CAPITULO 16
Mientras los relámpagos atravesaban las
entrañas del cielo, Sy-wen miró fijamente al almirante. Las gotas
de lluvia batían la nave bajo un fragor constante. Detrás del
hombre, la cubierta estaba repleta de lanzas y espadas, pero no
hizo caso a los demás miembros de la tripulación. Todo lo que
importaba era el enorme hombre que tenía delante. Él era el que
estaba al mando, al único que Kast y ella tenían que convencer. Sin
embargo, nada estaba funcionando como el anciano chamán había
planeado. Como Jinete Sangriento, era Kast, y no ella, quien tenía
que defender la causa.
Sy-wen se volvió hacia el dragón derrumbado.
Era preciso cambiar rápidamente todos los planes, pero no lograba
pensar con claridad, estaba preocupada por Ragnar'k y Kast. ¿Qué
había ocurrido? ¿Acaso el hechizo se había invertido? ¿O tal vez
fue el relámpago? ¿Se habría quedado Kast atrapado para siempre en
el cuerpo del dragón? No podía dejar de dar vueltas a las
implicaciones de todo aquello.
Sintió un leve apretón en la mano. Sheeshon
tiró del brazo de Sy-wen.
—Este hombre es más grande que papá —dijo
sin más, mientras señalaba al almirante.
La niña, que estaba empapada, se estremeció
con el viento. Sy-wen se volvió para abrazar a la pequeña para que
no sintiera tanto frío. Aunque se encontraban tan sólo a unos pocos
pasos, tenían que doblar la cabeza para mirar al hombre. Éste tenía
unos ojos que parecían pedazos de acero azul y llevaba trenzado el
cabello negro, levemente plateado por el paso de los inviernos. En
el puño derecho sostenía un arpón de pesca de ballenas más alto que
él. Su mirada oscilaba entre Sy-wen y el enorme dragón negro. Al
tener a Ragnar'k detrás de ella, era cauteloso.
—De nuevo, te vuelvo a preguntar —dijo—:
¿Qué especie de demonio sois?
Por fin, Sy-wen logró articular palabra. El
silencio no lograría convencer a nadie.
—No soy ningún demonio, almirante de los
dre'rendi —dijo con solemnidad inclinando la cabeza levemente en
señal de saludo—. Mi nombre es Sy-wen y soy emisaria de los mer'ai.
He sido enviada por el chamán Pinorr para solicitar vuestro
consejo.
La tripulación de aquel barco estaba
demasiado bien instruida para hablar cuando no procedía, pero
Sy-wen advirtió que algunos de los que estaban detrás del almirante
intercambiaban miradas furtivas y nerviosas en las que se mezclaban
también la duda y la rabia. Aquellas reacciones probaron a Sy-wen
lo que Pinorr ya le había advertido: la mención de los mer'ai no
sería bien recibida.
El almirante intervino en medio del silencio
que se produjo. Aunque al principio la voz mostró la sorpresa que
le había provocado aquel anuncio, adoptó enseguida su tono
autoritario.
—¿Tenéis alguna prueba de estas
afirmaciones?
Sy-wen señaló al dragón con la mano
desocupada.
—¿No os parece ésta una prueba suficiente?
—dijo. Luego colocó a Sheeshon delante de ella—. El chamán Pinorr
os hace llegar además al único miembro de su familia en señal de su
adhesión.
El almirante pareció darse cuenta por fin de
la presencia de la niña. Miró a Sheeshon entrecerrando los
ojos.
—Esta niña me suena —dijo dubitativo.
Otro hombre avanzó por detrás del almirante.
También él llevaba una túnica azul de chamán, pero mientras que
Pinorr era delgado y huesudo, este hombre lucía una buena barriga.
Tenía una mano posada en su amplia panza cuando miró con inquietud
al cielo.
—Deberíamos llevar abajo a los presos
—afirmó con un leve ceceo—. Me temo que esta calma es la que
precede a la verdadera tempestad. —Observó al dragón con mirada
asustada—. Percibo todavía malos augurios en el aire.
El almirante asintió. Hizo una señal a unos
guardias para que se encargaran de las chicas. En las espadas
mojadas en forma de hoz de los hombres se reflejaban los
rayos.
—Ya que no sois demonios, entonces
acompañadnos, contadnos por qué acudís a nosotros y por qué mi
viejo amigo os envía hasta aquí.
Sy-wen se dio cuenta de que las espadas
permanecían todavía en alto. Aunque aquella última frase no era una
orden, ella asintió.
—Os agradecemos la ayuda —dijo. Luego señaló
al dragón—. Pero mi montura ha sufrido una herida grave. Antes
tengo un ruego para vosotros.
Los truenos empezaban a retumbar de nuevo
alrededor del barco.
—¿De qué se trata? —preguntó el almirante
con impaciencia.
—El dragón necesita un galeno.
El jefe de los dre'rendi señaló al chamán
del barco.
—Bilatus es el galeno del barco, pero su
arte sirve a los hombres, no a los dragones.
El corpulento chamán asintió con vehemencia,
con los ojos clavados en el enorme bulto de escamas negras y garras
de plata tendido entre vapores.
—No tengo hierbas ni ungüentos para este
tipo de animales. Tanto podría dañarlo como sanarlo.
Sy-wen se estremeció con la idea de tener
que abandonar al dragón derrumbado en cubierta sin vigilancia. ¿Y
si una ola se lo llevaba de a bordo? Echó de nuevo un vistazo hacia
su enorme compañero. Aunque unos remolinos verticales de vapor se
elevaban de los orificios nasales, seguía con los ojos
cerrados.
Una mano le tocó el hombro, sobresaltándola.
Era el almirante que se había acercado muy sigilosamente a
ella.
—No temas. El dragón estará a salvo, Sy-wen
de los mer'ai. Os he dado la bienvenida. Hasta que este asunto se
escuche y sea juzgado nadie osará oponerse a esta invitación.
Ataremos tu montura con cuerdas gruesas al mástil y a la borda. A
no ser que el Corazón de Dragón se
hunda, tu animal estará a salvo.
—Muchas gracias.
El almirante se acercó al gran dragón y
tendió una mano para tocarlo.
—¡Cuidado, mi señor! —exclamó el chamán a
sus espaldas.
El hombre, de espaldas muy anchas, no
atendió a la advertencia y posó una mano en un pliegue húmedo del
ala escamosa.
—Jamás imaginé poder ver una maravilla
igual. —Negó con la cabeza y retiró la mano. Al regresar junto a
sus hombres, a Sy-wen le pareció ver la sombra de una
sonrisa.
—Ven —le dijo al pasar junto a ella.
Esta vez lo siguió, sintiendo a la vez un
gran respeto por aquel hombre. Comprendió entonces por qué Pinorr
confiaba tanto en él. Era evidente que el acero corría por sus
venas. Y Sy-wen acababa de descubrír que la curiosidad también le
brillaba en los ojos.
Sy-wen siguió al almirante mientras Sheeshon
se le apretaba con fuerza. El chamán Bilatus se mantenía muy cerca
del hombre, mirando constantemente a su espalda mientras entraban
en el barco.
El almirante tomó una escalera corta y luego
un pasillo muy ancho. Después entró en una sala amplia. En lo alto,
los fanales colgados de las vigas se balanceaban al ritmo del
barco. Había también mesas y bancos. El almirante se volvió hacia
su tripulación.
—Todos conocéis vuestras órdenes y puestos
—atronó—. No quiero que mi barco se hunda en esta tormenta por
culpa de que la tripulación se haya convertido en un atajo de
fisgones boquiabiertos. ¡A vuestras tareas! —Luego hizo un gesto a
un hombre atractivo, que era casi tan alto como el mismo
almirante—. Hunt, acompáñanos.
—Sí, almirante. —Los ojos de Hunt brillaban
con excitación.
De repente, Sy-wen se dio cuenta de por qué
aquel hombre le había resultado tan familiar.
—¿Es éste vuestro hijo? —preguntó.
—Y el primer oficial del Espuela de Dragón —contestó con orgullo el
almirante—. Ven. Iremos a mi camarote para hablar de este asunto en
privado.
Ella asintió y lo siguió a una habitación
espaciosa, cálida y acogedora. En la pared, las estanterías estaban
repletas de textos desgastados y manuscritos arrugados. Cerca había
un escritorio con un libro grueso abierto encima. Al otro lado de
la habitación, dos asientos de plumón de oca se encontraban delante
de una especie de chimenea de piedra. Una rejilla de metal grueso
mantenía los leños encerrados en el hogar durante el tumulto de la
tormenta.
El almirante hizo un gesto a Sy-wen para que
se acomodara en uno de aquellos asientos mullidos. Ella aceptó la
invitación, contenta de estar cerca de un fuego. El frío del vuelo
le había calado hasta los huesos. Las ropas de los dre'rendi que
llevaba estaban chorreando y se le adherían a la piel. Deseó haber
llevado consigo sus pantalones de piel de tiburón.
En cuanto estuvieron sentados, ella se puso
a Sheeshon en el regazo. La niña levantó las piernas para
calentarse los pies desnudos.
A Bilatus se le ofreció el otro asiento
mientras que el almirante y su hijo Hunt permanecían de pie. Los
dos hombres altos se colocaron a cada lado del hogar. Al estar uno
junto al otro, su parecido era muy acentuado: ojos agudos
entrecerrados en las comisuras, mandíbulas marcadas, y bocas
amplias propensas a la sonrisa. Incluso sus anchas espaldas y su
porte hacían que casi parecieran gemelos.
—Cuéntanos tu historia —dijo sin más el
almirante.
Sy-wen se aclaró la garganta e hizo lo que
le pidió. Habló acerca del futuro asalto a A'loa Glen, de las
fuerzas de Gul'gotha que se estaban congregando en las islas, y de
que la esperanza de las tierras reposaba en las manos de la bruja.
Explicó todo cuanto ella había dicho a Pinorr excepto el secreto de
Kast y el dragón, porque supuso que nadie se la creería y, ahora
mismo, precisaba de toda la confianza que pudiera dar para
convencer a esos tres hombres.
—Por eso, os vengo a solicitar que llevéis
vuestros barcos y guerreros a nuestra batalla.
El almirante, que había permanecido en
silencio durante todo el relato, por fin habló:
—Creo que hablas con un corazón noble,
Sy-wen de los mer'ai. Incluso creo que tu causa es justa y recta.
Los dre'rendi no sienten ningún aprecio por Gul'gotha, pero tampoco
por los mer'ai. ¿Por qué unirse a antiguos enemigos para luchar
contra otros nuevos? ¿Qué nos importan a nosotros los tormentos que
Gul'gotha inflige a las gentes de tierra firme?
Sy-wen se irguió.
—Al señor de Gul'gotha no le bastará con la
tierra. Ahora mismo tiene sus ojos puestos en la costa, pero en
cuanto la haya dominado por completo, os querrá a vosotros. Y
entonces, ¿quién acudirá en vuestra ayuda?
—Los dre'rendi somos gentes libres. No
consideramos ninguna tierra como nuestra. Si Gul'gotha aprieta, nos
escaparemos por otro camino. Mientras que sea posible navegar por
los mares, nunca caeremos en el yugo de otro hombre. —Miró de forma
expresiva a Sy-wen—. Nos acordamos demasiado bien de cuando nos
doblegábamos ante la espada de otros. Conquistamos nuestra libertad
con nuestra sangre y queremos seguir así. ¿Para qué deberíamos
unirnos a esta batalla y enemistarnos con el Señor de las
Tinieblas?
—Vosotros ya sois un enemigo de Gul'gotha.
Cualquiera que no le sirva es un enemigo. —Sy-wen tragó saliva—. Si
huís del Gul'gotha, ¿será auténtica libertad? ¿Acaso os sentiréis
más libres si sus fuerzas os hostigan y os obligan a ir de un lado
a otro? Eso no es libertad. ¡Es cobardía!
El chamán gordo profirió un grito apagado y
Hunt asió la empuñadura de la espada. La única reacción del
almirante fue un leve enrojecimiento de las mejillas. Luego soltó
una carcajada.
—¡No se puede decir que no seas franca,
chica!
—No quise ofenderos —barboteó Sy-wen,
sonrojada de vergüenza.
De nuevo, el almirante se rió.
—Padre —dijo Hunt. El chico tenía el rostro
enrojecido, pero no era precisamente por diversión—. ¿Vas a tolerar
insultos contra los dre'rendi?
—¿Qué insulto? Esta jovencita dice lo que
piensa. Ya me gustaría a mí que tú hablaras así de claro. —Hizo un
gesto hacia Sy-wen—. Bien. Entiendo tu punto de vista. Los
dre'rendi deberíamos navegar hacia donde los vientos nos lleven, y
no por donde quiera Gul'gotha. Si huimos de las bestias del Corazón
Oscuro, somos cobardes.
Bilatus atendía asombrado a aquella
confesión.
—¡Que los dioses del mar nos asistan! ¡No
tenemos ninguna necesidad de temer a Gul'gotha!
El almirante negó con la cabeza, y la risa
le desapareció de los labios.
—Hablas como un chamán. Pero yo he aprendido
que los dioses del mar ayudan a quien se sabe proteger. —Acarició
la espada—. Esta es la verdadera defensa.
Sy-wen no podía acabar de creerse la suerte
que tenía. El almirante estaba a favor de ella.
—Así pues, ¿consideraréis la posibilidad de
prestarnos vuestras fuerzas?
Él se la quedó mirando en silencio durante
tres largos instantes, y luego respondió:
—No.
Sy-wen se quedó paralizada de asombro. Al
volver a hablar, tenía la voz rota.
—Pero ¿por qué? Es la mejor ocasión para
abatir al Señor de las Tinieblas.
—Es posible. Sin embargo, los dre'rendi
jamás lucharemos con los mer'ai. En la última batalla contra
Gul'gotha huisteis y nos dejasteis solos frente a los dientes y las
hachas del enemigo.
Sy-wen se irritó.
—Pero eso no significa que os
traicionásemos. Vosotros ofrecisteis vuestra ayuda de buen grado y
nos permitisteis escapar.
—Eso mismo ya indica la cobardía que
albergan vuestros corazones.
Ahora era Sy-wen la que reaccionó al ser
tachada de cobarde.
—¿Y qué hay de vuestros juramentos antiguos?
—dijo, señalando el tatuaje—. ¿Rompéis vuestra palabra?
Prometisteis acudir en nuestra ayuda una última vez cuando os lo
pidiésemos.
El almirante no dijo nada.
Bilatus respondió por él.
—Eso ocurrió hace mucho tiempo. Ahora
rendimos culto a los dioses de los mares. Nuestros corazones y
almas están unidos a ellos, no a los mer'ai. Ya no somos vuestros
esclavos.
El almirante asintió.
—Sean cuales fueran las deudas que habíamos
contraído con tu gente, ahora ya no son más que papel mojado.
Sy-wen deseó mostrarle el poder mágico que
todavía conservaba el tatuaje, pero ya estaba unida a Kast y no
podía invocar la magia de otro. Suspiró resignada, convencida de
que ahora sólo les quedaba un camino: el que Pinorr había
sugerido.
Miró a Sheeshon, que había empezado a
dormitar a causa del calor, y sintió un gran dolor por aquella
pequeña. Había deseado no tener que emplear el plan de Pinorr. Si
Kast hubiera estado allí...
Sacudió la cabeza y levantó la mirada hacia
el almirante.
—Vosotros marcáis una gran diferencia entre
los mer'ai y los dre'rendi. —Él se encogió de hombros y Sy-wen tomó
aplomo—. Voy a compartir con vosotros un secreto de los mer'ai,
algo que incluso la mayoría de nuestra gente desconoce. Yo se lo
conté al chamán Pinorr, y él me envió aquí con su nieta, no sólo
como prueba de su apoyo, sino también como prueba de lo que os voy
a contar continuación.
Bilatus se enderezó en su asiento al oír
nombrar a su compañero chamán. El almirante frunció el ceño.
—¿De qué se trata?
—No somos tribus distintas —afirmó clavando
la vista en el almirante—. Los mer'ai y los dre'rendi son, en
realidad, una única tribu.
El asombro impidió que los demás pudieran
oponerse a aquella afirmación. Por fin, Bilatus hizo un chasquido
con los labios.
—Eso es imposible.
Sy-wen posó una mano sobre la cabeza de
Sheeshon, que dormía plácidamente.
—Esta es la prueba.
El almirante miró a la niña y luego a
Sy-wen.
—No entiendo nada; es sólo una niña de mente
débil con el rostro medio caído.
—Ya lo entenderéis. —Sy-wen apretó el puño.
Esperaba que aquello resultara cierto. Miró a Hunt y, tras
señalarle con la cabeza a la pequeña, le preguntó: —¿Podrías
sostenerla?
Después de que el padre consintiera con un
gesto, el joven Jinete Sangriento levantó a Sheeshon del regazo de
Sy-wen. La pequeña dormida gimió un momento, pero luego se abrazó
el cuello de Hunt con sus bracitos.
Sy-wen se puso de pie.
—Para probarlo, necesito sangre del
dragón.
Bilatus tuvo que empujarse dos veces para
levantarse del asiento.
—¿Cómo pretendes obtener sangre de...?
Sy-wen extrajo una daga larga de la funda
que llevaba en la muñeca.
—Con esto.
La rápida aparición de dos espadas gemelas
en el cuello le mostró de inmediato la torpeza de su gesto. Sy-wen
ni siquiera vio cómo se movían el almirante y su hijo. Ahora ambos
tenían las puntas de las armas dispuestas para clavárselas en la
garganta. Por fin, Sy-wen recuperó el habla.
—No quería hacer daño a nadie. Sólo necesito
el puñal para sacarle sangre a mi montura. —Sy-wen volteó el puñal
y lo tomó por el filo, a la vez que le ofrecía la empuñadura al
almirante—. Si os sentís más cómodo, os ruego que lo toméis.
Incluso os permitiré que pinchéis vos al dragón para obtener su
sangre.
El almirante la miró con suspicacia; era
evidente que intentaba sopesar la veracidad de sus palabras y
actos. Sy-wen no flaqueó ante aquella mirada dura, aunque la daga
le temblaba un poco en los dedos.
Por fin, el jefe de los dre'rendi bajó la
espada e invitó a su hijo a seguir su ejemplo con un gesto.
—No, Sy-wen de los mer'ai. Si alguien tiene
que clavar algo a esa bestia que dormita en mi cubierta, será mejor
que seas tú.
De nuevo, en sus labios asomó un amago de
sonrisa.
Sy-wen volvió a envainar lentamente la daga
y suspiró.
—Disculpad por favor este susto. Ha sido un
error mío sacar el puñal. Sólo lo he hecho para mostrar claramente
lo que me dispongo a hacer.
El almirante envainó la espada.
—¿Y cuál es ese propósito?
Sy-wen se encogió un poco. Se dijo que,
después de aquella reacción ante la daga, tal vez fuera mejor no
mencionar la teoría de Pinorr. Pero el hombre tenía la vista
clavada en ella.
Un golpe repentino en la puerta le impidió
responder. Bilatus abrió la puerta, y por ella asomó un miembro de
la tripulación, muy alterado. El hombre se quitó el sombrero
empapado que llevaba al entrar. Estaba muy nervioso.
—Almirante, señor. Se trata del Espuela de Dragón. La tormenta nos trae voces
desde allá. Un rayo ha dado contra su mástil. ¡Las velas están en
llamas!
Hunt miró a su padre.
—Es el barco del chamán Pinorr.
De nuevo todas las miradas se clavaron en
Sy-wen y, por enésima vez, la muchacha deseó que Kast estuviera
allí.
Unos gritos de alarma a las espaldas de
Pinorr resonaron por el pasillo; eran unas voces estridentes que se
mezclaban con las órdenes. El chamán no les hizo caso y prosiguió
por el pasillo estrecho hacia la popa del barco. Se dijo que tal
vez hubieran descubierto ya los cuerpos de Jabib y Gylt. Aceleró el
paso, temeroso de que si se detenía, el fuego de su sangre se
apagaría. Aquélla no era una noche para tener la cabeza fría ni dar
consejos prudentes. Lo que corrompía aquel barco sólo podía
limpiarse con llamas.
De repente, como si los dioses hubieran oído
ese pensamiento, un humo espeso penetró por una escotilla abierta
en algún punto detrás de el. Pinorr tosió. Sintió el olor de la
madera quemada, y de nuevo oyó alaridos. Detuvo sus pasos y regresó
por el camino por el que había venido. Tras notar el humo, oyó cómo
una escotilla se cerraba de golpe entre gritos frenéticos de ayuda.
En la cocina, encima de él, se oía el ruido de pasos apresurados al
huir.
Todo el barco estaba de pie.
A Pinorr le pareció percibir incluso el olor
de la desesperación en medio del humo. Había algo que no iba bien,
y era algo incluso más urgente que unos hombres asesinados.
Pinorr miró la espada ensangrentada en su
mano, y el trozo de lanza que asía con la izquierda. Se preguntó si
aquella conmoción sería tal vez un nuevo truco de Ulster, algo
pensado para distraer a la tripulación mientras sus adláteres se
deshacían del chamán.
Apretó con más fuerza la espada; su
empuñadura se ajustaba bien a su puño.
Fuera lo que fuera lo que hubiera provocado
la alarma, ya no era asunto suyo. Había dejado de ser chamán del
Espuela de Dragón, no era ni siquiera un
guerrero. Aquella noche Pinorr se había convertido en la venganza
armada de los dioses.
Prosiguió hacia el camarote aislado en la
sección de proa, hacia el lugar donde, si no se había equivocado al
juzgar la cobardía del capitán, éste estaría ahora cómodamente.
Pinorr apretó la empuñadura de la espada. Le gustaría ver la
expresión del capitán cuando se diera cuenta de que sus asesinos
habían fallado, si bien, se dijo, probablemente aquella expresión
sería lo último que Pinorr viera en vida. Con o sin justificación,
Pinorr no se engañaba y sabía que el hombre lo mataría. Los
chamanes de barcos tenían prohibido blandir la espada, y provocar
daños de sangre conllevaba la pena de muerte.
Aun así, Pinorr sabía cuál era su deber. Al
fin y al cabo, el destino espiritual del barco estaba en sus manos.
No podía tolerar por más tiempo que Ulster corrompiera esa
cubierta.
Por fin llegó a su destino. Tras detenerse
frente a una enorme puerta flanqueada y tachonada con hierro,
aguardó un único instante. Luego levantó la espada y dio en el
marco con la empuñadura.
—¡Ya sé lo del incendio! ¡Ahora vengo!
—contestó de forma cortante una voz.
Pinorr se sorprendió. ¿De qué incendio
hablaba? Antes de que pudiera valorar por completo aquel misterio,
la puerta se abrió. Ulster estaba de pie, delante de él,
colocándose una chaqueta sin mangas. El capitán, que estaba medio
desnudo, se quedó helado al ver a quién tenía delante.
Durante algunos segundos tensos, nadie se
movió.
Pinorr, finalmente, tiró la trenza de Jabib
entre las botas de Ulster. Aquel gesto lo hacían los guerreros a
sus jefes cuando habían cometido un asesinato para proteger el
barco. La trenza ensangrentada chocó contra el suelo como si fuera
un trozo de alga empapada.
—Creo que eso te pertenece —dijo Pinorr con
frialdad.
Ulster parpadeó al ver la trenza, pero su
vista estaba concentrada fundamentalmente en la espada. Era
evidente que el capitán estaba más asustado por ver a Pinorr con
una espada que por el destino de su primer oficial.
—¿Qué has hecho, chamán? —preguntó con
horror.
—Algo que debí haber hecho hace tiempo:
extirpar un cáncer antes de que se propague por el resto de la
flota.
Ulster se apartó de la espada de Pinorr. La
prisa había impedido que el capitán se colocara el cinto con la
espada, que estaba colgado en el respaldo de una silla de la
habitación.
Pinorr siguió a Ulster, paso a paso,
mientras pronunciaba palabras que había contenido en el corazón
durante años.
—Quise a tu padre. Y ha sido sólo su memoria
lo que ha mantenido mis puños apretados hasta ahora mismo. Con la
llegada de tu hermano Kast, me he dado cuenta de lo poco que queda
en tus venas de la sangre de tu padre, Ulster.
—¿Dices que no me parezco a mi padre?
—replicó Ulster con ira. Luego soltó una gran risotada—. ¡Como si
pudieras insultarme con eso! Ese viejo era más parecido a mí de lo
que eres capaz de imaginarte, chamán. ¿Estabas acaso a mi lado
cuando mi padre me azotó hasta desangrarme cuando perdí en un
entrenamiento de espada con el hijo de Zinbathi? ¿Y cuando tuvieron
que vendarme las costillas después de una de sus palizas salvajes?
¿Y qué me dices de cuando durante toda una luna las quemaduras que
llevaba en los brazos se me pelaron y resquebrajaron? —Ulster
señaló la puerta—. Detrás de las puertas cerradas, los rostros de
la gente que crees conocer cambian, Pinorr. Sólo yo pude ver la faz
verdadera de mi padre, la que escondía al resto de la
tripulación.
—¿Cómo te atreves a blasfemar de este modo
del recuerdo de tu padre? —Pinorr retrocedió unos pasos al oír esa
sarta de mentiras.
—¡Siempre estuviste ciego, chamán! Tal vez
tengas un don excelente para las corrientes, pero ciertamente jamás
pudiste ver el verdadero corazón de mi padre. —El rostro de Ulster
se ensombreció todavía más—. ¿O acaso estabas demasiado asustado
para hacerlo? ¿Sospechaste lo que había allí y temiste perder un
gran líder?
Pinorr dejó de perseguir a Ulster por el
camarote. Por mucho que le hubiera gustado hacerlo, Pinorr no podía
negar la violencia con que el antiguo almirante había tratado a su
hijo. Sin embargo, jamás había sospechado aquella ira tan
exacerbada.
—Pero, ¿tu hermano...?
—¿Kast? Ese bastardo huyó antes de que
llegara lo peor, y me dejó para que me enfrentara solo a la ira de
nuestro padre. —La rabia de Ulster empezaba a remitir, como una
vela gastada—. Jamás se lo podré perdonar.
Pinorr tuvo que esforzarse por mantener el
enojo que lo había embargado hasta el momento.
—Tanto da si tu historia es o no verdadera.
¿Qué derecho tienes tú a vengarte de las salvajadas de tu padre en
mi familia?
Los ojos de Ulster no abandonaron los de
Pinorr.
—Tú tenías poder para detener a mi padre. Él
te habría escuchado, Pinorr. —La voz se le quebró por un instante,
y luego se le endureció de nuevo—. Y, en lugar de eso, sólo tenías
ojos para las glorias por venir. Eras incapaz de ver el mal que
había a tu lado. Así pues, no pretendas que yo te tenga ninguna
simpatía.
Ulster se volvió y cogió el cinto con la
espada. Pinorr, asombrado ante aquellas palabras, no podía más que
mirar cómo el capitán tomaba el arma.
—No voy a permitir que olvides la maldad de
mi padre. —Ulster volvió a mirar a Pinorr—. Lo que él creó lo
tienes delante ahora mismo.
Y, después de pronunciar aquellas palabras,
Ulster arremetió.
Pinorr apenas tuvo tiempo de levantar su
propia espada. El acero dio contra el acero. Por suerte, el ataque
de Ulster estaba más movido por la ira que por la habilidad, y
Pinorr sólo cayó al suelo. El capitán era más joven y fuerte. Sólo
los reflejos que le quedaban a Pinorr de sus tiempos de guerrero
evitaron que Ulster le clavara la espada en el estómago.
Pinorr se debatía con desespero. La rabia
furiosa que le había encendido la sangre antes, no era ahora más
que ascuas. ¿Cómo podía despreciar tanto lo que su propia mano
había contribuido a crear? Pinorr retrocedió, resbaló con el pie
izquierdo en la trenza del primer oficial y cayó al suelo; perdió
la espada con el golpe.
Ulster estaba ahora erguido frente a él con
la espada en alto. Tenía los ojos rojos de rabia y respiraba de
forma entrecortada. Pinorr se arrodilló para afrontar su muerte. El
capitán lo miró directamente a los ojos.
—Debiste haber escuchado mis gritos,
chamán.
Pinorr asintió una vez y brevemente.
—Tienes razón, Ulster. Lo siento.
El odio que había en el rostro del joven
dejó paso a la confusión. Sostenía la espada con fuerza mientras el
brazo le temblaba y apuntaba contra él. Pinorr levantó algo más la
cara y habló con tranquilidad.
—Pero tampoco soy tu padre, Ulster.
El capitán negó con la cabeza y dio un paso
atrás con la frente tensa y la expresión indecisa.
—Sé que no eres mi padre...
—Y todavía no es tarde para sanar lo que él
ayudó a crear. —Pinorr contempló el dolor de Ulster—. Yo te puedo
ayudar.
El joven capitán se volvió de nuevo hacia
Pinorr con una mirada salvaje y soltó una carcajada mientras lo
señalaba con la espada.
—¿Crees que puedes ayudarme? Si lo supieras
todo, me maldecirías con la misma resolución con que mi padre lo
hizo durante uno de sus ataques de furia.
—No lo haría —insistió Pinorr totalmente
convencido. Estaba firmemente decidido a llegar hasta aquel hombre,
no para salvar la vida, sino para recuperar lo que quedaba de
Ulster—. ¿Dejarás que lo intente?
Ulster bajó la espada, pero sólo
ligeramente. Tenía la mirada muy ceñuda.
—¿Quieres saber cómo murió tu hijo? ¿El
padre de Sheeshon?
Pinorr se estremeció ante aquellas palabras.
El capitán tocaba una herida antigua de la que jamás se había
recuperado por completo.
—Él... murió durante los choques kúrticos.
Un hacha le dio en la frente.
Pinorr no tenía ningún deseo de evocar
aquellos recuerdos. Una paloma negra le había traído la noticia
desde la costa lejana mientras la madre de Sheeshon daba a luz.
Cuando el mensaje llegó a la mujer en pleno parto, ella aulló y
algo se rompió en su interior. La sangre le salió a borbotones por
los muslos. Al poco murió, y estuvo a punto de llevarse consigo la
vida de su hija.
—¿Por... por qué lo preguntas, Ulster?
Ulster se inclinó hacia él.
—Mi mano era la que empuñaba el hacha.
—¡No!
—Fue algo sencillo. —Ulster tenía una mirada
desafiante—. No me lo pensé mucho. Durante una refriega a bordo del
Colmillo Roto me encontré a solas con tu
hijo. Se volvió hacia mí con una sonrisa; tenía el rostro manchado
de sangre y los ojos brillantes por el fragor de la contienda. Pero
en realidad su ademán fue una burla, un gesto altivo y jactancioso.
No lo soporté y le hundí el hacha en la cara. Incluso cuando cayó
al suelo él seguía sonriendo.
El espanto se reflejaba en el rostro de
Pinorr.
—Pero... ¿cómo pudiste? ¿Cómo?
Ulster se acercó.
—Dime, ahora que conoces la verdad, ¿todavía
quieres curarme, chamán? —preguntó con desdén.
Un aullido de dolor explotó en el interior
de Pinorr. El chamán se abalanzó contra el joven capitán, dejando
caer a un lado la espada y arremetiendo contra el hombre. Ulster
dio un grito sofocado cuando chocó contra el suelo de madera y su
cabeza rebotó con fuerza dando un retumbo. Quedó aturdido y la
espada se le escapó de los dedos.
Pinorr no aguardó. Agarró la espada caída y
con ambas manos levantó el arma y le atravesó el pecho. El filo se
abrió paso entre las costillas hasta clavarse en los tablones de
madera del suelo. Aun así, Pinorr siguió apretando, con los brazos
temblando por el esfuerzo. Hundió la espada hasta que la empuñadura
quedó firmemente clavada en el pecho de Ulster. La sangre oscura
empezó a brotar por la herida. Pinorr, incapaz ya de clavar más el
arma, se desplomó encima de Ulster, como un amante exhausto.
—¿Cómo pudiste? —le gritó al oído, con las
lágrimas oscureciéndole la visión—. Era como tu propio
hermano.
Ulster estaba ahogándose en su sangre, pero
logró contestar.
—Por... por eso lo maté, chamán. —La mirada
del capitán se iba apagando—. Era como mi hermano, feliz y
orgulloso. No podía soportar ver esa luz en los ojos de otro.
Pinorr se estremeció de espanto y rabia. El
anciano sollozaba, y se apartó del pecho de Ulster. El capitán
había vuelto la cabeza para mirar a Pinorr. Hablaba con los labios
ensangrentados.
—No podía soportar ver lo que yo no había
tenido. —La voz de Ulster era cada vez más débil, pero tenía la
mirada clavada en Pinorr—. Debiste haber juzgado el corazón de mi
padre con la misma severidad con que me juzgaste a mí. Debiste
haber escuchado los gritos de un muchacho al otro lado de las
puertas cerradas.
Ulster no apartaba la mirada de Pinorr. Éste
precisó unos instantes para darse cuenta de que Ulster había
muerto. Acercó los dedos temblorosos y le cerró los ojos.
—Tienes razón.
Pinorr se incorporó lentamente. Miró al
hombre sin vida. Las piernas apenas podían sostenerlo.
—Lloraré por el muchacho que fuiste, Ulster,
pero, aun así, no lloraré por lo que te convertiste.
Pinorr se volvió, invadido por un vacío
intenso. Salió de la habitación tambaleándose.
Tras cerrar la puerta del camarote del
capitán, Pinorr se dio la vuelta y regresó a la cubierta. Se dijo
que achacaría el baño de sangre a un motín. Todos creerían aquella
mentira, porque nadie cuestionaba mucho lo que un chamán decía.
Nadie se atrevería a estudiar el asunto con detenimiento.
Aquella noche había aprendido que la ceguera
a menudo viene provocada por uno mismo, convertida en una defensa
de lo que nadie quiere ver. Se limpió la sangre de las manos
mientras avanzaba por los pasillos frotándoselas en la
camisa.
Tras levantar la escotilla, Pinorr vio que
la cubierta estaba en llamas. El mástil de popa era ahora una
antorcha recortada en la luz de la tormenta. Pinorr contempló cómo
la tripulación cortaba con hachas el mástil en llamas y lo tiraba
al mar. El vapor siseaba mientras el fuego se iba extinguiendo y el
trozo quemado del mástil se hundía debajo de las olas.
Un grito de alegría se levantó entre los
hombres y mujeres congregados en cubierta. Tras eliminar el peligro
y haberlo echado al mar, el barco se había salvado de un fin
cierto.
Por fin, alguien vio a Pinorr.
Mader Geel se acercó a él. La ceniza había
oscurecido su pelo cano.
—Creo que lo peor de la tormenta ya ha
pasado. Pero esta vez hemos estado demasiado cerca —comentó con una
sonrisa cansada—. Hemos estado a punto de perder el barco con el
incendio. Por otra parte, era una visión preciosa. Las llamas se
alzaban y se recortaban contra la lluvia.
Pinorr asintió lentamente.
—Sí, ciertamente a menudo el mal luce una
máscara muy hermosa.
Sy-wen estaba junto a la borda del
Corazón de Dragón. A la izquierda, el
almirante hablaba con su hijo, Hunt. A la derecha, Bilatus se
agarraba firmemente a la barandilla con una mano mientras que con
la otra se apretaba la túnica contra el cuello. El viento se
revolvía contra ellos. Las gotas de lluvia se les clavaban como
agujas contra la piel que quedaba expuesta a su acción.
—El viento trae el olor a humo —comentó
Hunt. Todavía llevaba en brazos a la pequeña Sheeshon, que se asía
con fuerza a su cuello.
—Pero, por lo menos, han logrado apagar el
incendio —apuntó el almirante. Se volvió hacia otro miembro de la
tripulación—. Ordena al piloto que cambie el rumbo. Es preciso que
veamos lo que le ocurre en el Espuela de
Dragón.
El marinero asintió y cruzó la cubierta
resbaladiza a toda prisa. Por suerte, la furia de la tormenta
parecía amainar. Ahora los relámpagos sólo atravesaban el cielo en
el horizonte lejano, y el estrépito de los truenos se había
convertido en un eco apagado de su furia anterior.
Tras volver la espalda contra el viento,
Sy-wen vio que Ragnar'k seguía inmóvil en cubierta. Unas cuerdas
pegajosas y gruesas lo tenían alado al mástil y a los palos. Era
doloroso ver a un animal tan fabuloso tendido y atado de aquel
modo.
El almirante se dio cuenta de su
mirada.
—Antes dijiste que la sangre del dragón nos
mostraría en qué medida nuestros dos pueblos se asemejan.
—No sólo se asemejan —murmuró Sy-wen—. Somos
el mismo pueblo, una única tribu.
Bilatus resopló.
—Imposible. Mírate, tienes membranas en los
dedos.
Sacudió la cabeza, negando con
incredulidad.
Sy-wen miró a los tres hombres.
—Supuse que os podría convencer y que
haríais honor a vuestras antiguas promesas. Pero el chamán Pinorr
habló con sabiduría. Sabía que no creeríais lo que os iba a decir
hasta que os lo probara.
—¿Qué insinúas? ¿Cómo puedes probarlo? —dijo
Hunt con algo de nerviosismo.
Sy-wen apretó los labios.
—Será mejor que os lo enseñe. —Se acercó al
gran gigante negro que dormitaba y sacó la daga de la funda que
llevaba en la muñeca.
En cuanto estuvo junto al dragón, acarició
con la mano el borde del ala y envió una disculpa silenciosa a su
montura y al hombre que llevaba en su interior. Sin dejar que el
temor le detuviera la mano, Sy-wen clavó la daga en el flanco del
animal. El dolor que sintió ella en su propio costado la hizo
estremecer. Sabía, de todos modos, que aquello era un daño
inexistente, una señal de su vinculación sensorial con el
dragón.
Para entonces, los demás se habían
congregado detrás de ella, guardando todavía una distancia
prudencial. Sólo el almirante se atrevió a acercarse.
—¿Estás herida? —preguntó, realmente
preocupado al darse cuenta de su expresión de dolor.
Sy-wen negó con la cabeza y extrajo la daga.
La sangre del dragón bañaba el filo. Ella se estremeció levemente y
se frotó el costado. Pronto, la quemazón se le pasó. Luego se
volvió hacia los demás con el arma manchada de sangre.
—Así que tu dragón sangra como cualquier
persona —dijo Hunt—. ¿Y eso es una prueba de lo que dices?
—No lo es —repuso ella—, no lo es por sí
sola.
La confusión se reflejaba en todos los
rostros.
Sy-wen sintió que un escalofrío le recorría
el cuerpo. De repente no quiso hacer lo que Pinorr le había pedido.
El cuchillo le temblaba en la mano y la sangre caía en gotas del
extremo. Levantó el rostro hacia Hunt.
—Para probar lo que digo, necesito también a
la nieta del chamán Pinorr.
El primer oficial del Corazón de Dragón miró a su padre. El almirante
asintió. Hunt se apartó a la pequeña del cuello, se acercó a Sy-wen
y se arrodilló mientras sostenía a la niña en los brazos.
—¿Para qué vas a usar a la niña? —quiso
saber.
—El chamán Pinorr la hizo venir como prueba
de su apoyo —Sy-wen levantó el cuchillo y lo clavó en el pecho de
la niña— ... y a modo de sacrificio.
Sheeshon gritó y extendió los brazos.
Hunt se retiró rápidamente, retrocedió y
apartó a la niña del puñal. Antes de que Sy-wen pudiera moverse,
sintió una espada en la garganta. Dejó caer su puñal, que se
desplomó con estrépito en la cubierta. Ahora que había puesto fin a
su papel, sintió que las fuerzas la abandonaban. Sy-wen cayó de
rodillas.
—No tenía otra opción.
La espada del almirante continuaba apoyada
en su garganta.
—¡¿Qué significan estos actos repugnantes?!
—bramó él—. ¡Has venido a pedirnos ayuda! ¿Crees que matando a un
ser inocente lograrás ablandar nuestros corazones?
Sy-wen lloraba.
—Fue idea del chamán Pinorr.
Vio cómo Hunt colocaba cuidadosamente a la
niña, ahora inmóvil, sobre la cubierta mojada. Bilatus, nervioso,
estaba agachado a su lado.
—¡Mientes! —espetó el almirante—. Pinorr es
incapaz de ordenar algo así. ¡Las historias de tus gentes siempre
fueron crueles, pero jamás imaginé a qué nivel podía llegar vuestra
depravación!
—¡Padre! —exclamó Hunt—. ¡Está viva!
El hijo del almirante estaba arrodillado
junto a la niña. Había rasgado la camisa de Sheeshon y con un trozo
de la ropa le había limpiado la sangre del pecho pálido; sin
embargo, la piel estaba intacta.
—¡No está herida!
Sy-wen sollozó aliviada.
—¡Es la sangre del dragón!
—La sangre de estos animales es muy valiosa
por sus propiedades curativas. Pero los dre'rendi tenemos prohibido
emplear ese bálsamo maldito. Es una de las normas más antiguas. Los
dioses de los mares nos lo prohíben —afirmó Bilatus.
Hunt frotó las muñecas de la niña que
continuaba inconsciente.
—Pero, si la sangre le ha curado la herida,
¿por qué no se despierta? —preguntó preocupado.
Todas las miradas se posaron en Sy-wen. El
almirante le apartó la espada de la garganta, pero en su voz
todavía permanecía la ira. No estaba dispuesto a acabar con la vida
de Sy-wen hasta haber obtenido todas las respuestas.
—¿Qué has hecho?
—Ya os lo he dicho. Fue el plan del chamán
Pinorr. Sabía que un cuchillo teñido de sangre de dragón no mataría
a la niña. La magia la protegería de sufrir una herida mortal. Pero
no entiendo... —Sy-wen señaló a la niña inerte—. Debería estar bien
y sin ninguna herida. No sé por qué Sheeshon no se despierta.
—¿Qué se suponía que tenía que
ocurrir?
Sy-wen no respondió a la pregunta y observó
a la niña pálida.
—Pinorr confió demasiado en las antiguas
historias que contaban nuestros antepasados sobre los orígenes de
nuestra gente. Se dice que el primer mer'ai, nuestro ancestro,
surgió de una mezcla de dre'rendi y de dragón. Y hasta la
actualidad, la magia del dragón sigue siendo necesaria para
mantener nuestra forma actual. —Sy-wen mostró sus dedos palmeados—.
Los mer'ai que fueron proscritos de los mares perdieron los rasgos
que les eran propios y se convirtieron en gentes normales.
—No comprendo —dijo Hunt—. ¿Qué intentas
decir con eso?
Antes de que Sy-wen pudiera responder,
Sheeshon jadeó y luego se movió. Empezó a agitar los brazos contra
una amenaza invisible. Luego abrió los ojos. Hunt la ayudó a
incorporarse. Sheeshon miró fijamente a quienes tenía a su
alrededor y luego a su pecho. Se acarició el lugar donde la había
atravesado el cuchillo.
—Me pica aquí —dijo.
Sy-wen suspiró con alivio.
—¡Sheeshon! ¡Alabada sea la Madre
Dulcísima!
La niña se tocó la cara.
—Y aquí también me pica.
Sheeshon se acarició la zona que iba del ojo
a la mejilla izquierda. Dibujó una sonrisa. Una sonrisa completa.
El lado de cara que hasta entonces estaba paralizado y flojo
recuperó su elasticidad, curado también por la sangre del dragón.
Sy-wen se dijo que Sheeshon seguramente se había dado cuenta del
cambio. Levantó las manos y se frotó las mejillas, con una mirada
llena de admiración.
Una ráfaga de viento repentina atravesó el
barco y, con más rapidez que el batir de las alas de un pájaro,
unos párpados internos transparentes se cerraron frente a los ojos
de la niña para protegerle la vista de la lluvia.
Sy-wen dio un grito ahogado. Ella era la
única que se encontraba suficientemente cerca como para darse
cuenta de aquella maravilla.
—¿Qué ocurre? —preguntó el almirante al
darse cuenta del sobresalto de Sy-wen.
Sy-wen se arrodilló y se acercó a Sheeshon.
Estaba demasiado sorprendida para tener esperanzas y para poder
hablar.
Hunt asió la espada para defenderse de la
aproximación de Sy-wen; era evidente que temía que ella fuera a
hacerle daño a la niña. Pero el almirante le ordenó no actuar con
un gesto.
Al llegar junto a la niña, Sy-wen tomó
cariñosamente la mano de Sheeshon.
—Pinorr tenía razón —susurró.
—¿Tenía razón en qué? —quiso saber el
almirante.
Sy-wen levantó la mano de la niña y le hizo
abrir los dedos. Tenía los dedos palmeados.
—¡Es la sangre del dragón! ¡La ha convertido
en una mer'ai!
Sy-wen se volvió hacia el almirante.
—Esto prueba que compartimos un mismo
origen. La magia del dragón todavía puede convertir a los dre'rendi
en mer'ai. ¡Somos un mismo pueblo!
—No es de extrañar que los dioses nos
prohibieran tocar la sangre de dragón —afirmó sobrecogido el chamán
fornido.
Sy-wen se puso de pie y señaló a la niña,
que ahora jugaba con los pliegues que le habían salido entre los
dedos y se reía.
—¿Podéis negarlo ahora? ¿Veis que somos un
único pueblo?
El almirante no dejaba de mirar al dragón y
a la niña alternativamente con los ojos brillantes.
—Podría ser un truco —dijo con
cautela.
Sy-wen se estremeció. ¿Qué más podía hacer
para convencerlo?
En el cielo las nubes se abrieron dejando
grandes claros mientras la tormenta se iba apartando de la flota.
La luna lucía brillante, casi tan intensa como el sol antes de la
descarga de la tormenta. Todos miraron hacia arriba, bañados por la
luz de la luna.
De repente, Hunt gimió.
El almirante y Sy-wen se volvieron. Hunt
todavía estaba arrodillado junto a Sheeshon, y los diminutos dedos
de la niña le acariciaban la mejilla. El tatuaje del halcón marino
parecía refulgir bajo su caricia. Hunt volvió a gemir.
Sheeshon dirigió en murmullos a Hunt unas
palabras familiares, juramentos de sangre arcaicos.
—Te necesito.
Hunt se puso de pie y tomó a la niña en sus
brazos.
—Soy tuyo y estoy a tus órdenes
—respondió.
Bilatus retrocedió.
—Es el conjuro antiguo. ¡La unión de
nuestros dos pueblos!
Hunt empezó a encaminarse hacia la
borda.
El almirante se dispuso a detenerlo.
—Hunt, ¿qué haces?
El conjuro había debilitado la voz del
joven.
—Tengo que devolver a Sheeshon a su papá.
Son las órdenes.
Sy-wen tocó el brazo del almirante.
—No intentéis impedirlo. Está vinculado y
tiene que finalizar su misión. En cuanto Sheeshon esté con el
chamán, el hechizo se romperá y vuestro hijo volverá a ser libre.
—Sy-wen recordó su experiencia con Kast—. Sin embargo, en el
futuro, os sugiero que Hunt lleve el tatuaje cubierto con un
pañuelo cuando esté con la niña. De lo contrario, vuestro hijo se
pasará el rato haciendo recados para ella.
El almirante asintió, vacilante.
—Preparad un bote para Hunt.
La tempestad estaba amainando y los mares
estaban todavía cubiertos de olas, pero éstas ya no eran tan
fieras. Sy-wen miró hacia estribor y vio que el Corazón de Dragón ya se había acercado al
Espuela de Dragón, que había sido
atacado por el fuego. Bajo la brillante luz de la luna, Sy-wen
distinguió la silueta familiar de Pinorr.
La mer'ai se volvió hacia el
almirante.
—¿Me creéis ahora?
Él se volvió hacia la muchacha.
—Me dais muy pocas opciones.
Sy-wen, aliviada, suspiró.
—Así pues, ¿reconsideraréis vuestra negativa
a ayudar a los mer'ai en la batalla que está por llegar?
El almirante permaneció en silencio mientras
miraba el mar cubierto por los numerosos barcos de la flota. La luz
de la luna hacía que las olas alrededor del barco parecieran de
plata.
—Somos un único pueblo —dijo en voz baja con
asombro—. ¿Cómo puedo abandonar a mis hermanos y hermanas? Este no
es el modo de hacer de los dre'rendi.
Se volvió hacia Sy-wen y le posó una mano en
el hombro. Luego habló con solemnidad y firmeza.
—Nos uniremos a vosotros, Sy-wen de los
mer'ai. Haremos honor a nuestros juramentos antiguos.
Kast, sumido en la oscuridad, se esforzaba
en recuperar la luz. Los rayos de sol le hicieron parpadear. El
sabor del aire, el rastro en el viento, ¿cuánto tiempo llevaba
dormido? Se dio cuenta, de algún modo, que había transcurrido más
de una noche.
Un grito de alarma atronó cerca de él,
demasiado cerca de su oído. Sintió una gran agitación a su
alrededor.
Con una mueca de disgusto por el ruido, Kast
se apoyó sobre un codo. ¿Dónde estaba? Parpadeó para no sentir la
luz del sol y se encontró desnudo y atado a unas cuerdas mojadas.
Se sacudió para librarse de los cabos. Encima de su cabeza, unas
velas se agitaban al aire. El olor a sal lo ayudó a
despejarse.
Kast necesitó unos instantes para recordarlo
todo: el vuelo frenético por los cielos tempestuosos y su esfuerzo
por controlar al dragón. Se quedó sentado, y los recuerdos acabaron
de acudir a él. Lo último que recordaba era la caída por los ciclos
y el golpe contra la cubierta del Corazón de
Dragón. ¿Qué había sido de Sy-wen?
Como respuesta a sus miedos, una puerta se
abrió a poca distancia de él. Sy-wen dio un paso al frente, lo miró
y, sorprendida, se echó una mano al cuello. Tenía el rostro lleno
de preocupación y fatiga. Una brisa le acarició la cabellera, que
se convirtió en una vela verde extendida frente a su rostro. Kast
tosió aliviado. Los ojos se le humedecieron. Ella estaba a
salvo.
Sy-wen, llorando, se apresuró hacia
él.
—¡Alabada sea la Madre! ¡Estás bien! —Sin
atender a su desnudez, ella se arrojó en sus brazos.
—¿Q... qué, qué ha ocurrido?
Otras dos siluetas salieron de la escotilla
abierta. Una era la del chamán Pinorr con su túnica y, junto a él,
renqueaba otro anciano de pelo cano que le resultaba
familiar.
—¿Señor Edyll? —preguntó sobresaltado
Kast.
—No estoy seguro de que andar sobre
superficies tan duras sea natural —gruñó el anciano, que, cuando
por fin llegó a su lado, lucía una sonrisa de satisfacción.
Pinorr miró atentamente a Kast.
—Parece que estabas en lo cierto. La sangre
de otro dragón ha logrado curar por fin a Ragnar'k y liberar el
hechizo.
Edyll asintió.
—Lo único que no creí es que durara
tanto.
—¿Otro dragón? —Kast se sentía confuso—. No
comprendo.
Sy-wen se apartó un poco, pero no le apartó
la mano del hombro, temerosa de que desapareciera como el
dragón.
—Tú y el dragón sufristeis una herida. Os
perdimos a ambos. Sin embargo, bastó un sorbo de la sangre del
dragón de mi madre, Conch, para curar a Ragnar'k. Sus heridas
sanaron, pero no lográbamos revivirte a ti, ni romper el hechizo
para que pudieras salir. —Sy-wen tenía la voz rota—. Pensé que te
había perdido para siempre. —Volvió a arrojarse a los brazos de él,
no sin antes darle un golpe en los hombros—. ¡No vuelvas a hacerlo
jamás!
Kast le apretó el muslo.
—¡Que los dioses así lo quieran! No tengo
intención alguna de abandonarte de nuevo. Pero, dime, ¿dónde
estamos?
Intentó ponerse de pie con ayuda de Sy-wen.
Alguien le colocó una manta sobre los hombros, aunque a Kast no le
importaba exhibir su desnudez. Estaba demasiado asombrado ante lo
que le rodeaba.
Alrededor del barco, los mares estaban
repletos de velas blancas que se extendían por todos los
horizontes. ¡Era la flota entera de los dre'rendi. Sin embargo,
para él, el verdadero milagro era lo que compartía con ellos las
aguas. Entre aquella multitud de barcos, cientos de dragones
surcaban las aguas, como joyas esparcidas por la superficie azul
del mar. A lo lejos, los dorsos encorvados de los grandes
leviatanes se erguían como islas vivas procedentes del fondo del
mar.
—Estamos a sólo dos días de los Doldrums
—comentó en voz más baja Sy-wen—. Pronto nos encontraremos con la
bruja.
—Lo has logrado —susurró Kast, con la vista
todavía clavada en el espectáculo que se abría ante él—. Has
logrado unir a nuestros dos pueblos. Todos los dre'rendi y todos
los mer'ai.
Sy-wen se apretó contra el hombro de él y
colocó la manta alrededor de ambos. Ella se pegó todavía más a él y
sintió su calor.
—Sí. Pero lo que más me alegra es que este
dre'rendi y esta mer'ai estén juntos de nuevo.
Kast sonrió al ver el rostro de Sy-wen
alzado hacia él. Sus sonrisas se apagaron al ver la pasión que les
brillaba en los ojos. Él se inclinó hacia ella y le acarició los
labios con los suyos.
—Te necesito —murmuró.
Luego la besó apasionadamente.