpitaciones de mi cabeza.

–Lúpulo, principalmente –respondió él riéndose. Alargó sus brazos y me levantó en vilo. Y una vez más tuvo que ayudarme para vestirme. Y esta vez le dejé, ya que si no lo hacía él, yo caería de nuevo otra vez engullida por el mullido colchón de plumas de ganso.

Una vez que estuvimos vestidos y presentables, por lo menos él, bajamos hasta el recibidor de piedra. Olisqueé el aroma a arenques ahumados que venía de la cocina y me negué a entrar. Kieran meneó la cabeza con disgusto y entró él. Salió al poco rato con un pequeño hatillo bajo el brazo.

Me sujetó del brazo y nos encaminamos al exterior. La luz del verano me golpeó de lleno haciendo que retrocediera y me escondiera detrás de su espalda como si fuera un vampiro y temiera comenzar a arder con los rayos del sol. Él se giró y me cogió de la cintura empujándome de nuevo. No me soltó mientras duró la caminata. Yo iba con la mirada inclinada hacia el suelo, temiendo caerme en cualquier momento. No obstante, el frío viento de la costa con olor a salitre contribuyó bastante en despejar mi mente y despertar mi cuerpo.

Nos sentamos en una pequeña explanada cubierta por hierba verde y algún matorral de brezo desperdigado, al borde de un acantilado frente al mar. Kieran sacó del hatillo una manzana y me la ofreció. La cogí sin intención alguna de comérmela.

–Pruébala –exigió–, son dulces. Traje unos esquejes de Francia y parece que han prendido bien. Son la primera cosecha.

Lo hice y me asombré de que fuera cierto.

–¿Eres agricultor? –pregunté con curiosidad.

Él se encogió de hombros y estiró las piernas cruzándolas por los tobillos.

–Sí, y ganadero, soldado cuando se requiere… y el señor de estas tierras –explicó circundando con su mano. Pude notar el orgullo implícito en su voz.

Miré alrededor y fijé la vista en el castillo a nuestra espalda. Era una pequeña fortificación medieval de cuatro torres. Ni muy impresionante, ni muy lujoso, pero tenía toda la apariencia de un hogar. Y eso curiosamente hizo que me entristeciera. Yo jamás había tenido un hogar. Algo de lo que estar orgullosa al terminar mi trabajo y llegar a casa.

–Es muy bonito –señalé.

–¿De verdad te gusta? –inquirió con sorpresa–. Tu hogar era bastante más acogedor que Dunakyn.

–No, no lo era –murmuré. Observé cómo se entrecerraban sus ojos y lamenté haber hablado sin pensar.

–Está bastante envejecido. Debes tener cuidado con no aventurarte en la torre norte, está casi derruida. Hemos comenzado las obras este verano y esperamos terminar antes de las primeras nieves –aclaró. No tuvo que decir de dónde habían sacado el dinero para ello. De mi dote. Bueno, de la dote de lady Magdalen.

–¿También participas en la reconstrucción?

–Hago lo que puedo. Ya te dije que aquí el trabajo nunca falta. –Se encogió de hombros.

–Y yo, ¿en qué puedo ayudar?

–¿Tú? –preguntó abriendo los ojos–, solo tienes que ser mi esposa. No se espera nada más de ti.

–¿Quieres decir que me tengo que mantener sentada esperando que reclames tus derechos sobre mí cada noche? –mascullé con sarcasmo.

–Básicamente… sí –contestó él.

–Me moriré de aburrimiento antes de que llegue el invierno.

–¿Es que te aburro?

–Ummm… –vacilé percibiendo su enfado. Una gaviota se posó a nuestro lado alertada por el contenido del hatillo. Kieran la espantó con un movimiento de la mano–. Estoy acostumbrada a ser un poco más útil –aseguré sin contestar a su pregunta.

–Puedes bordar nuestras mortajas, por ejemplo. Eso te llevará algo de tiempo –sugirió con tranquilidad.

–¡¿Nuestras mortajas?! –exclamé–. Prefiero quedarme sin hacer nada.

Aparte de que no tenía ni idea de cómo bordar, ni mortajas ni nada en absoluto.

–O puedes tejerme un nuevo kilt, si eso te gusta más –insistió él sin amedrentarse por mi comentario anterior.

–No sé tejer, ni bordar –manifesté.

–¿Cómo es eso posible? –inquirió de nuevo sorprendido–. Y entonces, ¿qué sabes hacer?

Era imposible contarle cómo se desarrollaba mi vida en el siglo XXI, así que fruncí los labios y me mordí la lengua.

–Por lo visto sentarme esperando a que reclames tus derechos sobre mí –dije casi atragantándome.

Él se relajó y echándose hacia atrás se tumbó mirando al cielo.

–Bueno, eso se te da bastante bien –afirmó y una sonrisa de satisfacción le cruzó el rostro. Alargó una mano y me arrastró hasta tumbarme junto a él. Me estremecí y él desató su plaid para cubrirnos. Era verano, pero el verano en el norte de Escocia no podía llamarse verano, ni siquiera se acercaba a las primaveras que yo conocía.

–Se aproxima una tormenta –exclamó de pronto sobresaltándome. Me estaba quedando dormida apoyada sobre su pecho. Me reñí mentalmente. No podía relajarme, ese hombre sería el que intentaría asesinarme y aunque me costara reconocerlo, me encontraba a salvo junto a él. No lograba entenderlo. Me incorporé mirando donde me indicaba y me costó enfocar una leve neblina al fondo del cielo completamente azul.

–¿Cómo puedes verlo? –pregunté.

–¿Y por qué no habría de verlo? –inquirió él a su vez, incorporándose.

–Porque… porque… eres un poco corto de vista ¿no? –expresé algo avergonzada.

–¿Quién te ha dicho eso?

–Nadie. Lo he supuesto por tu forma de entrecerrar los ojos y mirarme con atención cuando te acercas a mí. También he notado que te cuesta oír con claridad, y además tienes dificultad en entender ciertas cosas –señalé dejando volar mi lengua con total impunidad.

Su rostro pasó del desconcierto a la estupefacción para acabar mostrando un profundo enfado.

–¿Crees que soy ciego, sordo y débil mental? –rugió.

Me retraje algo asustada y asentí con la cabeza.

–Mi vista es la de un águila, escucho perfectamente, aún cuando susurras, y te aseguro que pienso con total lógica e inteligencia. ¿Cómo crees si no que he llegado a dirigir el clan Mackinnon? –abroncó muy cerca de mi rostro.

–Por herencia, supongo –acerté a decir con una pizca de coherencia.

Él rio con amargura y me miró meneando la cabeza.

–Hay otros que podían haber ocupado mi lugar si yo no me hubiese adelantado. Y no lo hubiera podido hacer de haber sido como me describes –apostilló mirándome con fiereza.

–Ah, ya…

–Te miro entrecerrando los ojos porque en realidad no logro reconocerte. No eres la persona de mis recuerdos. Cierto es que yo estaba febril y enfermo, pero te solía ver pasear por los jardines con tu doncella y no te recordaba tal como ahora eres. Te escucho con atención porque, aunque tu acento es culto, a veces me cuesta comprender tus expresiones y sobre todo tus maldiciones. Tu padre nunca mencionó que conocieras otros idiomas. Lo que es muy extraño en una mujer –explicó con voz ronca y amenazante.

–¿Quién crees que soy sino lady Magdalen? –murmuré intentando demostrar quien no era ni sería nunca.

–No lo sé. ¿Quién eres? He llegado a pensar que quizá Magdalen viajaba con alguna doncella o acompañante y tú seas esa persona, pero no tiene lógica. No estás acostumbrada a vestirte por ti misma, lo que indica que había gente a tu servicio y, como ya te he dicho, tu habla es culta y cuidada. ¿Sabes leer y escribir? –preguntó de pronto.

–Y sumar, restar y multiplicar –contesté frunciendo los labios, arrepintiéndome de nuevo de tener tal verborrea.

Él me observó un momento y de improviso comenzó a reír llenando el aire cargado de humedad con su risa franca y ronca. Yo esbocé una tímida sonrisa y él me atrajo a su lado y me besó con suavidad. Le respondí y pronto nuestro beso se convirtió en algo más. Mi mente reaccionó a tiempo y me aparté de él notando como enrojecía. Puse mis manos en mis mejillas y sentí el calor que brotaba de mi cuerpo. Él me miró extrañado.

–¿Estuviste enfermo? –inquirí para distraerlo.

–¿Cuándo?

–¿Cuándo visitaste mi casa?

–¿No lo recuerdas?

–Tengo… tengo algunas lagunas que… yo creo que… me golpeé la cabeza…, no recuerdo muy bien algunas cosas –balbuceé. Desde luego ahora la débil mental obviamente era yo.

–Me atacó un lobo cuando…

–¡¿Un lobo?! –exclamé. El miedo cobró forma dentro de mí como un nudo que me estranguló el estómago.

–Sí. Un lobo. Es extraño que ataquen a los hombres, pero este era diferente, más grande y peligroso. Gareth me salvó. Gracias a ese animal tengo la cicatriz que observabas tan atentamente esta misma mañana –dijo mirándome con extrañeza.

No podía ser una coincidencia. Estaba segura. Algo en mi interior me lo decía.

–Tendré que preguntarle a Gareth si él te recuerda mejor que yo –añadió como al descuido.

Y el miedo me atenazó de nuevo impidiéndome respirar. No podía hablar ni pensar con claridad. Si Gareth me descubría, estaba perdida. Un grito a nuestra espalda hizo que nos giráramos con rapidez. Respiré con algo de normalidad. Salvada por un grito. Un hombre se acercaba corriendo haciendo que los pliegues de su kilt ondearan al viento.

Se detuvo casi sin resuello a nuestro lado. Kieran ya se había levantado y recogido el hatillo. Yo todavía estaba de rodillas. Noté su brazo levantándome en vilo y casi volé sobre el suelo. Me agarré con fuerza a su cuerpo para no caer.

–Hugh… es Hugh… –el hombre tomó aire–, se… se ha caído de la torre norte. La escalera ha cedido.

–¿Cómo está? –preguntó Kieran con gesto preocupado andando hacia el castillo sin soltarme el brazo.

–Se… se ha roto una pierna. Tiene mala pinta –contestó el hombre respirando con dificultad.

Y los tres corrimos hacia la torre norte situada en la parte trasera del castillo. Llegamos en pocos minutos. Había un pequeño grupo de gente alrededor de un cuerpo tendido sobre la piedra cubierta por musgo del suelo. Reconocí a Roderick, a Gareth y al pequeño Cailen, que estaba más pálido que un fantasma. Era el único que permanecía algo apartado.

Kieran se arrodilló junto al hombre y le acarició el rostro.

–Hugh, tranquilo. Te ayudaremos –expresó con serenidad.

Observé con atención al denominado Hugh, su tez estaba grisácea y parecía más un cadáver que un ser vivo. Me arrodillé al otro lado. Estaba tapado con una manta de cintura para abajo. Gareth le ofreció de una pequeña petaca algo que olía y seguro que sabía como el whisky. Hugh bebió con avidez atragantándose. Un pequeño hilo de líquido ambarino le recorrió la comisura de los labios y se perdió en su cuello donde palpitaba una vena.

–Roderick, avisa a mi madre –ordenó Kieran. Este asintió con la cabeza y corrió hacia la entrada del castillo. Lo perdí de vista en cuanto cruzó la esquina–. Déjame ver, mo charaid[2] –pidió con voz suave apartando la manta.

Me estremecí. Nunca había podido soportar la visión de la sangre, pero si esta venía acompañada por la carne abierta junto con un hueso blanco y astillado y parte de un músculo sobresaliendo por ella, ya era demasiado. Ahogué un gemido, recibiendo miradas reprobatorias de los hombres que me rodeaban y una terriblemente asustada del hombre tendido. Creí que iba a desmayarme o a vomitar. O ambas cosas, no estaba muy segura. Sin embargo, hice algo distinto e involuntario.

Sujeté la cabeza del hombre y la puse sobre mis piernas. Le cogí una mano y la otra la posé sobre su frente. Al instante percibí en mi cuerpo el dolor de la herida y el sufrimiento traspasándome.

–El fémur. Se ha roto el fémur –susurré para nadie en particular.

–¿Qué… qué es el fémur? –preguntó Cailen acercándose con timidez–. Yo creí que era un hueso.

–El fémur es el hueso que se ha partido –explicó Kieran mirándome de nuevo con ese gesto de «quién demonios eres». Levanté mi rostro y enfoqué la mirada. Cruzó la suya con la de Gareth que me observaba con intensidad. Cerré los ojos y me concentré en ayudar al hombre tendido en el suelo.

Noté como una especie de círculo iridiscente se abría en mi caja torácica y comenzaba a girar con velocidad, incómodo por la clausura, crecía y se extendía hasta que se liberó a través de mis manos. Lo podía ver con claridad, aunque era invisible a los demás. Estaba tan sorprendida que no me moví, me limité a mantener mis manos posadas en Hugh, calmando su dolor, haciéndolo mío.

–Mi señora –susurró el hombre mirándome con los ojos brillantes.

–Sshh.

–No me soltéis –suplicó.

–No lo haré –contesté sin perder la concentración.

Escuché llegar con un susurro de tela a Elinor, que se arrodilló junto a Hugh y examinó la herida con cuidado.

–Hay que trasladarlo dentro –instó.

Kieran, Roderick y Gareth se posicionaron para coger el cuerpo casi inerte del hombre herido. Yo aparté la mano de su frente y un grito de terror nos sobrecogió a todos.

–¡No! –aulló Hugh–. No os apartéis de mí.

Posé de inmediato la mano otra vez sobre su frente y todos vieron como el hombre cerraba los ojos y sus facciones se relajaban. Respiré de forma agitada. Sentí gotas de sudor cayéndome a través de la espalda y noté las miradas de todos los presentes fijas en mí. Comencé a tener miedo.

–Madre ¿puedes ayudarlo aquí? –preguntó Kieran al fin.

Elinor pareció dudar. Me miró a mí y se mordió el labio inferior.

–Sí, creo que sí. Traed agua caliente y mi caja de madera –pidió. Roderick se encargó de ello.

Al poco rato, Elinor tenía todo lo necesario. Yo aparté la vista de la herida y dejé mi mente en blanco. Comenzaba a sentirme profundamente cansada. Su dolor me estaba aturdiendo. Inspiré hondo buscando la fuerza necesaria para soportar lo que estaba por venir.

–¿Se ha desmayado? –inquirió Gareth.

–No. Estoy aquí. Todavía –respondió Hugh con media sonrisa–. Elinor haced lo que debáis. No siento dolor.

Percibí de nuevo todas las miradas sobre mí y me estremecí sin apartar las manos del cuerpo de aquel hombre.

Una eternidad. Limpiar, supurar, colocar, coser, vendar y entablillar. Una eternidad en la que casi perdí la consciencia. Kieran se posicionó a mi espalda y apoyó sus manos en mis hombros que temblaban sin control. Busqué fuerza en su apoyo y la conseguí. A duras penas llegué hasta el final.

Cuando levantaron a Hugh, este se había dormido o desmayado. No lo podía saber. Me dejé caer sobre la piedra como si yo misma hubiera perdido toda la energía vital. Kieran se acuclilló a mi lado y me cogió el rostro con una mano.

–¿Estás bien? –preguntó con gesto preocupado.

Negué con la cabeza. No podía hablar.

–Te llevaré dentro –afirmó.

Negué otra vez con la cabeza. Él me miró dudando.

–Necesito… necesito respirar. Creo… creo… que voy a vomitar –dije sin aliento.

Sentí sus brazos cogiéndome por la cintura y me tambaleé junto a su cuerpo. Me llevó casi en el aire hasta un pequeño banco de piedra alejado del escenario del accidente y me sentó.

Roderick le llamó.

–¿Estarás bien? ¿Quieres que me quede contigo? –murmuró. Noté su mano posada sobre mi cabeza.

–No. Estoy… estoy bien. Anda –le dije agitando una mano.

Cuando estuve sola me apoyé contra el respaldo de piedra y cerré los ojos. Me sentía laxa, vacía y sin fuerzas. Lágrimas ardientes me quemaban el rostro. Pero no supe que estaba llorando hasta que mi lengua saboreó la sal en mis labios.

–Abuela, ¿qué es esto? –susurré.

–Alana, no temas, estoy aquí. –Escuché su acostumbrado tono enronquecido y me giré.

Pegué un respingo al verla sentada junto a mí con su aspecto de siempre. El pulcro pelo blanco corto, su tez pálida y sus ojos verdes brillantes. Ni siquiera tuve fuerzas suficientes para asustarme.

–¿Qué ha pasado, abuela? ¿Qué he hecho? –pregunté echándome a llorar.

–Has descubierto tu verdadero poder. Hay algunas que son buenas creando hechizos de amor, o de venganza, o pueden ver el futuro…, muchas variantes de una sola cosa. La magia. Tu poder, el más fuerte que tienes es el de empatizar, consolar, calmar el dolor y curar. Recuerda que te dije que eras la más poderosa en cientos de años. Puedes hacer cualquier cosa que te propongas, ya has visto que atraviesas los hilos del tiempo, pero lo que más hace brillar tu luz es el sanar –explicó con voz suave mi abuela.

–No sé cómo lo he hecho –suspiré de forma entrecortada.

–Lo irás aprendiendo con el tiempo. No hemos podido enseñarte cómo manejar tu poder. Solo podemos avisarte de una cosa. El calmar el dolor absorbe tu poder, por eso ahora estás tan cansada. Sin embargo, el matar te dará más poder del que ya tienes. Debes ser cuidadosa, muchas se han perdido y envilecido al comprobar cómo crecía su poder destruyendo a otras personas –susurró mi abuela.

–No voy a matar a nadie –afirmé con seriedad.

–Alana. –Mi abuela se inclinó y percibí su mirada triste. Al notar su mano en mi mejilla, lloré con más intensidad–. Nadie conoce lo que el futuro te depara. Solo podemos advertirte de las consecuencias de tus actos.

Percibí una presencia física a mi espalda. Me volví con gesto asustado y vi a Gareth observándome con curiosidad mal disimulada. Al girarme para comprobar si él había visto a mi abuela, comprobé que ya había desaparecido. Me sentí desolada sin su consuelo y me abracé sollozando. Gareth se acercó con lentitud y se sentó junto a mí. Permaneció unos instantes quieto y en silencio. Finalmente lo escuché suspirar y me atrajo hasta que mi rostro quedó apoyado en su hombro.

–Lady Magdalen, ¿os encontráis bien? –preguntó con voz suave. La voz que yo recordaba, la voz que me mantenía unida a mi futuro.

Al hacerse presente lo que había perdido, y a la persona que no conseguía encontrar, temblé y me deshice en lágrimas. Él rebuscó en su sporran y me alcanzó un pequeño pañuelo toscamente bordado de lino blanco. Lo sujeté con fuerza contra mi rostro ahogando mis sollozos. Sus manos acariciaban mi espalda como lo haría en un futuro su descendiente, con manos firmes y cálidas.

–Estoy… estoy bien. Solo algo cansada –expliqué entre hipidos contra su pecho.

–¿Estabais hablando con alguien? Me ha parecido escuchar…

–No –negué con la cabeza sintiéndome de súbito asustada–, solo conmigo misma. Lo suelo hacer a menudo –añadí con voz no demasiado firme.

–Una costumbre curiosa –murmuró él sobre mi cabeza–. ¿Me permitís que os pregunte cómo habéis podido calmar el sufrimiento de Hugh? Conozco ese tipo de heridas y no es algo común lo que hemos podido ver hoy. Los hombres gritan y se retuercen de dolor mientras les acomodamos el hueso de nuevo –susurró en voz queda.

Me tensé sin pretenderlo y sé que él lo percibió. Temblé de nuevo sin control y su abrazo se hizo más fuerte.

–No lo sé –admití–, quizás… quizás… él se sintió algo avergonzado de mostrar su debilidad ante mí.

Quizás…, puede…, seguro…, intenté convencerme. Pero fue en vano. Esperaba haberlo convencido a él. También fue en vano.

Gareth profirió un curioso gruñido que provenía del fondo de su pecho y que podía significar cualquier cosa. La más plausible era sin duda que no se creía una sola palabra. Sin embargo no volvió a insistir. Permanecimos así varios minutos más. Estaba tan agotada que temí quedarme dormida recostada contra su cuerpo.

Escuchamos el sonido de unas voces y ambos nos separamos de improviso, como si nos hubieran pillado haciendo algo que no debiéramos. Nos miramos avergonzados y nos levantamos agachando la cabeza. Él me sujetó del brazo evitando que yo cayera y me acompañó dentro del castillo. Allí se despidió con una pequeña reverencia y salió de nuevo.

Me sujeté a las paredes de piedra y comencé el ascenso por la escalera de caracol hasta la habitación. Me tropecé a medio camino con Caitlin. Nos miramos fijamente. Ninguna retrocedió.

–¿Os importaría bajar? Es obvio que ambas no cabemos –indicó ella con voz sibilante e hipnótica como la de la serpiente Ka en El Libro de la Selva.

–Eso es porque estáis demasiado gorda –señalé sin retroceder un solo paso, dándome cuenta de que había sido cruel señalar algo así, pero aquella mujer conseguía que perdiera las formas a la menor provocación.

Ella se irguió con gesto enfadado.

–¿Cómo os habéis atrevido?

–Solo constato un hecho conocido por todos –dije sintiéndome extremadamente cansada. No tenía ganas de discutir. ¡Maldita sea! Odiaba las discusiones y esa mujer buscaba con toda claridad un enfrentamiento.

Sentí sus manos empujándome el pecho hasta que quedé pegada a la pared. Me sentía sin fuerzas y ni siquiera pude defenderme. Pasó a mi lado rozándome con sus voluminosos senos a punto de saltar del corpiño. La miré con desprecio pero no dije nada más. Ignorándola, me giré y emprendí de nuevo la subida. Llegué casi sin aliento a la habitación y allí percibí el aroma de Kieran y también uno floral que acababa de sentir a mi lado. Caitlin. Habían estado aquí. Juntos. Ni siquiera me enfadé. En realidad yo le había dado permiso. En realidad estaba muy cansada. En realidad me sentía completamente sola y vacía. En realidad me daba exactamente igual. ¿No?

Me desvestí torpemente y me acosté, quedándome dormida en cuanto puse la cabeza sobre la almohada.

Desperté cuando era noche cerrada. La habitación solo estaba iluminada por el tenue fulgor del fuego de turba en la chimenea, al girarme comprobé que estaba sola en la cama. Refunfuñé como una niña consentida. «Estará con ella de nuevo», pensé algo molesta. Cerré los ojos intentando dormir y escuché un leve carraspeo que provenía del butacón junto al hogar.

Me incorporé con extrañeza.

–¿Kieran?

Él se giró, asomando la cabeza por el respaldo del butacón verde y me miró frunciendo los labios.

–¿Cómo te encuentras? –inquirió con suavidad.

–Bien, ¿por qué no te has acostado? –Sentía innegable curiosidad. Quizá su amante lo había dejado tan agotado o tan avergonzado que no se atrevía a compartir el lecho con su legítima esposa.

–Quería dejarte descansar. Parecías realmente cansada –contestó levantándose y estirándose poniendo los brazos tras su cuello.

–Pero duermo igual si tú también estás en la cama –aseguré observándole con cautela, recreándome en su fuerte y esbelto cuerpo. No, no me recreé, lo disfruté y lo adoré, y después me odié por ello.

–No es cierto. Siempre te acuestas en el borde, como si te molestara el contacto con mi persona, pero como yo soy considerablemente más pesado que tú, acabas rodando hasta acabar sobre mi cuerpo. Siento como te agitas en sueños molesta e intentas retroceder. No lo consigues y sueles despertarte a menudo –explicó.

–No lo había notado –murmuré.

Nunca había compartido cama con nadie, al menos no durante más de una noche. Y prefería mil veces dormir en soledad.

–Yo sí, así que he preferido quedarme aquí para darte la oportunidad de que por lo menos una noche descanses en condiciones –aseveró y volvió a sentarse en el butacón–. No obstante, si me necesitas, llámame. No te dejaré sola hasta que amanezca.

–Pero yo prefiero que duermas conmigo –señalé. Y al instante me tapé la boca. ¿Había dicho eso? Sí, lo había hecho.

Su rostro volvió a asomarse con una sonrisa de triunfo que me hubiera gustado borrar con un fuerte puñetazo. No podía culparle, yo misma lo había invitado. Se levantó con lentitud y se desnudó. Aparté la vista y me giré, escuchando su suave risa y vi cómo daba la vuelta a la enorme cama para acostarse a mi derecha. Me atrajo contra su cuerpo y me besó suavemente en la boca.

–No –protesté–, he dicho solo dormir. Estoy… estoy demasiado cansada.

–No es eso lo que dicen tus labios –señaló acariciándome un pecho por encima de la tela del camisón.

–Mis labios mienten –indiqué con acritud.

–Tampoco es lo que me dice tu cuerpo –insistió él.

–Mi cuerpo me traiciona –protesté casi sin fuerzas.

–Bueno –dijo incorporándose sobre mí–, solo una cosa es cierta. Tu cuerpo me desea y tu mente me rechaza. ¿A quién debo hacer caso?

–A mi mente.

–A tu cuerpo –susurró él mirándome con la habitual intensidad–. Magdalen, no creas que no puedo percibir tu agotamiento. Ya te dije una vez que puedo ser suave cuando me lo propongo.

Hice un gesto de total incredulidad, pero él lo ignoró y volvió a besarme. Y aquella noche comprobé como un hombre tan grande y que desprendía esa aura de poder y confianza podía ser extremadamente suave y tierno cuando se lo proponía. Me amó con dulzura, besándome cada poro de mi piel hasta que sintió que yo me rompía entre sus brazos. Sus caricias parecían flotar sobre mi piel, sus besos me raspaban levemente con su barba sin afeitar. Y el placer me acometió sin que yo lo previera, haciéndome estallar para dejarme con posterioridad en un estado de semi inconsciencia.

–Ahora duerme –susurró–, estaré junto a ti si me necesitas.

Y como si hubiera pronunciado las palabras mágicas, caí en un dulce sueño, plagado de recuerdos.

 

 

«–Vamos pequeña cínica española, anímate, solo es una película –exclamó Gareth llamándome desde el sofá del salón. Yo iba camino a mi habitación con un vaso de agua, un libro sujeto bajo mi brazo y en pijama.

–No. Tengo que estudiar –me excusé levantando el libro.

–Tienes que relajarte algo. Las ojeras te llegan al suelo. Sarah me ha dejado plantado, le han puesto guardia esta noche –insistió–. Vamos, que no muerdo. Yo no. Lo más seguro es que acabe mordido por tu lengua viperina. –Sonrió ampliamente.

–¿Y eso por qué? –inquirí acercándome.

El diario de Noa. La ha elegido Sarah. –Me mostró la carátula de la película.

Gemí en voz alta.

–No lo soportaré –protesté compungida.

–No será tan terrible –apostilló él sonriéndome de forma ladeada.

–Está bien –cedí dejándome caer en el incómodo sillón–, solo será hora y media y luego me pondré a estudiar.

Aguanté con estoicidad toda la película sin derramar una sola lágrima. Los envidiaba, envidiaba profundamente a los protagonistas. Lo que contribuía a que notara de forma más intensa mi propia soledad.

–¿Y bien? –preguntó Gareth una vez que apagó el televisor–. ¿No me vas a ilustrar con tu frase más famosa?

–¿Cuál? –Lo miré con los ojos algo empañados y él sonrió al percibirlo.

–El amor está claramente sobrevalorado, lo que en realidad significa que el amor no existe –dijo imitándome a la perfección, incluso mi entrecejo fruncido.

Yo le aticé con un pequeño cojín y reí con suavidad.

–Es cierto.

–No lo es –contestó él–. El amor es lo más importante que tenemos, lo que nos mantiene con vida. Lo que nos puede destruir si nos falta. Lo que hace que seamos felices, que traicionemos y que incluso lleguemos a matar en su nombre.

La intensidad de sus palabras me dejó sin nada con lo que replicar.

Sonrió enarcando una ceja y se acercó con lentitud. Por un instante creí que me iba a besar, sin embargo, su mano acarició mi mejilla y sus labios se posaron en mi frente y no en mis labios.

–Algún día lo comprenderás –susurró de forma misteriosa–, ahora deberías ir a estudiar. No quiero ser el culpable de tu suspenso.

Me levanté algo azorada y caminé hasta la habitación con la mano en mi mejilla, todavía sintiendo el contacto de su piel. Me recosté en la cama y entonces me di cuenta de que el libro seguía en el salón. No regresé a buscarlo».

 

 

Desperté gimiendo y agitando las manos. Me abracé a mí misma y por fin lo comprendí. El único hombre en que confiaba, el que me había prometido que me protegería. Gareth. ¿Serían mis sentimientos hacia él mucho más profundos de lo que yo pensaba? Lo había tenido como un hermano mayor, como un amigo, como un compañero de piso, el roce continuo, la complicidad, incluso la forma en que me sentía incómoda en su presencia, como si no supiera cómo reaccionar. Lo único cierto era que había algo que nos unía, algo muy poderoso. ¿Era eso enamorarse? Sollocé de forma entrecortada al darme cuenta de algo. ¿Y si yo de forma inconsciente había alejado a Sarah de allí para quedarme con Gareth? Sus misteriosas palabras, el modo en que nuestra relación se modificó después de la desaparición de Sarah. Mi forma de rehuirle era mi manera de mostrar que me sentía culpable. Todo me llevaba a una única conclusión. Yo había iniciado el camino y tenía que volver a recomponer la historia.

–Magdalen, Magdalen. –Kieran estaba sobre mí y llevaba una vela sujeta en una mano mientras me observaba con detenimiento–. ¿Es una pesadilla?

–Es… es horrible –gimoteé.

–¿El qué? –Lo vi buscar alrededor aquello que me había asustado.

–Creo… creo que me he enamorado. –Sollocé con más fuerza.

Su rostro se inclinó sobre el mío y una tímida sonrisa brotó de su boca dulcificando su gesto.

–¿Es eso tan malo? –preguntó con suavidad.

–¡Sí! ¡Lo es! ¡Peor que malo! ¡Es horroroso! –exclamé entre hipidos.

–¿Cómo puede ser horrible el haberte enamorado de tu esposo? –inquirió él con dulzura.

–¿De mi esposo? –Lo miré sin entender y me froté los ojos para enfocarlo mejor–. No es de ti de quien estoy enamorada –indiqué–. Es de otra persona –añadí por si no había quedado suficientemente claro.

Su rostro se oscureció de improviso y una gota de cera caliente se deslizó por su mano abrasándole hasta llegar a la muñeca. Él no hizo movimiento alguno.

–¿De Gareth? –instó.

–No –mentí yo. Por lo menos no del Gareth que él conocía. Aunque por un instante, esa misma tarde, había sentido que eran la misma persona.

–¿Ah, no? –dijo y profirió un sonido gutural que reverberó desde el fondo de su pecho. Y yo en un momento surrealista me pregunté si aparte del gaélico y el inglés, los habitantes de las Highlands tenían un lenguaje secreto basado en gruñidos.

–No –mentí de nuevo.

–No me tomes por idiota, no lo soy. Os he visto abrazados esta tarde –señaló.

–No me gusta que me espíen.

–No lo estaba haciendo. Solo regresaba para ver cómo te encontrabas. Y por lo visto estabas muy bien –exclamó o rugió, ya no podría diferenciarlo–. ¡Abrazada a él!

–No te atrevas a juzgarme. Sé que tú estabas aquí con Caitlin –apostillé apuntándole con el dedo índice.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque yo tampoco soy idiota.

–Me diste tu permiso –indicó totalmente indiferente a mi rostro enfadado.

–¡Lo retiro! –grité. ¿Había dicho eso? Sí, lo había hecho. ¡Maldita lengua que nunca podía callarse!

Kieran me observó un momento entrecerrando los ojos que destellaron con peligro. Después de unos instantes, se levantó y se vistió. Antes de salir por la puerta se volvió para lanzarme una advertencia.

–No consentiré ese tipo de comportamiento por tu parte. Si vuelvo a ver o a escuchar algo parecido recibirás tu castigo. Y esta vez, Magdalen, te aseguró que no será agradable. Eres mi esposa, te guste o no y me debes obediencia y respeto –pronunció en voz ronca y contenida. Salió dando un portazo.

–¡Pues no me gusta! No me gusta nada –grité a la puerta cerrada.

Y tampoco me gustaba estar enamorada o creer estarlo. Era horrible. Y todavía no había encontrado una pista fiable de dónde podía encontrarse Sarah. Era horrible. La vida era horrible. Y el amor estaba claramente sobrevalorado, lo que significaba que no existía. ¿O sí?