CAPITULO 24
Pinorr andaba de un lado a otro de la
cabina del capitán. Como chamán del barco, aquél era su puesto
durante la batalla: rezar a los siete dioses de los mares y
aconsejar al capitán. Pero, para Pinorr, aquello en realidad era un
castigo, una tortura que iba mucho más allá de la capacidad humana
para sobrevivir.
Sobre él atronaba el fragor de la batalla
que estaba teniendo lugar en la cubierta del Espuela de Dragón. Los hombres luchaban y morían
mientras él se encogía de miedo ahí abajo. Había sido informado del
crepúsculo mágico y del vuelo de los skal'tum. Ahora oía incluso el
sonido del batir de huesos de esos monstruos y sus aullidos
burlones mientras los hombres luchaban contra ellos.
Pinorr apretó los puños. En las batallas
anteriores, jamás se había sentido de aquel modo. Había aceptado su
puesto de chamán. Sin embargo, después de aquella noche sangrienta
durante la tormenta, Pinorr sabía que su papel era una afrenta a
los dioses. Sólo tenía que volver la vista al suelo para ver los
restos de su crimen. A pesar del jabón y de las friegas, había sido
imposible limpiar por completo la sangre de Ulster del suelo del
camarote. La mancha de color marrón en el suelo de madera quedaba a
la vista de todos.
Pinorr se tapó las orejas con los puños.
Odiaba tener que consumirse sin hacer nada mientras los hombres
morían, ¿por qué tenía que aguardar precisamente allí? Se dijo que
debería estar con Mader Geel y Sheeshon en su camarote. Por enésima
vez, la mirada de Pinorr se dirigió a la enorme mancha que se
extendía bajo sus pies. Se dijo que merecía cualquier tipo de
castigo que los dioses tuvieran a bien de infligirle. Había tenido
en sus manos un arma y había matado a una persona. Para los siete
dioses del mar, Pinorr era un maldito.
Alzó la vista hacia los maderos que cubrían
el techo del camarote y rezó:
—¡No castiguéis al barco! Sólo mis manos han
mancillado vuestro don. Castigadme a mí, pero no a quienes están a
bordo. ¡Libradlos de vuestra maldición! Aceptaré cualquier castigo,
cualquier tortura, con tal que el Espuela de
Dragón quede purificado.
Un repentino golpeteo en la puerta del
camarote sorprendió a Pinorr. Bajó los brazos y se apresuró hacia
la puerta cerrada para levantar el pestillo; la puerta se abrió
antes incluso de que Pinorr pudiera retroceder. Esperaba encontrar
a Hunt, el capitán del barco, pero en su lugar vio que Mader Geel
entraba precipitadamente.
La anciana guerrera hablaba con
nerviosismo.
—¡Juro que sólo la dejé de mirar un
instante!
Pinorr apretó los hombros de Mader Geel con
las dos manos. La mirada de la mujer era salvaje.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Pinorr con el
temor atenazándole el corazón.
—¡La pequeña Sheeshon! ¡He mirado un momento
la batalla a través de un ojo de buey y, cuando me he dado la
vuelta, la puerta estaba abierta y Sheeshon había
desaparecido!
Pinorr soltó a la mujer. Le parecía que las
piernas no lo podían sostener. Levantó la vista, temiendo ver las
carcajadas de los dioses en los cielos. ¡No! ¡Aquel precio era
excesivo!
—¿Chamán? —preguntó Mader Geel al darse
cuenta de su agitación interior.
Pinorr bajó la mirada, pero levantó las
manos y empezó a trenzarse los mechones de su pelo cano.
—Yo ya no soy chamán —afirmó con
frialdad.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué haces?
Mader Geel estaba asombrada y asustada.
Tendió las manos hacia él, pero Pinorr la apartó con
brusquedad.
—¡Malditos sean los siete dioses! —espetó—.
Ya estoy harto de hacer de niño llorón. Si quieren infligir un
castigo, que sea contra mí, no contra Sheeshon.
—¿Estás loco?
Mader Geer retrocedió.
Pinorr acabó de dar la última vuelta a su
trenza de guerrero y se acercó a la pared en donde Hunt tenía
colgadas todas las espadas. Tendió la mano a la que consideró más
adecuada para él: una espada larga levemente curvada.
—¡No! —gritó Mader Geer—. ¡No la
toques!
Pero aquella advertencia llegó demasiado
tarde. Pinorr asió la empuñadura del arma y la desenganchó. Con la
espada en alto se volvió hacia Mader Geel.
Mader Geel se arrodilló.
—¡Nos condenas a todos!
—Eso ya lo hice. ¡Ahora tengo que ponerle
fin!
Pinorr se dio la vuelta y salió de la
habitación a grandes zancadas. Ya en el pasillo, el ruido de la
batalla era mucho peor. En lo alto se oían órdenes proferidas a
gritos que se acompañaban de alaridos y risas salvajes. Las botas
atronaban sobre la cubierta mientras las garras rasgaban el suelo
de madera. Pinorr se apresuró, medio corriendo por el pasillo. No
había nadie. Todos estaban en cubierta.
Por fin sacó la cabeza por la escotilla y
observó el horror que tenía delante. Aunque la rabia contra los
dioses le había hecho acudir hasta ahí a toda prisa, Pinorr se vio
forzado a detenerse. La cubierta estaba cubierta de sangre y de
muertos. En lo alto, las velas estaban destrozadas, impregnadas de
sangre y desechos. Los cadáveres se balanceaban en las jarcias.
Todo estaba bañado por la extraña luz crepuscular que le habían
descrito. Pinorr miró al oeste y vio el manto de oscuridad que
tapaba el sol poniente.
Al ver aquel mundo destruido, sacudió la
cabeza. Por todas partes veía a hombres y mujeres enfrentándose a
demonios alados. Sin el sol, esos monstruos eran invulnerables. Lo
mejor que la tripulación podía hacer era retener a aquellos seres
espeluznantes y usar redes para aprisionarlos, arrastrarlos por
encima de la borda y arrojarlos al mar.
Cerca de popa había apostado un dragón de
mar de color rojo, con las garras firmemente clavadas en la
barandilla y la cubierta. Una pequeña mujer mer'ai, con los ojos
aterrorizados, se encontraba montada sobre el animal y voceaba
órdenes a los Jinetes Sangrientos que había a su alrededor. Les
estaba ordenando que llevaran los skal'tum hacia ella para que su
dragón los atrapara por las alas y arrojara aquella plaga siniestra
fuera de allí. Sin embargo, incluso desde allí, Pinorr vio que el
dragón presentaba un número incontable de desgarros y cortes
profundos ocasionados por los colmillos y las garras de los
monstruos. De las heridas brotaba un vapor de color verdoso en los
puntos donde el veneno se unía con la sangre del dragón. El gran
dragón, se dijo, no iba a durar mucho tiempo, y Pinorr sospechó que
el miedo que veía en los ojos de la mer'ai era más por el dragón
que por sí misma.
De repente, la voz grave de Hunt atronó por
encima del caos.
—¡Ragnar'k se acerca! ¡Estad
dispuestos!
En cubierta, la tripulación levantó los
puños al aire para indicar que había oído la orden del
capitán.
Pinorr se alzó un poco más para poder ver
por encima de la cubierta delantera, que estaba elevada respecto al
resto. Hunt permanecía de pie cerca de la proa junto con cinco
otros Jinetes Sangrientos, reteniendo a un grupo de skal'tum. Hunt
tenía el rostro cubierto de sangre y los ojos fieros, pero se
negaba a dar por vencido al barco. Realmente, se dijo para sí, el
hijo del almirante era un excelente capitán. Por un instante
brevísimo, Pinorr se alegró de haber matado a Ulster. Si aquél
todavía fuera el capitán del barco, seguramente ahora ya se habrían
hundido.
Observó que las órdenes que Hunt gritaba
parecían revitalizar el ánimo de la tripulación y la fuerza de sus
brazos. Por toda la nave, los hombres y las mujeres luchaban con
gran ferocidad.
Por detrás del hombro del capitán, Pinorr
distinguió las alas negras de Ragnar'k. El gran dragón se dirigía
hacia el barco, que zozobraba, a una gran velocidad y volando muy
bajo; de hecho, iba demasiado rápido para aterrizar. ¿Qué
pretendían hacer Sy-wen y Kast?
Luego, incluso más rápidamente de lo que
Pinorr fue capaz de distinguir, Ragnar'k pasó como una exhalación
por encima de los mástiles. Su rugido aumentó conforme se acercaba
al barco. Pinorr tuvo que encogerse al oír el ruido, y al
incorporarse de nuevo observó que la tripulación ahora hacía
pedazos a los skal'tum. El rugido de Ragnar'k, al parecer,
arrebataba la protección negra de los monstruos. Entonces, las
hachas y las espadas se clavaban en la carne que instantes atrás
había resultado totalmente hermética a aquéllas. Los gritos del
grupo de monstruos heridos siguieron al vuelo del dragón por el
cielo crepuscular.
Pinorr observó que Ragnar'k viraba y se
aproximaba hacia un barco cercano, proclamando su rugido
letal.
Una pequeña voz se oyó a su lado.
—¡Te necesito!
Pinorr vio a su nieta en la cubierta
delantera, avanzando a gatas por detrás de un barril volcado. La
niña se puso de pie y se acercó a Hunt y a los demás que
continuaban luchando contra el trío de skal'tum.
Tras el paso del Ragnar'k los animales
estaban heridos, pero distaban mucho de estar muertos. Con el
alejamiento del rugido del dragón, habían recuperado sus escudos
protectores. Sin embargo, al parecer, las espadas ensangrentadas
durante el último paso del dragón ahora sí podían atravesar las
protecciones oscuras. De todos modos, todo iba demasiado lento; por
cada skal'tum que mataban, dos más aparecían.
En lo alto de la cubierta delantera, una de
las bestias oyó a Sheeshon y volvió su rostro lleno de colmillos
hacia la niña.
Pinorr trepó por la escalera para ir detrás
de su nieta, pero Hunt también vio a la niña y atacó con más vigor
a su adversario. Nadie podía llegar a tiempo.
Aun así, Sheeshon prosiguió adelante, cada
vez más cerca de aquel monstruo.
—¡Te necesito! —gritó de nuevo a Hunt.
—¡Sheeshon! ¡Atrás! —le gritó Hunt. Pinorr
observó el dolor en los ojos del capitán, que estaba retenido por
su propio monstruo.
Uno de los hombres al lado de Hunt intentó
zafarse para ayudar a la niña, pero sufrió el ataque ponzoñoso de
una garra de skal'tum. El hombre se convulsionó durante unos
instantes y luego se quedó quieto.
Para entonces, Pinorr ya había logrado subir
a la cubierta elevada. Sheeshon se encontraba tan sólo a un paso
del monstruo. Jamás la alcanzaría a tiempo.
Pinorr entonces intercambió una mirada con
Hunt. El capitán había visto al chamán y estaba tremendamente
sorprendido de verlo con un arma. Sin embargo, en lugar de proferir
palabras de advertencia, como Mader Geel, Hunt lo animó:
—¡Aparta a Sheeshon! ¡Mata a cualquier cosa
que se interponga!
Disponer del consentimiento del capitán en
lugar de su recriminación espoleó el corazón de Pinorr, como si se
hubiera librado de un gran peso. Embistió con la espada de un
salto. Sus instintos, soterrados desde hacía tanto tiempo,
surgieron de nuevo. La espada penetró en la garra extendida del
skal'tum, pero el arma no le hizo ningún daño al monstruo porque
rebotó en la piel protegida, aunque sí logró apartar aquella
extremidad de Sheeshon. Pinorr prosiguió con una voltereta sobre la
cubierta, de forma que dio un golpe a su nieta con el hombro.
Sheeshon dio un grito de sobresalto y se apartó a un lado.
Entonces Pinorr se levantó y se interpuso
entre la bestia y la niña. Alzó la espada contra la mirada lasciva
del monstruo.
—Me hasss robado el bocado, hombrecccito
—siseó éste.
—¡Jamás la tocarás, demonio!
El skal'tum atacó con la rapidez del rayo.
Pinorr retrocedió, casi sin tiempo, y volteó la espada para
defenderse del ataque de las garras. Sin embargo, a la vez la
bestia dirigió su otra garra contra el pecho del chamán.
Pinorr se vio forzado a retroceder. Ahora se
encontraba de pie junto a su nieta caída. Sheeshon gemía a sus
pies. El monstruo volvió a embestir. Pinorr lanzó una ráfaga de
golpes contra la bestia. Las garras los repelieron.
El skal'tum dobló entonces la cabeza y miró
atentamente a Pinorr.
—Asssí que essste viejecccito de pelo cano
cree que tiene colmillosss, ¿verdad?
Pinorr apenas tenía aliento y su corazón era
incapaz de mantener aquella ferocidad durante mucho más tiempo. El
brazo le temblaba.
Al darse cuenta de que su presa se
debilitaba, el skal'tum volvió a atacar y se lanzó sobre Pinorr con
todas las garras y colmillos. El antiguo chamán hacía cuanto estaba
en sus manos para defenderse con la espada, pero se cansaba
rápidamente.
Una garra atravesó su defensa y le rasgó la
túnica a la altura del pecho. Al poco, otra espada estaba junto a
la suya. Pinorr no tenía tiempo de ver quién era su salvador, pero
le pareció que era Hunt. Los dos hombres lucharon espalda contra
espalda protegiendo a la niña. Aquella danza parecía
interminable.
Entonces la voz de Hunt atronó de
nuevo.
—¡Ragnar'k se acerca! ¡Preparados! —Y con
voz más baja, el capitán añadió—: ¡Una gran batalla, anciano!
Aguanta un poco más.
Pinorr quiso cumplir la orden del capitán,
pero el alivio al oír el regreso del dragón, en realidad, le apagó
todo el fuego del corazón y enlenteció sus actos.
Entonces el rugido se desplomó sobre
ellos.
—¡Clava! —le gritó Hunt junto a la oreja.
Pinorr cayó al suelo, incapaz de tenerse en pie por más tiempo.
Observó cómo Hunt blandía la espada con las dos manos. La cabeza
del monstruo se separó del cuerpo, trazó un arco sobre la cubierta
y fue a parar al mar. El espeluznante cuerpo se desplomó como un
árbol caído.
Al caer Pinorr al suelo, Sheeshon se acercó
al regazo del hombre. Pinorr dejó caer la espada y abrazó a la
niña.
—Papá —Sheeshon apoyó la cabeza en el
pecho—, papá, te quiero.
Con el monstruo abatido y la batalla
momentáneamente calmada, Hunt se arrodilló junto a ambos. Pinorr lo
miró y quiso incorporarse.
—Lo siento —musitó, señalando la
espada.
Hunt se encogió de hombros.
—No creo que sea la primera vez que blandes
una espada.
Pinorr se sorprendió al oír aquellas
palabras.
El rostro de Hunt estaba cubierto de sangre,
pero el vigor del capitán todavía brillaba.
—Hiciste un gran favor a la flota al librar
al Espuela de Dragón de Ulster.
Pinorr dio un grito de sobresalto.
—¿Lo sabías?
—¿Crees que soy idiota, anciano? Había
suficientes pruebas para quienes quisieran verlas, pero la mayoría
preferimos no hacerlo.
—Pero yo condené al barco. Rompí mi
juramento —repuso Pinorr con voz rota.
Hunt levantó un poco la vista para observar
el progreso de la batalla.
—En estos tiempos terribles, todo guerrero
es bueno, sea o no chaman. —Posó una mano en el pecho de Pinorr—.
No creo en las maldiciones de los dioses, sólo hay que creer en la
fuerza del corazón de un hombre. Ahí reposa la esperanza de toda la
flota. El mundo de hoy se encuentra frente a un gran cambio. Tanto
si termina para bien como para mal, nada volverá a ser igual.
Pinorr posó la mano sobre la de Hunt.
—Gracias —dijo el chamán.
Hunt asintió y retiró la mano. Miró entonces
con espanto la sangre que le cubría la palma.
—¿Pinorr? —Hunt le mostró la mano
manchada.
Pinorr miró a Sheeshon, que estaba en su
regazo. Una intensa mancha de sangre le brotaba de la herida y le
empapaba la túnica a la altura del corazón.
—Cuida bien de la niña, Hunt. Si el barco
sobrevive, los siguientes días serán muy duros para ella.
Hunt se le acercó más y lo cogió por el
hombro.
—Lo sé. Ambos compartimos un vínculo. Me
parece que ha subido hasta aquí porque ha percibido que yo estaba
en peligro. Nos cuidamos uno del otro.
Pinorr abrazó a su nieta una última vez, en
un intento por asir toda una vida de amor en un solo abrazo. Luego
posó la pequeña mano de Sheeshon en la de Hunt. Levantó la mirada
hacia el joven capitán y vio su fuerza, su coraje y su valor.
—He tomado la decisión correcta.
Hunt asintió con voz formal.
—Has hecho un gran servicio a esta flota,
Pinorr. Descansa en paz.
Mientras las lágrimas le recorrían las
mejillas, Pinorr tendió las manos hacia Sheeshon para acariciarla
una última vez mientras la batalla se cernía por todas
partes.
—Te quiero —susurró. Luego, el veneno del
skal'tum le alcanzó el corazón.
Sy-wen se inclinó sobre el cuello de
Ragnar'k para contemplar la extensión de barcos que había debajo.
Igual que el vapor humeante se eleva de las aguas en ebullición, en
aquel mar se oían gritos y chasquidos de acero. Por todo el
contorno de la isla había barcos hundidos y grupos de skal'tum que
extendían el terror por todos los lugares hacia donde se dirigían.
Sy-wen inspeccionó la isla por si distinguía alguna señal de humo
que indicara que el Diario Ensangrentado ya se había localizado. Si
los demás lo habían logrado, ella y Ragnar'k podrían rescatarlos,
sacarlos de la isla y poner fin a la batalla que tenía lugar ahí
abajo.
Las lágrimas le caían por las mejillas, pero
el viento se encargaba de secarlas con rapidez. Tenía los dedos
entumecidos de tanto apretar el pliegue escamoso de piel donde se
asía. Le dio la impresión de que la batalla que se libraba abajo
duraba ya varios días, y no sólo aquella tarde sin fin. Tras el
ataque de los skal'tum, la tendencia de la batalla había cambiado
de rumbo. Los planes ambiciosos de tomar la isla se habían
desvanecido. Ahora, los mer'ai y los dre'rendi luchaban tan sólo
por sobrevivir. Cada barco era una isla asaltada. Aunque los mer'ai
se esforzaban por ayudar, aquella misteriosa luz crepuscular
convertía a los skal'tum en una fuerza casi imposible de abatir.
Ahora la batalla sólo era un combate para sobrevivir.
Sy-wen y Ragnar'k prestaban toda la ayuda
que podían: se precipitaban contra los barcos cuando era necesario
emitiendo a la vez un rugido que eliminaba las protecciones negras
de los monstruos. Sin embargo, su función principal era vigilar las
torres de A'loa Glen y aguardar la señal de la bruja. Hasta
entonces, ambos protegían a la flota.
—¡Ahí! —gritó Sy-wen con voz ronca.
Mentalmente envió una imagen del barco que quería decir.
Ragnar'k le comunicó su asentimiento, se
ladeó y emprendió una larga caída en picado hacia un barco con las
velas hechas jirones y las jarcias cubiertas de skal'tum. Sy-wen se
inclinó contra el viento. El calor del dragón no le permitía pasar
frío, pero, aun así, temblaba. Mientras Ragnar'k se precipitaba y
rugía sobre los mástiles, Sy-wen cerró los ojos. Ya no quería ver
la masacre que tenía lugar en las cubiertas de los barcos; era
demasiado penoso para ella. Por lo menos, desde lo alto de las
nubes, aquellas imágenes no se veían.
Mientras Ragnar'k finalizaba el recorrido,
Sy-wen sintió que la garganta le dolía. El rugido del dragón
enronqueció. Pronto ese ataque iba a dejar de ser electivo.
Desde algún punto de las profundidades, oyó
el susurro de una voz.
Mientras respiremos,
habrá esperanza. Sy-wen abrió los ojos y se incorporó. Era
Kast. No lo había oído desde su transformación a bordo del
Corazón de Dragón.
—¡Oh, Kast! ¡Esas muertes...! ¡Los
gritos...! ¡La sangre...! —sollozó Sy-wen.
Ssshh. Ragnar'k tenía
razón al dejarme intervenir. No te desanimes.
—Pero Kast, nuestra gente está siendo
masacrada.
Veo los muertos, amor
mío.
De repente, Sy-wen se vio inundada de un
sentimiento de calidez que no tenía nada que ver con el calor
corporal del dragón. Era como si los brazos de Kast la estuvieran
estrechando. Él estaba dispuesto a consolarla, aunque sus palabras
le resultaron muy dolorosas. Lo que está
sucediendo es un precio que tenemos que pagar. Nuestros dos pueblos
han estado evitando su pago durante mucho tiempo. Los mer'ai
huisteis hacia el Profundo, y mis gentes se volvieron hacia el sur
y jamás miraron atrás. Para encontrar nuestro verdadero espíritu
nos tenemos que someter a esta llama purificadora. Hemos salido a
la superficie después de siglos de ocultarnos. Hemos declarado
nuestra lealtad con el futuro de Alasea, y para ello tenemos que
arriesgarnos... aunque sea a costa de sangre.
Sy-wen volvió a sollozar.
—Yo sólo quiero que todo esto acabe. Como
sea, pero que acabe ya.
Ven
conmigo.
—¿Qué? —susurró ella.
Cierra los ojos y
acércate a mí.
—No entiendo qué...
Hazlo. Confía en los
dos.
Sy-wen hizo lo que le había pedido. Cerró
los ojos y concentró su pensamiento en él y le envió su amor y
pesar. La calidez que había sentido antes aumentó. De repente, ese
calor pasó a convertirse en dos brazos apretados a su alrededor.
Sintió el cuerpo de Kast apretado contra el suyo. Los límites entre
los tres —el dragón, el hombre y la mujer— se desvanecieron.
Durante aquel momento interminable, los tres fueron uno. No se
dijeron nada. En silencio, los tres espíritus se dieron consuelo en
un abrazo de calidez y amor.
Por fin, la voz de Kast le habló entre
susurros. Era como si le hablara al oído y su aliento le acariciara
el cuello. Estamos luchando por todo
esto.
Sy-wen, como respuesta, apretó a Kast y a
Ragnar'k con más fuerza.
Quería quedarse así para siempre, pero
entonces un pensamiento, esta vez de Ragnar'k, intervino.
Algo se acerca.
Sy-wen abrió los ojos y aquel instante de
dicha se desvaneció. Notó cómo los brazos de calor que la
estrechaban se apartaban y supo que Kast se había retirado al
interior de Ragnar'k. El animal precisaba de todas sus facultades
para enfrentarse al siguiente peligro.
Ragnar'k se ladeó sobre una de sus alas
negras. Sy-wen entonces apartó la vista de la isla. Aquel muro de
oscuridad todavía empañaba el cielo al oeste y ocultaba el sol. La
columna de energías oscuras continuaba alimentando aquel hechizo
espeluznante.
Al principio, Sy-wen no logró ver lo que
había alarmado al dragón, pero Ragnar'k tenía una vista muy aguda.
Mientras el dragón se deslizaba por la retaguardia de la flota
dre'rendi, Sy-wen se dio cuenta por fin de que en el muro de
oscuridad se estaba produciendo algo extraño. No podía comprender
por completo lo que estaba viendo. Era como si unas enormes nubes
blancas se abrieran paso a través de la barrera y rompieran el muro
mágico. Se preguntó si aquello era otro frente de tormenta que se
aproximaba, pero al instante se dijo que no podía serlo.
Barcos —le hizo
saber Ragnar'k—. Son muchos, muchos
barcos.
Sy-wen, sorprendida ante la extraña
afirmación del dragón, era incapaz de comprender la excitación que
percibía en él. ¿Qué barcos podían ser?
Entonces, ocurrió algo muy extraño y su
vista pasó a ser la del dragón. De repente, se sintió varias leguas
más cerca de aquella tempestad que se avecinaba. El muro de
oscuridad aumentó. Vio que lo que había creído nubes eran, en
realidad, velas hinchadas. Sacudió la cabeza con incredulidad.
¿Cómo era posible? ¡Unos barcos que surcaban el aire! Aun así, los
barcos de madera y mástiles que se deslizaban bajo la fuerza de
aquellas enormes velas eran inconfundibles. Gracias a la vista del
dragón, distinguió incluso pequeñas figuras de la tripulación que
pilotaba aquellos barcos voladores.
Mientras los barcos atravesaron el muro,
Sy-wen quedó momentáneamente deslumbrada. Los rayos de sol, como
flechas lanzadas contra una vela negra, atravesaron la oscuridad y
marcaron el espacio por el que cada uno de los barcos había cruzado
la barrera. Unos haces brillantes de luz perfilaron cada uno de los
barcos. Sy-wen se apresuró a contarlos. Aquella armada aérea
constaba de veinte o treinta naves. La luz del sol daba un tono
dorado a los barcos y encendía sus velas.
Ragnar'k bajó en picado y se acercó a toda
velocidad hacia aquellos intrusos. ¿Quienes eran? ¿Amigos o
enemigos?
Los barcos volaban a una altura algo mayor a
la de Ragnar'k, por lo menos a un cuarto de legua por encima de la
isla y el agua. Conforme se acercaban, Sy-wen observó que las
quillas que los barcos tenían debajo estaban hechas de un metal
extraño que brillaba con la luz del sol; era una larga costilla
metálica que despedía un brillo rojo intenso. Unas chispas de
energía plateada circulaban a lo largo de esas quillas.
Ragnar'k quedó envuelto en aquella flota
maravillosa. El dragón se deslizó entre dos de los barcos, volando
rápido por si eran enemigos. Sin embargo, ninguna flecha lo
persiguió. Sy-wen observó que en cada barco había un hombre alto y
pálido en proa, con los brazos extendidos hacia el cielo
crepuscular. Una cabellera plateada, más larga que esos mismos
hombres, ondeaba detrás de ellos, como si de una bandera se
tratase.
Mientras Ragnar'k trazaba un arco cerrado
para efectuar otro recorrido de vigilancia, Sy-wen observó
detenidamente a esos hombres y, de pronto, supo quiénes eran. Aquel
cuerpo delgado, el brillo de la melena plateada, incluso el de los
ojos azules mientras seguían al dragón, los hacían inconfundibles.
Aunque la cabellera de Meric se había convertido en un rastrojo
ralo de pelo, el parecido de aquellos hombres con el elfo era
notorio.
Sy-wen recordó haber oído hablar de la
llegada del halcón del sol que, al parecer, anunciaba la partida de
las fuerzas élficas. Ragnar'k regresó rápidamente hacia aquel
ejército suspendido en los aires, brillando entre los haces de luz.
El brillo del sol poniente animó a la muchacha. No pensó que la
flota de los elfos pudiera llegar tan pronto.
Sy-wen, con lágrimas en los ojos, pidió a
Ragnar'k que disminuyera la marcha. Ahí estaba la salvación que
había suplicado durante todo el día. Aquellos barcos, de momento,
ya habían logrado crear aberturas en el muro de oscuridad. Sy-wen
siguió el recorrido de los rayos de luz hacia donde caían, entre
los barcos de los Jinetes Sangrientos. Sabía que cualquier skal'tum
atrapado en la luz del sol poniente podría ser herido.
Ragnar'k se frenó e igualó la velocidad con
la de uno de los barcos. Sy-wen gritó para saludar a la
tripulación, pero ninguno de los hombres y mujeres se dio por
aludido y prosiguieron con sus tareas en cubierta. Intentó volver a
llamar su atención, pero ellos siguieron sin responder. Sy-wen se
dijo que aunque tal vez el viento se le llevara la voz por lo menos
tenían que ver que les hacía señas. Esas gentes, sin embargo, no le
hicieron caso y regresaron a sus actividades.
Sy-wen frunció el ceño y dio órdenes a
Ragnar'k para que retrocediera y probara con otro barco. El dragón
obedeció, pero no tuvieron mejor suerte. Al poco, la flota de los
elfos y el dragón sobrevolaron la batalla que se desarrollaba
debajo de ellos. Sin embargo, los barcos volantes no se detuvieron
y prosiguieron el avance hacia la isla.
Cuando pasaron por encima de los barcos de
los Jinetes Sangrientos, Sy-wen observó que muchos rostros se
volvían hacia ellos con sobrecogimiento. Incluso los skal'tum
desconfiaban de aquellos intrusos. Detuvieron el ataque mientras
consideraban, igual que todos los demás, qué intenciones llevaban
aquellos barcos. Ningún monstruo se atrevió a levantar el vuelo
para investigar.
Sy-wen se dio cuenta de que uno de los
barcos voladores era más grande que los demás; de hecho, los
doblaba en tamaño. Se dijo que seguramente aquél sería el buque
insignia. Era preciso llamar su atención y solicitarles ayuda para
las fuerzas asediadas abajo. Se estaban quedando sin tiempo. Los
orificios de la barrera crepuscular se estaban volviendo a
cerrar.
Cuando Sy-wen alcanzó el buque insignia, el
ejército llegó a la isla. La flota se desplegó y rodeó la ciudad
que se abría debajo. Cinco barcos se separaron de los demás y se
desplegaron sobre la misma ciudad para formar un anillo alrededor
del castillo central. ¿Qué estaban haciendo? Sy-wen temió,
preocupada, haberlos juzgado mal. Tal vez aquél era un nuevo
enemigo.
Hizo que Ragnar'k siguiera al buque insignia
cuando éste se elevó por encima del resto de su ejército. El dragón
tuvo que trazar un arco para luego regresar y ganar altura. El
buque insignia avanzó hacia el centro del anillo de cinco barcos
situándose directamente encima de la ciudadela elevada.
A Ragnar'k le costaba bastante mantener una
posición estable. Sy-wen observó que en la proa del buque insignia
no había un hombre, sino una mujer. Iba ataviada con una túnica
larga y suelta, de un tejido tan fino que se podía distinguir su
cuerpo esbelto con tanta facilidad como si estuviera desnuda. La
cabellera plateada le brillaba con una luz que no tenía nada que
ver con la luz del sol. La mujer se volvió hacia ella. Cuando
cruzaron sus miradas, la mer'ai percibió la energía que partía de
aquella mujer: era la luz hecha forma.
La mujer movió los labios y Sy-wen escuchó
sus palabras con la misma claridad que si la mujer se hubiera
encontrado a su lado.
—Marchaos. Esta ya no es vuestra
batalla.
Luego, la elfa apartó la mirada.
—¡Aguardad! —gritó Sy-wen.
La mujer no le hizo caso y se limitó a
levantar un brazo en dirección al dragón.
De repente, el cielo quedó sumido en un
torbellino. Ragnar'k se esforzaba por mantenerse junto al barco,
pero parecía que sus alas fueran incapaces de hacerse con el
viento. Entonces Sy-wen y Ragnar'k se precipitaron en espiral y
fueron apartados del buque insignia.
Sy-wen se asió a Ragnar'k como una estrella
de mar mientras el dragón se desplomaba. Estaba convencida de que
caerían sobre la isla. Pero entonces, el torbellino desapareció y
las enormes alas del dragón volvieron a tomar aire. Se remontaron
de la caída en picado y volvieron a volar sin problemas.
Ragnar'k volaba ahora con precaución. La
caída los había dejado entre las torres de la ciudad baja. Tras
ladearse junto a la estatua inclinada de un hombre con una espada
en alto, Ragnar'k se alzó y salió de la ciudad.
Sy-wen se revolvió en el asiento y miró el
anillo de los cinco barcos. Ragnar'k inició un giro lento alrededor
de la isla para poder observar a los barcos, pero no se atrevió a
acercarse más. Tampoco Sy-wen le ordenó hacerlo. Había visto la
mirada de aquella mujer alta. Era igual que mirar hacia un vacío
gélido. No había percibido ni odio ni enemistad, sino tan sólo una
indiferencia profunda. Era como si Ragnar'k y ella misma fueran
demasiado insignificantes para concederles un segundo vistazo.
Habían sido apartados de allí como si fueran mosquitos
molestos.
Conforme Sy-wen proseguía con el examen de
la situación, observó que los chisporroteos de energías plateadas
en las quillas de los cinco barcos eran cada vez más intensos. Algo
estaba a punto de ocurrir. La costilla metálica de los barcos pasó
del color rojo oscuro a un intenso color rosa pálido, casi como si
aquel metal parecido al oro se estuviera calentando. El
chisporroteo arreció y empezó a arrojar rayos pequeños, como lanzas
recortadas, desde las quillas.
Ragnar'k se acercó mucho a uno de los barcos
y la energía erizó el pelo a Sy-wen. El dragón se alejó al darse
cuenta del peligro que corrían.
Mientras volaba con su montura por la
ciudad, Sy-wen vio que ahora la fuente de energía circulaba de
delante atrás en cada uno de los cinco barcos. Era un espectáculo
casi deslumbrante. La mer'ai supuso que esa energía era la que
hacía avanzar los grandes barcos por el aire, por bien que ahora se
iba a emplear hacia otro propósito.
A pesar de la distancia que los separaba,
Sy-wen era capaz de percibir la energía que había en el aire. Los
barcos refulgían y chisporroteaban con ella. Una avalancha de rayos
fue proyectada hacia el castillo sin llegar a alcanzarlo. De
pronto, pareció que desaparecía el aire que había alrededor de la
fortaleza. Sy-wen se sobresaltó y se puso la mano en la
garganta.
Los rayos que circulaban de popa a proa en
los cinco barcos fueron arrojados a lo alto hasta alcanzar la
quilla mayor del buque insignia que estaba por encima de ellos. Por
un instante, una estrella de cinco aristas con el buque insignia en
su centro iluminó el cielo crepuscular.
Luego, al cabo de un instante muy breve, la
estrella desapareció y Sy-wen pudo respirar de nuevo. Los cinco
barcos se apartaron de la ciudadela, circulando hacia abajo y hacia
atrás, como amantes cansados. Las quillas volvían a ser de un
intenso color rojo mortecino y la energía había dejado de
chisporrotear en sus vientres.
Sin embargo, eso mismo no se podía decir del
poderoso buque insignia que seguía cerniéndose sobre el castillo,
encendido de fuego y energía.
Sy-wen estaba aterrorizada.
—¿Qué están...?
Entonces, el barco soltó toda la energía que
había acumulado. Un relámpago grande como una de las torres del
castillo dio contra éste, e hizo retroceder a Sy-wen y Ragnar'k. A
continuación, siguió un estruendo explosivo ensordecedor y
deslumbrante.
Ragnar'k a pesar de estar aturdido, ayudó a
Sy-wen a mantenerse en su asiento, apretando para ello los soportes
de los tobillos mientras se balanceaba. Por fin, la voltereta en la
que estaban sumidos cesó y Ragnar'k se volvió a incorporar. De
nuevo volaban por encima del mar. El dragón le comunicó su
preocupación.
¿Estás bien, querido
vínculo?
Estoy bien,
respondió ella, si bien se sentía un poco aturdida por aquel rayo
de energía. No podía apartar el destello de la vista. De repente se
incorporó. ¡No era la impresión del rayo lo que estaba molestando a
sus ojos! Sy-wen giró el cuello a su alrededor. ¡Era el sol!
Sy-wen vio cómo el último resto de oscuridad
se desvanecía en el horizonte y dejaba ver el sol poniente. Miró a
su alrededor. La lanza de energía negra había desaparecido. En su
lugar, una columna de humo se elevaba desde el centro del castillo.
Todas las torres permanecían de pie, pero Sy-wen se dijo que
seguramente el patio central estaría totalmente demolido.
—¡Han destruido el origen del manto negro
mágico! —exclamó con alegría. Alrededor de ella se oyeron vítores
semejantes. Con el sol en lo alto, aunque fuera el sol del
atardecer, los skal'tum se habían vuelto vulnerables. Vítores y
gritos proclamando la sed de venganza se elevaron de todos los
barcos y las gargantas de los dragones. ¡El curso de la batalla
había cambiado y ya era posible imaginar la victoria!
Sy-wen, con una sonrisa de cansancio en la
cara, se volvió para observar la isla y el ejército que se cernía
sobre ella. Al mirarlos para expresar su agradecimiento silencioso,
su sonrisa se desvaneció.
Cinco nuevos barcos se separaron de la flota
suspendida en el aire, se acercaron a la isla y empezaron a crear
un nuevo anillo debajo del buque insignia.
¡Los elfos iban a continuar el ataque contra
la isla!
Sy-wen temió por sus compañeros. Seguramente
todavía se encontraban por allí, en algún lugar del castillo de la
ciudad. Si esos barcos voladores continuaban con su acción, pronto
la isla se convertiría en una ruina humeante.
Tras mirar por encima de los cientos de
chapiteles, Sy-wen rezó para ver por fin el destello de su señal de
fuego. Pero no vio nada, sólo humo y piedras frías. Sus amigos
podían estar en cualquier lado. Tal vez ya estuvieran muertos.
Apartó de sí aquel pensamiento. No quería abandonar la
esperanza.
Miró al buque insignia que se encontraba en
lo alto y a la mujer fría que estaba en la proa.
—¡Ragnar'k, tenemos que detenerlos!
—gritó.
Joach se levantó del suelo de piedra
mientras el polvo continuaba cayendo. Se sacudió la cabeza para
eliminar el rugido que parecía habérsele clavado en el cerebro. Se
preguntó qué había ocurrido. Cuando aquel estrépito sacudió la isla
creyó que ésta iba a partirse en dos. Jamás hubiera creído que
podría sobrevivir a algo así.
Cerca de él, Meric se levantó con un gemido.
Lucía un enorme corte en la frente. Se tocó la herida, pero no le
hizo mucho caso y ayudó a levantarse a Mama Freda.
La expresión de la anciana, al carecer de
ojos, era difícil de adivinar. Sin embargo, Joach se figuró cómo se
sentía. Se agarraba a los brazos de Meric como una mujer moribunda.
Joach vio que movía los labios, pero él oía nada más que el rugido
de sus propios oídos. Volvió a sacudir la cabeza y, de repente,
escuchó, de nuevo, un gemido doloroso.
—¿... ocurrido?
—acabó de decir Mama Freda.
Meric escrutó el pasillo.
—No lo sé. Debe de haber sido algún tipo de
magia negra.
—Tal vez fuera un terremoto —sugirió Mama
Freda, apretándose al brazo del elfo—. Las islas volcánicas de esta
zona siempre nos dan algún susto.
Meric se limitó a encogerse de hombros,
aunque Joach se alegró de oír algo ele conversación de la anciana.
Aquéllas eran las primeras palabras que pronunciaba la curandera
desde que su grupo había dejado a Elena. Por lo menos la explosión
le había quitado el espanto paralizador que le había producido la
pérdida de su mascota y de su vista.
Joach se acercó a ellos mientras Meric
recogía la antorcha que había dejado caer. Por suerte no se había
apagado.
—Yo no creo que eso sea un volcán —afirmó—.
Creo que aquí se esconde algo maligno.
Miró hacia el pasillo que discurría hacia
abajo. No había ningún indicio del guardia infame que los había
estado persiguiendo. Se preguntó a qué distancia estaría de ellos.
Luego, el pensamiento de Joach volvió hacia su hermana. ¿Acaso la
explosión había sido algún esfuerzo de ella para liberar el Libro?
Y, en tal caso, ¿habría sobrevivido Elena a aquello? Joach,
preocupado, los hizo avanzar.
—Tenemos que continuar.
Delante de ellos se abría el pasadizo
secundario que se dirigía hacia la escalera donde Tol'chuk los
aguardaba. Meric tomó a Mama Freda por debajo del brazo y los
dirigió hacia ahí. De nuevo las paredes a ambos lados se volvieron
más toscas y ásperas. Su avance era rápido y ruidoso. Pretendían
mantenerse a salvo del alcance del guardia infame, pero a la vez,
no querían perderlo. Al cabo de un rato, a la izquierda se mostró
la escalera.
Meric, después de detenerse para que Mama
Freda pudiera descansar, miró atentamente la escalera.
—En cuanto lleguemos donde está Tol'chuk
tendremos que defendernos, o bien conducir al guardia infame hacia
las calles de arriba.
Joach negó con la cabeza.
—Nos defenderemos. No pienso irme mientras
Elena esté ahí abajo.
Mama Freda habló junto a Meric.
—Demasiado tarde. Ya está aquí.
Meric y Joach se volvieron de un salto hacia
el pasillo. Joach levantó la vara, y Meric sacó una daga larga de
una funda que llevaba sujeta a la muñeca. Sin embargo, el pasillo
que les quedaba detrás estaba oscuro.
—No veo ninguna señal de antorcha o fanal
—repuso Meric con un susurro.
—Se oculta en la oscuridad —afirmó Mama
Freda.
Joach se estremeció con un escalofrío que le
recorrió la espalda. Más allá del alcance de la débil luz de la
antorcha, el pasillo era una pared oscura. Recordó que había oído
decir que los invidentes a menudo tienen el resto de sentidos mucho
más aguzados.
—¿Estás segura?
La curandera asintió sin más, sin demostrar
ningún temor ante aquella afirmación. En realidad, tenía los labios
finos de rabia.
—Nos está escuchando.
Joach hizo una señal a Meric.
—Llévate a Mama Freda de aquí. Yo retendré a
ese monstruo mientras tú vas a buscar a Tol'chuk y su
martillo.
—No puedes retener a un guardia infame tú
solo, no durante tanto tiempo.
—Tiene razón, Joach —afirmó Mama Freda,
desasiéndose de Meric—. Me quedaré y lucharé contigo.
Joach tuvo que contenerse para no
replicarle. ¿Cómo era posible que esa anciana ciega pudiera
ayudarlo? Si se producía algún combate seguro que sería más una
carga que una baza.
Meric parecía estar de acuerdo. Miró con
vacilación por encima del hombro de la mujer. Luego apoyó la
antorcha en la pared y se volvió hacia Mama Freda.
—Si estás dispuesta a quedarte con nosotros,
necesitarás un arma. —Le entregó el cuchillo. El arma brillaba bajo
la luz de la antorcha—. Esta daga de hielo fue forjada por mis
antepasados. Si es preciso, ataca con decisión y profundamente.
Corta los huesos con la misma facilidad que si fueran de
aire.
Mama Freda tomó con dificultad el arma
porque la falta de visión le impedía moverse con precisión, y a
punto estuvo de cortarse el pulgar con el filo.
—Gracias —le dijo a Meric—. Me irá muy
bien.
Entonces se volvió de cara al pasillo oscuro
que había algo más abajo de ellos. Joach la siguió con la
mirada.
—¿Por qué no se acerca? —preguntó,
inquieto.
Mama Freda sacudió lentamente la
cabeza.
—Está a la escucha porque confía en que
digamos algo sobre el paradero de Elena.
El fraile Ewan, que parecía haber oído esas
palabras y consciente de que su farsa había terminado, entró en el
círculo de luz.
—Estáis en lo cierto, anciana. Y antes de
que os mate a todos, exijo una respuesta. ¿Dónde habéis ocultado a
la muchacha?
Joach dio un paso adelante para afrontar a
aquel monstruo de la guardia infame. Colocó la vara frente a él,
movió en silencio los labios y toda la madera se encendió con un
chorro de fuego negro.
—¡Retrocede! —ordenó Joach.
Ewan llevaba la túnica rasgada hasta la
cintura. Tenía los brazos, el pecho y el cuello cubiertos de miles
de sanguijuelas diminutas de un intenso color púrpura. Parecían
querer tomar el fuego negro de la vara de Joach y sus cuerpos
delgados se agitaban hacia las llamas.
—Jovencito, veo que tú también has sido
alcanzado por las artes negras. ¿Por qué te enfrentas conmigo
cuando en realidad deberías ayudarme?
Joach sacudió la vara delante de él con un
movimiento de defensa. Las sanguijuelas siguieron su movimiento y
se desplazaron a la par que la vara.
—La magia sólo es un arma —repuso Joach con
frialdad—. Yo soy quien la domina; ella no me controla.
El fraile Ewan hizo un gesto despectivo y
algunas de las sanguijuelas le cayeron de los dedos y dieron contra
la pared de piedra.
—Eso son palabras vanas. Si acaricias la
oscuridad, ésta te toca a ti. Flint debería habértelo
enseñado.
Joach no se podía defender frente a aquellas
palabras. De hecho, Flint ya le había advertido del riesgo al que
estaba expuesto su espíritu al manejar la magia negra. Se preocupó
un poco, pero apartó rápidamente aquella idea. No iba a dejar que
la corrupción le atacara. Joach miró con ferocidad a su
enemigo.
—Sólo los débiles como tú permiten que la
oscuridad de su interior les eclipse.
El rostro del fraile Ewan se encendió.
—Mi amo no me ha sometido, me ha concedido
un don. —El guardia infame levantó los brazos y mostró toda la
extensión de sanguijuelas—. Las sanguijuelas siempre fueron un
recurso de los galenos, pero ninguno ha sido bendecido con una
cantidad tan grande como yo.
Mama Freda dio un paso por el lado derecho
de Joach apoyando una mano en la pared para orientarse. Al hablar
no miró directamente la cara de Ewan.
—El único galeno que hay aquí soy yo, fraile
Ewan. Tú eres una enfermedad.
Lanzó contra él la daga de Meric. Sin
embargo, al carecer de ojos, no intentó alcanzarlo, se limitó a
lanzarle el arma a los pies.
—Demuestra tus habilidades como galeno.
Aparta la corrupción de ti mismo.
Aquella intervención hizo asomar una sonrisa
en Ewan. Apartó a un lado el arma y apuntó un dedo hacia
ella.
—Vaya. Para ser una curandera experta,
acabas de hacer un mal diagnóstico. En realidad, tú eres la
enfermedad... Y yo soy tu cura.
Joach gimió interiormente mientras
retrocedía. ¿Por qué la anciana había echado a perder su única
arma? Aquélla era la única defensa que le quedaba en caso de que él
o Meric no lograran abatir al enemigo. Enojado, cogió a Mama Freda
y la colocó detrás de él. La anciana no se resistió.
Ewan avanzó hacia ellos.
Meric se puso delante de Joach con un
movimiento rápido apenas perceptible. La camisa del elfo se
hinchaba con su magia. Meric alzó la mano y una ráfaga de viento le
brotó de los dedos. El torbellino recorrió el pasillo y se dirigió
hacia el guardia infame.
El hombre no dejaba de sonreír. Cuando el
aire arremetió contra el fraile Ewan, éste se quedó inmóvil. Los
jirones de su túnica se agitaron, y él dibujó una sonrisa cuando el
viento lo alcanzó. Las sanguijuelas que le cubrían el cuerpo se
retorcieron con la ráfaga pero, en lugar de caer del cuerpo del
enemigo, aumentaron de tamaño. Al poco rato, toda la piel pálida
del guardia infame estaba cubierta de sanguijuelas más largas que
el antebrazo de un hombre.
Desde el centro de aquel vendaval mágico
resonó la carcajada de Ewan.
—¡Envíame más poder, elfo!
Mama Freda tiró de la manga de Meric.
—¡Para! Conozco la guardia infame. La magia
elemental alimenta su poder oscuro. Tu magia sólo le da más fuerza.
¡Tienes que parar!
Meric retrocedió un paso con torpeza
mientras retiraba su magia.
Joach ocupó su lugar. Si la magia elemental
dejaba de ser válida, la magia negra tenía que imponerse. Joach
levantó la vara.
Ewan sonrió y, de repente, extendió un
brazo. Joach hizo una parada con la vara en llamas, pero se dio
cuenta de que aquél era justamente el gesto que el guardia infame
estaba esperando. El fraile asió el extremo de la vara y las
sanguijuelas pasaron a la madera.
Joach apartó la vara con asco y logró
zafarse de su adversario, aunque no de las sanguijuelas. Los
enormes gusanos de color púrpura se agarraron a la madera, bañados
en fuego negro y estremeciéndose de un modo que sólo podría
describirse como placentero. Joach retrocedió, asombrado, mientras
observaba con horror cómo las sanguijuelas de la vara aumentaban de
tamaño. En un instante, se alargaron y cobraron el tamaño de las
enormes serpientes de la selva.
—¡Apártalas enseguida! —gritó Mama Freda—.
También ellas se alimentan de tu magia.
Joach obedeció y dio en la pared con el
extremo de la vara con fuerza suficiente como para herirse la mano.
Las sanguijuelas gigantes cayeron en un amasijo sobre la piedra
fría a excepción de un animal más obstinado que arremetió contra la
mano de Joach. Un escozor terrible le trepó por el brazo y lo hizo
a caer de rodillas.
Mama Freda y Meric acudieron al instante y
apartaron a Joach agarrándolo por la camisa. Aquel gesto veloz le
salvó la vida, ya que lo sacaron en el preciso instante en que las
otras sanguijuelas monstruosas se disponían a atacar con la rapidez
de las víboras de las montañas. Sin embargo, la bestia que lo había
mordido en la mano estaba muy caliente y crecía de tamaño.
Joach empezó a perder la visión.
Meric apartó la vara de la mano de Joach con
un golpe de bota, de forma que alejó también a la sanguijuela que
se asía a ella. De inmediato, el fuego en la mano terminó. Joach se
miró la mano y vio que había perdido los dos dedos más pequeños y
parte de la palma. La sangre le salía a borbotones.
—¡Muévete! —gritó Meric—. Muchacho, si
quieres vivir tienes que ayudarnos.
Joach levantó la vista a tiempo de ver que
tenía más sanguijuelas a sus pies. Sin atender al dolor que le
atenazaba la mano, se apartó a gatas de allí. Y así, los tres se
marcharon en una huida confusa.
Entretanto, Ewan los seguía con sus
sanguijuelas monstruosas y retorcidas.
—¿Por qué huís? Decidme dónde se oculta la
bruja y os permitiré vivir. Si no decís nada, tendréis que probar
vuestra propia medicina.
Joach palideció. ¿Cómo librarse de un
monstruo como aquél cuando toda la magia los había abandonado? ¿Qué
esperanza les quedaba para sobrevivir?
De repente, Mama Freda detuvo su huida y se
colocó entre Joach y el enemigo. Escupió al hermano Ewan y dio en
el blanco. La saliva fue a parar directamente a la cara del
enemigo.
Joach se puso de pie asiéndose la mano
herida.
Ewan se limpió y algunas sanguijuelas se le
quedaron colgadas en la cara. El salivazo le había hecho dejar de
reír.
—Me las vais a pagar —dijo con frialdad
mientras las sanguijuelas gigantes se le enroscaban en los
tobillos.
Mama Freda clavó la mirada en el hermano
Ewan.
—Todavía no he terminado.
Joach miró con recelo a Meric. Poco a poco
algo se fue haciendo evidente en su mente. Mama Freda les había
advertido del crecimiento mágico de aquellos gusanos; incluso lo
acababa de apartar de las sanguijuelas y había escupido a la cara
del guardia infatué.
—¿Mama Freda...?
La anciana no le hizo caso.
—Todavía tengo un regalo para ti, Ewan.
—dijo, señalando el enemigo con un dedo—. ¡La muerte!
El hermano Ewan dibujó una sonrisa y estalló
en risotadas. Luego, de repente, se puso tenso. Su sonrisa se
volvió una mueca confusa y, finalmente, la risa se le quedó
estrangulada en la garganta. La sangre empezó a brotarle por la
boca.
Ewan se tambaleó y fue a dar con la cara
contra el suelo. Se tensó durante un instante más y luego se quedó
tendido e inmóvil. Estaba muerto. Había caído de bruces y tenía el
arma de hielo de Meric clavada en la espalda hasta la empuñadura.
Unas pocas chispas de energía plateada le brillaban por la espada y
le recorrían la piel. Mientras los demás miraban aquello, las
sanguijuelas desaparecieron, convirtiéndose en coágulos de sangre
que despedían un leve vapor en el suelo frío.
—¿Cómo...?
Joach estaba pasmado. Luego descubrió la
respuesta. Una pequeña criatura peluda apareció por detrás de las
piernas del hombre y se acercó correteando hacia Mama Freda.
—¡Buen chico, Tikal! —dijo Mama Freda con
afecto. Se inclinó, levantó al animalillo con los brazos, y luego
se lo colocó al hombro.
Tikal enroscó la cola alrededor del cuello
de Mama Freda y la lamió cariñosamente.
—¿Galletita? —preguntó Tikal con voz
débil.
Ella lo acarició y le rascó detrás de la
oreja.
—Cuando termine todo esto te daré todas las
galletas que haya en Port Rawl.
Tikal cerró los ojos y se recostó en el
cuello de la mujer.
—Pero... pero si había muerto... —dijo Joach
señalando, incrédulo, a Tikal.
La sangre le brotaba de la mano herida. Al
darse cuenta de ello, Joach se desvaneció. Mama Freda se precipitó
hacia el muchacho y se arrodilló a su lado a la vez que sacaba de
los bolsillos vendajes y un vial de elixir. Mientras sostenía la
mano de Joach en la suya y la curaba lo explicó todo:
—Yo también creí que Tikal había muerto.
Cuando empecé de nuevo a ver creí que mi deseo de que aquello no
ocurriera me estaba engañando. —Mama Freda acarició a Tikal con
cariño—. Percibo magia en él. Creo que alguien lo ha curado.
—¿Elena? —apuntó Joach débilmente.
—¿Quién si no? —preguntó mientras aplicaba
un bálsamo refrescante que alivió de inmediato el dolor.
—Tikal tiene su olor. Seguramente Elena se
lo ha encontrado al bajar por las catacumbas. Su magia le ha dado
la fuerza suficiente para sobrevivir y continuar. De todos modos,
igual que tú, va a necesitar un poco más de curas.
—¿Por qué no lo dijiste a nadie? —preguntó
Meric desde el cadáver del guardia infame.
—No estaba segura de que mis visiones fueran
reales. —Mama Freda adoptó una expresión de incomodidad—. Sólo me
di cuenta cuando Tikal se acercó al guardia infame al retroceder
nosotros. Para entonces, el guardia infame ya estaba escuchándonos.
Por eso no dije nada. Confié en que la presencia sigilosa de Tikal
nos fuera conveniente. —Mama Freda señaló con la cabeza la
empuñadura de la daga—. Como así ha sido.
Joach se quedó mirando asombrado a la
anciana. En su fuero interno, siempre había creído que Mama Freda
era una carga en aquel viaje. Sin embargo, ahora sabía que tenía
que juzgar mejor las apariencias. Aquella anciana le había salvado
la vida.
Mama Freda acabó de vendarle la mano.
—La sangre de dragón mezclada con raíz de
olmo curará la herida.
Joach levantó la mano, casi con miedo a
mirar. Al ver lo que quedaba de ella hizo una mueca de
estremecimiento, pero luego flexionó los dedos que le quedaban y no
sintió dolor alguno. Incluso tenía el vendaje limpio de sangre.
Parecía que la herida fuera de tres semanas en lugar de hacía unos
instantes.
—Muchas gracias, Mama Freda. Me siento en
deuda contigo. Si no hubieras...
De repente, una explosión pareció atravesar
el mundo. Joach y Mama Freda fueron lanzados contra el suelo. Se
levantó una columna de polvo y las piedras crujieron. Joach,
aturdido por el golpe, empezó a ponerse de pie incluso antes de que
el suelo dejara de temblar y ayudó a Mama Freda a hacer lo mismo.
Tikal continuaba asido a su cuello.
En el pasillo, Meric se levantó de encima
del cuerpo del guardia infame con una expresión de gran
repugnancia. De repente, por la cortina de polvo suspendido surgió,
detrás del elfo, una figura enorme.
Joach iba a advertir a Meric cuando una voz
grave habló:
—¿Qué pasa? —preguntó Tol'chuk.
El ogro sacudía los brazos en la nube de
polvo y se acercaba hacia ellos mientras contemplaba al guardia
infame caído.
—¿Qué haces aquí? Deberías estar vigilando
la puerta.
El ogro volvió a aquella cosa una vez más y
luego habló, señalando hacia arriba:
—La isla es atacada por unos barcos que
vuela por las nubes. Yo está aquí para sacaros de esta cripta antes
de que el castillo caiga sobre las cabezas de nosotros. —Tol'chuk
miró a su alrededor—. ¿Y Elena?
—Ha ido a buscar el Libro —respondió Joach
mientras recogía la vara del suelo. Miró si aquel trozo de madera
presentaba algún desperfecto, pero no logró distinguir nada—. ¿Qué
es eso de unos barcos que vuelan?
Meric intervino con el rostro pálido.
—¿Las quillas brillaban?
Tol'chuk asintió.
—Y unos rayos se movía debajo —confirmó el
ogro.
Meric gimió.
—Son las Nubes Tormentosas, los barcos de
guerra de mi gente. Ya han llegado. Si están atacando, es que
seguramente han visto la batalla en el mar y han creído que sus
barcos de viento han llegado a tiempo. No saben que estamos
aquí.
—¿Qué pretenden hacer? —preguntó
Joach.
Meric se tapó la frente con la mano.
—Están dispuestos a echar abajo la isla. Si
no los detenemos nos hundirán con ella.
Joach sacudió la cabeza con pesar. Habían
sobrevivido a skal'tum, enanos y a un guardia infame para ahora ser
amenazados por uno de sus propios aliados.
—Meric, tienes que encontrar un modo de
detenerlos. Que Tol'chuk y Mama Freda te acompañen. Haz que tu
gente pare el ataque.
Meric asintió.
—¿Y tú qué harás?
Joach señaló con la vara hacia las
catacumbas más profundas.
—Ahora que no hay ningún guardia infame, voy
a buscar a Elena. Si no logras detener a los barcos de guerra, con
el Libro o sin él, tendremos que sacarla de aquí.
Meric acercó una mano al hombro de Joach y
le dio una palmadita mientras se lo estrechaba.
—Ve con cuidado y sé rápido.
Joach le hizo el mismo gesto al elfo.
—Y vosotros, haced lo mismo.
Tol'chuk dio un paso al frente junto a Mama
Freda.
—Meric no necesita a nosotros. Con más ojos
en estos pasillos, tú encontrará más rápido a la hermana de
ti.
Joach asió al ogro por el codo.
—No temas, Tol'chuk. La encontrare. No será
muy bueno que las catacumbas se desplomen sobre todos nosotros. Ve
con Meric y protégelo de los peligros que pueda haber por ahí. Es
preciso detener esos barcos de guerra. —Luego se volvió hacia Mama
Freda—. Y tú tienes que emplear tus artimañas y los ojos de tu
mascota para ayudarles a encontrar un camino seguro.
Tol'chuk hizo un gruñido; era evidente que
no estaba de acuerdo por completo. No obstante, inclinó la cabeza
en señal de asentimiento.
—Yo no permite que el elfo falle —le
aseguró.
El ogro se marchó, pero Joach se topó con el
rostro escrutador de Mama Freda. Ella levantó la barbilla y escrutó
muy atentamente a Joach desde su larga nariz.
—Tú nos alejas por algún otro motivo. Tu
corazón oculta un secreto.
Joach suspiró. No le podía mentir.
—Mi destino está aquí —le dijo en voz baja—.
El camino que sigue a continuación tengo que recorrerlo yo
solo.
Ella, aparentemente satisfecha con aquella
explicación, asintió y se volvió para unirse a los demás.
Al poco, Joach se encontró solo en las
catacumbas. El sonido de los pasos de sus compañeros se desvaneció
detrás de él conforme avanzaba con la vara en la mano hacia las
profundidades de aquella cripta subterránea. Mientras andaba,
sintió que la sangre se le agitaba por el don del tejido de sueños.
No le había mentido a Mama Freda. Notaba que un cúmulo de poderes y
circunstancias lo impelían hacia un destino, un objetivo.
Lo que seguía a continuación quedaba entre
Joach, Elena y el hombre de los llanos de Standi. Joach recordó la
torre al atardecer, el Chapitel de los Difuntos, y asió la vara con
fuerza.
Estaba dispuesto a no fallarle a su hermana
en aquella última batalla.